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Dumpierre, Alexei (Duvua)

Se va Bolina

   Uno de los más bellos adornos que caracterizan el cielo de las pequeñas ciudadelas residenciales, sobre todo en la época de vacaciones escolares, es el enmarañado tejido de pandorgas o papalotes que inundan el espacio entre treinta y cien metros de la tierra, imprimiéndole al paisaje, con danzas armónicas y su múltiple colorido, un aire de alegría y festividad. Cuando agrupamos varios en un mismo campo visual ellos dibujan renovadas figuras cinéticas que despiertan el interés hasta de los menos adeptos a este tipo de distracción.    Manolito, hijo único de una familia pobre, no era una excepción entre los niños de la favela y soñaba día y noche con tener su propio volador para unirlo a las decenas que inundaban el espacio sobre las casuchas del barrio. Porque en ese conglomerado humano empinar cometas continúa siendo la diversión suprema de la infancia y la adolescencia. Fuera de allí, tal vez por causa de la creciente comunidad de internautas, este hereditario pasatiempo ha ido perdiendo fuerza y en los casos donde persiste como tradición milenaria surgida en China alrededor del año 1200 a.C., los abiluchos, panderos o barriletes perdieron mucho en diversidad, siendo difícil encontrar un coronel u otras variedades de cometas gigantes que antiguamente se fabricaban. Me acuerdo que el tipo más común entre los niños pobres era la chiringa, que se hacía sólo con una hoja de papel doblado, sin las finas varillas de madera o güin, y generalmente se empinaba con un hilo de costura que siempre encontrábamos en la gaveta de la abuela. Hoy en día los diseños son limitados y apenas vemos un modelo generalizado, no sé si es porque esa forma es más aerodinámica y barata o a causa de haberse convertido en otra mercancía estandarizada del mundo globalizado. Por suerte conservan el colorido vivo, con matices puros que son características de la luminosidad cromática de la estación del año en que son empinados, porque creo que nadie se atrevería a hacerlo bajo la nieve. En Japón, por ejemplo, podemos apreciar infinidad de variedades con tamaño, forma y tonalidades diferentes en el Festival de Cometas Gigantes Yokaichi. Banderas nacionales, insignias de los equipos deportivos, personajes de los dibujos animados o de los juegos de video, símbolos nacionales o importados y otros tantos conforman la iconografía de los creativos artefactos, cuyas superficies estiradas sobre el cordel que le da consistencia a la estructura, son hechas de distintos materiales resistentes y de poco peso. Los hay que se quedan presos a una cuerda y otros emprenden el vuelo libre llevados por la voluntad del viento; en cuanto a los movimientos algunos son más lentos y otros dinámicos, según la su forma, así como la voluntad y resistencia física de sus dueños temporales. Porque para perjuicio de los padres y lucro de los fabricantes, tienen vida efímera desde que fue inventada la manera de cortarse entre ellos con una lámina de afeitar o vidrio molido.    El rostro del bribón de seis años reflejaba una profunda tristeza cuando detrás de la ventana de la sala contemplaba a sus primos y amigos inmersos en interminables jornadas de expansión, corriendo, saltando y gritando a pleno sol como felices esclavos de sus artilugios voladores, que en este caso su única función era el entretenimiento. Pues además de sus diversos usos a través de la historia al servicio de la ciencia, la pesca, la aeronáutica o como motivo de inspiración literaria, los barriletes cumplen también funciones menos trascendentales, como la de servir para enviar mensajes al cielo, para lo que se coloca un pedazo de papel con un pequeño orificio por el que pasa el cordel cuando el viento sopla.     Muchas veces Manolito llegó a juntar centavos para comprar el suyo, pero la madre, teniendo en cuenta la poca edad del chiquillo y sus problemas de salud, le había prohibido salir de casa, así como hacer lo que a sus primos y vecinos ya adolescentes les era permitido. Porque lejos de limitarse a un simple juego infantil, empinar panderos o soltar sierpes es un entretenimiento válido para todas las edades. Algunos padres comienzan ayudando a los hijos a colocar en el aire el ingenioso juguete y acaban pasando horas bajo el sol divirtiéndose, gritando, saltando y hasta peleando toda vez que una milorcha es cortada por otra y se va  bolina. Porque en ciertos lugares el momento de mayor diversión y alegría es cuando esto sucede, momento en que el más rápido y astuto de apodera de la presa y vuelve triunfante con ella en alto.

