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Vigore del Río, Alex Ricardo (Vibrión Quijano)

Partir desde el ocaso

         Cuando Alabarda apareció en cueros en el salón, agitando su verga como si fuera un péndulo extraviado en su itinerario tuvimos que llevarlo a la pieza y hacer que se durmiera antes de que Emile, el dueño del bar del cual veníamos, se le echara encima, pues las chicas, que estaban espantadas con el extravagante espectáculo, eran sus invitadas.   Antes de dormirse vomitó un poco y se quedó en la pieza acabando su noche. Al día siguiente despertó sin recordar nada y me imaginé aquella mañana que Alabarda terminaría sus días perdido como las mentes más brillantes de la generación de Ginsberg, porque en estos lados no son pocas las historias de hombres que se pierden tras las tristes trampas que esta ciudad suele tenderles.  Aquí, en Puerto Alcatraz, hay una trampa en cada esquina.           Acostumbrado a tales extravagancias, la verdad, lo del desnudo no me pareció más que una buena broma de mal gusto, humor al que nos habíamos acostumbrado ya hace rato, como si fuéramos una singular manada de cimarrones.   Pero Emille no reaccionó de igual manera: “¡Ese huevón no entra más a mi bar!”, bufaba indignado.           La noche del altercado -más bien luego del altercado-, cuando ya el asunto estaba olvidado y Alabarda dormía, el muy hijo de puta de Polanco confesó que me había inscrito en “La página web del corazón”, poniéndome en cuenta del por qué constantemente recibía correos electrónicos de mujeres que pretendían conocerme sin yo saber cómo cresta habían conseguido mi correo electrónico.   Claro, un par de días más tarde entré en la página de la cual Polanco hablaba y encontré allí mi nombre y mi “perfil”:   “Joven buenmozo de 28 años, con solvente estado económico busca mujer inteligente de entre 20 y 35 años.  No fumo ni bebo, me gusta la literatura, el arte y las cosas impredecibles.  Escríbeme”.  A raíz de esto mi correo electrónico se atestó por meses con mensajes increíbles. Entre aquel desfile de insinuaciones recuerdo a una mujer de 50 que tenía una hija pequeña y que quería conocerme para “relaciones serias”, una de 28 que nunca había estado con un hombre, una doctora de 44 que quería conocer a un muchacho joven, una secretaria que quería entablar tan sólo amistad para chatear en sus ratos de relajo, una que otra broma obscena que algunos graciosos no se contenían en hacer, y así…, la lista era larga y yo no sabía qué cresta pasaba con esas mujeres.   Nunca contesté mail alguno y tuve que cambiar de correo electrónico, pues ya me era inservible con el buzón siempre lleno. Rechacé esos mensajes a diestra y siniestra, incluyendo algunos correos importantes que no lograba distinguir de aquellos otros, como por ejemplo la propuesta para escribir una novela para jóvenes que nunca alcancé a leer, pues la rechacé dos veces.  Me pasó lo mismo con otro buzón electrónico que saqué luego y que anuncié siempre inocentemente a mis conocidos, incluyendo a Polanco.  A ese tipo de humor me refería al hablar de una “buena broma de mal gusto”.   Así surtíamos las noches de Puerto Alcatráz, haciendo de nuestras vidas un campo minado de bromas, coronando a carcajadas las madrugadas de los fines de semana con la confesión de las culpas y la revelación de los aprietos que pasábamos y que, ante la ignominia, callábamos muchas veces las víctimas para evitar la humillación, hasta que los victimarios confesaban.         Como decía, Alabarda despertó aquella mañana algo confundido y no recordaba su altercado con Emille, así que tuve que refrescarle la memoria para que luego ante un posible encuentro con este fuera cauto o de otro modo, supiera interpretar las reacciones de Emille.   “Ah... no fue nada..., nada tan grave”, me dijo, como si hubiera sido un sueño o algo que hubiera pasado en otra dimensión, luego se despidió alejándose con su aspecto de trasnoche, extravagante espantapájaros.     Siempre me ha llamado la atención la afición de Alabarda por lo que él llama “sus brebajes abismales”, pues parece estar más allá de todo sobrecargo moral en su actividad. En esta tierra se respeta más a los ladrones que a los borrachos, decía, ¡es inconcebible!  