Hoy recibí en mi residencia de Leipzig una carta donde me dicen que murió el abuelo Pavló, a los noventa y siete murió. La fotografía que cae al abrir el sobre me sorprende. Un hombre enjuto, con las venas azules que sobresalen de unas manos huesudas, me atraviesa con su mirada azul.
Vivía frente a una estación donde hace tiempo no llegan ni parten los trenes, donde los yuyos crecen por entre los durmientes. Pero el tal Esteban que me escribe con una cursiva difícil de descifrar me cuenta que el abuelo acudía a su cita frustrada con el convoy, se sentaba en la vereda de su casa para fijar la vista en la trocha hasta más allá del horizonte. Esperó paciente, acaso recordando cuando puso su empeño en la construcción del Ferrocarril del Oeste que ganó la llanura de la Argentina hasta quebrar la quietud del poblado pampeano, hasta interrumpir la siesta con el trajinar de los hombres del riel.
Pobre abuelo, a la larga se quedó infinitamente solo en esas tierras en medio de la nada. A poco de cumplir los veinte llegó desde Ucrania escapando a la soledad, había perdido a sus padres y a su hermano Danylo, él mismo era perseguido por sus ideas. Entonces respiró hondo y levantó bien alto su cabeza, sorteó dificultades para salir de su país, atravesó buena parte del planeta, sin brújula que lo guiase bajó hacia el sur hasta llegar un día cualquiera a un caserío a cientos de kilómetros de Buenos Aires, allí donde las lonjas de tierra enrielaban sus lomos haciendo camino. Detuvo su andar para siempre, deshizo su maleta y no volvió a empacar.
El abuelo Pavló desembarcó en el momento en que el Ferrocarril del Oeste necesitó hombres para llevar a cabo su plan de expansión, pronto fue reclutado en las oficinas porteñas, confiaron en un constructor de obras joven aunque tenaz y preparado para resolver los avatares que se presentasen. Ni siquiera importó que por más que se esforzara no consiguiera llenar la solicitud de empleo en español, quién sabe qué bastó para que le pusieran bajo sus órdenes una cuadrilla de hombres dispuestos a palear la tierra. De inmediato partió a vivir en medio de la llanura, se instaló en un campamento con algún que otro extranjero pero ninguno de la Europa del Este como él, un campamento atisbado por los curiosos del lugar que se extendía entre las casuchas y el monte. Se sumó a otros hombres entre risas y tristezas entremezcladas con nubes de polvo, se puso a levantar terraplenes, a cruzar los rieles sobre los durmientes, a tender el hilo del telégrafo, a construir el andén, los galpones, la estación. Como tantos, construyó su propia esperanza.
Hasta que un día las obras estuvieron listas, eso era punta de riel y se detuvieron las construcciones férreas ahí mismo, la vía se quedó allí en tanto el campamento se levantó una mañana fría de invierno dejando un baldío, cuando la pizarra de la estación anunciaba la llegada del primer tren. Pero el abuelo Pavló decidió quedarse para siempre aunque nada lo atara al lugar, aunque le molestara el viento que soplaba incansable rastrillando los pastos y trasladando los médanos. Podría haberse ido a un destino promisorio que le indicara la empresa, lo necesitaban en otros lugares, era la época en que desde la ciudad portuaria el ferrocarril multiplicaba sus brazos de acero hasta formar una urdimbre abigarrada para apropiarse de los productos del interior, era cuando las venas irrigaban al corazón con ímpetu. Sin embargo el abuelo no pensó demasiado al decidir su lugar en el mundo.
Aquellos eran tiempos de progreso en la geografía de la patria que adoptó, eran tiempos en que los inmigrantes llegaban de a multitudes en busca de un pasar digno, aunque tampoco era tan sencillo como parecía o mejor dicho como fabulaban más allá de los mares. Nada resultaba fácil, menos aún para el abuelo Pavló que al principio podía entenderse sólo con señas. Tan luego él, que amaba a los poetas, que aprendió de la mano de su padre a decir antes que nada las rimas de su pueblo y no pudo olvidarlas. Tan luego él, que quería hablar del filósofo Skovorodá, del poeta Shevchenko, de los malos vientos que soplaban para quienes ansiaban la libertad en Ucrania.
