PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

Pacheco, Sindo (CABAIGUANO)

Parábola del buen ser



La Comisión Central de Todos los Asuntos llegó a Paraísa un domingo pasadas las dos de la tarde. Había caído un aguacero en horas de la mañana, pero el sol había secado las calles y el entorno brillaba más de lo habitual. La comitiva fue hospedada en el único hotel con que contaba el municipio, cerrado desde hacía tiempo por no tener qué ofertar a los desesperados usuarios. Ahora había sido pintado y reabastecido, y algunos de sus antiguos empleados fueron requeridos para atender como correspondía a tan reconocida visita. Un cartel a la entrada del vestíbulo le daba la bienvenida, y por los alrededores de la calle principal fueron engalanados las fachadas y los postes de alumbrado público; sin embargo el pueblo entero languidecía en la inopia, los mercados desprovistos, las calles desiertas, las caferías, bares y demás dependencias gastronómicas sólo ofrecían infusiones de Mejorana, Cañasanta, Tilo, Anís, Manzanilla y un sinfín de plantas medicinales rescatadas de la tradición, pero con un escaso valor nutritivo. 

Durante una semana los inspectores midieron, registraron, hurgaron y rastrearon cada organismo del municipio, con muy pocos señalamientos que hacer, lo cual se hacía notar en la sonrisa cada vez más complaciente del Inspector General.

El penúltimo día la comisión fue invitada a una cena de despedida en la residencia del alcalde, una casona colonial rodeada de árboles ornamentales y cámaras de vigilancia dispuestas por los alrededores.

La cena estuvo deliciosa, relajada, una repetición del año anterior y de los últimos diez años. Se habló de los avances del municipio, totalmente acordes con los logros del país durante el mismo período; y se hicieron notar algunos aspectos, los menos, sobre los cuales debía esforzarse la dirigencia local.

Esa noche, sin embargo, antes de irse a sus habitaciones para preparar el feliz regreso a la capital, el Auditor de Finanzas, llamó la atención del grupo, cuando catalogó de sospechosa la normalidad que reinaba en aquel sitio:

—Parece una paz artificial, como prestada o fuera de lugar. La gente asiente, obedece, aplaude, casi ni habla. ¿Nadie escuchó ninguna crítica al gobierno?

Los inspectores estaban obligados a recoger el estado de opinión de los pobladores con relación a cualquier tema de actualidad.

—Yo escuché algunos comentarios referentes al Cruce Bovino-Porcino-Caballar —dijo el Defensor del Medio Ambiente.

—¿Cómo cuáles? —preguntó el Inspector General.

—Por ejemplo, que cuando se pusiera en práctica tan extraordinaria genética, iba a haber tanta carne combinada, que nadie iba a saber qué hacer con ella.

—Estupendo comentario ése. Anótalo como anécdota curiosa.

—Yo también oí decir a un grupo que gracias a las infusiones, habían bajado de peso, propinándole una derrota al flagelo de la obesidad— señaló el Encargado de Agropecuaria—; pero uno de ellos afirmó que el pueblo se estaba muriendo de hambre.

Hubo un pequeño desconcierto en los miembros de la comisión. Lo peligroso no era que la gente tuviera hambre, sino que alguien se atreviera a decirlo.

—¡Infundios! —señaló el Auditor de Finanzas—. Eso no es más que una campaña de nuestros enemigos para desacreditar la confianza en el liderazgo del país. Nuestro plan alimentario es de los más avanzados a nivel continental. El único detalle que realmente llamó mi atención fue la actitud pacífica, discreta, casi disciplinada, de cuanto perro vi merodeando la ciudad. Ni siquiera escuché un solo ladrido. Creo que habrá que felicitar al municipio por implementar la obediencia, la armonía, y la convivencia en esa especie inferior.

El de Agropecuaria estuvo de acuerdo con su colega. Eran los perros más humanos que había visto en su vida.

—Pues yo creo lo contrario —dijo el Prefecto de Asuntos Militares—. La función primaria de ese amigo del hombre, el servicio para el cual está predestinado es la vigilancia. Un perro que no ladre es como un fusil sin municiones, un centinela sin ojos, un ser inútil que contradice la esencia y el fundamento de ser. Únicamente una conspiración, un virus de nuevo tipo introducido al país por manos enemigas, podría justificar semejante conducta.

