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Vilardell Balasch, Victor (Augusto Pérez)

Reo de somnolencia



No me atrevía a darme la vuelta, a despertar de una vez.

Julio Cortázar  (“Retorno de la noche”)

Esta es una historia real, tan real como que ustedes están leyendo ahora mismo estas líneas. Es lógico–y no me sorprendería en absoluto - que los hechos que se narran a continuación, les parezcan ficticios, irreales,  misteriosos,… Pero yo les aseguro que lo que ahora les voy a contar me sucedió realmente hace algún tiempo.

Antes de nada, advertir al lector que soy lo que mi pareja denomina un dormilón compulsivo. Sí, soy de esas personas capaces de pasarse horas y horas e incluso, alguna vez, el día entero durmiendo, sin que mi organismo note ninguna señal de alarma. Sin embargo, después de estos largos letargos se crea en mi conciencia un estado de remordimiento –impuesto seguramente por la sociedad en la que vivimos, en la que el tiempo es oro, y cada minuto de más que se duerme se considera tiempo perdido- que dura hasta después del café y el cigarrillo, porque acto seguido y de forma paulatina esas inquietudes van desapareciendo y en menos de una hora u hora y media no queda ningún resquicio de desasosiego. Además, el hecho de dormir tanto es para mí un placer que no provoca ninguna alteración en mi vida normal, ni laboralmente, no socialmente, exceptuando ciertas peleas con mi mujer porque me considera un holgazán.

Sin embargo (todas las historias varían por un ‘sin embargo’), hace aproximadamente dos meses, una mañana mi compañera no logró despertarme, a pesar de que yo estaba despierto, o al menos consciente. Sí, ya sé que esto parece una contradicción, pero es así, yo eran consciente de todo lo que sucedía a mí alrededor, pero mantenía los ojos cerrados, roncaba como suelo hacer y mis músculos seguían en reposo. M., mi compañera, se asustó, y mucho. En un principio pensó estaba muerto, pero cuando se calmó y vio que yo seguía roncando, se encolerizó. Pensó que mi haraganería era esta vez algo insoportable, que me estaba pasando de la raya, y yo

aunque intenté abrir los ojos, no pude,

aunque intenté abrir la boca para darle una explicación, no pude,

aunque intenté mover las piernas para levantarme no pude,…

Ella me miró, supongo, con desprecio, y antes de marcharse me dijo secamente: ahí te quedas.

Y se fue, sí, porque llegaba tarde a trabajar y yo me quedé en la cama, cómo decirlo, como un dormido despierto - supongo que es la mejor manera de expresarlo- sin poder hacer nada. La verdad es que entonces yo también me asusté, porque a pesar de que el dormir no me produce ningún desasosiego como aquellos que creen que dormir es perder el tiempo,

o como Manuel Machado quien afirma:

(…) para descansar,
es necesario dormir,
no pensar,
no sentir,
no soñar...

(…) para descansar,
morir».

A pesar de no compartir estas ideas, me asusté, claro está, porque la situación que estaba viviendo aquella mañana de invierno no era  habitual. Durante las dos primeras horas estuve meditando sobre lo que podía sucederme, quizás sufría una parálisis, pero no podía ser, me movía como cuando alguien duerme, es decir, de un lado para otro para cambiar de postura y desentumecer los músculos. Además, como he dicho antes, roncaba. Lo único que parecía claro era que sufría era un ataque de sueño profundo. Sin embargo, a pesar de estar durmiendo, era consciente de todo lo que pasaba a mí alrededor. Reconozco que a veces cuando duermo me pasa, pero soy capaz de abrir los ojos e incluso emitir algún sonido gutural en forma de respuesta a alguna pregunta, pero está vez era como si el sueño pudiese más que yo.

Después de estas dos horas de reflexión caí en una especie de sopor y perdí la conciencia y soñé justamente que no podía despertarme, pero con una pequeña variación, durante el sueño sufría un ataque de angustia por no poder levantarme, cosa que en la realidad no sucedía. Cuando me desperté de este sueño se me ocurrió una nueva explicación, quizás estaba soñando que no podía despertarme y esta especie de metasueño era lo que me impedía despertar. Pero este razonamiento, aunque era quizás el único que parecía tener cierta lógica, no me convencía. Si así era, lo comprobaría cuando me levantase. Y no pude evitar entonces evocar unos versos de Ricardo Reis;

El sueño es bueno, pues de él despertamos

para saber que es bueno. Si la muerte es sueño

despertaremos de ella

Así que decidí seguir durmiendo o soñando, depende de cómo ustedes quieran llamarlo y durante todo el día alterné lapsos de sopor con otros de plena lucidez.