    La madre de Manolito también presentía el riesgo que significaba esa inocente distracción que a veces trae ciertas complicaciones, algunas de las cuales pueden resultar peligrosas. La más común acontece cuando el que perdió el cachirulo no se conforma y sale a recuperarlo, lo que no pocas veces trasciende en una riña que sobrepasa el ámbito de los menores. Otra situación complicada ocurre cuando el papagayo cortado va a parar en la antena de televisión de una casa, en un árbol dentro de un jardín particular o en el techo de un vecino poco afable, lo que generalmente provoca que este se incomode con los métodos y la persistencia de los pequeños y adultos para recuperar el objeto volador. Porque el hábito más común es lanzar piedras amarradas a una cuerda en forma de honda para ensartar el cordel, lo que puede – y de hecho sucede – quebrar el cristal de una ventana, o cuando mínimo el daño levantar un chichón en la cabeza de quien distraído ande por el lugar del incidente. También es común que el hilo se enrede en los cables del tendido eléctrico y aquí las formas de recuperarlo son de mayor riesgo. Una de ellas es amarrar los cordones de un par de zapatos y lanzarlos por alto entre el cordel y el alambre, que generalmente conduce corriente de alta tensión. Se da el caso de que a veces son instalaciones viejas que acaban reventando, pudiendo provocar un accidente mayor o en el mejor de los casos interrumpir el servicio por algunas horas. Otro momento de conflicto se produce en el momento mismo en que se corta el hilo del papalote y este emprende su planeo libre, tranquilo y armonioso, sin las amarras por las cuales le dan las violentas sacudidas y se deja llevar mansamente por las caricias del viento. Es en ese instante que todos sin excepción, como un súbito reflejo irracional salen volados en la probable dirección de destino. Casi siempre corren descalzos, saltan altos muros, se tiran de azoteas y atraviesan las calles delante de los carros, que muchas veces no respetan la velocidad permitida en las zonas residenciales.    Pero lo que la madre de Manolito no comprendía es que la cabecita del hijo no estaba preparada para realizar esos análisis y que en ella persistiría como una obsesión el deseo de empinar papalotes. No habría castigo, penitencia ni prohibición que no acabara siendo violada por la irresistible tentación, sobre todo debido a que en los barrios pobres no existen muchas opciones para emplear el tiempo libre en esa edad indefinida de los papaloteros, que comienza en la infancia, sigue en la adolescencia y parece no terminar nunca. Porque si un encanto tiene el juego es el sentimiento de alegría, de realización de sueños que experimenta un niño cuando siente entre sus dedos la fina cuerda que lo separa de aquel simple objeto que vuela como no podemos hacerlo los humanos, que sube como animado por su propia energía y rompiendo las leyes de la inercia, parece querer alcanzar los misterios del cielo con su infinidad de nubes y estrellas a miles de millones de años luz, terminando empequeñecido ante la inmensidad celestial. Para otras madres, que no era el caso de la de Manolito, constituía un cierto consuelo que sus descendientes pasaran todo el día lanzando pandorgas, pues no dejaba de ser una forma de alejarse del mundo perverso que se esconde en los laberintos de los suburbios urbanos. Otras se quejaban de que los menores entonces no querían ni buscar el pan, hacer sus deberes escolares, bañarse o ingerir alimentos.

    Como que le sobraba tiempo para pensar durante las horas en que su madre salía para arreglar las uñas de alguna clienta, Manolito comenzó a elaborar un temerario plan para realizar su sueño. En los últimos días se había consagrado a estudiar el movimiento dentro de la casa contigua, donde vivían sus primos. Ya sabía de memoria la hora de entrada y salida de cada uno de los integrantes del núcleo familiar y hasta el lugar en el que dejaban escondida la llave de la puerta de entrada. Ahora sólo tendría que esperar el momento en que todas las circunstancias fueran favorables para realizar su pillería. Estaba decidido a enfrentar el desafío con la ingenuidad de quien desconoce que empinar papalotes dentro de un conjunto habitacional espontáneo y desorganizado requiere de ciertas condiciones físicas y conocimiento del entorno, así como cierta vocación felina para saltar sobre las irregulares azoteas a diferentes alturas, salvar paredes a medio terminar, muros y columnas con las cabillas afuera y falta de espacio general, entre otros inconvenientes. Todo esto sin contar que las instalaciones eléctricas ilegales formaban verdaderas enredaderas de precarios cables que sólo un mago podría adivinar de donde salen y a donde llegan. Tal vez por eso la modalidad más práctica y tentadora por ser prohibida debido a su alta peligrosidad sea lanzar los balones de fuego, que podrían ser clasificados como una variante propulsada de las clásicas pandorgas. De cualquier forma, del mismo modo que la televisión no desplazó al radio, el papalote corrió la misma suerte y continúa proporcionando algunos centavos a los que unen la paciencia con habilidad manual para armar aquellos ingenios flotantes, de cuya fanática manipulación no escapa ningún menor.       

