Olduvai
Han pasado muchos años desde entonces. Ya he entrado en una década en la que la madurez es casi plena. Quizá sea ya el momento en que me enfrente a mi pasado para analizar y tratar de comprender los hechos que me llevaron a aquella situación. Es la primera vez que me atrevo a hablar de ello, aunque muchas noches rememoré los acontecimientos como una película con final irremediablemente trágico.
Entraba yo en esa edad en la que crees conocerlo todo, en la que crees que el mundo te está esperando, que serás recibida como agua de mayo en cualquier lugar y no entiendes cómo las cosas han podido funcionar hasta entonces sin ti. El Instituto era exclusivamente el centro de reunión con los amigos, el lugar donde conocer chicos, coquetear y ligar. Las clases eran simplemente una excusa, como cuando vas a una acampada. El campo es la justificación, ¿a quién le importa el aire puro, los árboles o los pájaros? Lo verdaderamente importante era el pitillo a escondidas, el juego de la botella, los besos en la boca.
Maraña había propuesto subir a la nieve. Maraña, Elena Martínez en los papeles, era una mala influencia, decía mi madre. Maraña era atrevida, despreocupada. No la importaba nada: ni los suspensos, ni los castigos. Sus padres estaban separados y nunca se ocupaban de ella. La permitían fumar, comprarse ella sola la ropa e incluso firmarse sus notas Mis amigas y yo la considerábamos como una persona mayor; era una especie de infiltrada en las líneas enemigas.
Por eso, cuando se le ocurrió lo de Navacerrada, dijimos enseguida que sí. Sabíamos que en casa no nos darían permiso para ir de excursión solas en el tren, con chicos y en plena temporada de exámenes, de manera que lo hicimos sin decir nada a nadie. Escogimos el miércoles porque sólo teníamos un examen, el de química y era a primera hora.
Entonces yo estaba profundamente enamorada y no era capaz de ver otra cosa distinta de Roberto. Él, por su parte, nos hacía caso alternativamente a Mamen y a mí, y las dos manteníamos una obsesiva batalla, día a día, por ver quién se lo llevaba. Si hubiéramos sido medianamente inteligentes, habríamos pasado de un tipo tan veleta. Pero tampoco fuimos capaces de ver eso en él: ambas, supongo, estábamos deslumbradas, por su carita sonriente, su flequillo medio rubio, su forma de andar, sus vaqueros de marca, su forma de pasar por la vida sin mojarse con nada.
Como siempre hemos sido muy escandalosos, pensamos que era mejor no llamar la atención todos en la fila de las taquillas. Podría vernos alguien del colegio. Maraña y Ángel recogieron el dinero para sacar todos los billetes. Los demás, esperamos en el andén.
- ¿Cuántos somos?
- No sé. Vamos a contarnos.
- ...Once, doce, ¡ay! No os mováis, que no sé si te he contado o no.
- Once, doce y trece.
- ¡Ay!, somos trece. Uno que se vaya.- dijo Mamen- Laura, vete, anda, que traes mala suerte.
- Vete tú, so asquerosa.
Lo pasamos bien en el tren, aunque se hizo un poco pesado el trayecto. Cuando llegamos, Navacerrada estaba preciosa, totalmente llena de nieve. El cielo, de un azul puro, que casi podías ver el oxígeno; en la nieve reverberaba el sol hasta dañar la vista. Estábamos en la cima, el mundo era nuestro. Nos reíamos mucho por cualquier cosa, bajo nuestra euforia colectiva. Blanca libertad.
A la hora de comer, sacamos los bocadillos y nos sentamos en círculo. Yo tenía la esperanza de sentarme cerca de Roberto, pero Mamen tenía a sus amigas muy bien enseñadas. Entre todas, me lo impidieron. De pronto, comencé a sentir frío. El cielo se puso negro, casi sin que lo advirtiéramos. La temperatura bajó de golpe.
- Será mejor que vayamos recogiendo- dijo Juan Carlos.
