Cuando Alabarda apareció en cueros en el
salón, agitando su verga como si fuera un péndulo extraviado en su itinerario
tuvimos que llevarlo a la pieza y hacer que se durmiera antes de que Emile, el
dueño del bar del cual veníamos, se le echara encima, pues las chicas, que
estaban espantadas con el extravagante espectáculo, eran sus invitadas. Antes de dormirse vomitó un poco y se quedó
en la pieza acabando su noche. Al día siguiente despertó sin recordar nada y me
imaginé aquella mañana que Alabarda terminaría sus días perdido como las mentes
más brillantes de la generación de Ginsberg, porque en estos lados no son pocas
las historias de hombres que se pierden tras las tristes trampas que esta
ciudad suele tenderles. Aquí, en Puerto
Alcatraz, hay una trampa en cada esquina.
Acostumbrado a tales extravagancias,
la verdad, lo del desnudo no me pareció más que una buena broma de mal gusto,
humor al que nos habíamos acostumbrado ya hace rato, como si fuéramos una
singular manada de cimarrones. Pero
Emille no reaccionó de igual manera: “¡Ese huevón no entra más a mi bar!”,
bufaba indignado.
La noche del altercado -más bien luego
del altercado-, cuando ya el asunto estaba olvidado y Alabarda dormía, el muy
hijo de puta de Polanco confesó que me había inscrito en “La página web del corazón”, poniéndome en cuenta del por qué
constantemente recibía correos electrónicos de mujeres que pretendían conocerme
sin yo saber cómo cresta habían conseguido mi correo electrónico. Claro, un par de días más tarde entré en la
página de la cual Polanco hablaba y encontré allí mi nombre y mi “perfil”: “Joven buenmozo de 28 años, con solvente
estado económico busca mujer inteligente de entre 20 y 35 años. No fumo ni bebo, me gusta la literatura, el
arte y las cosas impredecibles.
Escríbeme”. A raíz de esto mi
correo electrónico se atestó por meses con mensajes increíbles. Entre aquel
desfile de insinuaciones recuerdo a una mujer de 50 que tenía una hija pequeña
y que quería conocerme para “relaciones serias”, una de 28 que nunca había
estado con un hombre, una doctora de 44 que quería conocer a un muchacho joven,
una secretaria que quería entablar tan sólo amistad para chatear en sus ratos
de relajo, una que otra broma obscena que algunos graciosos no se contenían en
hacer, y así…, la lista era larga y yo no sabía qué cresta pasaba con esas
mujeres. Nunca contesté mail alguno y
tuve que cambiar de correo electrónico, pues ya me era inservible con el buzón
siempre lleno. Rechacé esos mensajes a diestra y siniestra, incluyendo algunos
correos importantes que no lograba distinguir de aquellos otros, como por
ejemplo la propuesta para escribir una novela para jóvenes que nunca alcancé a
leer, pues la rechacé dos veces. Me pasó
lo mismo con otro buzón electrónico que saqué luego y que anuncié siempre
inocentemente a mis conocidos, incluyendo a Polanco. A ese tipo de humor me refería al hablar de
una “buena broma de mal gusto”. Así
surtíamos las noches de Puerto Alcatráz, haciendo de nuestras vidas un campo
minado de bromas, coronando a carcajadas las madrugadas de los fines de semana
con la confesión de las culpas y la revelación de los aprietos que pasábamos y que,
ante la ignominia, callábamos muchas veces las víctimas para evitar la humillación,
hasta que los victimarios confesaban.
Como decía, Alabarda despertó aquella
mañana algo confundido y no recordaba su altercado con Emille, así que tuve que
refrescarle la memoria para que luego ante un posible encuentro con este fuera
cauto o de otro modo, supiera interpretar las reacciones de Emille. “Ah... no fue nada..., nada tan grave”, me
dijo, como si hubiera sido un sueño o algo que hubiera pasado en otra
dimensión, luego se despidió alejándose con su aspecto de trasnoche,
extravagante espantapájaros. Siempre
me ha llamado la atención la afición de Alabarda por lo que él llama “sus
brebajes abismales”, pues parece estar más allá de todo sobrecargo moral en su
actividad. En esta tierra se respeta más
a los ladrones que a los borrachos, decía, ¡es inconcebible! Ten cuidado,
Valento, porque esta ciudad te come, te come y luego te vomita hecho otro… pero
no es tan despiadada la muy perra, antes te lo advierte, te envía señales y
luego actúa… así no te puedes quejar de ella.
