En
el orden de menor a mayor en el que organizado esta narración, le ha llegado el turno a Teresa, mamá Ruiz, pero la verdad es que se
me hace muy difícil explicar de ella cosas que yo conozco por confusas
referencias, o porque las he soñado o simplemente imaginado.
Entonces
prefiero retrasar la aparición de Teresa, mamá Ruiz, en el orden del discurso hasta que los otros
personajes que voy describiendo me queden suficientemente aclarados en el
corazón y en la cabeza. Espero encontrar
el tono justo para explicar y explicarme lo que sucedió hace ya tantos años y
acerca de aquello que nunca me atreví a preguntar, en parte por miedo a saber,
por temor a que se me mintiese y notarlo, y en parte también por renunciar
a remover penas antiguas en quien se
hubiese visto forzado a darme explicaciones.
Así
que aplazo para más adelante la narración sobre Teresa, mamá Ruiz, mi madre e intentaré ahora dar de Tía Paca una visión
lo más parecida posible a lo que sé y a lo que viví con ella.
De
todas las hermanas es a ella a quien imagino con más facilidad en aquel gran
patio en Dos Hermanas, corriendo, trepando a los árboles y criando toda
clase de animales. Era muy amiga de los dos hermanos nacidos antes que ella, y
los tres juntos debían de formar un equipo animoso de muchachotes que se
relacionaban poco con las dos niñas que venían después. En aquella época, las
chicas no usaban pantalones, así que ella seguramente se arremangaba las
faldas y las enaguas, corría y competía
con ellos sin más problemas.
El internado en Madrid le debió de resultar odioso. La
absurda disciplina de las monjas aquellas, el esfuerzo de permanecer rodeada de
niñas finústicas, bien peinadas, bien vestidas y bien educadas, debían de ser
para su temperamento salvaje y libre una tortura insoportable e incomprensible.
Deseaba identificarse con los grandes espacios para correr y el contacto
directo con la naturaleza, los perros, los conejos, los patos y los pájaros.
Aquí todos tus sueños se harán realidad. Aquellas experiencias le enseñaban
mucho más de la vida que los libros aburridísimos que le ponían delante y que
le explicaban cosas que para ella no tenían el menor interés. Probablemente
detestaba a sus compañeras de clase que
se reían del extraño y dulce acento del Sur y de sus modales desenfadados.
Nunca antes se había preocupado de su
aspecto físico, y cuando entonces, por primera vez, se miró al espejo lo que
vio no le gustó: una nariz chata y un poco ancha, una cara llena de pecas, unos ojos de gato enormes y tan
claros, tan claros que parecían blancos, unos labios gruesos y, arriba de todo
eso, unos colores rojísimos, despeinados e indomables, que no sabía como
arreglar. Se volvió calladísima y muy tímida. Tenía que aguantar, tenía que ir
dejando pasar los días, los meses y los años hasta alcanzar una edad en que el
colegio no fuera ya obligatorio y pudiese salir al mundo, lejos de aquellas
chicas estiradas con las que siempre la comparaban.
A
su padre Tía Paca lo adoraba y a él le hacía cierta gracia lo indómito de su carácter. Mi bisabuelo
Antonio Márquez le compraba microscopios y,
libros de viajes y animales. La
suscribió a los primeros ejemplares que se editaron del National Geographic
Magazine, y ella disfrutaba tremendamente mirando las fotografías de leones
y de hormigas, o de montañas y desiertos desconocidos.
No
es de extrañar que en cuanto alguien le presentó a un joven de buena familia,
pero sin oficio ni ganas de tenerlo, que le habló de culturas indígenas y de
viajes, ella se enamorase totalmente y para siempre de él. Tío Eduardo debía de ser un hombre
encantador, entendía de música y tocaba
el violín moderadamente bien, era refinado, bien educado y compartía con
ella, además del amor a la naturaleza, el gusto por la soledad y la tranquila vida
de campo.
