Aquel viernes, última hora de la tarde, las ocho, abrí el directorio de abogados y elegí un nombre al azar.
Resultó ser Manuel Moreno, un abogado con apenas seis meses en la Casa al que no conocía.
Llamé a mi secretaria.
- Marisa, localice a Manuel Moreno y dígale que se presente en mi despacho inmediatamente. Es urgente.
Dos minutos después, Marisa me devolvió la llamada:
- Señor, Manuel Moreno está aquí.
- Muy bien. Dígale que espere.
- De acuerdo –Marisa hizo una pausa-. Señor, disculpe, es ya la hora, ¿me puedo marchar?
- Sí, claro que sí, Marisa. Y por favor, buen fin de semana. Se lo ha ganado. Recuerdos a los niños.
- Gracias, señor.
Marisa se marchó.
En cuanto al chico, le tuve esperando.
En concreto, una hora.
Tras la cual, le hice pasar.
Resultó ser un jovenzuelo de unos veintisiete años, físico normal y vestimenta adecuada, sin estridencias. El único detalle que me chirrió fueron sus gafas, gruesas y de carey, como las de un conocido presentador, un famosete al que no aguanto. Consideré que no había que darle más importancia. El chico no estaba avisado de que yo le llamaría. Ni siquiera yo lo había previsto. Fue casual, el azar.
Por lo demás, avanzó cabizbajo y con las orejas gachas. Como todos. En cuanto les llamo a mi despacho se derriten. Para ellos, su presencia ante mí es un un arma de doble filo. Pueden tocar el cielo con la yema de los dedos, o…
… el infierno.
La gran mayoría de entrevistas discurren, bien es cierto, sin incidencias, pero nunca se sabe. He trabajado mucho en esta vida para llegar donde estoy como para permitir ciertas cosas.
- Siéntese –le dije.
El chico obedeció.
- Manuel Moreno, ¿verdad?
- Sí, señor.
Hojeé el directorio, el cual incluye una breve reseña de cada abogado.
- Licenciado con matrícula de honor en la Universidad Pontificia de Comillas; inglés y francés, perfectos; master en Derecho Internacional por la Universidad de Harvard; experiencia profesional previa de dos años en banca de inversiones –hice una pausa-. No está mal, no -concluí.
Él asintió.
- Y bien, Manuel, ¿sabe por qué le he llamado?
- No, señor.
- Mire, Manuel, quiero que me ayude a redactar un dictamen. Lo haría yo, pero mi secretaria ha salido y necesito a alguien que me lo mecanografíe -señalé una vieja Olivetti, sobre una mesa auxiliar, recuerdo de mis tiempos de pasantía-, ¿le parece?
Manuel Moreno me miró con cara de asombro.
Le devolví una mirada de interrogación.
Si tenía alguna objeción, que me la dijese.
- Bueno… yo… -balbuceó él-, es ya la hora y… justo he quedado con un amigo y…
Me quedé boquiabierto.
¿Pero cómo se atrevía?
¿Pero quién coño se creía el niñato ese que era?
Monté en cólera.
- ¿Y? –le dije tajante, retador.
Durante unos breves Manuel Moreno se quedó paralizado.
Finalmente agachó la cabeza.
- No, nada, señor, nada –tragó saliva-. Lo siento. Perdone.
- Vamos, siéntese –le ordené, señalando la silla junto a la mesa auxiliar.
El chico obedeció y se puso a la máquina.
Entre nosotros no hubo diálogo.
Ni siquiera un leve carraspeo.
Yo me limité a dictar como un poseso el primer dictamen que me vino a la cabeza, pura invención, y él se limitó a teclear como un poseso el primer dictamen que se pasó por mi cabeza.
Fue maravilloso.
El sonido de las teclas golpeando furibundas, como tempestades de acero, contra la cinta y el folio en blanco, me transportó a una época muy bonita de mi vida.
