Uno tiene que ganarse
la vida como sea. No cuento esto para llorar en el hombro de nadie. Simplemente
cada uno sabe qué se le da bien y lo mío es el hurto, el robo menor, el tres al
cuarto; y la sierra mi lugar preferido de trabajo. Siempre me ha gustado la
naturaleza. No sé hasta qué punto les puede resultar interesante, pero si
tuviera que enumerar los componentes imprescindibles para llevar a cabo una buena
jornada de trabajo, lo primero que pondría en la lista es un medio de transporte que no
llamara mucho la atención. Lo segundo, esquivar a los ex-militares rumanos,
rusos y de otros países del este y escoger minuciosamente los objetivos que
ellos han descartado. Y tercero, un
compinche idiota como el inútil que me acompaña. Con respecto a los de los
países del este, ya me dirán, no soy del tipo violento; una hostia a tiempo
quizás, pero sin más. Mi compinche idiota es el Flemas, este que ven haciendo siempre cosas raras. No abundan los buenos
cómplices últimamente. Qué se le va a hacer, uno tiene que seguir ganándose la
vida. El vehículo perfecto es mi Piaggio typhoon de cuarenta y nueve centímetros cúbicos, mi kinkimóvil. Y este
que habla, Eduardo Manuel Martínez Méndez, el Kinki. Todo el mundo me llama
así, el Kinki. Desde muy pequeño. Me acabo de acordar de lo del nombre porque
tengo el carné en la mano y lo he visto tan largo el oficial y tan cortito el
de verdad. Qué cosas. Espera, termino de hacer esta rayita de speed y nos
vamos.
Hoy no hay que ir demasiado lejos. Ando bicheando una casa desde hace algún
tiempo. Es lo suficientemente accesible como para saber que dentro el
tiempo de trabajo será corto. Con un poco de suerte, algún televisor pequeño,
baratijas, algo de plata o que lo parezca. Todo fácilmente vendible.
Es
que es un inútil. Si ya lo decía yo. Parecía que todo iba jodidamente bien y la
puta costumbre del Flemas de ir haciendo cosas raras, como contestar al
teléfono. No me
gusta
trabajar con él por estas cosas absurdas que hace, del tipo comer de los
frigoríficos, contestar los teléfonos (como ahora) o curiosear los álbumes
familiares. Ha subido las escaleras vertiginosamente, de tres en tres los
escalones. Yo venía oyendo el teléfono desde que hemos entrado, hace como diez
minutos. Le pone nervioso, dice el niñato. Pero al descolgar según él, solamente ha oído su propia voz asustada que
se repetía una y otra vez. Como él y el puto teléfono, hasta la saciedad. Ahora
ha pasado un rato y ahí sigue, observando el teléfono colgado, rascándose la
sien con la misma mano en la que sostiene un flamante revolver de reciente adquisición,
fuera a ser que se repitiera la llamada, dice. Y yo observando desde aquí abajo
jodido por el calor, y él que me mira, pone cara de incógnita y desciende
lentamente hasta situarse a mi altura. Este es el instante en el que
oficialmente comienza la huida.
El viejo ciclomotor tiene un ritmo constante. Las curvas de la carretera de
montaña, débilmente alumbradas por el faro, me exigen todo tipo de proezas para
ir a esa velocidad (nunca más allá de ochenta) sin que se deshaga la moto en
pedazos. El aire de la noche me alivia el calor. Yo aguanto entre mis piernas la mochila más
pesada, mientras que el Flemas carga tres pequeñas, a su espalda una y otras
dos debajo de cada brazo. Todo parecía ir bien. Hasta que ha ocurrido lo de la
luz. Un haz luminoso invade la carretera, rompe la noche e hace que pierda el
control del ciclomotor y salgamos despedido por uno de los precipicios, uno tan
infinitamente poblado de maleza que estoy seguro que tardarán un siglo en
encontrar nuestros cadáveres accidentados. Todo eso he pensado en cero coma
tres segundos, mientras la moto vuela
hacia ninguna parte. Y de repente vuelve la maldita luz.
(…)
He amanecido dormido en
mi sofá blanco que contrasta con mis ropas negras de mago, mi dedo todavía en
el vaso de güisqui. El papel permanece sin anotación alguna encima de la mesa,
bajo el bolígrafo sin estrenar y sobre una tabla de dibujos absurdos. El día comienza
con un cansancio horrible. Es tarde. Me ducho con rapidez, cambio mis ropas
negras por otras negras y me introduzco en mi BMW para conducir con prisas
desde mi casa de la Moraleja, barrio fantasma en este agosto de aires
acondicionados, hacia las montañas. Y aquella conversación que no paraba de
rondarme, que se estaba convirtiendo en una obsesión para mí.
