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Enríquez Muñoz II, Francisco (Kid Marlboro)

Blow job



BLOW JOB

Kid Marlboro

Ahí está Marisol, demasiado cansada por uno de esos viernes en que su jornada laboral se deslizó aplastantemente tediosa, un día de monótona tristeza, igual a muchos, donde al regresar a casa tú la condujiste de la mano hasta la cama del dormitorio y ella impuso un ritmo rápido, moviendo las caderas en círculo, tomándote de los hombros, susurrándote yaventeyavente con los dientes apretados como si quisiera pulverizarlos unos contra otros, mirando el techo con los ojos bien abiertos, luchando con todas sus fuerzas, lo cual era decir bastante, por no soltar un llanto incontrolado, para que antes de lo previsto sobreviniera la pausa, el gran estremecimiento, el gemido final y tú te echaras a su lado bocarriba, me quitaras el condón (para ti, la vasectomía es algo aterrador, tanto como volverte papá), me guardaras, ya deshinchado, en tu trusa, te metieras los faldones de la camisa, te abrocharas el cinturón de los pantalones, te subieras el cierre de la bragueta, expulsaras, entre pedos y eructos bastante sonoros con olor a sepulcro, un vamosalasala (“vamosalasala” significa “vamosaverlatele”) y ella asintiera con la cabeza, se pusiera de pie, ingresara al baño, se despojara de telas (porque tú ni siquiera te tomaste la molestia de desnudarla), se cubriera de ensueños, se diera una laaaarga ducha, emergiera del baño, se enfundara en una bata de dormir, se preparara un cafecito, se apoltronara a tu lado en el sofá de la sala, justo frente a la tele, y recordara, en silencio, mirando hacia la pantalla luminosa, que hace apenas seis años creía que se iba a casar con un príncipe, porque tú todo el tiempo le decías princesa. Y sin darse cuenta, o pasándolo por alto, recuesta su cabeza en tu brazo apoyado en el respaldo del sofá y permite que la beses, sin responder, como si estuviera lejos, borracha o drogada o en trance, poniendo la cara oficial de la Magdalena arrepentida. La conciencia la lleva a admitir que debe contarte el secreto que se le atraganta en el alma y le quita el sueño. Tiene que controlarse para que las lágrimas no se desborden sino que queden ahí nomás, debajo del párpado. Un sorbo de café le infunde valentía, decide arrancarse los pelos de la lengua. Separa los labios poco a poco y, con voz sumamente baja, casi como en un aparte de teatro, te confiesa: desdehaceunmes voyamoteles conDiego yahoraestoy enamoradadeél. Y tú sabes que la soledad volverá a demostrarte su agresividad. Dos lágrimas del tamaño de una uva se escapan de tus ojos, una de ellas se detiene un momento en tu nariz y cae pesadamente en la mesita de centro; la otra se te difumina en el rostro. Aspiras litros de aire con la sed de un náufrago. Empujas a Marisol con furia y la tiras en el suelo. Te le abalanzas encima. La sujetas por las muñecas: ERESUNAPUTADEMIERDA PUTAPUTAPUTA. Ella se retuerce como quemada por un corrosivo: siyosoyputa túereselcabrónmáshijodeputaqueconozco sí meheestadoacostandoconDiego yqué tútelomereces temerecescosaspeores HIJODEPUTA. Entonces tú, jadeando, con los ojos enrojecidos, temblando de odio y celos, recurres de nuevo a la palabra más vieja del mundo: PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA. Acompañas a cada uno de tus alaridos con una bofetada seca, dura, impersonal, hasta hacerle probar a Marisol el sabor de su propia sangre. Y la cara se le desfigura, los ojos como bellotas, la boca una mueca que muestra los dientes prestos a lanzarse a tu yugular, la lengua un dragón que echa fuego y espumarajos; las aletas de su nariz se dilatan y parecen hocico de bestia: HIJODEPUTA HIJODEPUTA HIJODEPUTA. De repente yo, el miembro que en ti vive como algo autónomo, ya que estoy atrapado entre tu trusa, tu pantalón y el pubis de Marisol, concretamente contra aquel montículo en el que se frota mi cabeza en cada movimiento, vuelvo a despertar. Y por si fuera poco, en este momento Marisol, flaca, de dientes conejiles, de tetas caídas, a ti te parece más apetecible que un bolillo en ayunas. Oh, sí, sientes un