El espejo parece traerle de vuelta la imagen de una persona totalmente distinta a la que conoce, pero eso no es ni siquiera curioso, la cerveza tiende a disfrazar las características físicas de las personas, y a difuminar los bordes y las aristas del dolor, de la inconsecuencia, incluso de la soledad. Sibarita musita mientras el largo chorro de su orina se cruza con los rastros de orina de los demás, Sibarita musita, con una risa un poco necia, mientras de reojo se mira nuevamente al espejo.
En la mesa, con los codos apoyados con aire de cansancio o de rendición, está ella, esperándolo. Él se acerca evadiendo mesas y parejas que empiezan a llenar la improvisada pista de baile para contonearse al ritmo de una cumbia.
Apenas lo divisa en medio de la multitud, siente mucho alivio, porque en algún momento se le pasó por la cabeza que él iba a irse, dejándola abandonada a expensas de la noche, del tufo de la ebriedad y de la impiedad de los ojos de los extraños.
Lo primero que él hace al sentarse nuevamente a la mesa, es llevarse las manos al rostro, luego se frota las sienes en gesto de desconcierto o de fastidio, ella no sabe interpretar lo que aquello significa, y por eso se siente incómoda y vagamente inoportuna.
–No sé que esperas que yo haga –espeta él, mirando hacia el vacío.
–Pedir una ronda más –responde ella, con algo de sorna– supongo que necesito quedarme otro rato por acá.
–Es qué no sé que decirte. Tal vez si regresas a casa, no sé, es lo único que se me ocurre ahora, que dejes la ciudad y vuelvas a casa
–No quiero regresar.
–¿Pero y qué más puedes hacer por acá?
–Podrías conseguirme un trabajo en la Universidad, tengo un título, de algo debe servir.
–Me encantaría que fuera tan fácil, pero sabes que las cosas no son así, no tengo ninguna injerencia en ese tipo de asuntos
–Podrías intentarlo
–Te prometo que hablaré con un par de amigos que quizá te puedan ayudar.
–Realmente me gustaría que lo hicieras, realmente me gustaría que pudieses ayudarme, o por lo menos que te importara lo que me sucede.
El mesero les sirve dos botellas más de cerveza oscura, en medio de un barullo extraño que tiende ha ser funesto para ambos, un barullo que recrudece minuto a minuto.
–No sé si quiero beber una cerveza más, tengo tarea que hacer –interviene él una vez que el mesero se retira
–Si no la quieres me la bebo yo, y ahí se acaba el problema, total ya sabes de qué va el asunto.
–No quiero que me mal interpretes, es solo que no me parece justo que después de tanto tiempo sin saber nada de ti, intentes involucrarme nuevamente en tu vida, y te enfades por mi desconcierto –arremete él de inmediato.
–No te estoy involucrando en nada ¡¿Cómo puedes ser tan necio?! No quiero meterte en mis asuntos, solo quería compartir esto contigo. Me importa poco si realmente puedes o no ayudarme, lo único que quería era que me escuches, que no me dejes sola en esto.
Él guarda silencio por un instante, le ofrece a ella su botella de cerveza, acercándosela hasta su lado de la mesa.
–Realmente tengo que irme, lo siento, ya es muy tarde y he dejado cantidad de pendientes por resolver. Igual sigo pensando que lo mejor que puedes hacer es regresar a casa, salir de ésta ciudad de un vez por todas. Sin embargo, trataré de ver que puedo arreglar para ti en la Universidad, pero no te ofrezco nada, no te hagas demasiadas ilusiones.
–No me voy a rendir, no lo voy a hacer, no pienses siquiera que me voy ha dejar vencer –larga ella con rabia, luego se sirve un buen sorbo de cerveza, sus ojos se tornan vidriosos– De todas formas te agradezco que hayas venido, finalmente llevamos mucho tiempo sin vernos, y tú tienes tus propios problemas como para lidiar con los míos también. Cuídate mucho.
La ciudad parece enroscarse sobre si misma, los apiñados caserios dan paso a largas extensiones de comercios ambulantes, es algo tarde pero la noche no parece ser impedimento para la circulación de infinidad de transeúntes y vendedores que pueblan las banquetas y las calles. Él también desearía salir de la ciudad, pero tiende a sentirse comprometido con su vida, tal como está ahora, aun sintiendo que año con año una tóxica sensación de desencanto lo invade.
El tiempo que permaneció en Colonia se sintió distinto, cómo si no tuviese la necesidad de ser alguien, de cumplir con un objetivo determinado, su amigo de esos años decía de él que era un Sibarita. Él amaba el sonido de esa palabra, los goznes de su personalidad giraban en cuanto reconocía los significados inmediatos de aquella expresión. Aunque después de todo, los días antes de abandonar Alemania sintió que aquello era lo mismo, que la ciudad cumplía su objetivo y él desempeñaba también su rol específico dentro de ese sistema. Eso era lo que no le gustaba, la inmanencia de sus actos, la progresión de su destino.
La imagen de su barrio no le emociona demasiado, encuentra que todo parece estar salvajemente expuesto, hay cierto nervio perverso en las construcciones que lindan con su edificio, como si las conexiones eléctricas fuesen el fruto del descomunal vómito de una ferretería. Todo cuelga por todas partes. Sin embargo, llegar a casa lo reconforta, se sosiega entre la amable y reconocible disposición de sus objetos, el tono de la luz tranquiliza su mirada.
