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Terán Sánchez, Roberto (Ricardo Fuornier)

Nunca contestes un teléfono ajeno.



Uno tiene que ganarse la vida como sea. No cuento esto para llorar en el hombro de nadie. Simplemente cada uno sabe qué se le da bien y lo mío es el hurto, el robo menor, el tres al cuarto; y la sierra mi lugar preferido de trabajo. Siempre me ha gustado la naturaleza. No sé hasta qué punto les puede resultar interesante, pero si tuviera que enumerar los componentes imprescindibles para llevar a cabo una buena jornada de trabajo, lo primero que pondría  en la lista es un medio de transporte que no llamara mucho la atención. Lo segundo, esquivar a los ex-militares rumanos, rusos y de otros países del este y escoger minuciosamente los objetivos que ellos han descartado. Y tercero,  un compinche idiota como el inútil que me acompaña. Con respecto a los de los países del este, ya me dirán, no soy del tipo violento; una hostia a tiempo quizás, pero sin más. Mi compinche idiota es el Flemas, este que ven haciendo  siempre cosas raras. No abundan los buenos cómplices últimamente. Qué se le va a hacer, uno tiene que seguir ganándose la vida. El vehículo perfecto es mi Piaggio typhoon de cuarenta y nueve  centímetros cúbicos, mi kinkimóvil. Y este que habla, Eduardo Manuel Martínez Méndez, el Kinki. Todo el mundo me llama así, el Kinki. Desde muy pequeño. Me acabo de acordar de lo del nombre porque tengo el carné en la mano y lo he visto tan largo el oficial y tan cortito el de verdad. Qué cosas. Espera, termino de hacer esta rayita de speed y nos vamos.
Hoy no hay que ir demasiado lejos. Ando bicheando una casa desde hace algún tiempo.  Es lo suficientemente  accesible como para saber que dentro el tiempo de trabajo será corto. Con un poco de suerte, algún televisor pequeño, baratijas, algo de plata o que lo parezca. Todo fácilmente vendible.

Es que es un inútil. Si ya lo decía yo. Parecía que todo iba jodidamente bien y la puta costumbre del Flemas de ir haciendo cosas raras, como contestar al teléfono. No me

gusta trabajar con él por estas cosas absurdas que hace, del tipo comer de los frigoríficos, contestar los teléfonos (como ahora) o curiosear los álbumes familiares. Ha subido las escaleras vertiginosamente, de tres en tres los escalones. Yo venía oyendo el teléfono desde que hemos entrado, hace como diez minutos. Le pone nervioso, dice el niñato. Pero al descolgar según él,  solamente ha oído su propia voz asustada que se repetía una y otra vez. Como él y el puto teléfono, hasta la saciedad. Ahora ha pasado un rato y ahí sigue, observando el teléfono colgado, rascándose la sien con la misma mano en la que sostiene un flamante revolver de reciente adquisición, fuera a ser que se repitiera la llamada, dice. Y yo observando desde aquí abajo jodido por el calor, y él que me mira, pone cara de incógnita y desciende lentamente hasta situarse a mi altura. Este es el instante en el que oficialmente comienza la huida.

El viejo ciclomotor tiene un ritmo constante. Las curvas de la carretera de montaña, débilmente alumbradas por el faro, me exigen todo tipo de proezas para ir a esa velocidad (nunca más allá de ochenta) sin que se deshaga la moto en pedazos. El aire de la noche me alivia el calor. Yo  aguanto entre mis piernas la mochila más pesada, mientras que el Flemas carga tres pequeñas, a su espalda una y otras dos debajo de cada brazo. Todo parecía ir bien. Hasta que ha ocurrido lo de la luz. Un haz luminoso invade la carretera, rompe la noche e hace que pierda el control del ciclomotor y salgamos despedido por uno de los precipicios, uno tan infinitamente poblado de maleza que estoy seguro que tardarán un siglo en encontrar nuestros cadáveres accidentados. Todo eso he pensado en cero coma tres segundos, mientras la moto vuela  hacia ninguna parte. Y de repente vuelve la maldita luz.



(…)

He amanecido dormido en mi sofá blanco que contrasta con mis ropas negras de mago, mi dedo todavía en el vaso de güisqui. El papel permanece sin anotación alguna encima de la mesa, bajo el bolígrafo sin estrenar y sobre una tabla de dibujos absurdos. El día comienza con un cansancio horrible. Es tarde. Me ducho con rapidez, cambio mis ropas negras por otras negras y me introduzco en mi BMW para conducir con prisas desde mi casa de la Moraleja, barrio fantasma en este agosto de aires acondicionados, hacia las montañas. Y aquella conversación que no paraba de rondarme, que se estaba convirtiendo en una obsesión para mí.

