Retablo laboral sobre la imposición de la casulla a San Ildefonso
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Nuestro
director era tan amable que siempre estaba dispuesto a hacernos un hueco en la
palangana para remojar los pies en agua tibia con sal. Cuando don Roberto nos
llamaba a capítulo a su despacho, uno siempre sabía que después de las
amonestaciones venía ese momento de confraternidad en el que podías sumergir
los pies y encontrarte con los dedos juguetones del jefe. Gracias a esos
tocamientos, las reprimendas se hacían mucho más soportables. De hecho, nos
peleábamos por compartir ese instante íntimo tan agradable. Había veces en que
alrededor de la palangana se arracimaban ocho piernas con los bajos de los
pantalones remangados buscando afanosamente un poco de líquido en que ablandar
las callosidades. “Muchachos, no se amontonen ni salpiquen”, nos reconvenía dulcemente
el director. Algunos compañeros se angustiaban los fines de semana porque su
mayor anhelo era volver al trabajo, donde sabían que un día, quizás el martes,
quién sabe si el jueves, podían ser citados para una jornada de chapoteo
pedestre junto a nuestro amado director.
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¿Qué
tenía ese despacho para que todos disputásemos por permanecer en él? ¿Sería el
pisapapeles con la figura del toro de Osborne? ¿El palillero de cerámica? ¿La
esposa del señor director vestida de enfermera? Sí, quizá fuera la mujer de don
Roberto, que nos gustaba tanto a todos. Con su cofia blanca, sus medias negras de
redecilla y sus bragas rojas que se adivinaban tras una minifalda plisada, nos
tenía enloquecidos. Todas las miradas convergían en el perchero, objeto detrás
del cual posaba la esposa enfermera. Antes, cuando ella no estaba, el despacho
carecía de inmanencia. ¿Cómo se concretaba eso? Estaba clarísimo, el perchero
estaba demasiado desnudo. No obstante, ninguno se atrevió a explicarle al jefe
el problema. A don Roberto le disgustaban muchísimo las conductas insolentes,
odiaba la exhibición banal de conocimientos. No en balde, el único defecto de
don Roberto es que abominaba de la libertad de expresión. Por eso había que ser
muy prudente, comportarse con mucho tiento, ora insinuando una leve sugerencia
como cazada al vuelo, ora mirando todos fijamente el perchero con las manos en
los bolsillos y silbando una melodía. Por fin, un buen día, don Roberto apareció
con su señora del brazo: “Miren lo que les traigo, muchachos, ¿no es una
preciosidad? La pondremos detrás del perchero, que está muy vacío”. Todos
aplaudimos a rabiar.
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En
verdad era preciosa. Pero el director, con la ignorancia característica del
hombre ocupado, nos había traído a su mujer con todos los perifollos propios de
la esposa de prohombre en la cúspide jerárquica: el abrigo de visón, la pulsera
con dijes, el peinado esculpido a laca. Juramentados en guardar el secreto,
reunidos en conciliábulo con los pies anegados en la solución salina, acordamos
adornarla a nuestro gusto, como quien decora un árbol de Navidad. Muy poco a
poco, de forma subrepticia, fuimos colocando en la mujer los adminículos
sanitarios espaciados en el tiempo. De esa manera don Roberto iba admirando los
cambios operados en su esposa sin darse cuenta. Domínguez quiso empezar con las
bragas rojas pero le detuvimos. Un día Núñez de Bolívar trajo un termómetro,
dos semanas después apareció Álvarez con la cofia. Miguelón se hizo cargo de
los zuecos blancos con agujeritos. En agosto la esposa del director lucía su
voluptuosidad de enfermera en todo su esplendor. Al final, don Roberto estaba
tan entusiasmado con el trasunto de enfermera que dejamos que creyese que fue
él quien obró la metamorfosis. Hubo que persuadirle con muchas indirectas de la
especie cazadas al vuelo de que el estetoscopio resultaba extemporáneo.
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De
nuevo nos juramentamos para cambiarle el nombre a la mujer de don Roberto. A
partir de ahora la llamaríamos Kika. Como nuestro director era un esclavo del
conductismo de masas, aunque se justificara invocando que era de derechas, él también
acabó por llamarla Kika. Hacíamos fila en la antesala del despacho para rondar
a nuestra adorada enfermera. Pero había que optar por Kika o su marido. Era una
decisión difícil, pero al final todos tomamos la misma: queríamos a los dos a
partes iguales. Aquello empezaba a tener inmanencia.
