Siempre que lo cuento yo mismo me
asombro de que sea verdad. Lana y Ámbar eran unas hermanas gemelas preciosas,
cada una en su peculiar estilo que, en veces, se parecía al de la otra y
viceversa; y luego otra vuelta más porque si algo las entretenía era despistar
sobre sus identidades. Por eso me querían tanto a mí, yo era el único que sabía
diferenciarlas incluso cuando se ponían difíciles.
Cuando alguien preguntaba por su
edad, discutían por quién era la mayor. La diferencia era de dos minutos y
medio (en los cuales el doctor debió limpiarse el sudor de la frente para ir
tras el segundo bebé) pero para ellas delimitaba un rango de mando tenue que a
veces se hacía manifiesto cuando oías a una de ellas alzar la voz para ordenarle
algo a la otra.
No eran precisamente competitivas y
sus gustos eran bastante similares. Eso sí, desde un principio parecían haberse
dividido los aspectos que consideraban esenciales en la vida. Quién sacaría un
título profesional, quién viajaría a París, quién publicaría un poema en un
diario, quién se enamoraría, quién se casaría, quién se embarazaría primero.
Ámbar era la de la vida bohemia, la
de arriesgadas travesías por Europa sin un centavo hasta que, de repente,
encontraba al hombre perfecto: un francés de boina, cabellos rebeldes e intenso
olor a tabaco en la punta de los dedos. Él la llevaría a conocer París y
Marsella y Lyon y Versalles y Montpellier. Tendría una motocicleta vespa, roja,
y un arete brillando en su lóbulo derecho.
Lana tenía los pies más cerca de la
tierra. Después de dos meses de estudiar Derecho en San Marcos, se cambiaría a
Literatura. Publicaría su primer poema sobre las revueltas estudiantiles, una
visión descarnada, apocalíptica, insana, de su generación, que la contactaría
con un movimiento poético-anarquista. Ahí conocería al hombre de su vida, un
caudillo izquierdista, el camarada Pablo.
Yo las adoraba a las dos por igual,
aunque Lana fue más cercana a mí por una sencilla razón: mi nombre es Pablo.
Ella decía que no me parecía a ese hombre con el que tanto había soñado, pero
que no importaba, al menos tenía la mirada fuerte que requiere todo líder. Apenas
tenían quince años y ya hablaban como dos mujeres que están de vuelta en la
vida.
Con Ámbar tenía una compatibilidad
adorable: ambos nos reíamos sin parar cuando intentábamos hacer un chiste y,
usualmente, éramos los últimos en entender los de los otros. Lana nos decía tortuguitas,
tortuguitas paticojas, porque llegábamos tarde a las bromas. Ámbar me daba pellizcos
afectuosos y Lana me revolvía el cabello intentando que me pareciera a aquel
revolucionario inexistente.
Éramos como hermanos, crecimos en esas
extensas chacras al norte de Lima que empezaron a ser habitadas por gente que
construía sus casas sin saber muy bien qué estaba haciendo. Todo nuestro barrio
se levantó así, artesanal y empíricamente; con las manos de nuestros padres que
iban colocando columnas y vigas a puro pulso.
Al final, la pintura la aplicábamos
entre todos, como si las paredes fueran libros de colores. Todas las casas eran
iguales: imperfectas. En esas casas, y en sus habitaciones de iguales formas y dimensiones,
crecimos todos los del barrio. Yo les decía tíos a mis vecinos y mis amigos llamaban
tíos a mis padres si serlo.
El barrio fue creciendo como en un
juego de Monopoly en el que las casitas brotan en distintas partes del tablero.
Yo me pasaba las tardes y las noches en el cuarto que Lana y Ámbar compartían,
escuchando sus discos, tumbados en la cama, contándonos tontas historias de terror
que se nos ocurrían sobre la marcha.
Sus padres me tenían mucha
confianza, decían que conmigo en medio era más difícil que Lana metiera en líos
a Ámbar, y que Ámbar metiera en líos a Lana. Cuando nos dejaban solos en la
casa, yo era el hermano mayor, a pesar de ser más pequeño e inocente. Ellas, en
cambio, eran aventureras natas, indomables, fieles sirvientas de sus
curiosidades.