Él estaba acostumbrado a la sierra y nos contó que una tormenta se desata en pocos minutos. Nos repartimos: unos fueron a devolver los trineos alquilados mientras otros recogíamos las mochilas. Mamen tomó la suya y se bajó a la estación. Dijo que tenía mucho frío. Busqué a Roberto y no le vi. Pregunté por él. Alguien me dijo que había ido a tomar un café. Juan Carlos nos urgía para bajar al andén. Teníamos el tiempo justo, nos advirtió. Le dije a Maraña que iba al bar a buscar a Roberto, pero que no me acompañara, que enseguida bajaríamos los dos.
Entré en el bar y no le vi. Esperé un rato, pero ni aparecía ni nada. Creo que oí pitar un tren, pero no me importó. Si se iban todos, mejor. Yo iría en el siguiente, a solas con él. Pero pasaba el tiempo y Roberto no aparecía. El dueño del bar me dijo que iba a cerrar, que el tiempo pintaba feo y que lo mejor que podía hacer era irme a casa. Bajé a la estación como pude. Resbalé y me caí varias veces. La negrura de las nubes se había comido buena parte de la claridad del día. Tenía la ropa empapada y una angustiosa sensación de soledad en la boca del estómago. Vi una máquina de café en el vestíbulo de la RENFE y entonces comprendí mi error. Roberto no había subido al bar, se había venido para acá directamente. Por eso a Mamen le entraron las prisas y tomó el mismo camino.
En la estación no había nadie. Miré el horario. Faltaba una hora para el próximo tren. Me senté en el suelo a esperar. Los colores se iban disipando, las sombras lo invadían todo. No había luz ni calefacción. Sólo una chimenea enorme donde los montañeros podían hacer su fuego. Pero yo no tenía nada para quemar. Fuera nevaba con intensidad. Pasó una hora. Salí a esperar al tren, pero al cabo de veinte minutos, desistí. Volví a mirar el horario y comprendí mi nuevo error: el tren de las seis sólo funcionaba los fines de semana. No había más trenes. Me había quedado sola, sin posibilidades de volver.
Traté de mantener la calma. Podía quedarme a pasar la noche en la estación, pero me daba mucho miedo. Además, estaba muerta de frío. Me asomé una vez más al exterior. No había ni una luz: ni en el bar, ni en la caseta de alquiler de trineos, ni en las oficinas de la federación de esquí. Comprendí que estaba en un callejón sin salida. La sensación de libertad que me había envuelto por la mañana se había diluido en la nada. La montaña se había convertido en una trampa.
Me quité los guantes, saqué el móvil del bolsillo de cremallera y llamé a mi madre. Era la única que podía venir a buscarme. Y de todas formas, se iba a enterar de mi escapada...
Las dos primeras llamadas resultó estar comunicando. Después me di cuenta que apenas quedaba saldo en la tarjeta. Sería mejor no mantener una conversación con ella, pues calculé que empezaría a echarme la bronca y no me daría tiempo a decirle donde estaba. Opté por enviarle un mensaje.
“Estoy sola en Navacerrada. No hay trenes. Ven a buscarme y perdona.”
Me di cuenta que esa última palabra sonaba demasiado a “perdona pero aguanta” y no era en absoluto lo que yo sentía en ese momento. Hubiera pedido perdón de rodillas y con lágrimas de sangre, tal era el miedo, el frío y la angustia de la soledad que estaba padeciendo. A mí aquello ya me parecía suficiente castigo y pensé que, por lo tanto, ya no merecía más. Quizá consiguiera que mi madre lo viera bajo el punto de vista de que yo había sido arrastrada por Maraña y lo que procedía era impedirme semejante compañía. Pero la reacción que más temía era la de mi padre, mucho más severo y menos proclive a creer en atenuantes tan etéreos.
La noche avanzaba. El frío era intenso, se colaba por todas las rendijas de la desvencijada puerta. El ulular del viento me aterraba. Me acurruqué en un rincón y traté de dormir, pero mi cuerpo se empeñaba en seguir en un agudo estado de alerta. No sabía qué me daba más miedo: pensar que alguien pudiera entrar o el saberme completamente sola; quedarme toda la noche allí o enfrentar a mi padre.