deseo apremiante, absoluto, definitivo, un deseo de esos de primera o de última vez. Actuando con rabia, con unas ganas totales, con la respiración ansiosa, ávida, medio quejumbrosa, con bríos faunescos, consigues desprenderte del pantalón y de la trusa (no hay nada más grotesco que un hombre con camisa, zapatos, calcetines y el culo y los genitales al aire), y a Marisol le arrancas la bata de un tirón y le abres las piernas. Necesitando más de un intento, más de una embestida, me hundes por entero, brutalmente, en las profundidades de la flor rosácea. Arqueándose como si estuviera sufriendo una sacudida eléctrica, Marisol, seca y dolorida, echando la cabeza atrás con expresión de sufrida mártir, dice que le haces daño, y a ti te da igual, y ella, manoteando y pataleando, pide a gritos que la dejes, DÉJAME HIJODEPUTA DÉJAME, y tú te conduces como si las palabras de ella no tuvieran peso, ni sonido, como si no las escucharas. Y ella y sus palabras son la misma cosa. No oírla es hacer que no exista. La agarras con una mano por el pescuezo y le clavas los dedos, ahorcándola, asfixiándola, y ella llora, chilla y tose, golpeándote, mordisqueándote y rasguñándote, pero al menos suspende los gritos. Refregando tu pecho contra sus tetas y palpando como un ciego el contraste de los huesos de sus caderas, la llamas, agónico, con los dientes apretados y el labio inferior pronunciado hacia fuera, miputa, mientras te estremeces en un instante final, interminable (a veces es tan largo un instante). Después sales de entre sus piernas deprisa, sin que te importe ensuciárselas, ansioso por perderla de vista cuanto antes como si éste no hubiera sido más que un polvo rápido y sin compromiso con una desconocida. A renglón seguido recapacitas con terror que no me colocaste un preservativo. Piensas en un óvulo fecundado (¿por qué no?, a fin de cuentas Marisol es una mujer de veinticinco primaveras que no se toma o inyecta anticonceptivos, ni sus trompas están ligadas, ni lleva instalado un DIU o siquiera un diafragma), y sobre todo piensas en las enfermedades posibles (¿por qué no?, a fin de cuentas Marisol es tu esposa, sí, pero también consumó el metesaca con su mejor amigo, Diego, un individuo que a lo mejor tiene a un mismo tiempo muchas parejas y nunca se protege antes de darle gusto al gusto), en alguna que esté ya incubando en mi pellejo, o peor, más adentro de tu ser. Te levantas sin decir una palabra y das media vuelta. Marisol se queda hecha un ovillo sobre el suelo. Empieza a reír. Lo hace a carcajadas, convulsivamente. Como un boxeador cansado, derrotado, que vuelve a los vestuarios escuchando todavía los gritos del público que festejan al triunfador, tú caminas hacia el baño. De pronto Marisol se serena. Las lágrimas afloran a sus ojos. Brota un corpulento hilo de semen de su orificio vaginal. Como un boxeador cansado, derrotado, tienes la cara, peor todavía, manchada de sangre y babas y mocos y sudor. Mientras dejas que el agua de la regadera te empape el pelo, circule por tu cuerpo, repites con todas tus potencias: PUTA. Y la voz de ella, casi un eco, contesta: HIJODEPUTA. Tú me enjabonas, haces berrinche cuando se te cae el jabón en el dedo gordo del pie izquierdo, haces pucheros cuando recoges el jabón, lloras cuando me enjuagas, te calmas cuando empieza a enfriarse el agua y decides perdonar a Marisol. Ahora todo es distinto y casi con seguridad (terminas pensando, calculando todo, menos lo que va a suceder) ella debe de estar sana y si se embaraza de ti o por ti ya te encargarás de ello. Irás resolviendo cada problema a medida que se presente, o no lo harás. Eso es todo, así de sencillo. (Lo que aún no sabes es que, gracias a tu creciente afición por el ron y la comida chatarra, tus espermatozoides han perdido por completo la fuerza fecundadora.) Sales de la regadera manso y chorreante, con una toalla enredada a la cintura. Abres la puerta del baño y vas a la sala. La sala está vacía. Marisol se ha esfumado. Resulta a veces notable la distancia existente entre los objetos más ordinarios, entre los acontecimientos más extraordinarios. Observas de pronto