-  Algo está sucediendo. Algo que me supera, seguro.
- ¿Pero tú no eres mentalista? Haz ouija.


Y el puto teléfono que no paraba de sonar en la planta de abajo, tan lejos que parecía increíble que sonara tan fuerte.


- Te hablo en serio, gilipollas. Estoy preocupado. Y Marlene, sobre todo Marlene. Está llevando tan mal todo esto del embarazo…
- Bueno, ante todo calma. Mira, si tan preocupado estás, mándala unos días con su madre. Aire sano, que la mimen.
- No, mira tú ¿qué quieres que le diga? vete lejos de mí porque veo fantasmas.
- Pues no sé, la verdad ¿Tú no eres mentalista? pues haz ouija.




La carretera se bifurca a unas quinientas curvas de distancia del lugar de rodaje. El ambiente del staff no me ayuda. Está todo demasiado caldeado. Se había corrido la voz con el tema de los despidos. Cuando decidí desencadenar esta tormenta no podía imaginar que hoy me iba a estorbar tanto. Pero hay que tomar decisiones. Hay personas que no encajan en el equipo, que no terminan de gustarme. Y la cadena de televisión que no deja de presionar. Exteriores más misteriosos, ¿dónde va el presupuesto? Ya solamente quedan ciento veinte curvas. Haz ouija. Será hijo de puta. ¿Y cómo se hace ouija? Eso mismo me pregunté anoche, mientras revolvía entre las cajas recién abiertas con toda mi mercadería publicitaria o por fascículos. Por fin, fascículo cinco, tenga su propia tabla del mago, la desempaqueto y la observo en silencio. ¿Y esta porquería no trae instrucciones? La giro, la miro de nuevo en silencio. Y comienza el ritual que recordaba de alguna película o de aquellas historias infantiles que me cagaban de miedo en mi pueblo. Diez curvas y la angustia que no desaparece. Ya el sol comienza a ceder en una tregua seca. Cinco curvas. Tres. El improvisado aparcamiento. La tienda de campaña que protege a la sombra los equipos más delicados. El infierno con forma de solar rodeado por una espesa pared de árboles y ramajes, en su mayoría tan secos que dudo que ninguna de esas plantas vaya a sobrevivir este verano infernal.
Los preparativos se eternizan. Hoy estoy especialmente irascible. La noche está llegando y aún hay mucho que preparar. El cementerio indio está acabado. Pero la máquina de niebla no tira de forma convincente. El tipo del generador por fin da el visto bueno y desde un andamio de varios tramos se encienden tres potentes focos que han de iluminar toda la extensión ocupada por los decorados. Observo todo este ajetreo y las últimas luces que se reflejan en los cristales de los pocos coches que cruzan por la

carretera y descienden por el acantilado de pared boscosa.
Por fin anochece. La oscuridad fuera del lugar de rodaje es tajante. Y en medio de la nada hay un círculo de luz intenso, perfectamente delimitado.  El equipo se va situando en sus respectivos puestos. Todo parece preparado. Una niebla densa artificial cubre el suelo. Está muy lograda la sensación de frío. Es un pequeño prado rodeado de árboles. Algunas cruces blancas dispersas por el suelo. Hay un silencio absoluto. El descampado está suavemente iluminado, al igual que la primera línea de arbolado. De la oscuridad aparece una figura vestida de negro. Soy yo. La pistola que llevo en la mano simula una de esas antiguas con las que se celebraban los duelos a muerte. Avanzo  con ese dramatismo que me ha hecho famoso y dejo entrever mis rasgos a medida que me acerca a la zona mejor iluminada. Voy tan abrigado que el calor me hace sudar sin ni tan siquiera haber comenzado a hablar. La mano del ayudante de dirección hace una señal desde  detrás de la cámara y con una voz que intento medir para que parezca misteriosa y a la vez potente, digo:

- He tenido que venir hasta aquí en esta noche tan desapacible de invierno, con la más absoluta discreción, para poder ejecutar esta extremadamente peligrosa sesión de magia y mentalismo. Comprendo y acepto la responsabilidad. Ven este arma (la muestro, apunto al infinito mientras hablo)… un anónimo tirador profesional la disparará apuntando a mi cabeza, exactamente entre ceja y ceja…
De repente hay una bajada de tensión momentánea y luego otra permanente, que va apagando uno a uno todos los focos; se para el generador, las cámaras dejan de funcionar y todo se suma a un silencio espectral.



