Blanca, mi otra Blanca, estuvo en Dublín, que es otro sitio en el que a veces me instalo, un buen lugar donde simular que tienes una vida, acaso otra, mejor. Blanca estuvo diez días y se fue y ahora pienso en ella y sonrío. Y pienso en ella y me sueno los mocos.
Igual es el frío raro de agosto en la isla.
Blanca era mi amiga cuándo estudiaba derecho. Estudié derecho por equivocación. Y por pasta. Como no tenía, el estado me pagaba. Estudiaba por dinero, como un alumno prostituta.
Blanca tenía los ojos verdes y la nariz sembrada de pecas, como si fuera irlandesa. Apenas ha cambiado en todos estos años.
Había venido a Dublín con Ana, que un día fue a clase con nosotros y ahora es juez. Llegaron a la capital después de un leve periplo por la isla en el que conocieron a gente con dientes y a gente con la dentadura postiza. Y a un irlandés y a nadie postizo. Y a un noruego que quizá sea comunista. Blanca dice que los irlandeses son “de verdad” y yo digo que son la ficción y que son enanos y verdes y que viven detrás de portales negros, de inviernos lentos, que son una hoguera detrás de una ventana empañada.
Antes de Dublín pararon en Cork, que es donde Ana conoció al noruego. Hablaron mucho rato y se despidieron con un mordisco. Luego viajaron en paralelo y desembocaron en Dublín. Y era viernes por la noche y no había plan, pero había tequila y un concierto de Tom Waits al que nunca fuimos. El noruego tampoco.
Al final Ana le escribió un mensaje y el noruego se vino a mi casa. Era un tipo muy alto que no parecía de Laponia. Nos contó que que se llama Dag y que es redactor de un periódico maoísta. En Oslo. Tenía pinta de que la noche entre Ana y Dag acabaría en delicadas posturas de gimnasia china y le propuse a Blanca que se quedara a dormir en casa, que a mi no me importaba dormir con la justicia. Ana y Blanca compartían habitación en un hotel pero no querían descongelar Noruega al alimón.
Bebimos vino. Y luego cerveza. Y tequila. Igual sólo bebí yo y ella me acompañaba. Blanca es muy dulce.
Nos acostamos hacia las tres o las cuatro y yo me desperté a las siete con la sensación de haber dormido demasiado. Pensaba que sería más tarde. Y me puse a leer y creo que hasta escribí. Sería después de la primera frase cuándo decidí ir a hacer café. Blanca se despertó con el efluvio de Italia en el tabique y bajó las escaleras que separaban su suite de la cocina como una rata hipnotizada por un flautista: era una mujer colocada por el café recién hecho por un hombre mujer. Le dije que era muy pronto para despertar, que no había prisa y que soy insomne. Le sugerí que se volviera a la cama. Pero ella dijo que no, que el café olía muy bien y que no se iba a ningún sitio. Parecía contenta.
Se despertó con el estilismo que le presté para desaparecer bajo las sábanas un poco arrugado. Como no tenía previsto quedarse a dormir le dejé algo ropa. Y como casi no tengo ropa ni jamás llevé calzoncillos, no me fue tan fácil porcurárselo. Por suerte había estado en Barcelona la semana anterior y me había aprovisionado de algunas prendas de Borja. Borja es mi amigo y él haría lo mismo y seremos más felices con la ropa cambiada.
Siempre me vestí con la ropa de los demás y siempre tuve amigos que me robaban. Era precioso.
Blanca se acostó con una camiseta que me había regalado Aleix hace siete años. O séis. Quizá cinco. Es una camiseta roja con una inscripción gastada y el cuello abierto y a Blanca se le veían los omoplatos cuando se la puso. Le pregunté si quería que le dejara “unos pantaloncitos” y, de pronto, al pronunciar el diminutivo, pensé que igual en lugar de ser yo era mi abuela. Me sentí bien, realmente como si fuera mi abuela, y pensé que el diminutivo la disuadiría. Pero Blanca dijo vale.
No tenía calzoncillos, pero tenía un bañador amarillo. El bañador amarillo era amarillo con rayas verdes. Se lo robé a Borja para ir a Sicilia y casi lo pierdo en mis sucesivas inmersiones en el azul italiano. Borja es delgado pero igual yo lo soy más. Y seguro que las gaviotas sicilianas me vieron el culo.
A Blanca le pareció bien la combinación.
Se despertó y se le veían las pecas con relieve y los labios cortados. Se le movían las aletas de la nariz. Y luego el café en los labios. Y, de repente tenía los ojos anegados de lágrimas.
Blanca lloraba a moco tendido y decía que no podía parar y sollozaba y murmullaba y le salían palabras mojadas de la boca, palabras que se diluían después del paladar. Yo la dejé llorar y seguí leyendo. Pero ella lloraba más y decidió ponerse sus botas y salir a la calle. Era un sábado por la mañana y Blanca salió de casa con los ojos rojos como la camiseta y con las rayas del bañador verdes como sus ojos. Y con las botas de cuero, las botas bajas que se había traído de Barcelona, puestas como hipopótamos tristes. Y yo pensé que si alguno de mis vecinos la veía salir de mi portal negro; quizá, entonces, me comprendería.
Blanca volvió a casa. Tenía los ojos rojos y la camiseta roja y los pantalones a rayas y las botas y decía que no entendía nada y yo le dije que no se preocupara. Luego hablamos de la velocidad del alma y de la velocidad del cuerpo. De su escisión irreparable, de las reacciones a destiempo y de lo delicado que es encajar nada.