Sobre las cuatro de la tarde llegó M., supongo que eran las cuatro de la tarde porque siempre llegaba a la misma hora. Cuando se percató de que seguía en la cama se acercó hacia mí, probablemente presa de un extraño sentimiento, mezcla de aturdimiento, de estupefacción y de cierto rencor por haber pasado todo el día en la cama.

-Oye cariño ¿te encuentras bien?, llevas todo el día en la cama, me parece raro –me dijo suavemente.

Toda mi respuesta fue un leve movimiento en la cama, dirigiéndome hacia donde oí su voz para abrazarla. Rocé su cuerpo y emití un fuerte ronquido.

- En serio, me estas poniendo nerviosa –empezaba a enfadarse- ¿Te pasa algo?

M. se levantó de la cama y empezó a dar vueltas por la habitación, murmurando frases muy bajas que no podía entender. Quizás estaba otra vez entrando en ese estado de modorra que no me dejaba concentrarme en lo que me decía.

Lo siguiente que recuerdo es haber oído un grupo de gente a mi alrededor, pero como acababa de despertarme –perdón por la incorrección semántica, pero no encuentro otra palabra adecuada para describir mi estado- no entendía qué pasaba a mi alrededor.

- Pero señora, entiéndalo, este tipo no está enfermo… tiene las constantes vitales perfectas, respira rítmicamente, tiene los reflejos bien … no sé qué más quiere que le diga… simplemente está durmiendo.

- Pero ya ve usted. No se despierta, por lo tanto algo debe sucederle, ¿no?

- Sí, señora…

- ¿Qué hago? Díganme, ¿qué hago?            - Llamaremos al médico de guardia

Después se produjeron unos momentos de incómodo silencio, incómodo al menos para mí que nunca me ha gustado ser el centro de atención. Pero la solución no estaba en mis manos, porque el sueño, bueno, el sueño no porque ya estaba dormido, la somnolencia volvía a atacarme.

Un pinchazo de aguja en el brazo me sacó de nuevo de la modorra.

- Su marido sufre lo que médicamente se conoce narcolepsia, que en este caso parece aguda.

- ¿Podría ser un poco más explícito, doctor?

- La narcolepsia es un trastorno crónico clínicamente caracterizado por somnolencia diurna excesiva, cataplejía y otros fenómenos caracterizados por el inicio prematuro de sueño REM. Pero en el caso de su marido debe de ser muy aguda porque ni siquiera responde a los estímulos externos.

El doctor, por el silencio después de diagnosticar la enfermedad que supuestamente tenía, parecía no entender la causa por la que yo no me despertaba

-Bueno, señora, yo lo único que puedo hacer es inyectarle un suero vitamínico para que no se muera de hambre… y déjeme que consulte con algún colega el caso, porque es especial.

- Gracias doctor –le dijo M., que cada vez parecía más confusa y su voz se apagaba.

- No lloré señora, su marido está bien, lo único que le pasa es que está dormido.

- Ya, pero y ¿si nunca se despierta?

- Yo lo único que puedo hacer es mantenerla informada cuando hable con algún especialista, ¿de acuerdo?

Así pasamos dos semanas, sí, dos semanas enteras. Yo vivía veinticuatro horas encamado,

variando de postura para desentumecer los músculos y los huesos, a pesar de que el suero no me permitía tanta libertad de acción,      roncando en diferentes grados de intensidad, porque algunas veces llegué a ser consciente de mis propios ronquidos y éstos me sacaban del profundo estado de sopor,                 soñando siempre el mismo sueño que tuve el primer día, con pocas variaciones, aunque el sentimiento de angustia fue desapareciendo paulatinamente,…