Juntos trepábamos por los techos de
las casas, saltando abismos estrechos. Nos metíamos en la cocina a probar una
receta que pareciera conjuro mágico. Nos disfrazábamos de fantasmas para montar
bicicleta, atormentábamos a los perros del vecindario, hacíamos llamadas de
broma, tomábamos prestada la ropa de sus padres para jugar a que éramos
adultos.
Una noche Lana se puso un sostén
rojo de su mamá para hacernos reír, pero a mí no me salió la risa. Mientras Ámbar
se carcajeaba, yo grababa en mi mente ese busto falso que Lana se había
colocado para verse voluptuosa. Esa fue la primera vez que la vi como una mujer
y, en las noches siguientes, la imagen de Lana dejando caer aquella prenda,
revelando sus senos, perturbó mis sueños.
+++
En poco tiempo el barrio se
extendió hacia las carreteras que conducían al centro de la ciudad. Empezaron a
aparecer más panaderías y bodegas. Los pequeños comercios prosperaron y llegó
la época de los automóviles último modelo. Lana, Ámbar y yo hicimos más amigos,
pero ninguno pudo entrar en nuestro círculo privado.
Ahora veíamos películas a medianoche que sus padres nos tenían
prohibido. No eran películas para adultos pero esbozaban las primeras
inquietudes que nacen en los adolescentes. En aquella época yo compartía una
cama con Lana. Ámbar escogía un sillón rosa que era su favorito. Se enrollaba
en él cada vez que se quedaba dormida, entonces Lana y yo la tapábamos y
bajábamos el volumen.
Cuando el barrio ganó la condición
de distrito, mucha gente nueva llegó sin previo aviso y empezó a construir sus
casas donde mejor le parecía. Chicos y chicas de todas las edades llegaban para
adueñarse de espacios que nosotros creíamos nos pertenecían por defecto. El
pequeño parque de la ladera de la acequia ya no era nuestro, era de todos los
niños que iban allí a bañarse.
Ámbar tenía curiosidad en conocer a
los otros chicos del barrio, pero no fue hasta que llegó Antonio que rompió el círculo
privado. Sus papás nos regañaban cuando veían que Ámbar no estaba y que
nosotros no sabíamos dónde se había metido. En el fondo lo sabíamos, ellos se
citaban en lo alto de un cerro pelado donde paseaban mirando las luces que iluminaban
el vecindario.
Una noche que Ámbar no llegaba,
Lana me pidió que la acompañara hasta que su hermana regresara. Como nos dio un
poco de sueño, apagamos la televisión y esperamos a oscuras. Ambos estábamos
acostados en la misma cama, solo que esta vez sentí su cercanía en el ritmo de
su respiración. Y aunque no pude ver sus senos, mis manos dibujaron su retrato
a medida que los iba explorando.
Las noches siguientes Lana y yo
continuamos con nuestras sesiones nocturnas, experimentales, apasionadas. Nunca
hicimos el amor, a lo más nos cogíamos de una forma tierna en zonas que después
solo tendrían significados sexuales. No extrañamos a Ámbar hasta la noche en
que la oímos llegar llorando. No quiso explicarnos qué pasó, solo dijo “ustedes
sigan con lo que están haciendo”.
Tiempo después, Lana me dijo que
Ámbar estaba celosa de nosotros desde antes de conocer a Antonio, por eso
buscaba desesperadamente a alguien para ella. Yo no lo había notado, aunque sí
caí en la cuenta de que ya no me daba los pellizcos de antes, y que cada vez
tenía menos ganas de hacer esos chistes que la partían de risa antes de
terminar de contarlos.
¿Y qué pasó con Antonio?, pregunté
yo. Lana dijo que era cosa de chicas, de hermanas gemelas. Lo cierto es que
nunca volvimos a tocarnos en la oscuridad, y cuando Ámbar llegaba lo hacía de
la mano de Antonio. Ellos se quedaban en la habitación y yo era el primero en
marcharme. Afuera, me escondía esperando a ver si Antonio salía o si se quedaba
a dormir con ellas.
La popularidad de Lana y Ámbar fue
creciendo a medida que ellas mismas iban desarrollándose físicamente. Cada vez
más jóvenes las visitaban, como si ellos mismos se pasaran la voz. Sus papás
estaban furiosos, se preguntaban qué le estaba pasando a sus hijas y qué había
sido de Pablo, que había sido de mí, y por qué me esfumé de un momento a otro.
