Ella podría ser una sirena. Es muy hermosa aunque demasiado delgada, suele usar
ropa ajustada, la veo todos los días, frente a mi mesa, con la misma blusa blanca y el pecho algo descubierto. Su cabello es de un rubio amarillento, algo así como el color de la madera. Cae opaco y lacio sobre sus hombros, es muy liso y siempre lo lleva suelto.
Laia trabaja frente a mi mesa. Somos dos funcionarios de un juzgado de primera instancia. Llevamos diez años trabajando juntos y jamás nos hemos dado los buenos días al sentarnos en esa horrible mesa llena de expedientes.
Laia, aunque está encorsetada por esa ropa tan ajustada, se mueve con agilidad y a veces exagera esa facilidad de movimiento; le gusta llevarse las manos a la cintura y girar el torso hacia uno u otro lado, con asombrosa rapidez. Apenas puedo dar una ligera idea de lo que me perturban sus movimientos. Es muy hermosa, ya lo he dicho, aunque de una belleza muy normal, muy exuberante, muy común.
Ahora bien, esta mujercita sirena que lleva de cabeza a todos los hombres del juzgado, está muy descontenta conmigo, un don nadie que nunca le trae flores como los demás, un imbécil que no le ha dicho en diez años que está muy guapa. Laia siempre tiene algo que objetarme, siempre me acusa sin razón de cometer toda clase de injusticias con ella, cada paso mío la irrita, odia todas mis corbatas. A veces creo, o ella más bien me hace
creer, que si la vida pudiese cortarse en trozos infinitesimales y cada pedacito pudiera ser juzgado, estoy seguro de que cada partícula de mi vida sería para ella motivo de disgusto. Algo similar a lo que le ocurre a mi mujer, sólo que Laia no tiene la desgracia de compartir rutina y obligaciones conmigo. Además es mucho más guapa que mi mujer. A menudo pienso en esta extraña situación: ¿por qué la irrito tanto?. Podría ser que mi fealdad irritase su sentido de la belleza, su idea de la justicia, sus costumbres, sus tradiciones , sus esperanzas. No sé. Hay naturalezas humanas muy incompatibles pero, ¿por qué se preocupaba tanto por humillarme delante de los demás?, ¿qué le sucedía a aquella mujer?. Igual era muy guapa pero estaba medio chalada. Entre ella y yo no había ninguna relación que nos obligara a soportarnos. Nada más que el trabajo. A veces pienso que Laia debería decidirse a considerarme un perfecto desconocido, lo que en realidad soy para ella. Si esto sucediera, semejante decisión no me molestaría, más bien se lo agradecería mucho. Sería como quitarme un peso de encima.
Laia sólo debería decidirse a olvidar mi existencia, mi mujer lo hacía bastante bien.
Las cosas son como son, Laia. Yo aprobé esas oposiciones igual que tú. A los dos nos dieron el mismo destino. Tu mesa está enfrente de la mía. Nos jubilaremos aquí, los dos.
Y mientras sólo nos queda soportar el tedioso aburrimiento. Yo nunca quise obligarte a soportarme pero no puedo hacer otra cosa, no puedo marcharme ni voy a pedir un traslado. Hazlo tú, si tanto te molesto. Así todos tus tormentos terminarían. Puedo imaginármelo. Puedo imaginar a esa diosa en la cocina de su casa, preparando la cena, abriendo una botella de vino tinto y diciéndole a su marido algo como : ¡Qué bien se está en casa, no soporto al tarado ese de la oficina… Bernardo… ni siquiera recuerdo si se llama Bernardo…!.
Sí, Bernardo el imbécil. Intento hacer una total abstracción de mis sentimientos y no tengo en cuenta que su actitud también es para mí muy dolorosa y no lo tengo en cuenta porque reconozco perfectamente que mis molestias no son nada comparadas con su sufrimiento. Al fin y al cabo a mí me gusta mirarla. Hasta enfadada resulta bonita.
Como una sirena. Para protegerme de su canto ( o mejor de su encanto) debo tapar mis oídos con cera y encadenarme a la mesa. Centrar mi visión en los papeles amontonados. En tantos expedientes atrasados. Muchos compañeros intentan hacer lo mismo, intentan en vano no prestarle atención a la sirena. Pero eran atraídos sin remedio por su perfume de azahar, por su impoluta blusa blanca, por su generoso escote, por su piel radiante, por sus dientes blancos, por su sonrisa que lo traspasaba todo. Pero yo intentaba no pensar en eso y consolarme como podía : es una mujer, como todas, todas son preciosas.
Aunque alguna vez la miraba, sobre todo cuando estaba de pie y de espaldas, miraba sus
maravillosas posaderas, sus larguísimas piernas, sus medias caladas y enfermaba pensando en lo que escondía aquella falda morada.
