Cansada. Se sintió cansada de
tantos viajes fugaces. El día que llegó a la ciudad, por primera vez en toda su
existencia, le resultaba tremendamente agotador estar un minuto en un lugar, y
el minuto siguiente en la otra punta del mundo; atravesando océanos y tierras
con chasquidos de dedos momentáneos.
Su cara, exhausta, parecía ser
incapaz de disimular aquella hartura, y bajo sus ojos, de ausencia, que nunca
duermen, se dibujaban medias lunas color malva. Su cabello era claro y
despeinado, tenía aspecto de mujer elegante, bien vestida, con una blusa
transparente que dejaba entrever la enorme responsabilidad que asumía. En su
conjunto eternamente oscura, pero con piel pálida, de nieve fría; aunque,
realmente, sólo ella podía apreciarse a sí misma, por los siglos de los siglos.
Aquella tarde, cuando caminaba,
ignorando completamente la posibilidad de que algo la hiciera distraerse de su
propósito, se encontró con aquel regalo.
En un primer momento quedó
completamente inmóvil ante aquel sentimiento, y unos días después, incapaz de
pensar en otra cosa que no fuera éste, se decidió a escribirlo en papel, como
único remedio para el desahogo.
“Amado mío:
Jamás imaginé que después de
haber mirado tantos ojos con indiferencia, fuera a tropezar con los tuyos...
¡Cuánta luz frente a mi oscuridad!.
Cubría la tarde una cierta penumbra, y estaba
lluviosa. Yo me movía acechante entre la muchedumbre sin que nadie pudiera
verme, esquivando cada cuerpo. Las gotas de lluvia caían de forma monótona
sobre los rostros de las personas, que se dirigían a tantos puntos como existen
en la ciudad, ajenas a cualquier posible acontecimiento.
Fue sin querer. ¡Qué caprichoso el azar!. Tu
resplandor cegó inmediatamente mi mirada; el amor, como la muerte, es casi
siempre un imprevisto, y para mí, una deslumbrante y rotunda sorpresa.
La percepción de tu silueta rompió de repente con
mi rutina de acciones sistemáticas y planificadas.
Aún no sé con exactitud qué fue lo que me hechizó.
Quizá tu misteriosa transparencia, tu piel fragante y atractiva, o simplemente
tus gestos seductores.
¿Cómo iba a imaginar yo, acostumbrada a tanta
frialdad, que tal sensación se apoderaría de mí?.
No pude evitar seguirte; tu figura me atraía de
manera inconsciente y me sentía amordazada a ti en cada paso. Entonces entraste
en casa. Te vi abrazar un violín, que guardabas, cuidadoso, en una caja roja de
terciopelo. En breves instantes, la música se hizo la dueña de cada uno de los
rincones de la pequeña habitación. Aquella melodía me serenó profundamente y
tuve una agradable sensación de armoniosa tranquilidad.
Extraño es el sentimiento que me invade... tu
imagen se reiteró en mi mente durante los días posteriores, quería ver tu luz
una vez más; y finalmente me decidí a regresar.
Durante minutos me quedé parada en la calle de
enfrente, reflexionando sobre la inquietud que se me turbaba. Nunca se me ha
permitido ser indecisa, pero yo, primeriza en la experiencia, no sabía cómo
actuar. Tú ni siquiera podías darte cuenta de mi presencia, y quieta,
reflexionando, pensaba que daría cualquier cosa tan solo por que me vieras y
luego perderme, eterna, en el olvido infinito.
Cuando quise darme cuenta me encontraba frente a tu
ventana entreabierta.
Mi mirada buscaba ansiosa tu mirada de cortés
indiferencia, pero te encontré con una bella mujer entre los brazos,
apasionadamente tan unidos que con dificultad distinguía ambos cuerpos
desnudos.
Sentía el dolor penetrar en mis entrañas. Nunca
había experimentado tantas sensaciones a la vez; estos sentimientos se me
presentaban como una completa novedad. Me invadía la rabia, y el deseo de
reencarnarme en aquella mujer para poder sentir tu respiración tan cerca, para
poder tocarte sin hacer peligrar tu vida.
¡Qué dulce tortura la que me atormenta! ¡Cómo me
amarra este amor paradójicamente inmortal, como yo! Cómo duele tu postura
distante, y tu actitud ignorante hacia mí, aunque sabes que, por norma del
destino, algún día deberemos encontrarnos.
Las horas siguientes me
resultaron el infierno, sólo quería buscarte como una sombra entre los vivos,
como hiciera Orfeo entre los muertos, bajando al Hades para buscar a Eurídice.
De nuevo música y amor juntos de la mano, como en aquella ocasión, debilitan mi
crueldad. Pocos días después, acudiendo a mi siguiente cita, te encontré
sentado en una terraza. Mirabas curioso a tu alrededor, como si ningún detalle
pudiera escapar de tu atención. Parecías aferrado a la vida en cada uno de sus
segundos, y, aunque sea extraño, incluso yo por un momento fui capaz de apreciarla.
Me situé detrás de tu silla, a tan siquiera un metro de ti. Noté que sentías
frío y colocaste sobre tus hombros una prenda de abrigo. Me percibías pero no
podías verme. Tenías una mano reposada sobre la pierna.
Estaba ansiosa por inclinarme y besar humildemente
aquella mano accesible a cualquier persona, pero inaccesible para mí. Era
increíble tenerte tan cerca y tan lejos a la vez...; quizá no sea yo tan
implacable como todos piensan.
He de confesar que a menudo me he planteado incluso
acabar contigo, como último remedio para este amor, tan imposible como juntar
muerte con vida. Ser por fin de esta manera iguales, y poder perderme en el
misterio de tus labios, para mí, siempre abrasadores.
Siento que, esta noche, podría escribir las
palabras más sinceras que existen, y plasmarlas aquí.
Guardo la carta en el interior de un pequeño sobre.
Estoy algo aturdida. No sé cómo ni cuándo té haré llegar este escrito, pero,
ahora, una vez finalizado, siento unas ganas descomunales de deshacerme de él.
Tal vez deje todo en manos de la voluntad del viento, que no es de nadie y se
extiende a lo largo de todo el universo. Él, que guarda palabras perdidas y
ocultas de todo aquel que esconde secretos, sabrá que hacer con ella.
Si a ti llegaran estas palabras, espero que te
suenen como el eco de una lejana melodía.