—Se trata de “Tierras de la memoria” —dije desde atrás, pues conocía el fragmento aquel que dice: “Tengo ganas de creer que empecé a conocer la vida a las nueve de la mañana en un vagón de ferrocarril” Y al decirlo, hice saltar de sus asientos a los dos que se encontraban tomando unas cervezas en la tienda. — No quería alarmarlos —volví a decir saliendo para que pudieran verme—, sólo quise darles la respuesta.
—Discúlpenos a nosotros —dijo uno de ellos—, lo vimos cruzar hace un momento esta calle pero pensamos que había pasado de largo. Por eso nos espantamos. Usted sabe que no es frecuente encontrase a alguien por aquí; en la tienda más solitaria de Bucaramanga.
Les dije mi nombre. Me invitaron algo de tomar pero rechacé su ofrecimiento. Se sentaron nuevamente. El sol estaba ya muy alto, y permitía que el aire se enfriara un poco. La mesa en la que estaban era redonda, pequeña, coja, y parecía no resistir el peso de las cuatro botellas que sostenía. A su lado una pequeña tienda salía como de la tierra y parecía más una extensión de la mesa. Francis, la tendera, vigilaba desde adentro a sus clientes, si acaso se les ofrecía algo. Habíamos quedado en silencio, entonces el que tenía el cigarrillo en la boca dijo:
— ¿Quiere unirse a nuestro juego? Como ya se habrá dado cuenta uno de nosotros cita un fragmento de un relato y el otro adivina a cuál obra pertenece. No es tan simple pero veo que a usted le queda fácil; lo digo porque acertó antes. Efectivamente era “Tierras de la memoria”.
— Gracias pero yo paso —dije frunciendo el ceño, y callando un poco más para que se sintieran incómodos, aventuré— los interrumpo porque estoy buscando a alguien. A lo mejor ustedes lo conozcan.
—Adelante —dijo el primero que había hablado— ¿de quién se trata?
Dude antes de pronunciar su nombre; pero era la única manera de saber si ellos conocían su paradero. Así que se los dije, sin rastro de perversidad:
— Fabricio ¿Conocen a Fabricio? ¿Saben dónde puedo encontrarlo? Tengo entendido que él pasa por aquí todas las tardes. —metí mis manos en los bolsillos y con la misma agresiva naturalidad proseguí—. Dicen que le gusta mucho el silencio y la soledad que se respira en estas calles. Lo he estado buscando por horas pero no he tenido suerte. Es muy conocido por acá.
Se miraron entre sí, se rascaron la cabeza y no dijeron una palabra. Entonces tuve que intervenir:
— ¿Y bien?
— No, no lo conocemos —dijo el del cigarrillo con el cilindro en la boca—, al menos yo no.
— ¿Y… para qué necesita usted al tal Fabricio? —dijo el otro apoyándose en la mesa que pareció encorvarse. En ese momento supe que lo sabían, o al menos que él sabía. Pero era obvio que algo había concluido en el silencio y no quería decirme nada. Sin saber qué hacer sólo pude decir, fastidiado, que era un asunto muy importante y que no podía estar diciéndoselo a todo el que me encontrara.
— ¿Lo conocen sí o no?
— No, no me suena —dijo otra vez dirigiéndose al de cigarrillo—. Y ¿Cómo es? Quizá lo hayamos visto pasar.
—Pero si no hemos visto pasar a nadie en toda la tarde —dijo el otro dirigiéndose a su amigo, liberando un nubarrón de humo— Por qué no le pregunta a la tendera quizá pueda ayudarlo —me dijo.
—No, no es necesario. He perdido mucho tiempo.
—Le deseo suerte — dijo el otro. Se levantó, tomó dos botellas vacías de la mesa y le dijo a su amigo:
—Ya vuelvo, voy por otras dos.
Después de ese momento, en mi cabeza se desordenó el sumario de mi objetivo.
***
La tendera tardó mucho en sacar las botellas de la nevera. Era alta, un poco hinchada y de austeros modales. Cuando se agachó frente a la nevera tuvo la precaución de torcer sus piernas para que yo no pudiera ver a través de su minifalda.
—Por fin las alcancé —decía chocando las botellas—, casito que no — se levantó, las destapó y me las entregó.
—Gracias —dije, y me dirigí a la puerta.
—Espere —dijo, y al voltear noté que un color azuloso manchaba sus párpados, sus mejillas tenían dos círculos rojos y su boca brillaba a causa de algún aceite especial. Cuando pedí las primeras cervezas, recuerdo que era la mujer más pálida del mundo y ahora, por alguna razón, era la más colorida.