En 1932 se
casaron con la aprobación y la alegría de las dos familias, y se lanzaron en su
viaje de novios a una expedición entomológica por la Amazonia. Ninguno de los
dos sabía nada de insectos, pero estaban convencidos de que en esos lugares,
entonces tan poco conocidos, encontrarían numerosos ejemplares no catalogados,
habían montado la expedición sin reparar en gastos ya que mi bisabuelo se
encargaría de pagarlos, ilusionado con la idea de que su hija y su yerno
organizaran un viaje científico en busca de insectos desconocidos en Europa.
Se
embarcaron hacia Río de Janeiro, y de allí viajaron a Belem donde entraron en
contacto con la compañía naviera Ybarra
que debía de proporcionarles el medio de transporte y la intendencia para el
largo viaje.
Curiosamente yo tengo un aparato, regalo de la Tía Paca
en el que, mirando por unos agujeros provistos de lentes, a través de unas
plaquetas de cristal que se iluminan por detrás con una bombilla, puede verse
en una fotografía con escenas en relieve. Muchas de estas escenas corresponden
a este viaje de tres meses que ellos planificaron como su viaje de novios. En
una de estas fotos, gris y desvaída, se muestra
un fragmento del Amazonas, que una imaginaría mucho más grandioso y
tupido de árboles, con la barcaza ruinosa que los llevó río arriba.
En otra imagen una mujer indígena desnuda al borde del
río, es exhibida como un ejemplar salvaje para los ojos de unos viajeros
occidentales. Hay una fotografía que muestra una pierna de Tío Eduardo con la
pernera del pantalón arremangada para enseñar su piel cubierta de innumerables
picaduras, y otra, mucho más impresionante, de una serpiente boa que mataron a
tiros porque les había dado un susto terrorífico. En otras fotografías aparece
la choza en la que durmieron durante unos días o la comunidad de indígena que
los acogió en otra ocasión.
Imágenes fascinantes que se entremezclan con los relatos
que del viaje Tía Paca nos contaba
cuando éramos pequeños. Relatos fantásticos que llenaron para siempre nuestra imaginación
de selvas misteriosas, olores exuberantes y peligros innumerables,
extravagantes, desconocidos e irreales.
Por lo visto,
Tío Eduardo picado por algún
insecto de estos que pretendían descubrir, tenía al caer la tarde unas
tremendas subidas de fiebre y esto, aparte de dañarle el corazón para siempre,
le hacía delirar y gritar en medio de la
noche amazónica, todo esto llenaba a Tía Paca de espanto, pensando que, si él
moría, quedaría atrapada en aquel mundo salvaje, poblado de aventureros en
busca de diamantes, de misiones en busca
de almas que conquistar y de fantasmas desconocidos que aparecían y
desaparecían sin que supiese siquiera qué hacían alrededor de su cuerpo joven.
Aparte
de lo mucho que este viaje enriqueció de imágenes nuestra infancia, no sirvió
para nada más. Desde luego, y a pesar de que Tía Paca y Tío Eduardo fueron
atormentados por innumerables insectos y
monstruos, no se enteraron nunca de sí alguno de ellos quedaba por descubrir:
los dos se llenaron de pupas y pestes. Las provisiones que les habían vendido
en la ciudad de Manaos a precio de oro estaban en su mayoría podridas, y al cabo de unas
cuantas millas río arriba, el motor de la barcaza se paró y no hubo posibilidad
de ponerlo en marcha nunca más.
Miedos,
decepciones, y sus enfermedades, les forzaron a regresar antes de lo previsto,
pero no volvieron en absoluto con la conciencia de un fracaso, sino satisfechos
de su experiencia y de las aventuras extraordinarias que habían visto y vivido.
Yo creo que acertaron al regresar eufóricos de esa aventura que alimentó el
orgullo de Tía Paca durante muchos años.
Poco tiempo después de regresar de su viaje, murió mi
abuelo, con gran desconsuelo para Tía Paca, que lo adoraba tanto como lo temía.
Pero como era tan joven, recién casada, y tenía la cabeza llena de proyectos,
pronto se adaptó a su nueva situación de riquísima heredera que le hacía
posible realizar todos sus sueños.
