Era la hija del vendedor de tabaco, yo debía de haber supuesto que las mujeres que crecen en blanco y negro nacieron para la huida sin prisa. De cuando en cuando me desnudaba y se marchaba sin tocarme, solo quería comprobar que yo seguía aguardándola. Después de cerrarse la puerta yo encendía un cigarrillo y parecía escuchar a las hormigas que me trepaban por las rodillas clavadas en el suelo sucio. Ni siquiera me prometía a mí mismo no dejarla entrar más, sabía que era inútil, pues me pasaba los días esperando que volviera a tocar el timbre de esta casa tan vieja. Cada vez que miraba las paredes desconchadas recordaba que debía de mudarme, pero no sabía realmente cuánto tiempo me quedaba por estar allí, en esa ciudad que había sido desde un principio temporal.
Continué acudiendo día tras día a la tabacalera del pueblo, y su padre se cobraba mi paquete de tabaco rubio, solemne. Siempre le he estado agradecido a ese hombre por no haber sonreído al verme, pese a que él era bien dado a la socarronería. Me miraba a los ojos en el momento en que yo le entregaba las monedas justas y el humo de su cigarro proyectado en mi cara me nublaba la vista. Nunca hablábamos pero percibía que yo no le caía mal. Yo me daba la vuelta y la puerta sonaba alegre con un repiquetear de campanillas que me despedían al cruzar el umbral, esa parecía ser la señal permitida para continuar la plática pospuesta por mi entrada en la tienda, siempre había dos o tres hombres haciendo compañía a su padre.
Si ella hubiera tenido una madre habría sabido que, por el contrario a lo que sentía, resultaba placentero volver al hogar. Pero ella desconocía muchas palabras, era centrípeta en sí misma y sólo el humo interpuesto entre ella y yo me había salvado de su mirada gorgónea. Me protegía constantemente de la petrificación. “ Fumar está pasado de moda” solía decirme si nos cruzábamos en alguna calle, pero yo nunca me cansaba de escuchar esa única frase que decía antes de desaparecer, siempre, en dirección contraria a la mía. Nunca supe a dónde iba, ni le pregunté, quizá por temor a la decepción. Probablemente no fuera a ninguna parte y sólo diera vueltas por los distintos barrios despreocupadamente, quizá fuera llamando a las casas de sus ex amantes hasta conseguir que se desnudaran para después abandonarlos allí, como hacía conmigo. Su otra vida me daba miedo y por eso me convencía a mí mismo de que sólo me preocupaba la vida que ella tenía conmigo. Ella era desarraigada, ilimitada, fuerte. Ella era una gran mentira. Yo lo sabía. Ella lo sabía. Su padre lo sabía.
Acabaría yéndose o matándose, eso estaba claro. Como su desaparición había de ser inminente yo la deseaba hasta personificar en ella todos y cada uno de mis pensamientos, de una forma artificial y forzosamente condensada. Cuando ella no estuviera yo abandonaría también la ciudad y me iría a otra de ruidos y colores, lo tenía todo programado, calculaba que no tardaría más de tres años.
En la ciudad que nos había tocado no había mar y eso la enloquecía. Una vez me confesó que jamás había visto el mar. No le importaba no haberlo visto en diecinueve años, sabía que podría escaparse a verlo en cualquier momento pero también sabía que después de aquello no volvería más. Ni una vez. “ Si, soy drástica, ¿y qué?” me había dicho mirándome fijamente convenciéndome de que esa afirmación también podía hacerse cuando se llega a ser mujer. No quería dejar a su padre solo todavía. Antes tenía que hablarle, tenía que decirle algo importante y aún no había encontrado qué. Llevaba dos años rebuscando palabras, como códigos mágicos para aceptar la ausencia.
Apenas hablaba con él, pero esas últimas palabras bastarían para recuperar el tiempo perdido y llenar el venidero, al menos eso era lo que me decía ella mientras yo deslizaba su ropa interior de algodón blanco a lo largo de sus largas piernas entreabiertas.
Hacía mucho calor, el ventilador que colgaba del techo resultaba insuficiente y entre las rendijas de las persianas bajadas se colaba demasiada luz. Cómo una tarde moribunda puede quemar tanto, el incendio en la habitación. Todo sobraba. Quizá por eso entonces a ella no le importó encontrarse tan desnuda en mi cama, no se ni tan siquiera si se dio cuenta de que estábamos desnudos los dos, yo sentado mirando su cuerpo púdico, marmóreo, sobre mis sábanas blancas. Tenía los ojos marrones, pero no eran de un marrón cualquiera, eran ojos acuáticos, el agua temblaba y se removía alrededor de su pupila fija, parecía un mar de barro ligero, del que cicatriza la piel y sana, con el que cubrirse. Daban ganas de mojar un pincel en su ojo y extender de ese color su piel entera como lienzo en blanco. Qué blanca era. Uno deseaba irremediablemente pintarla, uno quería tocarla a ver si con el tacto se contagiaba de humanidad, pero parecía impune al mundanal ruido.
Sobre todo yo la envidiaba por sus 19, porque aún conservaba el uno inicial y por eso era claramente superior a todos los que la amábamos. La edad no le hacía daño, el tiempo no le daba miedo, era como si para ella aún no hubiera empezado a contar y estuviera en un largo calentamiento antes de empezar la carrera que daría comienzo sólo cuando ella lo decidiera. Qué placer poder elegir. Yo sin embargo dependía de ella, y depender de una niña que aún no está convencida de convertirse en mujer era algo poco confesable allá. Qué veneno, que droga, que enfermedad paulatina y extensible, porque ya se decía en los tiempos de Petronio que el amor era un cáncer y dicen los científicos que en menos de una década, dos de cada diez personas morirán de eso.
Tumbada en mi cama con su larga melena enredada, de un marrón oscuro, desparramada por la larga almohada, su pelo hacía dibujos ensortijados, parecía una de esas sirenas imposibles de cabellos laberínticos y cuerpo inocente en postura tentadora. Yo la miraba incansable, perseverante sin tener conciencia de ello, el impulso irracional de contemplarla como a una foto en blanco y negro, de aquellas de tiempos remotos con mujeres intangibles. Ella me miraba poco, lo hacía despreocupadamente, agitada por todas las razones del mundo ajenas a mí. De haber sido pintor me habría vuelto loco, pero yo no era más que un pobre inversor en bolsa y ella, mi única literatura. En alguna ocasión me preguntó que qué me pasaba, y me alisaba el ceño fruncido tras mirar mi maletín negro sobre la silla, porque en esas ocasiones solía volver la mirada al maletín, culpabilizándolo. Nunca me preguntó que contenía, debía asociarlo a los impecables trajes de vestir que en una ocasión había descubierto en el armario, y el dinero parecía interesarle bien poco. Que sabría ella de las subidas y bajadas, del index, los valores y los números. Quizá de no haber visto esas cosas me habría dado la oportunidad de amarme, sí, me habría amado, yo a ella le gustaba por mucho que fingiera, a veces me escribía palabras en la espalda (que yo nunca lograba descifrar y cuyo mensaje se negaba a repetir), me besaba los párpados y me abrazó por la espalda la única vez que durmió conmigo.
