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Pamucio, Luciano Iván (Ruiseñor)

Prosa dolorida



“Hice versos olvidando
que la vida es sólo prosa dolorida
que va ahogando lo mejor
y abriendo heridas, ¡ay!, la vida.”

Eladia Blázquez

 

Prosa dolorida

 

Supe al empuñar el bolígrafo que esta vez no me bastaría como tantas otras con la

recurrencia a estos signos para reducirlo todo bajo las leyes de la composición.

Respirar hondo. Sí, respirar hondo antes de adherirme con fuerza al papel donde

lentamente comenzare a verme reflejado. Me es inevitable saber el desenlace. Este

cause tiene una sola dirección. Alguien se asoma, como una sombra. Se advierte la

involuntaria simetría. Comienza a diagramarse el espejo hecho de palabras.

A un costado del cuaderno lo que el espejo no refleja. Montoncitos de frases

fragmentadas, incluso con palabras abreviadas. La gran obra inconclusa. Con un dedo

jugueteo con ella. La disperso, la apilo, la remuevo. Siempre una misma cosa. Una

sombra del reflejo. Palabras disgregándose en el aire con el huracán de tu portazo y

volviendo agolpadas a mi boca disfrazadas de oxígeno.

Por decir…, esto que un relato sin terminar me presta para ajustarlo a esta escena en la que, no se como, me veo en protagonista:

“Finalmente parece que es verdad. Y escribirlo es mi modo de reconocértelo. Que

cuando te fuiste gritando, casi levándote el picaporte mientras desaparecías progresivamente detrás de la puerta, tenías el entero aval de la razón. Dilapidabas tus palabras intentando explicarme lo que nunca entendí. Lo que no quise entender, lo que no podía ver. Tenías razón cuando decías que yo sudaba duda e indecisión. Lo único que hoy consigo ver con nitidez es la confusión. Como un ovillo anudado en su totalidad. Como una telaraña sólida e indescifrable que encarcela impecablemente a su artesano. La duda es mi creación y atraparme a de ser su vocación.  Lo reconozco, pero desconozco ahora hasta el horario aproximado de tu regreso, y si es que en efecto habrá tal cosa. Tu inminente llegada del mercado o del video club con una nueva película nacional o con los viejos dibujos animados, es ahora un nuevo nudo carcelario de la telaraña que me hostiga.”

La bestia insomne, la incertidumbre pulverizando hasta la claridad del día colándose por

la hendija de la puerta que acaba de ser golpeada.

Quién lo diría, Lucrecia, que sin saber de sutilezas me hechas un estruendo en pleno rostro.  Feroz portazo contenido, con las precauciones necesarias para no machucarte un dedo y para que no oigan los vecinos. Terminando así perdida en el mundo que aguarda del otro lado de la puerta, en el Rosario de opacas perlas que duerme en el escote del Paraná.

Y ahora Pizarnik se da cita en tu boca para decirme con sus palabras lo que vos no

supiste decirme con las tuyas:                                                “Alguna vez                                                             alguna vez tal vez                                               me iré sin quedarme                                                              me iré como quien se va”

Litera – altura. ¿La cama alta? Tal vez, si aún se mantiene la costumbre de leer en la

cama. Pero aquí lo digo por la literatura que te obliga a cerrar los ojos para oxigenar

(por decirlo así y de algún modo) de placer el cerebro.

Pero es falso lo que dices, no será esta la partida que te ausente totalmente. Y además, de un momento a otro tal vez regreses pegando un nuevo portazo y escandalizándote por verme todavía estático frente a un papel y con las mismas dudas y falta de iniciativa que cuando te fuiste. De ser así, una catarata de reproches será correspondida con la impotencia de unos pocos insultos. Y tú vacilarás, emplearas una ostentosa gama de chistidos, me someterás a la prueba del felpudo. Lamer el felpudo hasta purificar mi lengua. Me obligarás a emplear solo las palabras bien vistas, las más respetables, las que acostumbrabas a tachar con múltiples tintas por su fama de intachables. Qué te pasó Lucrecia…, qué nos pasó.