Para espantar el miedo me puse a cantar una canción, pero mi voz sonaba cascada y fuera de lugar en la estación. De repente fui consciente que me dolían los hombros y las orejas del frío. Probé a levantarme y hacer algunos ejercicios para calentar los músculos, pero el contacto con el aire helado era contraproducente. Buscaba desesperadamente alguna postura en la que hallar un poco de confort. No la hallé. Me quité los guantes mojados y sentí hielo en los dedos. Volví a ponérmelos y a quitármelos sucesivamente. Cada vez era peor. Me invadía la desazón. Zapateé un poco contra el suelo con la esperanza de acelerar la circulación, pero sólo obtuve un dolor intenso. Me aflojé los cordones de los zapatos porque me dolían los dedos de los pies, pero entonces parecía que se escapa el poco calor que podía quedarme en el cuerpo. Traté de buscar consuelo llorando. En algún rincón oscuro de mi conciencia entendí que era una vieja costumbre, cultivada desde la infancia, llorar para dar pena a quien te inflige el castigo y que, así, lo suspenda. Pero al cielo no le conmovieron mis lágrimas y siguió nevando.
Estuve un rato sentada en el suelo, apoyada la espalda contra la pared, totalmente ajena a mi misma. Quizá tuviera entonces principio de congelación, no lo sé. Recuerdo que pensé que iba a morir y que daba igual luchar o no. Me abandoné. Ya ni siquiera lloraba. Las lágrimas se me hicieron un doloroso nudo en la garganta, o quizá fueran anginas. Entonces, la puerta se abrió de repente. Me sobresalté, pensando en un nuevo golpe de aire, pero entonces una figura se abalanzó sobre mí, con algo parecido a una sábana me cubrió. Pensé que iban a matarme. Grité como una loca...
Repuesta del ataque de histeria inicial pude reconocer a mi madre. Me arrastró, envuelta en la mantita de cuadros del coche y me hizo subir a empujones al asiento de atrás. Yo no era dueña de mi cuerpo, no conseguía reaccionar y apenas me enteré de lo que estaba pasando. Mi padre gritaba, terriblemente enfadado. Mi madre le dijo algo así como que yo estaba muy mal y que tiempo habría para castigarme, cuando me hubiera repuesto. Ya no dijeron nada en todo el camino, pero a veces el silencio es mucho más doloroso y da más miedo que los gritos.
De esa parte del trayecto no recuerdo gran cosa, sólo que estaba muy oscuro. Por los copos que se estrellaban contra mi ventanilla intuí que cada vez nevaba con más fuerza, pero no alcanzaba a ver más allá del cristal. Me latía la nuca dolorosamente. De repente, un juramento de mi padre, mi madre gritando, una difusa sensación de peligro y urgencia, y todo girando descontroladamente alrededor.
Cuando desperté, estaba en el suelo, mi madre a mi lado friccionándome los pies con sus manos para evitar la congelación. Me contó, muy serena, que el coche había derrapado por el hielo. Su voz me sonó tranquilizadora y por un momento me sentí bien. Después me dijo que papá se había marchado a buscar ayuda, pero que era mejor no quedarnos quietas. Le dije que me dolía todo el cuerpo. Ella dijo que era normal, pues había salido despedida del coche. Me ordenó levantarme y aunque yo le juré que tenía un tobillo dislocado, me obligó a caminar. Sacudió la nieve de la manta de viaje y volvió a envolverme con ella. Yo, al verla tan segura de sí, comencé mis protestas: tenía frío, me estaba helando, por qué tenía yo que caminar con el tobillo dislocado, qué estaba haciendo papá que no venía rápido... Aún no sé cómo no me dio una buena bofetada. No fui capaz de ver que ella no tenía una manta para cobijarse ni tenía mis zapatones de colegial porque yo la había sacado de una elegante cena y lucía sus mejores zapatos de tacón arruinados por el barro y la nieve.