Entonces era yo el que tecleaba como un poseso en la vieja Olivetti los informes, dictámenes, contratos, poderes, estatutos y demás documentos legales que los antiguos socios, caballeros de los de antes, me dictaban.
Jamás lo consideré una humillación.
Jamás puse una excusa tonta para quitármelo de encima.
Al contrario, siempre lo consideré una oportunidad.
Prioridad absoluta.
Así aprendí el oficio, tecleando día y noche, de sol a sol, fines de semana incluidos.
Así llegué a ser, de verdad, un buen abogado.
Con humildad y respeto.
¿Cómo era posible, entonces, que aquel chico, la juventud en general, no agradeciesen lo que gente como yo hacíamos por ellos?
Preferí obviar el tema.
El sonido de las teclas impactando furibundas contra el papel en blanco era demasiado hermoso como para desperdiciarlo con un junior desagradecido del cual, seguramente, no volvería a saber en la vida.
No, Manuel Moreno no valía una mierda.
Ni siquiera iba a despedirle.
Ya se despediría él solito; los tipos como él acaban tirando la toalla al menor contratiempo.
Seguí dictando.
En mi deleite.
Recordando aquella época tan bonita de mi vida.
Mi carrera.
De pasante a junior, de junior a senior, de senior a asociado, de asociado a socio, de socio a socio de cuota, es decir, con una participación en beneficios, y de socio de cuota a presidente.
Cuarenta años de mi vida.
De duro trabajo.
Hasta llegar a presidente.
Presidente del despacho de abogados más grande de España.
No está mal, no, pensé para mí.
A las doce, ya por fin, le dejé que se marchara.
- Puede retirarse –le dije.
El chico se incorporó, se atusó la chaqueta y salió del despacho.
- Adiós, señor –dijo.
Segundos después oí un golpe seco, el batir de la puerta a su paso.
E inmediatamente, antes de que pudiera evitarlo, el girar de las llaves en la cerradura.
Alarmado, me incorporé y me dirigí a la puerta.
¿Me estaba cerrando?
Tiré de la manilla.
- ¡Maldita sea! –exclamé.
En efecto, Manuel Moreno me había cerrado por fuera.
- Abra inmediatamente –le grité-. Vamos, abra o le echo. Está usted loco.
Al otro lado no se oyó nada.
Sólo silencio.
Irritado, volví sobre mis pasos y marqué el número de Seguridad. El guardia, con llaves de todos los despachos del edificio, me abriría.
Desconozco las causas, lo intenté cientos de veces, aporreé el aparato, arrebatado lo lancé contra el suelo, contra la pared, contra el escritorio, pero el teléfono no me dio línea en todo el fin de semana.
¡Ingenieros!
Inmediatamente, cogí el móvil y llamé a Carmen.
- Carmen, Carmen –dije agitado.
- Ah, hola Mario, eres tú –me respondió.
- Carmen, escucha, tengo un prob…
- No, Mario, no. Antes quiero que me escuches tú. Resulta que una vieja amiga de la facultad celebra su cumpleaños el viernes que viene en el Club de Golf y no nos ha invitado. ¿Te puedes creer? Y no, no pienses que es una ricachona o gente de dinero…
El móvil emitió un pitido.
Miré la pantalla.
Batería baja.
Lo cual me puso muy nervioso, pues el cargador, la agenda, mis tarjetas, el ordenador, la impresora, el material de oficina, todo, todo, lo custodia Marisa en su puesto de trabajo, al que en aquel momento, encerrado, no podía acceder.
- Carmen, por favor, escucha –le rogué.
Pero mi mujer tenía otros planes.
- Son una familia de lo más normal y corriente, empleados de banca…
¡Ploff!
El móvil se quedó sin batería.
- ¡Oh, no! –suspiré-. ¡Mierda, mierda, mierda!