Y M. llegó a acostumbrase a verme siempre en la cama, durmiendo. No por ello dejaba

de contarme cómo le había ido el día, los cabreos constantes con sus superiores, a los que tachaba de incompetentes,                 de leerme por las noches algún capítulo de Reo de nocturnidad de Bryce Echenique, el único libro del autor peruano que valía la pena, me decía siempre, antes de cerrar la luz,                                      de darme besos, y los buenos días y las buenas noches, e incluso un día que estaba especialmente excitada, intento practicar sexo conmigo pero no pude responder a sus expectativas,                de contarme, por un lado las escasas noticias médicas, y por otro, sus preocupaciones con respecto a mi estado somnífero. No sabía qué decir a parientes y amigos. Otras veces las preocupaciones tomaban un cariz existencial, cuya pregunta retórica final era: ¿cómo vamos a pasarnos así toda la vida?…

Sin embargo, y este es el segundo que aparece en la historia y que nos lleva ya hacia el desenlace de la misma, hoy por la mañana M., como siempre, se despidió con un beso y un irónico ‘que tengas felices sueños’ pero se dejó el despertador conectado a las diez y veintisiete de la mañana.

A esa hora sonó el fuerte zumbido del despertador desde la mesilla. Me incorporé en la cama y mientras dirigía mi brazo para apagarlo, como un acto reflejo, fui consciente de que estaba despertándome, pero esta vez, de verdad, abrí los ojos y pude comprobar que todo seguía en su sitio.

Me levanté de la cama y fui a la cocina a prepararme un café con leche, me lo tomé mientras me liaba un cigarrillo (ambos me supieron a gloria después de tanto tiempo). Después fui a sentarme en el sofá, no sin antes conectar la radio para oír las noticias y acabar de desperezarme. Y finalmente, cuando estaba ya totalmente despierto me dispuse a llamar a M. para decirle que acaba de despertarme –noticia que se tomó con una alegría inconmensurable, hasta tal punto que no dio explicaciones a nadie y vino desde el trabajo a verme enseguida.

Sin embargo, y este es el último, esta mañana no tuve la inquietud, ni remordimientos de conciencia por haberme pasado más de dos semanas en la cama.

RW



Decimos una necedad y a fuerza de repetirla acabamos por creérnosla.

Voltaire  Tratado de la tolerancia

Cuando entró a trabajar como grabador de datos para La Empresa, Norberto era plenamente consciente de que su trabajo era temporal, ya que había sido contratado para cubrir una baja del anterior grabador de datos. A pesar de no ser el trabajo que buscaba, Norberto no podía rechazar la oferta porque su penosa economía no le permitía ciertas exquisiteces laborales.

El día en el que el jefe de Recursos Humanos le hizo la entrevista, Norberto consideró que el trabajo no resultaría difícil, y además, a pesar de que su contrato por obra y servicio no indicaba la duración del mismo, calculó que en un día -como mucho en un par- tendría acabada toda la introducción de los datos en el ordenador.            -Bueno, no recuerdo si ya se lo he comentado -dijo el jefe de RRHH,  mientras caminaban por los eternos pasillos de La Empresa - pero mientras los datos no estén totalmente informatizados tendrá que dar la información a aquellos usuarios que la requieran, de una forma manual, es decir, consultando los datos en los listados, ¿de acuerdo?

Norberto asintió descuidadamente mientras iba observando toda la oficina -distribuida en pequeños cubículos individuales- y a los que serían sus compañeros -que no apartaban ni un segundo la mirada de la pantalla del ordenador.

Cuando llegaron al que sería su lugar de trabajo, Norberto lo escrutó detenidamente: era exactamente igual que los demás cubículos - de menos de tres metros cuadrados, pintado de un gris apagado y con una mesa en forma de ele, encima de la cual había un monitor, un pequeño montón de hojas junto al teclado y un teléfono. Pero había una diferencia con respecto a los otros, su pequeño habitáculo tenía una ventanilla que daba a la recepción y supuso que sería por ahí por donde los clientes se asomarían para hacer las preguntas sobre los datos que él tenía que grabar.             -Una última cosa, antes de que se me olvide, su horario de descanso es de 11:37 a 11:42, ni un minuto más ni un minuto menos, y nunca, bajo ningún pretexto, podrá ser ni antes ni después -el jefe de RR.HH. se quedó en silencio, parecía cansado de repetir siempre la misma retahílas de normas- Y si alguna vez, por alguna causa justificada, tiene que abandonar su puesto, deberá comunicármelo para que le dé el visto bueno, ¿de acuerdo?

Norberto volvió a asentir. A pesar de considerar estas normas una absurdidad más del sistema empresarial, la acató sin protestar porque en dos días, como máximo, ya no sería parte de La Empresa.            -Bueno, como todavía faltan doce minutos para terminar la jornada -le informó el jefe de RR.HH- puede empezar a mirar los listados para familiarizarse con los datos que ha de introducir, ¿de acuerdo?