Pertrechada únicamente con una linterna, se puso en marcha, obligándome a seguirla. Yo volví a protestar, diciendo que me daba miedo ir atrás, de modo que me dejó caminar delante, pero entonces lloriqueé porque no veía nada. Ella se las compuso para arrojar el haz de luz por encima de mi cabeza, sin quejarse, cambiando de vez en cuando la linterna de mano para descansar los músculos pero sin bajarla nunca y eso que caminamos así unos cuantos kilómetros.
La bajada era cada vez más penosa. Los pies se hundían hasta el tobillo. Cada uno de mis cabellos estaba forrado de nieve. Tuve la horrible sensación de que se congelaba la cabeza. Detrás, mi madre cantaba para marcar el paso y quitarnos el miedo. Su voz no sonaba cascada ni temblorosa, como antes la mía. Se las apañó para no dejar traslucir ni el frío, ni la fatiga, ni el miedo.
A nuestro alrededor, todo lo que alcanzaba la vista, era nieve. Absurdamente blanca. Endiabladamente fría. Recuerdo que pensé que las llamas eternas eran sólo una versión suavizada. El infierno probablemente era un sitio así, una gran nevera de la que nunca se podía salir.
Porque, a lo mejor era eso. A lo mejor yo me había muerto y estaba pagando mis culpas de aquella manera, en aquel infierno blanco en una caminata eterna en la que cada cosa que hiciera sólo contribuiría a empeorar la situación.
A la vuelta de un recodo, un relámpago pintó la nieve de añil. Al tercer destello comprendí que era una luz artificial que giraba. Unos metros más hacia delante descubrimos a un guardia civil hablando por radio junto a un todoterreno. Mi madre se acercó corriendo, se arrojó literalmente en sus brazos. Desconcertada de verla en tal actitud con otro hombre, le susurré:
- Pero... si no es papá.
Ella ya no cantaba. Después de tanto tiempo haciéndose la fuerte, para sacarme a mí de aquella maldita montaña, se le había roto el grifo y la histeria y el llanto salían a borbotones .Le escuché decir al guardia:
- Rápido, por lo que más quiera. Hemos sufrido un accidente, nos salimos de la carretera. Mi marido está atrapado en el coche, quizá se esté muriendo.
Lo que vino después, no puedo recordarlo. Mi alma se había quedado acorchada, quizá por el frío y el miedo, quizá porque no quería darme cuenta de lo que de verdad estaba ocurriendo.
A mi padre, el final, no le alcanzó el tiempo para regañarme por haberme escapado del instituto: lo enterramos dos días más tarde. Mi madre estuvo todo el tiempo junto a mí, frotándome la espalda o cogiéndome la mano. Ni siquiera lloró delante de mí y yo supe, mucho tiempo después, que soportó todo el dolor en silencio para protegerme del sentimiento de culpa.
Desde entonces, he sentido la necesidad de enseñar a los jóvenes que la libertad de subir a una montaña va aparejada a la responsabilidad de saber bajar de ella, y que la inconsciencia puede transformar la aventura de una tarde en una tragedia eterna.
Ocurrió en Navidad y yo tenía quince años.
Herbert
Una semana después del entierro de Emma, y dado que Herbert no daba señales de vida, comprendí que no tenía más remedio que visitarlo en la mansión que había adquirido tras su regreso, como hombre rico al fin, a nuestro Wakefield natal.
No soy hombre sensiblero ni dada a pésames y por eso había demorado todo lo posible esta decisión, pues le suponía lloroso y deprimido por la muerte de su amante. Pero al fin me encaminé al 55 de Earl Street, con paso firme y ligero. Toqué el timbre con el puño plateado de mi bastón y alisé un par de veces mi pañuelo de seda, no tanto por coquetería de juventud como por concentrarme en encontrar adecuadas palabras de consuelo. Adalbertus, el mayordomo de pelo blanco que había servido a la familia de Herbert antes de que su padre se bebiera toda la fortuna y que había vuelto a la mansión a instancias de mi amigo, tardó un par de minutos en abrir la puerta.
