-Sé a lo que me metí, pero lo insoportable es un tercero.
-Ya te dije. No significó nada.
-¿Y por qué lo besaste?
-Por curiosidad.
-¿Y a mí?
-Porque te quiero. Porque hemos cogido…
-¿Y a Arturo?
-A él lo amo.
-¿Y a mí?
-A vos te quiero.
-¿Y al otro?
-Era un juego.
-Muy peligroso.
-De eso te quiero hablar.
-…
-¿Aló?
-Te oigo.
-Le conté a Arturo.
-¿Y qué te dijo?
-Rompió conmigo.
-¿Por eso te tomaste las pastillas?
-Y por vos.
-¿Y yo qué pinto?
-Que me da remordimiento. Me quiero morir.
-Sólo mierda sos.
-Lo siento.
-Sé que no lo sentís y te gustó.
-Sí lo siento y sí, me gustó.
-¿Y, cuál es tu problema?
-Que Arturo me va a dejar.
-…
-¿Y vos?
-No sé…
-Yo te quiero.
-Pero siempre andás buscando a otro. Eso no es normal.
-¿Y qué es lo normal?
-Ser fiel…
-¿A ustedes dos? ¡No me jodás!
-No te alterés. Sé que no estamos en una relación ‘normal’ pero esto de tres cogiendo a la misma mujer, me parece una locura.
-¿Me decís que estoy loca?
-O yo...
-O los dos.
-¿Ya tenés sueño?
-No. Me estoy tomando una cerveza.
-¿Cuántas has bebido?
-Una…
-No me mintás.
-Tres.
-¿Y hace cuánto te tomaste las pastillas?
-Hace quince minutos.
-Te pueden hacer daño.
-¿Estás segura que fueron dos?
-Sí.
-¿Estás mareada?
-No… Arturo me corrió de la casa. Estoy donde mi abuela y he estado llorando…
-¿Querés que vaya?
-No tengo cara para verte. Estoy puros mocos y lágrimas.
-Pero ayer estabas feliz besando a ese desgraciado.
-No es desgraciado.
-Y lo defendés…
-Me atrae por desaliñado y medio tonto.
-Mejor buscate un vagabundo y retrasado mental.
-No seás duro conmigo.
-Lo que te pido es que no sigás bebiendo. Te puede hacer más daño. ¿Te llevo al hospital?
-Me quiero morir.
-Entonces mejor ahorcate. Es más efectivo.
-No, lo quiero sin dolor.
-Ah.
-Los quiero a los tres.
-O sea que querés al malparido ése.
-Sí.
-Pues esto se complicó...
-Pero podemos seguir juntos.
-No. Yo acepté que estabas casada pero no tres cogiendo a la misma mujer.
-¿Ves?
-Estoy dolido.
-Fueron unos besuquitos.
-Pero te lo querés coger.
-Sip.
-Bueno, yo aquí me aparto.
-No, por favor, yo te quiero.
-Quedate con ellos.
-¡Mario!
-Calmate. Dejá de tomar y dame la dirección para ir a recogerte.
-Yo te quiero porque vos me das tranquilidad.
-…
-¿Seguís enojado?
-No debo reclamarte nada…
-…
-Pero me molesta lo que me hacés.
-Era un juego.
-Como lo mío...
-No, a vos te quiero.
-Yo no puedo seguir con esto.
-No Mario, ¡Ahorita no me dejés por favor!
-Prometeme que no vas a ver a ese... hijueputa y dejá de llorar.
-Sí.
-Dame tu palabra.
-Te la doy. Mi alma, mi corazón, mi culo...
-Ya estás borracha.
-Tengo sueño.
-Dame la dirección.
-No sé qué hacer con mi vida.
-A ver, dame la dirección.
-No. Nunca me perdonará.
-Vas a ver que sí.
-¡No! Me odia y hasta me insultó.
-Decile que no volverá a suceder.
-Se lo prometí, pero no entiende razones.
-Dale una oportunidad.
-Y no quiero perderte.
-Está bien. Te pido que dejés de beber y por favor, dame la dirección para ir a buscarte.
-Lo prometo.
-¿Al fin, querés que vaya?
-Sos lindo.
-Ajá…
-Porque me entendés.
-No te entiendo. Trato de quererte. Vamos, no estés jugando.
-Dame un beso.
-No.
-....
-¿Aló?
-...
-Amor, ponete seria...
-...
-Contestame que no es gracioso.
-Te mentí.
-¿De nuevo?
-Me bebí diez pastillas…. Arturo no…. sabe nada, no estoy donde mi abue… No me quiero coger al… Me quiero mor…
-¿Aló?... ¿Aló?...
