Una gota fría de agua en el centro de la frente despierta
a Mercedes. "¡Mierda, otra vez la gotera!", piensa mientras se levanta
de la cama con el ímpetu del cabreo. Se pone lo primero que pilla: unos
pantalones de yoga y la chaqueta de Dior que llevó ayer y va hacia la puerta.
"Se va a cagar el niñato este." Pero antes de salir decide tomarse un
café para que la bronca sea más fuerte. Lidia, la asistenta, va demasiado
despacio así que se lo pone ella misma. Mientras espera se fuma dos cigarrillos.
Por fin sale el café. Coge la cafetera con tanta fuerza que se le derrama el
contenido hirviendo sobre la mano que sujeta la taza. Loza rota, la mano
quemada y una gran mancha negra precisamente sobre la chaqueta (pero impolutos
los pantalones de seis euros). Genial: si a todo eso le añadimos cinco horas de
sueño mal dormidas y la gotera, el día promete.
A Jenaro le levantan los golpes impertinentes de Mercedes
en su puerta. Baja de la cama un poco asustado y se le enreda la pierna derecha
en las sábanas. Tras unos instantes de absurda búsqueda de equilibrio, cae de
bruces al suelo y no deja de advertir que lo primero que ha puesto en tierra es
el pie izquierdo. "Ahora que, ¿cuándo me levanto con el derecho?",
farfulla mientras se pone una bata y se acerca a la puerta. Por la mirilla ve
el rostro colérico de Mercedes y evalúa la situación. ¿Fingir que no está
dentro o salir y explicarle por qué no ha arreglado aún la gotera? Hablando se
entiende la gente, ¿no? Abre y después de escuchar una sarta de improperios la
verdad es que su talante no es tan conciliador. Los motivos se mezclan con los
insultos y tras diez minutos de gritos no solucionan nada, eso sí, como chillar
libera estrés los dos se sienten más relajados. Jenaro zanja la discusión con
un portazo y se vuelve a meter en la cama. "A ver si así enderezo el día.
No puede ser sano levantarse tan pronto." Sin embargo su segundo despertar
llega demasiado tarde. Sale con quince minutos de retraso. En ascensor cuelga
un "fuera de servicio" y el
otro esta ocupado por una mudanza. La escalera está bloqueada por Francisca que
a sus ochenta y nueve años se ha levantado con ganas de hacer ejercicio. Jenaro
y Francisca bailan la danza del despiste... Los dos a la derecha, los dos a la
izquierda, los dos a la izquierda, lo dos a la derecha... Hasta que Jenaro gana
la partida por sus cincuenta años menos de peso y corre escaleras abajo
sintiendo cómo se le acumula una inexplicable ira en el pecho. En la puerta
choca con Eva, la vecina del primero, que intenta escapar a la calle con la
misma prisa que él.
Si lo hubiera seguido una risa floja por lo absurdo de la
situación, habría dado para el comienzo de algo... piensa Eva, pero ni se ríe,
ni habla, ni sonríe. Responde al unísono al bufido de Jenaro y salta los tres
peldaños de la entrada a ver si así le gana la batalla al tiempo. "Por
razones ajenas a metro el servicio en línea 6 estará interrumpido durante un
tiempo estimado de más de dos horas", rezan los altavoces con una voz flemática que intenta calmar los ánimos de
los pasajeros. Pero a nadie apacigua... Eva coge en su lugar la línea 4,
trasborda en la 9 y se mete en un vagón con otras cien personas. Trata de ignorar
la música heavy que un adolescente escucha a la máxima potencia, pero en su
mente sólo oye balidos de oveja... Al llegar al fin al trabajo, treinta minutos
tarde, intenta hacerle entender a su jefe el motivo del retraso. "Tu
obligación es estar aquí a las 9", Javier es inflexible. Para algo están
las normas. Eva está tan desolada que ni siquiera replica. "¿Para qué?",
se pregunta. El entendimiento sólo llega cuando las dos partes lo dejan entrar.
Y Javier, claramente, no quiere. Eva sale infundiéndose ánimos, tratando de
reconciliarse con su vida pensado en los que tienen verdaderos problemas.