El caso es que nadie quiere (ni puede) moverse. Sólo dos se afanan para desenvolverse en la oscuridad e intentar solucionar el problema. El grupo electrógeno comienza a funcionar de nuevo. La luz general todavía no puede echar a andar porque hay que cambiar una lámpara fundida.

Parece que ahora sí. El foco que funciona, el técnico que casi se cae, se apoya, se quema y la luminaria se descontrola con un golpe que la hace girar sobre su eje mandando un haz de luz hacia la falda de la montaña y dejando ver por un momento las treinta y siete curvas que serpentean en las alturas.

(…)

La luz. Divergencia entre espacio y tiempo. Crucé, cómo explicarlo, por una puerta cósmica o algo por el estilo. De repente volaba en la oscuridad montado en el ciclomotor y pensaba en las malezas y todas esas cosas y hubo luz y la moto se deslizó entre los árboles, arrasó con todo lo que encontró en su camino y al momento aparece el tipo de la pistola que se cruza y encaja de pleno contra la motocicleta. La moto consigue vencer su resistencia llevándoselo con nosotros envueltos en un grito infernal que el Flemas me clavó en todo el oído. Pensé que habían pasado meses, que era invierno y que hacía frío. Que de repente hubo niebla, mucha. Y otra vez la oscuridad. Varios golpes más y ya no sientes que estés sujeto a ninguna parte, mi cuerpo solamente rueda y se golpea y el dolor es infinito como mi sorpresa por lo que estaba sucediendo. Después la quietud inmensa y algunos gritos.

(…)

Luces de emergencia. El rojo y el amarillo se persiguen sin cruzarse y sin que alumbren casi nada. Esto aumenta el caos porque nadie sabe qué ha sucedido y algunos habla de un ser demoníaco que ha arrasado con todo en un segundo, que ha arrastrado todo el cableado y reventado el grupo electrógeno que sigue ardiendo sin control, añadiendo a la niebla blanquecina de la máquina de humo una apestosa y densa bocanada de plástico quemado que rápidamente se hace dueña de todo el espacio. El mago ha desaparecido. Hay que ser valiente para adentrarse en el silencio de la oscuridad. Surgen dos, tres linternas y un grupo que decide buscar al mago entre los matorrales del entorno. Habrá sido un jabalí, se dicen unos a otros.



(…)

Atino a ponerme en pie. La rueda trasera del ciclomotor sigue girando, lo que permite un débil resplandor que abarca hasta un metro por delante del faro. El Flemas está muerto, tirado junto a mí, inerte como ese otro cuerpo que se abraza a él  tan unidos ambos por el calor y el fuego que no sabría bien decir dónde empieza uno y termina el otro. He encontrado el arma de El Flemas junto al cadáver. La empuño y decido desandar el camino hacia la carretera. Por esos dos desgraciados ya no puedo hacer nada. Pero a medida que avanzo una voces se adivinan en la nada, y por fin un poco de una extraña luz roja me permite distinguir unas figuras inconcebibles entre la maleza, unas sombras que avanzan en mi dirección con extraños andares. La sangre dejó de correr por mis venas para convertirse en escarcha.


El miedo.

La supervivencia.
La pistola.
Los demonios que vienen a buscarme.
Pero me defenderé con uñas y dientes.

Comienzo a disparos con el grupo de sombras; grito enfurecido y avanzo unos pasos cuando veo que las sombras van cayendo, que hay dos que intenta dispersarse, pillarme quizás desprevenido desde otro ángulo de la oscuridad. Se termina el cargador de balas y huyo. Corro. La maleza golpea mi rostro, el corazón sale por mi boca. Lo prometo Dios mío, ni un robo más. Si me dejas sobrevivir a esta no volveré a hacer nada malo. Ni siquiera un porro. Por favor Dios mío, defiéndeme de estos demonios. Una verja de media altura me obliga a otro sobreesfuerzo. Hay un patio trasero de una casa con piscina. Me acerco y busco una ventana entreabierta, quizás una puerta con un pestillo algo flojo. Una de las cristaleras tiene la cortina abierta. Me asomo con cuidado y dentro me sorprende la imagen de un tipo con pasamontañas que me observa con desconcierto a los ojos mientras sostiene el auricular del teléfono de la casa pegado a su oreja. Hay un grito en un idioma que desconozco y más sombras se movilizan por la casa. No puedo correr. Me duele el pecho, me oprime el brazo, los disparos que se cruzan y una luz intensa se lo come todo hasta convertirse en lo último que distinguen mis ojos.

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