PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

Motos Galera, José M. (John Richards)

Ración diaria



Ahmira dejó a los demás niños persiguiendo a una rata que había tenido la mala ocurrencia de salir de su agujero a pleno día. Tiró el palo hacia arriba sin esperar a ver dónde caía y corrió hacia la cabaña. Tenía un lugar especial reservado para la voz de ella, que transformaba a la Ahmira de los juegos con los amigos en proveedora del agua, de las raíces y tubérculos, y de vez en cuando, con el permiso de los hombres, de la carne.

Entró en la cabaña y al momento salió con dos cuencos de barro, se perdió entre unos arbustos y reapareció con los cuencos llenos de agua.

Kala permanecía tumbada de lado sobre una manta. Se incorporó al ver entrar  a su  hija y apoyó la espalda en la pared de barro seco. Los  ojos le brillaban hasta en la noche más oscura, parecían estar cubiertos de una bruma radiante.

Ahmira, vestida con sus pantaloncillos cortos de todos los días, volvió a salir. Kala sorbió varias veces del cuenco y se recostó otra vez sobre la manta.

Con el rojo del atardecer dejando paso a la noche, Ahmira regresó cargada de palos y dos enormes rábanos. Lo dejó todo en el suelo, miró a su madre que la observaba en silencio. Removió la ceniza del hoyo abierto en el centro de la cabaña. Rebuscó con un palo fino hasta que asomó un ascua. Sopló, avivándola. Cortó varios palos más y los puso encima. Kala le sonreía satisfecha. Depositó otro puñado de palos y encima de éstos, los más gruesos. En un momento, las llamas iluminaron la estancia.

Sobre unas piedras pegadas a la pared encontró la navaja vieja de  su padre que servía para todo. Se puso en cuclillas al lado de la lumbre, peló los rábanos, los fue cortando y depositando los trozos en uno de los cuencos de agua, y lo colocó encima del fuego. Dejó caer la tela áspera que cerraba la puerta. Se acercó a su  madre, se tumbó a su lado y poco a poco se remetió entre su barriga y sus piernas. Aquel calor le hizo suspirar.

Un leve roce en los hombros la despertó. —Ya está —le susurró la voz en el oído.

Los trozos de rábano casi se habían deshecho. Removió el espeso caldo  con una cuchara de madera. Cogió el cuenco de su madre, tiró el agua rociando el suelo de tierra, lo medió de caldo espeso y lo volvió a colocar cerca de ella. Sacó el otro cuenco del fuego, se sentó al lado de la lumbre y comenzó a sorber de la cuchara, soplando antes para no quemarse. —Mañana iré de caza, necesitamos tomar algo de carne. — Sí, hija. Que te ayuden los hombres. — No mamá, soy yo la que les ayuda. Yo sé dónde poner las trampas. — Tu padre te enseñó muy bien. — ¿Por qué se lo llevaron? — Fueron los soldados de uniforme verde. — Pero, por qué. — Dicen que hay una guerra y que debemos luchar para protegernos. Cuando lleguen las lluvias, volverá. Eso dijeron los soldados. — Cuando regrese, te llevaremos a la ciudad. Kala sonrió.

— Te llevaremos entre los dos —insistió Ahmira. — Yo estoy muy bien así —lo dijo con tristeza —. Toma, saca el cuenco fuera. — No te lo has comido todo. — La serpiente comedora de carne tendrá que conformarse esta noche con esto.

Ahmira recogió el cuenco y lo colocó junto al suyo fuera de la cabaña. Las  serpientes  comedoras de carne  merodeaban por las selva cercana  y  si no   se  les ofrecía cada  noche una ración de comida, podían enfurecer y  atacar  a las personas. Kala consiguió sentarse, Ahmira la agarró por la cintura y la  ayudó a levantarse. Su madre respiraba fuerte y entrecortada, como si  necesitara  todo  el aire del mundo para ella  sola. Salieron a la noche, bordearon la cabaña y Ahmira se retiró unos pasos. En esos momentos  tan íntimos, no podía hacer nada más que dejarla sola. De pie, parecía aún más delgada. Los huesos de las piernas y su estrecha figura se confundían con la noche. La esperó sentada en la tierra roja, con los ojos infantiles perdidos entre las estrellas.

Regresaron despacio. La ayudó a recostarse otra vez sobre las mantas y  se tumbó a su lado. Los brazos maternales la pegaron otra vez a su vientre, Ahmira apoyó la cara en el pecho que le había dado  la vida y con el ritmo de su corazón, se quedó dormida.            El amanecer los pilló bordeando la selva. La fila compuesta por tres hombres, dos niños y Ahmira, la encabezaba uno con un viejo mosquetón. Los otros  hombres llevaban machetes mellados por ambos filos.            Kala no se movió en todo el día. Una vecina se acercó  con un cazo  viejo y humeante cuando el sol estaba en todo lo alto; entró en la cabaña sin decir  nada,  observó  a  Kala recostada, localizó un cuenco, vació el cazo y salió sin volver a mirarla.            La cacería fue provechosa. Ahmira llenó de frutos rojos una bolsa de piel y atrapó una liebre. Los hombres traían tres monos colgando de un palo. Entró contenta en la cabaña. Su madre la esperaba con una sonrisa. — La carne más sabrosa. Hemos cazado tres monos –dijo  Ahmira levantando  la  larga liebre. — Bien —contestó  Kala con voz débil. — ¿Has salido ya? — Sí, hija —no era cierto pero no quería preocuparla. No le quedaban fuerzas para ponerse de pie. — La carne de los monos se repartirá entre todos. — Claro. ¿Puedes traer agua? — Están ya maduros —le acercó la bolsa de piel con los frutos rojos—.Con los monos, hasta que lleguen las lluvias no nos faltará comida, y para entonces ya habrá vuelto.             Kala asintió con la cabeza. Las lágrimas se le escapaban y tenía que dedicar su escasa fuerza a contenerlas.

