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Fuks, Julián (Emiliano Domínguez)

Sebastián y el niño: lo inenarrable



Por meses, o el tiempo que debe pasar para que un niño sienta que han pasado meses, su madre se mantuvo postrada e inerme en la cama de sábanas arrugadas. Ya no le abría las persianas todas las mañanas, no le posaba sobre el torso la ropa que debía usar, no le besaba el rostro antes de desaparecer mientras durara la luz del día. No reaparecía en el apuntar de la noche, también, para lavarle las orejas que él descuidaba a propósito a la hora del baño, para obligarlo a comer y luego a lavar los dientes, para conducirlo de la mano a su cuarto, acostarlo, forzarlo a cerrar los ojos y entregarle el lóbulo. Había desabitado por completo, la madre, todo en la casa que no fuera el propio cuarto.

El niño estaba autorizado a rendirle visitas diarias, con la condición de que abriese la puerta silenciosamente y midiese el peso de los pasos para no despertarla. Mas allá de las cláusulas e imposiciones, cauteloso y tímido por hábito o instinto, espiaba antes de ingresar y se mantenía dispuesto a volver atrás caso su presencia se mostrara demasiado indeseada, pero tal incidencia jamás se registró. Y jamás llegó a encontrarla dormida: como las cortinas túmidas que permanecían semicerradas y guarnecían la atmósfera de un carácter sombrío, los párpados de ella se habían adherido a una posición siempre intermediaria entre la de ojos cerrados y la de ojos abiertos. Apagados, también, el televisor en colores y los colores de su rostro, el rosado de las mejillas tan más pálido y los labios que se emblanquecían hasta casi no dejarse divisar. Interrumpidos, abandonados, los libros que se apilaban en la mesita de luz y otros que se esparcían por el piso, todos con sus sucesiones interminables de letras en una misma palabra y sus títulos que apenas se hacían legibles, aunque todavía incomprensibles.

Ora de espaldas, ora para el lado derecho, hora de espaldas, hora para el lado izquierdo, la madre se entregaba al silencio y a la oscuridad mientras esperaba paciente que los obreritos de sus entrañas reconstruyeran, una a una, las varias plantas de su edificio interno particular, la llamada columna vertebral. Pero en algún momento tenían que descansar esos obreritos, en algún momento merecían un intervalo los hombrecitos interiores de su madre, y por eso él no necesitaba sentir cualquier culpa en estar allí – como no necesitaba, su padre había dicho, remorderse con los recuerdos de lo ocurrido, algo que él no había entendido del todo por no acordarse de cualquier ocasión en que se hubiera mordido. La madre, por su vez, insistía en demostrar que él no era un intruso con la máxima efusión que le era posible, extendiendo el brazo en su dirección cuando su perfil delgado asomaba a la entrada. Complementaba el gesto con una sonrisa contenida, de labios cerrados, que resultaba en una aproximación poco usual entre los pómulos del rostro y los ojos, cuyas extremidades externas se vertían para abajo y, caso el conjunto entero aún no incurriera en un mensaje suficiente de bienvenida, ella desprendía unas parcas palabras en voz ronca y endeble:

- Vení, pasá, Seba, pichi.

Todo ese esfuerzo combinado para realizar una buena recepción, pese a la incapacidad del niño de asimilarlo por completo y, más aún, de destrenzarlo parte a parte, era lo que había de más triste en aquellos días. Que la madre se desdoblara en expresiones imposibles en la tentativa vana de hacer del desaliento trazos de tranquilidad y esperanza o, en la comprensión del niño, que los adultos estuviesen escondiendo de él un no sé qué que les abatía el ánimo, todo eso dolía en él de una forma nunca antes experimentada, ni siquiera en aquella fatídica colisión de su frente contra una esquina de la mesa de mármol. Ya no tenía, además, ninguna gana de emprender sus habituales carreras por la casa circular y, cuando aún así lo hacía, para llenar las horas ahora más largas, luego se veía tirado y jadeante en algún sofá, incapaz de llenar el propio pecho de aire – algo muy extraño porque contrariaba el vacío que sentía dentro de él y que, sí, le ocupaba el cuerpo. Cuando entraba en ese cuarto, también él tenía que disfrazar ese hueco que lo tomaba, también él tenía que forzar las orillas de los labios para que apuntaran para arriba, como en los dibujos que hacía en la escuela, pues su padre le había pedido que fuera fuerte y aguantara y que tratara de preservar la madre de esas preocupaciones menores del día a día. Como tampoco le estaban autorizados los abrazos más fuertes u otras cosas, incursiones, que por ventura sobresaltaran la madre en estado frágil, él se limitaba a dar la vuelta a la cama y sentarse en algún rincón libre que encontrara en el borde.

