Oye, mamá voy a colgarte que el niño se ha puesto a llorar (...) Sí, ya sé que el papá te lo ha dicho, pero ya sabes que a mí eso no me interesa para nada (...) Además, le tengo dicho que no tiene porque sacarme las castañas del fuego..., lo ha estado haciendo durante toda su puta vida (...) Que no me ponga así con mi padre, joder, es que ya estoy hasta aquí de lo de siempre. Y sí, sé de sobra que necesito dinero porque la primera que observa su cuenta corriente soy yo (...) Pero, mamá ¿no te das cuenta de que también tengo al niño? (...) No, no me digas que tú me lo cuidarás porque solo hay que ver como está de atontada tu nieta (...) Sólo hay que verla mamá, por favor, si en vez de diez años parece que tenga tres (...) Espera un momento(...)
Ya estoy aquí (...) Mamá, pero si estoy tranquila, pero quiero que entiendas que con el niño..., y por favor, no hace falta que suspires cada vez que lo mencione. Con el niño, con el curso del paro y con la hipoteca no tengo tiempo para trabajar con un horario decente, así que me veo obligada a trabajar en esa mierda de trabajos de dos días, de tres horas y de cuatro perras, pero es lo único que hay. Mamá ¿te crees que yo no quiero también un poco de estabilidad? (...) Hostia, te he dicho que no me salieras con el mismo rollo del niño y del cabrón de Germán, él no se puede ocupar del niño, primera, porque no tiene dos dedos de frente, segunda, porque ya no vive conmigo y, tercera, porque no tengo ni la más remota idea de dónde está, ni tampoco me interesa (...) (...) (...) Sí, mamá, estoy llorando (...) No, de verdad que no necesito nada, gracias. Venga, ya hablamos. Adiós (..
No estaba siendo esa una de sus mejores semanas. Por supuesto, las había habido de peores, pero para ser jueves, ya le habían dicho en tres entrevistas: muchas gracias, ya le llamaremos. Ésta era, frecuentemente, la consigna más utilizada, sin embargo, a ésta le precedían algunas preguntas en torno al hijo que le acompañaba y si pensaba que aquello era una guardería. Por supuesto, ella al igual que el resto de los entrevistadores respondía con mentiras, excusándose por la enfermedad de la inexistente niñera o porque instantes después tenia que llevar el niño al médico- en ocasiones, el sentimiento de lástima era, aunque reprobable, factible.
Elena ya se afanaba en cambiarle los pañales al niño y salir a comprar por enésima vez algún periódico para encontrar un trabajo en condiciones. De hecho, lo que ella ahora llamaba "en condiciones" variaba mucho de lo que desde un principio consideraba un trabajo digno; ahora buscaba alguna cosa que le permitiera tener a su hijo al lado, o bien, de escasas horas para poder dejar al niño al cargo de alguna amiga. Era casi una experta en identificar el tipo de trabajo que se ofertaba según el vocabulario utilizado. De hecho, se había experimentado de tal forma que ya no requería leer más allá de la primera línea.
Aquella mañana, siguiendo la tradición, compró uno de aquellos periódicos y fue mirando de soslayo todos los membretes de cada uno de los recuadros. Lo de siempre. Sin embargo, hubo uno que le resultó desconcertante:
EMPRESA EN EXPANSIÓN
Solicita:
Personas de todas las edades, no necesaria buena presencia
No necesario estudios
Ni vehículo propio
Ofrece:
Sueldo fijo más comisiones
Trabajo cara al público
Espacio de trabajo propio
Elección libre de horario
Interesados dirigirse a: C/ Pablo Iglesias 7. 3º-6ª. Preguntar por Adolfo Gil
Como crítico experta que se había hecho en este tipo de anuncios, a primera vista, aquello parecía algo francamente engañoso, pues no se incluía el nombre de ninguna compañía, ni un código postal donde remitir un supuesto currículum, ni tan siquiera un teléfono de contacto donde pedir más información. Además, leyendo las exigencias, parecía que se tratara de algún sucio trabajo de explotación personal. Al principio pensó en la prostutición, pero no le convencía la idea de que una empresa de este tipo de servicios exigiera personas de cualquier edad. Quizá todas estas deducciones tan negativas fueran fruto de su escasa confianza. Al ver que la prostitución se escapaba de este tipo de publicaciones imaginó un tipo de trabajo de buzoneo de publicidad, o algo similar, ya que al ser tan abstracto cabía pensar en la relativa disponibilidad del trabajador.