No se porque escribo esto. Sumergirme sin protección en la acción: desperezar vocablos en estas horas en las que el cansancio y la modorra se regeneran y esparcen como un virus mortal.

Y yo silenciando el dolor que quisiera escupir a gritos, manipulando estúpidamente las

palabras, articulando excusas para comprender tu despedida, diciendo que te fuiste, que

ya no estas, para no asumir..., para no soportar el filo de las palabras al decir que me

dejaste, que si te perdiste en el mundo que hay detrás de la puerta es por mí y tu

hartazgo de mí y mis manías; y esa manera tan mía de echarlo todo a perder.

Te imagino ahora, sin forzarme a ello, saboreando el hallazgo de un banco vació en mitad de una plaza también vacía. Vociferando un silbido entrecortado, como una posible iniciación de diálogo entre gorriones y blancas palomas sin más mensajes que el medio (perdón McLuhan por tan mala cita), volando de a ratos, desobedeciendo obedientemente las leyes de la física, para alejarte de tu antiguo nido de espinas. Saboreando un caramelo de eucaliptos porque no serias capaz, ahora, de reavivar el fuego del cigarrillo que hace siete meses dejaste a medio fumar.

Aquí me ves..., confesándote con la inocencia de un niño las palabras que me llegan de diez años atrás (sin exactitud, de nada sirve ahora ponerse a hacer cálculos precisos). Porque recuerdo que te dije “no se porque te requiero aún después de quererte”. No te mentía y supe que me creías aún después de esforzarte por simular con gestos precarios que no tomabas en serio lo que te decía. Nunca fuiste para mí la parte indispensable de un ovillo de sábanas y piernas, y largos cabellos.  Ni el cigarrillo que mengua el placer

evitando el repentino corte de guillotina. Extendiéndolo ortopédicamente por

un plazo breve pero obligado. Porque seguías ahí después, siéndome todavía más

necesaria.

En el aire persiste una ráfaga de tu perfume, el mismo de hace diez años (nuevamente

sin exactitud, y así fue siempre), superando también las barreras del tiempo. Tú aroma

limándome el tabique, suministrándome pequeñas dosis de voluntad para seguir

escribiendo tontamente.

Basta de lágrimas, carajo. No más lamentos... A escurrir el pañuelo, a recomponer el tono de voz que ya estoy harto de escucharme como un miserable. Basta de ese llanto seco, ese llorar hacia adentro, que la marea esta subiendo y ya empieza a tomar sentido la descabellada idea del desbordamiento, notoriamente visible cuando comience a

germinar ese otro llanto, de algún modo más húmedo y liberador. El llanto hacia afuera,

más visible también, más delator, más teatral. El rostro oculto detrás de una máscara de

manos temblorosas.

A esta altura de las cosas, lo menos conveniente es lo que empieza a suceder. Del cajón

de la ropa interior sacaré las balas para acabar disparando con el dedo reproches,

repartiendo acusaciones y dilapidando advertencias.

Lo que prima es el dedo inquisidor que me señala, porque es ahora cuando aparecerá la culpa por dejarte ir sin oponer resistencia, y es quizá eso lo que esperabas para echar marcha atrás con tu decisión aparentemente firme. Un poco de aguarrás para diluirla suavemente.

Toda una gama de modos de sabotearla aparecen ahora que ya es tarde, naturalmente,

siempre tarde... Contaminar tu paso con una montaña de cuentos sin terminar, con las

perdices que nunca comimos felices.

Sobre el margen del cuaderno repentinamente fue apareciendo un catálogo impreciso de presumibles palabras surgidas a partir del rencor. Detallar sin aparente minuciosidad lo que no voy a decirte si llegases a volver, para no exponer deliberadamente la efectividad de tu plan. Y me pregunto si el suponer de esto una premeditación no es brindarle demasiada importancia a mi persona. Entonces no. Quizá nada de esto fue planeado y de solo planteármelo y someterme a repensarlo empieza a tomar forma de afirmación.