Mientras, Javier se siente un poco culpable y se pregunta
si no hubiera sido mejor haberle ofrecido a Eva un cigarrillo y discutir lo del
retraso en la calle, bajo el sol, donde las cosas se ven de otra manera. Pero
lo hecho, hecho está y si uno le da ciertas licencias a los empleados, ya se
sabe, se le suben a la chepa. Javier rellena doce informes, hace nueve
llamadas, bronquea a tres empleados más y discute con el proveedor de agua
mineral que ha vuelto a olvidar las bombonas vacías. "Ya nadie hace bien
su trabajo", farfulla mientras se afloja la corbata. Llaman por teléfono
del colegio de su hijo. Lleva vomitando toda la mañana. "Pero, ¿no han
llamado a mi mujer?" "Sí, señor García, pero nos han dicho que hoy no
ha ido a trabajar y en casa tampoco la encontramos." Estupendo. Natalia le
ha vuelto a mentir y eso significa que no ha dejado al gilipollas del tai chi.
"¿Pero qué mierda de mundo es este en el que ya no se puede confiar en
nadie?" Coge la chaqueta y cuando está a punto de salir la secretaria de
Suárez entra en su despacho. "Javi, el jefe quiere verte."
"Mierda, Miriam, ahora no puedo, me han llamado del colegio y tengo que ir
a buscar al niño." "Tú veras, Javi... Suárez parece cabreado y ya
sabes que no le gusta que le hagan esperar." Javier cambia su rumbo y
entra en el despacho del jefazo con tanta fuerza que se queda con el pomo de la
puerta en la mano. "García, siempre tan torpe." "Y tú siempre
con tanta gracia", piensa con ira, pero dice: "Me ha mandado llamar,
¿verdad?", y mira sus fotos pescando y en la nieve, y con el Taj Mahal, la
torre Eiffel y las pirámides de Egipto de fondo y se pregunta cómo consigue
viajar tanto y ser tan capullo a la vez, con la de tiempo que llevan las dos
cosas. "Este mes hemos bajado los beneficios un 5%." Silencio.
"¿Qué tienes que decir a eso?" "¿Que qué tengo que decir?",
piensa Javier mientras que se le hincha una vena en la sien, "que me mato
a trabajar diez horas al día para levantar esta empresa. Y lo triste es que lo
hago, no porque crea en ello, sino para llegar a fin de mes y poder pagar la
hipoteca, que por cierto, me ha crecido en el último año un 10% sin que tú,
cabronazo, me hayas subido en tres años ni un céntimo el sueldo."
Silencio. "Ya sabe que estamos en crisis, pero podemos hacer recorte de material
y lo solucionamos... (para que tú te compres otro yate, mamón)." Silencio.
"¿Material?, creo que sería mejor prescindir de alguien. Balbuena hace
tiempo que flojea, ¿no te parece?" "Mierda, Eva no", piensa
Javier, pero como para ponerse a discutir con Suárez. Y mientras el niño
vomitando y Natalia con el gilipollas... "Lo que usted diga". Y por
fin, le deja irse.
Suárez le mira marchar y se pregunta si no hubiera sido
mejor haberle ofrecido a García un cigarrillo y discutir lo de las pérdidas en la
calle, bajo el sol, donde las cosas se ven de otra manera. "Es un buen
chico, este García. Un poco pusilánime, pero un buen chico al fin y al
cabo", piensa. "Quizás debería subirle el sueldo. Conviene tener a
los empleados contentos...", pero antes de que la idea cobre suficiente
fuerza como para ser sopesada, alguien golpea la puerta. "¿Se
puede?", pregunta una adolescente que viste una falda de tamaño
inversamente proporcional al de sus botas. "Bertita, ¡qué sorpresa! Pero,
oye, ¿tú no deberías estar en el instituto a estas horas?" "Mira abu,
ese cole no hay quien lo aguante. Está lleno de negros y moros."
"Pero, Bertita, son hijos de diplomáticos." "¿Y qué, abu? ¿No
son negros y moros igualmente?" "No cariño, son gente importante, de
negros y moros no tiene más que la piel". "Lo que tú digas,
abu." Y la niña zanja la discusión con un pícaro guiño de ojo. Después de
eso sabe que el camino hacia el bolsillo de su abuelo está despejado. "Por
cierto, abu, puedes darme 30 euros para ir al cine con Mario". "Pues
si que se ha subido el cine en los últimos tiempos", pero ya está
rebuscando en su cartera. "¿Y todavía te ves con ese Mario?"