Puesto que la dirección que allí figuraba le quedaba bastante cerca decidió acercarse para probar. No iba ni con ilusión, ni con ánimo, únicamente pensó en que necesitaba ese dinero; ya no le importaba el tipo de trabajo, por supuesto, aun no había descartado la idea de la prostitución. Así que reafirmó sus pisadas al tiempo que el niño empezaba a sollozar. Llegó a la dirección, miró al niño y, más decidida, empezó a subir los escalones de dos en dos.
NUESTRO ESPACIO S.L.
Llamó a la puerta y una femenina voz le mandó entrar.
- Hola, estoy buscando al señor Adolfo Gil, vengo por lo del anuncio
- Ah, si pasé- la supuesta secretaria se quedó mirándola de arriba abajo, clavando los ojos en el bebé que llevaba en brazos- Me dice su nombre, por favor.
- Elena Gimeno
- Muy bien, el señor Adolfo le atenderá en un minuto
- Gracias
La joven se acercó a la otra puerta y le dio el nombre, a quien estuviese dentro, de Elena con otros datos:
- Señor, es Elena Gimeno, de estatura media, delgada y con un niño
- De acuerdo, hágala pasar- pudo entender Elena.
Ni siquiera había tenido tiempo de sentarse. La secretaria la invitó a pasar a la habitación contigua sosteniéndole la puerta. Elena, observando las láminas de aquel vestíbulo, llegó a la puerta sin reparar en que el tal Adolfo ya la esperaba de pie con la mano tendida.
- Buenos días, señorita Elena
- Hola.
- Tome asiento y le explico un poco en que consiste este tipo de trabajo
Con parsimonia y tras haber aceptado no fumar en presencia del bebé, se acercó al borde de la mesa, apoyando los antebrazos y anudando sus dedos, para carraspear y comenzar un largo parlamento.
- Verá, no es fácil el tema que le voy a explicar. Déjeme primero que le cuente el porqué de este trabajo, para que luego usted decida si quiere o no conocer las características de ese puesto de responsabilidad. Como bien sabrá usted, desde hace algunos años, la llegada masiva de inmigrantes a nuestro país ha generado multitud de consecuencias que se han reflejado en el aumento de la violencia, en una mayor demanda de trabajo; lo que ha perjudicado que algunos de nosotros, los españoles, hayamos perdido nuestro puesto de trabajo porque esta mano de obra inmigrante es mucho más barata. Desde luego, supongo que usted sabe muchas más causas de este problema que nos atañe a todos, como, por ejemplo, el tema de la mendicidad. En cuestión de cinco años se nos han llenado las ciudades de rumanos, colombianos, marroquíes,..., que te esperan en cada semáforo, bien para limpiarte la luna delantera, o bien, para pedirte una limosna al tiempo que te muestran a un bebé que mama de su pecho. No, no se extrañe por esto, sé que usted puede pensar que se trata de racismo en toda regla. No, de verdad, la idea de nuestra empresa es limpiar la ciudad. Ojo, no me malinterprete y se tome esto como si fuéramos una panda de skins. Es decir, vamos a ver, entendemos que en las ciudades, como en el resto del mundo, debe existir la división de la pobreza y de la riqueza, que, por tanto, habrá zonas de mayor abolengo que otras. Porque nosotros no pretendemos cambiar ahora el plan urbanístico de la ciudad– aunque estemos dentro de ese proyecto–, sino de lo que se trata es de adecuar el mobiliario urbano a la mentalidad de la ciudad. No, no se extrañe, enseguida lo entenderá. Verá, según estudios recientes, la gente de los barrios se queja de que en cada esquina hay un nuevo mendigo pidiendo. Porque sabrá usted que en los barrios, pues, cada uno conoce a sus indigentes, incluso entabla conversación con ellos y le da comida o restos como si fuera el perro callejero que deambula por sus calles. Hasta ahí todo bien, pero con esa llegada masiva de inmigrantes que le decía al principio, ahora la gente ya desconfía de toda esa multitud de personas de distintas razas. Si, ya le digo, no se trata de un problema de racismo, sino de una homogeneización de la pobreza o, por lo menos y mejor dicho, de una legalización de la mendicidad. Entiéndame que yo con esto no estoy diciendo que usted sea una de esas chicas de la calle que pide a la puerta de un supermercado. Si ya le digo, ahora mismo tenemos en nuestro equipo a un médico cubano que está trabajando con nosotros y le hemos colocado en pleno centro de la ciudad, que es la mejor zona, y está ganando en torno a los 30€ al día, que, oiga ganar 150.000 pesetas al mes no está nada mal, teniendo en cuenta que no se trabaja los lunes por la mañana, ni un día entero que usted escoge libremente, más puentes y vacaciones.