En algún momento mi brazo extendido sobrevoló el escritorio arrasando con todo lo que hallara a su paso. En el suelo sobre una montaña de papeles, uno con cierto tinte a otro tiempo se destaca.

Una mano (derecha y mía) camina en dos dedos a un paso promedio, que prontamente será implementado como unidad de medida: a cuatro pasos y una uña de mí, un umbral de papeles exige un mayor esfuerzo a la mano alpinista.

Sobre una hoja amarillenta, reposa un poema tallado por la presión y fortaleza de una enmudecida lapicera. ¡No!..., no intento leerlo, no me hace falta para saberte allí presente, tanto como del otro lado de la puerta, y ahí custodiándome desde un portarretrato. Lucrecia en un poema, también por fuera de él. En ésta habitación y por fuera de ella, Lucrecia... Por todos lados, Lucrecia.

Un libro asoma su solapa sumergida entre una pila de papeles. Mi curiosidad por saber

de que se trata sabotea el hilo de mis pensamientos.

Desde el rincón y sutilmente mal esquinado (cosa que recién advierto) su preciado Ficus asomándose por la ventana, forzándose por proyectar una sombra imperceptible sobre el escritorio. Me es grato sentir su compañía, sus hojas tapizadas en variaciones de verdes, sumamente cálidas, agradables. Un Ficus, que bien suena. Un Ficus con su maceta un talle menor. Un Ficus, progenitor de ambientes cálidos. Un Ficus y yo. Un Ficus.

Tranquilo..., estate tranquilo vegetal con pretal, animal con bozal. Tranquilo. Ahora podrás decir solo lo necesario, hay que conservar el aire. Nadie afloja el bozal pidiendo respuestas. Nadie cuestiona la condensación del placer en un capuchón husmeando una oreja.

¿Castra la pena tu sonrisa amor? No. Abusas de las máscaras con vana ironía. Es una lástima que yo no sepa corromper el rostro que hay detrás de mi rostro. En carne viva me muestro (me encuentro), para que tú me apoyes un dedo frío (con el que un momento antes, habías disuelto las burbujas de detergente que tenían como emisario a un niño al que hiciste llorar) en el mentón y me encargues, como un cachorrito pidiendo caricias, que te otorgue una sonrisa. No ya, no ahora, dirías; pero los plazos eran igualmente cortos. Me hace falta una razón, te dije. No supe ver el motivo ahí adelante, lo sé. Pero la niña que juega con el niño hasta hacerlo llorar es tan ciega y sorda, ¡por Dios! A ver si al fin escuchas lo que te digo con una sonrisa manca:

“Calibrar intensidades de sonrisas es parte del arte del agrado y del perdón.”

Esto que murmuro es mi grito. No lo que canto. Lo que canto es lo que termina en grito por una impericia del cantor y de la acústica del día. Pero éste es el grito que murmuro. Sin saber para quién, para qué; si las sombras siempre serán negras, si las sombras siempre serán.

La fricción entre los días anunciada por largas campanadas no harán la chispa capaz de encender lo que yo no hidraté. La página sigue en blanco por debajo de lo que digo y de la sangre que en éste tramo derramo. ¡No amor mío, no temas mancharte! Hay ojos que escarchan lo que no ven.

Reincidentes desandares



 

Decir algo, mejor decir. Para no pensar siempre es mejor decir, por sobre lo que mi cabeza me dicta, decir. Gritar más fuerte que ella. Buscar las palabras que acompañen a lo que de todos modos diré. Las palabras de guarnición para este plato principal sin condimentos ni aderezos.

Y todo esto me conduce siempre a lo mismo. Porque terminaré aludiendo a lo vano. A

lo que hay de vano y a lo que no hay de perentorio, que en cierto modo es lo mismo. Un

mismo catálogo de cosas sin adulterar.

Las ansias son una sola. También es una la espera. Y esta no vulnerable redención de lo que no cede y se cristaliza. La rigidez en mis rodillas y un nudo en el pañuelo. El tablero de las prioridades o las ondas vibratorias de un portazo.