Agarrar la mano de ella era sin duda una redención, y en eso también se asemejaban. Cada uno trataba de enredar la mano del otro como si fuera el conductor y responsable por aquél gesto, en una indefinición nueva que la madre parecía extrañar, pero que resultaba placentera al niño, pues retrazaba el establecimiento de la posición final de los dedos entrelazados. Una vez definida la escala de huesos y acomodado cada uno de los nudos,  podían dedicar horas a esa pose, o el tiempo que debe pasar para que un niño sienta que han pasado horas. A través de ese contacto, pensaba el niño, quien sabe no aceleraba el proceso de cura prestándole a ella algunos de sus obreros particulares, perfectamente prescindibles desde que cuidaron de cicatrizar su frente. Claro que no se verían hombres minúsculos trasladándose bajo las uñas, pero él ya había entendido que el hecho de que su padre los llamara obreritos no significaba que fuesen necesariamente iguales a los obreros grandes. Ya sabía que a veces los adultos dicen las cosas con las palabras ciertas y a veces inventan otras para que los niños entiendan (cuando no para que se duerman): ya intuía que no toda la verdad quedaba comprometida por esa invención.

Se estaba bien ahí, cuando de manos dadas. La madre no tenía nada para contar, poco se valía de las palabras susurradas para enseñarle cualquier lección, vez u otra resumía algún consejo inoportuno y viejo que supuestamente lo auxiliaría en las amistades precarias que trababa con los colegas, pero parecía más dispuesta que en otras ocasiones a escuchar las banalidades cotidianas que el tenía para relatar – con la condición de que no causaran en ella cualquier prenuncio de aflicción, como él sabía de antemano. En algún sentido, o para algunos de los sentidos del niño, era como si fuera él quién tuviera que mimarla, impugnando el silencio temerario con sus historias que, de agudo, solo tenían el timbre de la voz. No cabía a él destilar cualquier moral o encaminar los casos para algún final: como era nula la chance de acunarla en el sueño, no había problema que los relatos transcurrieran sin rumbo, circunvagaran a merced de los impulsos más naturales y vinieran a interrumpirse, más tarde, inconclusos. La madre lo consentía a todo, benevolente, y puede que no estuviera de hecho escuchando lo que era dicho, sino acompañando el movimiento de los labios y analizando, con la concentración que le era posible, los tropiezos y matices ocultos del monólogo de su hijo. Cuanto al niño, él no lo podía precisar y sin embargo, en aquellos instantes preciosos y densos, algo más que el silencio parecía dirimirse.

Una tarde, no obstante, en la tarde en que el mundo no quería dejarlos a solas y fustigaba los vidrios de la ventana con gotas de agua gruesas e invasivas, y violentaba los oídos de ellos con estruendos fuertes como truenos y que, de hecho, eran truenos, y maltrataba los ojos de ambos con la luz electrizante que, en intervalos casi regulares, irrumpía súbita y dominaba todo el ambiente, en aquella tarde el niño sobrellevó los temores de siempre y no quiso cogerle la mano. Tenía una cosa para contarle y esa cosa parecía, al menos en ese momento, llenar y anular el vacío que lo envolvía en los últimos días, dotándolo de una extraña satisfacción igualmente desconocida – que alguien vendría a clasificar, más tarde, con un tono que mezclaba burla y reprensión y que él no comprendería, como su primer brote de orgullo y ambición. Tenía una cosa para contar y esa cosa merecía una inmediatez que, si no había permitido una aceleración en el procedimiento que debía ejecutar al entrar en el cuarto, al menos lo había revestido de una mayor ansiedad y de una primera impaciencia en relación a sus diversas y rituales etapas.

- Hoy la maestra dijo que puedo escribir libros, mamá – debe haber alardeado poco después de encontrar asiento, para enseguida corregir – Quiero decir, dijo que tengo imaginación de escribidor de libros.

La mano de la madre escudriñó el aire buscando la de él, luego pasando a palpar la cama con la misma intención y chocando contra su pierna estática, “ah, ¿sí? Qué bien”, apretándole el muslo de un modo demasiado débil para representar una felicitación. El niño pensó en desvencijarse, necesitaba de espacio y libertad para ejecutar el acto que había planeado, pero un rayo le rasgó la vista y la intención, paralizándolo por un segundo. Prefirió dejar que la mano de ella quedara allí hasta que se manifestara el trueno que sabía inminente y que en general le provocaba un escalofrío, de modo que fue solo después de esa ocurrencia indeseada que apoyó el peso sobre los pies, al mismo tiempo liberándose del toque ajeno y alcanzando, en el bolsillo de atrás, el papel doblado en cuatro que traía.

