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De Biase, Tesy

Revolucionaria



Claudiqué. Sí. ¿Qué otra alternativa tenía? ¿Esperar a que vinieran a matarme mientras lavaba pañales?

Fue duro. Claro que fue duro. Pero estaba cercada: Ernesto andaba con pedido de captura, no dormíamos dos días seguidos en una misma casa, y Evita lloraba de la mañana a la noche. Ya hablaba de corrido, y yo tenía miedo de que se le escapara algún nombre. Nos manejábamos con claves, y podíamos caer por un detalle mínimo, un pequeño descuido. Si perdías un tren y llegabas a una reunión media hora más tarde de lo pactado, podía significar la distancia entre la vida y la muerte. Casualidad o destino, quién sabe… Pero entonces no pensábamos en el destino, en fuerzas que nos excedieran, que movieran nuestras vidas y las de los nuestros, más allá de nuestro designio.  Entonces sólo creíamos en nosotros. Y así nos fue.

Una insondable tristeza se detiene en los ojos de Elena y la empuja hasta alguna cicatriz. Mirando quién sabe qué herida, se retuerce las manos en el delantal. Creo que quiere limpiarse el pasado. Su mirada se pierde en las rugosidades de la quebrada. No podés juzgar el pasado desde el presente, le digo, o lo pienso, no sé. Yo también quedo  entrampada en su dolor, en un dolor que me conmueve y me distancia: yo no estoy en su historia. Y repite:

Entonces sólo creíamos en nosotros. Era una cuestión de fe, un posicionamiento dogmático. Nos empujaban el Mayo Francés, el Cordobazo, la Cuba revolucionaria, que por entonces era un legítimo modelo de liberación. Queríamos una sociedad más justa, y estábamos dispuestos a dar la vida por lograrlo. Y a cobrarnos las de quienes impidieran la emergencia del Hombre Nuevo. Claro que no es fácil la decisión de entrar en la lucha armada. No llegás de una. Vas entendiendo el tejido de imposibilidades que hacen funcionar al mundo como realmente funciona. El Poder y su contrapartida: el Hambre. Entonces te vas acercando a la Gran Imposibilidad: te sentís acorralado y te empezás a radicalizar. Con cada acto de injusticia social, subís un escalón. Y cuando mirás para atrás te das cuenta de que estás en plena montaña y no tenés cómo bajar. Salvo que claudiques. Como yo.

Baja la mirada. El silencio es un profundo dolor. Las dos conocemos el final de aquella historia. Recorrerla, ponerle palabras, lastima y libera. Le pregunto cómo comenzó la escalada. Elena me mira melancólica. Creo que por primera vez me dedica el relato.

Bueno, la historia es larga. Y tiene su prehistoria, por supuesto. La mía nació en un barrio acomodado de Buenos Aires: colegio bilingüe, burguesía medio pelo. Vidas plásticas, hipócritas, cerradas en sí mismas. Los demás, los otros, no existían, salvo para satisfacción de necesidades propias. Como adolescente, podés no saber a dónde ir… Pero en mi caso tuve claro que no quería seguir en ese lugar.

El tono de voz se hace enfático, actual. No, no está hablando del pasado.

Terminé la secundaria pensando que la mejor alternativa para empezar de nuevo era conocer un poco mi país. Ya conocía Uruguay, Brasil, y hasta había estado en Europa. Entonces me vine al norte, muy cerca de aquí, como voluntaria en una escuela-rancho que organizaba trabajos comunitarios durante el verano. Hice todo lo que jamás había hecho: limpiar letrinas, pintar corrales, sembrar maíz… Y ver a los otros: por primera vez en la vida supe que el mundo era más extenso de lo que mi mundito me había dejado suponer. Me dolió la dimensión de la miseria. Fue conmocionante encontrarme con ese pueblo tan sufrido, explotado, y que en ese momento creí sin futuro.