Pero hace cuanto ya que quiero decir algo. No sé, no hay nada. Ninguna palabra da volumen a mi condición de pozo en otro sapo.

Un puño que encuentra una pared, un puño (el mismo tal vez) que martilla una frente, un puño (bien apretado) que luego dicta sentencia sobre una mesa.

Todo esto que da nombre a la más primitiva tentación de gritar, de saltar sobre las cosas más frágiles, como para proyectarme luego a los más sólidos niveles. Eso es. Es eso pero con otras palabras más coloridas en el mañana. El por venir allá lejos, bien lejos. Sí, mejor así. Tiene que ser mejor así. Peores cosas me esperan al consumirse la tinta de ésta lapicera. Pero existe aún la tentación de gritar, de verme gritar con los ojos cerrados, gritar la palabra “gritar” haciendo un merecido hincapié en la “a”, pero no de escuchar un grito. Quiero gritar pero no quiero oír el grito, no quiero escuchar nada, ni siquiera los pasos de una vaca o el “mu” de un hombre haciendo de vaca.

Lo que comenzaba a sentir era como una detención, un parate en la circulación del aire, un aglutinamiento en la boca del estómago. Un sabor amargo tapiza mi lengua y se acentúa en la punta. Otra vez lo amargo, la aspereza de una manifestación física para demostrar que algo no estaba andando bien, pero remitiéndose a niveles mas elevados que los físicos. 

Noté repentinamente…,

como una innegable revelación,

el vacío de mi voz.

Vacío que nacía de mí,

que se gestaba certeramente en la degradación misma de la nada

previa al vacío. Lo noté en la sombra susurrada

que deja como una deshilachada estela,

un eco sombrío que espera agazapado detrás de mí voz su breve instante de existencia.

Mis palabras son como la síntesis sin sentido

que surge de la precaria combinación entre mi ser y mi voz,

entre la nada y el vacío.

Y si lo que digo ahora suena a hueco…, mejor acudir a lo que hace diez almanaques y en otro estado escribí…

“…Y mientras tanto, ella deja caer la sábana a sus pies, cubre su rostro con su pelo…, dos mechones ocultan sus senos. Sus manos se encuentran en el aire y en lo alto chocan débilmente, palma con palma, en tres oportunidades y comienza el canturreo.

Baila desnuda, armónicamente, tararea y mueve sus brazos en formas circulares, dibujando en el aire hermosos garabatos nítidos y llenos de orden, pacíficos, contrapuestos por entero al caos. Disfruta plácidamente bailando una melodía sin sentido que ella misma tararea. La veo volar, por momentos vuela. Se desliza de mosaico en mosaico. Zapatea descalza. Salta levemente y zapatea descalza. Dejando por la desnudez de sus pies de ser ya un zapateo.  Entonces patalea, sí, entonces sí; el metro y medio vigoroso bailotea de aquí para allá. Ella da vueltas, vueltas, más vueltas. Clava un pie en el suelo y suelta una nueva vuelta. Gira hacia la izquierda. Su carne y ella. Su rostro y ella. Y yo con ella. La sigo atentamente con la vista. No quisiera perderme ni un solo movimiento. Me sitúo a nivel de sus articulaciones pero también por fuera, en la pincelada y en la paleta de colores.

Por sobre su cabeza, contra la pared, un cuadro precioso completa con agrado la escena. Un cuadro situado en un perfecto paralelismo con el suelo, en el poco posible caso en que el suelo se inclinase, descendiendo levemente el flanco izquierdo de éste recinto y obligándome a flexionar mi pierna derecha para mantenerme en pie.

Es mas bien un dibujo enmarcado que la lapicera de un amigo pintor, dibujó en un papel cualquiera y en color azul: un hombre naciendo de su tumba y cargando su lápida, donde no había una inscripción encomendada con una delicada tipografía con serif, sino otro hombre (o el mismo) saliendo de su tumba y llevándose su lápida, donde otro hombre (o el mismo) nacía ya de adulto y de la tierra para cargar con su lápida, y así en una perspectiva infinita, siendo esta impresión proporcionada por el límite de la hoja mutilando a uno de los recién nacidos.

