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Sancho Ferrer, Rodrigo D. (Jaromir Hladik)

Qué / Qué



Ya lo sabes. De sobra. El botón de arriba es para que la máquina escupa ese café viscoso e insípido que tanto te gusta a media mañana. El de abajo expulsa una sustancia serosa que emula el sabor del chocolate a la taza. Aún así te haces el loco y le preguntas a la nueva becaria qué botón expende qué, y lo preguntas con esas palabras, que, sin darte cuenta, son las primeras palabras que le diriges a esa persona, a ese ser humano, y si sigues analizando –algo que sólo podrás hacer restrospectivamente mucho tiempo después- te das cuenta de que la elección y ordenación de las mismas no es la más adecuada si lo que precisamente deseas es comunicarte con claridad y por otra parte, comenzar una relación fluida con esa chica nueva de la oficina, tan guapa y tan joven. QUÉ BOTÓN EXPENDE QUÉ. Vayamos por partes. Hay algo que ya de antemano resulta un tanto desagradable en la expresión, y es la aparición del verbo EXPENDER, ese mismo, con sus tres e y esa x anticlimática, cortante como un filo, una palabreja, digámoslo, fea, expender, quedaría mucho mejor si le cambiáramos el acento a la segunda sílaba y la convirtiéramos por arte de magia en una marca de barritas de chocolate energéticas norteamericanas, Expénder, eso ya es otra cosa, aunque así, aguda, como nos gusta aquí en nuestro país, piensa uno si no será también una palabra compuesta que nos llegó tras siglos de evolución a esta forma y a este uso, cuando en realidad se refería al estado posterior a “pender”, que sería el de los cadáveres de los ahorcados sobre una carreta, pero no, más tarde todo se pudo comprobar, la cosa viene del expendere latino, de la venta de menudeo, a lo que se dedica, en resumen, la máquina expendedora de cafés y otros tentempiés junto a la que intentas cambiar el rumbo de tu vida afectiva. Así que hay algo ya viciado de antemano en la oración, rematado quizá por la leve aliteración que se observa, el cúmulo de oclusivas, el desacierto de empezar y terminar con el mismo vocablo, como si fuésemos a enlazar indefinidamente en un bucle estelar aquello que hemos dicho, QUÉBOTÓNEXPENDEQUÉBOTÓNEXPENDEQUÉBOTÓNEXPENDEQUÉ, algo así de enfermizo, como aquellos juegos de la infancia en que nos repetíamos maravillados hasta la extenuación una palabra cuyas sílabas cambiadas de orden formaba otra, MONJA MONJA MONJA, CABRÓN CABRÓN CARBÓN, así ad infinitum. Lo que en condiciones normales ya de por sí sucedería tiene por lo tanto ahora muchas posibilidades de producirse; ella no te entiende. Por eso contesta a tu pregunta con un seco y distante –es probable que desde donde llega su respuesta ni siquiera acaezcan galaxias- ¿QUÉ?. Más leña al fuego. El problema es que, falto de reflejos, algo encorvado en dirección a la máquina, con ella plantada a tu derecha en el interior de un increíble vestido de fina tela negra, de verano, esos que te gustan, con ella así y tú fingiendo que no sabes utilizar la máquina de cafés de toda la vida, el problema es que lo que tú contestas a su qué que contestaba a tu qué botón expende qué, es “EXPENDE QUÉ”, y no, no estáis jugando al teléfono loco ni hay porque entrelazarse en esa vorágine verbal incontrolable pero tú crees haber sido cortés o gracioso, o ingenioso, o como poco has podido demostrar que eres rápido, que eres un tío que optimiza recursos, para qué repetir toda la frase si ella te ha dado la primera palabra, claro, no lo piensas, sólo después, mucho tiempo después, cuando ya es tarde, cuando en realidad percibes que es normal que ella no entendiera la primera vez que le dirigiste la palabra, tu tono de voz es muy grave además de ronco –años de cigarrillos y cafés de esa misma máquina- y su oído nunca lo había escuchado, su oído interno, suspendido en el interior de su pabellón auditivo, todos esos huesecillos tan increíblemente diseñados, imaginas su trompa de Eustaquio, casi como bordada lentamente, su yunque, su martillo, y de pronto esa ráfaga de ondas sonoras deformes, tu voz preguntando algo mal formulado, qué desastre, como una manada de elefantes ciegos, gordos y ebrios, entrando en una fábrica de miniaturas de cristal.