Norberto por tercera vez asintió pero esta vez con un cierto malestar por la muletilla lingüística que usaba su interlocutor al terminar cada frase.

Después de quitarse la americana y dejarla en el respaldo de su silla, Norberto se sentó y cogió el listado para examinarlo. 'Es un trabajo sencillo' pensó al ver las cuatro columnas de datos: primer apellido del usuario, segundo apellido, nombre y número de identificación (que constaba de doce dígitos). No sabía qué utilidad tendría aquello pero tampoco tuvo tiempo de averiguarlo porque un pequeño zumbido que provenía de un altavoz situado justo encima de su cabeza le indicaba el fin de la jornada laboral.

Mientras se ponía la americana, justo en la puerta de su cubículo, Norberto vio desfilar ante sí, en perfecto orden y de uno en uno, a los demás trabajadores, cabizbajos, todos vestidos con un traje de un gris que no permitía diferenciar la pintura de las paredes de los trajes de los empleados. 

A las ocho menos dos minuto de la mañana siguiente, Norberto, después de dejar la americana en el respaldo de la silla, se sentó y buscó el botón para encender el ordenador, miró y volvió a mirar  sin encontrarlo, pero  a las ocho en punto se encendió automáticamente. Ocurrió lo mismo con la ventanilla que daba al vestíbulo, se abrió sola, ante la sorpresa de Norberto que no pudo evitar sonreír.

Dispuesto a realizar lo mejor que pudiese el trabajo, se puso manos a la obra y durante tres horas y treinta y siete minutos estuvo tecleando apellidos, nombres y códigos de usuarios de manera constante, pero cuando el reloj marcó las 11.37 el ordenador se bloqueó automáticamente y apareció un aviso que ocupaba toda la pantalla para recordarle que eran sus cinco minutos de descanso. A pesar de que Norberto no estaba cansado recordó la advertencia del jefe de RR.HH y se fue al pequeño cuarto de descanso. Durante el trayecto desde su cubículo hasta allí no se encontró a nadie a lo largo del pasillo, todos seguían en su despacho tecleando mecánicamente y al entrar tampoco vio nadie en él, únicamente había una mesa individual, una silla y todas las paredes estaban rodeadas de máquinas expendedoras. Norberto sacó un cigarrillo del paquete y lo encendió.'¡Qué raro! Todavía no he hablado con nadie' pensó mientras aspiraba el humo.            - 11:42, hora de volver al trabajo - le interrumpió una voz metálica proveniente del altavoz.

Norberto miró su mano para comprobar que no había consumido ni siquiera la mitad del cigarrillo, pero lo apagó en el cenicero y volvió a su despacho.

Durante el resto de la mañana combinó la introducción de datos en el ordenador con la consulta de los clientes -diez- que venían a buscar el número de usuario. Norberto, cuando llegó el primero de ellos se alegró porque pensó que así podría entablar una conversación que le permitiría relajar los ojos después de horas de mirar atentamente la pantalla.            -Bueno días -le saludó amablemente

El usuario, sin más, le dio el  carnet de identidad.

Norberto lo cogió y, mientras buscaba el nombre y apellido coincidentes para darle al usuario el código de identificación, pensaba que aquel tipo era un maleducado, ni siquiera le había dado los buenos días.            -86510597 -le respondió secamente Norberto.

El hombre los anotó en un papel y se fue sin despedirse, lo que le indignó todavía más. Pero más tarde pudo comprobar que todos los usuarios le trataban de la misma manera: no le saludaban, simplemente dejaban el carnet de identidad en el mostrador para que él les diese el número. Así que cuando llegó, siete minutos antes de cerrar a medio día, la décima persona -una mujer de escasa estatura, regordeta y con ojos saltones- no pudo reprimirse más.            -Buenos días -saludó amablemente Norberto.

La usuaria le dio el carnet de identidad sin terciar palabra.            -5802862 -le respondió Norberto después de comprobar los apellidos y el nombre, pero no le devolvió el carnet.

