A Gisela Ocampo, a Brandon,
donde quiera estén, mi testimonio
de amor
y dolor
“...difícil es morir
cuando se quiere...”
De summa
veritas vitae, Lib IX, cap. VI
Agobiaban
los últimos días de la temporada sin lluvia, a principios de mil novecientos
ochenta y tantos que nos vio edificar la casa de ladrillo rústico y techo rojo
de nuestra finca en las afueras de Chía. Por aliviar el cuerpo del día de arado
y por aprovechar las tonalidades gris naranja del atardecer sobre Bogotá, mi
padre y yo nos sentamos en una venta de almojábanas, buñuelos y dulces de la
tierra, al borde de la recién inaugurada avenida Pradilla que une la vereda
Colombia a la plaza principal del pueblo.
Entre bocados, escuchamos a lo lejos el silbato, alargado
sobre la campiña, que anunciaba el regreso del tren de la sabana y sonreímos al
recordar el sprint de la madrugada a
bordo de nuestro Fiat, donde la carretera muere en el Puente del Común paralela
a la vía férrea, contra la mole rojinegra y de cresta humeante que enfilaba
hacia el norte arrastrando la alegría de cientos de chiquillos de un colegio de
la capital que agitaban cuadernos en sus ventanas a modo de banderas de júbilo.
Esta línea de turismo y otras de carga sostenían el
esqueleto del ferrocarril de nuestro país, que se niega a fenecer a manos de la
voracidad de un sindicato de trabajadores sin idea de futuro, la ineptitud
cómplice del gobierno central y los tentáculos de empresarios sin escrúpulos
que se beneficiarían con su defunción.
Callamos un momento, sumidos en la asiduidad de nuestra
costumbre de evocar épocas de mi infancia y, por disolver el silencio, mi padre
comentó, mezclado con leyendas de espantos, como el empuje de nuevos ricos
florecía negocios a la vera de los caminos de la sabana, lo cual incitó en mi
memoria una historia que me refirió Francisco Ciri, a quien presento como uno
de los colombianos que ha hollado más profundo la vastedad de la geografía
nacional.
La repetiré aquí ahora, como la oyó mi padre esa tarde
remota; añadiré, por mi cuenta y riesgo, adjetivos y puñales para acentuar el
ingrediente que Cortázar denominaba “color local”, sin sacrificar, creo, cierto
suspenso, y conservaré el resto tal cual lo recibí de labios de mi amigo, quien
por mucho es mejor relator que yo.
Vivió los sucesos un restaurante de ambiente argentino,
de justa fama en carnes y vino, recostado al extremo de la autopista, cerca de
La Caro, a pocos metros de la encrucijada del Castillo Marroquín, el Puente del
Común y la estación del tren.
Un domingo de viento andino, sin sol y sin presagios,
cruzó el estacionamiento repleto de lujosos carros un sedán azul oscuro del que
bajaron el abogado de Wiedemann y su familia, en medio de la diligencia de la
corte de empleados y guardaespaldas, y fueron recibidos por el dueño del sitio
que abrazó al hombre con afecto y le dijo al oído, Deje a la señora adelantarse
un poco; tengo asuntos urgentes que tratar, cayó un cargamento con barco y todo
y necesitamos su ayuda para sacar al menos la gente o callarlos rápido;
disfrute la comida y con cualquier pretexto despache a los suyos de vuelta a Bogotá
para poder hablar más tranquilos.
Mientras el bandoneón acariciaba un tango, y la belleza y
las joyas de la señora del abogado de Wiedemann atraían los ojos de los
comensales hacia la puerta principal, los dos hombres se estrecharon otra vez
con cordialidad hasta verse interrumpidos por el pífano agudo de la locomotora
que resoplaba en la modesta estación, dispuesta a devorar la distancia hasta
las acerías de Boyacá.
Impelido por el silbido, como un aviso, el abogado de
Wiedemann volteó la cabeza para encontrar detrás de sí, inmóvil durante un
segundo infinito, el rostro de un hombre que, nadie explicaría como, había
burlado el cerco de mirones. Se trataba de un indigente, si se apreciaban sus
ropas, o mejor, el decir de su cara, partida por la caverna de unas ojeras que
impedían precisar el color de las pupilas que fulguraban desde su fondo.
Una mueca de dolor muy viejo, una máscara de sufrimientos
de siempre temblaba en su piel surcada por la penuria al tiempo que en la
diestra de su aparición relumbró el filo de un puñal atroz.
Sucedió tan rápido que el abogado creyó no entender las
palabras que, una voz que parecía venir de detrás de la muerte, le silabeó casi
en la cara el desdichado, un instante antes que un corpulento matón, adiestrado
en las montañas de Medellín, lo abrazara por la espalda al taparle la boca y
clavarle repetidas veces una navaja entre las costillas mientras otros dos
sujetaban sus brazos. El abogado observó con horror como sacudieron el aire las
piernas del hombre, que se sabía ya muerto, arrastrado por la fuerza de los
matarifes hacia la parte trasera del edificio de piedra.
