Creo que si finalmente
no comienzo este relato, terminará por desaparecer como los pisos de mi antigua
casa, llevándose todo y convirtiéndose en una triste historia vacía.
Lo
de mis pisos fue más o menos así: hace tiempo, leyendo una de mis autoras
favoritas, descubrí un personaje que podía leer el futuro y la vida pasada de
la gente en un lugar totalmente inesperado y cotidiano, más precisamente en los
ventanales de un edificio vecino.
A
partir de esa lectura comencé una práctica inocente que pronto se convirtió en
una obsesión: buscaba mi destino en cualquier lugar que tuviera cara de oráculo
poco oracular, por ejemplo creí ver mi vejez reflejada en la superficie
plateada y húmeda de una cuchara o adiviné señales divinas en los vuelos erráticos
de las moscas contra la ventana.
Aquello
amenazaba con volverse peligroso, buscaba conexiones cabalísticas en los
estrenos de las películas, en los números de los boletos de colectivo o en la
cantidad de gente que me llamaba por mi nombre cada día. Sólo al mantener mis
ojos cerrados lograba cierta sensación de paz y dejaba atrás mi paranoia
providencial pero pronto noté que la cantidad de veces que cerraba los ojos
podía se también objeto de análisis.
Todo
esto pasaba mientras yo perdía mi trabajo: los horarios fijos y el hecho de
fichar diariamente y delante o detrás de quién era un obvio presagio que no
podía develar. Ni mis amigos ni mis pocos amantes (sus nombres, fechas de
nacimiento, formas de conocernos… todo estaba allí pero no podía leer más
allá…) ya nadie quería escuchar mis hipótesis ni soportaron que perdiera el
tiempo en absurdas elucubraciones que algunos sospechaban producto de una secta
o algo así.
De
todas formas creo que lo peor de todo era la frustración: no había logrado
acertar ni siquiera cosas pasadas y conocidas, ni un premio en la quiniela o,
por lo menos, el número del huevo de pascuas de la panadera.
Pero
como todo tiene que llegar inevitablemente a un fin (en realidad no sé si todo
pero sí muchas cosas) sucedió algo que transformó una vez más aquella forma
especial de ver la vida que yo me jactaba de tener.
Una
tarde en que me encontraba perdida observando la frecuencia de un semáforo y la
cantidad de autos que pasaban en cada corte y apertura buscando su significado
clandestino (la cifra del creador, el número perfecto) se me acercó un señor
mayor, de barba y un espeso humo de pipa circundándolo y me dijo: - Disculpe
que venga a retarla pero no es sensato andar así por la calle, si no sale con
el bastón blanco no sólo que nadie la va a ayudar a cruzar en esta ciudad sino
que se va a llevar por delante muchas cosas ¿Hasta dónde la acompaño? Estoy
caminando y preciso compañía… me aburro en pocas cuadras…
Durante
unos segundos no pude salir de mi asombro, ese señor con facha de director de
cine me había confundido con una persona ciega por mis anteojos y mi espera de
vaya a saber qué cosa en aquella esquina. Sin querer pasar por estúpida y
porque realmente quería charlar con alguien le di la razón y las gracias, me disculpé avergonzada por mi
falta de cordura y le dije mi dirección para que su caminata fuera provechosa y
yo pudiera volver a casa sin dejar evidencia de mi estado.
Aquellas
cuadras que caminé en un simulacro de ceguera fueron la claridad en movimiento:
en una metáfora más que trillada, aquel señor (nunca le pregunté su nombre ni
él el mío) fue un Virgilio guiándome de vuelta a la realidad fuera de los
destinos inexorables que yo buscaba en cualquier lado.
Al
llegar a la puerta de casa y después de una maravillosa caminata charlada en
cada paso, agradecimos la casualidad del encuentro y nos deseamos un futuro
cruce. Al sentarme en el sillón del comedor sentí un terrible vacío en mi vida
¿qué habían sido esos años desperdiciados tras la sombra de un cuento?, ¿cómo
no pude diferenciar la realidad de la ficción?, ¿dónde estaban los míos?
Los
rastros de mi familia y amigos habían desaparecido, ahora estaba al margen de
mi propia vida. Fui hasta el baño y me miré larga y amargamente en el espejo.
Había envejecido y no lo había notado, el futuro estaba hecho carne en mi
propio rostro y por mi búsqueda inútil no había sabido ver lo evidente… Me
senté en el inodoro y lloré tranquila y amargamente. Cuando alivié mi dolor
atrasado, me quedé allí observando el piso del baño mientras ordenaba lo poco
que quedaba de mi vida y decidía que iba a hacer de aquí en más. Creo que pasé
la noche allí sentada mascullando mi propio porvenir, observé ese piso por más
de 10 horas y finalmente me quedé dormida una vez decididos los pasos a seguir.
Cuando
me desperté tenía un terrible dolor en todo mi cuerpo por la postura en que
había quedado y como pude me arrastré hasta mi cama y dormí el día entero, con
la liviandad de conocer mis próximos pasos porque esta vez era yo quien había
decidido cómo llevarlos a cabo y no un estúpido oráculo inútil.