En ese momento supe que estaba, definitivamente, encerrado. En el piso treinta, la planta noble, que únicamente ocupamos Marisa y yo, era improbable, imposible, que nadie me oyese o reparase en mí.
Miré alrededor.
Ante mí, el despacho, enorme, inmenso, frío.
Como un gran agujero negro, un desierto glacial.
Libros y más libros, informes, papel.
Y por delante, un largo fin de semana.
¡Encerrado, sí, encerrado!
- Esta me la pagas, Manuel Moreno- juré rabioso, ceño fruncido, puños cerrados.
*****
Me sacaron de mi encierro el lunes a primera hora. Marisa, mi fiel secretaria, oyó los gritos.
Tenía la espalda rota, en forma de ele, de dormir en el sofá y el suelo, y olía mal, a sudor, a falta de aseo. Tenía hambre, mucha hambre, y sed, mucha sed. ¡Y unas enormes ganas de orinar! A punto había estado de hacerlo en el macetero, pero me dio reparo. El presidente del despacho de abogados más grande de España no orina en los maceteros. Estaba, además, muerto de frío.
Marisa me preguntó qué me había pasado, pero preferí no darle explicaciones. Ni a ella ni a nadie. Este era un asunto personal entre Manuel Moreno y yo. Hablaríamos.
Me fui a casa, por suerte Carmen y las chicas no estaban, desayuné, me duché, me cambié y regresé al despacho.
Después seguí con mis actividades.
Durante unos días, un tanto abochornado, hice como que no sabía nada de Manuel Moreno.
Pero al poco, ansioso, empecé a dejarme caer por los ascensores y las plantas en las que trabajan los junior. Sólo deseaba una cosa: encontrármelo frente a frente y decirle, yo personalmente, dos palabras:
- Estás despedido.
Pero no le vi.
Manuel Moreno no aparecía.
Pregunté a sus compañeros y jefes, pero nadie sabía de él.
Quizás me esquivaba.
Al cabo de un mes, movido por la curiosidad y el deseo de venganza, llamé al Director de Seguridad:
- Quiero que encuentres a un tal Manuel Moreno y le hagas venir. Es un junior. Estuvo en mi despacho hace un mes, el viernes 3 de febrero.
El director de Seguridad vino a verme a última hora del día:
- Señor, en la base de datos no figura ningún Manuel Moreno.
- ¿Quizás ha dejado la Firma? -aventuré.
- Constaría en la base de datos. Como antiguo empleado, pero constaría.
- ¿Y las cintas?
- Hemos revisado las cintas del viernes 3 de febrero y los días previos y posteriores y lo mismo. A esas horas no salió nadie del edificio. Y viceversa, todos los que entraron y salieron están identificados, y entre ellos no hay ningún Manuel Moreno. Hemos revisado también los tornos y durante los últimos siete meses no ha fichado nadie que se llame Manuel Moreno. Ni como empleado ni como visitante.
- ¿Pero entonces? –le inquirí confuso.
- En la Casa nunca ha habido un Manuel Moreno.
-¡Pero eso es imposible! –exclamé contrariado-. Estaba en el directorio. Marisa le llamó. Él vino. Ella le vio. Yo le tuve en mi despacho. Hablé con él. Tuve su expediente.
- Lo siento, señor.
*****
Me lo volví a encontrar meses después.
Era él, Manuel Moreno.
El mismo traje, las mismas gafas.
En el hall de entrada, cogiendo el ascensor.
Él y yo solos.
- ¿A qué piso va? –me preguntó indiferente, como si nunca me hubiese visto.
- Al último -respondí.
Subimos.
En silencio.
Como si entre nosotros no hubiese nada.
Como si, en efecto, fuésemos el uno para el otro espacios de irrealidad.
Vacío.
Sueños.
Deconstrucción.
El ascensor se detuvo en la planta 7, la de los junior, y Manuel Moreno se apeó.
- Adiós –dijo.
Desconozco la razón, mas sólo acerté a decir:
- Adiós.