No se dio por vencido ni siquiera cuando cayó en la cuenta de que nada de lo que decía le comprendían, tozudo como era se despabiló intentando el diálogo con sus compañeros de trabajo, se esforzó por encontrar las palabras que lo vincularan al suelo que le tocaba pisar, mal que le pese aprendió a volver su cabeza cuando escuchó decir "ruso”, paciente sumó uno a uno los vocablos hasta tender un puente con los otros para empezar a contar jirones del pasado. Otra vez fue la lucha con las palabras, antes para no extraviarlas, ahora para aprehenderlas.
Y cuando pudo expresarse dijo: “En mi tierra me arrancaron las palabras, me empeñaré en conocer otras para decir mis sentimientos a los cuatro vientos”. Decir, ya no gritar, porque el abuelo dejó de levantar la voz, persuadió con su balbuceo a quien quisiera escucharlo. Había tenido que silenciar su idioma, le prohibieron los libros, las canciones, la música, el teatro, el verbo todo, se le aplastó a punta de fusil para imponerle otra lengua, se le negó sus raíces como a tantos. Vedarle su propio idioma tan luego a él, hijo de un bandurrista que le enseñó a amar la poesía, si lo llamó Pavló en honor a no sé qué poeta confinado y muerto por rebelde en los campos helados de Siberia.
El abuelo Pavló se quedó para siempre en el poblado que se ensanchaba con la llegada del ferrocarril, con el esfuerzo de manos laboriosas como las suyas. Vino el bullicio de la locomotora echando humo, con un coche para pasajeros seguido de una hilera de vagones para cargar el ganado y los cereales de la zona. Por aquellos días el trabajo abundó, el pueblo progresó a pesar del miedo de los arrieros a ser dejados de lado por inservibles, a pesar del miedo de los latifundistas a verse obligados a parcelar sus campos, a pesar del recelo de los pobladores a la máquina desconocida, a pesar del temor de los mayores a que los jóvenes los abandonasen para siempre, a pesar de todo y de muchos presagios agoreros la vida latió en torno al tren. Y latió por largo tiempo al atravesar la llanura entre ramales, desvíos, empalmes, latió hasta que los insensatos decidieron que había transportes más convenientes, que el tren no hacía falta ni allí ni en tantísimos pueblos del interior alejados del dominio de la urbe.
A los noventa y siete murió el abuelo Pavló, pero el tren no llegaba cuando él murió, el paso a nivel no bajaba su señal para detener el tráfico ni se oía el badajo azotando el bronce de la campana seguido del pitido y el tronar de la locomotora acercándose. La melopea de la estación cesó un día y para muchos no quedó otra que irse en busca del sustento. ¿Serían cuatrocientos o tal vez quinientos los que quedaron? Poco importa cuántas almas rememoraban la bonanza de aquellos años en que el tren se hacía oír.
El abuelo Pavló jamás volvió a salir del pueblo, se casó con la abuela Inés y tuvieron a mi papá Alejandro. La abuela murió muy pronto de una enfermedad pulmonar pero el abuelo no convivió con otra mujer, crió solo a su hijo. Cuando no lo requirieron las obras del ferrocarril trabajó en un aserradero de la zona, fue un artesano de la madera de los montes tumbados que se convertía en parqués, en marcos de puertas y ventanas, en tejuelas para el techo, en vigas, postes, varillas. Cada tanto hacía un alto en sus labores, en eso de sacarle el jugo a los montes, se distanciaba del chirriar de las sierras para leer cuanta poesía tuviera a su alcance, ahora en español, la lengua de la que se apropió con paciencia. Y pudo hablarle a mi papá del filósofo Skovorodá, del poeta Shevchenko, de los malos vientos que soplaban para quienes tuvieran ansias de libertad en su Ucrania desmembrada. Aunque nunca volvió a leer la poesía de Shevchenko ni el pensamiento de Skovorodá los recreó en su memoria, en su imaginación frondosa, y así los transmitió en su nueva lengua a quienes quisieran escucharlo.
Ni bien mi papá cumplió los dieciocho el abuelo lo empujó a que partiera en busca de otros desafíos, lo entusiasmó para que se fuera hacia alguna parte, no descansó hasta que lo vio trepar al tren y desde el andén le levantó la mano para despedirlo por última vez. Antes lo abrazó y le aconsejó que no lo ganase la nostalgia, que buscase un porvenir y recién volviera seguro de su elección. Sus lágrimas asomaron cuando le pidió que fuese libre y digno.