—Quisiera… Si usted pudiera… No sé…—decía angustiosa— Podría… ¿me presentaría a su amigo? Pero como cosa suya ¿no?
Sorprendido, le dije que tal vez más tarde y me volví hacía la puerta. No veía la hora de decírselo a Nicolás. La tendera está enamorada de ti; ve, dile algo para ver si la cuenta nos sale gratis y él: claro por qué no. Pero ella volvió a decir:
—Espere. ¡No sea tan guache!
La encaré de nuevo sin decir nada, con las botellas calentándose en las manos. ¡Detesto la cerveza acalorada¡ Me dirigí a la vitrina delante de ella, descargué con enfado las botellas y le miré las manchas intermitentes de los párpados.
—Me llamo Francis.
—Mucho gusto Francis. Ahora, si me permite debo tomarme estas cervezas ¿no?
— Oiga, no sea maleducado —dijo Francis—. ¿Conocen ustedes a ese? —Y levantó la barbilla hacía la ventana de la tienda. Yo volteé maquinalmente, pero no podía ver hacia afuera, ni siquiera ella podía, porque el vidrio estaba inundado de avisos publicitarios. Supe que se refería a nuestro visitante.
—No, no lo conocemos.
—Tengan mucho cuidado —dijo abriendo los ojos y moviendo la mano derecha de norte a sur— es mejor no enemistarse con él.
Sin comprender a qué se refería le dije que ya se había ido y que nos había preguntado por el tal Fabricio.
— ¿Sabe usted algo de él? —me apoyé en la vitrina.
— ¿Fabricio?, ¿Fabricio? No, a Fabricio ya no se le encuentra. Se la pasaba por aquí; pero ya no: dizque se fue muy lejos. —decía Francis alejándose.
—Pero, ¿Qué es lo que dice?, —decía interesado— ¿Por qué se va Francis?
—Todos tienen sus razones; Y más para marcharse. Voy al baño.
Mis ojos la perdieron en la profundidad de la tienda. Salí con las cervezas en las manos a informar a Nicolás de la extraña conversación que había tenido.
***
Nos quedamos mirándonos. Una idea fija me había traído hasta aquí. No me importaban ni las cervezas, ni los cigarros, ni los cuentos de Felisberto. Aspiré profundamente el humo y antes de que se marchara le pregunté:
—Qué va a hacer cuando encuentre a Fabricio.
—Le repito que es algo personal e importante —dijo reanudando el paso.
— ¿Si yo le dijera que conozco al tal Fabricio?, —volví a aspirar el humo del cigarrillo—. Caminamos casi toda la ciudad, mi amigo y yo, ¿sabe?, —dije nuevamente—, buscando este sitio, el más solitario según dicen —se había detenido por completo, mirándome—. Pero no lo es según veo. Somos cuatro en total: la tendera, usted, mi amigo y yo. Y con el tal Fabricio seríamos cinco. Somos demasiados. ¿No cree?
Callé por un instante y lo invité a sentarse. No lo hizo. Al fin gruñó:
— ¿Sabe donde está o no? No me haga perder el tiempo.
—Usted lo sabe muy bien —dije levantándome.
— ¡No lo estaría buscando, si lo supiera! —Dijo acercándose.
Le ganaba en altura. Sin lugar a dudas lo derribaría de una patada, no era rival para mí. Sin embargo, no pensaba luchar, sólo quería medir su determinación.
—Yo también lo busco pero no por las mismas razones que usted —me senté. Entonces, vi a la angustia mordiéndole las rodillas— No sé dónde está; pero tengo un recado que bien podría mandarle con su hermano.
De pronto lo comprendió todo.
***
¿Qué hacer? Lo pondría en peligro si voy a avisarle. Podrían seguirme. Qué plan tan absurdo han tramado; acercarse al posible asesino para saber sus intenciones. Para estar al corriente de la información que posee. Preguntarle por su propia víctima. Absurdo, absurdo hasta la inmensidad. Saldría por el patio, tendría que subir el muro, saltar al jardín y correr hacia arriba. Siempre cuidando que nadie me siga. Tendría que atravesar la iglesia, doblar a la izquierda y desde ese momento caminar serenamente. Espero no encontrarme a Don Jaime, si me lo encuentro, vaya uno saber las críticas que le merecería mi falda o mi maquillaje. Podría fingir indiferencia y pasar de largo. Pero si, por el contrario, me encuentro a Laurita, podría decirle que llamara a la policía y se fuera con ellos a mi tienda. ¿Qué hacer?, ¿Sería mejor quedarme? ¿Atrincherarme en el baño? No.
