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Saavedra, Noelia Belén (Unmei)

Oráculos baratos



Creo que si finalmente no comienzo este relato, terminará por desaparecer como los pisos de mi antigua casa, llevándose todo y convirtiéndose en una triste historia vacía.            Lo de mis pisos fue más o menos así: hace tiempo, leyendo una de mis autoras favoritas, descubrí un personaje que podía leer el futuro y la vida pasada de la gente en un lugar totalmente inesperado y cotidiano, más precisamente en los ventanales de un edificio vecino.            A partir de esa lectura comencé una práctica inocente que pronto se convirtió en una obsesión: buscaba mi destino en cualquier lugar que tuviera cara de oráculo poco oracular, por ejemplo creí ver mi vejez reflejada en la superficie plateada y húmeda de una cuchara o adiviné señales divinas en los vuelos erráticos de las moscas contra la ventana.            Aquello amenazaba con volverse peligroso, buscaba conexiones cabalísticas en los estrenos de las películas, en los números de los boletos de colectivo o en la cantidad de gente que me llamaba por mi nombre cada día. Sólo al mantener mis ojos cerrados lograba cierta sensación de paz y dejaba atrás mi paranoia providencial pero pronto noté que la cantidad de veces que cerraba los ojos podía se también objeto de análisis.            Todo esto pasaba mientras yo perdía mi trabajo: los horarios fijos y el hecho de fichar diariamente y delante o detrás de quién era un obvio presagio que no podía develar. Ni mis amigos ni mis pocos amantes (sus nombres, fechas de nacimiento, formas de conocernos… todo estaba allí pero no podía leer más allá…) ya nadie quería escuchar mis hipótesis ni soportaron que perdiera el tiempo en absurdas elucubraciones que algunos sospechaban producto de una secta o algo así.            De todas formas creo que lo peor de todo era la frustración: no había logrado acertar ni siquiera cosas pasadas y conocidas, ni un premio en la quiniela o, por lo menos, el número del huevo de pascuas de la panadera.            Pero como todo tiene que llegar inevitablemente a un fin (en realidad no sé si todo pero sí muchas cosas) sucedió algo que transformó una vez más aquella forma especial de ver la vida que yo me jactaba de tener.            Una tarde en que me encontraba perdida observando la frecuencia de un semáforo y la cantidad de autos que pasaban en cada corte y apertura buscando su significado clandestino (la cifra del creador, el número perfecto) se me acercó un señor mayor, de barba y un espeso humo de pipa circundándolo y me dijo: - Disculpe que venga a retarla pero no es sensato andar así por la calle, si no sale con el bastón blanco no sólo que nadie la va a ayudar a cruzar en esta ciudad sino que se va a llevar por delante muchas cosas ¿Hasta dónde la acompaño? Estoy caminando y preciso compañía… me aburro en pocas cuadras…            Durante unos segundos no pude salir de mi asombro, ese señor con facha de director de cine me había confundido con una persona ciega por mis anteojos y mi espera de vaya a saber qué cosa en aquella esquina. Sin querer pasar por estúpida y porque realmente quería charlar con alguien le di la razón y  las gracias, me disculpé avergonzada por mi falta de cordura y le dije mi dirección para que su caminata fuera provechosa y yo pudiera volver a casa sin dejar evidencia de mi estado.            Aquellas cuadras que caminé en un simulacro de ceguera fueron la claridad en movimiento: en una metáfora más que trillada, aquel señor (nunca le pregunté su nombre ni él el mío) fue un Virgilio guiándome de vuelta a la realidad fuera de los destinos inexorables que yo buscaba en cualquier lado.            Al llegar a la puerta de casa y después de una maravillosa caminata charlada en cada paso, agradecimos la casualidad del encuentro y nos deseamos un futuro cruce. Al sentarme en el sillón del comedor sentí un terrible vacío en mi vida ¿qué habían sido esos años desperdiciados tras la sombra de un cuento?, ¿cómo no pude diferenciar la realidad de la ficción?, ¿dónde estaban los míos?            Los rastros de mi familia y amigos habían desaparecido, ahora estaba al margen de mi propia vida. Fui hasta el baño y me miré larga y amargamente en el espejo. Había envejecido y no lo había notado, el futuro estaba hecho carne en mi propio rostro y por mi búsqueda inútil no había sabido ver lo evidente… Me senté en el inodoro y lloré tranquila y amargamente. Cuando alivié mi dolor atrasado, me quedé allí observando el piso del baño mientras ordenaba lo poco que quedaba de mi vida y decidía que iba a hacer de aquí en más. Creo que pasé la noche allí sentada mascullando mi propio porvenir, observé ese piso por más de 10 horas y finalmente me quedé dormida una vez decididos los pasos a seguir.            Cuando me desperté tenía un terrible dolor en todo mi cuerpo por la postura en que había quedado y como pude me arrastré hasta mi cama y dormí el día entero, con la liviandad de conocer mis próximos pasos porque esta vez era yo quien había decidido cómo llevarlos a cabo y no un estúpido oráculo inútil.            Con el tiempo me mudé, conseguí trabajo y rearmé mi vida, amistades nuevas, amores duraderos y tal vez definitivos. Hasta que una noche, tuve la sensación de haber visto la escena de la cual formaba parte, mis amigos se sonrieron y comenzaron a teorizar sobre el dejavu y sus significados psicológicos, paranormales y toda clase de pavadas que surgen en una cena de amigos. Sin embargo, en mi cabeza esa cena en su totalidad era algo extrañamente visto, yo sabía perfectamente lo que iba a pasar, como si hubiera sido espectadora de esa misma situación en un viejo cine de películas mudas, sabía perfectamente los movimientos de los actores pero la ausencia de parlamentos me mareaba un poco. Pensé que tal vez sería el efecto del vino y de las copitas del café. Al llegar la hora de despedir a todos, mi amante de turno se quedó un rato más y después de una charla entrecortada por besos y caricias sucedió aquello que yo sabía perfectamente que iba a suceder: un pedido de matrimonio, una aceptación y felices por siempre ¿pero cómo podía saberlo con tanto lujo de detalle?