Yo no necesitaba estar con ellas
para saber de Lana y Ámbar. En todos los lugares que visitaba (los videojuegos,
la losa deportiva, el parque, la acequia cada vez más seca) había alguien
hablando de ellas, de sus encantos, de sus espectaculares cuerpos, de sus arriesgadas
manías. Yo bajaba la cabeza y me hacía el desentendido.
Tiempo después, mis padres
decidieron que era hora de cambiar de aires. Vi a muchos vecinos asomarse a sus
ventanas cuando llegó el camión de la mudanza. Algunos se acercaron a
despedirse. “Cuídate mucho, hijo”, me decían, “y cuida a tus padres”. Yo solo
podía pensar que estaba dejando mi casa, mis amigos y mis recuerdos a merced
del tiempo que todo lo cambia, todo lo destruye, todo lo evoluciona.
En vano esperé que Lana y Ámbar
llegaran a despedirse. Seguro estaban muy ocupadas con sus novios o
pretendientes. Cuando nos alejamos en el auto, unos niños corrieron detrás de
nosotros. En la mirada rebosante de alegría de dos pequeñas creí verlas a ellas
saludándome desde un pasado que no habíamos tenido y que ahora se desfiguraba con
la tarde.
+++
Una mañana de verano, Lana llamó
por teléfono. Había conseguido mi número de un tío (vecino) que había charlado recientemente
con mis papás. Habían pasado ya nueve años, yo vivía en un departamento pequeño
en San Isidro, rodeado de edificios de oficinas, y aunque muchas noches me
acostaba pensando en ella; ya la había olvidado.
No pude sentir su voz familiar,
tampoco los recuerdos que ella trataba de revivir para alegrarme. Me pidió que
nos viéramos esa noche, en un bar que estaba muy de moda. No pude negarme
aunque me aterraba enfrentar a la nueva Lana. Traté de llegar a la hora
acordada, para lo cual debí dar muchas vueltas antes de cruzar la puerta del
local.
Allí estaba, sentada junto a una
ventana, ojeando una revista antigua. Cuando levantó la mirada para verme,
sentí un pequeño estremecimiento, como si algo dentro de mí diera vuelcos a la
altura del estómago. Lana llevaba la boina que Ámbar había deseado para su
novio francés y una cicatriz en la barbilla por la que no me atreví a
preguntar.
Las dos seguían viviendo en la casa
de la infancia. Con sus primeros sueldos habían levantado el segundo piso y se
dividieron el espacio en partes iguales. Lana se había dedicado a la decoración
de interiores y tenía un pequeño salón para sus muestras de colores y demás
cosas. Ámbar trabajaba en una agencia de viajes que le remataba pasajes. Así
conoció Francia.
Compartían una cocina en la que
rara vez preparaban algo. Saqué a colación los juegos de cocineros maléficos
que tuvimos durante la conversación con Lana y juro que la vi sonreír con los
mismos gestos de cuando era una adolescente. Me había citado ahí para contarme
que se casaban, ella y Ámbar, con dos chicos del barrio que las asediaron por
años.
No tuve necesidad de disfrazar mi
disgusto porque no lo tenía, apenas sentí un simple desgano y una inquietud
lógica: ¿qué tenía eso que ver conmigo ahora? Lana me dijo que había sido
difícil encontrarme, que las dos se preguntaban cómo era yo ahora, a qué me
dedicaba, si estaba casado o no. Finalmente, me contó que su padre había
muerto.
Para ellas, yo seguía siendo ese
“hermano mayor-menor” y no se les había ocurrido otra persona para entregarlas
en el altar. No quise preguntar más detalles de la boda cuando supe que se
realizaría en la sierra peruana. Uno de los novios era dueño de unas haciendas
preciosas allá y querían tener una de esas bodas que duran tres días. O hasta
cuando el cuerpo aguanta.
Le dije directamente que era
imposible, que tenía mucho trabajo, que viajar era un impedimento y hasta
inventé una enfermedad cardiovascular que me imposibilitaba estar en lugares de
altura. Ella entendió mis razones y no puso más reparos. Me dijo que igual me
enviarían el parte, para tener un recuerdo, y que ya nos veríamos después para
que me contaran todo.
La boda estaba programada para agosto,
tan solo unas semanas después de nuestro encuentro. Cuando el teléfono sonó,
días posteriores a esa fecha, me costó entender lo que me decía una voz
femenina al otro lado de la línea. Entre el llanto, los ahogos y la voz
quebrada pude oír las palabras “accidente”, “bus”, “barranco” y “todos
muertos”.