Entonces sacaba más expedientes del cajón. Añadía más cera a mis oídos. Yo no caería en aquellas pequeñas estratagemas por muy cortas que fueran sus faldas.
Sin embargo Laia poseía un arma mucho más terrible que su belleza: su silencio.
Un día, de pronto, me castigó con silencio. Era el único compañero de todo el juzgado a quien no dirigía la palabra. Y así se divertía torturándome. Porque sabía que yo no soportaba su silencio.
Podía soportar sus coquetería, sus arrebatos, su ira, sus locuras, su desdén. Pero no podía soportar que me ignorase de aquella manera. Era más que probable que hubiera sucumbido a sus encantos, pero no podía salvarme de su silencio.
Esto despertó un cierto orgullo entre los compañeros del juzgado. Yo, el inútil pamplinas de Bernardo, era el único que podía decir orgulloso que había vencido a la sirena mediante mis propias fuerzas. No sucumbí a su canto. Y por eso ella me odia.
Yo siempre he sabido que este sufrimiento surrealista no está causado por el afecto.
Yo no le gusto, no le he gustado nunca. A Laia no le intereso en absoluto. Le desagrada todo de mí. No le importa que yo progrese, que me presente a oposiciones de nivel superior, solamente le importan sus intereses personales que consisten en vengarse del sufrimiento que le provoco.
Ya una vez intenté indicarle la mejor manera de poner fin a este resentimiento perpetuo. Le dije: ¿por qué no opositas para la administración local?. A ti te va mucho, eso de ser secretaria del alcalde, por ejemplo… pero sólo logré suscitar en ella tal arrebato de furor, que nunca más repetiré esa tentativa. La vida es un asco. No pretendo entenderlo.
Pero a veces dos seres asumen un destino común en la vida. Aunque esa sólo soportarse.
Nunca sé en el día que vivo. Y es difícil cuando cada mañana lo primero que tienes que hacer es cambiar la fecha con las ruedecillas del sello del juzgado, pero lo hago de una forma tan automática que no me paro a pensar en qué día vivimos. Sé que estamos en octubre y que aún quedan demasiados días para cobrar y que los voy a tener que pasar sin un euro porque mi querida mujer ya me avisó que el pago de la tarjeta de crédito de este mes me iba a doler. Era un día de octubre como casi todos los días del otoño y yo había llegado de los primeros al juzgado y me había sacado un café de la máquina y estaba conversando conmigo mismo, pensando en cambiar un poco, lo suficiente no para anular el rencor de Laia sino para dulcificarlo un poco. Entonces pasó algo que cambiaría las cosas . Laia estaba igual de guapa que siempre. Olía igual de bien y seguía igual de borde. Pero había una sombra de tristeza en su mirada. Nadie más la vio, claro. Las compañeras siempre están demasiado ocupadas criticándola y los compañeros sólo le miran el escote o la raja de la falda. Debo ser el único cretino que la mira a los ojos. El único que se percató que durante toda la mañana, cada hora y media acudía al baño para retocarse el maquillaje y esconder así lo que deduje era un golpe en la cara. Aquella mañana su disconformidad conmigo pareció desaparecer de pronto, como un truco de magia. Siguieron a esto un motón de esfuerzos inútiles por hablar con ella. Llegó a preocuparme. Me sentía idiota por mi propia inocencia, mi incapacidad, por no susurrarle al oído:”si necesitas ayuda, puedes contar conmigo”.
La invité a cenar a casa. A ella y a su marido. Yo no debí haberla invitado y ella no sé por qué diablos aceptó mi invitación. El caso es que el sábado por la noche estábamos cenando juntos y que no sé si sería el vino o la música o la suculenta cena que nos había preparado mi mujer pero la curva desdeñosa de sus labios pareció dejar de odiarme.
Su marido y yo bebimos whisky mientras escuchábamos a Paco Ibáñez cantar “déjame en paz, amor tirano, déjame en paz”… Me pareció un buen hombre. Amable y culto. Una persona de lo más normal. Yo estaba confundido. Hacía calor. Estaba siendo un mes de octubre especialmente caluroso. El marido de Laia se quitó la camisa y se quedó en camiseta. Tenía varios moratones y arañazos en los brazos. Ahora sí que no entendía nada. Aquella situación estaba alterando mis nervios.