Ten cuidado, Valento, porque esta ciudad te come, te come y luego te vomita hecho otro… pero no es tan despiadada la muy perra, antes te lo advierte, te envía señales y luego actúa… así no te puedes quejar de ella.  Yo aún intento encontrar esas señales, voy como un sabueso buscando los indicios de su lenguaje secreto, para no terminar hecho un despojo, para no terminar siendo uno más dentro de su fauna sombría… y se empinaba la individual de cerveza mientras leía algún libro viejo y barato de segunda mano, Dostoievski o Wilde, Baroja o Turgeniev, mientras yo no acababa de entender lo que decía.  Y aunque no me esforzaba en comprenderlo, pues sus palabras para mi bordeaban el enigma y parecían venir del abismo del sinsentido, algo en él me seducía, y es que los bebedores son una cofradía bastante interesante cuando se les mira bien de cerca.              De las jornadas de las cuales he sido testigo y que me ha tocado experimentar, sin hacer alardes ni apologías, ni juicios ni inquisiciones, he elaborado un breve catálogo de bebedores, que creo, acaso pueda ser considerado universal.         A que no saben cuál es el Bebedor Histrión… Pues no es otro que aquel que en la sobriedad le hemos visto sobrio – valga la redundancia (me gustan estas repeticiones que parecen algo estúpidas) - y tras beber unas copas se transformará en el más avezado humorista.  Este bebedor, más allá de sólo contarnos simples chistes, se apoyará de un amplio arsenal de recursos histriónicos que nos hará sencillamente cagarnos de la risa sin que podamos evitarlo. Cuando estás ante él, estás simplemente ante un artistazo de la comedia.  El problema es que este histrión se precipita la mayoría de las veces a otra etapa, que es cuando su talento comienza a decaer como lo hacen los ecos,  pues el comediante comienza a diluirse ocupando reiteradamente los mismos recursos y entonces no hay quien lo pare con su espectáculo desgastado y soporífero hasta deprimir al punto de querer uno salir corriendo de allí y escapar del disco rayado.           El Bebedor Erótico es aquel bebedor en el cual lo único que cae en mente es la seducción de una fémina, y para esto ocupará un sinnúmero de estrategias, desde algunas muy encantadoras y ocurrentes, hasta intentar el hipnotismo a través de la mirada sostenida y enfermiza. Y ni hablar de simplemente caer sobre la presa como bestia.  Este es un bebedor que sabe de victorias y de fracasos rotundos.  Se ha visto a más de algún bebedor erótico transgredir su propia norma en cuanto a su objeto de deseo... a más de algunos les ha pasado, pero lo único que quieres hacer luego es olvidar aquel recuerdo inquietante que carcome tu conciencia y reflota a veces cuando intentas escribir algo... Mejor pasamos al próximo bebedor...         Completamente opuesto al anterior, tenemos al Bebedor Rodweiller (si, como la raza canina), bebedor que no es más que un hijoputa que lo único que tiene en mente es comenzar una gresca buscando cualquier excusa.  Pero de este bebedor pasaremos diciendo “sin comentarios”.         El Bebedor Iluminado es aquel que cree tener siempre la verdad, es un ciudadano divinamente dotado de la razón y no es difícil verlo  intentando siempre acaparar la atención o la palabra, incluso sin que sus acompañantes se den cuenta conscientemente de aquello en un principio, hasta que luego estos caen en cuenta de que se habla con una pared de verdades y uno siempre está condenado a dar por perdidos nuestros argumentos ante el hombre más sabio del condado. Este bebedor es un luchador retórico por naturaleza, aunque llegue a pronunciar con dificultad.          Otro bebedor es el mítico Bebedor Lacrimógeno, aquel que, apenas bebe, comienza su llanto sin fin.  Es este un bebedor emotivo con buqué de frutos rojos y un color algo nuboso en la mirada...         El Bella Durmiente es aquel bebedor que interactúa muy bien, pero que de pronto comienza a quedarse en silencio, progresivamente, mientras el resto de los comensales continúa la fiesta.  Casi de forma imperceptible comienza a intervenir menos y menos en las conversaciones.  