¾¡El joven señor Peter!¾me dijo el viejo¾¡Cuánto me alegro de verlo! El señor Herbert se encuentra en un estado...lamentable.
Me hizo seguirlo a la biblioteca. Tenía movimientos precisos y elásticos, silencioso y discreto como un gato. El perfecto mayordomo inglés.
Debo confesar que encontré a mi amigo en mucho peor estado de lo que esperaba. Tenía barba de muchos días, estaba desaliñado y ojeroso, como si desde el entierro no hubiera tomado un baño ni un mal refrigerio. La estancia apestaba. Las espesas cortinas de brocado defendían el luto del interior del aire tibio de la mañana. Incluso el péndulo del carillón permanecía inmóvil. Supuse que Herbert, en el colmo del dramatismo, había querido detener el tiempo en el último instante antes de la muerte de su amada. Observé que, probablemente debido a su estado de confusión, mi amigo había cometido un error de veinte minutos. La muerte, o por mejor decir, el asesinato, se había establecido a las tres menos diez de la madrugada. Las agujas del carillón marcaban las tres y diez.
Me acerqué a Herbert sin que él pareciera registrar mi presencia. Tenía los ojos vidriosos y un hilillo de baba caía de la boca amarga. Sobre la mesa había un vaso con restos de whisky. Por el olor espeso de la habitación deduje que si no encontré varias botellas vacías fue por la diligencia de Adalbertus en mantener un mínimo de orden alrededor del naufragio de su amo.
En un arrebato de decisión, cargué a Herbert sobre mi hombro, lo saqué de aquella estancia enferma y lo deposité dentro de la bañera de porcelana de su dormitorio. Lo desnudé sin pudor ni piedad. Llamé al mayordomo para que hiciera llenar la tina y en pocos minutos la cocinera y un criadito subieron varios barreños de agua hirviendo y otros de agua fría que depositaron a ambos lados de la bañera, con la mirada puesta en el suelo para no violentar la desnudez del amo. Él se dejó hacer, dócil como un niño, y ni siquiera pareció darse cuenta del agua que mojaba su cuerpo. Yo alternaba a propósito la temperatura del agua para estimularlo, pero ni así logré sacarlo de su marasmo. Al fin, opté por una solución más drástica y aprovechando su total indefensión, empujé su cabeza y le sumergí por entero durante unos segundos. Cuando lo saqué por los cabellos, el milagro se había obrado. Herbert respiraba asustado. Tenía una pizca de ira en sus ojos. Después se dulcificó de nuevo y se puso a llorar con mansedumbre mientras yo secaba y vestía su cuerpo deshabitado de alma y energía.
Adalbertus nos sirvió la cena en la terraza de piedra junto a los tamarindos. Herbert, si no recuperado del todo, parecía ya algo más dispuesto a soportar esa condena eterna en que se había convertido ahora la vida. Poco a poco le hice hablar. Aun no siendo yo amigo de melodramas, es preciso reconocer que al principio su voz rota me impresionó. Por contraste con sus días de silencio, se enredó en un monólogo delirante del que no recuerdo más que algunos pasajes concretos.
¾¡Mi pobre Emma!.... ¡¡Mi pobre Emma!! ¡¡¡Mi pobrecita, destrozada!!!. ¿Fue solo para perderte que regresé a Wakefield, amada mía? ¿Acaso volví del pasado a provocar tu muerte, desgraciado de mí? ¡Ay, maldito sea yo por haberme ido de tu lado!
Después de algún tiempo entregado a sus divagaciones pareció caer en la cuenta al fin de mi presencia, y me puso por testigo y juez de su desgracia.
¾Dime Peter, ¿por qué fui tan loco de marcharme en busca de fortuna? ¿Por qué me dejé tentar por el diablo para mejorar mi posición? ¿Por qué no me di cuenta antes que el verdadero tesoro era ella y no cualquier fortuna que pudiera amasar? ¡Ay, mi pobre Emma!