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Primero
fue Núñez de Bolívar el que montó una tienda de campaña con forma de iglú en el
despacho. Después Miguelón se trajo una cesta de mimbre con comida y acampó bajo
la mesa del jefe. García fue más drástico: cortó un trozo de moqueta y delimitó
el área de su jardín de cactus. Jacinto Peinado vino con la mujer y los niños;
Gómez se agenció un balancín del parque; Pascual no trajo ninguna cosa, su
leyenda de gorrón estaba más que justificada. Cuando yo quise incorporarme a la
fiesta tropecé con los pies de Bolívar, trastabillé y caí en brazos de Kika, que
en ese momento hacía guardia frente a la jofaina, donde asomaban ramilletes de
dedos que emergían y luego se esfumaban como delfines amaestrados ante el examen
divertido de don Roberto, Miguelón y Peinado. Los tres me invitaron a que mojase
los pies. Venciendo mi pudor, primero introduje el dedo gordo, acto seguido el
empeine y después el talón. Ya iba a introducir el segundo pie cuando percibí un
cosquilleo en la planta seguidos de unos leves pinchazos. Di por terminada la
inmersión en medio de protestas ruidosas. Me disponía a enfundarme el calcetín
cuando vi unos crustáceos comiéndome las uñas. “No tema, hombre, son unas
quisquillas que he comprado. Hoy invito yo”, dijo carcajeándose don Roberto. No
pude por menos que entonar tres hurras por el gesto tan espléndido del
director.
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Las
quisquillas se reprodujeron como una plaga. Al principio nos hizo gracia que
colonizaran el pisapapeles con el toro de Osborne y el palillero de cerámica.
Fue asombroso cómo dejaron reducidos a un montoncito de espinas los cactus de
García. Cuando nos percatamos del verdadero peligro ya era demasiado tarde. Habían
devorado la moqueta, los dos tomos del diccionario jurídico y colmaban la palangana,
de donde nacían millones de ejemplares. Parecían el magma de un volcán. Era
perentorio hacer algo, así que determinamos poner a don Roberto y su mujer a salvo,
buscando un lugar en lo más alto de las estanterías. Aun así, las quisquillas
seguían en el despacho, que era como decir nuestra patria. Hubo que convocar un
encuentro y nos juramentamos para sacrificar a Miguelón. Abrimos la ventana y
expusimos el cuerpo maniatado de nuestro colega en el alféizar. Las quisquillas
dejaron pelados los huesos del pobre chico, pero cuando quisieron hacer la
digestión ya habíamos cerrado la ventana. No quedó ni una. La osamenta de
nuestro compañero sigue en el alféizar. La verdad es que nos da mucha pena
tocarla.
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Don Roberto
nos condecoró por nuestro heroísmo. No cabíamos de gozo. Momentos antes de que
nos impusiera la medalla, formábamos una ringla que caracoleaba entre el jardín
de cactus devastado, el esqueleto del iglú y el balancín, cuya pintura estaba
descascarillada por la turbamulta de quisquillas. Hacíamos esas
circunvoluciones porque ninguno quería abandonar el despacho del jefe. Tras
colgar en el pecho la condecoración, don Roberto iba estrechando la mano uno a
uno, mientras su esposa nos tomaba la temperatura a ojo, tú unas décimas, tú
estás que ardes. Cuando me llegó el turno, don Roberto me palmeó la espalda y
me dejó desabotonar un ojal del vestido de su mujer. Aquello fue el principio
del fin. Hasta los huesos de Miguelón se estremecieron de envidia. Él fue el
único que se quedó sin medalla.
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Cuando
al día siguiente unos cuantos compañeros remojábamos los pies, noté en mi piel
el filo de uñas como cuchillas. La inmanencia se evaporaba como el agua turbia
de la palangana.
9
Las
cosas empezaron a ir mal. Peinado azuzaba a los niños contra mí, García me
miraba con ojos torvos, la mandíbula de la calavera de Miguelón parecía moverse
para articular palabras que en mi imaginación repetían el insulto de traidor.
Nadie se fiaba de nadie. Bajo el esqueleto de la tienda de campaña con forma de
iglú, cada vez más semejante a las patas de un enorme arácnido, mis enemigos
urdían planes de venganza. ¿Qué culpa tenía yo si era el preferido de don Roberto?