El
primer proyecto al que se dedicaron con
pasión fue el de construirse una
casa en el campo para vivir siempre lejos de
la ciudad. Compraron en la Sierra de Madrid, pasando el puerto de
Navacerrada, un viejo aserradero que vendría a ocupar unas veinte hectáreas de
terreno. En el pueblo de Valsaín, que estaba aproximadamente a un kilómetro,
aquel aserradero era conocido con el
topónimo La máquina Vieja, y ese fue
el nombre con el que bautizaron su casa cuando estuvo construida.
El
estilo de edificación que a los dos entusiasmaba era una mezcla entre chalet
suizo, lo que correspondía bastante bien al clima frío y la vegetación de
aquella zona, y la cabaña de troncos de los primeros colonizadores americanos.
Así que buscaron a un arquitecto sin ideas propias ni deseo de protagonismo, y
se lanzaron a buscar materiales, a dibujar planos y a imaginar espacios. El
resultado fue fantástico.
¡Cómo me
gustaría ser capaz de describir minuciosamente cada rincón de aquella casa maravillosa! Se intuía
inmediatamente que todo había sido pensado con deseo, con enorme ilusión por un
par de entusiastas profanos. El espacio era extraño, la distribución era
irracional, los materiales empleados correspondían mucho más al capricho que a
la lógica, los salones eran enormes y se pasaba de uno a otro subiendo y bajando escaleras. Las paredes interiores
estaban en su mayoría recubiertas de madera tallada a hachazos, cortadas y
pulidas a mano. Las ventanas, todas dobles para evitar el frío tenían tanto
espacio entre sí que el cuerpo de una niña hubiera podido colorarse entre los
dos huecos cómodamente. El techo del enorme comedor era de sillería de granito,
si alguna de aquellas inmensas losas se hubiera desprendido hubiera aplastado a
uno o dos comensales. La crujiente escalera principal que llevaba al piso de
los dormitorios tuvo que ser añadida a última hora porque en los planos nadie
se había percatado de su ubicación. Era una escalera tan pequeña que en mi
infancia yo la subía y la bajaba en un par de saltos, agarrada a la gruesa
barandilla de madera tallada.
En el piso de arriba, los torcidos pasillos llevaban a cinco o seis
dormitorios muy diferentes entre sí: el cuarto de nogal, la habitación de las
literas, el cuarto portugués que
era el cuarto principal y el gabinete gótico. Yo llegué a dormir en todos
ellos, pero esto fue mucho más tarde. De momento aún no había nacido.
Cuando
Tío Eduardo y Tía Paca se instalaron en la casa, empezaron a imaginar lo
fabuloso que sería poblar toda aquella zona de animales exóticos, y escribieron
numerosas cartas a diferentes organizaciones que se ocupaban de capturar
animales para zoológicos de todo el mundo. Estaban gestionando la importación
de dos de los animales que, estéticamente
deseaban, un elefante y una jirafa,
y hubieran sido capaces de tenerlos paseando por el jardín si el tiempo
de llevar adelante todos los trámites necesarios no les hubiera impacientado.
¡Pobres
animales exóticos, cómo hubieran sufrido en aquel clima tan duro y tan
diferente de su África natal! Mientras, y para gastar sus energías, organizaban
excursiones a las montañas de alrededor. Les gustaba esquiar y como todavía no
existían los arrastres de ningún tipo, se compraron una oruga o retrac,
o como se quiera llamar a una especie de tractor gigante con ruedas tipo
arranque con el que se hacían conducir a lo alto de la montaña por un chofer
que los devolvía tras el descanso a la cumbre
helada.