Él refiere a su esposa parte de la conversación sostenida horas atrás, pero no tiene ganas de ahondar en los detalles, ella tampoco es demasiado inquisitiva, así que se conforma con lo que le cuenta.
Comen con relativo entusiasmo, a pesar de que él no se encuentra bien, se siente embotado por una cantidad de pensamientos desdeñables que lo asechan con insistencia.
Después de terminar la cena él se retira a trabajar. Su estudio es un lugar amplio, tiene una gran ventana que mira hacia los jardines internos del bloque habitacional en el que vive. A lo lejos se escucha el sonido de una guitarra, es algo extraño, a él le parece un sonido bello, como si se tratase de un conjunto de pequeñas caricias, algo de naturaleza sexual, que trasluce un cariño muy íntimo.
El primer ensayo que agarra trata sobre la lucha de Flaubert con el espíritu del Romanticismo, y de su incesante idea de pensarse como un traidor. Es de una muchacha cuyo aroma tiene ese fragoso gusto a aguamiel y a piel recién lavada, piel joven. Una muchacha que a él le parece encantadora.
Su escrito habla sobre el provincianismo de Flaubert que lo lleva a vincularse con el Romanticismo en una época en la que parece pasado de moda. Flaubert aparece descrito como un desarraigado, un muchacho alejado del tiempo con una inaudita voluntad, que lo salva incluso del suicido.
Se descubre molesto mientras realiza la lectura, siente que él al igual que Flaubert no ha dejado de ser un provinciano. Sabe que la ciudad sigue siendo ese ostentoso monstruo multicéfalo con el que se encontró por primera vez hace veinte años, y que aun hoy le da miedo.
En medio de la noche, tras diez años de carrera, a la vera de lo insoportable, de lo ominoso que siempre lo asedió, por primera vez siente el vuelco de la noria, y se asusta de ser tan frágil.
Pero es solo un instante de dubitación y de terror, uno de esos instantes que plagan la vida de todos los seres humanos –piensa él con congoja–. Todo esto es por su hermana, supone, mientras prosigue con la lectura.
Si su alumna supiera que él también destila ese desarraigo, quizá lo compadecería, probablemente no lo miraría con esos deslumbrados ojos que parecen siempre reverenciarlo. Si supiera que la tiranía de su matriz siempre está jalándolo, tironeando de él, seguro y se reiría, lo despreciaría como de alguna manera también desprecia a Flaubert. Concluye en silencio.
Si la gente que lo conoce supiera que tiene tanto miedo, no le celebrarían sus chulerías insipientes, ni festejarían sus incorrectos comentarios, su cinismo o su chapucero humor. Eso lo sabe bien, por eso toda su vida se preocupó por no parecer un extraño, por dar la talla en todos los lugares a donde iba, incluso en Colonia, incluso la primera semana en Colonia, cuando sentía terror de la vida que le esperaba afuera, supo sortear los incómodos temblores y las ganas de salir corriendo, y logró aparentar que sabía cómo funcionaba el mundo.
–¿Cómo funciona el mundo? –se pregunta en voz baja.
Deja el ensayo en la mesa, hace algunas observaciones en los márgenes del papel, sugerencias que no tienen mucha importancia. Luego toma rumbo a la ventana. A lo lejos puede ver a un hombre que desnudo en su balcón, acaricia una guitarra, que reluce con las luces de las farolas y de los pálidos reflejos de la luna llena.
Aquella imagen le da risa, pero es una risa incómoda, lo ominoso que siempre presagió parece haberse desatado. No hay nada profundo en el asunto, no hay nada significativo en lo que le está pasando, no existe una historia que contar, solo ese sentimiento, ese presagio que le refiere como el espejo en el baño del bar, que él no es la persona que pensaba.
Sentado al borde de la ventana, logra escuchar cómo el sonido de aquella distante guitarra se vuelve más intenso, como una irrupción pálida, aterciopelada e infantil, que da paso a una larga frase que se instaura en la noche como el exquisito goce de la carne.
La preocupación radica en saber que no hay lugar para él, o para su hermana, o para los que son como ellos, en el mundo. El encanto del problema tiene que ver con el hecho de que él a diferencia de Odiseo no tiene una Ítaca a la que regresar, por eso no tendrá nunca una fabulosa historia, un desencadenado misterio, una profunda venganza. Solamente el rumor de saber que en el transcurso del tiempo, la persona que creyó que era, desapareció, y por el contrario está ese otro al que tan solo puede ver en los espejos de los baños en los Bares.
La música le sabe como la voz de Dios, o la ronquera de la ciudad, o ambas conjuntadas en la noche, ese fraseo de la guitarra le insita a gritar por la ventana que se joda Flaubert, su hermana y toda la gente a su alrededor. Pero solo logra musitar: Sibarita, Sibarita, una y otra vez.
Y mientras el tipo desnudo en el balcón ensaya Crossroads de Cream con absoluta intensidad, él dibuja una carita feliz en el ensayo, y una expresión de Flaubert que recuerda con oscura fidelidad: “escoria del corazón”.
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