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A todo esto, ¿por quién tomaba partido nuestro
amado director? Desde luego no contra mí, que, antes muerto que descuidar la
pulcritud, le lustraba cada mañana los zapatos con la gamuza de limpiar las
gafas. Pero tampoco reprendía a los demás. Se dejaba querer, aceptando risueño
los versos laudatorios que le componía Núñez de Bolívar, cuyo ditirambo
engordaba más y más en el rollo de papel de la impresora. Nunca había estallado
en carcajadas tan estentóreas don Roberto como subiendo y bajando en el
balancín de Gómez, en quien no hacía mella la fatiga a la hora de ejercer de
contrapeso. Hasta Miguelón rendía su servicio póstumo dejando que su fémur
anduviera de aquí para allá entre las fauces de los hijos de Peinado. Nunca vi
a unos niños tan bien amaestrados: don Roberto arrojaba el fémur en el recinto
del despacho y pronto se lo traían de vuelta los chiquillos, que para solaz del
jefe corrían a cuatro patas. Qué aplicados. Y pensar que contra mí se revolvían
feroces, enseñando los colmillos que les había afilado su padre con una navaja
multiusos.
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Hubiera
resistido años haciendo frente a la ignominia de mis compañeros si un día don Roberto
no nos hubiera mandado formar bajo la mesa de su despacho. “Quiero que me
dibujen la estampa de la Virgen
imponiendo a San Ildefonso la casulla, como si fueran un Belén viviente”.
Huelga decir que casi ninguno conocía el piadoso acontecimiento de San
Ildefonso. Mis colegas no tuvieron más remedio que salir disparados hacia la
estantería en busca de la enciclopedia. Era tal la excitación que rompían las
páginas, se propinaban codazos, se hacían jirones la ropa. Yo, que desde muy
temprana edad me he criado huérfano, estudié en el Colegio de San Ildefonso.
Aunque no viene el caso, he cantado dos veces ‘el gordo’ de la lotería. Ni que
decir tiene que fui yo que quien sugirió a don Roberto representar el milagro
de San Ildefonso, para lo que me tuve que emplear a fondo para iluminar su
mente con un sinfín de insinuaciones captadas al vuelo. Mientras mis compañeros
se peleaban, me apresuré a tomar a Kika de la mano y llevarla hacia la mesa de
nuestro muy amado y perspicaz director.
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Me
arrodillé ante Kika, a quien hice sostener el abrigo de Núñez de Bolivar como
si de una casulla se tratara. Había que hacer un gran esfuerzo de imaginación
para creerse la escena, debido sobre todo a la estrechez del espacio. Tampoco
la minifalda plisada y las bragas rojas de la esposa de nuestro director
contribuían, ciertamente, a dar verosimilitud a la composición. Pero a esas
alturas tenía a don Roberto comiendo de mi mano. A todo esto, los niños de
Peinado mostraban los colmillos, Gómez ponía cara de cactus y Núñez de Bolívar
y el resto salivaban de rencor y envidia. Por desgracia, tenían en sus manos,
algo arrugadas, la hoja con el cuadro de la descensión de la Virgen y la imposición de
la casulla. “¡Nosotros haremos de ángeles y querubines!”, rugieron.
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En un
santiamén tenía a todos en pelotas y emplumados apretándose contra mis ijares. Contaba
con su impudor para desnudarse, pero no con su diligencia para hacerse con unos
plumeros y disfrazarse de ángeles, aunque los niños de Peinado difícilmente
podían pasar por querubines con esas caras de hijos de puta. No sé cómo alguien
logró colgarse del tablero ni cómo los demás se encaramaron a mis espaldas. Con
todo, si no fuera por la estrechez y la numerosa competencia, me hubiera comido
a besos a Kika. Estaba guapísima haciendo de Virgen.
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Cuando
me quise dar cuenta un puño se cerraba sobre lo que un día fueron mis
genitales; unos objetos punzantes, que enseguida supuse eran los cuernos del
toro de Osborne, pugnaban por abrirse paso en mi esfínter anal, mientras un
abrecartas se hundía en mi costado dejándome sin aliento. “Qué retablo tan
bonito”, dijo don Roberto entusiasmado Casi nos habíamos olvidado de él.
Lástima que me estuviera desangrando, porque en ese preciso momento don Roberto
se aprestaba a disparar el flash de su cámara. Antes de dar el último estertor,
alcancé a oír un sonoro “¡patata!” de boca de mis compañeros.