La mujer esperó unos instantes a recuperar su carnet, mirando alternativamente al empleado y  hacia la derecha del mostrador. El empleado la observaba esperando una  reacción.            -¿Me devuelve el carnet? -le preguntó al cabo de unos minutos la mujer, con voz muy baja, indecisa, cómo si no supiese muy bien cómo actuar.            -Por favor...- repitió al ver que él seguía mirándola impasible.            -¿Cómo?            -¿Me devuelve el carnet, por favor?

La mujer, una vez recuperado el documento, se fue completamente ruborizada, prácticamente corriendo, sin poder evitar echar miradas furtivas a aquel empleado de La Empresa tan extraño. Norberto se incorporó por encima del mostrador para ver qué miraba aquella mujer mientras esperaba.

ESTÁ TERMINANTEMENTE PROHIBIDO DIRIGIRSE A LOS EMPLEADOS

LA DIRECCIÓN

Norberto no pudo evitar sonreír ante el mal trago que acaba de hacer pasar a la mujer, pero de nuevo el leve zumbido del altavoz situado encima de su cabeza le recordó que era la hora de ir a comer -el ordenador se bloqueó y la ventanilla se cerró.

Por la tarde, después de una breve -brevísima- comida volvió a la misma rutina: grabar datos, atender a los pocos usuarios que venían, seguir grabando datos...

Cuando faltaban ocho minutos para acabar la jornada laboral, Norberto giraba la última página del listado. Miró el reloj y se apresuró para acabar de introducir los diez últimos registros, no quería volver al día siguiente. Un minuto antes del fin de la jornada laboral se disponía a apretar la tecla Guardar para grabar todos los datos introducidos a lo largo del día, pero justo se produjo un corte de luz en toda la oficina.

Norberto, primero se quedó atónito, mirando la pantalla negra, sin asimilar que todo su trabajo acaba de irse al traste. Luego blasfemó, ante la sorpresa de los otros empleados que salían en perfecta fila y de uno en uno y le miraban de reojo mientras él echaba pestes por su mala suerte. Finalmente se maldijo a sí mismo por no ser previsor e ir guardando los  registros cada cierto periodo de tiempo.

Ya en la calle, el aire le devolvió cierta tranquilidad, pero ésta le fue rápidamente arrebatada cuando sus ojos se fijaron en las farolas apagadas que evocaron sus últimas horas malgastadas por el apagón.

'Pero mañana, eso no sucederá' se repitió a si mismo durante todo el trayecto hasta su casa.

Sin embargo, durante el resto de la semana tampoco pudo grabar los datos. Siempre acababa demasiado justo, tan justo que el ordenador siempre se apagaba automáticamente y le impedía terminar el trabajo. También intentó grabar los datos parcialmente, pero aparecía un mensaje de error que se lo impedía:

Función no válida

Así que durante esos cinco días siguió sin poder acabar el trabajo. 

El domingo, su único día de descanso, se encontró con un amigo en la cafetería donde habitualmente bajaba a desayunar y a leer el periódico y le contó su situación laboral.            -Tú con tranquilidad -le respondió su amigo, ante la sorpresa de Norberto- Haz tu trabajo y punto, si La Empresa no te deja terminar no es culpa tuya.            -Pero yo no puedo.... -empezó a decir Norberto.            -Sí puedes. Tú haces tus horas, según indica el contrato y al final de mes cobras, y así hasta que....            -Pero te repito que yo no puedo hacer eso, va contra mis principios.            -Claro que puedes -le respondió con cierto aire de superioridad- Ahora no me vendrás con solidaridad con el empresario, ¿eh? Ellos sabrán lo que hacen.

Norberto se quedó callado, mientras su amigo le contaba las falsas aventuras amorosas de la noche anterior.

Durante tres semanas siguió trabajando para La Empresa, grabando todos los días los mismos datos. Tantas veces los tecleó que al final, cuando los usuarios acudían en busca de su número de identificación, Norberto, sin consultar el listado, lo cantaba como un loro.

Esta situación fue creando en él un estado de ánimo variable, primero pasó por la angustia pero ésta acabó desembocando en un profundo tedio, convirtiéndose la rutina en costumbre. Pero un día, cuando ya no era capaz de recordar el tiempo que llevaba trabajando en La Empresa -aunque realmente sólo llevaba cuatro semanas y media- la costumbre se vio alterada. A falta todavía de cuatro minutos para su descanso matutino, le apeteció inesperadamente un cigarrillo y no pudo evitar, desoyendo las órdenes, ir a la sala a fumar. Cuando entró se encontró de frente a otro empleado.            -¿Qué hace usted aquí? -le recriminó el otro- Todavía tengo cuatro minutos de descanso.            -Sí, sí, tranquilo, es que me apetecía fumar un cigarrillo y...            -Pero todavía no es su hora -la voz del empleado temblaba.            -Tranquilo, hombre -Norberto no entendía esa actitud hacia él- Me llamo Norberto y trabajo en el despacho 2/11 -le dijo alargando la mano para intentar tranquilizarlo.

