Autor: Fresno Guitián
Noviembre se había instalado en las calles de Berlín, en octubre de 1920. Elsa Herzog taconeaba por ellas, con sombrero y sin Joseph, que no había querido, una vez más, acompañarla a una fiesta en el salón más de moda de la ciudad. Una algarada de obreros de la construcción, la mayoría procedente de las obras del ensanche de Prezlauerber, en el extremo oriental de la ciudad, había impedido que su coche llegara hasta la puerta. Por eso iba andando, algo inquieta por el ruido, los gritos y las consignas. Vio su reflejo en un escaparate roto por una pedrada, y se fijó en su vestido y en su sombrero a juego, rojos como las copas de los árboles y como los brazaletes de aquella gente fea y protestataria.
En la calle, se cruzó con oficinistas de bombín y chaqueta americana, como las llamadas Wilson, que empezaban a hacer furor entre los hombres. Salían de la oficina, acaso de uno de los Bancos de su Joseph. La miraban y se sintió halagada con su traje de color inoportuno. El edificio colindante a la mansión a la que iba, muy cerca de Savignyplatz, era una iglesia cuyo campanario se desgañitaba llamando a misa. Frente a ella, unas señoras que ocultaban su pelo bajo una redecilla charlaban entre murmullos. Saludó a una de ellas, a la que conocía de la ópera, con un gesto. No es de los nuestros, pensó, pero es gente de orden. En ese momento, un adoquín mal colocado en la calle, le torció levemente el tobillo. Arrugó el ceño, pero se recompuso al comprobar que había alcanzado su objetivo. Por las ventanas del moderno hotelito de tres plantas brotaban risas y la orquesta atacaba los primeros compases de un rabioso charlestón.
El salón estaba muy animado, con docenas de personas en plena conversación pero pendientes de quién entraba. Elsa no pasó desapercibida.
-¿Y Joseph? –Una mujer de vestido de gasa ceñido en la cadera se dirigió enseguida a ella con una sonrisa.
-En casa, algo delicado.
-Qué animada eres, Elsa… venir sin el marido.
-Como las modernas de París.
-De París no vienen más que modas raras. Mira esos locos del Festival Dadá...
-Ulrike, los del Festival son alemanes, no franceses.
-No sé adónde vamos a llegar.
Rio con ganas mientras echaba una ojeada alrededor. Todo estaba perfecto: el mármol de Brac, la gigantesca lámpara de caireles, el cóctel de Chez Nolde, las lentejuelas de los vestidos, el magnífico contraste del blanco y el negro de los smokings de los caballeros, con sus pecheras almidonadas y sus corbatas de plastrón.
Hizo un gesto a Ulrike y se dirigió a los Von Lucken y a los Kaufmann que comentaban sobre la caída del káiser.
-Yo no albergo dudas de que regresará.
-No lo creo. El káiser está muy a gusto en Holanda, en su exilio dorado. Se fue dejando el país como lo dejó.
-Los alemanes creemos en él, amigo Kauffmann. Volverá.
-¿Todos creen en él? No me hagas reír. ¿Piensas que Ebert y los suyos estarían dispuestos a recibirle? No sólo los rojos se la tienen jurada, querido amigo.
-¿Quién si no?
-Ni siquiera los militares lo quieren –dijo Kauffmann bajando un poco el tono y señalando discretamente la corpulenta figura de un coronel de caballería que, sentado en un amplio sofá, se reía en compañía de dos damas-. Lo consideran un desertor.
-¡Eso es absurdo! Se marchó para no agravar la situación. Fue un sacrificio…
-Vamos, Helmut, el káiser no volverá…
-Sí lo hará, porque hay quien todavía tiene ideales, no todo va a ser ganar dinero en los negocios, Kauffmann –Helmut Von Lucken elevó ligeramente el tono pero se arrepintió enseguida, palmeó amigablemente el hombro de su interlocutor y siguió hablando-. Mira a esos muchachos de Baviera, que creen en la patria y no van a dejar que nos invadan los bolcheviques. Hay que ayudarlos, son nuestra esperanza.
