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González Aranda II, Miguel (Cocasg)

Beso al Congo



            

 

 

 

 

 

Beso al Congo

Seudónimo: cocasg

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Beso al Congo

 

A pesar de los testimonios y las imágenes que creí que me servirían para mentalizarme, in situ quedé tremendamente impactado.

Los niños extraían el Coltan sin ningún descanso, filtrando incansablemente la arena en sus cribas, como antiguamente se buscaba el oro. Con herramientas rudimentarias, excavaban y movían grandes cantidades de arena sin parar. Apenas descansaban y sus vidas estaban en constante peligro por los habituales desprendimientos de tierra. En ocasiones, estos niños intentaban huir, hartos de la explotación y los constantes malos tratos de los soldados, pero  los yacimientos estaban custodiados por guerrilleros que abrían fuego sin piedad ante estos pequeños inocentes.

Era la primera vez que viajaba al extranjero con la finalidad de ayudar a gente necesitada. Mi familia y mis amigos me intentaron quitar la idea argumentado que el Congo era un lugar muy triste, un destino peligroso y duro en el que no se podía hacer nada para mejorar la situación. Yo me empeciné e hice oídos sordos, tomé la decisión y ante eso, nadie pudo hacer nada.

Al poco tiempo de llegar a la República Democrática del Congo, me hice amigo de Abú, un Congoleño-Ruandés cuyo estatus social le diferenciaba de la mayoría. Este privilegiado heredó de su rico padre una gran cantidad de terrenos que cedía al gobierno del Congo para la explotación del coltan. A cambio, le garantizaban la seguridad de su familia al margen de la cruel guerra. Era éste un buen tipo al que no le quedaba más remedio que colaborar con el corrupto gobierno por su seguridad y la de los suyos.

Junto a Abú, cada mañana acudía a la zona norte de Mossendjo . Allí nos dirigíamos a una de las minas de Coltan que éste había cedido al Gobierno del Congo. Gracias a Abú, podía acceder a los yacimientos donde las pequeñas criaturas eran explotadas a punta de pistola.

La situación en los campos de trabajo era muy dura. Estaba tajantemente prohibido molestar a los niños cuando trabajaban. Yo sentía pánico cuando el militante armado hasta los dientes, y con órdenes de abrir fuego si lo veía oportuno, me observaba, seguramente por el color de mi piel.

25 minutos de descanso para 12 horas de trabajo ininterrumpido. El único momento en el que contactaba directamente con los niños era en ese pequeño espacio de tiempo. Moke, Bodo, Cheik, Luba, Seni, Depara y Zinsou, entre otros, dejaban sus rudimentarias herramientas y yo entraba en acción. Abría mis mochilas y ofrecía los sobres de comida que me proporcionaba una ONG francesa.  Muchos de los niños no podían corresponder mi acto de solidaridad pues tenían el estómago similar al tamaño de una judía y no querían comer. Otros muchos aprovechaban el pequeño descanso y se quedaban dormidos en el suelo, casi inconscientes, intentando reponerse para poder superar la jornada. Era habitual que alguno no se levantara; cuando el militar le golpeaba de una patada y el niño no respondía, directamente lo echaban a la profunda fosa común.

La mayoría de los niños de esa zona hablaban suahili, pero siempre había alguno que chapurreaba francés.

Una tarde sucedió algo que marcó mi vida y la de muchos otros.

-¿Qué tal Luba?, ¿hoy no tienes ganas de hablar?- Pregunté a uno de los pobres niños.

-Estoy mal señor, muy mal.-Me dijo con muy mala cara.

-¿Que te ocurre?, ¿quieres comer?-Yo le pregunté preocupado, mientras otro de los niños me pedía una de las bolsas de comida.

-No señor. No quiero comer, me duele el estómago y la cabeza, no aguanto más.

Me acerqué a él y le dije enérgicamente, mientras le agarraba de sus hombros:

-Tienes que sacar fuerza Luba, tienes que ser fuerte. No sirve de nada quejarse.

Pero Luba cayó de rodillas al suelo. Las lágrimas caían por sus mejillas. Los demás niños observaban con gran tristeza la situación. 

-Cinco minutos- Gritó un soldado en lo alto de un peñasco.

La situación me superaba. No sabía qué decirle. El pequeño Luba estaba realmente mal.

