Por meses, o el tiempo que debe pasar para que un niño
sienta que han pasado meses, su madre se mantuvo postrada e inerme
en la cama de sábanas arrugadas. Ya no le abría las persianas todas las mañanas, no le posaba sobre el torso
la ropa que debía usar,
no le besaba el rostro antes de desaparecer
mientras durara la luz del día. No
reaparecía en el apuntar de la noche, también, para
lavarle las orejas que él descuidaba a propósito a la hora
del baño, para obligarlo a comer
y luego a lavar los dientes, para
conducirlo de la mano a su cuarto,
acostarlo, forzarlo a cerrar los ojos y entregarle
el lóbulo. Había desabitado
por completo,
la madre, todo
en la casa que
no fuera el propio cuarto.
El niño
estaba autorizado a rendirle visitas
diarias, con la condición de que abriese
la puerta silenciosamente y midiese el peso de los pasos para no
despertarla. Mas allá de las cláusulas e imposiciones, cauteloso
y tímido por hábito o instinto,
espiaba antes de ingresar y se mantenía
dispuesto a volver atrás
caso su presencia se mostrara demasiado indeseada, pero tal
incidencia jamás se registró. Y jamás llegó a encontrarla dormida:
como las cortinas
túmidas que permanecían semicerradas y
guarnecían la atmósfera de un carácter sombrío, los párpados de ella se habían
adherido a una posición siempre
intermediaria entre la de ojos cerrados y la de ojos abiertos. Apagados,
también, el televisor en colores y los
colores de su rostro, el rosado de las mejillas tan más pálido
y los labios que se emblanquecían hasta casi no dejarse divisar.
Interrumpidos, abandonados, los libros que
se apilaban en la mesita de luz y otros que se esparcían por
el piso, todos
con sus sucesiones interminables de letras
en una misma palabra y sus títulos que apenas se hacían legibles, aunque todavía
incomprensibles.
Ora de espaldas, ora para
el lado derecho, hora
de espaldas, hora para
el lado izquierdo, la madre se entregaba al silencio y a la oscuridad
mientras esperaba paciente que los obreritos de sus entrañas reconstruyeran, una a una, las
varias plantas de su edificio interno particular,
la llamada columna vertebral. Pero en algún momento
tenían que descansar
esos obreritos, en algún momento
merecían un intervalo los hombrecitos interiores de su madre,
y por eso él no necesitaba sentir cualquier culpa
en estar allí – como
no necesitaba, su padre había dicho,
remorderse con los recuerdos de lo ocurrido, algo
que él no había entendido
del todo por
no acordarse de cualquier ocasión en que
se hubiera mordido. La madre, por su vez, insistía
en demostrar que
él no era un intruso
con la máxima efusión que
le era posible, extendiendo el brazo en
su dirección cuando su perfil delgado asomaba a la entrada.
Complementaba el gesto con una sonrisa contenida, de labios cerrados,
que resultaba en una
aproximación poco usual entre los pómulos del rostro
y los ojos, cuyas extremidades externas se vertían para
abajo y, caso el conjunto
entero aún no incurriera en un mensaje suficiente
de bienvenida, ella desprendía unas parcas
palabras en voz ronca
y endeble:
- Vení,
pasá, Seba, pichi.