El de Medio Ambiente alzó su mano, visiblemente preocupado: ¿Y si ese virus letal se expandía a otros animales, cruzando géneros, especies, familias, incubándose, por ejemplo, en aves, reptiles, insectos, contaminando así la envidiable fauna del país…? Todo el entorno sería como una película silente sobre el suelo de la patria.

—Más que un acto contra el Medio Ambiente— señaló el de Cultura y Espectáculos—, sería un sabotaje a la nacionalidad. Dejarían de cantar los gallos, insuperable reloj puesto por la providencia en cada amanecer, faltaría el trinar de los sinsontes, el bramido del toro, el canto de las cigarras, la música de la naturaleza con sus increíbles arpegios desaparecía gradualmente. La poesía y la cancionística del país, portadora de ilustres rimas como monte y sinsonte, cigarra y guitarra, ladrido con gemido, habría que rescribirla pues las venideras generaciones jamás podrían beber en nuestras fuentes tradicionales.

—Bueno, bueno, bueno— lo interrumpió el Inspector General—. No hay que exagerar. Están haciendo una tormenta en un vaso de agua. Mañana veremos los pasos a seguir.

La Comisión se retiró a sus habitaciones. La salida hacia la capital estaba prevista para las ocho de la mañana del día siguiente, pero durante el desayuno, el Inspector General ya tenía una estrategia para enfrentar tan perturbador acontecimiento. Envió a su equipo hacia los diferentes puntos cardinales. No se podía llegar a una tesis con recuerdos, ni con retórica inflamada, sino con hechos reales y tangibles. Observaran cuidadosamente el comportamiento canino. Era necesario además que se aproximaran a los sitios donde hubiera perros guardianes. A las once de la mañana se reunirían allí en el vestíbulo para analizar los resultados.

Los visitantes se repartieron por la ciudad, mientras el Inspector General se dedicó a empacar sus bártulos.

A las once y un minuto se hallaba la Comisión en el sitio acordado; pero debido a la presencia de numerosos parroquianos, que buscaban algo que llevar a sus vacíos estómagos, hubo que trasladar la asamblea para la habitación del Inspector General.

El primer informe lo hizo el Encargado de Agropecuaria. Se había cruzado con doce perros callejeros, los cuales habían mostrado la más absoluta indiferencia.

—Eso no luce nada interesante. Deben estar habituados al trato humano y, por su exquisito olfato, seguramente conocen a todos los moradores.

—Sí, camarada Inspector General, pero tampoco es menos cierto que soy un extraño en la ciudad. De cualquier manera debían por lo menos haber mostrado su asombro. Por otra parte, casi finalizando el recorrido llegué hasta un establecimiento estatal, cerrado por ser domingo, y un Pequinés, echado sobre sus patas traseras, no solamente no movió un solo músculo de su peluda anatomía, sino que luego de varios segundos ni siquiera se dignó a seguir los movimientos de este inesperado transeúnte.

—¿Podía hablar más directo, Agropecuario, dejarse de tantos floripondios de peluda anatomía e inesperado transeúnte…? Ni que fueras el Delegado de Cultura y Espectáculos.

—Sí, camarada Inspector, el asunto fue ése, que no escuché el más mínimo ladrido durante mi extenso periplo por céntricas plazas y barrios marginales. Incluso, vi que entraban a los comercios, olisqueaban, salían, esquivos, obedientes, mirando todo en silencio como personas nobles y educadas.

—¿Usted quiere decir que los perros son como los ciudadanos?

—No, Inspector, al contrario, los ciudadanos son como los perros.

—Ese comentario es ofensivo, Agropecuario, puede ser analizado a otros niveles —lo amenazó el Inspector General.

El Prefecto de Asuntos Militares pidió la palabra y tosió dos veces para aclarar su voz.

—Mi recorrido arrojó el siguiente resultado —extrajo una hoja de su bolsillo y comenzó a leer:                         PERROS CALLEJEROS

A menos de cinco pasos: 2           Ladridos escuchados: 0

Entre cinco y diez pasos: 7           Ladridos: 1

A distancias mayores: 5                Indiferencia total.                        PERROS GUARDIANES

A menos de cinco pasos: 1           Reacción a mi presencia: ninguna.

A más de cinco: 2                         Reacción: Indiferencia o apatía.

El resto de los miembros fue señalando cosas por el estilo acerca de aquel desconcertante proceder, y cuando ya eran las dos de la tarde, el Inspector General puso fin al debate, señalando que no había evidencias suficientes como para llevar el asunto hasta las altas esferas. Nuestros ministros estaban enfrascados en tareas de otra envergadura, para ocuparse de cuestiones tan irrelevantes.