…
- Algo está sucediendo. Algo que me
supera, seguro.
- ¿Pero tú no eres mentalista? Haz ouija.
Y el puto teléfono que no paraba de sonar en la planta de abajo, tan lejos que
parecía increíble que sonara tan fuerte.
-
Te hablo en serio, gilipollas. Estoy preocupado. Y Marlene, sobre todo Marlene.
Está llevando tan mal todo esto del embarazo…
- Bueno, ante todo calma. Mira, si tan preocupado estás, mándala unos días con
su madre. Aire sano, que la mimen.
- No, mira tú ¿qué quieres que le diga? vete lejos de mí porque veo fantasmas.
- Pues no sé, la verdad ¿Tú no eres mentalista? pues haz ouija.
La carretera se bifurca
a unas quinientas curvas de distancia del lugar de rodaje. El ambiente del
staff no me ayuda. Está todo demasiado caldeado. Se había corrido la voz con el
tema de los despidos. Cuando decidí desencadenar esta tormenta no podía
imaginar que hoy me iba a estorbar tanto. Pero hay que tomar decisiones. Hay
personas que no encajan en el equipo, que no terminan de gustarme. Y la cadena
de televisión que no deja de presionar. Exteriores más misteriosos, ¿dónde va
el presupuesto?
Ya solamente quedan ciento veinte curvas. Haz
ouija. Será hijo de puta. ¿Y cómo se hace ouija? Eso mismo me pregunté anoche, mientras
revolvía entre las cajas recién abiertas con toda mi mercadería publicitaria o
por fascículos. Por fin, fascículo cinco, tenga
su propia tabla del mago, la desempaqueto y la observo en silencio. ¿Y esta
porquería no trae instrucciones? La giro, la miro de nuevo en silencio. Y
comienza el ritual que recordaba de alguna película o de aquellas historias
infantiles que me cagaban de miedo en mi pueblo. Diez curvas y la angustia que
no desaparece. Ya el sol comienza a ceder en una tregua seca. Cinco curvas.
Tres. El improvisado aparcamiento. La tienda de campaña que protege a la sombra
los equipos más delicados. El infierno con forma de solar rodeado por una
espesa pared de árboles y ramajes, en su mayoría tan secos que dudo que ninguna
de esas plantas vaya a sobrevivir este verano infernal.
Los preparativos se eternizan. Hoy estoy especialmente irascible. La noche está
llegando y aún hay mucho que preparar. El cementerio indio está acabado. Pero
la máquina de niebla no tira de forma convincente. El tipo del generador por
fin da el visto bueno y desde un andamio de varios tramos se encienden tres
potentes focos que han de iluminar toda la extensión ocupada por los decorados.
Observo todo este ajetreo y las últimas luces que se reflejan en los cristales
de los pocos coches que cruzan por la
carretera
y descienden por el acantilado de pared boscosa.
Por fin anochece. La oscuridad fuera del lugar de rodaje es tajante. Y en medio
de la nada hay un círculo de luz intenso, perfectamente delimitado. El equipo se va situando en sus respectivos
puestos. Todo parece preparado. Una niebla densa artificial cubre el suelo.
Está muy lograda la sensación de frío. Es un pequeño prado rodeado de árboles.
Algunas cruces blancas dispersas por el suelo. Hay un silencio absoluto. El
descampado está suavemente iluminado, al igual que la primera línea de arbolado.
De la oscuridad aparece una figura vestida de negro. Soy yo. La pistola que
llevo en la mano simula una de esas antiguas con las que se celebraban los
duelos a muerte. Avanzo con ese
dramatismo que me ha hecho famoso y dejo entrever mis rasgos a medida que me
acerca a la zona mejor iluminada. Voy tan abrigado que el calor me hace sudar
sin ni tan siquiera haber comenzado a hablar. La mano del ayudante de dirección
hace una señal desde detrás de la cámara
y con una voz que intento medir para que parezca misteriosa y a la vez potente,
digo:
- He tenido que venir hasta aquí en esta noche tan desapacible de invierno, con
la más absoluta discreción, para poder ejecutar esta extremadamente peligrosa
sesión de magia y mentalismo. Comprendo y acepto la responsabilidad. Ven este
arma (la muestro, apunto al infinito mientras hablo)… un anónimo tirador
profesional la disparará apuntando a mi cabeza, exactamente entre ceja y ceja…
De repente hay una bajada de tensión momentánea y luego otra permanente, que va
apagando uno a uno todos los focos; se para el generador, las cámaras dejan de
funcionar y todo se suma a un silencio espectral.