Mi papá le hizo caso a su manera o como pudo, promediando los setenta entró a trabajar en una fábrica de la ciudad, allí conoció a mi mamá, se casaron y nací yo. Todo sucedió en poco tiempo, ni siquiera el suficiente para volver a verlo al abuelo, porque precisamente el tiempo no fue generoso con mis padres. O mejor dicho los represores no fueron generosos con los miles de hombres y mujeres que desaparecieron. Las fábricas bullían, los trabajadores reclamaban por sus derechos, se reunían para el debate, para la lucha por los horarios, para pedir por los descansos, por la seguridad, por aquello que urgía conquistar. Y cuando mi papá declamaba desde su puesto de delegado estoy seguro que tenía en mente al filósofo Skovorodá, al poeta Shevchenko, a los malos vientos que soplaban para quienes ansiaban la libertad en Ucrania, aunque no supiera bien quién fue el filósofo Skovorodá ni el poeta Shevchenko ni sufriera en carne propia los malos vientos que soplaron para quienes ansiaron la libertad en Ucrania, aunque el auditorio fuera otro al fin y al cabo era lo mismo, la dignidad del hombre es idéntica en todas partes, ¿o no? Lo sabía mi papá Alejandro y mi mamá Sofía cuando los llevaron esa tarde al salir de la fábrica, cuando aguardé entre llantos hasta que la vecina que me cuidaba se apiadó y me alojó en su casa.
El abuelo Pavló esperó largo tiempo a su hijo, sacaba una silla afuera, apoyaba todo su peso en el espaldar y desde allí intuía el tren antes de verlo, aguzaba su oído para presentirlo, veía detenerse la mole de acero en la estación, mientras perdía de vista el andén observaba de lejos los movimientos a través de las ventanillas de la gente que descargaba equipajes, torsos que caminaban por el pasillo hacia la salida, y él con ansias de que uno de ellos fuera su hijo, con su nuera y su nieto que aún no conocía, creía adivinar que cuando la máquina hiciera maniobras para alejarse de la estación se le presentaría el andén como un gran escenario con las siluetas de sus familiares y les agitaría la mano y los llamaría y le sonreiría hospitalario desde la puerta de su casa. Para qué hablar de esos días que deben haber sido todos iguales para el abuelo, pura espera nomás.
Pero fue en vano. Y ahora me cuentan que murió, a los noventa y siete murió. Y yo en Alemania sin poder hacer nada, aunque qué puedo hacer ahora que se murió. El abuelo esperaba ver llegar a su hijo en el tren cuando una mañana aparecí con la vecina que me traía de la mano, tan pequeño yo, pero el abuelo no me saludó desde la puerta de su casa porque nunca me había visto. La vecina tardó en averiguar adónde nos dirigíamos, me quedé con la mirada puesta en la rueda del molino que giraba hasta caminar a lo largo de las vías y cruzar el paso a nivel. Pronto aprendería que cuando iba al otro lado del pueblo lo mejor era atravesar las vías por entre los alambrados mirando a ambos lados, trepar al andén y salir de la estación como si tal cosa. Después él habló con la mujer, que por la tarde tomó el tren de regreso y me dejó en ese caserío con calles de tierra que pisé por primera vez, me quedé atrás de las vías, hasta donde llegaba el olor recurrente de las ferroviarias. Era un lugar estratégico, a no dudarlo.
El abuelo Pavló volvió a encender sus anhelos conmigo, me crió como a su hijo, con el mismo esmero me educó, me mandó a la escuela y cuando fui mayor me entusiasmó para que buscara mi propio destino, para que fuese libre de elegir. Me habló del filósofo Skovorodá, del poeta Shevchenko, de los malos vientos que soplaban para quienes ansiaban la libertad en Ucrania, de todo ese mundo tan lejano para mí que el abuelo pudo contarme con todas las palabras. “Sigue tu camino, que no te venza la nostalgia, al fin verás que lo que añoramos no está en ninguna parte, al fin verás que en todas partes está el dolor”, me dijo en el andén cuando me abrazó.