Se llamaba Julia y nunca encontré un nombre que le viniera mejor. Estúpidamente en mi inconsciente, nombrarla me sabía a verano, pero de cualquier modo eso no estaba mal, era como el trozo ligero, luminoso y alegre del año, el mordisco gratificante anual.
El día que la conocí nos encontrábamos inusualmente los dos en un bar. Yo tenía prisa por consultar los valores en el periódico que ella hojeaba. La esperé unos minutos pero parecía perdida buscando algo que no lograba encontrar. Cuando le hablé, algo incómoda se volvió hacia mi con sus dos largas trenzas semideshechas y me dijo que sí, que necesitaba ayuda, que no lograba encontrar el puto número de la lotería. Sonreí, la ayudé y vi su cara de decepción cuando comprobó que los números de su cupón no coincidían con los ganadores. Me anticipé a la que suponía una marcha precipitada y la invité a un café y a una napolitana. Sé que hubiera preferido irse, su delgadez saludable mostraba que no era una fanática de la comida, pero debió de gustarle mi cara. He de reconocer que aunque suelo pasar desapercibido, dicen que mi cara gusta cuando se me mira bien. Esa imperfección que seduce, supongo. A veces también a mí me ha pasado. El caso es que la gente acostumbra a tener demasiada prisa como para detenerse a investigar el encanto que tiene una cara que no llama la atención y me he acostumbrado a estar en el anonimato. Una vida sentimental pobre si he de ser sincero, aunque otros la calificarían de selecta.
Yo no tenía nada de qué hablar, de hecho no quería hablar, y tampoco demasiadas ganas de escucharla, estaba convencido de que acabaría abstrayéndome en mis propias ensoñaciones. Sólo quería mirarla, que se quedara ahí comiéndose su napolitana, bebiéndose su café y que me contara lo que quisiera, o no, pero que me dejara mirarla. No suelo ser caprichoso por lo que creí merecerme una excepción. Después del primer bocado de chocolate me dedicó su primera sonrisa y yo me sentí en el colmo de la dicha de que esa sonrisa fuera dirigida a mí, parecía que de pronto todo estaba bien, así de fácil. Qué maravilla. Viendo que le sonreía sin decirle nada tomó las riendas de la situación y me confesó que acababa de recoger las notas finales del bachiller y que se sentía libre.
- ¿Y ahora que vas a hacer?
- Nada.
- ¿nada?
- Aún no hay nada que hacer. Algún día, cuando sepa qué quiero estudiar lo haré. Hay tanto tiempo…
y mordió dulcemente la napolitana. La masticaba mirándome. Nunca me había mirado tan seguidamente, y yo, que fui educado para “no perder el tiempo”, para ser “un hombre de provecho” no pude más que asentir con total aprobación, frente a un proyecto de vida tan plácido. Ella parecía que no fuera a morir nunca.
Sólo después pasé del movimiento rítmico de su mandíbula hasta sus labios exuberantes de un rojo candente, la cara angulosa, el cuello largo y esbelto y el cuerpo delicado al tiempo que sensual, de una pieza lisa y convincente, irrompible.
- No quiero que me invites
- ¿Qué hay de malo en eso?
- Pensar que invitarme a una napolitana te da derecho a algo
- Me ofendes. Hay que ver con qué facilidad la sociedad convierte un acto generoso en malicioso. De todos modos paga si quieres.
- Vale, paga tú, más que nada porque no llevo dinero… pero déjame regalarte algo, ¿fumas?
- Mucho
Entonces Julia me dio aquel paquete de tabaco rubio sin abrir. Yo lo abrí y poniéndome un cigarrillo en los labios le ofrecí uno a ella.
- No, no fumo
- ¿Y entonces qué hacías con un paquete de tabaco encima?
- Por si acaso. Nunca se sabe.
La mañana de aquel jueves me desperté intranquilo, como si no hubiera dormido nada. Fui a la tienda de tabaco como cada mañana, el padre de Julia estaba solo y aquella vez tardaba más tiempo en devolverme el cambio haciendo que mi marcha de la tienda se ralentizara notablemente.
- ¿ Sigue Julia sin aparecer?
El hombre avejado no se sobresaltó al escuchar mi voz, creí que hasta la agradecía, me contestó como si hablábamos a diario.
- Ya van tres días.
- ¿Te dijo algo antes de irse?
- No. No me dijo nada.
- Entonces volverá
- Sí. Tiene que volver.
La fotografia
Yo vivía en otro país cuando empezaron a hablarme de él. Mi madre lo conoció en una fiesta que dieron en la casa de campo y quedó bastante embaucada con su mirada hipnótica. Andrés se llevaba la misma edad conmigo que con mi madre. Al principio, cuando mi madre comenzó a hablarme de él por teléfono yo no estaba realmente segura de si me estaba confesando que había descubierto a alguien que la motivaba o si me quería transmitir que había encontrado alguien que podría gustarme. Creo que ella tampoco estaba segura del direccionamiento de la conversación, pero se sentía forzada a confesarme que el extraño sujeto me había visto en las fotografías que adornan las paredes de la casa y había dicho que quería conocerme y que lo llamaran en el momento en que yo regresara.
Mi curiosidad me llevó a indagar buscando diferentes descripciones sobre este osteópata, pero sólo obtuve referencias de mujeres que lo habían conocido, y parecían obnubiladas por el magnetismo que aquel hombre de treinta y ocho años emanaba. Su don para la comunicación, (a modo de predicador que aboga por un mundo místico, sano y alternativo), acompañado de lo penetrante de su mirada, de su locución lenta, saboreando cada palabra, empujándola adentro de la otra persona, lo habían convertido al parecer, en un seductor nato, un soltero de oro, un depredador racional y manipulador.
Cuando regresé a España, una pareja de amigos comunes nos prepararon una cita. Exponerme a aquello era inusitado en mí, la situación me parecía en cierto modo ridícula, pero tenía algo de osado que me apetecía experimentar, sobre todo me había creado la necesidad de conocerlo y debía saciar la curiosidad como se calma a un hambriento. Además, la idea de que un hombre así descrito, (exitoso y respetado en su carrera, icono etiqueta de irresistible galán empedernido y núcleo de los pensamientos de las casadas del vecindario) tuviera tantas ganas de conocerme (lo mencionó más de una vez y a más de una persona), sólo a partir de unas fotos, me halagaba.
Su mirada me intimidaba, se anclaba en mi de manera insistente, aunque no tuviera nada que decirme. Era, sí, muy atractivo. Nuestros amigos quedaban automáticamente al margen. Tenía los ojos acuosos, daba la sensación de que en cualquier momento se le iban a romper deshechos en un torrente de agua que acabaría por mojarme por completo.