Por mi carácter sarcástico e inoportuno le hubiera contestado cumplidamente; pero la congoja de mi amigo, y un cierto sentimiento de culpa por mi escepticismo en lo relativo a la virtud de esa mujer, me aconsejaron dejarle hablar hasta que se vaciara. Así que me guardé mucho de matizar que la tentación de hacerse rico no había partido del diablo sino de la propia Emma, que se lo había puesto como condición indispensable a cualquiera que pretendiera su mano. También callé, para no herirle más, que apenas él se marchó, concertó su boda con el viejo George, o más exactamente, con su elevado patrimonio de mercader sin escrúpulos. No. Mi viejo amigo ya se encontraba bastante deprimido, mejor no remover la herida. Escucharle en silencio. Eso hice toda la velada, hasta que me pareció que ya había dado suficientes vueltas a los mismos argumentos y decidí intervenir para dar un rumbo distinto a su dolor.
¾Tienes que asumir su muerte, Herbert. No puedes culparte por lo que ocurrió. Después de todo, tú ni siquiera llegaste a verla. Sé que decirlo no es delicado, pero ella no se apresuró a recibirte, sabiendo que volvías.
¾¿Eso es lo que crees?¾gritó. Sin pretenderlo, había trocado su tristeza en indignación. Al menos, era un cambio. Mantuvo una expresión de ira durante unos segundos antes de quebrarse de nuevo en un tembloroso llanto. Se secó los ojos con el dorso de la mano antes de continuar.
¾ Verás, Peter...¾balbuceó¾. Voy a contarte algo.
Bajó la voz y sus ojos vidriosos perdieron la mirada en algún punto del infinito. Intuí que algo importante venía ahora..
¾Ocurrió algo increíble... Algo que me está volviendo loco... Yo...yo me había retirado ya a mi alcoba. Di mil vueltas en la cama, pensando en Emma, decepcionado, sí, porque ella, habiéndole anunciado mi regreso con anticipación, no salió a recibirme como yo esperaba. ¿Acaso me había olvidado tan pronto? ¿No me había aguardado, como convinimos la tarde de mi partida? Yo aún no tenía noticia de su matrimonio. Pensé que lo mejor era descansar y que al día siguiente vería las cosas con más claridad. Era una noche muy calurosa, así que por unas cosas y por otras, el sueño no llegaba; abrí la ventana para aliviar el bochorno. Al poco, estalló la tormenta. Era tarde, no quise importunar a Adalbertus... así que me levanté para cerrar la ventana yo mismo y... allí estaba. En la ventana. En la ventana estaba Emma.¾Terminó, bajando mucho la voz.
¾Herbert...¾interrumpí¾ Tu ventana está en el segundo piso...
El asintió, todavía con la mirada ausente y el rostro desencajado.
¾Allí estaba ella.. Transparente e incorpórea, envuelta en su vestido blanco de seda y tules...
De pronto volvió a la realidad y sus ojos me enfocaron, buscando ayuda para entender.
¾Me pidió que la perdonara... por su boda con George, ya sabes...Dijo que tuvo que hacerlo para ocupar una posición...Que ella no había nacido para criada, sino para tenerlas a su servicio...Y que por eso se casó con George...pero que nunca me había olvidado. Dijo que me amaba... y que no tenía tiempo. Entonces yo la tomé por la cintura y la hice bajar de la ventana...nos abrazamos, rodamos por el suelo y...¡Dios, Peter! ¡Fue el delirio! El tiempo se detuvo y nos amamos de la manera más profunda y apasionada que jamás haya podido hacerlo nadie... Después de aquello...¾volvió a bajar la voz, como si se ahogara¾... sonaron las campanadas de las tres. Ella me miró con ojos tristes. Se me acaba el tiempo, debo partir, susurró. Yo la miraba enamorado. No había dejado de mirarla ni un solo instante desde que llegó. Pero la pasión se transformó en estupor y luego en terror. Emma estaba pálida como la cera y su vestido desgarrado y lleno de sangre...Volvió a treparse a la ventana y desde allí me lanzó un beso que me supo a eternidad... Luego desapareció...