Yo aún intento encontrar esas señales, voy como un sabueso buscando los
indicios de su lenguaje secreto, para no terminar hecho un despojo, para no terminar siendo uno más dentro de su
fauna sombría… y se empinaba la individual de cerveza mientras leía algún
libro viejo y barato de segunda mano, Dostoievski o Wilde, Baroja o Turgeniev,
mientras yo no acababa de entender lo que decía. Y aunque no me esforzaba en comprenderlo, pues
sus palabras para mi bordeaban el enigma y parecían venir del abismo del
sinsentido, algo en él me seducía, y es que los bebedores son una cofradía
bastante interesante cuando se les mira bien de cerca.
De las jornadas de las cuales he sido
testigo y que me ha tocado experimentar, sin hacer alardes ni apologías, ni
juicios ni inquisiciones, he elaborado un breve catálogo de bebedores, que
creo, acaso pueda ser considerado universal.
A que no saben cuál es el Bebedor
Histrión… Pues no es otro que aquel que en la sobriedad le hemos visto sobrio –
valga la redundancia (me gustan estas repeticiones que parecen algo estúpidas)
- y tras beber unas copas se transformará en el más avezado humorista. Este bebedor, más allá de sólo contarnos
simples chistes, se apoyará de un amplio arsenal de recursos histriónicos que
nos hará sencillamente cagarnos de la risa sin que podamos evitarlo. Cuando
estás ante él, estás simplemente ante un artistazo de la comedia. El problema es que este histrión se precipita
la mayoría de las veces a otra etapa, que es cuando su talento comienza a
decaer como lo hacen los ecos, pues el
comediante comienza a diluirse ocupando reiteradamente los mismos recursos y
entonces no hay quien lo pare con su espectáculo desgastado y soporífero hasta
deprimir al punto de querer uno salir corriendo de allí y escapar del disco
rayado.
El Bebedor Erótico es aquel bebedor en
el cual lo único que cae en mente es la seducción de una fémina, y para esto
ocupará un sinnúmero de estrategias, desde algunas muy encantadoras y
ocurrentes, hasta intentar el hipnotismo a través de la mirada sostenida y
enfermiza. Y ni hablar de simplemente caer sobre la presa como bestia. Este es un bebedor que sabe de victorias y de
fracasos rotundos. Se ha visto a más de
algún bebedor erótico transgredir su propia norma en cuanto a su objeto de
deseo... a más de algunos les ha pasado, pero lo único que quieres hacer luego
es olvidar aquel recuerdo inquietante que carcome tu conciencia y reflota a veces
cuando intentas escribir algo... Mejor pasamos al próximo bebedor...
Completamente opuesto al anterior,
tenemos al Bebedor Rodweiller (si, como la raza canina), bebedor que no es más
que un hijoputa que lo único que tiene en mente es comenzar una gresca buscando
cualquier excusa. Pero de este bebedor
pasaremos diciendo “sin comentarios”.
El Bebedor Iluminado es aquel que cree
tener siempre la verdad, es un ciudadano divinamente dotado de la razón y no es
difícil verlo intentando siempre
acaparar la atención o la palabra, incluso sin que sus acompañantes se den
cuenta conscientemente de aquello en un principio, hasta que luego estos caen en
cuenta de que se habla con una pared de verdades y uno siempre está condenado a
dar por perdidos nuestros argumentos ante el hombre más sabio del condado. Este
bebedor es un luchador retórico por naturaleza, aunque llegue a pronunciar con
dificultad.
Otro bebedor es el mítico Bebedor
Lacrimógeno, aquel que, apenas bebe, comienza su llanto sin fin. Es este un bebedor emotivo con buqué de
frutos rojos y un color algo nuboso en la mirada...
El Bella Durmiente es aquel bebedor
que interactúa muy bien, pero que de pronto comienza a quedarse en silencio,
progresivamente, mientras el resto de los comensales continúa la fiesta. Casi de forma imperceptible comienza a
intervenir menos y menos en las conversaciones.