Lo primero que me propuso fue abrir al siguiente día (domingo) su consulta especialmente para mi para hacerme una sesión de osteopatía. Después de mi accidente de coche la espalda se me llenaba de contracturas y los dolores empezaban a ser insoportables, así que, asumiendo los riesgos a los que me exponía acepté la invitación. Al día siguiente me atendió vestido con bata blanca, tenía música instrumental en la habitación soleada, incienso. Todo me sumía en una especie de ensoñación reparadora. Dejé mi espalda desnuda frente a él y empezó a manipularme; era la primera vez en mi vida que me sometía a aquello. La sesión duró más de una hora. Mis huesos crujían con dureza. Cuando sostuvo mi cara con las dos manos para recolocarme los huesos del cuello, tuve la sensación de que era un pollo a punto de ser decapitado. Era un hombre fuerte, de piel oscura, de pelo negro, yo en cierto modo temía sus brazos musculosos y las manos grandes. Cuando yo gritaba de dolor él sonreía. Encontró un punto en la palma de mi mano donde apretando yo me desesperaba del dolor y me movía convulsa. Me pareció que él disfrutaba, que no era necesario mantener durante tanto tiempo la presión, que le gustaba ejercer poder sobre mí, dominarme, saber que cualquiera de sus movimientos obtendría de mi parte una reacción inmediata. Pero al finalizar la sesión supe que era un buen profesional, de ahí su dinero, su chalet, su clientela y sus únicas cuatro horas de trabajo a diario.
No sé por qué. Había acumulado muchos meses de quietud, de blanco, de espera, lo único que había hecho había sido vivir una extraña historia destinada al fracaso junto a un homosexual. No daba crédito a nada, había en mí cierto desencanto, un comienzo hacia la decrepitud y una indiferencia latente. Estaba harta de mí, creo que por entonces me reprochaba haberme conducido por caminos errados. Contaba mis equivocaciones, estaba cansada de desmontar ilusiones, de descubrirme cada vez más realista. No me quería a mi misma. Necesitaba acción, alguien que hiciera por mi, esta vez. Debió ser porque apareció en ese momento. Porque estaba dispuesta a reírme de todo, porque tenía ganas de hacer investigaciones sociológicas y porque quería convertir mi vida en un episodio de experimentación donde dar cabida a todo para poder saber de todo y hablar de todo con conocimiento de causa. Ponerme en la piel de cualquiera, acercarme así al mundo.
Empecé a quedar con Andrés En público era dulce, cariñoso, detallista, observador. En privado, las cosas cambiaban drásticamente.
Cuando me llevó por primera vez a su casa lo primero que encontré en el salón fue una cabeza de jabalí. Salí inmediatamente al jardín, espantada, al acto, él descolgó la cabeza del puerco y la colocó en el garaje. Yo era aún más deslenguada que ahora, más impía, y empecé un monólogo en contra de la caza. Intentó hacerme entrar en razón, me habló de la belleza ancestral en cada lucha entre el animal y el hombre. De la intensidad, del riesgo, de la excitación que le producía acudir solo al monte, de madrugada, con una linterna que apenas debía encender, y esperar durante horas, extremadamente quieto, hasta escuchar la respiración jadeante de un jabalí aproximándose, preparar su rifle, disparar, rematar luego con un gran cuchillo, en una pelea cuerpo a cuerpo, hasta matar al monstruo de quinientos kilos. El olor, la sangre, la maleza de tanta oscuridad. Cargarlo en el maletero del coche. Llevárselo. Vencer.
Me fui de la casa.
A los pocos días regresaba.
Andrés esperaba mi llegada. Volví porque había algo que me ataba a esa fuerza animal, a esa violencia densa y oscura. Porque escuchándole estaba segura de que se me iba a desvelar algo. Quizá la causa fuera porque después de mi experiencia siempre suave, romántica e ideal con hombres, necesitaba conectar con algo viril y fuerte para equilibrarme.
Una noche, mientras veíamos una película cualquiera (él no era una persona de cine de autor) sacó de la caja fuerte un rifle impresionante que le había costado más de dos mil euros. Tenía incluso, visión nocturna. Yo lo contemplé aterrada, él se puso a limpiarlo suavemente con un paño, con tanto cuidado como quien lava a un bebé. No dijimos nada pero él sonreía conociendo mi miedo.
Por entonces yo era fuerte, sagaz y muy rápida. Hice algo que no he vuelto a repetir. Me dediqué a ganar su confianza, a no emitir ningún tipo de juicio, no dar siquiera la imagen de alguien que puede tener una opinión, hacerle creer que lo que él decía podía influirme, sacar a aflorar mi inocencia (fue sí, un gran papel).
Por el día escudriñaba en su vida tratando de formar la historia y dar con lo que escondía detrás de su imagen blanca y pura de persona casta y decente. Una vez destapada su oscuridad supe que eso era tan sólo un aperitivo.
Me confesó no sólo que se acostaba con prostitutas sino que (puntualizó que esto sucedía antes de conocerme) las frecuentaba, le gustaban en especial las mujeres del Este. Se había acostado con mujeres casadas, solteras y hasta con adolescentes. Escuchándolo me retorcía interiormente de aprensión, desenredar aquello fue más duro de lo que parecía. Cada vez hablaba más. Había cometido todo tipo de peripecias sexuales que me contaba con todo lujo de detalles, historias violentas de mujeres que quieren ser violadas y a las que él fingía violar golpeándolas en la realidad, haciéndolas sangrar, provocándoles desgarros anales.
No sé cómo tuve valor para seguir haciéndolo, pero algo de mi me decía que debía sostener la situación, superarla, sacar algo en claro, hacerme más fuerte, ser más valiente. Así que me quedé a dormir con él, durante un mes. Tenía auténtico pánico de sus noches. A veces me despertaba de madrugaba y me encontraba su brazo rodeando mi cuello como si me fuera a asfixiar. Sin embargo, Andrés estaba dormido. Yo me pasaba horas regulando mis movimientos con la mayor delicadeza posible intentando desembarazarme de aquel brazo inmenso sin despertarlo. Tenía él un sueño intranquilo, y pese a que el mío es profundo, en ocasiones me despertaba asustadísima ante sus movimientos convulsos. La agitación nocturna lo hacía sudar y respirar fuerte.