Lucrecia
A Lucrecia la conocí en una Sala de Emergencias. Entré cargando en mis brazos a mi sobrina que tenía la cara hinchada y se quejaba de dificultades para respirar, debido a una rara alergia. La niña avergonzada se cubría el rostro con una toalla, mientras yo me alegraba porque así no miraba a los heridos y agonizantes tras ser macheteados o baleados en los barrios de esta hermosa y segura capital.
Nos atendió Lucrecia. El nombre estaba impreso en el distintivo plástico prensado en la bolsa derecha de su uniforme. Se acercó, averiguó qué le pasaba a la niña, le quitó la toalla y estaba peor. Jadeaba como perro cansado y le dolía el pecho.
Le sonrió, le aseguró que estaría bien, con delicadeza le tomó el pulso, con el estetoscopio escuchó los latidos de su corazón, tocó su frente, apuntó las observaciones del caso, fuimos a un pequeño cuarto de atenciones y la inyectó.
La mujer estaba interesada en mí. Quería averiguar pero no se atrevía.
-Es mi sobrina -le aclaré.
-Ah, muy bonita -dijo aliviada.
Lucrecia es pequeña, como me gustan. Tiene un trasero grande. Sus labios están pintados de rojo. Los ojos recargados de colorete oscuro y en sus orejas bailan dos pendientes. Su cara está cubierta de acné disimulado con un fuerte maquillaje. Atendió a la niña con esa finura escasa en los hospitales públicos y peor de madrugada. Tenía que ser un ángel o una aparición.
Le administró dos dosis más de medicamento. Lucrecia habló de su cansada jornada, de un vehículo que había comprado y que no estaba casada. ¡Qué coincidencia! Estuvo a punto. Faltaban dos meses para la boda pero descubrió por casualidad el engaño: el novio había propuesto casamiento a otra mujer que Lucrecia conoció en el hospital, porque había perdido el embarazo.
Ella no quería que Mauricio lo supiera. ¿Mauricio? repitió Lucrecia sorprendida de la coincidencia. Es lindo, mimoso, nos vamos a casar dentro de un mes y lo acaban de ascender de puesto como administrador en un banco, le relató la paciente. ¿Administrador? ¿En cuál de los bancos? El Estatal Agrícola de Plaza Montoya, dijo presumida. Ah, y ¿Su apellido es Jirón?, ¿Mauricio Alexander Jirón Méndez?, ¿Lo conocés? Interrogó ahora la muchacha. De cara, dijo Lucrecia conteniendo su furia ¡Ah, es un encanto! Le resumió la otra.
La niña recobró la normalidad y se durmió enroscada en la camilla. Lucrecia me miraba con destello alegre. En resumidas cuentas, pedí su teléfono, lo apunté en la palma de mi mano y salí cargando a mi sobrina a la lenta mañana del viernes.
Por la noche, llamé a Lucrecia.
-¿Tenés turno?
-No, me toca descanso.
-¿Querés salir?
-¡Claro! ¡Vamos a bailar!
Le pedí la dirección, dio el santo y seña, que era así y asado, tomé el taxi y sin contratiempos di con la casa.
-Buenas noches -me anuncié.
Salió una señora gorda, desaliñada, con el vestido cubierto de aceite, harina y quién sabe cuántas porquerías más. Me dedicaba una sonrisa burlona. Parecía la jefa de un lupanar. Su mirada era de un no sé qué cómplice.
-Mucho gusto -me presenté extendiéndole la mano. Sentí la suya rolliza y áspera.
-Pasá al cuarto que está a la izquierda -invitó sonriendo como si ya fuera de la familia.
El corredor era largo con dos habitaciones a cada lado. La puerta del cuarto de Lucrecia estaba abierta. Entré. Lucrecia tenía un vestido negro de espalda descubierta. Me vio por el espejo y ordenó:
-Subime el cierre.
La ayudé observando su dorso blanco bañado de un tono dorado como vellos de durazno. Lucrecia sostenía su cabello rubio con las manos para no enredarse con el cierre. Al subirlo, giró y me dio un beso íntimo en la mejilla.
-Cerrá la puerta -pidió.
En el pasillo estaba la madre husmeando y me vio maliciosa. Le sonreí y cerré la puerta.
-Vení -invitó Lucrecia sentada en la cama.
Nos miramos. No era guapa, pero tenía algo llamativo en sus ojos socarrones que me provocaba besarla y tocarla.
-Sos hermoso -me enamoró acercando su mano a mi mejilla. Yo, de reojo, miraba sus piernas gruesas, cubiertas con ese delicado vello dorado.
-¡Mirá qué bonitas piernas tengo! -exclamó recogiéndose el vestido.
Tomó mi mano y viéndome, la posó en su pierna. Estaba fresca y suave. Acababa de ducharse. No resistí y busqué sus labios que me atacaron sedientos. Mordía fuerte y succionaba mi lengua queriendo arrancarla. Deslicé mi mano a la cueva de mis deseos. No se había puesto calzón. El cierre del pantalón me estorbaba.