Luego de anunciar el título, “Mis vacaciones”, y antes de tartamudear la primera frase, el niño sintió que de ese instante se abría otro, como una muñeca que sale del vientre de otra muñeca, con la diferencia que los instantes no eran idénticos sino, quien sabe, completamente opuestos. Se despejaba el tiempo, silenciaban las gotas que ya no escurrían por la ventana, desaparecía la ventana y se flanqueaba un amplio campo de pasto rastrero, delimitado por un bosque remoto de árboles imponentes, cuyo verde se dejaba dorar por el sol que los escaldaba. Escorando su cuerpo, no el colchón suave de la cama, sino el cuero áspero de una montura y, debajo de ella, el caballo que le había sido designado. Mal sabía montar, pero no se trataba de un sueño, en que el desafío le sería dado sin cualquier fundamento o explicación como si perpetrara, y perpetrando, una punición: de esta vez estaba a su lado, igualmente montado, el hijo mayor del administrador de la hacienda, un muchacho calificado a acompañarlo en el paseo.

Ahí, en ese escenario plácido tan propicio a situaciones previas, se iniciaba su venturosa historia, ritmada y progresiva, cronológica y directa, la tensión perfecta surgiendo donde no era esperada y exacerbándose en dirección al clímax impecable. O era así que el niño la sentía a medida que sus ojos recorrían la página borroneada y se iban poblando de tan vivas memorias. La imprevista complicidad del padre, que le había confiado sus secretos de cabalgadura. La del caballo que volteaba el cuello para observarlo de soslayo y se unía a él por un lazo que no podía limitarse al instrumento obvio de las riendas (entre dos sustancias vivas, no era justo que una sobrepujase la otra; debía caber a ambas, mancomunadas, decidir el ritmo y la dirección que seguirían). La de su compañero de cabalgata que sonreía malicioso y agregaba a la expresión un guiño. Un látigo que surgía de la nada, serpenteaba bajo el cielo y establecía el conflicto. Los caballos que se ponían a patalear descoordinados llenando el espacio de polvo, el miedo creciente que recorrió sus entrañas cuando empezó a sospechar que el freno de que disponía no funcionaba, la desesperación que lo envolvió cuando tuvo certeza de eso. El salto que emprendió para escapar del árbol que se presentó de repente delante de él, el animal desviándose matrero y revelando la tremenda idiotez que él había hecho.

El niño caído, descubriendo que los golpes que escuchaba ya no eran de las patas del caballo colisionando contra el piso, sino los latidos desacompasados que retumbaban en su pecho; tragándose los sollozos que lo atropellaban y recogiendo los pedazos, no de sus huesos, sino de las complicidades partidas: el desenlace perfecto. Todo lo que ocurría a partir de ahí era un epílogo nebuloso que desalentaba el empeño y estremecía los trazos, al margen de los cuales la maestra había tenido el rigor de tachar: “confuso”.

Titubeó un instante, volvió a tartamudear, limpió la garganta y optó por proseguir la lectura. Remedos de imágenes, comentarios sin propósito, aclaraciones que nada aclaraban, todo se sobreponía sin sucesión. La madre montada en el animal que recién lo había derribado, sacudiéndose y dando vueltas como si estuviera en un rodeo, la tierra seca velando la imagen y transformando la escena en espejismo, el muchacho que atravesaba súbito entre los demás y ponía un caballo a sofrenar al otro, el alboroto que se producía y esmorecía hasta que restara solamente la madre, sobre el pasto, estirada. Alguien denunciando la presencia del niño incólume, apuntándolo con el dedo. Otro anunciando a gritos el corte existente en la boca del caballo. Nada más.

Cuando el niño levantó los ojos, no había en su rostro ni siquiera un mínimo resquicio del orgullo que antes lo había desfigurado. Puede ser que se hubiese dado cuenta de cómo era impertinente su historia, puede ser que hubiese recobrado conciencia de cuánto esa impertinencia corrompía y defraudaba el relato. Comprendía ahora la fragilidad del elogio que había recibido – si todo, a fin de cuentas, no pasaba de realidad, si nada se había desprendido de sus dedos por libre ejercicio de creación – y puede ser que en su mente la expresión de la maestra que había parecido complaciente de a poco se convirtiese en algo que él no sabía definir como cinismo y mordacidad. Pero también esa metamorfosis dio lugar a otra, el rostro de la maestra se desvaneció en la niebla imaginaria, y luego el niño pudo ver la faz muy real de la madre navegada por dos trazos casi transparentes, ambos empezando en un punto diferente del mismo ojo y uniéndose hasta desaparecer bajo la raya del maxilar. El niño, al principio, no quiso entender lo que pasaba y miró a la ventana para averiguar si, en una remota posibilidad, esos trazos no pasaban de sombras en el rostro ajeno de las gotas de lluvia que escurrían por los vidrios. Después volvió a bajar los ojos, buscó los dedos de otra mano para tratar de entrelazarla y supo que la madre, por fin, lloraba.