Es inevitable, pues, un segundo episodio de extrañamiento, ella parece mover levemente su ebúrneo tórax hacia atrás, un acto reflejo defensivo, mientras tú te incorporas y dibujas una sonrisa bonachona que, no lo sabes, quizá le haga acordarse de su abuelo o de algún tío segundo bastante pesado, todo en milésimas de segundo, ella ya te ha regalado su segunda palabra del día, “¿PERDONA?”, y te la ha dejado así, dicha con una incalculable suficiencia, con el desdén que sólo alguien que sabe que podría poner de rodillas a todos los hombres de la oficina en tan solo diez minutos posee, “PERDONA”, tú arqueas las cejas e intentas parecer tranquilo pero increíblemente y señalando a los dos botones –el de arriba café, el de abajo simulacro de chocolate- vuelves a la carga con un “QUE QUÉ BOTÓN EXPENDE QUÉ”. Parece que no tienes suficiente. Debe ser tú día QUE. Hay días que nos da por una palabra y esta claro cuál es la tuya de hoy, y estás de suerte por que al contrario que CETÁCEO, la que has elegido la puedes poner aquí y allá, según su valor gramatical en la frase, de ahí tu alarde con un nuevo QUE como transpositor de una proposición subordinada (con verbo principal decir elíptico), pero claro, esto lo viste luego, días después, ni idea tenías del monstruo que estabas creando en aquel momento.  Mantienes la mirada fija en ella y no eres capaz de darte cuenta de que la situación ha superado los límites de lo rutinario para ir cubriéndose lentamente de una pátina enrarecida y algo violenta, como esas sábanas de hormigas que pacientemente van invadiendo el cadáver de un pájaro muerto.

Ella da un pasito atrás –no puedes evitar bajar la vista hasta sus pies, maravilloso pies, minúsculos, pies chinos o japoneses, el leotardo negro y el remate en esa manoletina de terciopelo negro con un lacito en el empeine, casi se puede intuir todo el pie, pie de bailarina o de geisha- el pasito atrás, disimulando, sin duda que lo que hace es alejarse un poco para facilitar una presumible huída del lugar, al fin y al cabo es su primer día, ella sólo quería tomarse un Aquarius de Limón y ahora tiene a un hombre delante mirándole los zapatos al que no es capaz de entender y que parece tener una fijación con la letra e, como en aquella melodía infantil, TENGUE ENE ERMEGUETE EN LE PENCHETE, QUE ME ESTE HECENDE QUESQUELLETES, E ME PEQUE, E ME PEQUE, ad infinitum.

Pero, ya lo sabes, ni siquiera eres capaz de ponerte en su lugar, y cuando haciendo gala de una artificiosa e interesada amabilidad te ofrece una sonrisa pizpireta y un “CÓMO, PERDONE, NO LE ENTIENDO” tú, como una de esas muñecas bobaliconas, coges carrerilla para volver a repetirle, esta vez con un tono que suena algo brusco, quizá incluso tiznado con algo como violento, “QUE QUÉ BOTÓN EXPENDE QUÉ”.