De pronto fue como si lo hubiese
visto. Ellas iban en una caravana cuando el conductor decide hacer una parada
para orinar. Cuando regresan al camino la carretera está muy oscura, apenas y distinguen
la neblina turbia y el bocinazo de un bus interprovincial que viaja en sentido
contrario y a toda velocidad.
+++
Lo primero que hice fue visitar el
antiguo barrio para averiguar en dónde las velarían. La mayoría de las casas
había mantenido la misma estructura, salvo por pequeñas modificaciones; un
balcón aquí, una terraza allá, un pórtico, una ventana panorámica, un segundo
piso como el de Lana y Ámbar que ahora se quedaría vacío.
Sin embargo, nada me parecía lo
mismo o siquiera parecido a lo que yo tenía en la memoria. Reconocí la que
había sido mi casa pese al color amarillo mostaza. En el parque donde antes
jugábamos había ahora una pileta enorme, con una virgen en una urna de vidrio.
Donde estaba la losa deportiva habían levantado cuatro paredes burdas que
cercaban un estacionamiento.
Pasé toda la tarde ahí hasta que
pude deshacerme de los amigos que decían reconocerme, de las vecinas que me
decían hijito porque no recordaban mi nombre exacto, de sus hijos que ahora
tenían hijos, como si yo fuera el único que no había sido víctima del paso del
tiempo. Cuando logré darle el pésame a la madre, ella ya no tenía cuerpo ni
alma para mirarme a los ojos.
Al día siguiente fui a ver la
llegada de los cuerpos y el traslado a la morgue para los análisis del caso. No
me animé a verlas entonces, pero cuando fui a la funeraria en lugar de la
madre, quien aceptó de inmediato que yo me hiciera cargo de esa penosa tarea,
no me quedó más remedio dar la aprobación al “trabajo” realizado.
Sus caras no lucían pálidas pero
era obvio pero que les faltaba vida. No hice ningún comentario al encargado,
que se la pasó dándome detalles del acabado y la técnica depurada utilizada en
el maquillaje. Los novios tampoco estaban mal, aunque no los había conocido
vivos como para dar una opinión valedera. En todo caso se les veía serenos.
En el cementerio, noté la presencia
de muchos de los vecinos que un día antes me habían reconocido. Para mí no eran
más que extraños que alguna vez no lo fueron. Cuando pidieron que alguien diera
unas palabras de despedida pensé que me correspondía la tarea como el “hermano
mayor-menor”, pero habían otros que se consideraban los predilectos.
Oímos varios sentidos discursos,
algunos recordando la intrepidez de las hermanas Lana y Ámbar; otros destacando
las virtudes de los novios quienes, al parecer, eran muy populares en mi antiguo
barrio. Alguien dijo que debían hacerse un par de monumentos a los difuntos en
alguna parte del distrito; después de todo, eran familiares de los fundadores.
Yo tenía atragantadas las palabras
llenas de recuerdos, añoranzas y detalles de Lana y Ámbar. Podía describirlas
como solo a ellas les hubiera gustado, con ironía pero veracidad y, sobre todo,
con muchos elogios. Pero preferí callarme. Al ver los cuatro ataúdes, con
flores que hacían pensar más en su matrimonio que en su funeral, muchos echaron
a llorar.
Los de los novios eran negros,
lustrosos, y los de Lana y Ámbar blancos, como probablemente fueron sus
vestidos. Los tipos que se encargaron de cargar los ataúdes me recordaron al
cortejo de jóvenes ilusionados que se enamoraron de ellas en la época
adolescente. Qué pasaría por sus mentes ahora que las tenían en hombros.
Camino al nicho cuádruple donde
yacería la pareja doble de novios, pensé en ese último encuentro con Lana y si
debí decirle algo que ella pudiera recordar de mí. Me pregunté cuándo se había
hecho demasiado tarde para recuperar nuestra amistad, por qué las había dejado
ir, dónde quedaban mis recuerdos de infancia sin ellas.
Antes de marcharnos del cementerio,
nos abrazamos entre todos los vecinos. Alguien me dijo “cuídate mucho hijito”,
con una voz lastimera que sentí sincera y evocativa. Esta vez no solté a esa
persona y me rendí a llorar en sus brazos. Al día siguiente, empaqué mis cosas
y me mudé al distrito de mi infancia.