las paredes, los cuadros, el sofá, el sillón, la mesita de centro y la taza favorita de Marisol colmada de café ya frío. La distancia entre estos objetos es inmensa. De pronto parecen separados de la realidad por años luz. En un súbito arrebato, con un gesto de loco, como el de un escritor de cuentos de terror que huye de un zombi, subes a paso veloz las escaleras. Irrumpes en el dormitorio. El clóset te recibe con las puertas abiertas y muchos ganchos vacíos. Caes entonces en la cuenta de que toda la ropa de Marisol ha desaparecido. En otro arrebato, revisas el contestador automático del teléfono. Nada. Acto seguido ves en el tocador una botella desvirgada de ron y te acercas. Descubres las palabras garrapateadas en el espejo del tocador con lápiz de labios color ceniza: ADIÓS HIJO DE PUTA EL VIERNES DE LA PRÓXIMA SEMANA VENGO A DARTE LOS PAPELES QUE DEBES FIRMAR PARA QUE NOS DIVORCIEMOS. Te metes cuatro líneas de ron, bajas la botella y te agarras al clóset para esconder el rostro del espejo del tocador, que te muestra sin piedad un semblante ruinoso donde apenas se reconoce a un treintañero. Desamparado por completo, y a punto de llamar a gritos a tu madre, te avergüenzas de ti mismo por no saber qué hacer, por no ser un buen hombre, por ser un punto medio que de tan medio no llega a ser nada, por envidiar de manera inmunda a Diego. En el pecho sientes la opresión de una pezuña que te veda el paso del aire, por más que abres desmesuradamente la boca y la nariz. Alzas la botella de ron, te llevas el gollete a la boca y bebes, cerrando los ojos, mientras oscurece como en las películas de Peter Greenaway, es decir, de una manera artificial, casi plástico. El ron te cae por la barbilla. Percibes que el suelo se encabrita, se sacude por olas enormes que levantan las paredes hacia un lado y hacia otro. Debes estar borracho. Sí, estás borracho. YQUÉ. Quieres arrojarte al suelo, aferrarte a las duelas, cerrar los ojos pero no, con los ojos cerrados la tormenta empeora, aumenta la altura de las olas. Optas por estrellar la botella contra el espejo del tocador. El estruendo repercute en todos los rincones: CRASSSH... CRAAA... SHHH... Y recuerdas aterrado que te encuentras solo en la casa. Lanzas un gemido y enciendes la lámpara del buró. Estás a punto de cerrar las cortinas para evitar que la noche se meta en el dormitorio y te busque los sesos, cuando te das cuenta de que las cortinas de la ventana de enfrente se hallan abiertas de par en par, de modo que te es muy fácil ver el interior de aquella habitación. Es un cuarto cualquiera de un hotel de paso cualquiera, en el cual hay un cable largo y negro que termina en un foco cuya luz cálida disipa las tinieblas y se resbala por la triste figura de un anciano sentado al borde de una cama matrimonial. Oh, el viejo es Diego. Sus ojos son los de un sapo. Sólo lleva puesto un pantalón gris lavado y relavado, sucio de años. Toma el cigarrillo que reposa detrás de su oreja derecha y se lo pone entre los labios. Hurga en el bolsillo trasero-izquierdo del pantalón, extrae una cajita de fósforos, enciende uno y lo protege con las manos hasta que la llama aviva el tabaco. Exhala un fantasma ceniciento antes de levantar el trasero de la cama y girar la cabeza hacia Marisol. Marisol trae una sudadera roja, unas sandalias negras y unos blue jeans. Junto a una montaña de maletas, de pie, habla y llora, llora y habla. De repente Diego aplasta al cigarrillo en el cenicero que yace a su derecha, encima de un buró igual al tuyo, se aproxima a Marisol y extiende sus manos. Marisol se deja abrazar y abraza a la antigüedad macho. Dejando que se esfumen al menos quince minutos, ambos bailan suavemente, pegando mejilla con mejilla y apartándose luego para también juntar miradas. Casi por tácito acuerdo, se quitan la ropa. Diego ya está totalmente desnudo y aprovecha que Marisol ya está totalmente desnuda para alargar los dedos y abarcar del todo a las tetas caídas. Marisol lo mira de soslayo y se embadurna las palmas de las manos con saliva. Frunce los labios como si estuviera posando para un anuncio de pintalabios, mientras las