El
caso es que nadie quiere (ni puede) moverse. Sólo dos se afanan para
desenvolverse en la oscuridad e intentar solucionar el problema. El grupo
electrógeno comienza a funcionar de nuevo. La luz general todavía no puede echar
a andar porque hay que cambiar una lámpara fundida.
Parece
que ahora sí. El foco que funciona, el técnico que casi se cae, se apoya, se
quema y la luminaria se descontrola con un golpe que la hace girar sobre su eje
mandando un haz de luz hacia la falda de la montaña y dejando ver por un
momento las treinta y siete curvas que serpentean en las alturas.
(…)
La luz. Divergencia
entre espacio y tiempo. Crucé, cómo explicarlo, por una puerta cósmica o algo
por el estilo. De repente volaba en la oscuridad montado en el ciclomotor y
pensaba en las malezas y todas esas cosas y hubo luz y la moto se deslizó entre
los árboles, arrasó con todo lo que encontró en su camino y al momento aparece
el tipo de la pistola que se cruza y encaja de pleno contra la motocicleta. La
moto consigue vencer su resistencia llevándoselo con nosotros envueltos en un
grito infernal que el Flemas me clavó en todo el oído. Pensé que habían pasado
meses, que era invierno y que hacía frío. Que de repente hubo niebla, mucha. Y
otra vez la oscuridad. Varios golpes más y ya no sientes que estés sujeto a
ninguna parte, mi cuerpo solamente rueda y se golpea y el dolor es infinito
como mi sorpresa por lo que estaba sucediendo. Después la quietud inmensa y
algunos gritos.
(…)
Luces
de emergencia. El rojo y el amarillo se persiguen sin cruzarse y sin que
alumbren casi nada. Esto aumenta el caos porque nadie sabe qué ha sucedido y
algunos habla de un ser demoníaco que ha arrasado con todo en un segundo, que
ha arrastrado todo el cableado y reventado el grupo electrógeno que sigue
ardiendo sin control, añadiendo a la niebla blanquecina de la máquina de humo
una apestosa y densa bocanada de plástico quemado que rápidamente se hace dueña
de todo el espacio. El mago ha desaparecido. Hay que ser valiente para
adentrarse en el silencio de la oscuridad. Surgen dos, tres linternas y un
grupo que decide buscar al mago entre los matorrales del entorno. Habrá sido un
jabalí, se dicen unos a otros.
(…)
Atino
a ponerme en pie. La rueda trasera del ciclomotor sigue girando, lo que permite
un débil resplandor que abarca hasta un metro por delante del faro. El Flemas
está muerto, tirado junto a mí, inerte como ese otro cuerpo que se abraza a
él tan unidos ambos por el calor y el
fuego que no sabría bien decir dónde empieza uno y termina el otro. He
encontrado el arma de El Flemas junto al cadáver. La empuño y decido desandar
el camino hacia la carretera. Por esos dos desgraciados ya no puedo hacer nada.
Pero a medida que avanzo una voces se adivinan en la nada, y por fin un poco de
una extraña luz roja me permite distinguir unas figuras inconcebibles entre la
maleza, unas sombras que avanzan en mi dirección con extraños andares. La
sangre dejó de correr por mis venas para convertirse en escarcha.
El miedo.
La supervivencia.
La pistola.
Los demonios que vienen a buscarme.
Pero me defenderé con uñas y dientes.
Comienzo
a disparos con el grupo de sombras; grito enfurecido y avanzo unos pasos cuando
veo que las sombras van cayendo, que hay dos que intenta dispersarse, pillarme
quizás desprevenido desde otro ángulo de la oscuridad. Se termina el cargador
de balas y huyo. Corro. La maleza golpea mi rostro, el corazón sale por mi boca.
Lo prometo Dios mío, ni un robo más. Si
me dejas sobrevivir a esta no volveré a hacer nada malo. Ni siquiera un porro.
Por favor Dios mío, defiéndeme de estos demonios. Una verja de media altura
me obliga a otro sobreesfuerzo. Hay un patio trasero de una casa con piscina.
Me acerco y busco una ventana entreabierta, quizás una puerta con un pestillo
algo flojo. Una de las cristaleras tiene la cortina abierta. Me asomo con
cuidado y dentro me sorprende la imagen de un tipo con pasamontañas que me
observa con desconcierto a los ojos mientras sostiene el auricular del teléfono
de la casa pegado a su oreja. Hay un grito en un idioma que desconozco y más
sombras se movilizan por la casa. No puedo correr. Me duele el pecho, me oprime
el brazo, los disparos que se cruzan y una luz intensa se lo come todo hasta
convertirse en lo último que distinguen mis ojos.