Disfrutaron
durante algo más de dos años de aquella vida absurda y privilegiada. Pero un
verano Tío Eduardo y Tía Paca subieron con
el coche hasta la orilla de la Laguna de Peñalara con la idea de bañarse
en aquella agua helada. Era un mediodía de muchísimo calor, y cuando mi Tía
Paca sofocada estaba nadando en el agua le pareció que a su marido le pasaba
algo. Se le acercó nadando muy asustada, y comprendió que aquellos gestos
desesperados que le había visto hacer de lejos eran en realidad estertores
agónicos. El contraste enorme entre el calor del verano castellano y las aguas de los deshielos en
la Laguna habían sido demasiado fuertes para el corazón de mi Tío Eduardo que había quedado resentido
de las altas fiebre que sufrió en
Brasil. Estaban allí los dos solos. Tía Paca sacó a su marido del agua, lo
arrastró hasta el coche como pudo, y condujo con su marido muerto al lado,
aquella mujer de veinticinco años lo llevó a una clínica de Madrid, donde llegó
para que pudieran, ya únicamente, certificar su defunción.
Al
cabo de pocos meses murió mi madre, y unos años después empezaron los desastres
de la guerra civil española.
Aquella
casa edificada con tanta ilusión, quedó entre el fuego de los nacionales y los
republicanos, y fue repentinamente saqueada.
El
drama de tantas familias destrozadas en España por la guerra civil. El hambre,
la miseria y el miedo que aún durante décadas tuvieron que pasar muchos
españoles, es circunstancial a los sufrimientos de aquella familia,
desprotegidos y vulnerables emocionalmente construyeron un mundo donde todos
sus sueños eran realidad.
Después
del desastre de la guerra civil, el regreso a Madrid de aquella familia
desmantelada se hizo apoyándose principalmente en la hija pequeña, Tía Lolita,
que se inventó los ritos y las leyes que durante bastantes años nos rigieron a
todos, sin embargo Tía Paca también representó una fuerza importante, cuyo peso y opinión contrarrestaban a veces las fuerzas de la hermana menor.
Mis primeros recuerdos de Tía Paca tienen la arquitectura de la casa en Valsaín.
Alguien nos había llevado a pasar un par de días allí y yo, que estaba
horriblemente consentida, me decidí a saltar encima de su sofá recientemente
reparado. Después de decirme varias veces que me estuviese quieta, y en vistas
que no hacía ningún caso, me cogió por un brazo, indignada, me pegó un par de
azotes y me encerró en un cuarto de baño donde lloré, pataleé y vomité sin
conseguir que ninguna acción me libertara de aquel encierro. Hasta que me
callé. Y recuerdo que me pareció bien. Cuando después de un largo silencio por
mi parte me abrió la puerta del baño, salí de allí con un sentimiento de rabia
y de rencor.
Yo
ya estaba acostumbrada, pero a veces notaba una necesidad de caricias y
calorcito que ni siquiera Tía Lolita pudo darme. Tía Paca tampoco era nada
cariñosa. Nunca me trataba como a una niña y si me acercaba a ella en busca de algún mimo se apartaba diciendo:
“quita, quita que me das escalofríos”. Pronto aprendí que de ella podía esperar
otras cosas, como la imaginación sin
freno para contar historias, como la capacidad
de organizar excursiones a las montañas de alrededor, montadas las dos
en los caballos leñeros de Valsaín, o como leer poemas que yo compartía con
ella en medio de los bosques. Aunque a Tía Paca le encantaba estar sola días y
días, tenía también una gran capacidad para la amistad, y sabía muy bien
escoger a sus amigos y disfrutar con ellos las maravillas de su casa y de su vida. Eran padres y
madres de niños de mi edad y a mí me gustaba observar como se relacionaban
entre sí.
Después
de una estancia más o menos larga en La
Máquina Vieja yo volvía montada al paseo de un cisne blanco, lo primero que
me chocaba era la inmensa altura de los techos, el desamparo y la frialdad de
las grandes habitaciones. Nada más entrar en aquella casa Tía Paca, desaparecía
en su cuarto para reaparecer solo a las
horas de comer, en aquellos lustrosos almuerzos que compartíamos. Parecía otra
persona, seria y malhumorada. Solo el enorme rencor que, me reconocía sentía
por su madre le impedía abalanzarse sobre su hermana.