Le preparé unas tostadas de pan sin levadura y le propuse que fuéramos al parque de al lado de casa en bicicleta. Ella sonrío y las pecas se le acumularon en el ceño y me dijo que vale.
Mi compañero de piso tampoco duerme demasiado y pasa muchas noches fuera de casa. Y, a veces, él no está pero sí su bicicleta. Y era un sábado por la mañana y yo no estaba sólo y había dos bicicletas y no llovía del todo. Así que pillamos la bici sin preguntar porque la felicidad es compartir y porque él hubiese hecho lo mismo.
El cielo estaba dividido y los portales del barrio tenían gotitas de lluvia recién caída. El sol estaba limpio, el cielo ovalado, una cúpula fresca a la que parecía que alguien hubiese pasado un abrillantador. Blanca eligió la bicicleta de mi compañero. Decía que se sentía cómoda y no parecía que el asiento le transmitiera tristeza.
Íbamos por la izquierda y Blanca estaba extrañada y estaba contenta. Pasamos por una calle en la que siempre hay muertos y no vimos a ninguno. Luego giramos a la izquierda por la calle de las grúas naranjas, unas grúas muy altas que de noche parpadeaban en rojo y le dije a Blanca que me gustaba ir de noche y filmar las lucecitas rojas. Igual era mentira.
Llegamos al parque después de saltarnos un semáforo en rojo. Yo le decía a Blanca que confiara en mí. Pero yo ya no era abogado y ella sí. Y yo me saltaba los semáforos y ella no.
Así que llegué primero. La esperé mientras intentaba cruzar una calle sin paso de peatones. El disco se puso en rojo y yo le sugerí que pasara. Y lo hizo, bendita justicia en contradirección, y casi la atropellan.
Subimos por la cuesta del parque dónde están los castaños y el cielo irlandés se movía como una bailarina del vientre y las nubes eran como su alhajas, como pulseras holgadas que se deslizaban por el brazo de abajo arriba y de arriba abajo. Las nubes irlandesas se mueven mucho y nosotros pedaleábamos. Pasamos por el obelisco que se levanta al principio del parque y le dije a Blanca que era un regalo de Napoleón a los irlandeses y ella abrió la boca y dijo Joder muy suave. Blanca es una de esas bocas en que no caben los insultos. Luego le dije que era mentira y me dijo que era un cabrón
…
Y era como si me llamara príncipe mío. O príncipe pío.
..
Se veían garzas de cola azul cruzar el cielo y luego doblamos a la izquierda y subimos por una cuesta suave y Blanca casi se desloma. Teníamos agua y una manzana y yo pensaba que sólo nos faltaba cerveza para abrazar la posteridad.
Subimos otra rampa y sugerí que nos detuviéramos en unos bancos blancos que están en medio del césped, en lo alto de un risco. Era como estar en una iglesia sin techo y le dije a Blanca que podíamos aprovechar para hablar con Dios. Al final no le dijimos nada. Es lo que tiene Dios: se te olvida todo el rato.
El verde cambiaba como si fuera esdrújulo y periódico y volvimos a las bicis. Yo tenía un plan y Blanca no lo sabía y seguimos pedaleando y las nubes ya no hacían danza del vientre.
Pero la habían hecho.
Atravesamos un bosque de abetos y vimos los rayos del sol entre los árboles y parecía que nos persiguieran. Blanca dijo que le gustaba el parque y que le gustaba la luz como si no estuviese cansada. Y las palabras no se le rompían y ni siquiera jadeaba. Pensé que unos pulmones como los suyos no me vendrían mal.
Después del bosque había una explanada inmensa como un campo de tulipanes holandés. Pero no estábamos en Holanda, sino en Irlanda. Y no había tulipanes sino una manada de ciervos. Los bambis eran mi plan secreto y se les veía lejos y luego pedaleabas por un camino de hierba y se les veía más cerca. Nos detuvimos y contemplamos a los ciervos desde una distancia relativa. El cielo ya estaba bipolar y por detrás de la cabeza de Blanca era una fumata negra y por delante de la mía, una fumata blanca. Nos acercamos un poco más y algunos ciervos se incorporaron y otros nos miraban sin parpadear. Le dije a Blanca que los ciervos son hipnóticos y ella tenía la boca abierta y no contestaba. Luego le dije que el cielo estaba bipolar y ella me preguntó si iba a llover y noté una gota en el brazo.
Los ciervos estaban en la dirección de la parte azul del cielo y Blanca me preguntó si podíamos atravesarlos. Le dije que sí, pero que provocaríamos otra escisión. Y entonces ella me dijo que siempre que no tenía fuego y lo pedía pensaba que su intervención podía desencadenar el final de una pareja, o la interrupción de un clímax. Yo le dije que no se preocupara por los clímax, que casi ya no sucedían, y le sugerí que dejara de importunar a las parejas y le pidiera fuego a la gente que fuma sola.
Y avanzamos hacia los ciervos y nos miraban como animales heridos y la lluvia empezó a caer con fuerza. Y avanzamos más y la manada se escindió. La mitad se fueron a la izquierda y la mitad a la derecha y Blanca dijo que igual habíamos acabado con una historia de amor a punto de consumarse y yo le dije que igual habíamos solucionado un caso de maltrato entre un ciervo maltratador y otro maltratado. Y ya tenía la boca llena de agua del cielo y pedaleamos más fuerte y escuchamos el aullido raro de uno que igual todavía no tenía cornamenta. Y no miramos atrás y pedaleamos fuerte y ganamos a la lluvia.
Consol Tura Cráneo