***
—Quédate en la puerta y vigílala —le dije. Habíamos entrado a la tienda; nos sentíamos más seguros en su oscuridad.
—Ya lo has dominado ¿no? Y eso que Francita dijo que era peligroso.
—No creas; mira —le mostré el brazo— me mordió. Tuve que golpearlo contra el suelo hasta dejarlo inconsciente. Pero no creo que nos diga nada.
— ¿Por qué? Todos hablan, siempre hablan.
—Este es el hermano.
—Eso sí está difícil.
Lo único que podíamos hacer era agarrar a la tendera. Seguramente ella sabía dónde estaba Fabricio: el hombre que mató a mi padre.
— ¿Dónde está? —pregunté.
—En el baño, según dijo. —Salté sobre la vitrina más pequeña introduciéndome en las profundidades de la tienda.
***
Antes de matarlo tuve que amarrarle las manos. Nicolás ha ido detrás de Francis. Al parecer fue a avisarle a Fabricio que tenemos a su hermano y que lo estamos buscando. Nos facilitaría más las cosas si lo hiciera. Yo, por mi parte sigo con el plan, he guardado al hermano y estoy tomando cerveza; lista el arma, por si aparece el tal Fabricio.
Pero Nicolás se ha tardado mucho, me pregunto si ya todo terminó. No aguanto más. ¿Tengo que seguir aquí, esperando? Habíamos quedado en que sería cuestión de unas horas. ¿No? Que se trataba de entrar y salir, punto. Pero esto se está tardando demasiado.
***
—No le voy a decir nada, no sé nada —decía una y otra vez.
—Dilo, porque si no… —decía el hombre apretando los dientes.
Parecían una pareja de novios peleando por cualquier tontería. Corrieron unas tres cuadras hacía el norte y cruzaron con disimulo la 33, sólo en ese entonces ella se dio cuenta de que la seguían. Caminaron hacia la izquierda sin llamar la atención, hacia el parque. La mujer guardaba la esperanza de perderlo en la multitud. Sin embargo, ahora, sentados en el parque disimulaban el horroroso drama. El hombre la había alcanzado y apretándole el brazo la había hecho sentar. La mujer lloraba y el maquillaje le iba dejando una mancha fuliginosa que el otro, con su mano, con falso cariño, le borraba. Nadie dudó. Y algunos al pasar, observando la escena, murmuraban imprecaciones al hombre o decían en voz baja: “Por algo será”.
El hombre dudaba, ahora, de su plan. Tenía a los informantes, pero no tenía la información. Su ofuscación sobrepasaba su paciencia. A la mujer, por otro lado, se le acababan las lágrimas y el llanto se le ahogaba en la garganta. Un llanto quedito, quedito, como de niña regañada.
Afortunadamente, al hombre se le acabaron las ideas:
— ¿No me va a decir nada, verdad? —decía apretando los dientes y mirando a su alrededor—. Entonces lárguese — y la tiró, puteándola, al suelo. Algunos de los que estaban cerca se llevaron las manos a la boca o corrieron, alejándose, hacía la carretera. La mujer se incorporó y cuando se disponía a correr, el hombre, sacando un revólver de quién sabe dónde, le disparó por la espalda. La mujer calló sin parar de sollozar y dos truenos resonaron en las alturas. Se escucharon algunos grititos.
***
—…la policía llegó hasta la tienda —le dije a Nicolás en la patrulla—, yo la vi venir, entonces me levanté de la silla y empecé a caminar, quería alejarme del cuerpo del hermano. Pero venían por mí. Me atraparon; sentí el dolor del suelo cuando me tiraron al piso y me esposaron. Son heladas estas cosas ¿no?
— ¿Lo mataste?, —dijo Nicolás— ¿Mataste al hermano?
—No tuve otra opción, me estaba dando muchos problemas.
— Yo mate a la tendera. Quiso herirme con un vidrio cuando la dejaba ir.
— ¿A Francita?
—Sí.
—Pensé que estaba enamorada de ti.
—No importa, sabes, esos dos muertos no importan. Creo que no eran las pistas indicadas. No creo que conocieran al Fabricio que buscamos.
—Bueno, pues la tercera es la vencida ¿no? —le dije en broma.
—Sí. Lo seguiremos buscando. ¡Esa perdiz asustada! ¿Se estará riendo de mí?
—No, no lo creo. A veces creo que ni siquiera existe. Que desapareció —dije cuando encendieron la sirena.