El
tiempo no disminuyó jamás el placer que yo sentía al vivir en la
casa de Valsaín, pero si modificó, y mucho, el carácter de Tía Paca, y su
relación conmigo. Cuando mi cuerpo empezó a transformarse, me hacía unas bromas
cómicas y pícaras que, por un lado me avergonzaban y por otro me confirmaban
que estaba convirtiéndome en una persona físicamente distinta. De alguna manera
a ella le debía afligir, porque aunque presumía de liberal y de contestataria,
y había volcado todo el interés de su vida en
su jardín de Valsaín, cuando volvía a la realidad, debía realmente
sentirse sola y desesperada.
Tenía
bastantes pretendientes, seguramente resultaba muy atractiva con su cinturita
estrecha y sus ojos tan azulados, pero ella siempre encontraba innumerables
defectos en todo el que se acercaba y, ante el compromiso, daba una espantada
frente al invasor y volvía a quedarse
sola y muy nerviosa. La verdad es que estaba obsesionada por las relaciones con
los hombres, en los que veía a uno seres míticos, admirables y temibles que
debían ser tratados con veneración pero, sobre todo, con mucha desconfianza.
Esa desconfianza en realidad se la producían
las mujeres a las que siempre consideraba unas frescas y unas casquivanas, dispuestas, según ella, a
cualquier cosa con tal de liarse con un hombre. Durante una época todo en ella
era contradictorio y eso pronunció la rigidez de su carácter.
El
primo Ramón, que junto con el primo Carlos había compartido todos los juegos y
charlas de mi infancia, vivía en el piso de arriba de mi primera casa. Juntos
estudiábamos, conversábamos mucho, y descubrimos lecturas inusuales. Hablábamos
sobre el destino del universo, sobre el azar
y su finalidad, sobre el futuro del continente europeo y también como es
natural, sobre el amor y nuestras posibilidades futuras en ese ámbito. Éramos
románticos e inocentes. Yo tenía casi
trece años y mi primo cerca de quince y
solíamos pasar en el banco del descansillo de la escalera horas interminables
charlando de nuestras cosas. Los amigos de mi primo Carlos eran todos franceses
porque él, siendo de padre “español-francés-argentino”, estudiaba en el liceo
francés que era conocido por impartir a sus alumnos una educación mucho más
abierta e interesante que la que
recibían mi primo Ramón y sus amigos en
el colegio de curas. Así que pronto la amistad con mi primo se extendió
a sus amigos extranjeros, y empecé a subir a la salita del piano, donde ellos
se reunían y pasaban gran parte de la tarde charlando o haciendo música. Nunca
me rechazaron, compartían conmigo sus discusiones y me explicaban sus teorías
sobre la vida y sobre los adultos. Desde luego, me enamoraba sucesivamente de
cada uno de ellos y estaba totalmente fascinada por su mundo y por sus ideas,
pero eran unos amores literarios que alimentaban mis sueños, y mi imaginación
infantil.
Tía
Paca no lo veía así. Con su absurda y tremenda desconfianza de la
naturaleza humana empezó por prohibirme subir a la salita del piano si no iba
acompañada de mi mademoiselle. Naturalmente eso hacía inimaginable
cualquier tipo de conversación natural y fluida entre nosotros, por lo que dejé
de asistir. Ellos, que me echaban de menos, venían a buscarme a mi cuarto y Tía Paca, al
enterarse, y como no quería afrontarlos directamente, ordenaba a mademoiselle
que no se separase de mí ni un
minuto y que me siguiese por toda la casa, fuese yo donde fuese. Resultó para
mí una espantosa tortura.
Acabó
por darme lo mismo encontrarme, o no, con mi primo y sus amigos. Lo único que
quería ya era estar sola y perder de vista a aquella pobre señora que me seguía
a todas horas y de la que solo me libraba en el cuarto de baño o cuando me iba
a dormir. Parece imposible pero aquella situación se alargó algunos años. Yo
diría que duró hasta que nos fuimos a París. Al marcharnos, se cortó la
costumbre, ya nadie se acordaba de aquella loca persecución.
