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Paniagua Jiménez, Antonio (Matías Redoble)

Retablo laboral sobre la imposición de la casulla a San Ildefonso



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Nuestro director era tan amable que siempre estaba dispuesto a hacernos un hueco en la palangana para remojar los pies en agua tibia con sal. Cuando don Roberto nos llamaba a capítulo a su despacho, uno siempre sabía que después de las amonestaciones venía ese momento de confraternidad en el que podías sumergir los pies y encontrarte con los dedos juguetones del jefe. Gracias a esos tocamientos, las reprimendas se hacían mucho más soportables. De hecho, nos peleábamos por compartir ese instante íntimo tan agradable. Había veces en que alrededor de la palangana se arracimaban ocho piernas con los bajos de los pantalones remangados buscando afanosamente un poco de líquido en que ablandar las callosidades. “Muchachos, no se amontonen ni salpiquen”, nos reconvenía dulcemente el director. Algunos compañeros se angustiaban los fines de semana porque su mayor anhelo era volver al trabajo, donde sabían que un día, quizás el martes, quién sabe si el jueves, podían ser citados para una jornada de chapoteo pedestre junto a nuestro amado director.

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¿Qué tenía ese despacho para que todos disputásemos por permanecer en él? ¿Sería el pisapapeles con la figura del toro de Osborne? ¿El palillero de cerámica? ¿La esposa del señor director vestida de enfermera? Sí, quizá fuera la mujer de don Roberto, que nos gustaba tanto a todos. Con su cofia blanca, sus medias negras de redecilla y sus bragas rojas que se adivinaban tras una minifalda plisada, nos tenía enloquecidos. Todas las miradas convergían en el perchero, objeto detrás del cual posaba la esposa enfermera. Antes, cuando ella no estaba, el despacho carecía de inmanencia. ¿Cómo se concretaba eso? Estaba clarísimo, el perchero estaba demasiado desnudo. No obstante, ninguno se atrevió a explicarle al jefe el problema. A don Roberto le disgustaban muchísimo las conductas insolentes, odiaba la exhibición banal de conocimientos. No en balde, el único defecto de don Roberto es que abominaba de la libertad de expresión. Por eso había que ser muy prudente, comportarse con mucho tiento, ora insinuando una leve sugerencia como cazada al vuelo, ora mirando todos fijamente el perchero con las manos en los bolsillos y silbando una melodía. Por fin, un buen día, don Roberto apareció con su señora del brazo: “Miren lo que les traigo, muchachos, ¿no es una preciosidad? La pondremos detrás del perchero, que está muy vacío”. Todos aplaudimos a rabiar.

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En verdad era preciosa. Pero el director, con la ignorancia característica del hombre ocupado, nos había traído a su mujer con todos los perifollos propios de la esposa de prohombre en la cúspide jerárquica: el abrigo de visón, la pulsera con dijes, el peinado esculpido a laca. Juramentados en guardar el secreto, reunidos en conciliábulo con los pies anegados en la solución salina, acordamos adornarla a nuestro gusto, como quien decora un árbol de Navidad. Muy poco a poco, de forma subrepticia, fuimos colocando en la mujer los adminículos sanitarios espaciados en el tiempo. De esa manera don Roberto iba admirando los cambios operados en su esposa sin darse cuenta. Domínguez quiso empezar con las bragas rojas pero le detuvimos. Un día Núñez de Bolívar trajo un termómetro, dos semanas después apareció Álvarez con la cofia. Miguelón se hizo cargo de los zuecos blancos con agujeritos. En agosto la esposa del director lucía su voluptuosidad de enfermera en todo su esplendor. Al final, don Roberto estaba tan entusiasmado con el trasunto de enfermera que dejamos que creyese que fue él quien obró la metamorfosis. Hubo que persuadirle con muchas indirectas de la especie cazadas al vuelo de que el estetoscopio resultaba extemporáneo.  4

De nuevo nos juramentamos para cambiarle el nombre a la mujer de don Roberto. A partir de ahora la llamaríamos Kika. Como nuestro director era un esclavo del conductismo de masas, aunque se justificara invocando que era de derechas, él también acabó por llamarla Kika. Hacíamos fila en la antesala del despacho para rondar a nuestra adorada enfermera. Pero había que optar por Kika o su marido. Era una decisión difícil, pero al final todos tomamos la misma: queríamos a los dos a partes iguales. Aquello empezaba a tener inmanencia.