"Claro, abu, somos novios." "Pero Bertita, si tienes dieciséis
años..." La nieta no responde pero tiende el brazo para recoger la pasta.
"¡Ay! ¡Cómo te pareces a tu abuela, que en paz descanse! Las dos igual de
liantas e igual de pillas."
Bertita estampa un
beso en la mejilla de su abuelo, y con eso da por más que pagado el préstamo.
Fuera Mario espera en la moto. “¿Qué? ¿Has conseguido la pasta?” “Claro, te
dije que puedo conseguir cualquier cosa de mi abuelo." Y ensayando un
gesto seductor se abanica con el billete de veinte. “¡Genial!” El chico se lo
quita de la mano y la mira a los ojos. “No sabes el bien que has hecho, Berta.”
Acto seguido le entrega los dos billetes a un mendigo rumano, que tocando
el acordeón ha presenciado toda la escena entre los amantes adolescentes.
“Pero, ¿qué haces, Mario? ¿Estás loco o qué?” "Cómprate unos zapatos
nuevos, arregla el acordeón o date una banquete. Tú decides." La boca del
mendigo está tan abierta que cuando articula un "gracias, señor"
apenas se entiende. En compensación, besa la mano de Mario y éste se deja
hacer. "Mario, ¿pero que te pasa? Mi abuelo ha trabajado mucho para
conseguir ese dinero, y tú se lo das a éste que seguro que se lo gasta en
cartones de vino." "No somos mejor que él, Berta, sólo hemos tenido
más suerte. Anda ven, que vamos a repartir un poco de justicia." Cogen la
moto y conducen hacia el centro. Berta se aprieta contra la espalda de Mario y
piensa en el "estechiconoteconviene" que su madre le dedica todos los
días. Lo cierto es que no comprende su forma de ser, y aún así no puede vivir
sin él... Y eso es tan absurdo y tan romántico al mismo tiempo que se convierte
en la mejor respuesta que podría darse para quedar convencida de su amor.
Aparcan la moto, entran en unos grandes almacenes y van derechos a la sección
de relojes. Mientras Mario pregunta por los distintos modelos, aprovecha los
despistes de los vendedores para meter los que están fuera en su mochila.
"Basta ya", le susurra Berta avergonzada. "Sí, creo que ya
tenemos suficiente." Comienzan a salir. El paso nervioso de Berta se
apresura. "Paradlos, que están robando", chilla el guardia de
seguridad desde el otro lado de la tienda. Berta y Mario corren como locos. La
reacción es rápida y nadie les detiene a su paso. Por fin llegan a la calle y
Mario se para. "¿Qué haces? Que aún pueden cogernos..." "Sigue
tú, Berta", responde él volcando la mochila en el suelo. "¡Se regalan
Rolex!", grita y toda la plaza
donde se han parado se agolpa a su alrededor. Berta ve al de seguridad llegar
perdiendo el resuello. "Mario, que viene... Ven conmigo, por favor."
"Sigue tú, Berta, sigue tú", y la besa oyendo en su cabeza alguna
canción pop con la que la escena gana intensidad. Berta sale corriendo y
llorando sin entender nada. Mientras se aleja, oye la risa de Mario y al de
seguridad: "Te pillé, hijo de puta." Y, al mismo tiempo, la gente sigue
llevándose los Rolex...
Mario se ríe. Aún
falta la guinda del postre, pero todo está saliendo como había pensado.
"Te vas a cagar, niñato. Vamos para dentro y me vas a decir ahora mismo el
teléfono de tus padres." "Pues lo vas a tener chungo, tío. Mi padre
se piró hace muchos años y en el Ministerio del Interior a mi madre no le pasan
las llamadas si está reunida. Así que creo que vamos a pasar un largo rato
juntos." Los dos primeras horas de espera se le hacen cortas saboreando el
éxito de su plan. Después a Mario le da por pensar en su padre. Se mira la
muñeca y ve las tres y cuarto en su Rolex.
En el Rolex que su padre le regaló
cuando cumplió doce años... y justo un mes antes de marcharse para siempre.