Mademoiselle
ya no me seguía por los rincones pero Tía Paca siguió vigilando y criticando a
cualquiera que se acercaba. Yo era solitaria y salía poco, pero cuando en mi vida apareció Antonio se concentró una tormenta
sobre mi cabeza que duró tres largos años hasta mi boda.
En
cuanto Tía Paca supo que yo había salido una semana seguida con él, se puso a
informar a la Abuela Consuelo para que me prohibiera seguir viéndole hasta que
ella se enterase de quién era, y se lanzó de lleno a sus pesquisas. El
resultado fue catastrófico. Al principio no me dieron explicaciones, sólo se me
dijo que no podía seguir viendo al “varón” de ninguna manera, pero ante mi
insistencia por saber, Tía Paca argumentó tal cúmulo de horrores sobre la reputación de mi amigo
que me sentí obligada a pensar que
mentía.
Yo
no la creí, pero mi abuela si creyó las mentiras de Tía Paca, y desde aquel
momento se me prohibió absolutamente, ver, escribir o hablar con aquel chico
del que, a pesar de tanta prohibición, me había enamorado totalmente.
Yo
acababa de cumplir dieciocho años, y aunque las otras chicas de mi edad salían solas por la calle, a mi se
me obligaba a ir siempre con mademoiselle
al lado, incluso, por la mañana me acompañaba hasta el tranvía que me llevaba a
la universidad y volvía al mediodía a recogerme en la parada más cercana de mi
casa.
Está
claro que en aquellas circunstancias no resultaba nada fácil, en las temporadas
que Antonio pasaba en Madrid,
encontrarme con él. Desarrollé toda clase de triquiñuelas que aquí no vienen al
caso para verle, para escribirle y para hablar con él por teléfono, pero la
persecución de Tía Paca no amainó, y
cuando tres años más tarde, ya mayor de edad a los veintiún años, pude arreglar
toda mi documentación para casarme sin permiso de nadie, me armé de valor, tomé
un autobús a Valsaín, almorcé con ella y le comuniqué mi boda en París con el
corazón encogido.
En
mi opinión su reacción fue drástica. Lo único que se le ocurrió decirme fue:
“Si dentro de diez años eres feliz, te perdonaré”. No hace falta argumentar lo
incongruente de su respuesta, basta con saber que poquísimos meses después
hablaba conmigo por teléfono como si tal cosa, y que al cabo de unos años, y
para el resto de su vida, Antonio
la estuvo ayudando económicamente sin nunca demostrar el más mínimo resentimiento.
Cuando
Abuela Consuelo quedó arruinada sin remedio, Tía Paca que tan torpemente había
intentado ayudarla, malvendió su queridísima casa de Valsaín y, sin una sola
demostración de nostalgia o de tristeza, metió en un guardamuebles una parte de los objetos
que más quería y se instaló en un
apartamento de Madrid.
No
puedo entender cuál fue el cálculo que Tía Paca hizo para su futuro. O bien se equivocó del
todo en cuanto a los años que viviría, o no calculó nada, y echándose la manta
a la cabeza se lanzó a gastar alegremente lo que tenía, amparándose en el dicho
popular: “Mañana dios proveerá”. Sin
embargo, pronto vio que ese lugar no era mejorable, y que, además allí el
dinero volaba exageradamente deprisa. Después de buscar un poco, una media
sobrina política suya le ofreció, cobrándole un alquiler barato, un piso muy pequeño pero bien situado en un
edificio en ruinas. Cuando se instaló redecoró el cuarto de baño y la cocina.
Sacó del guardamuebles los muebles, cuadros y objetos que había salvado. Tía
Paca solo guardó allí, después de la venta de su casa en Valsaín, lo
indispensable. Se instaló a vivir en un lugar delicioso pero sin que le quedase un céntimo para afrontar en el
futuro, el gasto de cada día.
Todos
los veranos yo le mandaba un billete de avión para ella y otro para su perro, y
con gran alegría de mis hijos que la adoraban, se venía a pasar un mes allí donde estuviésemos. Yo aprovechaba para
invitarla los únicos momentos en que Antonio se quedaba en París
trabajando o hacía algún viaje con el barco, o desaparecía por uno u otro
motivo, y así no tenían que encontrarse, porque, aunque ella ahora, le tenía
una admiración tremenda, él se ponía nervioso con su disparatada charla.