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Primero fue Núñez de Bolívar el que montó una tienda de campaña con forma de iglú en el despacho. Después Miguelón se trajo una cesta de mimbre con comida y acampó bajo la mesa del jefe. García fue más drástico: cortó un trozo de moqueta y delimitó el área de su jardín de cactus. Jacinto Peinado vino con la mujer y los niños; Gómez se agenció un balancín del parque; Pascual no trajo ninguna cosa, su leyenda de gorrón estaba más que justificada. Cuando yo quise incorporarme a la fiesta tropecé con los pies de Bolívar, trastabillé y caí en brazos de Kika, que en ese momento hacía guardia frente a la jofaina, donde asomaban ramilletes de dedos que emergían y luego se esfumaban como delfines amaestrados ante el examen divertido de don Roberto, Miguelón y Peinado. Los tres me invitaron a que mojase los pies. Venciendo mi pudor, primero introduje el dedo gordo, acto seguido el empeine y después el talón. Ya iba a introducir el segundo pie cuando percibí un cosquilleo en la planta seguidos de unos leves pinchazos. Di por terminada la inmersión en medio de protestas ruidosas. Me disponía a enfundarme el calcetín cuando vi unos crustáceos comiéndome las uñas. “No tema, hombre, son unas quisquillas que he comprado. Hoy invito yo”, dijo carcajeándose don Roberto. No pude por menos que entonar tres hurras por el gesto tan espléndido del director. 

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Las quisquillas se reprodujeron como una plaga. Al principio nos hizo gracia que colonizaran el pisapapeles con el toro de Osborne y el palillero de cerámica. Fue asombroso cómo dejaron reducidos a un montoncito de espinas los cactus de García. Cuando nos percatamos del verdadero peligro ya era demasiado tarde. Habían devorado la moqueta, los dos tomos del diccionario jurídico y colmaban la palangana, de donde nacían millones de ejemplares. Parecían el magma de un volcán. Era perentorio hacer algo, así que determinamos poner a don Roberto y su mujer a salvo, buscando un lugar en lo más alto de las estanterías. Aun así, las quisquillas seguían en el despacho, que era como decir nuestra patria. Hubo que convocar un encuentro y nos juramentamos para sacrificar a Miguelón. Abrimos la ventana y expusimos el cuerpo maniatado de nuestro colega en el alféizar. Las quisquillas dejaron pelados los huesos del pobre chico, pero cuando quisieron hacer la digestión ya habíamos cerrado la ventana. No quedó ni una. La osamenta de nuestro compañero sigue en el alféizar. La verdad es que nos da mucha pena tocarla. 

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Don Roberto nos condecoró por nuestro heroísmo. No cabíamos de gozo. Momentos antes de que nos impusiera la medalla, formábamos una ringla que caracoleaba entre el jardín de cactus devastado, el esqueleto del iglú y el balancín, cuya pintura estaba descascarillada por la turbamulta de quisquillas. Hacíamos esas circunvoluciones porque ninguno quería abandonar el despacho del jefe. Tras colgar en el pecho la condecoración, don Roberto iba estrechando la mano uno a uno, mientras su esposa nos tomaba la temperatura a ojo, tú unas décimas, tú estás que ardes. Cuando me llegó el turno, don Roberto me palmeó la espalda y me dejó desabotonar un ojal del vestido de su mujer. Aquello fue el principio del fin. Hasta los huesos de Miguelón se estremecieron de envidia. Él fue el único que se quedó sin medalla.  

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Cuando al día siguiente unos cuantos compañeros remojábamos los pies, noté en mi piel el filo de uñas como cuchillas. La inmanencia se evaporaba como el agua turbia de la palangana.

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Las cosas empezaron a ir mal. Peinado azuzaba a los niños contra mí, García me miraba con ojos torvos, la mandíbula de la calavera de Miguelón parecía moverse para articular palabras que en mi imaginación repetían el insulto de traidor. Nadie se fiaba de nadie. Bajo el esqueleto de la tienda de campaña con forma de iglú, cada vez más semejante a las patas de un enorme arácnido, mis enemigos urdían planes de venganza. ¿Qué culpa tenía yo si era el preferido de don Roberto?