palmas ensalivadas se cierran alrededor del pájaro erguido y, a lo largo de éste, se mueven arriba y abajo. Diego abre la boca y Marisol lo besa con voracidad, como si quisiera devorarlo por entero. Diego la hace a un lado de un brusco empujón y la abofetea en la cara. Marisol no puede evitar caerse sentada en el suelo alfombrado. De inmediato él la agarra del pelo y la obliga a ponerse a cuatro patas. Las tetas colgando. Marisol tiembla sin control. Cabrillean sus pupilas. El rostro se le ha cubierto de un atractivo rubor. Diego se arrodilla detrás de ella y le da otro firme tirón de pelo. Con la mano libre, se detiene el pene y, empujando con todas sus fuerzas, lo entierra en el orificio que no es el de la sede de la vida. Marisol aprieta los dientes como si quisiera pulverizarlos unos contra otros. Eso no impide que sus gritos suenen demasiado fuertes. Cada grito desencadena irremediablemente que el vaivén del anciano cobre una mayor aceleración. Tú no alcanzas a oír esos gritos. Pero te angustia ver la mueca de dolor de Marisol, a aquel carcamal de sonrisa canallesca sodomizando a la única hembra con la que has podido formar una pareja. Las cosas se mantienen así durante un rato, hasta que los movimientos de Marisol se armonizan con las embestidas del feroz atacante. Sin creer en lo que ves pero ya enfadado, desolado, con la cara de quien acaba de recibir una cubetada de cuadritos de hielo en la espalda, tú comprendes que el dolor de Marisol ya se ha trocado en placer. Tantas veces que a ella le pediste entrar en su ser por la puerta de atrás y ella te lo negó, y ahora la muy puta está disfrutando con su mejor amigo lo que nunca quiso hacer con su marido. Finalmente Diego retira su falo ablandado. Se levanta. Se tumba sobre la cama. Marisol se tiende a un lado de él y le sonríe con amor infinito: la sonrisa que tu suponías que había nacido y crecido para ti. Luego ella cierra los ojos, con las manos en la nuca, las rodillas alzadas y las piernas ampliamente separadas. Sus pezones se ven tan duros como pequeñas piedras. El viejo no puede contenerse ante ellos. Los muerde con los dientes, juguetón, sin causarle daño. Los chupa con la lengua y, con la mano derecha, aplica un manotazo entre las piernas marisolanas. No ha sido un golpe poderoso, pero causa que los ojos y la boca de Marisol se abran de par en par. Con los dedos de la mano derecha, Diego localiza el nódulo de carne entre los tiernos labios genitales, y lo fricciona hacia delante y atrás hasta que Marisol eleva las caderas, arqueando la espalda. Él vuelve a alzar la mano derecha y suelta en el mismo punto una serie de palmetazos salvajes, demoledores, sonriendo mientras su órgano viril resucita y las lágrimas corren de nuevo por las mejillas de Marisol, quien se retuerce a uno y otro lado, aferrando y estirando las sábanas a sus costados. Cuando el anciano coarta la libertad de expresión del pequeño Marqués de Sade que lleva dentro, Marisol se limpia la cara con el dorso de las manos y clava sus ojos en la ventana. Pero la ventana es de la forma y los colores cotidianos. No hay en la ventana una araña, ni una rata, ni una mancha, ni un letrero. ¿Qué es, pues, lo que Marisol mira? Pues en la ventana, nada. Mira lo que hay del otro lado del cristal: tus ojos. Ateniéndote a la lógica, piensas que emergerá de la cama para ir directamente a cerrar las cortinas, y aun antes de que esto suceda, ya empiezas a sentirte miserable y frustrado: ella ahora impedirá que tu vista invada ese cuarto de hotel y tú automáticamente serás un personaje de su pasado. Sin embargo, te equivocas. Tras volver a mirarte como para cerciorarse de tu presencia, Marisol se arrodilla entre las piernas de Diego, se pasa la lengua por los labios bucales y lame la porción de glande que tiene puntitos de mierda. Tú obtienes así la certeza de que ella está respondiendo a tu voyerismo con un correspondiente acto de exhibicionismo, y el corazón se te rompe en pedazos aún más pequeños; las pupilas se te llenan de astillas. Ves todo empañado y ya no es posible seguir dando una cuenta exacta de lo que allá está aconteciendo.