Profecía
Todo empezó de manera accidental, no había muchas posibilidades para que fuera de otra forma. Había cambiado de trabajo, de ciudad y de ropa, porque mi nuevo puesto laboral así lo exigía y yo lo aceptaba no con poco disgusto. Todo esto implicó varios días llenos de irregularidades. Vale decir, horarios rotos, llamadas perdidas, citas canceladas a última hora, comida echada a perder en la nevera.
Me mudé muy cerca de la oficina para adaptarme rápidamente. Al principio pensé que mi desajuste diario era el causante de las anomalías que empecé a percibir a mi alrededor. En la calle notaba a la gente angustiada, las emisoras de radio perturbaban con una música espantosa, el clima desvariaba y el tráfico seguía igual de atroz que siempre, pero con un ligero matiz de ironía expresada en el hecho de que ahora eran los ejecutivos a camioneta quienes se comportaban como unos salvajes; y no los buenos y sucios hombres del transporte público.
Tal vez el culpable era yo, que decidí caminar a la oficina para hacer un poco de ejercicio y, de paso, ahorrarme el disgusto de los atolladeros. Aquello le añadía minutos extra a mi estadía en la calle, posibilitando que viera su rostro matinal con más claridad, además de impedirme la abstracción literaria en la que solía sumergirme cuando viajaba en bus, el lugar donde había leído más y mejor.
No hay mujer más fea que la calle. Llena de cráteres mal disimulados, cubierta de una pintura maquilladora que resalta sus imperfecciones en lugar de cubrirlas; atestada de ruinas que nos recuerdan que todo pasado, si duda, tuvo que ser mejor. Y lo que es todavía más grave, dando lugar a gente inmunda que la envilece con las botellas, envoltorios, cáscara de frutas y escupitajos que dejan caer.
Por si fuera poco, mi nueva oficina tiene un ventanal enorme en la sala de recepción que me permite ver todos los días —entre cables eléctricos y carteles publicitarios— la magna creación que nos han regalado infames alcaldes que de urbanismo no saben ni un poco. Por suerte existen las persianas, que debo cerrar cuando atardece y mi escritorio parece la madriguera de un roedor colosal.
Como si fuera poco, a mediodía debo ir a almorzar a un comedor donde la gente no puede ser más desagradable que el menú. El solo verlos me quitaba el apetito, por lo que he optado por comer galletas de agua, una barra de cereal y jugo de naranja en caja en un puesto ambulante. Como remate me tomo una taza de café en el único lugar decente de la zona. Aunque decente es decir mucho. Es un cafetín deslucido que suele estar más vacío que burdel en Navidad —aunque me falta corroborar la veracidad de esa comparación— y que tiene mesas en una terraza que, irónicamente y para mi buena suerte, dan a un patio interior donde no se puede ver absolutamente nada más que una pared gris. ¡El cielo!
Allí pido un café bien negro, aunque sé que me darán el que le sirven a todo el mundo, y me siento a leer alguna de las novelitas lumpen que cargo en un morral sucio para que nadie se anime a robármelo. Son compendios de aventuras eróticas, cuentos malditos sobre seres crápulas, relatos perversos sobre la deshumanización del hombre. Esencialmente, historias de putas y ladrones.
Las mesas del local son amplias y distantes entre sí. Las de la terraza están ubicadas de tal forma que las meseras, que escuchan esa maldita música de pésimo gusto, no pueden verlas; por lo que solo veo sus desganadas caras al momento de pagar dos monedas por mi café. Pago, me trago el mal sabor que me deja su música, y me marcho sin decir palabra, tratando de no irritarme.
En estos primeros días de reacomodo tengo varias cosas pendientes, como poner a mis amigos, colegas y clientes al tanto de mi nueva dirección y de mi número telefónico; cambiar de cuenta de correo electrónico, memorizar el nombre de la empresa, acomodar mis utensilios en las pequeñas gavetas que me han asignado y mandar a hacer un clóset para mis sacos y corbatas.
Decía que no iba a irritarme más, pero tengo que regresar a esa sensación para contar que luego de varios días en mi nuevo trabajo —en el que ejecuto las mismas tareas que en el anterior, por lo que no veo la necesidad de decir que es nuevo— recibí mi primer spam, mi primer correo electrónico basura; todo un feliz acontecimiento para compartir con quien se digne a escucharme.