Toqué su pubis e imaginé que era rojo. Lucrecia abrió las piernas y mis dedos buscaron el hueco tibio, jugoso y carnoso. De pronto, me tiró y gritó:
-¡Mamá!
La señora estaba quién sabe desde hacía cuánto sonriendo en el umbral de la puerta, mirándonos morbosa.
-¿A qué hora volverán? -curioseó con risita contenida.
-No lo sé -respondió Lucrecia acomodándose el vestido.
Fuimos a la disco. Lucrecia bebió dos cervezas escuchando sobre mi vida. Por debajo de la mesa, con sus pies, acariciaba mis rodillas y reía juguetona. Me invitó a bailar. Era un poco alocada, superaba el ritmo de los merengues y movía la cadera con energía. La dejé en casa con la promesa de salir en una semana. Antes de despedirse, se metió por la ventanilla trasera del taxi, lanzó su mano a mi bragueta y apretó. Sus ojos felinos se clavaron en mí y me besó.
Al día siguiente fui al hospital para ver cómo se desenvolvía en el trabajo. Me recibió con sonrisa angelical, dándome un beso muy formalito y me presentó como su ‘novio’. Recorrimos la Sala de Parto, Neonatal, Infantil y vimos a través del vidrio a los bebés en la sala de Cuidado Intensivo. No sabía qué pretendía probar ese día, pero en conclusión, era una mujer normal no una asesina en potencia ni una desquiciada.
Fui a la siguiente cita y la madre, diría que con las mismas ropas, me invitó a pasar. Esta vez, advertí que la puerta derecha estaba entreabierta, de donde se fugaba una luz tenue.
Sin querer, vi lo que parecía una mujer desnuda acostada en la cama con las piernas recogidas y abiertas como una V haciendo movimientos extraños. Podía jurar que se masturbaba. Ante la sorpresa, me detuve. Ella se frotaba y gemía. La mujer ladeó su cabeza para ver hacia donde yo estaba. No pude moverme. La mujer se excitó más. Me dio vergüenza y me fui.
Encontré a Lucrecia paseando por el cuarto en sostén y con un calzón blanco que dejaba ver su pubis rojizo, como lo había imaginado. Se acercó, cerró la puerta y me arrinconó en la esquina besándome y frotando su cuerpo. Abrió el cierre de mi pantalón, apartó el obstáculo, sacó mi pene y comenzó a masturbarme.
Lucrecia bajó y sentí la humedad caliente de su boca, pero lo hacía de tal manera que sus dientes golpeaban mi carne. Tomé su cabello con las dos manos tratando de dominarla. Abandonó su concentración pidiendo:
-¡Fuerte! ¡Ahgg, hacelo fueeerte!
Apreté sus cabellos escuchando un ¡Ummm! como si saboreara sorbete. Desesperado, la levanté, le quité el sostén y vi sus hermosas ubres. Lucrecia me miraba como quien se entrega al más exquisito licor. La llevé a la cama, pero al intentar quitarle el calzón, se apartó anunciando:
-No, debemos esperar.
-¿Qué? -pregunté intranquilo.
-A que nos casemos…
-¿Cómo?
-Primero nos casamos y después seré tuya -advirtió retirándose.
Entró al sanitario.
Yo estaba enojado. Esos juegos no iban conmigo. Lucrecia abrió la puerta y bailando, me mostró su pubis delicioso como si fuera un peluche. Me hizo retorcerme de ganas. La quedé viendo sin moverme, sintiendo una estupenda erección. Esperé. Me tiró el calzón y cerró la puerta. Lucrecia salió desnuda, a como había querido tenerla y me recostó en la cama. Justo cuando se acomodaba encima de mí para bajarme la calentura, apareció en la puerta, la cabeza de su mamá como si la hubieran decapitado, con los ojos muy abiertos y sonrisa malévola.
Me quité a Lucrecia quien casi cae al suelo por el empujón y la señora desapareció. Me vestí, no escuché sus palabras y salí. En el pasillo, encontré a la mujer que había visto en la oscuridad estimulándose. Era idéntica a Lucrecia. Vestía el mismo traje que había utilizado Lucrecia en la primera cita.
-¿Nos vamos? -preguntó.
Más sorprendido que enojado, seguí el camino sin contestar y en la sala, me topé a la madre quien sonrió como loca y preguntó:
-¿Qué pasa?
-Nada. Dígale a Lucrecia que vendré más tarde.
Alcancé la calle y apuré el paso. Paré un taxi. Ya en casa me quité los zapatos y me tiré en la cama pensando dónde ir con mi sobrina la próxima vez que tuviera esa extraña alergia.