Me dejó mensajes urgentes en todos los contestadores telefónicos que yo poseía. Incluso en los números más secretos. Se los había dado bajo la promesa que leería mis escritos.
A lo mejor Prado necesitará algo de mí, pensé. No, seguro que yo, en un tiempo más, lo voy a necesitar a él. Conoce a todo el mundo en el ámbito editorial ¿Por qué no dejarle caer unos cuántos números? Incluso, más de alguno podría dárselo con algunas cifras equivocadas. Pero no me atreví.
Cuando la campanilla del aparato de mi casa sonó por undécima vez, no tuve dudas que era él quien llamaba. Salí de la ducha.
-Aquí, habla Prado- dijo. -Te he andado persiguiendo por todas partes. ¿Dónde te habías metido?
-Por ahí.
-Necesito hablar contigo ahora mismo.
-¿Y a qué viene tanta urgencia?- le dije irónico- ya que Prado nunca tenía prisa o al menos no aparentaba tenerla. Era seguro de sí mismo, un caballo ganador; de aquella clase de gente que si quieres hablarle tienes que llamarla muchas veces, invitarla a una buena cena, haciéndole ver oblicuamente que se encontrará con todos aquéllos que ansía conocer. De otro modo, se comportará como uno de ésos que te hacen sentir que no eres nadie y que no moverán un dedo para estar contigo.
Su insistencia en hablarme era muy, pero muy extraña.
- ¿Qué quieres, Prado?
-¿Supiste lo del Big Bang?- sonó su voz al otro lado del teléfono.
-¿Lo del qué?
-Lo del Big Bang. Salió en el diario. Los científicos más adelantados ya no lo consideran la explicación del origen del universo. Al parecer, descubrieron unas superestructuras estelares múltiples que les hace pensar que el origen de todo es otro. Que no hay una creación sino varias…
Me di cuenta enseguida de que no estaba dispuesto a discutir sobre nada tan comprometedor como el origen de algo. Simplemente no me daba la gana. Un pequeño fastidio comenzó a transformarse en el principio de una curiosa odiosidad. Y, luego, en dolor de cabeza.
Tenía la alfombra empapada y comenzaba a enfriarme.
- ¿Y para eso me has llamado tanto? ¿No te parece que podríamos conversarlo en cualquier otra oportunidad en un café o en un bar?
-Te propongo que nos encontremos esta tarde en el lugar que nos topamos de vez en cuando- dijo.
No le contesté. Colgué pensando que ello sería suficiente para que su amor propio, que era infinito, le sugiriera que no debía dirigirme la palabra nunca más.
Pero no. En la tarde, cuando ya me había olvidado de él, y estaba a punto de beber a la hora acostumbrada una Coca-Cola light con patatas fritas y nueces, Prado apareció caminando con un poco menos de seguridad que otras veces. Su entrada al bar fue como siempre, impecable, descollante, un diez. Medía casi un metro noventa. Tenía unos ojos negros profundos techados por cejas de cola de gato. Poseía uno de esos pedazos de cuerpo que las mujeres deseaban en secreto sobajear y echarse encima. Tenía una sonrisa blanquísima y perfecta, espaldas anchas, pelo ligeramente crespo y un poco largo. Andaba vestido con la ropa correcta. Todo lo contrario que yo, por decir lo menos, un proyecto de escritor de segunda.
Sin embargo, Prado se veía torpe esta vez. Venía con una actitud que nunca había visto en él ni siquiera cuando comenzaba a sentirse humillado porque alguna chica no lo había mirado. Acostumbraba a gritar entonces que las mujeres eran como el Metro: se va una y pocos minutos después ya está allí la otra, decía, abriendo las puertas y tocando el pito. Después de reírse a carcajadas de su vulgaridad, volvía a ser el de siempre. Ahora parecía un caballo que no se atrevía a dar un paso al frente por miedo a un rebencazo. Jamás me imaginé que Prado podía estar preocupado de tal manera por el origen del universo.
Se sentó frente a mí y dijo:
-Lo del Big Bang no va más. Era otra farsa de la Ciencia.
-Hombre, y a qué preocuparse tanto. Inventarán otra teoría, si es que el anuncio no viene ya acompañado de una nueva. No te preocupes, Prado. Todo volverá a su lugar. Al menos ya no habrá pesados hablando de los hoyos negros y del espacio finito.
-Es que yo me había explicado la vida a partir del Big Bang. Mi manera de ser en el mundo tenía que ver con la Gran Explosión.
-No jodas, Prado. Qué tiene que ver con tu vida una cosa tan abstracta como la de aquella gran explosión que supuestamente originó los planetas y las estrellas. En qué te afecta a ti, un hombre lleno de suerte.
Cogió una patata de mi plato. Masticándola, dijo:
-Uno a veces fabrica su visión de las cosas a partir de ciertos hechos que da por sentado. Siento que mi vida se desarma.