Pero hay un eslabón en la cadena previo al cuadro, una suerte de génesis por fuera de  él. Un eslabón anterior que tiene origen en ella. Ella que carga su lápida mientras baila; o más bien, ella que colgó su lápida de tamaño A4 en la pared y algo inclinada, para bailar un momento ahora que se sabe tan fuera de la tierra.

Y ahí está…, se calza al pasar las pantuflas, flexiona sus rodillas y mueve los brazos.  Me arroja una pantufla débilmente, como para que deje de mirarla…, a modo de protesta y sigue bailoteando desnuda. Se acerca, me roza con sus manos. Como aceptando esta disculpa que recorre mi rostro, beso al pasar su dedo meñique.

Mueve su delicada cadera y vuelve nuevamente a mover sus pies de a uno por vez. Primero el que conserva todavía el calzado y después el otro. Se mueve, no para aunque su cara denota cansancio. Me mira, zapatea con un pie y patalea con el otro. Bailotea y mueve sus pies hacia arriba y hacia abajo, sin tener ya ese movimiento un nombre apropiado. Mueve sus brazos, me llama y realiza incansablemente en forma ya agitada el movimiento sin nombre. Yo apenas sostengo el cigarrillo en mis labios, me resulta tan halagador estar ahí, solo yo con ella y ser un espectador de lujo. Por fin se va a detener, sí, ya se cortó la melodía…, ahí está, se detiene, para permanecer allí, tan frenéticamente quieta.

Definir deficientemente (no por impericia o inoperancia, ¿impericia?, ¿inoperancia?) como quien apila cubos de muchas formas. A éste le falta un lado. Contiene muchas formas, es contenido, me contiene y me sostiene. ¿A dónde voy con todo esto?, ¿qué querré decir? Nada, no mucho. No tiene importancia.” “Hay mujeres a las que habría que follarle el cerebro”, acostumbraba a decir Alejo, compañero en el fracaso del arte y de mantener el vaso lleno, al toparse con una mujer inteligente, “aunque una cosa no invalida la otra”, solía agregar en caso de que su belleza física lo requiriese.

Ahora, a pesar de todo, tengo serias intenciones de reírme. De reírme encima y sin pañales, como de niño. Como el niño que da sus primeros pasos y corre chueco y en línea recta desde los brazos de papá, hasta los brazos bien abiertos de mamá, siendo atacado por elogios y palabras alentadoras. De reírme a carcajadas (sin necesidad de un motivo), groseramente, con la boca sorprendida ante la ausencia del torno.

Aunque pensándolo bien, tal vez me fuera conveniente dormir, o salir a caminar y sentir mi cara entrando en el aire, o leer alguna novela abandonada hace tiempo, o mejor seria…., intentar armar el diario, reacondicionarlo y comenzar por hacer cruces en los clasificados, para mañana…, mañana, no hoy. Mejor dejarlo todo para mañana…. Mañana los indicadores del mercado dirán que sigue en aumento el consumo de vaselina. Mientras tanto yo sigo escribiendo, para no favorecer a la industria. No es imprudencia, es resistencia.

Dormir…, caminar…, leer…, buscar…Un abanico de opciones despliega siempre en mí un abanico igual…, vacío de elecciones.

De todos modos, ésta noche merece ser andada. Así que saldré a caminar…y mientras tanto a buscar, leer, dormir… ¿o es que una cosa invalida las otras? No, no siempre.

Y una vez echado a andar…, sacudir insistentemente contra el tronco de un árbol, palabras en desuso. Renovarlas, pulirlas hasta devolverles el brillo perdido; sentarme a la orilla de un cantero que me devuelva la postal de otro tiempo donde el trofeo a levantar eran canicas y no la precisión de una palabra (siempre por demás de imprecisas).

A donde voy con todo esto. En algún momento habría que reparar la dirección de este relato. Sin dejar de mencionar esto que advertí al verla bailar:

Nunca los pasos de ida coinciden con los de vuelta. Nunca.

La noche se derrama sobre el sol…

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