Con
el tiempo me mudé, conseguí trabajo y rearmé mi vida, amistades nuevas, amores
duraderos y tal vez definitivos. Hasta que una noche, tuve la sensación de
haber visto la escena de la cual formaba parte, mis amigos se sonrieron y
comenzaron a teorizar sobre el dejavu
y sus significados psicológicos, paranormales y toda clase de pavadas que
surgen en una cena de amigos. Sin embargo, en mi cabeza esa cena en su
totalidad era algo extrañamente visto, yo sabía perfectamente lo que iba a
pasar, como si hubiera sido espectadora de esa misma situación en un viejo cine
de películas mudas, sabía perfectamente los movimientos de los actores pero la
ausencia de parlamentos me mareaba un poco. Pensé que tal vez sería el efecto
del vino y de las copitas del café.
Al llegar la hora de despedir a todos, mi
amante de turno se quedó un rato más y después de una charla entrecortada por
besos y caricias sucedió aquello que yo sabía perfectamente que iba a suceder:
un pedido de matrimonio, una aceptación y felices por siempre ¿pero cómo podía
saberlo con tanto lujo de detalle?
De pronto, un frío me
recorrió la espalda y recordé como en un mal sueño aquella tarde en el baño de
mi antigua casa, los dolores de aquel sueño liviano y una pesadilla que volvía
firme y ahora segura como en el peor momento de mi locura: la imagen de aquella
cena estaba dibujada claramente en los arabescos del suelo, el piso que tantas
veces había transitado y observado para alejarme de mi manía era la evidencia que
tantas veces había buscado infructuosamente.
No quise arruinar el momento y traté de
disimular el maravilloso descubrimiento que había hecho y me prometí que al día
siguiente iría sin falta a mi antigua casa con alguna excusa tonta para que mi
ahora futuro marido no se retractara al ver en mi a una loca sin cura, pero yo
sabía que no estaba loca; finalmente, mi cordura era evidente hasta para mi
misma.
Al llegar noté que nadie
había alquilado la casa, era muy grande para las familias de hoy y el precio
que pedían en la inmobiliaria se había ido a las nubes, tendría que
ingeniármelas para alquilarla y comprarla más adelante. Me acompañó el
mismísimo dueño de Zardoski y Asociados porque quería recuperar a una “buena
inquilina” (el hombre estaba desesperado por alquilar algo). Me comentó que
después de mi habían pasado por allí una familia y una ancianita simpática que
conservaron muy bien la casa pese a su antigüedad y que los cambios que habían
hecho eran sin lugar a dudas para bien. Pregunté desesperadamente cuáles habían
sido aquellos cambios y el señor Adolfo Zardoski un poco asustado por mi
temperamento súbitamente alterado me dijo que sólo eran pequeños cambios en las
habitaciones y una remodelación completa del baño que ahora tenía hidromasaje y
toda la mampostería nueva… Quedé congelada en el pasillo, esbocé una disculpa
tonta por la molestia y le prometí volver con mi marido que seguro ahora
estaría mucho más interesado en mi antiguo piso. Sorprendido notablemente, el
buen señor Zardoski sacó a relucir su mejor sonrisa de buen vendedor y me dijo
que nos esperaba ansioso. Salí a la calle y caminé sin mucha idea de a dónde
quería llegar hasta que quedé detenida casi sin sentido y mirando la nada. Mi cordura
se había esfumado en una remodelación…
Una voz conocida me
volvió a la realidad: - ¡pero caramba! Usted me prometió que iba a salir con
bastón y ahora ni siquiera lleva los anteojos ¡pero que caminante más rebelde!
Nuevamente el director
de cine con sus propios efectos especiales había logrado encontrarme. Es que
estaba buscándolo a usted – le dije – pero tenga cuidado que ahora me mudé y
vivo mucho más lejos. No se preocupe que tengo más práctica que antes –
contestó sonriendo.
Comenzamos la charla y
los pasos siguieron uno detrás de otro. Las cuadras pasaban y no soportaba más esa
mentira tan feliz: decidí sincerarme con aquel hombre desconocido que merecía
mi más sublime confianza. Mientras desgranaba mi vida y mi búsqueda de oráculos
baratos aquel hombre me escuchó sin interrumpir y sonriendo con la mención de
su figura en mi vida. Al finalizar el paseo, ya en la puerta de mi nueva casa
descubrí el engaño final: tengo que decirle una cosa más pero no quisiera que
lo tome a mal o como una tomada de pelo – dije como si de repente tuviera cinco
años y hubiera roto un vidrio –, yo no soy ciega, me dejé guiar aquella vez
porque realmente necesitaba que alguien me diera una mano para volver a una realidad
que yo pensaba ilusoria, me había extraviado…
El hombre mi miró,
sonrió y como un buen abuelo me palmeó suavemente la mejilla. No te preocupes –
dijo – la realidad y el destino se parecen a una carta francesa, ninguna cara
tiene patas, ninguna es mentira. ¿No te parece raro que yo haya aparecido
siempre en tan buenos momentos y siendo yo el ciego me dejé guiar? – me beso en
la frente, bajó sus anteojos negros y me hizo un guiño con sus ojos vacíos de
luz. Nada es lo que parece y el hado está en todos lados como bien lo
descubriste. Pero al final ¿a quién le importa el destino?
Sacó su bastón blanco y
se fue caminando tranquilamente. Entré en casa con una sonrisa en el rostro y
me fui a la cocina a preparar unos mates.