¿Habrá elegido por eso la sección de relojes? Juraría que lo había hecho al
azar. Siente una súbita tristeza y no sabe si es por estar encerrado en ese
cuartucho de dos por dos, porque no está con Berta o porque su madre no
llega... Saca una foto desgastada de su
cartera: sus padres y él con seis años en Tailandia. A Mario le faltan tres
dientes y sonríe como un conejo. Sus padres están abrazados entre sí y parecen
tan felices... Se pregunta si sería de verdad. Mira el rostro de su madre diez
años más joven, está muy guapa, morena con el pelo suelto y sonriente... De
pronto, la puerta del cuartucho se abre y aparece el mismo rostro diez años
después. El ceño fruncido, ojeras y más arrugado. "Mario, ¿qué coño has
hecho esta vez?" Él intenta ponerse la sonrisa ensayada con la que
pretendía castigarla, pero no le sale. La mira y de pronto desea tener otra vez
seis años, estar en Tailandia y que sus padres sean felices, aunque eso suponga
estar sin dientes... Se levanta y sin quererlo se echa a llorar.
Mercedes venía preparada para un numerito de
arrogancia adolescente y las lágrimas de su hijo le derrumban la estrategia. Le
abraza y ve en el suelo la foto de familia. De pronto le parece tener entre sus
brazos otra vez al niñito cálido y dócil de seis años. "¿Por qué lo has
hecho, hijo?" "Porque tenemos demasiado dinero, mamá." La respuesta, totalmente inesperada para
Mercedes, acaba de desorientarla. "Anda, vamos al coche." "¿No
tenemos que pagar nada?", pregunta él. "Eso... ya está
arreglado." Al salir de los almacenes se cruzan con el de seguridad. En
sus ojos hay frustración y rabia. Suben al coche y Mercedes indica al chofer
que la lleve al Ministerio. "¿No vas a venir a casa conmigo?",
pregunta Mario, "¿ni siquiera para cambiarte?", indica señalando la
mancha de café que su madre tiene en la chaqueta de Dior. Ella sonríe. "He
salido muy rápido esta mañana. Han convocado una reunión urgente que he
interrumpido para venir a buscarte." Mario encoje los hombros, saca los
cascos de su mochila y se pone a mirar por la ventana. Mercedes comprende que
Mario ha vuelto a ser un adolescente, para ella y para él mismo. La puerta que
entre ellos se ha abierto en el cuarto de los almacenes ha vuelto a cerrarse.
"Yo me bajo aquí. Voy a buscar mi moto". Y sale sin besarla o decir
adiós. El coche sigue su camino y Mercedes observa que en el sitio vacío que su
hijo ha dejado se ha quedado su reloj. Diez minutos después llegan al
Ministerio. Al salir del coche se alisa la falda y se ahueca el pelo. Le
escuece un poco la mano quemada por el café, pero hay algo dentro de ella que
le duele más todavía. Se reincorpora a la reunión y un compañero le explica los
temas tratados en su ausencia. Están a punto de aprobar un paquete de medidas
por el que se condenará a los que ofrezcan cualquier tipo de cobijo a los
inmigrantes. En cualquier otro momento
la noticia habría hecho saltar de la silla a Mercedes. "Pero hoy no",
se dice, "hoy no estoy para pelearme más. Después de las horas mal
dormidas, de la gotera y la discusión con el vecino, de la quemadura, y de la
pérdida de los informes. Y luego está Mario... Creo que ya he tenido suficiente
por hoy. Que peleen otros por mí". Sin embargo, Mercedes mira con
incredulidad al resto de sus compañeros que permanecen tan callados como ella.
"Pero, ¿por qué nadie dice nada? ¿Qué motivos pueden tener?" Y
mientras Mercedes se plantea estás cuestiones la propuesta es aprobada. Una
sensación de vacío inmenso se apodera de ella. Pero en el Ministerio nunca hay
tiempo de concederle a nada más de tres minutos. A continuación en la agenda,
aparece la recepción de los embajadores de Tailandia y de su primer ministro
que está de visita diplomática en el país. Mercedes conversa en inglés con la
mujer del embajador mientras le ofrece una copa de cava. "¿Y
esto?", se pregunta, "¿no es
darle cobijo a un inmigrante?" Tras quince minutos de privacidad los
periodistas entran en tropel. "Sonrían, por favor", y Mercedes
obedeciendo, piensa: "Mañana salgo en todas las noticias. La misma
chaqueta que en la recepción de ayer y además con una mancha".