Además, trabajamos en toda la península, es decir, que si usted en verano quiere seguir trabajando, y como aquí en agosto es horrible, decide irse a la playa de Gandía, pues eso, nosotros le buscamos una pensión y le colocamos en algún sitio y a disfrutar. Así de fácil.
Entonces, y para que no se me extrañe más, le cuento más o menos en que consiste el trabajo. De lo que se trata, se lo voy a decir sin tapujos para que no me malinterprete, es de trabajar como mendigo, o sea, como toda esa gente que pide en la calle y que nos molesta. Sí, sí, ya sé que puede parecer algo ruinoso, pero no. Nuestra empresa está colaborando con todos los ayuntamientos, desde hace ya casi un año, con ciudades de más de 50.000 habitantes para que se legalice este trabajo, o para que por lo menos esta gente esté controlada, me refiero a los que vienen de fuera. En realidad esto va un poco más allá, de lo que se trata es de crear necesidades y de que los servicios mínimos que se oferten tenga cierta utilidad, creando al mismo tiempo una sensación de seguridad ciudadana, algo que habíamos perdido. Por ejemplo, si se ha fijado, desde hace unos meses en la avenida que va de camino al cementerio, hay siempre dos mujeres en cada semáforo que venden pañuelos de papel o pequeños ramos de flores secas. Y se lo crea usted o no, la gente lo compra y da unos importantes beneficios. Lo mismo que en la Gran Vía, a la altura del cruce con la otra Gran Vía, ahí donde están construyendo el complejo hotelero ese, hay tres hombres, dos españoles y un peruano, que limpian los cristales del coche, pero es porque con la cantidad de polvo que se levanta con motivo de las obras los coches se ensucian mucho. Ahora bien, todo esto está perfectamente regulado, es decir, un paquete de kleenex tiene un precio X, lo mismo que el ramito de flores o la limpieza de cristales.
Lo que ocurre es que ahora ya no quedan puestos tan fáciles como esos, lo que queda ahora, que implica ciertas dotes de comercial; si uno vale se lleva unos ingresos muy superiores al de los de ubicación y producto fijo. Por lo que le decía del médico cubano, él está a la salida de uno de los grandes almacenes con un cartel de esos con faltas de ortografía, una pierna de madera postiza y un maquillaje muy realista. Y, ojo, este ficticio mendigo está contratado por la empresa que lo tiene en su puerta, no es que nosotros le coloquemos ahí, no, es la empresa la que nos pide a nosotros un mendigo de ciertas características. Ellos no nos pagan, o sea, sí. Por ejemplo, cada jefe de planta todas las mañanas le da una moneda de 20, 50 céntimos, lo mismo que los empleados. Eche, eche cuentas... ¿qué hay de malo? ¿que le reconozcan? Es que es imposible porque, primero, que se le va a maquillar para que tenga un aspecto más demacrado, porque con lo guapa que usted es no le darían ni un céntimo, después, no se ubica cerca de su zona, sino en algún barrio contiguo o donde usted prefiera, para que no se le pueda reconocer. ¿Qué me dice? Además, y perdone que le sea tan franco, usted podría trabajar con el niño, porque daría un juego más melodramático. ¿Qué me dice? En la zonas residenciales de adosados y grandes parcelas nos han pedido gente para las puertas de los supermercados; tenga en cuenta que son barrios donde hay gente con dinero, vamos, los nuevos ricos. Sí, esos que van de modernos y tolerantes, pero que si tienen que dar algo a alguien antes se lo dan a una muchacha española con niño que a un ecuatoriano. Así es. Sinceramente.