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Berenguer Cantero, Eva (Evitalios)

Pestiños

— ATIENDE, LINARES. Te he mandado llamar a mi despacho porque necesito que
hagas algo. Algo importante. Acércate. ¿Cuántos años hace que trabajas en la empresa?
— Dieciséis, señor Sierra.
— Eso son muchos años, ¿no te parece? Ya es hora de recompensar tu fidelidad para
con nuestra empresa. Hablo de nuevas responsabilidades. Lo primero que quiero que
hagas es lo siguiente: entrega estos documentos a Jesús. No te entretengas con nadie, ni
llames la atención. Te esperaré aquí, estoy a punto de recibir una llamada.
— ¿Jesús?
— ¡No alces la voz! Sí, Jesús, el de la camisa de rayas y los cuatro pelos, está al final
del pasillo.
— ¿Jesús?
— Por Dios, Linares, ¿qué no entendiste?
— Jesús nunca me saluda cuando nos cruzamos todas las mañanas en la recepción.
— Eso que te ahorras, Linares. (“¿será verdad que es tonto el tío?”, piensa). ¿Dónde
ves el problema? No hables con él. Se lo das y punto, aprisa: están a punto de llamarme.
— ¡Ahora mismo! Se lo doy y punto. Gracias, señor Sierra, por confiar en mí. No voy a
defraudarle. Atienda usted a su llamada, ya me encargo yo del resto. Déjeme decirle que
para mí es un honor trabajar con usted. En equipo, con usted. Y con Jesús, aunque no
me salude ni un solo día. ¿Usted cree que será de fiar? Fíjese que a mí me da que…
(Suena el teléfono).
— ¡Linares!
— ¡La llamada importante!
— ¡Jesús!
— ¡Gracias!
Linares empieza a andar, a paso rápido. El diálogo ha quedado cortado por la llamada y
la situación le ha puesto nervioso. No puede fallar. Las oportunidades no llegan todos
los días. De hecho, no llegan. Qué suerte la suya. Empieza a sudar. ¿No puede fallar?
Acaba de recordar otro momento con la misma sensación: cuando su mujer le pilló
mintiendo. No le habían robado la cartera con la paga extra unos rusos: se la había
gastado en el casino con unas rusas. Suelta una carcajada áspera que llama la atención
de los demás empleados. Todos le miran. De hecho, lo miran desde hace un rato, pero él
no se ha dado cuenta. “Empezamos bien. Concéntrate, Linares”. No hay tiempo que
perder. El pasillo no es demasiado largo y llega pronto cerca de la mesa de Jesús. Duda
antes de dejar la carpeta sobre la mesa. A punto de decir algo, le asalta la frase de
Sierra: “se lo das y punto”. Nota el sudor. “Y punto”, se repite varias veces. Hasta que
oye: “¿qué te trae por aquí, compañero?”. El susto es tremendo. Lanza la carpeta.
Primero golpea a Jesús en la sien, después aterriza sobre la mesa. “¡Me ha hablado!”, se
dice para sí, fuera de sí. Se da la vuelta, “esto no entraba en los planes”. No tiene
respuesta para eso, porque no debía haber preguntas. Empieza a andar. Le arden las
orejas. El pasillo es más largo ahora: “esto lo he visto yo en una película”. Linares
gesticula algo que no le da tiempo oír. Debe de ser el único, porque toda la oficina está
pendiente de lo que pasa. A grandes zancadas, llega hasta el punto de partida.
Ahí sigue Sierra, pegado al teléfono, esperándolo con la mirada. El gesto y la calva
irritados, las orejas ardiendo. Una seguro. “Mira que eres tonto, Linares”, reconoce
Sierra, echando mano a su cartera. “¡Cincuenta! Son tuyos, Jesús”, grita, frunciendo el
ceño. “Gracias”, se oye desde el fondo. Las risas de los demás empleados irrumpen la
sala, pasillo incluido.
— ¡Vuelva a su puesto, Linares!, y no levante el culo hasta nueva orden.
“Nueva orden” significó las nueve de la noche. Después de un día tan duro, lo único que
quería era llegar a casa. En el trabajo, no estaba acostumbrado a que le llamasen la
atención. Bueno, ni en el trabajo ni en ningún sitio. Se sentía aturdido. No entendía de
qué se reían todos. Había fallado, eso no era gracioso. No podía olvidar las orejas
ardiendo. Las cuatro. Menuda faena le había hecho a Sierra. Valiente cretino que no
aprovecha una oportunidad. Cabizbajo, se dirigió a su coche. Condujo casi por inercia,
hubiera jurado que el trayecto (“sí, sí, como en aquella peli”) se le hacía más largo. Por
fin llegó. Cuando se disponía a abrir la puerta, ¡alguien había cambiado el paño de la
cerradura! Sus ojos se abrieron por encima de sus gafas y dieron la vuelta. “No entiendo
nada, ¡ésta es mi casa!” No sabía qué estaba sucediendo. Volvía a sudar. Golpeó la
puerta, con exigencia. Una y otra vez. Nadie respondió. Se retiró unos pasos hacia atrás,
tropezando contra un jarrón de lata. Cogería carrerilla y rompería la puerta, si fuera
necesario. Ésa era su casa y ésas eran las hortensias, los rosales y hasta la hierbabuena