Su voz se había hecho inaudible, de manera que no pude entender lo que siguió. Pero no necesitaba más. Le miré con lástima. Mi pobre amigo había perdido la razón, no cabía duda. Emma no pudo entrar por una ventana a menos que volara, cuestión bastante improbable si uno no cree en fantasmas. Además, en su delirio, mi amigo había cometido un error: pretender que lo visitó poco antes de las tres de la madrugada, cuando la pobre estaba muy ocupada en recibir catorce machetazos del salvaje de George. ¡Pobre Herbert! Cuatro años alejado de su familia y amigos para conquistar a la mujer de su vida para encontrarla casada con otro y con tan trágico final. Tan lógico era que hubiera estado borracho toda la semana como que inventara esas fantasías para escapar a la cruda realidad.
Anochecía ya. Pensé que ya habíamos tenido suficiente por ese día y que era hora de retirarse a descansar. Di instrucciones a Adalbertus para preparar una cama supletoria en la alcoba del señor: yo pasaría esa noche junto a él para espantarle los malos sueños.
Subimos las escaleras de mármol blanco de su mansión y atravesamos el corredor precedidos por Adalbertus que portaba un candelabro de cinco antorchas. Las veleidosas llamas imprimían vida a las sombras de los arcones, las sillas de madera y los cortinajes que encontrábamos a nuestro paso hacia el dormitorio principal. Adalbertus dejó el candelabro junto a la ventana, y la abrió para que el fresco de la noche nos permitiera dormir bien. Las cortinas revolotearon con el aire. Entre ambos, desvestimos a Herbert y lo preparamos para dormir. El mayordomo abrió las sábanas y yo lo arropé como a un niño. Él se dejaba hacer sin oponer resistencia. Seguía musitando su historia de amor imposible, su delirio de lunático.
Por rachas, el viento seguía remeciendo las cortinas, a veces ligeramente, otras casi flotando, fantasmales, alrededor del candelabro. El aire traía anuncios de tormenta.
Al fin Herbert cerró los ojos pero continuaba moviendo los labios. Permanecí a su lado hasta que su respiración se hizo si no tranquila, al menos regular. Me preparé yo también para pasar la noche. Doblé mis ropas sobre un asiento de cuero y me tendí en la cama, agotado por las emociones de la jornada. A punto de caer en el sueño, me sobresalté. En algún lugar de la mansión, restalló el sonido doloroso de una puerta o ventana cerrada con violencia por una intempestiva corriente de aire. Fue un simple golpe, pero el silencio que lo siguió se me hizo bastante lúgubre en aquel caserón al que no estaba habituado. Tuve entonces el presentimiento de que la desgracia no había terminado de visitar Wakefield todavía.
De pronto me di cuenta que el candelabro dejado por Adalbertus aún estaba encendido. Afuera, el viento continuaba haciendo bailar las cortinas, como marionetas sin voluntad, acercándolas peligrosamente a la llama. Hice sonar por dos veces la campanilla, pero Adalbertus no acudió a la llamada. Me acerqué a la puerta con intención de apagarlo junto a mi lecho, pues temí tropezarme con alguno de los varios muebles de mi amigo si hacía el recorrido a oscuras. Y al pasar junto al ventanal fue cuando lo vi. Al principio lo confundí con la cortina ondeante. Pero cuando la recogí con su presilla al lado izquierdo de la ventana, me di cuenta que entre los pliegues, había un pedazo de tela que no pertenecía al cortinaje de damasco. La sangre se me heló en las venas, el corazón dejó de latir y un relámpago de pavor me latigó la espina dorsal sin poder dar crédito a lo que mis ojos veían.
Prendido a la ventana, aún abierta, se agitaba un pedazo de seda blanca. Estaba salvajemente desgarrado y los bordes salpicados de sangre.