Con eso concluyó la visita y emprendieron el regreso a la capital.

En Inspector General debía informar los resultados al Ministro de Seguridad, por lo que al día siguiente se dirigió a su despacho. En la garita de entrada fue recibido por los guardias del ministerio, cuyos perros ladraban amenazantes al recién llegado. Esto hizo recapitular al inspector, y cuando terminó su exposición al ministro y le entregó los papeles, le comentó el caso de los perros de Paraísa, como una anécdota graciosa para relajar la tensión del momento.

Sin embargo, el Ministro de Seguridad frunció el entrecejo, y lo hizo abundar en los detalles de tan extraña conducta, y el Inspector General, visiblemente perturbado, contó a su superior lo expuesto en este relato.

—Ordene recoger los perros de ese pueblo. Creo que hay gato encerrado, o mejor dicho, perro encerrado en este asunto —sentenció el Ministro—. Si descubrimos ese virus letal, habremos propinado una derrota humillante al enemigo. Presentaremos las pruebas en los organismos internacionales, lo cual nos dará un capital político nada despreciable, ¿no le parece, Inspector?

—Si usted lo dice, Ministro.

Inmediatamente la prensa divulgó la noticia de que un virus letal y sospechoso había sido detectado en algunos cachorros de la localidad de Paraísa, por lo que Salud Pública había tomado la decisión de examinar los ejemplares caninos de dicha localidad con la rapidez que ameritaba semejante caso.

En pocos días, tres pelotones del equipo de Búsqueda y Captura atraparon a los perros callejeros, un total de 39 y luego recogieron a las mascotas que totalizaron 245, con la promesa de someterlos a rigurosos análisis, y aquéllos que no produjeran resultados serían devueltos en la brevedad a sus legítimos dueños.

Seis camiones jaulas llevaron el cargamento hasta la capital. El personal de laboratorio del Cuerpo Nacional Antivirus, estaba impresionado con los animales, que llegaron apilonados en pequeñas jaulas, hacinados uno contra otros, pero sumamente tranquilos y felices, con sus miradas dulcísimas y mansas, casi agradecidas.

Fueron alojados en cómodas celdas y se les sometió a un régimen especial de alimentación, con doble ración de proteínas mientras diagnosticaban sus condiciones de salud. A partir del quinto día se escuchó por primera vez un aullido en aquel armonioso convento. Para el octavo día, ya nadie podía acercarse a las perreras, por la energía con que los canes mantenían su sostenido concierto de ladridos. No fue hallada anormalidad alguna en composición sanguínea, orina, heces, secreciones, ni ningún otro parámetro vital, salvo una prolongada anemia XY de tipo paralizante.

La semana siguiente fueron llevados de vuelta. Iban fajados por el camino, ladrando, gruñendo, atacándose los unos a los otros, exigiendo un lugar y un espacio a su perruno acontecer. El Ministro de Seguridad, por su parte, mandó a buscar al Inspector General.

—Increíble, Inspector, no había tal armonía ni sumisión. Los perros estaban paralizados por el hambre, una desnutrición acumulada día tras día, semana tras semana, mes tras mes. Lástima que no encontramos nada tenebroso. Hubiera sido un formidable argumento político.

—Olvidaba un detalle, Ministro. Durante nuestra visita, el Encargado de Agropecuaria comparó a la gente con los perros en la forma obediente que tenían de conducirse, opinión ésa incompatible con su cargo, y con la confianza depositada en él. ¿No va a tomar ninguna decisión al respecto?

El Ministro abrió los ojos, ante aquella revelación inesperada.

—Dígale que quiero verlo mañana aquí en mi despacho.

El Inspector General se despidió del Ministro, lamentando la suerte de su subalterno, pero satisfecho de haber cumplido con la patria, depositaria final de los afanes de sus hijos; sin embargo el Encargado de Agropecuaria, lejos de ser amonestado, fue ascendido a Consejero Principal. Su singular observación mostraba un área oculta en la relación del poder con las masas. Los símiles y ciertas figuras literarias eran recursos muy valiosos para enfrentar la galopante hambruna de los tiempos venideros.

Segunda muerte de Fabricio



El 15 de septiembre de 1980, tras 75 años de marcha infatigable, el corazón de Fabricio Campoamores se aburrió de tanto latir. Luego de atravesar el famoso túnel del que tanto hablan los que han regresado de la muerte —más largo por cierto de lo que había imaginado—, Fabricio se vio frente a una empinada colina, cuya ladera, revestida de una capa de hierba muy fina, tenía una escalera de mármol que conducía hasta la cima, y por donde una rubia despampanante (siempre estuvo indefenso ante las rubias) descendía los escalones.