Entre rápido hombre que aquí no pasa nada, dijo el
propietario con voz que trató de sonar firme. Y empujó al abogado de Wiedemann
al interior del salón. Este, algo tembloroso, balbuceó, No tenían porqué
matarlo de esa manera, ese pobre diablo estaba ya que se moría del hambre. Por
lo mismo, le ahorramos muchas penas al canalla, contestó el otro, No hay motivo
de preocupación, además le amenazó a usted con un cuchillo y no puedo permitir
que le ocurra nada malo todavía; ándele doctor, deléitese con el bifé de
chorizo que está suculento y olvídese de esta tontería que yo me encargo de que
limpien rápido las huellas.
“La
Cumparsita” puso fin a la conversación y el abogado entró al
salón en medio del aplauso que merecía la orquesta y ocupó silla frente a su
mujer que no dejó de percibirle el nerviosismo en las manos, Pasó algo con el
gañán ese, preguntó esta, calculando la reacción de su marido, quien fingió
interés por la carta y con una sonrisa a la fuerza dio por respondida la
inquietud.
En una de las edificaciones aledañas al restaurante los
guardaespaldas habían tendido el cuerpo en una mesa de billar; por una ventana
uno de ellos atisbaba los rostros que entraban y salían del salón y dictaminó
que nadie había notado mayor cosa. Mejor, respondió el grandote, porque no
estoy de genio para lidiar con más curiosos. Y sacó del bolsillo una cajetilla
dorada que acomodó sobre el abdomen del muerto; la destapó con parsimonia y
extrajo la uña larga de su meñique diestro untada de polvo blanco para llevarla
a la nariz con avidez y pericia. Tras un estremecimiento de satisfacción,
observó que por aquella camisa miserable que vestía el cadáver no corría rastro
de sangre y que su rostro de cera parecía mirarlo a los ojos.
Giró, incómodo por la expresión del que acababa de
asesinar y recordó la sensación de frío sideral en su mano izquierda al apretar
la cara y tapar la boca del aparecido y le espantó la máscara lívida del compañero
frente a su vista y a su espalda una sombra que lo envolvió y un leve ardor en
los riñones que lo libró de todos los dolores de este mundo.
Antes que el terror paralizara su corazón, el otro
alcanzó a disparar una bala que se hundió en el pecho raquítico del espectro
incorporado de la mesa de billar.
“Súbete, súbete ya, que nadie está mirando; lo importante
es que te quedes quieta y no asomes la cabeza hasta que nos alejemos del
pueblo. La mujer obedeció y por encima del miedo de pensar en la huida, en su
hogar abandonado, en la furia de sus padres y de Aimardo, saltó el amor
confundido con la pasión reciente de una cama distinta a la que pertenecía.
Sentada en el piso de la cabina de la locomotora veía las piernas de su raptor
y su sonrisa de felicidad, cuando aquel apartaba la vista de la carrilera por
breves momentos.
El viaje hasta Honda transcurría sin sobresalto e incluso
tuvieron tiempo para el amor entre la neblina que siempre cubre la ruta del
ferrocarril en cercanías de la mañana de Sasaima. Hasta que de la bruma surgió
un jinete que los infieles identificaron de una. Sin temor a reventar al bruto
lo espoleaba como un loco y de a pocos logró acercarse al gigante de hierro que
traqueteaba despacio en la bajada. Se aferró a la reja de uno de los últimos
vagones y siguió aproximándose a la locomotora agarrado al costado del tren.
Por la ventana la pareja observaba las maniobras de la
sombra; el hombre que abrazaba el fruto de su conquista saboreó la inminencia
del combate y desenvainó el machete tres canales de la funda colgada en un
costado de la carlinga. Cuando asomó por la ventanilla el semblante lívido del
burlado el primer sablazo silbó y arrancó chispas al estrellarse contra el
acero de la cabina. Aimardo vuélvete a Bogotá que ya no quiero nada contigo,
gritó la mujer. Y respondió el que colgaba del tren en movimiento, Te regresas
conmigo, Lucero, después que le saque las tripas a este y te muestre lo que te
va a pasar por puta. E intentó meterse por donde no cabía al tiempo que el
maquinista asestaba una segunda estocada que llegó a su destino a medias. El
forcejeo y los gritos. El cuerpo de Aimardo que apuntaba al vacío y un terrible
juramento que alcanzó a pronunciar antes que el machete concluyera su labor y
se reinstaurara la calma, sólo violada por la respiración de cíclope de la
locomotora”.