Ha pasado. Tenía que pasar. Los de las mesas cercanas han levantado la cabeza de sus pantallas de ordenador y están observando la escena, señal inequívoca de que el volumen con el que le has hablado a la guapísima nueva becaria es excesivo, algo que se ha elevado sobre el oleaje hipnótico del rum rum de los ordenadores, las conversaciones telefónicas, las risitas y el tic tac de los teclados tecleándose. Le has gritado. No un grito como para llamar a un hijo que se va a caer de espaldas a una piscina, o un grito de esos para insultar a un colegiado en un estadio de fútbol; no, un grito más doméstico, no técnicamente un grito, sino algo como su preámbulo, el típico “QUE NO ME TOQUES EL COCHE” o el “QUE TE HE DICHO QUE TE PIRES” que cualquier adolescente problemático le espeta a otro en los aledaños de una discoteca momentos antes de emprenderla a mamporros con él. Algo así, esa cadencia en la manera de decirlo. Por eso, aunque los empleados no saben de qué carajo estáis hablando han podido percibir el rumor de un pasaje violento y su sistema nervioso les ha opuesto alerta. Y ¿qué han encontrado? Al honorable y respetado Inspector con más de quince años de antigüedad en la empresa gritándole a la recién llegada becaria –envidiablemente elegante- junto a la máquina de cafés. Por lo tanto, se hace el silencio y, desgraciadamente, te das cuenta con todo el subidón de adrenalina que ello conlleva. Barajas las opciones en décimas de segundo y sabes que todo se arreglaría con una buena carcajada o girándote y pulsando de una vez el maldito botón de la máquina que sabes, de sobra, que te proporcionará la dosis de café necesaria para continuar con tu trabajo una horita más, olvidándote de la nueva becaria y de los quince inenarrables futuros que tu cabeza ha imaginado desde que la viste entrar a las 8 y media de la mañana con su vestidito y sus zapatitos. Pero las segregaciones internas descontroladas nunca traen nada bueno y no va a ser ese momento una excepción; ella se ha retirado aproximadamente un metro y medio, buscando el amparo de la mesa más cercana a la máquina y apoyando su mano sobre el borde de la misma, como quien busca disimuladamente un cuchillo en el cajón de la cocina cuando el malo de la película le pregunta donde esconde el dinero y las joyas, balbucea. No ha podido concentrarse en el contenido del mensaje por culpa del tono que has utilizado así que no puede más que, frunciendo el ceño, decir un “NO ENTIENDO” que parece ya no hacer referencia tanto a lo que le estás preguntando como a la situación en sí, un No-Entendimiento que en realidad pretende revelar un malestar generalizado, una especie de SE TE ESTÁ YENDO LA CABEZA A MANHATAN, que rápidamente busca adeptos entre el personal de la oficina – no nos engañemos, se trata de el Viejo Carcamal Cuarentón molestando a la ingrávida princesita recién licenciada con tres o cuatro Carreras y Másters y Post-Grados que le pone cachondo y a la que le gustaría llevarse como a las otras después del trabajo a alguna Jam Session de Jazz para invitarle a copas y ver si le puede meter mano e incluso con  suerte, si es un poco golfa, llevársela a un hotel a pasar la noche, y así, ad infinitum- encontrándolos –lo cierto es que la mayoría de los empleados en esa planta son gente joven, también con sus Carreras y sus Másters que no han olvidado todavía el terror del primer día, las injustas reprimendas, etcétera-.