10 A todo esto, ¿por quién tomaba partido nuestro amado director? Desde luego no contra mí, que, antes muerto que descuidar la pulcritud, le lustraba cada mañana los zapatos con la gamuza de limpiar las gafas. Pero tampoco reprendía a los demás. Se dejaba querer, aceptando risueño los versos laudatorios que le componía Núñez de Bolívar, cuyo ditirambo engordaba más y más en el rollo de papel de la impresora. Nunca había estallado en carcajadas tan estentóreas don Roberto como subiendo y bajando en el balancín de Gómez, en quien no hacía mella la fatiga a la hora de ejercer de contrapeso. Hasta Miguelón rendía su servicio póstumo dejando que su fémur anduviera de aquí para allá entre las fauces de los hijos de Peinado. Nunca vi a unos niños tan bien amaestrados: don Roberto arrojaba el fémur en el recinto del despacho y pronto se lo traían de vuelta los chiquillos, que para solaz del jefe corrían a cuatro patas. Qué aplicados. Y pensar que contra mí se revolvían feroces, enseñando los colmillos que les había afilado su padre con una navaja multiusos.

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Hubiera resistido años haciendo frente a la ignominia de mis compañeros si un día don Roberto no nos hubiera mandado formar bajo la mesa de su despacho. “Quiero que me dibujen la estampa de la Virgen imponiendo a San Ildefonso la casulla, como si fueran un Belén viviente”. Huelga decir que casi ninguno conocía el piadoso acontecimiento de San Ildefonso. Mis colegas no tuvieron más remedio que salir disparados hacia la estantería en busca de la enciclopedia. Era tal la excitación que rompían las páginas, se propinaban codazos, se hacían jirones la ropa. Yo, que desde muy temprana edad me he criado huérfano, estudié en el Colegio de San Ildefonso. Aunque no viene el caso, he cantado dos veces ‘el gordo’ de la lotería. Ni que decir tiene que fui yo que quien sugirió a don Roberto representar el milagro de San Ildefonso, para lo que me tuve que emplear a fondo para iluminar su mente con un sinfín de insinuaciones captadas al vuelo. Mientras mis compañeros se peleaban, me apresuré a tomar a Kika de la mano y llevarla hacia la mesa de nuestro muy amado y perspicaz director.

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Me arrodillé ante Kika, a quien hice sostener el abrigo de Núñez de Bolivar como si de una casulla se tratara. Había que hacer un gran esfuerzo de imaginación para creerse la escena, debido sobre todo a la estrechez del espacio. Tampoco la minifalda plisada y las bragas rojas de la esposa de nuestro director contribuían, ciertamente, a dar verosimilitud a la composición. Pero a esas alturas tenía a don Roberto comiendo de mi mano. A todo esto, los niños de Peinado mostraban los colmillos, Gómez ponía cara de cactus y Núñez de Bolívar y el resto salivaban de rencor y envidia. Por desgracia, tenían en sus manos, algo arrugadas, la hoja con el cuadro de la descensión de la Virgen y la imposición de la casulla. “¡Nosotros haremos de ángeles y querubines!”, rugieron.

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En un santiamén tenía a todos en pelotas y emplumados apretándose contra mis ijares. Contaba con su impudor para desnudarse, pero no con su diligencia para hacerse con unos plumeros y disfrazarse de ángeles, aunque los niños de Peinado difícilmente podían pasar por querubines con esas caras de hijos de puta. No sé cómo alguien logró colgarse del tablero ni cómo los demás se encaramaron a mis espaldas. Con todo, si no fuera por la estrechez y la numerosa competencia, me hubiera comido a besos a Kika. Estaba guapísima haciendo de Virgen.

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Cuando me quise dar cuenta un puño se cerraba sobre lo que un día fueron mis genitales; unos objetos punzantes, que enseguida supuse eran los cuernos del toro de Osborne, pugnaban por abrirse paso en mi esfínter anal, mientras un abrecartas se hundía en mi costado dejándome sin aliento. “Qué retablo tan bonito”, dijo don Roberto entusiasmado Casi nos habíamos olvidado de él. Lástima que me estuviera desangrando, porque en ese preciso momento don Roberto se aprestaba a disparar el flash de su cámara. Antes de dar el último estertor, alcancé a oír un sonoro “¡patata!” de boca de mis compañeros.      

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