De pronto, un frío me recorrió la espalda y recordé como en un mal sueño aquella tarde en el baño de mi antigua casa, los dolores de aquel sueño liviano y una pesadilla que volvía firme y ahora segura como en el peor momento de mi locura: la imagen de aquella cena estaba dibujada claramente en los arabescos del suelo, el piso que tantas veces había transitado y observado para alejarme de mi manía era la evidencia que tantas veces había buscado infructuosamente. No quise arruinar el momento y traté de disimular el maravilloso descubrimiento que había hecho y me prometí que al día siguiente iría sin falta a mi antigua casa con alguna excusa tonta para que mi ahora futuro marido no se retractara al ver en mi a una loca sin cura, pero yo sabía que no estaba loca; finalmente, mi cordura era evidente hasta para mi misma.

Al llegar noté que nadie había alquilado la casa, era muy grande para las familias de hoy y el precio que pedían en la inmobiliaria se había ido a las nubes, tendría que ingeniármelas para alquilarla y comprarla más adelante. Me acompañó el mismísimo dueño de Zardoski y Asociados porque quería recuperar a una “buena inquilina” (el hombre estaba desesperado por alquilar algo). Me comentó que después de mi habían pasado por allí una familia y una ancianita simpática que conservaron muy bien la casa pese a su antigüedad y que los cambios que habían hecho eran sin lugar a dudas para bien. Pregunté desesperadamente cuáles habían sido aquellos cambios y el señor Adolfo Zardoski un poco asustado por mi temperamento súbitamente alterado me dijo que sólo eran pequeños cambios en las habitaciones y una remodelación completa del baño que ahora tenía hidromasaje y toda la mampostería nueva… Quedé congelada en el pasillo, esbocé una disculpa tonta por la molestia y le prometí volver con mi marido que seguro ahora estaría mucho más interesado en mi antiguo piso. Sorprendido notablemente, el buen señor Zardoski sacó a relucir su mejor sonrisa de buen vendedor y me dijo que nos esperaba ansioso. Salí a la calle y caminé sin mucha idea de a dónde quería llegar hasta que quedé detenida casi sin sentido y mirando la nada. Mi cordura se había esfumado en una remodelación…

Una voz conocida me volvió a la realidad: - ¡pero caramba! Usted me prometió que iba a salir con bastón y ahora ni siquiera lleva los anteojos ¡pero que caminante más rebelde!

Nuevamente el director de cine con sus propios efectos especiales había logrado encontrarme. Es que estaba buscándolo a usted – le dije – pero tenga cuidado que ahora me mudé y vivo mucho más lejos. No se preocupe que tengo más práctica que antes – contestó sonriendo.

Comenzamos la charla y los pasos siguieron uno detrás de otro. Las cuadras pasaban y no soportaba más esa mentira tan feliz: decidí sincerarme con aquel hombre desconocido que merecía mi más sublime confianza. Mientras desgranaba mi vida y mi búsqueda de oráculos baratos aquel hombre me escuchó sin interrumpir y sonriendo con la mención de su figura en mi vida. Al finalizar el paseo, ya en la puerta de mi nueva casa descubrí el engaño final: tengo que decirle una cosa más pero no quisiera que lo tome a mal o como una tomada de pelo – dije como si de repente tuviera cinco años y hubiera roto un vidrio –, yo no soy ciega, me dejé guiar aquella vez porque realmente necesitaba que alguien me diera una mano para volver a una realidad que yo pensaba ilusoria, me había extraviado…

El hombre mi miró, sonrió y como un buen abuelo me palmeó suavemente la mejilla. No te preocupes – dijo – la realidad y el destino se parecen a una carta francesa, ninguna cara tiene patas, ninguna es mentira. ¿No te parece raro que yo haya aparecido siempre en tan buenos momentos y siendo yo el ciego me dejé guiar? – me beso en la frente, bajó sus anteojos negros y me hizo un guiño con sus ojos vacíos de luz. Nada es lo que parece y el hado está en todos lados como bien lo descubriste. Pero al final ¿a quién le importa el destino?

Sacó su bastón blanco y se fue caminando tranquilamente. Entré en casa con una sonrisa en el rostro y me fui a la cocina a preparar unos mates.

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