Nos despedimos como si nada. La gente hoy en día no tiene tiempo ni de ocuparse de sus manías. Mi mujer aquella noche me dio la solución al problema: “¿Sabes qué?”, me preguntó juguetona. Laia me ha dicho que a ella y a su marido les va el sexo duro, que se pegan, vamos, en la cama… dame un azote, Bernardo…”
Aquello acabó de desarmarme, doctor. Aquello fue el principio del fin. Me di la vuelta y me dormí , en la mitad izquierda de mi cama. Mi mujer hizo lo mismo. No he vuelto a tocarla. Soy incapaz. Debo de ser imbécil, pero soy incapaz de agredir a nadie. Es simple. Por eso vengo a esta terapia. O quizá sería mi mujer quien debería venir. No lo tengo muy claro. Espero que usted, doctor, me lo explique. Este asunto me preocupa menos que antes, la verdad. Puedo seguir viviendo, aun sin esforzarme, a pesar de todos los arrebatos de mi mujer. Y de las mujeres de otro. En fin, doctor, creo que sólo soy culpable de ser imbécil. Y no creo que haya un medicamento para eso. Ya sabe usted que las sirenas nunca han tenido conciencia. Y yo no soy Ulises, más bien un pobre marinero que no oyó el silencio.
Me puedes
“El príncipe la reconoció al instante. ¡Era ella!. La muchacha que él amaba desde que sus miradas se habían encontrado un día en el patio del castillo. El príncipe dio a Blancanieves un beso de amor. Entonces Blancanieves abrió los ojos. ¡El hechizo se había roto!”.
Blancanieves
ME PUEDES
Durante algunos segundos el gentío del bar permaneció en silencio, contemplando el ir y venir de la gente en estos días del puente de la Purísima. Los bares cercanos estaban cerrados, Beatriz no había tenido un minuto de descanso. Fue el viejo Cecilio, El Rubio, quién habló primero:
- ¿Por qué haces café?.
- Porque me gusta su olor.
Cecilio señaló a una mujer que, con un abrigo de visón, estaba tomando café en una de las mesas del rincón.
- Aquella señora es un pez gordo del ayuntamiento…
- ¿Y…? – Beatriz no entendía por dónde quería ir a parar Cecilio- ¿Crees acaso que es más feliz que yo porque ella no se ensucia las manos haciendo café?
Cecilio insistió. Le explicó a Beatriz que era regidora de cultura, que tenía una enorme casa en una urbanización de lujo de esas con piscina y todo, que estaba recién separada, que ganaba una fortuna con el dinero que pagamos los contribuyentes y que se la veía ir a cenar constantemente con un funcionario aburrido y que seguramente los contribuyentes también éramos los que pagabamos esas cenas y que manda cojones.
Cecilio quería hoy conversación a toda costa. Beatriz todo lo contrario. Entre el viaje a Lisboa de Salvador y el puente, llevaba una semana sin verlo. Sin ver sus ojos, sin sentirlo cerca, sin poder hacerle café. Uno solo, bien negro, bien cargado, bien lleno de sus ansias de amarle. Una semana. Siete largos días sin él. Siete días en los que él estaría comiendo pastelitos de nata y durmiendo con su mujer.
Beatriz no quería hablar, no quería escuchar chismes, no quería ni hacer café. Toda su puñetera vida haciendo café para los demás y nunca, nadie, le había hecho a ella un mísero café. Desde que murió su abuela, nadie le calentaba si quiera un vaso de leche.
Pero eso es crecer, quedarse solo con uno mismo. Y es aterrador.
Beatriz pensó en mostrar descortesía y ponerse a fregar vasos. Le habían salido manchas en las manos por culpa del contacto con el agua y los jabones de fregar. Toda la vida una fregona. Ya era tarde para querer ser otra cosa.
Pero al escuchar lo del funcionario aburrido, a Beatriz le dio un pinchazo el corazón. Pensó en Salvador. Pensó en él sin querer pensar en él, porque el recuerdo de Salvador llegaba de golpe, sin pedir permiso. “Me puedes, Salvador, me puedes”.
- ¿Cuál es la mayor mentira del mundo, Gloria?
El Rubio ya había averiguado el nombre de Beatriz. Pero, con la sabiduría y el buen hacer que tienen los viejos, pensó que si la muchacha no quería mencionar su nombre tenía todo el derecho a no hacerlo. Así que el Rubio se lo cambió. Le cambió el nombre porque el Rubio se había percatado que no le gustaba que su marido la llamase Beatriz, ni que Salvador la llamara Bea. Le parecía muy atrevido llamarla B y una falta de delicadeza llamara Agustina o Marquesa como hacía todo el mundo en el bar Extremeño. Cuando la llamaban María, Beatriz aún se enfadaba más y el Rubio había deducido por su expresión de disgusto que María debía ser el nombre de la mujer de Salvador. Seguro, Cecilio tenía un sexto sentido para eso.
