Desde las profundidades de unos ojos verdes
y marrones a la vez una mente dormida y arrastrada al pasado recorría sus
recuerdos uno por uno y se detenía en los pasajes que una lejana voz le
sugería.
Pedro,
¿Qué recuerdas de Jerusalén?
Antes de Jerusalén recuerdo las calles de
Batsaida, mi pueblo, mi lugar de nacimiento.
Cerró los ojos recordando.
Calles
polvorientas, con altibajos del firme aquí y allá, casas de adobe, la gente
trabajando por las calles en sus oficios.
Recuerdo la barca de madera con una sola
vela, latina, en el pequeño embarcadero que había también hecho de madera y que mis hermanos y
yo habíamos ayudado a construir.
Las orillas del río eran de tierra, sin
vegetación, dando un aspecto seco al
propio río.
Recuerdo el sol,
implacable en las jornadas de pesca. Las sonrisas y bromas de mis hermanos
(tenía más de uno) cuando tirábamos las redes.
Los peces siempre me entusiasmaron, me
atraían de una manera especial pero me dolía verlos morir allí desparramados y
boqueando por la cubierta entre los pies de mis hermanos. A alguno que era
pequeño lo cogía con las manos, cuidadosamente y lo devolvía al río con mimo
entre los gestos burlones de los demás.
El misericordioso Pedro... me decían
burlonamente y sin malicia.
Yo respondía medio disimulando "es
demasiado pequeño para alimentar a nadie" y lo soltaba viéndole nadar
frenéticamente asustado hacia el fondo mientras sonreía para mis adentros.
Había otorgado una vida, había devuelto una pequeña parte de la pesca como si
fuese un gesto de redención, de perdón por quitar tantas pequeñas vidas al Río.
¿Pedro, eres religioso? Preguntó la voz desde un
lugar alejado, borrando los recuerdos, difuminando todas las imágenes
producidas, haciendo desaparecer el río, Batsaida y los infinitos horizontes
pedregosos. Era una interrupción descolocada y precipitada, que apartaba los
recuerdos logrados y retrasaba la sesión.
“No soy
religioso”.
Escuchó su propia voz sorprendido pues parecía
salir de otra boca, de otro hombre, no de él mismo tumbado en el diván.
“No soy religioso porque ya he visto y vivido
la religión mi querida doctora. Era otro tiempo, era otro mundo era otra
realidad mas palpable, mas intensa
quizás. Mas simple mas fácil de entender pues brillaba el sol, corría la brisa
y trabajabas para simplemente poder vivir.”
¿Cómo puedes ser, tú, alguien no religioso?
Hoy, creo en otras cosas.
La religión antes no era lo que es ahora, era
algo más natural, más... es difícil de explicar.
Hoy la religión
se mezcla con la Iglesia y la sociedad y
se deforma.
Difícil de explicar…
Antes la religión era pura verdad, era real,
palpable, era obvio.
Estaba latente en el aire, en el cielo en la
noche y el día. En la gente…
¿Crees Pedro que eres ó
quizá fuiste parte de aquel Pedro que acompañó a Jesús el Nazareno?
Se hizo un silencio…
En el diván
Pedro pensaba, se esforzaba por pensar, se esforzaba por contestar.
Olvidándose de la pregunta su mente
somnolienta viajó muy lejos en un instante.
Allí, en su destino, vio al Nazareno, con sus
ropajes blancos hablando a la gente como solo él sabía hacerlo.
Vivió de
nuevo la sensación agitada que tuvo al
escucharle, la esperanza que introdujo en su corazón con las palabras. Deseó
seguir a aquel hombre en cuanto lo vio.
¿Pedro?
Le habló la voz
de la doctora desde el mas allá…
Pedro, te llamas
Pedro.
Pero la voz venía ya del presente, del
presente y en su lengua natal, el arameo. La voz venía de aquella colina de
Batsaida donde tanta gente escuchaba…
Eres la fuerte piedra sobre la que edificaré
mi Iglesia. Y al decir esto el Nazareno sonrió.
Debes hacerte pescador de hombres… Pedro,
estaba esperando a alguien como tu.
La sonrisa luminosa y sincera del Nazareno le
animaba de una manera inexplicable.
Siguió a aquel
hombre hasta el final…
¿Pedro?
Escuchó de nuevo desde muy lejos. Y abrió los ojos.
Al hacerlo todo desapareció y se encontró en
la sala de la doctora como por arte de magia. Ella le hablaba pero no
comprendía sus palabras. El arameo seguía resonando en sus oídos.
Tras la doctora que seguía articulando
extrañas palabras en castellano veía las ventanas que daban a la calle. Fuera estaba lloviendo, hacía frío, el mes de
noviembre estaba siendo muy gélido este invierno en Madrid.
Atrás quedaban todas aquellas imágenes de
historias pasadas, de recuerdos tan bellos y tan tristes.
Atrás quedaba aquella vida tan lejana de la
cual nunca se había desprendido y a la que recordaba no como un sueño, sino
como una realidad.
Fuera hacía frío, hacía frío.