    Finalmente Manolito escogió el día apropiado en que coincidía la salida de la madre con la ausencia de la familia en la casa vecina. De forma que estudió nuevamente todos los detalles de su osado plan. Con la mayor cautela posible esperó a que todos se retiraran pensando que él continuaba durmiendo. Cuando la puerta de la choza se cerró, sin lavar todavía el rostro ni tomar su desayuno fue directo hasta la ventana para espiar la salida del último pariente, quien para su suerte no se olvidó de colocar la llave en el lugar combinado por los miembros de la familia. Esperó unos instantes para confirmar que el terreno estaba despejado y como un experto ladronzuelo invadió la casa vecina, en cuya sala estaban colgados tres lindos cometas casi tan grandes como él. Fue directo al que había seleccionado de antemano como favorito, pues tenía una alegoría al hombre araña, personaje en boga de los dibujos animados. Estaba completo, con un majestuoso rabo y suficiente hilo encerado para elevarlo bien alto, aunque un poco lejos todavía del record impuesto en 1979 de 9,740 metros. Sin pensar dos veces subió por la misma ventana de los vecinos hasta una marquesina de la casa contigua que daba para el techo de la otra, de la misma forma que lo hacían sus primos. Una vez allí se quedó pensativo pues consideró el lugar inapropiado ya que las dos casas laterales eran más altas. Finalmente decidió subir por un caño de desagüe hasta el techo de una de ellas que estaba a medio construir, rodeada de muros rematados por afiladas cabillas. Ahora si estaba en el lugar adecuado por lo que sonrió satisfecho y completó su bienestar al sentir el viento soplar en medio de aquella hermosa mañana de sol radiante. No necesitó de ayuda para colocar la pipa a volar, sólo tuvo que soltar el rabo, dar cordel y contemplar extasiado como el artefacto iba subiendo, subiendo, hasta consumir todo el hilo. Danzaba en el cielo como ninguna otra, con la arrogancia del dios de los vientos y la majestuosidad del príncipe de una fábula encantada; con la serenidad de un planeta retando con su cercanía al astro rey. Manolito era totalmente feliz porque estaba realizando su más preciado sueño. No quería ni mover el cordel de un lado para otro a fin de infringir movimiento al objeto volador por miedo a perderlo. Sólo quería verlo allá encima mientras mantenía en sus menudas manos la línea que lo hacía sentirse su dueño, al menos por unos instantes. Como perlas brillantes, dos grandes lágrimas de emoción y alegría corrieron por sus mejillas y en la ingenua carita se esbozó una linda, amplia y espléndida sonrisa infantil. Sentía ganas de gritar, de llamar a sus amigos, de mostrar su heroísmo, pero prefirió contenerse y disfrutar solo aquel momento de euforia en el cual tal vez las palabras no hubieran salido de sus labios. Y el papalote volaba, volaba, con su rítmica y cadenciosa danza al compás del viento. Pero sin percibirlo otro cometa fue acercándose por detrás de él y cuando menos lo esperaba el rabo del cruel invasor cortó bruscamente su felicidad.           Primero afloró una enorme carga de odio que sacudió de pies a cabeza el diminuto cuerpo del feliz papalotero al comprender lo ocurrido. En fracciones de segundo apareció la peligrosa reacción instintiva: correr detrás del cometa. Dio tres largos pasos y el tejado llegó a su fin. Sólo se escuchó un grito colectivo que hacía eco en todas las casas: ¡Se va bolina!    Y dicen los vecinos que cuando empinan papalotes en los alrededores aparece siempre entre las estrellas luminosas el rostro sonriente de Manolito.  

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