Era la joven más hermosa que jamás había visto, el ideal de princesa que todo hombre se fabrica y se reinventa en sus fervientes elucubraciones. Unos rizos dorados envolvían su rostro, en el cual, perfectamente simétricos, dos ojos casi transparentes lo miraban con una especie de cariño. Su nariz recta bajaba invicta hasta unos labios que eran la representación más exacta que podía haber de un beso. Traía un traje rojo, aterciopelado, unos botines de invierno, y en su mano derecha, un largo puntero de madera.

—Esta es la montaña de las faltas leves. Tiene derecho a callar si así lo considera —dijo, con una voz melodiosa, como un tintinear de cascabeles.

Fabricio no entendió qué era lo que debía callar. Había sido un hombre de bien, padre de familia, trabajador, disciplinado. Durante cuarenta años al frente de la fábrica de gofio fue el primero en llegar cada mañana a observar, erguido ante la  puerta, la entrada de cada uno de sus empleados. Tenía obsesión con la puntualidad, y de ser un aficionado a la lectura hubiera tomado a Phileas Fogg, el de La vuelta al mundo en ochenta días, como su ídolo a seguir.

Fabricio no dejaba de mirar a la princesa, que parecía esperar un gesto suyo de atención. Quiso hacer una pregunta, pero antes que moviera los labios, ella le trajo la respuesta.

—Para usted son nueve las montañas. La número dos corresponde a las faltas no tan leves, la tres incluye aquéllas de tipo profundas, y así sucesivamente.

La joven movió el puntero de un lado a otro, como si descorriera la cortina del paisaje e, inmediatamente, desapareció la colina surgiendo ante sus ojos la funeraria del pueblo. Vio a  su esposa Lucrecia, sus hijos Fabricio y Rafael, y una discreta concurrencia de otros familiares, vecinos y ex compañeros de trabajo, que seguramente estaban allí velando su cadáver. Su primera preocupación fue llegar tarde a su entierro, lo cual sería el colmo de la presunción, aún cuando no podía agradecerle a nadie su presencia.

—¿Sabe qué es? —preguntó la muchacha.

—Yo, que estoy muerto —dijo Fabricio, encogiéndose de hombros.

Ella se quitó la chaqueta, que depositó sobre la hierba, dejando al descubierto una blusa blanca de mangas, ceñida a su torso. Fabricio había empezado a sentir inquietud, al parecer alguien se empeñaba en burlarse de él, en humillarlo. La joven movió el puntero de Este a oeste trazando un redondel en el espacio, y surgió una campiña, cuya casa de madera y techo de guano, Fabricio creyó haber visto en otra parte.

Por los alrededores de la vivienda dos niños corrían despavoridos. De pronto uno tomó al otro de las orejas y comenzó a tirar con todas sus fuerza. A los gritos del segundo, una joven se asomó al patio, dispuesta a socorrerlo.

Fabricio sintió ternura al contemplar la imagen de su madre recuperada del tiempo y el olvido. Entonces reconoció a su primo Evaristo, dos años menor que él, y sintió remordimientos por haberlo lastimado. Recordó que había sido un niño hala-orejas, muerde-brazos, pellizca-barrigas y se arrepintió en su corazón de aquel lejano proceder.

—¿Sabe quién es el agresor? —preguntó la joven.

La palabra agresor casi paraliza a Fabricio, pero ya tenía la respuesta en la punta de la lengua.

—Soy yo, pero si usted me permite…

La joven no pareció escuchar sus argumentos. Se despojó de la blusa y de la falda. Su cuerpo deslumbraba metido en aquel ligero traje de baño. Fabricio cerró los ojos. Cualquiera en su lugar hubiera perdido el juicio ante la mujer más bella del mundo; pero él empezó a sentir que el miedo lo absorbía, un miedo helado que no sabía explicar. Ella desplazó el puntero y apareció una calle, aquélla donde Fabricio había crecido. La reconoció por la guarapera de Juan Vargas ofreciendo guarapo a sus clientes, y por el billar donde los hombres solían pasar aquellas noches de su infancia. El viejo Pancho Cruz, apoyado en su bastón, intentaba apoderarse de un cabo de tabaco cuando éste dio un salto, escapando de su mano. Pancho avanzó un paso y trató de capturar aquel regalo puesto allí por la divina providencia, pero otra vez el cabo se movió. El anciano hizo un último esfuerzo y perdió el equilibrio, cayendo contra el cemento de la acera. Se escucharon las carcajadas de unos niños, mientras uno de ellos —Fabricio— tiraba del cordel que convertía al tabaco en un objeto escurridizo.