El empleado se quedó mirando la mano de Norberto sin acercar la suya.            -¿En el 2/11? -le preguntó el empleado con los ojos como platos- ¿En grabación y difusión de datos?            -Sí -respondió Norberto- Pero, ¿por qué pones esa cara?            -No, por nada, es que...-se interrumpió el empleado            -¿Sí?            -No, nada -volvió a decir el empleado            -11.41 hora de volver al trabajo - le interrumpió una voz metálica proveniente del altavoz.

El empleado se fue sin despedirse, dejándole intrigado. Como ahora sí era realmente su tiempo de descanso, sacó otro cigarrillo mientras meditaba sobre la breve conversación que habían mantenido.  

Durante el resto de la mañana Norberto siguió haciendo su trabajo mecánicamente -más si cabe- preguntándose por el extraño comportamiento de su compañero y decidió que le abordaría a la hora de la comida para que le contase qué sucedía en su sección.

Un minuto antes de acabar la jornada laboral de la mañana, Norberto estaba preparado para ser el primero en salir de La Empresa y esperar a aquel hombre para poder seguir hablando. Cuando el altavoz le indicó el fin de la jornada laboral matutina salió, casi corriendo, y aguardó a que el otro saliera detrás de un árbol, frente a la puerta de la oficina.

El empleado salió de la oficina y, andando a pasitos cortos, se dirigió hasta un parque cercano. Se sentó junto a un estanque donde nadaban unos patos y sacó un bocadillo. Norberto se acercó por detrás y justo cuando estaba a su lado, el empleado se giró al notar una respiración cerca de su oreja.            -Pero, ¿qué hace aquí? ¿Qué quiere de mí? -le preguntó intentando levantarse.

Norberto le cogió por los hombros, obligándole a sentarse de nuevo.            -Quiero que me expliques qué pasa con la sección 2/11.            -Pero, usted es un inconsciente -le dijo nervioso- ¿No sabe que La Empresa no deja que los empleados se relacionen entre sí?            -¡Venga ya!, ¿qué está diciendo? No se invente películas de terror.            -Léase la cláusula 8.9 de su contrato -le interrumpió.

Norberto, que tenía la mala costumbre de no leer sus contratos de trabajo, desconocía tal hecho, pero ahora mismo no era eso lo que le importaba, quería averiguar a toda costa qué era lo que sucedía en la sección de grabación.            -Bueno, eso ahora mismo me da igual -le respondió- Lo que quiero saber qué pasa en mi sección, ¿por qué tanto misterio?

El empleado mientras hablaban no dejaba de mirar hacia todos los lados, buscando posibles testigos de la infracción contractual.            -¿Es que no lo entiende? -le reprendió cada vez más nervioso- Tengo una familia a la que mantener...            -Pues cuanto antes me lo cuente, antes le dejo en paz -le respondió tranquilamente Norberto-. Así que usted mismo.            -De acuerdo -le respondió- Usted está sustituyendo una baja, ¿no es cierto? -Norberto asintió- Pues esta persona está de baja por depresión... En 20 años no ha conseguido grabar el listado.

Norberto se levantó del banco, ante la mirada de alivio del empleado, y entró apesadumbrado en el primer bar que encontró para comer algo antes de volver al trabajo.

Norberto se pasó toda la tarde introduciendo datos en el ordenador, con la angustia de sentirse improductivo y meditando sobre la posibilidad de pasarse hasta la jubilación grabando siempre los mismos datos.

Cuando acabó con todos los registros, apretó mecánicamente la tecla Guardar y para su sorpresa salió el siguiente mensaje en la pantalla:

¿DESEA GUARDAR LOS DATOS REGISTRADOS?

SI                    NO                  CANCELAR

Norberto, emocionado, dirigió el cursor hacia el SI, pero cuando estaba a punto de clicar sobre él, la pantalla se volvió negra, otro día más.

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