Otra
salva de aplausos dedicada a la orquesta ahogó el estampido de la bala final
del guardaespaldas pero el ruido de un preludio estremeció al abogado de
Wiedemann en su asiento y le arrancó el tenedor de la mano. Estabas en otro
mundo, papá, musitó la niña a su lado. Sí, hola, agregó la madre, qué cosas le
habrá dicho el che ese que lo dejó sonámbulo. No, mujer, era que me estaba
acordando de algo que creo que soñé la otra noche, después te cuento; además
Víctor no es ningún che, es parte de la decoración, no más.
Y masticando despacio, el abogado advirtió la curiosidad
del parecido de su esposa con la mujer que entreviera en imágenes de ensueño.
El crepúsculo comenzó a diluirse en medio de la arboleda,
la clientela empezó a buscar el camino de regreso en medio de las primeras
sombras y, salvo algún niño, extraviado de los padres que luego ignoraron su
alarma, nadie notó un pájaro de ala siniestra, extraño a las habituales aves de
la sabana, posado en el escudo de armas del restaurante.
Según lo acordado con el dueño y sordo a las protestas de
la mujer, el abogado de Wiedemann la envió con los niños en la limosina blanca
del primero y aguardó con impaciencia a que se despidieran los últimos clientes
en la puerta.
Hasta que Víctor regresó al salón y con palmas sobresaltó
a los de la orquesta que ya enfundaban sus instrumentos.
Mientras empezaba a sonar una milonga se zampó de un
golpe el aguardiente que trajo un mesero en volandas y con las pupilas chispeantes
enfrentó al abogado de Wiedemann, Mierda Doctor, no puedo perder toda esa
plata. Haga lo que se necesite; hable con los de arriba, soborne, amenace,
recurra a todo lo que sepa, pero no me deje perder ese barco, ó nos vamos todos
de culo.
Y movía las manos con tal frenesí que el abogado no pudo
menos que tratar de tranquilizarlo a pesar de intuir los riesgos que se corren
en tales cometidos, No te preocupes Víctor, que mañana madrugo a moverme y te
consta que tengo las maneras, pero prepárate que este tropiezo costará un
dineral. Ofrezca lo que sea Doctor, sin miedo que lo importante es sacar ese
muerto del hoyo, y no me vaya a salir con historietas de que no se pudo o que
la vaina se complicó ni cositas así, hágale con todo y listo.
De cuentas pendientes y encubrimientos, de malabares de
maligna jurisprudencia y de mil entuertos siguieron discutiendo los dos
hombres, uno frente al otro, cercados por las mesas vacías y arropados por las
tinieblas y la música de la orquesta que no frenaba a pesar del cansancio; la
última vez que callaron en presencia del jefe, costó una falange a un
guitarrista de cartel.
Pero al cabo el dueño del restaurante se levantó y
ofreció su mano al abogado de Wiedemann que se levantó también y le siguió
hasta la puerta principal. Los escoltas volaron a rodear a los dos hombres y a
acompañarlos al carro azul del abogado pero nunca llegaron; una ráfaga de arma
automática rompió las brumas y ahuyentó del escudo al ave que despachó su
definitivo anuncio con un graznido de miedo. Los hombres que no cayeron dieron
vuelta y respondieron al fuego, que provenía de la puerta del billar y le
atinaron varias veces a una sombra que acometía como si no temiera a las balas
y continuaba segando la silueta de los guardaespaldas con macabra precisión. El
dueño del restaurante perdió toda su majestad y compostura y entre chillidos de
rata trató de alcanzar la seguridad del carro blindado pero una bala lo alcanzó
a él primero y le abolió las preocupaciones y el tiempo.
El tronar de las balas sólo respetaba al abogado de
Wiedemann que permanecía petrificado en las escalinatas, frente al automóvil.
A esas alturas los guardaespaldas no tenían a quien
proteger, eran sus vidas las que contaban y disparaban todos al unísono contra
el espectro que ya los tenía al alcance del brazo. Quien con la última descarga
no dejó más que a dos hombres en pie, que se arrojaron sobre él a doblegarlo
cuerpo a cuerpo, hundiéndole disparos y puñales al ánima que no caía y que les
emancipó de sus miedos con una mano en la garganta de cada uno y los arrojó
delante de sí, no sin desprecio, para quedarse con la mirada que brotaba de las
ojeras sin fondo clavada en la palidez del abogado.
El fantasma del hombre prosiguió su avance y el abogado
de Wiedemann reconoció el odio en el rostro
y recordó los nombres y las
circunstancias y descifró la sentencia que le profiriera en la cara al aparecer
tras de sí al mediodía y juzgó que no todas las minucias de la memoria ocupan
los laberintos de la corteza cerebral, sino que ideas capitales son trasmitidas
por la genética de las células que se reúnen millones de veces para conformar
nuevos cuerpos, y dilucidó que todos los pormenores de nuestro pasado confluyen
aquí justo ahora y, por fin, midió en toda su extensión lo irrevocable del
destino.
De
manos del último rufián abatido tomó, aún tibio, el puñal que acaso no sabría
defenderle e irguió su estatura sobre la fría piel del altiplano.