Me puse de rodillas frente a él, le agarré la cabeza  y le besé en su pequeña frente.

En ese momento no vi otra salida, fue lo único que pude hacer, besarle. Dijera lo que le dijera, hiciese lo que hiciese, no hubiera servido de nada. Luba me miró y, pongo la mano en el fuego de que bajo ese sol infernal del Congo, me llegó a sonreír antes de caer al suelo desplomado.

En un país tan triste y pobre en el que la guerra es una forma de vivir y el ambiente siempre es tan frío, ambicioso y duro, es casi imposible ver a dos personas implicadas en un acto afectivo. 

Una tarde Abú estaba a mi lado en la mina de Mossendjo.

-¿Los viste?, ¿Por que hacen eso?-Me preguntó Abú extrañado.

Fue duro a la vez que gratificante ver a Cheik como besaba la frente de Moke mientras le agarraba la cabeza. Abú no era capaz  de comprender ese gesto de amor entre esos dos pobres niños. 

Yo miré con algo de pena a Abú.

-Se han dado un beso- Le dije a Abú, que continuaba sorprendido por la situación.

-Pero, ¿por que?- Abú seguía descolocado, sin entender nada. 

Quedé muy sorprendido con los niños de las minas que visité a posteriori. En cierto modo llegaban hasta a sonreír y se besaban en la frente agarrándose la cabeza con bastante frecuencia.

-Todo es por ti- Me decía Abú cada día que pasaba.

Las situaciones se repetían en las ciudades en las que la gente se despedía y se saludaba de igual manera. Éste nuevo gesto se extendió como la pólvora. El beso en la frente en el Congo se convirtió en un símbolo de amistad, cariño, amor, piedad y sobre todo de esperanza. 

Fueron ocho meses muy intensos pero tuve que regresar a España. Abú me acompañó al aeropuerto de Tinkla. La despedida con éste gran hombre fue muy emotiva, le prometí que volvería en cuanto pudiera.

Abú me agarró la cabeza y me besó en la frente mientras que sus lágrimas se derramaban.

Regresé a mi país dejando a todos esos pobres niños en el mismo estado de esclavitud y de mala vida en el que los encontré, pero con el buen sabor de boca de haber dado un beso al Congo.

            

 

 

 

 

 

Beso al Congo

Seudónimo: cocasg

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Beso al Congo

 

A pesar de los testimonios y las imágenes que creí que me servirían para mentalizarme, in situ quedé tremendamente impactado.

Los niños extraían el Coltan sin ningún descanso, filtrando incansablemente la arena en sus cribas, como antiguamente se buscaba el oro. Con herramientas rudimentarias, excavaban y movían grandes cantidades de arena sin parar. Apenas descansaban y sus vidas estaban en constante peligro por los habituales desprendimientos de tierra. En ocasiones, estos niños intentaban huir, hartos de la explotación y los constantes malos tratos de los soldados, pero  los yacimientos estaban custodiados por guerrilleros que abrían fuego sin piedad ante estos pequeños inocentes.

Era la primera vez que viajaba al extranjero con la finalidad de ayudar a gente necesitada. Mi familia y mis amigos me intentaron quitar la idea argumentado que el Congo era un lugar muy triste, un destino peligroso y duro en el que no se podía hacer nada para mejorar la situación. Yo me empeciné e hice oídos sordos, tomé la decisión y ante eso, nadie pudo hacer nada.

Al poco tiempo de llegar a la República Democrática del Congo, me hice amigo de Abú, un Congoleño-Ruandés cuyo estatus social le diferenciaba de la mayoría. Este privilegiado heredó de su rico padre una gran cantidad de terrenos que cedía al gobierno del Congo para la explotación del coltan. A cambio, le garantizaban la seguridad de su familia al margen de la cruel guerra. Era éste un buen tipo al que no le quedaba más remedio que colaborar con el corrupto gobierno por su seguridad y la de los suyos.

Junto a Abú, cada mañana acudía a la zona norte de Mossendjo . Allí nos dirigíamos a una de las minas de Coltan que éste había cedido al Gobierno del Congo. Gracias a Abú, podía acceder a los yacimientos donde las pequeñas criaturas eran explotadas a punta de pistola.

La situación en los campos de trabajo era muy dura. Estaba tajantemente prohibido molestar a los niños cuando trabajaban. Yo sentía pánico cuando el militante armado hasta los dientes, y con órdenes de abrir fuego si lo veía oportuno, me observaba, seguramente por el color de mi piel.