Tú ya no estás sereno, ya no estás OK, lo sabes, y ella está ganándote terreno, miras a tu alrededor y ves las caras acusadoras observando tus movimientos, sí, te estás rascando la cabeza, eso denota inseguridad, nervios, y ellos te miran, te sientes literalmente acorralado y por eso intentas recuperar la tranquilidad, utilizar un tono jovial, campechano, como al principio, por favor, volvamos al principio, cambiemos la frase, se puede decir de otras maneras más informales, se te ocurren miles ahora mismo –demasiado tarde- CÓMO FUNCIONA ESTE CHISME o SABES CÓMO VA ESTO ó PODRÍAS DECIRME CUÁL ES EL BOTÓN DE LOS GIN TONICS, sí, eso hubiera estado bien, pero ahora la tienes ahí delante – qué destreza en el maquillaje, cómo hace resaltar el verde de los ojos la línea –una orilla de rimel- de los párpados- y tu aparato fonador –porque es ya una cuestión exclusivamente –oclusivamente- suya- escupe al aire, no te lo puedes creer, un tercer o cuarto “QUE QUÉ BOTÓN EXPENDE QUÉ” que para colmo, repites instantáneamente aumentando el volumen, como si la chica fuera sorda o gilipoyas; “QUE QUÉ BOTÓN EXPENDE QUÉ”, “QUE QUÉ BOTÓN EXPENDE QUÉ”, “QUE QUÉ PUTO BOTÓN EXPENDE QUÉ PUTA COSA” –lo de puta sobraba, pero eso lo sabes ahora- “QUE QUÉ MIERDAS DE BOTÓN EXPENDE QUÉ MIERDA DE PUTA COSA, QUE QUÉ COJONES TE PASA QUE NO TE ENTERAS PUTA –ese puta, decididamente se ha equivocado de posición- “QUE POR QUÉ NO TE VAS A TU PUTA CASA A TOMARLE EL PELO A OTRO, CALIENTAPOLLAS” .Bueno, no está mal, has podido abandonar la primera expresión, obviamente confusa, para utilizar otras que brillan, sin duda, por su claridad. Lo que sucede es que a tu alrededor la gente ha pasado a la acción; los jóvenes más apuestos se han levantado de sus sillas y se acercan hacia tu posición para reducirte mientras las secretarias más veteranas –entre ellas ves a Reme, la tuya de toda la vida- acogen en sus brazos a su nueva Lady Di, que escenifica a la perfección un drama clásico con lágrimas incluidas –¡Cómo descorren el rimel, pasos en la orilla del mar de sus ojos, ay!-. Acorralado contra la máquina escuchas a los jóvenes pidiéndote tranquilidad y ahí tu aparato fonador –gruñen los perros, algunos mamíferos marinos emiten infrasonidos- comienza con su batahola de exabruptos para ahuyentar al enemigo. “PERO QUÉ COÑO OS PASA A VOSOTROS” “LO SABÉIS VOSOTROS, QUE QUÉ BOTÓN EXPENDE QUÉ, QUE DÓNDE ESTÁ EL CHOCOLATE Y DONDE EL CAFÉ, MOCOSOS DE MIERDA, QUE QUÉ EXPENDE QUÉ BOTÓN” “OS VAIS A IR TODOS A LA PUTA CALLE”. Fíjate, ahora puedes saberlo; en eso último te equivocabas.

Los de seguridad llegan desde el piso inferior y te sacan de allí, alejándote de la máquina, alejándote de los quince posibles futuros –uno de ellos, atención, os situaba contemplando un atardecer desde los enormes ventanales de una casa pintada de lila en la Toscana italiana- alejándote de tus quince años de servicio intachable a la empresa –Sí, es una etapa difícil, el SÍNDROME DEL ECUADOR lo llaman, una especie de Mal Tropical empresarial, mucha presión, muchos años, la crisis de los cuarenta, algo totalmente habitual- alejándote de tu sueldo con el que sufragar futuros posibles, alejándote específicamente de sus labios –hojas de sauce llorón puestas a secar al sol-, alejándote del pronombre y conjunción QUE/QUÉ –tu palabra del día-, alejándote muy lejos, como apartan de la manada los animales africanos a los que ya no pueden seguir el camino, dejándolos solos en mitad de inabarcables llanuras infestadas de hienas y cocodrilos, esas donde las molestas hormigas de la extrañeza han terminado por sepultarlo todo, arrastrándote ahora hasta su oscuro hormiguero. Sí.

Lo pone bien grande en el Fax que llega esa tarde a tu casa, mientras buscas en el Diccionario las distintas funciones del Que y anotas en un papel variantes que podrías haber utilizado para conquistar a esa chica junto a la máquina de café. Ahí lo pone; ESTÁS DESPEDIDO, y abajo en una pequeña postdata, el tiro de gracia;  1.CAFÉ 2.CHOCOLATE 3.AQUARIUS.

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