Fabricio apenas recordaba el incidente; pero ahora, que sabía lo que era llegar a viejo, y pensar como viejo, y sentirse como viejo, incluso más que viejo, sufrió un ataque de congoja; no obstante trató de reponerse, de buscar algún tipo de justificación, los niños eran inocentes, criaturas incompletas cuyo escaso conocimiento del mundo, hacía que sus actos carecieran de valor ante la ley, además…

—¿Sabe de qué se trata…? —la muchacha interrumpió sus pensamientos.

—Me gustaba el chiste del tabaco —dijo, bajando la cabeza.

Cuando volvió a mirar, ella estaba en ropa interior, envuelta en una bata de tul rojo, que el aire movía ligeramente como si danzara alrededor de sus piernas. Movió el puntero de nuevo y surgió la casa donde Fabricio había crecido, con los árboles de entonces y la misma pintura en sus paredes. Un adolescente había salido por la puerta de la cocina y depositaba un puñado de arroz sobre las lajas del patio. Inmediatamente una bandada de gorriones se precipitó a comer los tiernos granos. Fabricio sintió un alivio. Al menos las buenas acciones también eran tenidas en cuenta en aquel inesperado careo, y ésas sobraban en su vida, consagrada al trabajo, a la sociedad y la familia. Sin embargo, no había terminado de redondear sus conclusiones, cuando el adolescente extrajo un tirapiedras de su bolsillo trasero, le colocó una piedra en la badana, apuntó al blanco, y un bultico de plumas cayó al suelo, con sus patitas temblando en su cruce hacia la muerte.

Esta vez Fabricio no espero por la pregunta.

—Odiaba los gorriones —dijo, y se consoló pensando que todo el mundo mató algún pájaro en su vida, no obstante la imagen del avecilla no terminaba de salir de su conciencia.

Fabricio empezó a agitarse. Si aquella era la montaña de las faltas leves, no quería verse ante las ocho restantes. Sus pecados leves eran pocos, pero ya no estaba tan seguro de haber sido un hombre de bien. Trató de recordar malas acciones, atropellos, eventos crueles de su lejana juventud, infidelidades, egoísmos, traiciones; injusticias cometidas en su etapa de dirigente, con medio centenar de subalternos sobre los cuales caía su indolencia, su ira o su incapacidad. Se acordó de sus placeres, de Elena, su primera secretaria, y luego de Rosita y de Isabel, esta última casada y con dos hijos, uno de los cuales sospechaba que era suyo. Por primera vez se cuestionó haber sido buen hijo, buen padre, buen esposo. Aquí no podía valerse del discurso patriótico y achacarle sus descuidos a su consagración al interés común de la nación. Su vida entera estaba allí, en esa especie de cinta de vídeo: el mundo bajo la oculta cámara de Dios.

Fabricio estaba ya horrorizado. Si hubiera tenido sangre podía decirse que se le había helado hasta el último glóbulo rojo. Un terror primitivo, anónimo, se había instalado en su conciencia, y su cuerpo comenzó a temblar. La joven movió el puntero como quien descorre la apariencia del mundo y surgió un cementerio, a la luz del mediodía. La gente bajaba un cadáver entre suspiros y lamentos de los familiares. El ataúd retumbó en el fondo de la fosa con su sonido de cosa hueca, como la propia cáscara del muerto. Fabricio reconoció a su esposa Lucrecia, enjugándose las lágrimas.

Cuando volvió la vista hacia la joven, ésta le tendió los brazos.

—Ven, amor, lava en mí tus pecados, antes que pases a la segunda montaña —dijo, con un brillo increíble en la mirada; pero Fabricio estaba crispado, como si hubiera visto el mal, en su estado más puro. Hizo un acopio de todas sus fuerzas y, antes que ella pudiera reaccionar, saltó a la fosa, al ataúd,  y se metió dentro de su cadáver. Cuando los primeros puñados de tierra cayeron contra la superficie del cristal, comprendió que había sido un estúpido; pero se sintió seguro, protegido. Había llegado puntualmente a su sepelio.

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de