de su madre. La esterilla fucsia donde dormía Dado, el gato de su madre. Y el balancín
blanco donde tomaba el té con sus vecinas… su madre. Esa señora con delantal y
rodillo alzado que acababa de abrir la puerta y le amenazaba peligrosamente:
— ¿Se puede saber quién está armando tanto escándalo? Ricardo Linares Buzo, ¡casi
me matas de un susto!
— ¡Mamá! Qué haces tú… aquí… ¡en tu casa!
— Pues qué voy a hacer… ¡pestiños! ¡Serás tonto, hijo!
Doblemente cabizbajo, Linares volvió a subirse a su coche. Ni siquiera el olor dulzón
que rezumaba a través del paño de cocina lo consolaba. Le encantaban los pestiños.
Sobre todo, morder las bolitas de colores con las que su madre los adornaba. Poco a
poco, a medida que respiraba niñez, se fue reconciliando consigo mismo. Al fin, llegó a
su verdadera casa. La emoción del momento le impidió ver algo: había un coche
aparcado delante del porche. Risueño, se dirigió a la cocina tras colgar el abrigo azul
marino en el armario. Cuidadosamente. Qué bueno le había salido aquel abrigo, se decía
para sus adentros. Y qué buenos estarán estos pestiños, recién hechos. ¡Qué buena que
es mi madre! Qué susto que le he…
— ¿Ricardo? ¿Eres tú?
Reconocería esa voz entre un millón. Sofía. Mi reina. — ¡Sí, soy yo, ya estoy aquí, y he
traído pestiños!
— Qué bieeen, cariiiño, que ya estés… eh… ¿Pestiños? ¡Ahora mismo bajo, vete…
vete… ¡poniendo la mesa!
La voz de la mujer, en el piso de arriba, sonaba alterada. Deben de ser las alturas, se
dijo, divertido por la ocurrencia, Ricardo Linares Buzo. No era muy dado a las
ocurrencias, así que el detalle le llenó de satisfacción. Hinchado por el momento, se
dispuso a preparar la mesa. La agitación en el piso de arriba cesó a los pocos minutos.
En el exterior, un coche arrancó a toda velocidad. “Buen coche, sí señor, y mejor
motor”, fueron sus palabras, mantel de tulipanes en mano. Su reina, finalmente, bajó las
escaleras recogiéndose el pelo.
— Las servilletas amarillas, amor, están en el segundo cajón. Mira que eres despistado.
— Cómo me conoces… ¡Qué bonita estás esta noche, Sofía!
— Tú que me ves con buenos ojos, Linares.
— Mis ojos sólo tienen… ¿Linares? Es la primera vez que me llamas así.
— Qué boba soy, ni que fuera tu jefa…, anda, ven y dame un beso.
— Tienes las orejas calientes, Sofía.
— Y tú la nariz helada. ¿Y esos pestiños? ¡Puedo olerlos!
— Los he dejado encima de… Creí que no te gustaban.
— ¡A todo el mundo le gustan los pestiños, tonto!
Esa noche, Ricardo Linares Buzo no pegó ojo. A la mañana siguiente, como de
costumbre, se levantó antes que su mujer. Salió con babuchas al jardín y recogió el
diario. Como de costumbre, estaba mojado. Entró de nuevo en su casa y se preparó un
café, cargado. Cargado porque no sabía preparar café: él siempre tomaba leche con
cacao. Con cierto ardor de estómago, regresó al lecho conyugal. Buscó en el armario
empotrado hasta que encontró una caja de zapatillas J’hayber. Dentro, dinero, canicas y
un colgante de oro con la inscripción: “Ricardito”. Se vistió, sin prisas. Su mujer dormía
a pierna suelta y depilada. De nuevo en el piso de abajo, entró en la cocina. Tras abrir el
gas de los fogones, se dirigió hacia la puerta. Algo le hizo detener. Traje chaqueta,
corbata, maletín. Y babuchas. Corrió precipitadamente para dejar las zapatillas modelo
perrito Goofy, regalo de su tata Lola, debajo de la cama. Tras anudarse los zapatos a la
primera, salió de la casa. Ya no volvería a entrar.
***
Habían pasado treinta y tres minutos y medio. Tiempo más que necesario para encontrar
en el casete de Nino Bravo: “él no te quiere… y nunca te querrá lo mismo que te quise
yo”. Del chalet granate, sólo había salido la mayor de las hijas del señor Sierra: “bonitas
piernas, sí señor, aunque no puedo decir lo mismo de las caderas…” Una vuelta de cinta
después, Sierra apareció por el portón, hecho un pincel. “Ahí estás…”, susurró, triunfal.
Tras dos intentos, arrancó el coche. “Hoy es mi día de suerte.” Siguió al hombre unos
metros, a la distancia que fijaban las señales de tráfico. Porque vale que estaba a punto
de cometer un asesinato con premeditación, pero de ahí a saltarse las normas de la DGT
había un trecho. Nunca mejor dicho. Siguió así hasta que vio cómo Sierra recibía y
atendía una llamada de teléfono. “Vaya, ¡volvemos al principio!”, exclamó. Entonces, lo
hizo: aceleró y rompió el pincel.
— Dios mío, ¡qué horror! ¿Es que no estaba pensando?, le chilló una señora de mediana
edad y orejas rojas testigo del suceso.
— ¡Pues claro que estaba pensando! Yo no soy tonto. He aprovechado mi oportunidad

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