Enfado



Mi gran equivocación, la más irremediable, fue haber sido tierna, comprensiva, casi una esposa perfecta. Indudablemente demasiado perfecta para Luis. En los últimos dos años, cosa que no había hecho antes, em­pezó a llegar tarde a casa, con pretextos que iban desde que la empresa estaba pasando por un momento difícil, debido a una inesperada inspección de Hacienda, hasta que las malditas auditorías contables se retrasaban indebidamente, o que él era un desgraciado al que le toca­ban los marrones consistentes en reuniones intempestivas con clientes imposibles, o, lo peor de todo, que le tocaba viajar al extranjero en busca de nuevos clientes.

Claro que todo lo que me contaba podía resultar inobjetable, hasta lógico, de no ser porque todas esas mentiras quedaron al descubierto hace más de cuatro horas.  

Lanzo un profundo suspiro y me acuerdo que hoy desperté así, con un profundo suspiro. Entonces fue cuando mis ojos se abrieron y encontré las rayas horizontales, paralelas, que dibujaba un farol de iluminación pública cuya luz amarillenta entraba por la persiana. Con­sulté el reloj digital del buró:

04:17 A.M.

Aún muy temprano.

Luis y yo siempre dormíamos desnudos. En medio de las tetillas, él tenía una hilera de vellos crespos que le bajaba por el abdomen y se ensanchaba debajo de su ombligo. Por capricho infantil, yo me puse a jugar con ellos, a rizarlos con los dedos, a dejar correr la mano más allá del ombligo. Era un juego exento de malicia, tan liviano de todos modos, que no alteró su descanso. De pronto advertí que una ola de ternura me había invadido y que, casi sin lujuria, estaba codiciando su boca. Me aproximé lentamente, hasta que mi cara quedó a pocos centímetros de la suya y pude apreciar el calor de su respiración, y con infi­nita suavidad lo besé. Luis gimió todavía dormido y me enlazó por el talle con un brazo, mientras la otra mano atrapaba mis senos y su boca se abría para devolver el beso, musi­tando no mi nombre, Nallely, sino el de su secretaria: «Karen, Karen». Eso provocó una oleada sofocante en mis entrañas, creí que el ruido de mi corazón retumbaba por toda la casa y resquebrajaría las paredes. Cuando entendí que la realidad se había vuelto una tragicomedia con mucho de pesadilla y casi nada de comedia, estuve a punto de gritar, de empezar a insultar a Luis, de despertarlo con toda la lista de agravios que quería enumerarle, pero logré contenerme. Él posó las dos manos sobre mis senos. Tal vez al comprobar cuán diferentes eran a los de Karen, un chis­pazo de conciencia cruzó la algodonosa bruma de su sueño y abrió los ojos. Lo peor de todo no fue que retirara las manos de mis senos como si éstos fueran bolas de lumbre, ni que se quedara mirándome con inocencia, lo peor fue que sentí ascender del fondo de mi vagina hasta mi cerebro, en una oleada de irracionalidad, un áspero, violento e invencible enfado.

Aguardé a que sonriera, esperando, sólo en parte, que el enfado expirara con ese gesto. Sin embargo, el enfado me tenía atenazada mientras mi cuerpo ansiaba sucumbir al llanto, a los reclamos, a lo que se suponía que ahora debía hacer. Percibía en el vientre una presen­cia palpable que se extendía hacia mis senos como un enorme vacío en expansión, un hueco interior que clamaba por ser llenado. Y sólo había un modo de llenar ese vacío, sólo un modo de sentirme plena otra vez. Una parte de mi alma se resistió brevemente pero fue vencida, y autoricé paso al enfado, permití que se apoderara de mí y me dominara. Mien­tras me estremecía al lado de Luis, toda mi humanidad era simpatizante del enfado, salvo esa porción de cerebro que jamás cedía al control de nada ni de nadie. Esa porción de mi cere­bro que me protegía vigilante, me advertía de peligros, me aconsejaba sobre los riesgos, controlaba la hora, tenía el oído a punto. El resto de mí era puro enfado en su peor (o me­jor) momento.