Se despertaba a las seis de la mañana para hacer chikun porque decía que a la salida del sol era la única hora en que debía hacerse. Era férreo con sus horarios. Desayunaba a las 7 luego almorzaba contundentemente a las doce, a las dos y media comía y a las ocho y media cenaba. Su humor cambiaba violentamente si alguno de los horarios se incumplía. Era rígido, severo y autoritario. Yo me levantaba a esa hora con él incluso siendo domingo. Después de sus ejercicios sacábamos a pasear al perro, luego desayunábamos. El tiempo que se dedicaba a cada cosa estaba cronometrado. Después yo me marchaba. Uno de aquellos días desayunando me atreví. Le hablé de sicarios, le dije que había habido nuevas muertes en las zonas de alterne cercanas. Sonrió socarrón como quien tiene un secreto que sabía me iba a gustar. Me dijo que había conocido a algunos, que se llevaba bien con ellos. Que de hecho tenía un amigo íntimo sicario, que tenía una mujer rubia despampanante y con la que se había acostado en cuanto tuvo oportunidad, en la cama de dormitorio de su amigo. Dice que en una ocasión el amigo volvió a la casa conyugal porque había olvidado algo y que él estaba escondido en el baño. Dice que en aquellos momentos era perfectamente consciente de que si el amigo lo hubiera descubierto habría tenido todo el derecho del mundo a matarlo. Pero que no dio con él. Cuando el amigo se marchó de la casa, la rubia despampanante abrió la puerta del cuarto del baño y besó pasionalmente a Andrés Me contó que fue el mejor polvo de su vida. Me hablaba así, sonriendo obsceno, con descaro, relamiéndose tras cada palabra, jactándose de lo acaecido. Yo intenté seguir la conversación por otros derroteros. Le pedí que me explicaran cómo mataban a los porteros de los prostíbulos. Me dijo que era fácil. Se iba al prostíbulo en coche, alguien conduce y alguien sostiene el rifle. Apuntan con la visión nocturna, disparan. Matan. Se van. Cobran millones. La policía no investiga porque se trata de ajustes de cuentas. Le pregunté que si lo había hecho. Me dijo que sólo había matado jabalís.
Lo besé.
Le pregunté que si lo iba a hacer. Me dijo que para eso había comprado el nuevo rifle.
Eso era todo. Cambié de conversación entre sorbo y sorbo de te y le dije que me iba a Madrid en unos días. Primero con mucha calma me preguntó que si bromeaba, luego me ofreció vivir allí, en su casa, con él. Según él aunque la casa estuviera en las afueras de la ciudad yo no necesitaría coche para nada. El iría al gimnasio por las mañanas y a la consulta por las tardes, pasaría las noches conmigo. Yo mientras podría meditar y alcanzar un nivel de espiritualidad mayor mientras fregaba el suelo. Yo no tendría que ejercer de periodista porque tendríamos suficiente dinero, millones. Además, dijo, teníamos que concebir un hijo, se lo debíamos al mundo. Eso dijo. Y que me quería. Y que ya no iría más con prostitutas.
Tuve miedo otra vez.
De esa sonrisa tan fría, de su bata blanca.
Me marché a vivir a Madrid al día siguiente. Dejé antes, en la comisaría, la cinta con la grabación de la última conversación (toda periodista lleva consigo, en su bolso y en estos casos, siempre, una grabadora). El caso que ocupaba las portadas de los periódicos acabó resolviéndose.
Sigo teniendo miedo.
La nave
Me están buscando, ya deben de estar cerca, no he tratado de esconderme porque sé que acabarán encontrándome. Son demasiados y están esparcidos por doquier, en puntos estratégicos, disponen las listas de teléfono completas de toda la ciudad, saben nuestras profesiones, nuestro estatus, controlan cada movimiento. Pese a que parecen estar desvinculados del poder, un policía, camarero, administrativo del banco, doctor o vigilante del metro, cualquiera, puede ser uno de ellos. No hay distintivo que los delate, es complicado reconocerlos. Ya hay quién los ha comparado con aquellos relatos de ciencia-ficción que parecían vaticinar en los ochenta lo que ocurriría ahora. Desde que empecé a descubrir esta extensa red, apenas hablo con nadie, desconfío de mis propios compañeros del departamento, creo que algunos de ellos son fácilmente corruptibles e influenciables; que optaron por la profesión de policía simplemente para tener la garantía de un sueldo fijo cada mes y poder abusar de su autoridad con el fin de no sentirse tan miserables.
Pedí hacerme cargo yo sola de la investigación; cada semana voy pasando informes documentados a mi único superior, y a un juez que va informándose de los avances del caso para estar sobre aviso y preparado en el momento de entrar en acción.
Todo empezó una tarde entre semana, me dirigí a la asociación donde colaboro, al teléfono de la esperanza. Sé que nunca terminaste de entender esta faceta mía, pero me devuelve la humanidad que pierdo en el despacho y me ayuda considerablemente a entender el razonamiento humano, a parte de darme pistas. Estaba escuchando a un hombre, suele llamar varias veces por semana y preguntar por mí, dice que mi voz consigue calmarlo. Se llama Sergio y llevaba varios meses hablando con él. Es un empresario adúltero, de mediana edad, tras muchas conversaciones me confesó ser dueño de un prestigioso periódico nacional (nunca me quiso revelar su nombre) e inversor en bolsa, bastante dado al libertinaje y al juego; se describía amante de las perversiones. Sentía grandes remordimientos, como si hubiese emprendido un camino sin retorno, extremadamente acelerado, en el que las equivocaciones se iban sumando a un ritmo peligroso. Al principio se centraba bastante en hablarme de sus problemas de derroche, con el alcohol, el dinero, y las mujeres; en su incapacidad de amar, los largos años de incomunicación con su hermano, el desapego con su familia y en su negación rotunda a tener descendencia (con la consecuente herida que le produjo a su mujer, que quería fervientemente tener hijos con él). Sin embargo aquella tarde me llamó inusitadamente asustado. Le temblaba incluso la voz. Hablaba de un grupo extraño de personajes, sus asesores lo habían conducido a un local en el extrarradio de Madrid, para que viera algo que calificaron de nuevo. Llegó allí acompañado de otros dos coches, se detuvieron frente a una nave industrial anodina. Al entrar, descubrieron un local vacío, pero un hombre apareció de inmediato, les descubrió una trampilla en el suelo y al bajar tras él las escaleras a un sótano, descubrieron el lujo en todas sus vertientes; escaleras bañadas en oro, suelo del mejor parquet, lámparas de araña de los años veinte, viejas alfombras turcas, paredes de aluminio. Dos filas de hombres lo esperaban delante de la puerta de recepción. Sergio se asustó, le irritaba la falta de información, la imposibilidad de controlar las situaciones. Con un gesto lo invitaron a pasar a un salón y las filas se rompieron mientras los hombres, elegantemente trajeados y bastante parsimoniosos en su paso, se desplegaban por el local.