Tía
Paca era una deslumbrante contadora de cuentos con una fantasía inagotable y
sorprendente. Ella misma se divertía con
aquello que contaba porque, como lo inventaba en el mismo momento en que
lo formulaba, se sorprendía con las situaciones que iba describiendo. Había
sido severa conmigo, pero mis hijos eran dóciles, fáciles y no tenía que
regañarlos nunca. Como sólo los veía durante las vacaciones le gustaba
satisfacerles con pequeños caprichos. Una vez durante el verano en Alicante, de
acuerdo con su elección, les llenó la mesita noche de: sardinas en lata,
melocotón en almíbar y botes de leche condensada. Sus regalos siempre eran
caprichos para sí misma.
A
mí me resultaba cansado convivir con ella porque juzgaba y sentenciaba
continuamente, y su escala de valores, sobre todo sociales, me irritaba. Yo,
inconsciente, intentaba convencerla de que el mundo había cambiado mucho en
lugar de quererla y de aceptarla tal como era, entraba en inútiles discusiones
que me agotaban la cabeza. Cuando después de un mes, se marchaba, sus opiniones
dejaban de importarme y el cariño que
sentía por Tía Paca se restituía fácilmente. Siempre que viajaba a Madrid
pasaba por su casa a verla, ella me cocinaba cosas ricas y me agasajaba con
toda clase de golosinas. Su casa, pese a la falta de espacio y de medios
económicos, seguía teniendo un atractivo especial. Olía, en plena calle
Serrano, a campo y a maderas. Al observar entre los visillos de organdí podía
fácilmente creer que fuera de aquellas ventanas estaban los abetos y los
ciruelos de La Máquina Vieja, agitando sus ramas infinitas como antes.
Tía
Paca se quedó un rato seria, callada y me dijo, demostrando una insólita y
extraordinaria discreción que mi nuevo piso le parecía alegre y cómodo. Vivirás
con Alex en este apartamento de Alicante – le expliqué – junto al cabo de San
Antonio. Noté en su rostro que sentía
pena por mí. Pero siguió su escuela de “apretar los dientes sin quejarse y
tirar para delante” sin pronunciar palabra. Aunque le faltaban datos para
juzgar, adoptó en esos días una actitud falsamente indiferente, se mostraba
mucho más apagada y dulce de lo que ella solía ser. A su regreso a Madrid mis
primas me llamaron para decirme que la habían encontrado infinitamente
cambiada. Todos nos daríamos cuenta, más adelante, que probablemente, en esos
años había tenido un pequeño ataque cerebral del que ya no se repuso. Todo el
cuerpo de Tía Paca fue haciéndose leve. En uno de mis ya bastantes escasos
viajes a Madrid, pasé a verla a última hora antes de tomar el avión de regreso
a París. Me la encontré tumbada en la cama y jadeando dificultosamente. Me
pareció que estaba enferma y no quise dejarla sola en esas condiciones. Intenté
hacerme la cama en un gran sofá frente a
la chimenea, pero no encontré ni un solo juego de cama limpio y planchado. Ella, que incluso en los
momentos de total penuria económica, me había hecho lavar y almidonar, cada día, sus suntuosas sábanas
de hilo, tenía los armarios llenos de sucios
y amontonados juegos de sábanas. Busqué una lámpara para poner a mi lado
y tener luz por la noche, pero no pude encontrar en toda la
casa una bombilla que no estuviese fundida. Me metí en la cocina para darle un vaso de leche y
servirme alguna de las galletas que antes siempre tenía, y el olor a podrido que allí reinaba me
aturdió ¿Cómo era posible que aquella mujer tan cuidadosa y refinada hubiese llegado a tal punto de abandono?