-Desde luego que las huelgas son un problema. Pero, amigo, esos chicos son demasiado, ¿cómo decirlo?, impetuosos –Samuel Kauffmann dudó un momento- ...y el último pago me pareció abusivo... –volvió la vista y reparó en la presencia de Elsa-. Pero mira quién está aquí, mi maravillosa prima. Y sola. Deja que adivine: el bueno de Joseph, haciendo números en el banco.
-Un poco de todo, Samuel. Ya sabes cómo es. Tiene que revisar hasta el último céntimo. Dice que estamos teniendo muchos gastos…
-Hay que defenderse, querida Elsa, alguien tiene que hacerlo. Aunque cueste dinero...
Elsa guiñó un ojo y cambió de grupo en busca de alguien menos aburrido que no hablara de política. De una mesa cubierta por un mantel de hilo, cogió una copa de champán, luego otra, luego otra más. Se apoyó en una barandilla dorada sonriendo sin parar. Sí, todo estaba perfecto, el mármol, la lámpara y esa mirada azul y varonil que la taladraba. Una mirada con amplias espaldas, cubiertas por guerrera azul ribeteada en plata, con cuello y bocamangas de un rojo tan intenso como su vestido, galones de capitán, pantalón estrecho y botas de caña alta. El dueño de aquellos ojos se encaminó hacia ella mientras Elsa trataba de calmar sus nervios acariciando el remate de bronce labrado de la barandilla. Cuando se encontraron frente a frente, Elsa hizo acopio de valor para dirigirse a él sin que le temblara la voz.
-¿Militar?
-Hasta la muerte.
-¿En activo?
-Desmovilizado desde la Gran Guerra. –Esbozó un rictus.
La mujer asintió, embriagada por esa voz grave.
-La teníamos ganada... –continuó el hombre.
-¿El qué?
-La guerra.
-Ah... –Elsa encogió levemente los hombros.
-Nos engañaron.
-¿Quiénes? –Él no contestó y permanecieron en silencio durante un segundo.
-¿Bailamos? –preguntó súbitamente el hombre y Elsa se sintió aliviada.
Bailó una pieza con aquel torso firme de movimientos seguros. Mareada, recordó sus sueños de colegiala, antes de casarse con Joseph, el amigo de su padre.
-Me llamo Kurt.
-Y yo, Elsa.
-Ya lo sé. –Mantuvo un segundo la mirada y luego sus ojos se refugiaron en el collar de ella, cuyas asimétricas perlas lo distrajeron.
Dejaron de bailar, pero no se perdieron de vista durante el resto de la fiesta. Él charló un rato con un anciano de largos bigotes blancos y ella trató de ayudar a su amiga Ulrike a ocultar una mancha de crema en su flamante vestido rosa.
Elsa no recordaría a qué hora subió al coche de caballos de él. Regresamos a casa, ordenó Kurt al cochero que se desprendió de la manta que lo mantenía a salvo del frío. Kart encendió con dificultad un cigarrillo y tosió con la primera calada. Una vez en marcha, la ciudad, cada vez más roja de otoño, de indignación y de rabia, discurrió ante los ojos de ambos. Un hombre deambulaba por la calle con la mirada perdida; cerca de él, unos vagabundos trataban de calentarse quemando unos periódicos y cantaban canciones populares. Al atravesar la Puerta de Brandemburgo, los caballos frenaron en seco, asustados por algún ruido. Elsa tembló por el hielo de la culpa.
-Tendríamos que haber entrado por aquí victoriosos, –suspiró Kurt- y no humillados y en manos de comunistas y extranjeros.
-¿Qué extranjeros?
Él la besó por toda respuesta. Elsa cerró los ojos mientras paladeaba la saliva de él y sus propias dudas. Los caballos reanudaron la marcha.