25 minutos de descanso para 12 horas de trabajo ininterrumpido. El único momento en el que contactaba directamente con los niños era en ese pequeño espacio de tiempo. Moke, Bodo, Cheik, Luba, Seni, Depara y Zinsou, entre otros, dejaban sus rudimentarias herramientas y yo entraba en acción. Abría mis mochilas y ofrecía los sobres de comida que me proporcionaba una ONG francesa.  Muchos de los niños no podían corresponder mi acto de solidaridad pues tenían el estómago similar al tamaño de una judía y no querían comer. Otros muchos aprovechaban el pequeño descanso y se quedaban dormidos en el suelo, casi inconscientes, intentando reponerse para poder superar la jornada. Era habitual que alguno no se levantara; cuando el militar le golpeaba de una patada y el niño no respondía, directamente lo echaban a la profunda fosa común.

La mayoría de los niños de esa zona hablaban suahili, pero siempre había alguno que chapurreaba francés.

Una tarde sucedió algo que marcó mi vida y la de muchos otros.

-¿Qué tal Luba?, ¿hoy no tienes ganas de hablar?- Pregunté a uno de los pobres niños.

-Estoy mal señor, muy mal.-Me dijo con muy mala cara.

-¿Que te ocurre?, ¿quieres comer?-Yo le pregunté preocupado, mientras otro de los niños me pedía una de las bolsas de comida.

-No señor. No quiero comer, me duele el estómago y la cabeza, no aguanto más.

Me acerqué a él y le dije enérgicamente, mientras le agarraba de sus hombros:

-Tienes que sacar fuerza Luba, tienes que ser fuerte. No sirve de nada quejarse.

Pero Luba cayó de rodillas al suelo. Las lágrimas caían por sus mejillas. Los demás niños observaban con gran tristeza la situación. 

-Cinco minutos- Gritó un soldado en lo alto de un peñasco.

La situación me superaba. No sabía qué decirle. El pequeño Luba estaba realmente mal.

Me puse de rodillas frente a él, le agarré la cabeza  y le besé en su pequeña frente.

En ese momento no vi otra salida, fue lo único que pude hacer, besarle. Dijera lo que le dijera, hiciese lo que hiciese, no hubiera servido de nada. Luba me miró y, pongo la mano en el fuego de que bajo ese sol infernal del Congo, me llegó a sonreír antes de caer al suelo desplomado.

En un país tan triste y pobre en el que la guerra es una forma de vivir y el ambiente siempre es tan frío, ambicioso y duro, es casi imposible ver a dos personas implicadas en un acto afectivo. 

Una tarde Abú estaba a mi lado en la mina de Mossendjo.

-¿Los viste?, ¿Por que hacen eso?-Me preguntó Abú extrañado.

Fue duro a la vez que gratificante ver a Cheik como besaba la frente de Moke mientras le agarraba la cabeza. Abú no era capaz  de comprender ese gesto de amor entre esos dos pobres niños. 

Yo miré con algo de pena a Abú.

-Se han dado un beso- Le dije a Abú, que continuaba sorprendido por la situación.

-Pero, ¿por que?- Abú seguía descolocado, sin entender nada. 

Quedé muy sorprendido con los niños de las minas que visité a posteriori. En cierto modo llegaban hasta a sonreír y se besaban en la frente agarrándose la cabeza con bastante frecuencia.

-Todo es por ti- Me decía Abú cada día que pasaba.

Las situaciones se repetían en las ciudades en las que la gente se despedía y se saludaba de igual manera. Éste nuevo gesto se extendió como la pólvora. El beso en la frente en el Congo se convirtió en un símbolo de amistad, cariño, amor, piedad y sobre todo de esperanza. 

Fueron ocho meses muy intensos pero tuve que regresar a España. Abú me acompañó al aeropuerto de Tinkla. La despedida con éste gran hombre fue muy emotiva, le prometí que volvería en cuanto pudiera.

Abú me agarró la cabeza y me besó en la frente mientras que sus lágrimas se derramaban.

Regresé a mi país dejando a todos esos pobres niños en el mismo estado de esclavitud y de mala vida en el que los encontré, pero con el buen sabor de boca de haber dado un beso al Congo.

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