Ahmira dejó a los demás niños
persiguiendo a una rata que había tenido la mala ocurrencia de salir de su
agujero a pleno día. Tiró el palo hacia arriba sin esperar a ver dónde caía y corrió
hacia la cabaña. Tenía un lugar especial reservado para la voz de ella, que
transformaba a la Ahmira
de los juegos con los amigos en proveedora del agua, de las raíces y
tubérculos, y de vez en cuando, con el permiso de los hombres, de la carne.
Entró en la cabaña y al
momento salió con dos cuencos de barro, se perdió entre unos arbustos y
reapareció con los cuencos llenos de agua.
Kala permanecía tumbada de
lado sobre una manta. Se incorporó al ver entrar a su
hija y apoyó la espalda en la pared de barro seco. Los ojos le brillaban hasta en la noche más
oscura, parecían estar cubiertos de una bruma radiante.
Ahmira, vestida con sus
pantaloncillos cortos de todos los días, volvió a salir. Kala sorbió varias
veces del cuenco y se recostó otra vez sobre la manta.
Con el rojo del atardecer
dejando paso a la noche, Ahmira regresó cargada de palos y dos enormes rábanos.
Lo dejó todo en el suelo, miró a su madre que la observaba en silencio. Removió
la ceniza del hoyo abierto en el centro de la cabaña. Rebuscó con un palo fino
hasta que asomó un ascua. Sopló, avivándola. Cortó varios palos más y los puso
encima. Kala le sonreía satisfecha. Depositó otro puñado de palos y encima de
éstos, los más gruesos. En un momento, las llamas iluminaron la estancia.
Sobre unas piedras pegadas a
la pared encontró la navaja vieja de su
padre que servía para todo. Se puso en cuclillas al lado de la lumbre, peló los
rábanos, los fue cortando y depositando los trozos en uno de los cuencos de
agua, y lo colocó encima del fuego. Dejó caer la tela áspera que cerraba la
puerta. Se acercó a su madre, se tumbó a
su lado y poco a poco se remetió entre su barriga y sus piernas. Aquel calor le
hizo suspirar.
Un leve roce en los hombros
la despertó.
—Ya está —le susurró la voz en el oído.
Los trozos de rábano casi se
habían deshecho. Removió el espeso caldo con una cuchara de madera. Cogió el cuenco de
su madre, tiró el agua rociando el suelo de tierra, lo medió de caldo espeso y
lo volvió a colocar cerca de ella. Sacó el otro cuenco del fuego, se sentó al
lado de la lumbre y comenzó a sorber de la cuchara, soplando antes para no
quemarse.
—Mañana iré de caza, necesitamos tomar algo de
carne.
— Sí, hija. Que te ayuden los hombres.
— No mamá, soy yo la que les ayuda. Yo sé
dónde poner las trampas.
— Tu padre te enseñó muy bien.
— ¿Por qué se lo llevaron?
— Fueron los soldados de uniforme verde.
— Pero, por qué.
— Dicen que hay una guerra y que debemos
luchar para protegernos. Cuando lleguen las lluvias, volverá. Eso dijeron los
soldados.
— Cuando regrese, te llevaremos a la ciudad.
Kala sonrió.
— Te llevaremos entre los dos
—insistió Ahmira.
— Yo estoy muy bien así —lo dijo con tristeza
—. Toma, saca el cuenco fuera.
— No te lo has comido todo.
— La serpiente comedora de carne tendrá que
conformarse esta noche con esto.
Ahmira recogió el cuenco y lo
colocó junto al suyo fuera de la cabaña. Las
serpientes comedoras de
carne merodeaban por las selva
cercana y si no
se les ofrecía cada noche una ración de comida, podían enfurecer
y atacar
a las personas. Kala consiguió sentarse, Ahmira la agarró por la cintura
y la ayudó a levantarse. Su madre
respiraba fuerte y entrecortada, como si
necesitara todo el aire del mundo para ella sola. Salieron a la noche, bordearon la
cabaña y Ahmira se retiró unos pasos. En esos momentos tan íntimos, no podía hacer nada más que
dejarla sola. De pie, parecía aún más delgada. Los huesos de las piernas y su
estrecha figura se confundían con la noche. La esperó sentada en la tierra
roja, con los ojos infantiles perdidos entre las estrellas.
Regresaron despacio. La ayudó
a recostarse otra vez sobre las mantas y se tumbó a su lado. Los brazos maternales la
pegaron otra vez a su vientre, Ahmira apoyó la cara en el pecho que le había
dado la vida y con el ritmo de su
corazón, se quedó dormida.
El
amanecer los pilló bordeando la selva. La fila compuesta por tres hombres, dos
niños y Ahmira, la encabezaba uno con un viejo mosquetón. Los otros hombres llevaban machetes mellados por ambos
filos.
Kala
no se movió en todo el día. Una vecina se acercó con un cazo
viejo y humeante cuando el sol estaba en todo lo alto; entró en la
cabaña sin decir nada, observó
a Kala recostada, localizó un
cuenco, vació el cazo y salió sin volver a mirarla.
La
cacería fue provechosa. Ahmira llenó de frutos rojos una bolsa de piel y atrapó
una liebre. Los hombres traían tres monos colgando de un palo.
Entró contenta en la cabaña. Su madre la
esperaba con una sonrisa.
— La carne más sabrosa. Hemos cazado tres
monos –dijo Ahmira levantando la
larga liebre.
— Bien —contestó Kala con voz débil.
— ¿Has salido ya?