Lo que había imaginado como un verano distinto —casi “turístico”— se convirtió en una estadía de seis meses. Me integré con ellos, pero siempre desde mi lugar “superior”. Yo era la protagonista blanca de la película de Hollywood sobre la inmigración mexicana. Yo era el saber, la mente esclarecida. Yo me daba, pero desde aquel lugar narcisista y de presunta vanguardia que signó a nuestra generación.

La llegada de personas de distintos grupos políticos era permanente. Y un día llegó Ernesto. Me llevaba unos años. Convencía. Lo suyo no era lavar letrinas y quedarse ahí. Era un intelectual, había recorrido toda América latina y tenía un espíritu revolucionario muy definido. Nos enamoramos, se quedó un tiempo. Y, cuando decidió seguir viaje, yo ya había quedado embarazada. Me quedé un par de meses más en la escuela, hasta que decidí seguirlo.

A Elena se le iluminan los ojos. Sí: lo quiso, aunque carga con el peso de ese amor. La miro y sé que no se arrepiente.

La vida era saltar de conferencias a reuniones y más reuniones y cónclaves, y entrar en contacto con integrantes de distintas fuerzas populares. Siempre bajo la consigna de organizar un movimiento de liberación nacional con brazos en los países hermanos.

Yo no tenía el empuje, la garra de Ernesto. En la medida en que me crecía la panza, me costaba más y más seguirlo. Los compañeros me ayudaban, pero para mí era cada vez más difícil. El escenario se iba adensando. El gobierno y sus parapoliciales empezaron a apretarnos, muchos compañeros cayeron. No nos dejaban otra alternativa que las armas. No, yo nunca había creído en la violencia. Sentía un profundo desprecio por quienes usaban armas como instrumento de trabajo: la cana, los milicos. Pero entonces había un movimiento internacional que estimulaba la violencia como instrumento contra la violencia estructural, histórica, que deja a millones sin comida y sin acceso a la salud, para sostener la fiesta de unos pocos. ”A la violencia de la opresión la combatimos con la violencia de la armas”, era la consigna. Pero la verdad es que hasta ahí todo se limitaba a un registro intelectual. La cosa cambia —y cómo— cuando la verborragia discursiva se hace acción.  Yo estaba embarazada, y esperaba a Ernesto sin saber si volvería. Sabía que estaba involucrado en un secuestro: un alto ejecutivo, una multinacional que había dejado en la calle a cientos de empleados. Pero me angustiaba al pensar en su familia, en los hijos del tipo, por más hijo de puta que fuese.

Yo había perdido contacto con mi propia familia. Era más seguro que ignoraran nuestro paradero. Ni yo sabía en dónde estábamos. Pero sí sabía qué hacíamos: lo que debíamos hacer. Era nuestra obligación generacional instalar el espíritu revolucionario. Y ahí estaba. ¿Cómo pensar en claudicar?

Otra vez la congoja en la voz, en los ojos. Elena mira a los cerros y deja que las lágrimas le recorran la cara. Sólo al rato usa su repasador para sostenerse, respira profundamente y vuelve al relato.

Evita nació cerca de aquí. Esta quebrada ya se había convertido en mi lugar en el mundo y volví para que aquí naciera. Me ayudaron mucho, todo el pueblo me ayudó a esconderme, me dieron todo lo que tenían, fueron mi familia, mi entorno… Era todo tan difícil. Reconocían que nuestra lucha tenía que ver con ellos. No compartían nuestras formas, pero agradecían. Cuando la nena tuvo unos meses lo reencontré a Ernesto. Conoció a nuestra hija en una casa ubicada quién sabe dónde. Llegamos con los ojos vendados, después de varias horas de viaje. Volvimos a separarnos. La situación era insostenible. Un día me llegó la información de que Ernesto había caído. Fue todo o que supe de él. El dolor fue lacerante. Cuando me recuperé -si es que se puede hablar de recuperación cuando te dejan en ese limbo que es la desaparición de los tuyos- decidí hablar con Evita.

