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Pavón Jordán, Mireia (Parca)

Nunca he sido indecisa



Cansada. Se sintió cansada de tantos viajes fugaces. El día que llegó a la ciudad, por primera vez en toda su existencia, le resultaba tremendamente agotador estar un minuto en un lugar, y el minuto siguiente en la otra punta del mundo; atravesando océanos y tierras con chasquidos de dedos momentáneos.

Su cara, exhausta, parecía ser incapaz de disimular aquella hartura, y bajo sus ojos, de ausencia, que nunca duermen, se dibujaban medias lunas color malva. Su cabello era claro y despeinado, tenía aspecto de mujer elegante, bien vestida, con una blusa transparente que dejaba entrever la enorme responsabilidad que asumía. En su conjunto eternamente oscura, pero con piel pálida, de nieve fría; aunque, realmente, sólo ella podía apreciarse a sí misma, por los siglos de los siglos.

Aquella tarde, cuando caminaba, ignorando completamente la posibilidad de que algo la hiciera distraerse de su propósito, se encontró con aquel regalo.

En un primer momento quedó completamente inmóvil ante aquel sentimiento, y unos días después, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera éste, se decidió a escribirlo en papel, como único remedio para el desahogo.

“Amado mío:

Jamás imaginé que después de haber mirado tantos ojos con indiferencia, fuera a tropezar con los tuyos... ¡Cuánta luz frente a mi oscuridad!.

Cubría la tarde una cierta penumbra, y estaba lluviosa. Yo me movía acechante entre la muchedumbre sin que nadie pudiera verme, esquivando cada cuerpo. Las gotas de lluvia caían de forma monótona sobre los rostros de las personas, que se dirigían a tantos puntos como existen en la ciudad, ajenas a cualquier posible acontecimiento.

Fue sin querer. ¡Qué caprichoso el azar!. Tu resplandor cegó inmediatamente mi mirada; el amor, como la muerte, es casi siempre un imprevisto, y para mí, una deslumbrante y rotunda sorpresa.

La percepción de tu silueta rompió de repente con mi rutina de acciones sistemáticas y planificadas.

Aún no sé con exactitud qué fue lo que me hechizó. Quizá tu misteriosa transparencia, tu piel fragante y atractiva, o simplemente tus gestos seductores.

¿Cómo iba a imaginar yo, acostumbrada a tanta frialdad, que tal sensación se apoderaría de mí?.

No pude evitar seguirte; tu figura me atraía de manera inconsciente y me sentía amordazada a ti en cada paso. Entonces entraste en casa. Te vi abrazar un violín, que guardabas, cuidadoso, en una caja roja de terciopelo. En breves instantes, la música se hizo la dueña de cada uno de los rincones de la pequeña habitación. Aquella melodía me serenó profundamente y tuve una agradable sensación de armoniosa tranquilidad.

Extraño es el sentimiento que me invade... tu imagen se reiteró en mi mente durante los días posteriores, quería ver tu luz una vez más; y finalmente me decidí a regresar.

Durante minutos me quedé parada en la calle de enfrente, reflexionando sobre la inquietud que se me turbaba. Nunca se me ha permitido ser indecisa, pero yo, primeriza en la experiencia, no sabía cómo actuar. Tú ni siquiera podías darte cuenta de mi presencia, y quieta, reflexionando, pensaba que daría cualquier cosa tan solo por que me vieras y luego perderme, eterna, en el olvido infinito.

Cuando quise darme cuenta me encontraba frente a tu ventana entreabierta.

Mi mirada buscaba ansiosa tu mirada de cortés indiferencia, pero te encontré con una bella mujer entre los brazos, apasionadamente tan unidos que con dificultad distinguía ambos cuerpos desnudos.

Sentía el dolor penetrar en mis entrañas. Nunca había experimentado tantas sensaciones a la vez; estos sentimientos se me presentaban como una completa novedad. Me invadía la rabia, y el deseo de reencarnarme en aquella mujer para poder sentir tu respiración tan cerca, para poder tocarte sin hacer peligrar tu vida.

¡Qué dulce tortura la que me atormenta! ¡Cómo me amarra este amor paradójicamente inmortal, como yo! Cómo duele tu postura distante, y tu actitud ignorante hacia mí, aunque sabes que, por norma del destino, algún día deberemos encontrarnos.

Las horas siguientes me resultaron el infierno, sólo quería buscarte como una sombra entre los vivos, como hiciera Orfeo entre los muertos, bajando al Hades para buscar a Eurídice. De nuevo música y amor juntos de la mano, como en aquella ocasión, debilitan mi crueldad. Pocos días después, acudiendo a mi siguiente cita, te encontré sentado en una terraza. Mirabas curioso a tu alrededor, como si ningún detalle pudiera escapar de tu atención. Parecías aferrado a la vida en cada uno de sus segundos, y, aunque sea extraño, incluso yo por un momento fui capaz de apreciarla. Me situé detrás de tu silla, a tan siquiera un metro de ti. Noté que sentías frío y colocaste sobre tus hombros una prenda de abrigo. Me percibías pero no podías verme. Tenías una mano reposada sobre la pierna.

Estaba ansiosa por inclinarme y besar humildemente aquella mano accesible a cualquier persona, pero inaccesible para mí. Era increíble tenerte tan cerca y tan lejos a la vez...; quizá no sea yo tan implacable como todos piensan.

He de confesar que a menudo me he planteado incluso acabar contigo, como último remedio para este amor, tan imposible como juntar muerte con vida. Ser por fin de esta manera iguales, y poder perderme en el misterio de tus labios, para mí, siempre abrasadores.

Siento que, esta noche, podría escribir las palabras más sinceras que existen, y plasmarlas aquí.

Guardo la carta en el interior de un pequeño sobre. Estoy algo aturdida. No sé cómo ni cuándo té haré llegar este escrito, pero, ahora, una vez finalizado, siento unas ganas descomunales de deshacerme de él. Tal vez deje todo en manos de la voluntad del viento, que no es de nadie y se extiende a lo largo de todo el universo. Él, que guarda palabras perdidas y ocultas de todo aquel que esconde secretos, sabrá que hacer con ella.

Si a ti llegaran estas palabras, espero que te suenen como el eco de una lejana melodía.

Perdona a esta muerte enamorada.”

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