— Sí, hija —no era cierto pero no quería
preocuparla. No le quedaban fuerzas para ponerse de pie.
— La carne de los monos se repartirá entre
todos.
— Claro. ¿Puedes traer agua?
— Están ya maduros —le acercó la bolsa de piel
con los frutos rojos—.Con los monos, hasta que lleguen las lluvias no nos
faltará comida, y para entonces ya habrá vuelto.
Kala asintió con la cabeza. Las lágrimas se le
escapaban y tenía que dedicar su escasa fuerza a contenerlas.
Ahmira tuvo el tiempo justo,
antes de que anocheciera, para traer agua, desollar la liebre y colgarla en el
palo del centro de la cabaña.
Los días eran calurosos y las
noches frescas. Jugaba con los demás cerca
del río, al inicio de la selva, en la llanura, y los atardeceres se sucedían
vertiginosamente. En el momento en que el sol se volvía rojizo, su actividad se
repetía sin apenas variación. El agua, la cena, la salida, los restos de
comida a la puerta para contentar a la
serpiente.
Y
llegó otra noche más en la que Kala decidió que no necesitaba salir. Apenas
pudo incorporarse para sorber el caldo
caliente con trozos pequeños de carne. Tenía los ojos perdidos en la niebla
empalagosa que se oscurecía progresivamente. Ahmira sacó
fuera de la cabaña de barro
los cuencos con los restos de la cena, bajó la tela áspera que cerraba la puerta y se
acurrucó con la espalda pegada al vientre de su
madre. Notó algo de frío, tiró de la manta que cubría el cuerpo de las
dos y apretó más
contra el cuerpo protector de
Kala.
Durante
la mañana volvió a
los juegos con
los demás. No oyó la voz de su
madre en toda la jornada. A cada rato entraba en la cabaña y la veía con la
cabeza pegada al montón de hojas secas cubiertas por un trozo de manta. Se
sonreían y Ahmira volvía con los otros niños, pero atenta, deseando oír su
llamada.
Para
la comida echó un buen trozo de carne en las ascuas. Se lo acercó en su cuenco.
Kala no levantó la cabeza.
— Come tú, yo lo haré después. –y le
volvió a dar a su hija lo único que podía en ese momento, una sonrisa. Aunque por dentro solo sentía dolor
y pena.
A media tarde, Ahmira dejó
los juegos, entró y el trozo de carne seguía en el cuenco. Ella dormía. Bajó al
río, subió el agua, preparó un caldo con
el trozo de carne, le acercó el cuenco. Kala abrió los ojos lentamente, intentó
sonreír. Ahmira, sentada al lado de la lumbre, no dejó de mirarla. Retiró el
cuenco sin probar y lo sacó a la puerta para que durante la noche se alimentara
la serpiente comedora de carne.
Se acurrucó a su lado sin
notar el calor de otras veces. Tiró de
la manta y quedaron las dos envueltas pero
sentía que el interior de la manta estaba vacío, que ellas mismas habían dejado un hueco rellenado por un aire
helado. Tardó un buen rato en dormirse.
Al día siguiente renunció a
los juegos con los demás. Mantuvo la lumbre con llamas, subió agua, preparó
otro trozo de carne y no la dejó de mirar. Ella no abrió los ojos.
La actividad en el poblado cesó otra vez al caer la noche. El aire silbaba entre las ramas del
techo. Ahmira se volvió a acurrucar contra el vientre frío de su madre.
Apretó cuanto pudo para calentarlo y se
cubrió entera con la manta.
Se levantó con escalofríos por
todo el cuerpo. Miró a su madre. Kala dormía con una sonrisa en los
labios, las manos juntas debajo de la cara, las rodillas encogidas haciendo
hueco.
Ese día tampoco jugó con los
demás, avivó el fuego, preparó el caldo y lo puso al lado de Kala.
Algunos vecinos pasaban cerca,
se paraban, observaban pero no se
atrevían a entrar.
Ahmira sentía que algo importante estaba a punto de suceder. Antes de bajar la tela áspera que cerraba la puerta, observaba con
ansiedad el centro del poblado con la esperanza de ver a su padre. Él sabría qué hacer.
Colocó el cuenco con un buen trozo de carne cerca de Kala, se acuclilló junto
al fuego sin dejar de mirarla, esperando a que moviera sus manos para coger la
comida. Ahmira tampoco tocó su propio cuenco. Esperó un buen rato. El viento llamaba
desde la selva. Echó dos grandes palos en la lumbre. Se metió en el hueco
que el cuerpo inmóvil
de su madre reservaba para ella.
Pegó la espalda al vientre en donde nació. Apretó la manta que las cubría a las dos
y empujó más contra Kala. Los dos cuencos de carne se habían quedado en el
centro de la cabaña, al lado del fuego.
Esa noche, la serpiente comedora de carne se quedaría sin su ración.
Notó
que Kala movía las caderas, que las manos se le escapaban de debajo de la
mejilla, que la cabeza caía hacia atrás. Oyó movimiento de tripas. El vientre de Kala se movía rozando
la espalda de Ahmira pero estaba frío, muy frío. Apretó más para darle calor,
se dio la vuelta, la abrazó por la cintura y pegó la barriga al de ella,
intentando aplastar aquellos bultos que
aparecían y desaparecían. Se apartó un momento, su mente infantil no alcanzaba a comprender
qué ocurría. Uno de los bultos se rajó
sin sangre y del vientre de su
madre salió la boca alargada de la serpiente comedora de carne.