Así que ante la dificultad de acertar con el nombre de la muchacha, el Rubio decidió cambiárselo. Por eso la llamaba Gloria, que hacía honor a su café, gloria bendita.
A la muchacha le gustó el juego. A todos nos gusta disfrazarnos, ser algo camaleónicos. Es como un mecanismo de defensa, una forma de protegernos de este continuo teatro que es seguir viviendo. Interpretar. La vida no es más que interpretar con algo de gracia.
El Rubio bien sabía que nos pasamos la vida interpretando; siendo como las personas que nos quieren quieren que seamos y olvidándonos de ser nosotros mismos.
Pero Cecilio tenía algo muy claro: Cuando tu nombre no dice ya nada de ti, tienes que cambiártelo.
Por eso Beatriz, para Cecilio , era Gloria. Y Beatriz, siendo Gloria para Cecilio, era más que una muchacha que hacía café y observaba todo cuanto pasaba a su alrededor, era una actriz más representando la gran mentira de sobrevivir.
- La mayor mentira del mundo, Cecilio, es que nos creamos que en un determinado momento de nuestra existencia, perdemos el control de nuestras vidas y éstas pasan a ser gobernadas por el Destino. Ésta es, sin duda, la mayor mentira del mundo. Nosotros, con nuestras propias decisiones, condicionamos nuestro futuro. Y con nuestras mentiras amañamos nuestra vida, y lo más triste de todo, a veces con nuestras mentiras amañamos las vidas de los demás sin tener ningún derecho a hacerlo.
- Siento oirte decir eso, Gloria.
Porque Cecilio era de los que amañaba, si era por una buena causa.
Cecilio se quedó así, de pie en la barra, mirando su café con leche hirviendo con una sacarina, sin pensar en nada. Hasta que presintió un movimiento sobre su cabeza.
La mujer del abrigo de visón pagó su café y se marchó. Cecilio escuchó el silencio, saboreó el olor del aire. Una cortina de humo de habano lo envolvía todo, humo espeso como niebla. Cecilio miró el suelo. Había mucha suciedad y colillas junto a sus pies. A veces uno necesita ver la suciedad para valorar más el olor a jabón y la necesidad del orden cuando regresa a casa.
Cecilio se sentó en uno de los taburetes de la barra y se dejó hipnotizar por el horizonte que tenía delante de él. Gloria, Beatriz, había mordido el anzuelo. Se lo había tragado, lo de la regidora. Estaba celosa. Celosa de la mujer del visón, de sus supuestas cenas con Salvador. Cenas que ella no habría de tener nunca.
Cecilio no sabía qué perra le había mordido con lo de ayudar a los dos muchachos. Beatriz y Salvador estaban en un constante tira y afloja, quiero y no puedo.
En esta vida todo está escrito, Beatriz, incluso el hecho de estar lleno de amor. Porque cuando se ama las cosas adquieren aún más sentido, pensó Cecilio mientras se marchaba a ver el suelo limpio de su casa, dejando sola a Beatriz con un bar lleno de gente y un desierto en la mirada. Celosa. Beatriz estaba celosa mientras escuchaba a su corazón magullado, preguntándose si hoy domingo ocho de diciembre, Salvador, que estaba con su mujer y sus hijas en las fiestas de Castelldefels, estaba pensando en ella.
Salvador era su tesoro, su desierto, su sueño. Salvador era una apuesta elevada que podía llevarla a perderlo todo.
Beatriz estaba asustada por todo lo sucedido días atrás. Aunque no se arrepentía de nada. El arrepentimiento es para los curas. Sin quererlo, Beatriz se había sumergido en un torrente de sensaciones ya olvidadas y el precio que tenía que pagar por sentir aquello que no quería dejar de sentir era su vida. Convertirse en otra persona. Una pérfida mentirosa. Una fullera que amaña una partida de cartas jugada a cuatro manos.
Había niñas de por medio. Ellas también podían sufrir daño. Sólo por eso habría que ser legal y retirarse, sólo por eso.
Beatriz necesitaba una señal. Una que fuera verdadera y creíble. Beatriz se pasó toda la noche despierta, esperando la llegada del lunes. El lunes que significaba ver a Salvador, tomar café expresso en el reservado de la cafetería que había junto al CITE. El lunes que podría traer consigo más besos de cuento de hadas.
Las estrellas de la noche parecían decirle a Beatriz : “Confía en tu corazón, cuando se ama no tenemos ninguna necesidad de entender lo que sucede. Es como el misterio de la vida y de la muerte. Si lo entendieramos se acabaría el milagro de no saber nunca qué va a pasar con nosotros”.
Y Beatriz se había enamorado, por culpa de un par de besos compartidos con café expresso.
Y los besos, en los cuentos, siempre son de amor verdadero.