Llegué a trabajar y a estudiar a Buenos Aires, me recibí de ingeniero en informática, obtuve una beca a Alemania y aquí estoy, de esto hace algunos años. No erré por el mundo como el abuelo sino que elegí un destino, deshice mis maletas seguro de quedarme hasta una mejor oportunidad, fui a mis objetivos sin mirar atrás, para qué volverme. Jamás tuve la convicción de luchar por un ideal, ni siquiera cuando cursaba en la universidad, cuando se avenía la democracia y poco a poco se sabía de la larga noche de la dictadura que aplastó a una generación, entre ellos a mis padres, ni siquiera teniendo esa herida quise involucrarme. Sin titubeos me planteé escoger entre dos caminos, o me salvaba o me perdía en la tristeza, en esa nostalgia que se le adivinaba al abuelo al evocar a sus padres, al evocar a su patria otra vez libre, fronteriza, y él sin lazos, borrado de su propia historia, nómada sin quererlo, sin huellas, vuelto a empezar en otra geografía. Pero no me parezco al abuelo ni a mis padres, soy parte de la sociedad tecnológica que me organiza cada minuto, que me comunica al instante con cualquier punto del planeta, que me permite vivir confortable. Vamos, estoy orgulloso de mi trayectoria, si en el ambiente en que me muevo se me considera un recurso humano proactivo, con lo que eso significa para un joven de hoy. ¿Un poco robotizado quizás? Puede ser. Aún no planifiqué tener hijos, si un día los tengo no les hablaré del filósofo Skovorodá ni del poeta Shevchenko ni de los malos vientos que soplaban para quienes ansiaban la libertad en Ucrania, no les contaré de todo ese mundo que ahora las comunicaciones podrían acercarme en un segundo.
Miro una vez más su fotografía y su cara se me aparece como un collage de historias, entretejo su vida en los pedazos, en los intersticios, aquellos días lejanos de su Ucrania natal, aquellos días de trabajo y ocio a la vera de una estación de tren. Ahora el abuelo Pavló murió, a los noventa y siete murió. Pleno de recuerdos, si es que todavía estaba lúcido porque hace rato que no sabía nada de él. La última vez que lo vi fue cuando me gradué, llegué en el tren de la mañana y volví presuroso en el de la noche, no podía demorarme. Me conmovió encontrarlo viejo, le había llegado la noticia de las consecuencias de aquella nube radiactiva en Chernobyl y me preguntaba, quería saber, pobre, tan solo, sin la fuerza de su juventud. Al despedirme prometí mandarle los poemas de su infancia que me recitó. “Te los conseguiré, abuelo, anotaré los nombres y te los enviaré en tu idioma para que puedas volver a leerlos”, le dije. Cuando le afloraron las palabras me pareció que nada ni nadie le había quitado sus convicciones, cada tanto se perdía en un profundo mutismo para dejar volar su imaginación. Su silencio era elocuente.
Dicen que cuando uno es viejo el pasado lejano se vivifica, acaso en sueños se encontrara con sus padres, con su hermano Danylo, con su Dniepropetrovsk natal, quizás ante sus ojos desfilaran los barcos grises con el colorido de la bandera celeste y oro del puerto donde solía pasear en su niñez, quizás tantas cosas. Habrá evocado a su hijo Alejandro a quien vio alejarse en un tren sin regreso. Me habrá recordado, lo sé. Nos disfrutó cuanto pudo, no fue egoísta al dejarnos partir.
El señor del pueblo que me escribe, que pareciera que lo acompañó en sus últimos días, me cuenta que los lunes, miércoles y viernes el abuelo sacaba su silla a la vereda para sentarse a esperar paciente aunque sabía que los trenes no llegaban ni partían. “Lo veíamos con mi mujer al ruso, lo queríamos mucho, fuimos sus vecinos y hasta casi amigos”, me dice Esteban. Seguramente casi amigos serían, en su prosa reparo en que si hubiesen sido amigos del alma no lo llamaría ruso, nunca se le ocurriría nombrarlo de ese modo.
Pobre, a los noventa y siete murió. De repente me vienen ganas de buscar por internet a los poetas de su pueblo que un día extravió pero conservó en su memoria para transmitirlos al viento, quiero tener los versos de su infancia que le prometí mandar y nunca hice. Aunque es tarde, estoy cansado y mañana me espera una agenda plena de compromisos. Mejor olvido a los poetas, al pasado que siempre fue peor, después de todo no soy un romántico.