Una vez dentro de la casa, él cerró la puerta con llave. Espera un momento, dijo, tengo que ir al lavabo. Elsa examinó, con interés, las paredes de la estancia: un espejo, dos cornucopias, un reloj de péndulo y una foto color sepia de Kurt a caballo, en el frente. El tictac del reloj se confundía con el sonido metálico del orinal, al fondo del corredor. Él salió del baño y caminó pausado hacia ella. Se miraron. Ella respiró hondo tratando de olvidar el humillante eco metálico. Todavía tienes la cabeza cubierta, susurró él con una mueca en los labios. De un golpe, tumbó el sombrero que rodó por el suelo. Luego rasgó su vestido rojo de seda. Bajo las bragas de encaje, otros latidos se unieron a los de su pecho. Elsa sintió deseo. Luego, con la primera bofetada, también sintió miedo. Después, cuando llegaron las patadas, sólo miedo. Ya en cueros, Kurt la arrojó sobre el suelo frío y se desnudó. Sobre su pecho velludo brillaba una esvástica. Elsa no supo por qué la golpeó, por qué la llamó perra judía, qué tenía que ver ella con puñaladas por la espalda, ni con sabios de Sión. No entendió por qué, en las embestidas brutales, él clamó por Dios y por el general Ludendorff. Acurrucada en aquel rincón frío y oscuro, bañada en su propio vómito, se preguntó por qué a ella. En aquel momento, no entendió nada. Años después, sí.
La entrevista
Angélica dudó si pulsar de nuevo el timbre, pero apretó la mano del niño y decidió esperar; no quería volver a estropearlo todo el primer día. La puerta adornaba sus cuarterones repintados en marrón con un corazón de Jesús y una dorada letra B. Observó el suelo del descansillo y el negro de la llaga de las baldosas de mármol. Una ventana de madera de cristales esmerilados, que no cerraba bien y por la que se filtraba el olor de un cocido madrugador al que todavía no le habían echado la carne, regalaba una tímida luz de patio. Angélica se alisó la falda con la mano y ahuecó su abrigo de paño para ventilarlo, temerosa de que el olor a tabaco encerrado del ascensor se le hubiera pegado. Ni un error más, le había advertido la agencia. Bastante tenía con no haber podido dejar al niño con nadie para esa su primera entrevista en casa de doña Pura Hernández de no sé qué. Repasó el papel de la agencia para recordar aquel apellido pomposo. “De Carrizosa, de Carrizosa”, intentó memorizar.
El niño trataba de zafarse de la mano de su madre, que cada vez oprimía más. Tiró dos veces sin éxito, emitió un gemido e, inmediatamente, se encerró en su mutismo de ojos ausentes. A sus cinco años, nadie le había oído decir una sola palabra, salvo una vecina que juró y perjuró, a medio camino entre el estupor y la queja, que la había llamado “puerca y gilipollas” al intentar abrazarlo. Todo el mundo pareció estar encantado con que Pedro, Pipo, como lo llamaban, hubiera insultado a Juana, la vecina que soportaba las peroratas de Angélica y se quedaba con el niño cuando ella iba a trabajar, y quien finalmente había acabado asumiendo el dudoso honor de ser la receptora de las única palabras que pronunciara en su vida.
Pipo giró la cabeza hacia el zócalo, de un marrón algo más claro que el de la puerta, y su mirada se perdió en un desconchón amarillento. Imaginó un gallo con sombrero, luego una nube, luego un hueco en el que poder esconderse si no tuviera la mano tan firmemente aferrada por su madre. Del otro lado de la puerta, retumbaron unos pasos de color rojo y de forma triangular. Notó que su madre se tensaba. Angélica, que no había podido resistirse y había pulsado por segunda vez el timbre, se empinaba hacia la mirilla de la puerta para intentar vislumbrar algo del interior.