Qué se yo, de cincuenta palabras por intervención pasa a treinta y cinco, luego a quince, diez…, tres, dos, uno, y se dobla en su asiento hasta dormirse y caer en el olvido mientras los demás están en el ápice de la noche.        Para terminar está mi favorito, por lo espectacular de su naturaleza, el Bebedor a lo Doctor Jekill. ¿Conocen al personaje?  El título del libro se llama “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, escrito aproximadamente en 1886 por R.L. Stevenson.  La trama ha sido tomada muchas veces por los dibujos animados, así que no es difícil tenerlo en mente sin necesidad de haberse leído el libro.   Se trata del tipo (Doctor Jekill) que se bebe una infusión química y se transforma en un monstruo (Mr. Hyde) capaz de las peores atrocidades.   Luego se pasa el efecto, y de vuelta a la vida normal...  “Jamás se sabrá... de cuántos actos sublimes o fechorías monstruosas es capaz...” diría del vino alguna vez Ch. Baudelaire.  Pues el bebedor a lo Dr. Jekill es un bebedor arrepentido, que rehace como un rompecabezas los disparates, atrocidades y aventuras llevadas a cabo en la jornada anterior, desconociéndose como a un extraño.   Esto me recuerda a Alabarda, pero excluyendo la culpa, lo que lo hace un bebedor muy particular.         Alabarda estaría de acuerdo conmigo si dijera que algo huele a podrido en Puerto Alcatraz.  “Estoy cansado de estar dando vueltas entre trabajillo y trabajillo por esta ciudad”, me dijo alguna vez.    Esto lo digo porque sentí que en Puerto Alcatraz hubo una época en que algo se batía en el aire, se sentía como un vago aroma, lo sentía como Alabarda siente aquel guiño suspendido sobre la ciudad y que antes no comprendía yo a qué se refería; algo extendía ahora sus tentáculos entre Amanda y yo, un enemigo invisible, de esos que abundan por acá, porque invisibles son nuestros peores enemigos, aquellos que nos ciegan y nos dejan en la esquina con la toalla en la cara, anulados....   Fue una tarde de domingo, una tarde de domingo la de aquel último adiós cuando la miré por última vez a los ojos y descubrí una mala noche reposando en sus ojeras.  Fue una tarde de domingo cuando, tras  aquel último adiós de Amanda, crucé de regreso el centro de un Puerto Alcatraz casi desierto, como si fuera su último habitante.  Hasta dudé de que mi percepción de pueblo fantasma fuera sólo una tonta idea y sentí algo de pánico cuando constaté que no me topaba con nadie por las calles.   Así fue hasta que tomé el microbús de vuelta a casa, y entonces la ciudad pasó algo más lejana tras la ventana como si fuera la proyección de un rollo filmográfico recogiéndose conforme el bus avanzaba.   Una toma en especial se alargaba en esta cinta, los pictogramas dibujaron a un anciano vagabundo cojeando por una de esas  calles que lindan al supermercado, y entonces fue como verme en el espejo, porque supe que cojeaba yo por dentro y que estaba un poco más viejo y que iba algo más solo en una micro vacía camino a casa.     Si supieran qué tan demoniaco me pareció el teléfono aquella vez.   A un breve marcado estaba el sortear una distancia que más bien era preciso hacer rotunda de una vez por todas y tras esa combinación numérica, se proyectaban decenas de diálogos posibles con Amanda.   Pero ante toda proyección caía inevitable con el peso de un yunque la fisura de aquella tarde que ya era toda una noche amplia y estrellada a esas alturas del puntero.  Es que podía oír cada uno de esos diálogos zumbando en el aire, era preciso viajar, subirme a un bus o a un tren, partir desde el ocaso y tomar un camino desconocido de esos que terminan siendo siempre un punto en el horizonte, hacer camino al andar y drenar los malos humores sobre otras calzadas.  Eso es.  Partir para ver cómo las luces de Puerto Alcatraz van desvaneciéndose en la oscuridad de sus viejos mitos, partir y ver cómo su cara de puerto pobre me despide con una sonrisa ladina, manteniendo la distancia con su mirada firme y desconfiada a lo Clint Eastwood, pues esta vez no habría vencedor ni vencido; simplemente ya vamos siendo otros.

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