Todo ese esfuerzo combinado para realizar
una buena recepción, pese a la
incapacidad del niño de asimilarlo por completo y, más aún, de destrenzarlo parte a parte, era lo que
había de más triste en aquellos días. Que la madre se
desdoblara en expresiones imposibles en la tentativa
vana de hacer del desaliento trazos de tranquilidad y esperanza o, en la
comprensión del niño, que los adultos estuviesen escondiendo de él un no sé qué que les
abatía el ánimo, todo eso dolía en él de
una forma nunca antes experimentada,
ni siquiera en aquella fatídica colisión
de su frente contra
una esquina
de la mesa de mármol. Ya no tenía,
además, ninguna gana de emprender sus habituales carreras por
la casa circular
y, cuando aún así lo hacía, para llenar las horas ahora más largas, luego se veía tirado y
jadeante en algún sofá, incapaz de llenar el propio pecho de aire – algo muy extraño porque
contrariaba el vacío que sentía dentro de él y que,
sí, le ocupaba el cuerpo. Cuando entraba en ese cuarto, también él tenía que disfrazar ese hueco que
lo tomaba, también él tenía que forzar
las orillas de los labios para que
apuntaran para arriba,
como en los dibujos que
hacía en la escuela, pues su padre le
había pedido que
fuera fuerte y aguantara y que tratara
de preservar la madre
de esas preocupaciones menores del día a
día. Como tampoco le estaban autorizados
los abrazos más fuertes u otras cosas, incursiones, que
por ventura
sobresaltaran la madre en estado frágil,
él se limitaba a dar la vuelta a la cama
y sentarse en algún rincón libre que
encontrara en el borde.
Agarrar la mano de ella era
sin duda una redención, y en eso también
se asemejaban. Cada uno
trataba de enredar la mano
del otro como si
fuera el conductor y responsable por
aquél gesto, en una
indefinición nueva que la madre parecía extrañar, pero que
resultaba placentera al niño, pues retrazaba el establecimiento de la posición final de los dedos
entrelazados. Una vez
definida la escala
de huesos y acomodado cada uno de los
nudos, podían dedicar
horas a esa pose,
o el tiempo que debe pasar para que un niño
sienta que han pasado horas. A través de ese contacto, pensaba el niño,
quien sabe no aceleraba el proceso de cura
prestándole a ella algunos de sus obreros particulares,
perfectamente prescindibles desde que cuidaron de cicatrizar
su frente. Claro
que no se verían hombres minúsculos trasladándose bajo las uñas, pero él ya
había entendido que
el hecho de que su padre
los llamara obreritos no significaba que
fuesen necesariamente iguales a los obreros
grandes. Ya sabía que
a veces los adultos dicen las cosas con
las palabras ciertas y a veces inventan otras para que los niños entiendan (cuando no para
que se duerman): ya intuía que no toda la
verdad quedaba comprometida por esa
invención.
Se
estaba bien ahí, cuando de manos dadas.
La madre no tenía nada
para contar, poco se
valía de las palabras susurradas para enseñarle
cualquier lección, vez u otra resumía
algún consejo inoportuno y viejo que supuestamente lo auxiliaría en las amistades
precarias que trababa con los colegas, pero parecía más dispuesta que en otras ocasiones a escuchar las banalidades cotidianas que
el tenía para relatar – con
la condición de que no causaran en ella
cualquier prenuncio de aflicción, como él
sabía de antemano. En algún sentido, o para algunos de los sentidos
del niño, era como
si fuera él quién tuviera que mimarla, impugnando el silencio temerario con sus
historias que, de agudo,
solo tenían el timbre
de la voz. No cabía a él destilar
cualquier moral o encaminar los casos para algún final: como era nula la chance de acunarla en el sueño, no había problema que
los relatos transcurrieran sin rumbo, circunvagaran a merced de los impulsos más naturales
y vinieran a interrumpirse, más tarde, inconclusos. La madre
lo consentía a todo, benevolente, y
puede que no estuviera de hecho
escuchando lo que era
dicho, sino acompañando el movimiento de
los labios y analizando, con la concentración que
le era posible, los tropiezos y matices
ocultos del monólogo de su hijo. Cuanto
al niño, él no lo podía precisar y sin embargo, en aquellos instantes
preciosos y densos,
algo más que
el silencio parecía dirimirse.