- Antes de entrar uno de los hombres, el más alto, le dio un papel rogándole que lo firmara. Retrataba de una especie de contrato de confidencialidad. “nada de carácter legal” se justificó el señor, se trata tan sólo de un compromiso con la casa, con nosotros. Sergio no creyó necesario preguntar qué ocurriría en el caso de incumplir ese contrato, la opción era hacerlo o no, si no se atrevía, debía marcharse inmediatamente, según las instrucciones. Le mordía la curiosidad. Sus compañeros firmaron y él, al que siempre le ha gustado el ambiente de complicidad y camarería, firmó también. Las puertas del salón se abrieron; ante él, una larga mesa de madera reluciente, sentados alrededor de ella, los hombres que lo habían recibido, todos ellos con lápiz y papel. Sergio se sentó. El hombre más alto, que parecía coordinar la velada, fue el que le preguntó cuánto estaba dispuesto a pagar por sus deseos. Sergio no comprendía, se apoyó en la mirada de sus asesores quienes le informaron que todo estaba a su alcance, sin límites de ningún tipo, ni tan siquiera fronteras. Estaba frente a la red más organizada del país, todo lo que pidiera, la aberración que fuese, se lo conseguirían sin consecuencias de ninguna índole. Podía pedir que desalojasen un hotel sólo para tomarse el capricho de destrozarlo y aplacar así su ira; podía pasar a ser nombrado candidato número uno de un partido político, podía tener relaciones sexuales con toda aquella mujer u hombre que nombrara, con cualquier animal; podían robar un cuadro de el Museo de El Prado, incluso, llegados al extremo, podía incluso matar, y utilizando el mecanismo que más le satisfaciera. Podía jugar a ser Dios. No todo el mundo tenía el privilegio de poder pagarse ese puesto. Tenía que ser consciente de que aquella red no ofrecía el servicio a cualquiera.
Sergio me contó que ante la presión y para no hacerlos desconfiar de él, pidió tener un encuentro con tres mujeres, cada una de una raza. Dice que se casi se rieron de su petición, que le preguntaron reiteradamente si estaba seguro de no querer nada más, bastante decepcionados (alguno hasta murmuró que esperaban otra cosa de él), pero que finalmente aceptaron. El precio que había pagado había sido alto. Cuando su deseo fue concedido, le advirtieron de que a partir de entonces estaba obligado a prestar su ayuda a la Red, a taparla y a contribuir a que el deseo de cualquier otro pez gordo pudiese realizarse. Estaba francamente asustado, no podía acudir a nadie, pues las infiltraciones eran muchas. Según pudo enterarse, la red llevaba años operando en el país. Me contaba que le costaba salir de casa a reuniones sociales, que tenía pavor a responder alas múltiples llamadas de teléfono que recibía al día por si alguna era relacionada con la Red. Y que empezó a relacionar con ellos las muchas desapariciones que se habían dado los últimos años, los perfiles de asesinos múltiples que se buscaban, los muchos mendigos que habían acabado en la cárcel acusados de delitos que ellos no tenían los medios para cometer, los cargos de responsabilidad social que se habían dado a gente sin experiencia, salida de la nada. Que no tenía a quién recurrir, que por supuesto no podía contárselo a su esposa, con la que hacía años había llegado a un acuerdo que se resumía en que ella fingía no enterarse de las infidelidades a cambio de un sueldo para gastar íntegramente en ropa, masajes y joyas. Tampoco tenía ningún amigo. La política del periódico se había visto involucrada irremediablemente en el asunto; así, Sergio se veía obligado a ordenar que no se hiciese el seguimiento a determinada noticia que perjudicaría a la Red, bajo las sutiles amenazas que recibía. Toda su vida había dado un vuelco; ya no ejercía su función periodística sino que contribuía al crecimiento de un entramado sórdido e imparable. Había tenido que llamarme y contarme aquello, dijo, porque empezaba a volverse loco, el peso de aquel secreto podía con él. Era un hombre desesperado.
Estuve a punto de confesarle que realmente yo era una policía y que podía ayudarlo más allá que escucharlo, pero me contuve. Precipitarme hubiese sido peligroso.
Cada tarde me llamaba, hablábamos de siete a ocho de la noche, de lunes a viernes (sí, empecé a ir a diario al teléfono de la esperanza). Incluso los fines de semana no descansaba dándole vueltas a la misma historia, totalmente obsesionada.
Necesitaba pruebas. Un vídeo de aquel lugar, enviarlo después a un organismo internacional (los continuos cambios en el Gobierno y el resquebrajamiento acelerado del país me disuadían de llevar la investigación a juicio). No podía desligarme de aquello.
Un día, en contra de las normas de El teléfono de la Esperanza le pedí a Sergio que nos citáramos. Él dudaba, noté su voz nerviosa, por sus frases supe que estaba bastante aturdido; pero finalmente dijo que tenía que ser valiente y que confiaría. Nos encontramos un sábado por la mañana en un parque en el centro de Madrid. Lo reconocí porque era el único hombre de pelo blanco que leía en uno de los bancos de madera, y porque llevaba un abrigo azul oscuro. Apenas eran las once de la mañana y exceptuando un padre que columpiaba a sus dos hijos, no había nadie.
Sergio era un hombre elegante, con clase, bien educado. Su voz era moderada y me costó deshacerme de la idea de hombre débil que había escuchado al otro lado del teléfono, para encontrarme con ese hombre que parecía extremadamente seguro de sí mismo. Al principio le costaba mirarme a los ojos y había cierta tensión en la conversación, pero pronto mis sonrisas le transmitieron confianza y volvimos a tener la fluidez de a diario, sin hacer ningún comentario de nuestro físico. Creí notar, no obstante, que yo le agradaba, quizá no me esperase tan joven.
Cuando le dije que era policía se mordió los labios y arrugó el entrecejo, después, se dio cuenta de que la revelación podía ser positiva. Fuimos a una tienda de espionaje y fisgoneamos entre los artilugios con la fascinación de unos niños. Compramos una mini cámara que iría oculta tras un gemelo con toda una provisión de cables que permitirían que yo pudiera ver y escuchar a tiempo real lo que Sergio viviese a 100 kilómetros.
Sergio debía acudir allí una vez más, en esta ocasión pediría ser uno de los próximos candidatos para un partido político, todo quedaría registrado; reacciones, propuestas, la negociación en definitiva, y yo me encargaría de hacer una conexión por radio a tiempo real. Mi hermano trabajaba de controlador de audiovisuales de los informativos en una televisión nacional, a él sí le había podido contar todo, se había prestado a colaborar excitado estrenando la posibilidad de hacer algo heroico.
Todo estaba preparado. Los telespectadores de todo el país podrían ver lo que estaba ocurriendo, se daría en la hora punta.