Inesperadamente, la expresión de Elena se transforma, se ilumina. Frente a mi asombro dice:

Evita tenía cinco años y ya era sabia: me dio la lección de mi vida. Nos sentamos frente a frente, y le dije que papá no iba a volver. Me miró con los ojos enormes, de horror y desconfianza, de incredulidad. Y me encaró:   - ¿Por qué no va a volver si él nos quiere?   - Claro que nos quiere, tanto nos quiere que estaba luchando para que tuviéramos un mundo mejor, sin personas malas. Y esas personas malas le dispararon.

Quedó petrificada, en un interminable silencio. Yo no sabía si abrazarla, seguir hablando, explicar lo inexplicable. La esperé. Me miró fijo y preguntó:

-¿Entonces el revólver que yo vi un día era de verdad?

- Sí, era de verdad, para defenderse.

Evita lloró, lloró, y lloró. Se tiró en un rincón, entre sollozos, no quiso que me acercara por largos minutos. Le acaricié la cabeza, hubiera dado mi vida por ahorrarle tanto dolor. En un momento dejó de llorar, me abrazó y dijo:

-Yo también quiero que todos estemos bien, pero no me gusta eso de disparar. ¿No podemos hablar con los malos?

Ese sí fue un antes y después. Evita había nacido en medio de tal convulsión que no había podido dimensionar lo que significa tener un hijo. Hasta entonces la realidad no había sido más que un terremoto que nos arrastraba más allá de nosotros mismos. Yo no era yo ni sabía en dónde estaba parada. Por eso sus palabras me reubicaron, me hicieron renacer, en el sentido más trascendente, porque tuvieron efecto de revelación. Una nena de cinco años -mi propia hija- fue quien me enseñó la verdadera dimensión de la lucha por la igualdad.

Elena se ríe. Por primera vez se entrega a una sonrisa enorme, incontenible, que le cubre la cara. Yo tengo que hacer un esfuerzo por contener las lágrimas. Me mira orgullosa y con un tono emocionado, emocionante, me explica:

Cuando Evita terminó la secundaria ya sabía cómo iba a seguir su nueva vida. Ser hija de un desaparecido es una marca a fuego, pero las consecuencias son impredecibles. Afortunadamente ella heredó la energía del padre, el espíritu combativo y la lucidez intelectual. Conocía muy bien el significado de la palabra otro, y a los 18 años ya estaba en contacto con varios de nuestros ex compañeros de militancia o con sus hijos y con integrantes de distintas organizaciones comprometidas con el cambio social. Entonces se contactó con quienes estaban iniciando un proyecto financiero-solidario en la India pobre. Así nació el Banco Solidario, que obtiene inversiones de decenas de instituciones y fundaciones. Mediante el préstamo de ínfimas sumas de dinero, se financian proyectos productivos en pequeña escala: construir un horno de barro,  instalar un taller artesanal, organizar la producción de una huerta. Los intereses no son usureros como los que otorgan los bancos tradicionales, y resultaron los créditos con mayor índice de devolución del mercado financiero. Hoy tenemos filiales en Uruguay y Bolivia. Y Evita, que es imparable, ya está planificando un viaje a Paraguay y Perú, para que el proyecto se convierta en una red de ayuda social con participación de todos los países hermanos.

Elena señala la escuela y su placidez estremece:

Aquí vienen cincuenta chiquitos del Jujuy profundo. Llegan con sus padres caminando, en carretas destartaladas, como sea. Todos saben que este lugar les pertenece. Aquí estudian y participan de la cooperativa con la que comercializamos en todo el país nuestros propios productos –artesanías, dulces, cultivos-. Yo observo todo esto y sé que no me equivoqué: claudiqué de lo que tenía que claudicar, y hoy soy parte de este nuevo mundo que estamos construyendo bajo las consignas propuestas por Evita, mi hija revolucionaria.

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