Qué se yo, de cincuenta palabras por intervención pasa a treinta y
cinco, luego a quince, diez…, tres, dos, uno, y se dobla en su asiento hasta
dormirse y caer en el olvido mientras los demás están en el ápice de la noche.
Para terminar está mi favorito, por lo
espectacular de su naturaleza, el Bebedor a lo Doctor Jekill. ¿Conocen al
personaje? El título del libro se llama
“El
extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, escrito aproximadamente en 1886 por
R.L. Stevenson. La trama ha sido tomada
muchas veces por los dibujos animados, así que no es difícil tenerlo en mente
sin necesidad de haberse leído el libro.
Se trata del tipo (Doctor Jekill) que se bebe una infusión química y se
transforma en un monstruo (Mr. Hyde) capaz de las peores atrocidades. Luego se pasa el efecto, y de vuelta a la
vida normal... “Jamás se sabrá... de cuántos actos sublimes o fechorías
monstruosas es capaz...” diría del vino alguna vez Ch. Baudelaire. Pues el bebedor a lo Dr. Jekill es un bebedor
arrepentido, que rehace como un rompecabezas los disparates, atrocidades y
aventuras llevadas a cabo en la jornada anterior, desconociéndose como a un
extraño. Esto me recuerda a Alabarda,
pero excluyendo la culpa, lo que lo hace un bebedor muy particular.
Alabarda estaría de acuerdo conmigo si
dijera que algo huele a podrido en Puerto Alcatraz. “Estoy cansado de estar dando vueltas
entre trabajillo y trabajillo por esta ciudad”, me dijo alguna vez. Esto lo digo porque sentí que en Puerto
Alcatraz hubo una época en que algo se batía en el aire, se sentía como un vago
aroma, lo sentía como Alabarda siente aquel guiño suspendido sobre la ciudad y
que antes no comprendía yo a qué se refería; algo extendía ahora sus tentáculos
entre Amanda y yo, un enemigo invisible, de esos que abundan por acá, porque
invisibles son nuestros peores enemigos, aquellos que nos ciegan y nos dejan en
la esquina con la toalla en la cara, anulados.... Fue una tarde de domingo, una tarde de domingo
la de aquel último adiós cuando la miré por última vez a los ojos y descubrí
una mala noche reposando en sus ojeras. Fue
una tarde de domingo cuando, tras aquel
último adiós de Amanda, crucé de regreso el centro de un Puerto Alcatraz casi
desierto, como si fuera su último habitante.
Hasta dudé de que mi percepción de pueblo fantasma fuera sólo una tonta
idea y sentí algo de pánico cuando constaté que no me topaba con nadie por las
calles. Así fue hasta que tomé el microbús de vuelta a
casa, y entonces la ciudad pasó algo más lejana tras la ventana como si fuera
la proyección de un rollo filmográfico recogiéndose conforme el bus
avanzaba. Una toma en especial se alargaba
en esta cinta, los pictogramas dibujaron a un anciano vagabundo cojeando por
una de esas calles que lindan al
supermercado, y entonces fue como verme en el espejo, porque supe que cojeaba
yo por dentro y que estaba un poco más viejo y que iba algo más solo en una
micro vacía camino a casa. Si
supieran qué tan demoniaco me pareció el teléfono aquella vez. A un breve marcado estaba el sortear una
distancia que más bien era preciso hacer rotunda de una vez por todas y tras esa
combinación numérica, se proyectaban decenas de diálogos posibles con Amanda. Pero ante toda proyección caía inevitable con
el peso de un yunque la fisura de aquella tarde que ya era toda una noche
amplia y estrellada a esas alturas del puntero.
Es que podía oír cada uno de esos diálogos zumbando en el aire, era
preciso viajar, subirme a un bus o a un tren, partir desde el ocaso y tomar un
camino desconocido de esos que terminan siendo siempre un punto en el
horizonte, hacer camino al andar y drenar los malos humores sobre otras
calzadas. Eso es. Partir para ver cómo las luces de Puerto
Alcatraz van desvaneciéndose en la oscuridad de sus viejos mitos, partir y ver
cómo su cara de puerto pobre me despide con una sonrisa ladina, manteniendo la
distancia con su mirada firme y desconfiada a lo Clint Eastwood, pues esta vez
no habría vencedor ni vencido; simplemente ya vamos siendo otros.