Se trata de una de esas jodidas cadenas que, además de hacerte perder el tiempo y colocar tu dirección electrónica junto a la de un puñado de maniacos que no conoces ni quieres conocer, te echa encima una maldición, por si fuera poco. Generalmente no les hago el menor caso y las borro apenas leo sus primeras líneas; pero esta vez el correo me llegó en un momento de poca actividad y abundante aburrimiento.
Decidí leer todo el contenido con el único fin de llenarme de cólera. Mis amigas, sobre todo mis amigas, dicen que mi manía por enfadarme es una mala costumbre que debería intentar de quitarme si quiero conservar a alguna de las novias que antes han sido mis amigas y que luego de hacer pareja conmigo no han querido volver a verme. El caso es que esta vez la cólera no llegó, apenas tuve una desazón difícil de explicar.
El correo era dramático. Contaba la historia de un niño perdido al que un día encontraron en un contenedor de basura. La mujer que lo halló, una muy pero muy conveniente ancianita, le dio de comer, lo bañó, vistió e intentó buscar a sus padres. Desafortunadamente, la vieja falleció de un fulminante ataque al corazón y el niño volvió a quedarse solo y desamparado.
Antes de estirar la pata, la viejecita le dio una típica estampa milagrosa de una virgen que no nombraré para no darle publicidad. Un tipo, que fue el que empezó esta cadena desafortunada, encontró al niño e intentó ayudarlo a encontrar a sus padres empleando las bondades de la Internet. Colocó una foto del niño y la envió a todos sus contactos, a fin de que ellos ayudaran a difundir la noticia del niño extraviado.
Tras algunos días de espera, una pareja escribió diciéndole que creían ser los padres de la criatura. No estaban seguros porque no lo veían en varios años, por lo que no podían reconocer su nueva apariencia —dicen que los niños cambian de fisonomía varias veces en sus primeros años—. Cuando fueron a ver al tipo de la cadena de Internet, constataron que el niño que tenía era su hijo y agradecieron al sujeto, llenándolo de bendiciones.
Aquí viene lo pendejo de la historia. El tipo dice que envió el correo a quince personas —de lo que puede deducirse que no era muy popular— y que a los quince días de entregar al niño extraviado recibió un sobre enviado por una notaría. Era de la viejita. En él señalaba que quien ayudara a entregar al niño perdido se haría acreedor a la herencia de todos sus bienes, valorizados en —sí, créanlo si les da la gana— quince millones de dólares.
El resto pueden deducirlo. El tipo dice que desde entonces ayuda a los niños extraviados de la calle mediante el correo electrónico. Posee una cuenta con un nombre beatífico y afirma que quienes no se sumen a su causa —reenviando a quince de sus contactos este mismo correo— recibirán una maldición que perdurará quince largos, larguísimos, años. Por supuesto, añade al correo la foto de un niño perdido y la imagen de la estampa milagrosa de cortesía.
En cambio, si sigues sus instrucciones, se te concederán quince deseos en no menos de quince días —garantizado por la misma virgen, claro está—, pero debes pedirlos mirando el rostro del niño desvalido y rogando porque el pobre pequeño encuentre a su familia. Supongo que dicho plan debe ser más efectivo que el de colocar la foto de los niños en los cartones de leche porque en el correo que recibí estaban las cuentas de otras catorce personas.
De más está decir que no creí una palabra que leí. Es más, se me hace que el tal Ángel de los Niños Perdidos —así se hace llamar el titular de la cuenta— no es más que un pederasta que los tortura para sacarles esa carita de pavor. Decidí no borrar el correo por si un día me topaba con el niño de la foto. Mi intención era pedirle que me llevara donde su captor —el Ángel ése— para romperle la cara. Es más, imprimí la foto y la pegué con un alfiler en una pizarra de corcho que aún no empezaba a usar.
Los días siguientes el trabajo se normalizó y olvidé el asunto. Algunos de los clientes que visitaban la oficina se detenían a saludarme y no pocos de ellos se quedaban mirando la fotografía del niño. Tal vez pensaban que era mi hijo o que era yo de pequeño, el caso es que lo miraban con cierto pasmo difícil de describir. Al principio pensé que ellos eran los pederastas, que se trataba de una mafia internacional. Pero luego concluí que era difícil que toda la mafia visitara mi oficina.