Una tarde, no obstante,
en la tarde en que
el mundo no quería dejarlos a solas y fustigaba los vidrios de la ventana con gotas
de agua gruesas e invasivas, y violentaba los oídos de ellos con estruendos
fuertes como truenos y que, de hecho, eran truenos, y maltrataba los ojos de ambos con la luz
electrizante que, en intervalos casi regulares,
irrumpía súbita y dominaba todo el ambiente,
en aquella tarde el niño sobrellevó los temores de siempre y no quiso cogerle la mano. Tenía una
cosa para contarle y esa cosa parecía, al menos en ese momento,
llenar y anular el vacío que
lo envolvía en los últimos días,
dotándolo de una extraña satisfacción igualmente desconocida – que
alguien vendría a clasificar, más tarde,
con un tono que mezclaba burla y
reprensión y que él no comprendería, como su primer brote de orgullo y ambición. Tenía una cosa para contar y esa cosa merecía una
inmediatez que, si
no había permitido una aceleración en el procedimiento que debía ejecutar al entrar
en el cuarto, al menos lo había
revestido de una mayor ansiedad y de una primera impaciencia en relación a sus diversas y rituales etapas.
- Hoy
la maestra dijo que
puedo escribir libros, mamá – debe haber alardeado poco después de encontrar asiento, para
enseguida corregir – Quiero decir, dijo que
tengo imaginación de escribidor de libros.
La mano de la madre
escudriñó el aire buscando la de él, luego pasando a palpar
la cama con la misma intención y chocando contra su pierna estática,
“ah, ¿sí? Qué bien”, apretándole el
muslo de un modo demasiado
débil para representar una
felicitación. El niño pensó en desvencijarse, necesitaba de espacio y libertad para ejecutar el acto que
había planeado, pero un rayo le rasgó la vista
y la intención, paralizándolo por un segundo. Prefirió dejar que
la mano de ella quedara allí hasta que se
manifestara el trueno que sabía inminente
y que en general
le provocaba un escalofrío, de modo que fue solo
después de esa ocurrencia indeseada que
apoyó el peso sobre
los pies, al mismo tiempo liberándose
del toque ajeno y alcanzando, en el bolsillo de atrás, el papel doblado en
cuatro que traía.
Luego de anunciar el título, “Mis
vacaciones”, y antes de tartamudear
la primera frase, el niño sintió que de ese instante
se abría otro, como una
muñeca que sale del vientre de otra
muñeca, con la diferencia que los instantes no eran idénticos sino,
quien sabe, completamente opuestos. Se
despejaba el tiempo, silenciaban las gotas
que ya no escurrían por
la ventana, desaparecía la ventana y se flanqueaba un amplio campo
de pasto rastrero, delimitado por
un bosque remoto
de árboles imponentes, cuyo verde se dejaba dorar por
el sol que
los escaldaba. Escorando su cuerpo, no el colchón suave
de la cama, sino
el cuero áspero de una
montura y, debajo de ella, el caballo que le había sido designado. Mal
sabía montar, pero no se trataba de un sueño, en que el desafío le sería dado
sin cualquier fundamento o explicación como si
perpetrara, y perpetrando, una punición:
de esta vez estaba a su lado, igualmente
montado, el hijo mayor del administrador de la hacienda, un muchacho calificado a
acompañarlo en el paseo.
Ahí, en ese escenario plácido
tan propicio a situaciones previas, se iniciaba su venturosa
historia, ritmada y progresiva, cronológica y directa, la tensión perfecta
surgiendo donde no era esperada y
exacerbándose en dirección al clímax impecable. O era así que el
niño la sentía a medida que sus ojos recorrían la página
borroneada y se iban poblando de tan vivas
memorias. La imprevista complicidad del padre, que le
había confiado sus secretos de
cabalgadura. La del caballo que volteaba
el cuello para observarlo de soslayo y se unía a él por un lazo que
no podía limitarse al instrumento obvio
de las riendas (entre dos sustancias vivas, no era justo que una sobrepujase la otra; debía caber
a ambas, mancomunadas, decidir el ritmo y la dirección que
seguirían). La de su compañero de cabalgata que
sonreía malicioso y agregaba a la
expresión un guiño. Un látigo que surgía
de la nada, serpenteaba bajo el cielo y
establecía el conflicto. Los caballos que
se ponían a patalear descoordinados
llenando el espacio de polvo, el miedo
creciente que recorrió sus entrañas
cuando empezó a sospechar que el freno
de que disponía no funcionaba, la
desesperación que lo envolvió cuando
tuvo certeza de eso. El salto que
emprendió para escapar
del árbol que se presentó de repente delante de él, el animal
desviándose matrero y revelando la tremenda
idiotez que él había hecho.