Así que Sergio y yo nos encaminamos al lugar, en dos vehículos diferentes. Yo me detuve antes, para evitar ser descubierta, mientras que él continuó avanzando. Mi hermano coló la retransmisión quizá prematuramente. El micrófono retransmitía todos los sonidos de su entorno, desde el frenazo de su coche, el canturreo de la canción que emitían en radio, los ladridos de los perros al llegar a la nave industrial…El escuchar sin ver me inquietaba y me movía nerviosa en el asiento del coche sin encontrar la posición adecuada. Los televidentes sin embargo estaban viéndolo todo, mi hermano había pasado un guión a la presentadora de los informativos, que era su amante, para que pudiera ir comentando lo que acontecía y así, el vídeo en directo no sería cortado. Era, quizá, nuestra única-última-mejor posibilidad de cambiar la corrupción vigente, el desastre nacional, la vida misma, estaba en juego. Pude oír los saludos iniciales, las voces toscas, el nerviosismo de Sergio patente en la tensa modulación de su voz, la sorpresa de los que lo recibían. El barullo en el interior del local, el silencio después. Hizo su propuesta tras un preludio de quince minutos en el que le cuestionaron inquisitivamente qué había venido a hacer. Hubo silencio, una tos, un afinamiento de la voz desde la otra punta de la larga mesa. Alguien gritó que era mentira, que no se lo creía, que Sergio no era de fiar, que qué había venido a hacer…que sonaba todo muy raro viniendo de su boca...Se escucharon interferencias, según me contó mi hermano, que veía las imágenes, fue porque le cogieron de la corbata. Después se cortó toda comunicación. En las imágenes en directo, la cámara cayó estrepitosamente al suelo y alguien la pisó. Al principio no supe a qué se debía la desconexión y trasteé mi radio por si había accidentalmente roto algo. Después reaccioné y arranqué rápidamente el coche con las pulsaciones aceleradas. Había empezado a llover y en la oscuridad resultaba difícil conducir rápido por esas carreteras secundarias resbaladizas. Llamé apresurada a mi hermano, al parecer la presentadora había jugado bien su papel y gracias a eso las imágenes habían permanecido íntegras como si se tratase de un reportaje de investigación. Se había contado lo sucedido en televisión, qué era la red, en qué consistía, pero después la retransmisión había sido bruscamente cortada y habían continuado con los deportes. Deshazte del artefacto, le ordené a mi hermano antes de despedirme; era evidente que irían a por nosotros. Mi hermano no obstante, estaba exultante y pensaba celebrar el hecho con su amante invitándola a un hotel de lujo esa noche. Yo, por mi parte, he venido directa a casa a escribirte esto. Me encontrarán inminentemente, no voy a preparar una huida cinematográfica, no sé de qué me serviría ni hasta donde podría llegar. Los esperaré en la cama, a ser posible durmiendo, como si nada ocurriese. Quizá haya salvado su vida delatándome, pero probablemente Sergio ya no viva y se empiece a buscar a un nuevo director para su diario.
Espero que leas este mail pronto, que te sea útil, que puedas hacer algo.
El secuestro
Desde que tenía uso de conciencia, había pasado su tiempo divagando sobre la idea del amor, y como consecuencia, buscándolo allá adonde iba, sopesando a cada persona con la que se encontraba por si era la que ella esperaba con tanta ansiedad. Devoraba libros, indagaba en las películas, en las exposiciones, con una bulimia amorosa incontenible, escudriñando por todos los recovecos, extrayendo pistas que la condujeran por el camino adecuado. Le interesaba conocer gente, hablar con los que le rodeaban, sólo por el hecho de escuchar sus vivencias amatorias: coleccionaba historias. En su adolescencia fue una ávida lectora de biografías. Pero no se limitó en ningún momento a ser una mera oyente; era consciente de que necesitaba una preparación ardua, así que trabajó para forjarse una personalidad sólida, se forzó a tener todo tipo de experiencias, tardó años en culturizarse en todos los ámbitos posibles y poder estar lista para cuando la persona llegase. Durante los veinte años salió con una disciplina férrea, todas las noches de jueves, viernes y sábado, hasta el amanecer, frecuentando todos los bares que le daba tiempo. Llegaba, miraba a su alrededor, continuaba el juego de miradas con quién parecía reconocerla, aparentaba coquetear en las conversaciones iniciales cuando en realidad examinaba al sujeto y finalmente se marchaba a otro bar. Durante el día quedaba con diversos grupos de gente: los cinéfilos, los deportistas, los estudiantes de medicina, los drogadictos…para no limitar sus posibilidades. Llevaba un ritmo de vida agotador. Todas las chicas que querían una vida intensa se unían a ella, que era el máximo referente, pero a medida que iban conociendo a una pareja, se iban desenganchando del grupo. Elena crecía, terminó el Instituto, su año Erasmus, la Universidad, los veraneos en lugares de playa, y el amor no aparecía. Tuvo, por supuesto, varios romances, preconcebidamente intensos (ella se imponía los sentimientos, pretendía auto-engañarse hasta creérselos fervientemente), pero finalmente abandonaba todo empeño y acumulaba otro fracaso más en su personal cementerio de relaciones. A los treinta años estaba realmente agotada, para colmo, la mayoría de sus compañeras de salidas nocturnas habían acabado por encontrar la estabilidad y no estaba dispuesta a salir sola (las evidencias resultaban burdas). Atravesó varias depresiones de las que salía renqueante, habiendo perdido parte de la vitalidad que la caracterizaba. No obstante, los que la conocían, confiaban en sus posibilidades, señalaban que el brillo de los ojos de Elena seguía latente. Ella sin embargo temía que la edad fuera mellando su belleza, que los años mermaran su locuacidad. Pasó largas temporadas sin vida social, regresaba a su casa y se aferraba al recurso cinematográfico de que alguien por equivocación llamase a su puerta, o que quizá el cartero fuera la persona de sus sueños. Pensó en cambiar de trabajo, dejar su puesto de maestra de escuela por uno de cara al público, aunque fuese de cajera de supermercado. Además, estaba harta de acabar fijándose en los padres de sus alumnos de primaria, no tenía ninguna pretensión de romper familias. Sin embargo no se atrevió a dar el paso. Un buen día llegó un hombre a su clase; era un comercial novato que presentaba una colección de libros didácticos para niños. La conversación derivo a un café, el café a una cena, la cena a unas copas, y así había caído la noche sobre la ciudad. Elena se había percatado de que él la deseaba, lo cual incentivó la atracción que ya de por sí, sentía hacia él. La primera noche trajo una segunda, semanas, meses de intensidad emocional. Estando con él, la ansiedad de Elena se adormecía, encontraba una calma saciante, con solo abrazarlo. Podía pasarse la tarde entera así, tirados los dos en la cama, hablando, entrelazados, sin necesidad de salir, ni de hacer. Amaba el cuerpo de Carlos, sus formas suaves, el tacto de la piel, el olor que emanaba. Acostumbraba a enredar su mano en el pelo oscuro de él y a mirarlo queda: esos ojos enormes de color que la inyectaban en verde, los labios gruesos que se desplegaban en alegres sonrisas de manera constante. La voz, que la transportaba a otra dimensión, capaz incluso