No fue hasta que un hombre, encargado de reparar la conexión telefónica de la oficina, llegó y sufrió un repentino ataque de pánico al ver la fotografía, que empecé a sospechar que tras ese correo cadena se escondía una jodida, pero muy jodida, jugada. Tráfico de menores, prostitución infantil, comercio de órganos; algo de eso debía haber para causar tal impacto en un adulto.
Durante quince minutos —quince— interrogué al técnico y no saqué más que una confesión vana. Él también había recibido el correo electrónico y, a su vez, lo había enviado a quince personas más. Desde entonces, me confesó, no dejaba de pensar en el infante, como si aquella fuera la verdadera maldición. No dormía, no comía bien, no follaba. Le daban miedo las imágenes de niños y revisar su cuenta de correo.
Dejé ir al sujeto y conté los días desde cuando recibí el correo cadena. Iban diez días. Esa tarde fui al cafetín como siempre, y llevé conmigo la foto que imprimí del niño. Cuando me acerqué a pagar a caja —seguía esa maldita música que parecía haber secuestrado todas las radios— le pregunté a la mujer si el rostro de ese niño le parecía familiar.
La mujer pegó un grito de terror. Me dijo que qué quería, que me fuera de allí, que no me cobraría el café pero que por amor de Dios me largara en ese mismo instante si no quería que ella avisara a los de seguridad. Qué carajo le pasa, pregunté, pero ella se metió en la cocina, se escondió y no volvió a salir más. Desde donde estaba podía oír su llanto desconsolado. Por un momento pensé que aquella mesera había matado al niño de la foto.
Al día siguiente, el día once, me presenté en la comisaría del distrito con la misma foto. Pregunté si sabían de la desaparición de ese niño, si alguien lo había reportado como extraviado. Al ver la foto, el dependiente puso cara de susto y me pidió un segundo. Se acercó a un policía, le susurró algo al oído y luego éste vino hacia mí y me dijo que por favor no viniera con bromas, que ahí tenían cosas serias que atender, y que me fuera inmediatamente si no quería problemas.
Me marché porque nunca he resistido a los policías, pero aguardé a que fuera la hora de refrigerio y cuando el dependiente salió a almorzar lo tomé de las solapas, lo azoté contra una reja y le dije que me explicara qué había pasado, por qué el policía me había echado y qué pasaba con aquella fotografía. El tipo se puso a llorar desconsoladamente. Lo único que me dijo fue que él no había cumplido la indicación del correo y que, tras quince días, había visto morir trágicamente a su esposa.
¿Puede haber peor maldición que esa?, me dijo el hombre lloriqueando. Yo soy católico, dijo como si estuviera arrepentido de algo, yo creo en Jesucristo, pero esto no lo puedo entender. Desde aquel día mi vida es un infierno. No es que pasen cosas trágicas, simplemente vivo un tormento que no se puede explicar. Es una maldición, ese correo tiene un hechizo, su profecía se cumple como las de ese mago loco de los libros de historia.
No sabía si se refería a Merlín, a Mandrake, a Rasputín o a algún otro; no sé mucho de historia y la televisión ha distorsionado mis pocos conocimientos. Aquel día volví a la oficina y me topé con mi pequeña tragedia: nos habían cortado la luz. Nos pidieron que permanezcamos en la oficina un par de horas y si no volvía la electricidad, tendríamos el resto de la tarde libre. La luz no volvió y mientras estuve en la oscuridad no se me quitaba la imagen del niño.
El día doce volví a revisar mi correo y encontré otros seis envíos. Eran amigos que habían recibido el mismo mensaje electrónico y me lo habían reenviado para salvarse de la profecía. Sólo uno de ellos consignaba unas líneas personales al discurso envilecido. Era una antigua novia que me pedía que la ayudara a comprar unas medicinas. Su hijo había sido atacado por un perro rabioso y ahora se debatía entre la vida y la muerte en un hospital.
Efectivamente, ella había reenviado el correo electrónico, pero pasados los quince días, por lo que se creía bañada por la maldición de la profecía. Esa tarde pedí permiso y fui a visitar a mi amiga al hospital. Llevé conmigo las medicinas que ella no había podido comprar y me acerqué a ver a su hijo. Juro que esta no es una mentira: el niño se parecía, o al menos a mí me parecía, al niño de la foto. Claro, no se lo dije a mi amiga.