Cuando Sebastián levanta los ojos y los vuelve en esa misma dirección, ningún rostro se presenta delante de él y la vista se va a estrellar, vacía, en la pared amarillenta. Está sentado en el borde de la misma cama, pero esta no es una tarde de lluvia y ninguna gota parece iniciar su trayecto en cualquier superficie vítrea. Peor, el flujo verbal de lágrimas que acaba de cavilar no termina de constituirse en imagen antes de ser descartado: secreciones que se desprenden de puntos distintos del mismo globo ocular y entablan trayectorias convergentes deben ser tan imposibles cuanto son raras las ocasiones de llanto que pudo testimoniar. Además, esa imagen que tanto lo tocó, que debería estar clavada en su memoria pero no se clavó, esa imagen pierde gran parte de su fuerza si el lector no está informado de que el niño jamás había visto su madre llorar, y jamás volvería a ver.

De la misma manera, de nada vale la reconstitución de una situación dada si no se obtiene acceso a las verdaderas y más profundas sutilezas experimentadas por el que la vivió. Los recuerdos tal vez inventados de un dedo rígido que lo señalaba, de las reglas estrictas que el padre estableció en la casa o mismo de la necesidad que el niño sentía de hacer algo por la recuperación de su madre parecen indicios suficientes para matizar el sentimiento de culpa de que sufría. ¿Pero será que, de hecho, se sentía culpable? Dos serían los principales impedimentos a esa hipótesis. Primero, que el niño no tuviese un grado de discernimiento suficiente para concatenar la aventura que había vivido con la tragedia subsiguiente sino en términos cronológicos – la confusión del final de su composición podría ser tomada como prueba de eso. Segundo, que el niño supiese que su error había sido la causa del desastre de la madre, pero agregase a esa conciencia la noción de que jamás, no importando cuántas veces la escena fuera repetida, podría haber hecho algo diferente – y tal noción inevitablemente lo absolvía.

A través de un raciocinio lógico, Sebastián concluye, nunca conseguirá determinar la auténtica naturaleza de los sentimientos del niño. Conviene que extraiga provecho, en vez de eso, del análisis de las redivivas manifestaciones corporales de que parece haber sido víctima. Hace poco imaginaba que el niño estuviese vivenciando una sensación de vacío, un hueco en el pecho que estorbaba sus juegos de rutina. También infirió que tuviese dificultades para sonreír y para respirar, pero de eso debe desconfiar porque pueden ser meras consecuencias de una tentativa suya de tornar nítidas las suposiciones anteriores. Además, pensó en mencionar un supuesto recogimiento afectivo que caracterizaría al niño en ese periodo, tal vez consecuencia, sí, de un recelo exagerado de proporcionar a la madre un nuevo mal. ¿Serían esos factores suficientes para identificar la existencia en él de un complejo de culpa? ¿O ilustrarían solamente la compasión natural del niño o, menos, la obvia falta que cualquier niño siente cuando su madre se aleja y confisca los hábitos, agravada por el acúmulo de los días?

No, tampoco ese método lo va a conducir a una constatación. Le queda, Sebastián sabe hace algún tiempo, un recurso postrero: tratar de reconocer en si mismo, en el hombre que ahora es, algún residuo renitente de esa posible sensación del niño. ¿Se siente, él propio, responsable por el accidente de la madre? Haber guardado en algún rincón de su cerebro tan numerosas y vívidas imágenes de un momento tan lejano, haber pasado la última media hora involuntariamente sentado en esa misma cama y entregado a intermitentes rememoraciones, considerar esa insignificante composición de vuelta a las clases el inicio precoz de una carrera literaria aún inexistente, ¿serán esos elementos bastante fuertes para suponer que se trate de las menudencias de una obsesión?

Sebastián arremete el tronco para atrás y siente sus espaldas ajustándose a los muelles desiguales del viejo colchón. La larga expiración que acompaña todo ese movimiento solo cesa cuando le parece no haber, en sus pulmones, ni un centímetro cúbico más de aire. Tal vez sí. Tal vez se sienta culpable. Y, siendo así, no puede sino aspirar algunos litros más de decepción. ¿Cuánto de su empeño no estaría ausente de cualquier intención literaria, reduciéndose a la mezquina voluntad de verter en palabras una confesión inocua y extemporánea? ¿Cuántos miles de kilómetros de bosques fueron derrumbados, árbol por árbol talado con crueldad, millones de páginas maculadas por cuántas piletas de tinta negra, todo de una inutilidad atroz cuando empleado en irrelevantes y tan personales expiaciones de culpa?

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