El niño caído,
descubriendo que los golpes que
escuchaba ya no eran de las patas del
caballo colisionando contra el piso, sino los latidos desacompasados que
retumbaban en su pecho; tragándose los sollozos que
lo atropellaban y recogiendo los pedazos, no de sus huesos, sino de las complicidades partidas:
el desenlace perfecto. Todo
lo que ocurría a partir
de ahí era un epílogo
nebuloso que
desalentaba el empeño y estremecía los trazos, al margen de los cuales la maestra había tenido el rigor
de tachar: “confuso”.
Titubeó un instante,
volvió a tartamudear, limpió la garganta
y optó por proseguir la lectura. Remedos
de imágenes, comentarios sin propósito, aclaraciones
que nada
aclaraban, todo se sobreponía sin
sucesión. La madre montada en el animal que
recién lo había derribado, sacudiéndose y dando vueltas como
si estuviera en un rodeo, la tierra seca velando la imagen y transformando la escena en
espejismo, el muchacho que atravesaba súbito entre los
demás y ponía un caballo a sofrenar
al otro, el alboroto que se producía y
esmorecía hasta que
restara solamente la madre, sobre el
pasto, estirada. Alguien
denunciando la presencia del niño incólume,
apuntándolo con el dedo. Otro anunciando
a gritos el corte
existente en la boca del caballo. Nada más.
Cuando el niño levantó los ojos, no había en su rostro ni siquiera un mínimo
resquicio del orgullo que antes lo había desfigurado. Puede ser
que se hubiese dado
cuenta de cómo era impertinente
su historia, puede ser que
hubiese recobrado conciencia de cuánto esa impertinencia corrompía y defraudaba
el relato. Comprendía ahora la fragilidad del elogio
que había recibido – si todo, a fin
de cuentas, no pasaba de realidad, si nada se había desprendido
de sus dedos por
libre ejercicio de creación – y puede ser que en su mente
la expresión de la maestra que había parecido complaciente de a poco se
convirtiese en algo que
él no sabía definir como
cinismo y mordacidad. Pero también esa
metamorfosis dio lugar a otra, el rostro de la maestra
se desvaneció en la niebla imaginaria, y luego el niño pudo ver
la faz muy real de la madre navegada por
dos trazos casi transparentes, ambos empezando en un punto diferente
del mismo ojo y uniéndose hasta desaparecer bajo la raya del maxilar.
El niño, al principio, no quiso entender lo que pasaba y miró a la ventana
para averiguar si, en una remota posibilidad, esos trazos no pasaban de sombras en el rostro
ajeno de las gotas de lluvia que escurrían por
los vidrios. Después volvió a bajar los ojos, buscó
los dedos de otra mano
para tratar de
entrelazarla y supo que la madre, por fin,
lloraba.
Cuando Sebastián levanta los ojos y los vuelve en
esa misma dirección, ningún rostro se
presenta delante de él y la vista se va
a estrellar, vacía, en la pared amarillenta. Está sentado en el borde de la
misma cama, pero esta no es una
tarde de lluvia y ninguna gota parece iniciar su
trayecto en cualquier superficie vítrea.
Peor, el flujo verbal de lágrimas que
acaba de cavilar no termina de
constituirse en imagen antes de ser descartado: secreciones que
se desprenden de puntos distintos del
mismo globo ocular
y entablan trayectorias convergentes deben ser tan
imposibles cuanto son raras las ocasiones de llanto que
pudo testimoniar. Además, esa imagen que
tanto lo tocó, que
debería estar clavada en su memoria pero no se
clavó, esa imagen pierde gran parte de
su fuerza si el lector no está informado
de que el niño jamás había visto su madre
llorar, y jamás volvería a ver.