No pude ocultar una sonrisa y le dije:
-Pero Prado, tú estás lleno de fuerza. Tienes apenas treinta años, las hembras te acosan, no tienes mayores responsabilidades. Al parecer el dinero no te falta. Qué te importa lo del maldito Big Bang.
-No lo sé. Siento que mi vida ha comenzado a perder su centro.
Sacó otra patata frita y tomó un trago de mi vaso. Prado no hacía nunca ese tipo de cosas. Menos conmigo. En general, nunca me hablaba más de lo necesario. Teníamos una relación secundaria y funcional. A su lado me sentía feo, chico, sucio, viejo, poco interesante. La verdad es que yo envidiaba su capacidad de conquista porque a mí me costaba una enormidad seducir lo que fuera. Prado siempre estaba como llegando de la playa, de la nieve o de algún paraíso particular.
-Eres el único que conozco al que me atrevería tocarle un tema así de importante.
-¿Quieres decir que soy el único imbécil que conoces al que puedes hablarle de una estupidez tan grande? ¡Qué confesión, Prado!
Puso una cara de tristeza grave y no abrió la boca.
No aguanté la rabia y me levanté. La verdad es que me había herido en lo más profundo. Yo intentaba que la gente no sólo me considerara como interlocutor válido para los temas serios. Era más, tenía una verdadera avidez de que me tomaran en cuenta para los temas frívolos. Pero nadie lo hacía y por eso, quizás, sobreactué ese día mi despedida.
No dije nada más y partí.
Prado sólo atinó a balbucear algo que no alcancé a escuchar.
Pasó algún tiempo en que no lo volví a ver. Obligado por unas malditas traducciones debí viajar fuera del país. No pude distraerme ni un minuto en cosas que no tuvieran que ver con mi trabajo. Puedo afirmar que en esos días, que fueron quizás un par de meses, olvidé a Prado por completo. Aunque para ser fiel a la verdad tendría que reconocer que lo recordé opacamente cuando descubrí, en un periódico de Berlín, aquel artículo que describía la nueva teoría del origen del universo basada en unas estructuras superestelares cambiantes que hacían que las identidades de lo que conocemos como sistemas solares pudieran ser múltiples y, al menos teóricamente, inconmensurables.
Pensé en cómo habría asumido Prado esta nueva hipótesis en su diario vivir. Luego evité todo pensamiento al respecto, me concentré otra vez en las traducciones y olvidé el incidente.
Fue casi cuatro meses después de mi retorno de Alemania, cuando me volví a topar con Prado en el mismo bar donde lo había dejado hablando solo. Era otro; su suave cabellera estaba algo canosa y mustia, sus ojos habían perdido brillo y la dentadura la tenía parcialmente amarilla. Su ropa estaba descuidada, llevaba los zapatos sucios y los puños de la camisa negros.
No me extrañó, por costumbre, que al acercárseme varias mujeres jóvenes y hermosas nos dirigieran la mirada mientras murmuraban. Era lógico, Prado, aunque algo deteriorado, estaba allí.
Me contó que su vida había cambiado, que ya no sabía enfrentarla con la misma seguridad. Se sentía en desventaja frente a todos. Por último, agregó que muy pronto se iría del país a vivir con un hermano que residía en una parte aislada del noroeste de Australia.
Prado se veía un poco borracho, aunque su lucidez era la conocida. Se despidió formalmente, con un fuerte apretón de manos y afirmó que me escribiría. Me daba lo mismo. Por primera vez me sentía mejor que él. Prado me importaba ahora un comino.
Casi se lo dije.
Se fue, dejando una estela de raros olores. Por mi parte, me sumí en la novela que recién había traído de Berlín con la rara sensación de haberle ganado a un fantasma.
¿A quién más podría ganarle yo?
Cerré el libro, pedí la cuenta y vi que dos miradas morenas se disparaban desde un rincón y se clavaban en mis ojos. Jamás me había pasado algo así. Juro que nunca.
Se verían muy bien en mi departamento, pensé, riéndome de mí mismo. Salí y un coche, que al parecer buscaba aparcamiento, frenó de golpe. Su ocupante me miró fijo mientras se pasaba la lengua por los labios. La sorpresa me hizo erguir y caminar derecho. No alcancé a caminar una cuadra completa cuando un grupo de colegialas se dio vuelta para provocarme con dichos obscenos que jamás pensé que pudieran estar dirigidos a mi esmirriada persona. Me sentí tan extraño que hasta me atreví a mirarlas con insistencia, una y otra vez.
Me paré frente a una tienda de ropa y vi unas cuantas camisas, chaquetas, pantalones y cinturones que muchas veces le había visto encima a Prado y que yo había pensado cuán bien se verían sobre mi humanidad.
Todo costaba más o menos lo mismo que había ganado en las traducciones berlinesas. Me puse una prenda detrás de la otra, las pagué con un puñado de billetes sucios y arrugados y salí a la calle con una agresividad que me asustó.