Pura Hernández de Carrizosa estaba acabando de arreglar la casa cuando oyó el primer timbrazo. La asistenta que me manda la agencia, pensó, y se apresuró a colocar un pañito de croché en el centro de la mesa de estilo inglés que tenía en el comedor, herencia, como toda la casa, de su difunto Santos. Se alejó dos pasos para observar el efecto y decidió poner sobre aquél un jarrón bañado en plata con unas flores secas. Ahora sí, perfecto. Recorrió el corto pasillo y entró en el baño para retocarse el peinado: unas discretas, pero cuidadosamente estudiadas ondas en su pelo color ceniza. Lo que más le favorece doña Pura, le había jurado Mari Carmen, su peluquera de confianza. Fue entonces cuando escuchó el segundo timbrazo. Mal empezamos, pensó, con uno hubiera bastado. Y recordó el nombre de la candidata que le mandaba la agencia de asistentas: Angélica Santos. No le gustó su apellido, porque la llevaba de regreso a los veinte claustrofóbicos años de su matrimonio con Santos Carrizosa.
Pura se encaminó hacia la entrada con paso firme, pero, antes de abrirla, echó una ojeada por la mirilla. Tuvo que inclinarse hacia atrás al ver, del otro lado de la puerta, la cara deformada por la lente de una mujer joven que, a su vez, había acercado su ojo derecho al óculo de cristal. Su cabeza le pareció el de una calavera, cráneo ancho y mentón estrecho, cubierta por una mata de pelo negro recogido atrás. En segundo plano, había un niño que miraba hacia su derecha y que estiraba el brazo hacia arriba para agarrarse a la que debía de ser su madre. Le pareció minúsculo al lado de esa desagradable mujer.
El ruido del cerrojo alertó a Angélica de que debía alejarse de una mirilla que apenas le había dejado entrever unas sombras. Carraspeó levemente y deseó en silencio que su hijo no empezara con sus ridículos canturreos guturales. Cuando la puerta se abrió, las dos mujeres quedaron frente a frente. Pura se estiró aún más al comprobar que era más alta que Angélica.
-Angélica Santos, ¿me equivoco?
-Para servirla, señora. La agencia me dijo… Espero que no le parezca mal que haya venido con mi hijo. Hoy, precisamente, no tenía dónde dejarlo y yo…
Pura cortó las explicaciones de Angélica girando sobre la punta de los pies y encaminándose hacia la sala, un foco de luz al fondo del oscuro pasillo. Habla demasiado y pone de excusa a la criatura, pensaba la una; qué aires se da la señorona, la otra. El niño abrió la boca, con una media sonrisa, al notar un olor dulzón.
La amplia estancia estaba dividida en varios ambientes por unos pesados muebles de madera labrada, mil veces encerados. A la izquierda, las butacas orejeras tapizadas con motivos geométricos y una mesita de mármol con la televisión, marcaban el lugar de la sala de estar; a la derecha, la mesa, con un aparador y un sinfonier repletos de piezas de plata, dejaba claro que ése era el sitio destinado a ser comedor. Pura detuvo su marcha, se apoyó levemente en una de las sillas e inició la entrevista.
-Como verá, ésta es una casa sencilla cuya limpieza se puede hacer en poco tiempo, siempre que se trabaje con eficacia. Vivo sola, pero recibo a muchas amistades y conocidos, tanto míos como de mi difunto marido, y todo ha de estar listo. ¿Me sigue?
-Sí, señora. –Angélica, entretanto, hacía un cálculo mental de cuánto tiempo le llevaría limpiar toda aquella plata, encerar esos muebles llenos de recovecos y mantener brillantes las cuentas de la lámpara. Mientras barría mentalmente la estancia, su mirada tropezó con el niño que se entretenía hurgando con el dedo entre los mocos de invierno. –¡Pipo, deja la nariz!, ¡ay por Dios, estos críos! Disculpe la señora…
Ante la sorpresa de Angélica, Pura sacó un pañuelo de papel y le limpió la cara a su hijo con una mano, mientras con la otra le aflojaba la bufanda.
-¿Cómo te llamas, guapo?, ¿cuántos añitos tienes?
-No le va a contestar, doña Pura, mi hijo no sabe hablar…
-Pero, ¿cómo?, ¿tan mayor?
Un reflejo de la lámpara captó la mirada del niño y le hizo reír.