—He de hacer una cosa —anuncié, ocultando el enfado mejor que una actriz cómica es­conde sus tristezas, mejor que un tahúr sus trampas.

Luis pensó que me refería a irme al gimnasio.

—Todavía no.

—Tú puedes ayudarme.

Empecé a toquetearme la vulva, metiendo y sacando un dedo de la vagina y acariciándome el clítoris; luego le acerqué ese dedo buzo a la boca y él lo chupó.

—Vamos —dije con voz de fieltro (no llegaba al terciopelo), pero de fieltro caliente. Era una voz de fieltro y humedad que a Luis le gustaba oír—. ¿Quieres ayudarme, cariño?

Por supuesto que él me ayudaría, en ese instante haría cualquier cosa por mí.

Volví a meterme el dedo en la vagina y se lo ofrecí; Luis lo chupó de nuevo.

—Bésame —murmuré y él se perdió en mi boca, mientras yo lo devoraba, hundiéndole los dientes y metiendo la lengua, dándole vueltas al tiempo que casi le aspiraba con los labios, confundiéndolo. Luis se separó, intentando hablar.

—No digas nada, cariño —musité—. Vas a echarlo a perder todo.

Y Luis se calló, limitándose a observar cómo yo me arrodillaba entre sus piernas velludas. Pero no pudo mantenerse en silencio, «¡oh, sí!», cuando le agarré el pene con la boca. «Creo que voy a matarte, cariño», pensé, soltando de golpe toda la carga del enfado que se me estaba pudriendo en el alma, mientras empujaba la boca atrás y adelante haciendo sonidos líquidos de succión. «De veras lo creo.»

Al levantar la vista, gracias a la luminosidad amarilla que se metía a cuchilladas por la per­siana, comprobé que Luis dirigía los ojos hacia el infinito, hacia la nada, vi que ya era inca­paz de seguir en contacto con las cosas del mundo, que ya se iba, se iba (pues es absurdo decir que se venía cuando estaba más ido del mundo que nunca) y empezaba a soplar, a resoplar, y advertí enseguida que su glande tenía un ligero, aunque significativo, aumento de tamaño. Todo lo cual demostraba: Luis ya había llegado a la fase de meseta de la res­puesta sexual masculina, o sea, la fase previa a la eyaculación. Así que me saqué el pene de la boca y no le permití arrojar ni una gota de semen, apretujándolo fuertemente por la base con las dos manos. Luego, unos segundos después, sonriendo como una Lolita que saborea un nutritivo plátano frente a un monasterio, me puse encima de Luis y, muy religiosa en el fondo, repetí «diosmío, diosmío», mientras su dureza recta y simé­trica se iba abriendo camino poco a poco entre mis pliegues blandos y húmedos (sexo refu­gio del sexo). Creo en Dios, sí, sí, sí, porque muchas veces en mi vida he visto que está allí, observando, anotando los puntos. Cuando acabamos de alcanzar un estado de felicidad pura (y la belleza de mi matrimonio combinaba los gratos períodos del coito bien hecho, la jactan­cia de la fidelidad y la bienvenida presencia de una cómoda situación económica), él arroja una piedra para estorbarte en el sendero de la realidad.

Con un movimiento pélvico más violento que los otros, la extensión fálica, erótico arpón, se hundió tan profunda­mente que lancé un grito de dolor y de placer al mismo tiempo. Por un instante me quedé inmóvil, dando a entender que el asta que me empalaba era excesivamente grande y que me estaba amoldando a ella, y al fin comencé a subir y bajar, primero con suavidad y luego con más ímpetu.