El día trece recibí ocho correos más con la misma amenaza. Todos y cada uno de ellos habían enviado el correo a otras catorce personas. Entre ellas identifiqué a varios a los que les había sucedido lo mismo que a mí, les habían enviado el correo más de una vez. Aquello debía ser una tortura, leer o solo ver en tu bandeja de entrada aquel mensaje apocalíptico podía contaminarle la sangre al menos supersticioso.
Aquel día mi mal humor cedió paso a cierto miedo. Empecé a temer por toda esa humanidad oprimida, por toda esa gente que veía en las calles y que tal vez era víctima de esta endemoniada cadena que poseía la maldición de corromper los espíritus. Su profecía, se cumpliera o no, era una suerte de mensaje divino: todos están condenados a sentir el remordimiento. No importa si reenvían o no el mensaje.
Esa tarde me reporté enfermo y abandoné la oficina temprano. Mi jefe empezó a sospechar por mis reiterados permisos. Si no fuera por mi rostro de funeral me hubiera preguntado pícaramente si no estaba cortejando a alguna chiquilla, pero se limitó a decirme que descansara mucho, que no se me veía bien. Arranqué la foto del niño y me fui a una plaza céntrica. Estaba decidido a llegar al fondo del asunto.
No soy bueno para hacer estadísticas pero el noventa por ciento de la gente me mandó al demonio cuando les mostré la foto. Dos mujeres se asustaron al verla, un jovenzuelo me escupió en la cara y una monja se persignó y me dijo que no me alejara de Dios, que él me amaba. Cuando me iba de la plaza sentí una presencia acechándome mientras caminaba, una sombra, un espíritu errante.
El día catorce de recibido el correo decidí llegar a la oficina con una sonrisa para no despertar más preocupaciones. Mantuve la foto en mi morral sucio, metida como separador de una novelita porno, e ingresé a mi cuenta electrónica. Tenía un solo mensaje, era del hombre que había empezado esta maldición, El Ángel de la profecía. Su texto era breve: es tu último día, no olvides reenviar el correo.
Sentía como si me pudiera observar a través de la pantalla. Sentí su presencia en la habitación, en el interior del morral, en mi cuerpo, trepando como araña venenosa debajo de mis ropas. Sentí miedo y náuseas. Todo aquello se debió transfigurar en mi rostro porque en un instante tuve a todos mis compañeros rodeándome. Tal vez debí haber dicho algo, debí haber gritado, por eso llamé su atención.
No era mi rostro conmocionado ni el sudor frío que caía desde mi frente. Ellos venían por el correo electrónico. Todos lo habían recibido y lo habían reenviado a otras personas —decidieron no hacerlo entre ellos ni conmigo porque tenían la teoría que quienes usan los mismos contactos igual reciben la maldición—. Y ahí estaban, esperando a que yo lo hiciera. El jefe de sistemas les había advertido que yo era el único que no se había puesto a salvo de la profecía.
¡Entonces eres tú!, grité desaforado buscando al programador. Tú eres quien nos ha metido este jueguito en las cuentas, sólo tú puedes hacerlo. Tú eres El Ángel de los Niños Perdidos, tú eres quien los fotografía atemorizados antes de violarlos, ¡maldito! Mis compañeros me sujetaron de los brazos impidiendo que atacara al programador, un hombre regordete, de voz aflautada y mirada pusilánime.
Hasta mi lugar llegó el jefe y me pidió que me calmara, que sacar ese tipo de conclusiones no era justo. Lo importante ahora, me dijo apoyándose en mi hombro, es que me pusiera a salvo de la profecía. No había mucho tiempo, el día se iría antes de que me diera cuenta y lo mejor era reenviar el correo antes del atardecer —quienes así lo habían hecho habían experimentado una mejoría en sus vidas; no se habían cumplido sus deseos pero al menos estaban bien—.
Me repuse, clavé mis ojos en la computadora, puse los dedos sobre el teclado y busqué en mi lista de contactos. Mis manos temblaban igual que mis labios, señal inequívoca de que iba empezar a llorar. Alguien me dijo que no temiera, que todo estaba a punto de terminar. Cuando terminé de seleccionar a las víctimas de mi correo sentí un alivio estúpido. Poco antes de que pudiera comprobar que aquel mensaje fatídico se había enviado exitosamente se volvió a ir la luz.