de hipnotizarla. El amor era eso, pensó. Sin bullicio ni exaltación, una tranquilidad sana, constante. Pero pronto vino el mal: empezó a preocuparse por todo el peligro que los acechaba. No se trataba tanto de a qué mujer pudiera Carlos conocer en su ausencia, o que simplemente desapareciera, si no de lo que no dependía de él. Así, cuando Carlos tenía que conducir largos trayectos para vender y distribuir sus libros, ella sufría infinitamente pensando en accidentes de tráfico, en que alguien o algo pudiera arrebatárselo; temía que caminase a horas intempestivas y lo asaltaran; que la bomba de una banda terrorista cayera sobre él o, si llovía, temía que lo matara un rayo. Elena sabía que su obsesión debía ser inconfesable, todos la tacharían de lunática, pero no podía remediar el miedo que la perturbaba por completo. Cuando Carlos regresaba sano y salvo a casa, Elena lo abraza con una efusividad inaudita, y le daba la bienvenida como si acabara de salvarse del Apocalipsis. Lo pasaba francamente mal con las idas y venidas de Carlos, hasta que un día lo encerró en casa cuando ella salió a trabajar. Mientras él dormía había conseguido quitarle el teléfono móvil y había llamado a la compañía telefónica para que cortara la línea, dejándolo así completamente aislado. En el fondo sentía bastantes remordimientos, y temía también por su reacción, pero lo había hecho de manera impulsiva y ya no había vuelta atrás. Esa mañana, pasó las horas en el colegio pidiendo a los niños que le contaran historias con las que distraerse, y en el recreo se unió a la profesora más ególatra del centro, quién jamás preguntaba nada fuera quien fuese su interlocutor (se pasaba las horas hablando de sí misma). Cuando terminaron las clases se encaminó hacia una pastelería donde compró una tarta de chocolate (con el fin de agradar a Carlos), y de ahí, algo asustada, a casa. Encontró a Carlos bastante agitado, aturdido. La recibió a gritos porque por su culpa no había ni podido excusarse por no ir a trabajar. Elena empezó a cocinar intentando aparentar calma y durante la cena, hizo esfuerzos por explicarle lo que había sucedido, su miedo fatal a perderlo. Carlos se tiraba del pelo con los ojos desorbitados sin dar crédito a lo que oía (muy lejos de encontrarlo bonito) le dijo que estaba loca, se levantó exasperado, pero como era una persona bastante razonable, volvió a sentarse, intentó serenarse y abordar la situación de una manera madura. Tal y como ella había imaginado: él no la entendió en absoluto. Elena, que ya había previsto todo aquello, empezó a notar los efectos de las pastillas somníferas que había diluido en la cerveza de Carlos. Una vez estuvo completamente sedado, lo llevó a rastras hasta la cama y una vez allí le ató cuidadosamente al cabezal por las muñecas, con una soga fuerte que había comprado. Después le besó en la frente, le puso el pijama y se acurrucó en su regazo pudiendo conciliar así el sueño.
Como temía que a la mañana siguiente Carlos pudiese gritar alertando así a las cotillas de sus vecinas, antes de marcharse al colegio Elena puso música clásica en el salón, así además, conseguiría que él se apaciguase. Le había dejado café con leche en la mesilla, un trozo de tarta de chocolate, una ensalada de pollo para la comida, un par de cervezas, barritas de muesli, varias piezas de fruta y el libro que él estaba leyendo, junto con el mando de la televisión. También una carta de amor, escrita de su puño y letra.
Aquel día en el colegio se sintió más tranquila sabiendo que su amor tenía todo aquello que necesitaba y que estaba bien protegido. Volvió a casa canturreando, deseando verlo, abrazarlo, olerlo. Pero cual no fue su sorpresa al encontrarse que todo estaba tal cual ella lo había dejado por la mañana: Carlos no había probado absolutamente nada de la comida, el mando estaba en la misma posición en que Elena lo había dejado, también el libro y la carta. Él seguía con los ojos cerrados. Ella se asustó, corrió hacia él y apoyó su oreja contra el corazón de él, comprobando que seguía latiendo. Estuvo contemplándolo durante quince minutos. Nada. Ni el más leve movimiento. Temblorosa, le soltó la atadura de las muñecas, le dio golpes en la cara para que se despertara, pero nada parecía poder devolverlo a la realidad. Creyó que por alguna extraña razón, él había caído en coma. Así que Elena se echó a llorar, desvalida, asida a la cintura de él. Fue entonces cuando Carlos, dotado de una vigorosa y súbita energía, se incorporó, ante la atónita mirada de Elena, y se marchó fuera del piso sin molestarse en buscar su teléfono móvil ni en recoger su libro.
Nunca más volvió a saber de él. El recuerdo de aquella historia se hizo difuso para Elena, quién pasado el tiempo, dudó de si había pasado en realidad o había sido un sueño. Se volvió abstraída, anduvo ya siempre absorta en sus ensoñaciones, muy lejos de vivir su realidad, refugiada en su mundo de posibilidades.
Teatro
No parecía esperar a nadie porque
en todo el tiempo que llevaba sentada no había mirado ni una sola vez el reloj
y no se mostraba impaciente, sólo alerta.
Era joven, no debía rebasar la
treintena. Alzaba de cuando en cuando la cabeza y miraba a su alrededor con los
ojos de los que buscan encontrar alguien a quien amar. Después de una
inspección rápida, furtiva y fracasada, volvía al libro que no conseguía
abstraerla suficientemente de la realidad que pretendía cambiar.
Yo la miraba todo el tiempo y en
uno de aquellos intentos de hallar un hombre, se tropezó con mi mirada atenta, en
una de esas indigestas ráfagas de segundo que yo intenté alargar inútilmente.
No, mi físico no la había impresionado. A medida que pasaban los minutos iba
llegando más y más gente que se agolpaba en la entrada del teatro, todavía
cerrada. Llegaban con esas voces que sobresaltan a veces, esas que de haber
podido, nadie hubiera elegido tener jamás. Y si ella en aquellos momentos se
dignaba a levantar la cabeza para mirar a los dueños de aquellas voces, yo
sabía que lo hacía por curiosidad pues su manera de mirarlos era de las que
marcan distancia, cuando se ha decidido previamente que no estaría con nadie
con una voz así y uno sólo mira para ponerle rostro a lo que acaba de rechazar
y ratificar si cabe su elección o bien lamentar las incidencias irrevocables.
Aún volvió a levantar la cabeza un
par de veces más, pero como si me adivinara, no se atrevió a mirar más en mi
dirección. Cuando finalmente la puerta del teatro se abrió y la gente se
amontonó en tropel mostrando en las manos sus tickets amarillos, ella cerró el
libro, para quedarse ahí sentada mirando el desfile de desconocidos que ella no
tenía ninguna intención de conocer. Iba viendo como uno a uno pasaban delante
suya y las figuras se perdían de vista al entrar en la sala. Ella parecía que
había muerto un poco; la cara ensombrecida de repente como quien ha perdido la
esperanza del día. Después se levantó, me miró de reojo y volvió la vista a las
enormes cristaleras por donde anochecía mientras me daba la espalda y se
colocaba la penúltima de la fila. Se atusó la falda negra que le llegaba por
las rodillas, parecía incómoda, definitivamente supe que no le gustaba sentirse
observada porque por un segundo había vuelto la vista atrás solamente para
mirarme hoscamente y hacerme saber que no me perdonaba el que la hubiera
descubierto.