Luis me lamió el cuello, me chupó los pezones, me olió las axilas, me acarició la espalda, me hundió los dedos entre la raya de las nalgas, me envolvió la lengua con la lengua, me mordió los lóbulos de las orejas, me estrujó los senos, me dio falsos azotes sobre la piel de los muslos. Si él era capaz de hacer eso conmigo, cuántas otras cosas no le habría hecho a esa morena majestuosa, alta, de tetas muy infladas y trasero desaforado que se llama Karen. Una mujer como ésa es seguramente el resultado de un montón de magníficas operaciones de cirugía plástica, pero eso no cambia nada. ¡Dios!

Desconectando la mente del cuerpo, sin pensar en nada, cerré los ojos como una buena profesional (sólo las tontas, las frígidas y las nuevas cogen con los ojos abiertos) y de mi boca entreabierta comenzaron a escaparse gemidos, el sonido del goce, y ese sonido, el de mi propia respira­ción hecha voz, me originó una inundación ahí abajo. No podía controlarla. Era como la materialización del poder que reside en el cuerpo femenino, como un río de vida que salía de mí a raudales, empapándome la cara oculta de los muslos y mojando los saltarines testículos luisianos.

De pronto, con los ojos abiertos, me pregunté cómo me desharía del cadáver. Después de darle todas las vueltas posibles al problema, como a una fruta mental, decidí que podría solucionarlo. ¡Oh, benditos los que no han abierto los ojos, porque los que los abren nunca pue­den volver a cerrarlos!

—Quiero hacerte algo —dije jadeando, pero con tono suave y suplicante—. ¿Me dejas hacerlo, cariño?

Luis entreabrió los ojos tratando de mirarme.

—Quiero hacerte algo especial —ronroneé, inclinándome sobre su pecho y poniéndole las manos alrededor del cuello—. Sólo apretar un poco. —Mis diez dedos buscaron el latido de la arteria carótida y aumentaron ligeramente la presión.— No te dolerá, lo prometo. —Yo habría hecho cualquier promesa con tal de asesinarlo. E incluso la habría cumplido. Personalmente, no considero que una promesa hecha a un es­poso infiel deba cumplirse si atañe a una cuestión de dolor, pero cumpliría ésta si podía.— Sólo notarás tirante. No forcejees, no te resistas, tú déjame hacer. Necesito hacerlo, me urge mucho.

Incrementé la presión de los dedos en tanto que aumentaba el ritmo del vaivén. Luis emitía exclamaciones de aprobación. Al principio casi no notó los dedos. Pero cuando empecé a subir y bajar con furia, mostrándole mejor que nunca el poderío del orificio más ansiado y más ansioso de mí, la presión se volvió dolorosa.

—Me haces daño —dijo, tratando de zafarse.

Yo le sujeté con más vigor.

—Por favor, cariño. Déjame hacerlo, por favor, sólo un minuto más... Oooh, sé bueno, tengo que... Oh... Déjame hacerlo.

Luis captó mi delirio y se estremeció. Era evidente que se sentía poderoso y deseado. Yo me movía de forma espasmódica, incontrolable, y él, claro, empezó a respirar muy fuerte, como robándose el aire del dormitorio a la fuerza, a través de la boca abierta. Todo su tórax se inflaba y se contraía por el esfuerzo. Tenía los ojos rojos, la piel congestionada, lívidos los labios, una expresión de miedo. Pronto le apreté el cuello con tanta energía que me oprimió las muñecas con las manos.

—¡Espera! —le exigí—. ¡Espera!

Un grito mudo quedó impreso en su boca mientras el semen brotaba en cantidad donable. Mirar cómo se viene un hombre es como mirar un tren eléctrico, no hay nada que hacer, pero es divertido. Luis se puso colorado y, de repente, se puso lívido y, de repente, sus manos, desprendiéndose de mis muñecas, cayeron sobre las sábanas. Pero se quedó con una erección enorme, sólida y permanente. Sin soltarle el cuello, yo seguí haciendo uso de ella. Entré, al fin, en un orgasmo intenso, largo, casi doloroso. Agotada, satisfecha, me mantuve en­cima de Luis durante varios minutos, agitando con mi aliento los vellos de su pecho mientras le repetía una y otra vez lo mucho que lo amaba, que lo adoraba enloquecidamente, que nadie usurparía el lugar que ocupaba en mi corazón. 

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