-Mire cómo se ríe, ¿cómo no va a saber hablar un niño tan rico? –Pura se acuclilló para terminar de limpiarle y para colocar su camisita por dentro del pantalón. Luego, se incorporó y se dirigió a Angélica- ¿Y dónde dice que ha servido usted?
-Aquí traigo mis referencias… -dijo tras una pausa.
-¿Y no querrá una cocacola el niño? –volvió a interrumpir Pura- ¿Eh, bonito, no querrás una cocacola? –El niño no contestó- Sí, claro que quiere.
-Señora, -se atrevió a intervenir Angélica-, no se moleste. –Tensó los muslos y continuó:- Además, la cocacola le pone nervioso y luego no duerme…
-Quite, quite, qué se va a poner nervioso. A todos los niños les gusta y todos toman, y no les pasa nada. –Pura se encaminó hacia la cocina con paso resuelto.
Angélica negó con la cabeza y miró a su hijo durante unos segundos, tras los cuales, prefirió cerrar los ojos y suspirar. Pipo fijaba toda su atención en el crujir de papeles procedente de la cocina, que tomó como una música a la que acompañar con un leve bailoteo atolondrado.
Pura no tardó en regresar al comedor con una bandeja en la que había colocado una botella de refresco con una pajita dentro, un par de magdalenas en un platito de loza con ribete azul y un servilletero a juego. Sacó del cajón inferior del aparador un pequeño mantel y lo extendió sobre la mesa.
-Siéntate, guapo –le dijo a Pipo que dejó bruscamente de moverse.
El niño obedeció sin mirarla y se encaramó a una silla de asiento de cuero que dejaba sus piernas colgando. Jugueteó un rato con el papel de una de las magdalenas antes de metérsela en la boca y masticarla sonoramente. Las migas cuchicheaban en su paladar. Cogió la cocacola y empezó a soplar por la pajita para observar el color de las burbujas.
-Pipo, deja de hacer guarrerías –le reprendió su madre, crispada.
-No hable así al niño, no ve que está disfrutando. Luego se extrañan del comportamiento de los chicos. –Pura, con los ojos fijos en Angélica, apretó los labios antes de añadir-. No me extraña que el niño no le hable.
Angélica aspiró aire y lo retuvo antes de hacer un gesto a su hijo para que dejara de beber el refresco que había empezado a probar. Pura, sin reparar en el efecto de sus palabras, lo observaba con mirada beatífica. El niño no atendía ni a la una ni a la otra. Su madre perdió la paciencia.
-Señora –dijo elevando el tono más de lo conveniente-, nos tenemos que ir.
-No hemos tratado todavía el tema de las condiciones económicas.
-Pipo, deja eso y vámonos. –El niño seguía ausente, chupeteando la pajita; su madre lo agarró del antebrazo y tiró de él-. Que he dicho que nos vamos.
Pura tardó en reaccionar y, para cuando lo hizo, Angélica ya había bajado de la silla al niño y lo arrastraba en dirección a la puerta. Con el vaivén, la cocacola se había derramado sobre la alfombra persa. Aprovechó la oscuridad del pasillo para recomponerse y exclamar:
-Me quejaré a la agencia, es usted una maleducada.
No supo si Angélica la había oído, puesto que su frase sonó al mismo tiempo que el portazo de aquélla.
En el autobús que les llevaba de regreso al barrio, Angélica consiguió un sitio y aupó a Pipo sobre sus rodillas. Descargó parte de su rabia con un manotazo sobre su cabeza y otro sobre su cadera. Al hacerlo, reparó en que el niño llevaba una carpetita cerrada con lazos rosas que recordaba haber visto en la mesita de la entrada gracias a la tenue luz del descansillo. Así que su hijo había robado algo de la casa de aquella bruja para ofrecérselo como presente, como reparación de la ofensa, pensó; bien hecho, sí señor. Dámelo, cariño, dáselo a mamá, musitó en tono meloso. El niño, que, entretanto, se acariciaba la palma con uno de los lacitos rosas, vio aquella mano que le pedía lo que había cogido, se aferró a la carpeta y se puso a llorar.