De la misma manera, de nada
vale la reconstitución de una
situación dada si
no se obtiene acceso a las verdaderas y más profundas sutilezas
experimentadas por el que la vivió. Los recuerdos tal
vez inventados de un dedo rígido que lo señalaba, de las reglas estrictas que el padre
estableció en la casa o mismo de la
necesidad que el niño sentía de hacer algo por la
recuperación de su madre parecen
indicios suficientes para
matizar el sentimiento de culpa de que
sufría. ¿Pero será que, de hecho, se
sentía culpable? Dos serían los principales
impedimentos a esa hipótesis. Primero, que el niño no tuviese un grado
de discernimiento suficiente para concatenar la aventura que
había vivido con la tragedia subsiguiente
sino en términos
cronológicos – la confusión del final de
su composición podría ser tomada
como prueba de eso. Segundo,
que el niño supiese que
su error había sido la causa del desastre de la madre,
pero agregase a esa conciencia la noción de que
jamás, no importando cuántas veces la escena fuera repetida, podría haber hecho
algo diferente
– y tal noción inevitablemente lo
absolvía.
A través de un raciocinio lógico,
Sebastián concluye, nunca conseguirá determinar la auténtica naturaleza de los sentimientos del
niño. Conviene que extraiga provecho, en
vez de eso, del análisis de las
redivivas manifestaciones corporales de que parece haber sido víctima. Hace poco imaginaba que el niño estuviese vivenciando una
sensación de vacío, un hueco en el pecho que
estorbaba sus juegos de rutina. También infirió que
tuviese dificultades para sonreír y para
respirar, pero de eso debe desconfiar
porque pueden ser
meras consecuencias de una tentativa suya de tornar nítidas
las suposiciones anteriores. Además,
pensó en mencionar un supuesto recogimiento afectivo
que caracterizaría al niño en ese
periodo, tal vez
consecuencia, sí, de un recelo exagerado de proporcionar
a la madre un nuevo mal.
¿Serían esos factores suficientes para identificar la existencia en
él de un complejo de culpa? ¿O
ilustrarían solamente la compasión natural del niño o, menos,
la obvia falta que
cualquier niño siente cuando su madre se
aleja y confisca los hábitos, agravada
por el acúmulo
de los días?
No, tampoco ese método
lo va a conducir a una constatación. Le queda, Sebastián sabe hace algún tiempo, un recurso postrero: tratar
de reconocer en si mismo, en el hombre que ahora es, algún residuo renitente
de esa posible sensación del niño. ¿Se siente, él propio, responsable por el accidente de la madre?
Haber guardado en algún rincón de su cerebro tan numerosas y vívidas imágenes
de un momento tan lejano, haber pasado
la última media hora
involuntariamente sentado en esa misma cama y
entregado a intermitentes
rememoraciones, considerar esa insignificante
composición de vuelta a las clases el inicio precoz de una
carrera literaria aún inexistente, ¿serán
esos elementos bastante
fuertes para suponer que
se trate de las menudencias de una
obsesión?
Sebastián
arremete el tronco para
atrás y siente sus espaldas ajustándose
a los muelles desiguales del viejo
colchón. La larga expiración que acompaña todo
ese movimiento solo cesa cuando le
parece no haber, en sus pulmones, ni un centímetro
cúbico más de aire. Tal
vez sí. Tal
vez se sienta culpable. Y, siendo así,
no puede sino aspirar
algunos litros más de decepción. ¿Cuánto
de su empeño no estaría ausente de
cualquier intención literaria, reduciéndose a la mezquina voluntad de verter en palabras una
confesión inocua y extemporánea? ¿Cuántos miles
de kilómetros de bosques fueron
derrumbados, árbol por árbol talado con
crueldad, millones de páginas maculadas por cuántas piletas de tinta
negra, todo
de una inutilidad atroz
cuando empleado en irrelevantes y tan
personales expiaciones de culpa?