Yo estaba detrás suya intentando
por todos los medios ver a quien leía, pero ella me ocultaba la portada del
libro que había estado exhibiendo al resto a modo de estandarte. Parecía que
ella, tenía una cierta inclinación a interesarse por lo que la gente lee, como
si ese fuera uno de los datos más reveladores que se pueden asir cuando la
comunicación verbal es todavía un imposible; así que utilizaba para seducir, el
mismo medio por el que ella se hubiera sentido atraída por alguien. Yo estaba
más que seguro de que el libro que ella estaba leyendo estaría firmado por uno
de esos autores que los intelectuales mencionan sólo para sentir que su
pensamiento coincide o se apasiona con el de un escritor consagrado y así
pretender ser respetados. Supuse que el que ella me mostrase el autor del libro
sería como confesarme que realmente sólo pretendía dar una imagen, porque en
lugar de estar inmiscuida en la lectura de un buen libro había estado al acecho
de alguien que la conmoviera. El que yo supiera sus tácticas era igual de
erróneo que si yo contemplara a la mujer que deseo depilándose, poniéndose los
rulos, cortándose las uñas o maquillándose. No. Debería estar prohibido.
Nadie debería de descubrir nunca
los secretos de la gente. Pero yo no había podido remediarlo, la culpa la había
tenido su pelo negro corto, muy corto, revuelto. Luego uno había de mirar
irremediablemente a sus labios rojos, ese color tan rojo predominando entre
tanto oscuro y luego de pronto, de golpe, los rasgados, pero aún así enormes
ojos color miel. Y sí, por supuesto, la sonrisa generosa con todos menos
conmigo. Como un mundo que se despliega dulce y agradable, fácil, brillante,
los gruesos labios se expandían como un horizonte para el espectador. Posible.
Lejano y cercano a un tiempo, en las distancias confundido. Una sonrisa que lo
llenaba todo de luz, como si fuera un parto y después, la ceguera. Debía a uno
haberle tocado la felicidad de tener la ocasión de ver a esa mujer reír a carcajadas. Pero estaba claro que a mi,
desde luego, no estaba dispuesta a perdonarme.
Una vez dentro de la sala no sabía
si quería darle la oportunidad de que ella me viera con la comodidad de que yo
no pudiera ver si me miraba o si debería de continuar siendo avaricioso y
situarme en un punto estratégico donde pudiera darle igual protagonismo a ella
que a la representación. Juguemos a su juego, me dije. Así que me puse tres
filas delante suya y dos asientos más a la izquierda que ella; no había nadie
en nuestro camino y ella estaba en el último asiento del lateral derecho por lo
que mi perfil habría de ser una constante en su mirada si ella pretendía ver la
función. No había mucha gente dispuesta a pagar una suma considerable por ver a
cuatro bailarines desnudos recrear la soledad y la miseria humanas y el conflicto alma-cuerpo. La semana
entera con la compañía daba pie a que la gente que decidiera asistir se
repartiera en los días y con el precio se eliminaba de la asistencia a
muchísimos estudiantes, si no a todos, lo cual me agradaba a mí y debía de
agradarle también a ella, que de haber sido estudiante sería una estudiante
tardía y de no serlo, no parecía una mujer que admirara a alguien que fuera
menos que ella en algo, aunque ese algo fuera tan absurdo e irremediable como
haber nacido después. Sonreí por lo que iba
a hacer y aún quedando tan sólo diez minutos para que el espectáculo
diese comienzo, hurgué en mi maletín de
cuero marrón, entre los papeles y los bolígrafos intentando sacar algún tomo
que la impresionara. Aquel día yo sólo llevaba a Stefan Zweig y a Saul Below,
saqué uno al azar y empecé a leerlo. Carraspeé para aclararme la voz, emitir
algún sonido puede ser el comienzo.
Respecto a mi físico, habían sido
muchas las mujeres que acompañándome en el asiento de copiloto me miraban
mientras yo conducía y aseguraban que les encantaba mi perfil. Además estaba
seguro de que al menos despertaría curiosidad en ella el saber que yo era
crítico de espectáculos y que podría acompañarme a todos esos eventos, estrenos
y presentaciones donde la gente que quiere ser se cree que ya es.
Cuando la función terminó y la
gente ya iba saliendo por la puerta, me adelanté a unas cuantas personas para
colocarme cerca de ella y de su perfume, después divisé a una de esas personas
que trabajan en otro medio y con las que inevitablemente coincido casi a
diario, con las que no se sabe qué decir después de quejarnos de algo y de las
que por mirarnos compitiendo, sin
descanso, a uno se le quitan las ganas de hablar más. Sin embargo supe que la
impresionaría, así que con fingida cordialidad, rozando el ímpetu y
convirtiéndome en una farsa, inicié una conversación en tono alto que llamara
la atención, haciendo alusión a la crítica, al periódico…y revelando datos
mientras taponábamos la salida para que ella se percatara.
Después me dirigí al ropero, dí mi
tarjeta para que me devolvieran el abrigo y mientras esperaba ella se posicionó
junto a mí. Sonreí para mis adentros, ¡es tan absolutamente fácil seducir a las
mujeres que buscan relaciones complicadas! Quieren a alguien consagrado o
reconocido en la materia, que la domine, que les enseñe y no solo al que
admirar sino que al tiempo sea admirado por otras féminas y hombres, que
despierte rivalidad y halagos, con el que puedan profundizar y tratar una
constante retahíla de conversaciones profundas que son las únicas que ellas
consideran válidas o califican de interesantes, ese tipo de diálogos de los que
hastían cuando se hacen peligrosamente diarios y que acaban por dar una de las
pocas razones por las que alguien pueda abandonarlas con la total seguridad de
no querer volver ya más. Si bien puedo ser tachado por alguien como un viejo
verde ellas cometen la misma falta al crearse Lolitas, ¿por qué su rol ha de estar mejor visto? El intercambio es
justo, yo necesito reponerme de lo que pierdo; frescura, vida y belleza, sobre
todo belleza, aunque sea lo único que puedan ofrecerme. Creo que llegados a mi
edad uno ya no quiere más razonamientos lacerantes, ya no se quiere tener la responsabilidad del sufrimiento de
más vidas; ya he salvado y he sido curado, me he enamorado de ideas y de
palabras, he hecho daño y me han herido, he dejado y me han abandonado. Sé a
qué sabe el amor y se me ha acabado. Ahora sólo pretendo dedicarme a la
contemplación de la belleza, a admirar lo que a
pasos agigantados se me escapa hasta agotarse.
Acaba de sonreírme, así de repente,
con plenitud, un poco ruborizada por su evidencia, pero sabe que acepto, porque
esbozo una sonrisa tranquila sin mirarla. De igual modo nos elegimos. Ella
sabía que yo aún ahora seguiría aceptando de igual modo que yo supe que ella me
desearía. Me abotono mi abrigo gris y me coloco el sombrero marrón. Debo encantarle
y si saco la pipa no me dejará jamás.
Veo como la ayudan a colocarse su
gabardina de franela negra mientras la espero junto al rellano de la puerta.