Ahmira tuvo el tiempo justo, antes de que anocheciera, para traer agua, desollar la liebre y colgarla en el palo del centro de la cabaña.

Los días eran calurosos y las noches frescas.  Jugaba con los demás cerca del río, al inicio de la selva, en la llanura, y los atardeceres se sucedían vertiginosamente. En el momento en que el sol se volvía rojizo, su actividad se repetía sin  apenas variación. El  agua, la cena, la salida, los restos de comida  a la puerta para contentar a la serpiente.            Y llegó otra noche más en la que Kala decidió que no necesitaba salir. Apenas pudo  incorporarse para sorber el caldo caliente con trozos pequeños de carne. Tenía los ojos perdidos en la niebla empalagosa que se oscurecía  progresivamente. Ahmira  sacó  fuera de la  cabaña de  barro  los cuencos  con  los restos de la cena, bajó  la tela áspera que cerraba la puerta y se acurrucó con la espalda pegada al vientre de su  madre. Notó algo de frío, tiró de la manta que cubría el cuerpo de las dos y  apretó  más  contra el cuerpo protector de  Kala.            Durante la mañana  volvió  a  los  juegos  con  los demás. No  oyó la voz  de  su madre en toda la jornada. A cada rato entraba en la cabaña y la veía con la cabeza pegada al montón de hojas secas cubiertas por un trozo de manta. Se sonreían y Ahmira volvía con los otros niños, pero atenta, deseando oír su llamada.            Para la comida echó un buen trozo de carne en las ascuas. Se lo acercó en su cuenco. Kala no levantó la cabeza. — Come tú, yo lo haré después. –y le volvió  a dar a su hija  lo único que podía en ese momento,  una sonrisa. Aunque  por dentro solo  sentía dolor  y pena.

A media tarde, Ahmira dejó los juegos, entró y el trozo de carne seguía en el cuenco. Ella dormía. Bajó al río, subió el agua, preparó un caldo  con el trozo de carne, le acercó el cuenco. Kala abrió los ojos lentamente, intentó sonreír. Ahmira, sentada al lado de la lumbre, no dejó de mirarla. Retiró el cuenco sin probar y lo sacó a la puerta para que durante la noche se alimentara la serpiente comedora de carne.

Se acurrucó a su lado sin notar el calor  de otras veces. Tiró de la manta y quedaron las dos envueltas pero  sentía que el interior de la manta estaba vacío, que ellas mismas   habían dejado un  hueco rellenado por  un aire  helado. Tardó un buen rato en dormirse.           

Al día siguiente renunció a los juegos con los demás. Mantuvo la lumbre con llamas, subió agua, preparó otro trozo de carne y no la dejó de mirar. Ella no abrió los ojos.

La actividad  en el poblado cesó otra vez al caer  la noche. El aire silbaba entre las ramas del techo. Ahmira se volvió a acurrucar contra el vientre frío de su madre. Apretó  cuanto pudo para calentarlo y se cubrió  entera con la manta.

Se levantó con escalofríos por todo el cuerpo. Miró a  su  madre. Kala dormía con una sonrisa en los labios, las manos juntas debajo de la cara, las rodillas encogidas haciendo hueco.

Ese día tampoco jugó con los demás, avivó el fuego, preparó el caldo y lo puso al lado de Kala.

Algunos vecinos pasaban cerca, se paraban, observaban  pero no se atrevían a entrar.

Ahmira  sentía que algo importante  estaba a  punto de suceder. Antes de bajar  la tela áspera que cerraba la puerta, observaba  con  ansiedad  el  centro del poblado con la esperanza  de ver a su padre. Él sabría qué hacer. Colocó el cuenco con un buen trozo de carne cerca de Kala, se acuclilló junto al fuego sin dejar de mirarla, esperando a que moviera sus manos para coger la comida. Ahmira tampoco tocó su propio cuenco. Esperó un buen rato. El viento llamaba desde la selva. Echó dos grandes palos en la lumbre. Se metió en el hueco que  el cuerpo  inmóvil  de su madre  reservaba para ella. Pegó la espalda al vientre en  donde  nació. Apretó la manta que las cubría a las dos y empujó más contra Kala. Los dos cuencos de carne se habían quedado en el centro de la cabaña,  al lado del fuego. Esa noche, la serpiente comedora de carne se quedaría sin su ración.            Notó que Kala movía las caderas, que las manos se le escapaban de debajo de la mejilla, que la cabeza caía hacia atrás. Oyó movimiento de  tripas. El vientre de Kala se movía rozando la espalda de Ahmira pero estaba frío, muy frío. Apretó más para darle calor, se dio la vuelta, la abrazó por la cintura y pegó la barriga al de ella, intentando  aplastar aquellos bultos que aparecían y desaparecían.  Se  apartó un momento,  su mente infantil no alcanzaba  a comprender  qué  ocurría. Uno de los  bultos  se rajó  sin sangre  y del vientre de su madre salió la boca alargada de la serpiente comedora de carne.

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de