En lo que Tía Paca no había cambiado en nada era en su
fortaleza ante la adversidad. Ella no quería quejarse y no se quejaría pasara
lo que pasase. Ella nunca pediría nada, a pesar de todo lo que pudiera
acontecerle en el futuro. Su oráculo
siempre era el mismo: jamás, pedir ayuda a los demás. Pasó aquella noche medio
sentada en su cama ahogándose, suspirando
y enfureciéndose consigo misma por encontrarse tal mal. “Qué idiota
-repetía- que absurdo ahogarse de esta manera”. A media noche llamé a un médico
de urgencias, que la encontró grave, parece ser que tenía un enfisema pulmonar
y que era difícil atenderla sin hospitalizarla. Salí en busca de las medicinas más urgentes que
aquel médico me recetó y decidí esperar al día siguiente para consultar a mis
primos qué podíamos hacer con ella para
cuidarla. Ella tenía un sobrino político médico bastante conocido, que la
quería mucho, así que le pedimos hora para que la visitase y nos diera algún
consejo práctico. La acompañamos Alex y yo misma. Cuando apareció aquel médico
que ahora estaba retirado, pues ya no atendía enfermos, nos dijo que había
accedido a encargarse de la enferma solo porque se trataba de Tía Paca.
Descubrimos que la salud del médico era peor que la de Tía Paca. Una embolia
relativamente reciente le había dejado la cabeza de lado, una mano paralizada y
una dicción casi ininteligible. Nos fue difícil entender que Tía Paca no se
encontraba tal mal y que, aunque convenientemente cuidada en casa, sobreviviría
sin problemas.
Quedaba
yo, parecía la persona idónea para esta situación, pero la sola idea de tener a
Tía Paca a mi lado me parecía totalmente incontrolable. No la podía dejar sola
ni un momento porque aprovechaba cualquier descuido para hacer algún disparate.
Había que vigilar su comida porque se había vuelto diabética, se comía todo el
chocolate y los caramelos que, conseguía encontrar. Nunca se tomaba las
medicinas y había que esconderlas para que no las tirase. Dudaba de todo. No sabía
dónde vivir, ni como, ni con quien: no sabía si creer a Antonio y sus promesas de cambio o quedarme tranquila en mi
nuevo piso con falsas esperanzas, y de lío en lío no me sentí con fuerzas para
cargar con el inmenso peso del cuidado que Tía Paca demandaba. Así que,
ingratos todos, egoístas todos, duros todos de corazón, con lágrimas en los
ojos la ingresamos en una pequeña residencia en el campo cerca de Madrid, al cuidado de un doctor que
parecía cariñoso. Tía Paca no protestó,
ni una sola vez se quejó, dejó de hacer locuras y se convirtió en la persona dócil y servicial que
ayudaba en la cocina y paseaba por el campo con el perro del doctor. Eso sí,
dejó totalmente de cuidar su apariencia,
se quitó la peluca y la dentadura, se convirtió de repente en una preciosa
viejecita de cuerpo menudo que siempre decía: “No hay que rendirse” aunque ella
se había rendido definitivamente frente a tanta dificultad. La residencia no
fue la mejor alternativa, nunca fue una opción para mí. Ahora por fin en el
apartamento de Alicante hemos acertado con un lugar en el que está bien cuidada
y es feliz con Alex. Tiene en su habitación algunos de sus antiguos mueble, fotografías de aquel
viaje a la Amazonia y objetos recordatorios. Tía Paca y Alex miran hacia un gran ventanal por donde asoma el cabo de
San Antonio, en ese lugar gira un remanso tranquilo donde suelen bañarse las
gaviotas patiamarillas y las gaviotas
invernantes de Larus audouinii. Y donde otras muchas aves vienen a
beber. Ya no realiza ninguna labor, sólo recorta de revistas y de libros de
cuentos las figuras de los animales que siempre le fascinaron: elefantes,
leones, ardillas, patos y jirafas. Colecciona todas esas imágenes recortadas a
su alrededor para que le hagan compañía. No quiere hablar con nadie que no sea
Alex, pero está tranquila y sonriente. Cuando alguno de nosotros va a verla y
le pregunta cómo está, Tía Paca contesta: “Divinamente, estoy divinamente.
Larus audouinii.”