E secuestro
Quitarle el vestido sería
fácil. Verde, suave la tela y largo. El pelo también, rozaba los hombros.
Tocarlo era un deseo que le movía los dedos.
- Deja eso gacho, el jefe
no quiere.
-¿Por qué?
- Dice que no hay que
estropearla.
El sendero áspero, ella amordazada y con los ojos tapados.
Caminaba tambaleándose. El gacho saboreó el terror y el deseo lo espoleó.
Le gustaban así cagadas de miedo, lo excitaban. Alzó la mano y el
temblor le nubló la mente.
- No sigas gacho, apúrate,
el jefe espera.
No hizo caso y la empujo, quería que cayera para romperle el
vestido verde ahora negro como la noche. Sólo la blancura de la piel se notaba
a veces en alguna claridad del camino.
La muchacha resbaló, se levantó rápida.
-¡Carajo gacho!, no dejes
que caiga aguántala.
Ella se zafó, podía sola y
la mano del gacho rozó el vestido No pudo más, un tirón fuerte y cayó al suelo,
los dedos temblaban al abrir la portañuela. Levantó la tela y tocó los muslos,
sintió la suavidad de la piel y el frió de la pistola en la oreja.
- Te lo dije gacho, el jefe no quiere, levántate o te reviento el
cráneo.
- Tú puedes también buitre, si quieres tú primero. Ven, tócala
buitre, es suave.
El gacho jadeaba y el deseo crecía.
- Es la hija del ricachòn gacho. El jefe pedirá bastante, un buen
negocio.
- Mírala quietita buitre, como si esperara la muerte. Me vuelve
loco
- Está bien pero yo
primero.
Sí que la sintió suave y el vestido verde que levantó con cuidado
para no romperlo y las piernas que abrió sin resistencia. Cuando terminó se
asustó, la creyó muerta.
-
Terminaste rápido buitre, ve
que fácil, ahora yo.
-
Ten cuidado Gacho, está muy
rara.
Se resistió, cerró las piernas y empezó a forcejear. Dobló las
rodillas y lo empujó, Al gacho lo cegó la rabia, le tiró un puñetazo, después
otro. La apretó contra el suelo y rompió
el vestido con furia, quitó la mordaza y mordió los labios hasta sentir la
sangre tibia, se puso como loco, le tapo la boca y cabalgó sobre ella sin darse
cuenta del cañón de la pistola.
- ¿Qué haces gacho?, te dije que no la lastimaras.
Una luz y la madrugada absorbiendo la negrura. Sonidos a lo lejos y los bultos perdidos en un sendero
áspero. La muchacha abre los ojos y no reconoce el lugar, ni los ruidos ni la
claridad. Siente un peso encima de ella y el dolor en el costado. Palpa la
sangre seca y oscura, hace un esfuerzo y empuja el cuerpo. Se levanta, camina
sin fuerzas y cae. Al cerrar los ojos percibe
una gota de agua detenida en los
pétalos azules. Una leve crispación se
diluye en el olvido.
- ¿Qué pasó buitre
- Nada jefe, usted dijo que no la estropeáramos y el gacho no
quiso obedecer. Le tiré pero también le di a ella. Me asusté y eché a correr.
- Ya la jodieron, a ti te reviento por pendejo y a él por
desgraciado.
- El está muerto jefe.
- Sí, es verdad. Sube, ya pensaré en como salir de esto
- ¿A dónde vamos jefe?
El jefe soltó una palabrota, el coche no quería andar, al fin lo
puso en marcha y disimuló su furia. En aquel basural lo mato, se dijo.
La lección
-¿Lo mató jefe?
-¿A quién?
- Al buitre.
El jefe contestó con la cabeza mientras bebió el último trago.
Danilo se estremeció, sabía que mataba sin pestañear pro nunca estuvo tan seguro como ahora
- ¿Qué te pasa? Acabó con el plan,
lo arruinaron todo, era un montón de dinero. Debí de matarlo dos veces,
me quedé con ganas porque con el Gacho no pude.
Todo estaba perdido, la muchacha había muerto y el alboroto era
tremendo. Danilo volteó la cabeza y raspó con los dedos el mango de la pistola
que tenía en el cinturón. El jefe pidió otro trago y rió al verlo tan serio. De
qué servía lamentarse, lo importante es que estaban vivos y podrían planear
otro golpe. Nadie los iba agarrar, no tenían pistas. Esos cabrones estaban en
el otro mundo, al lado de sus pendejos parientes. Tendrían que buscar al
Máscara, ese sí que era un hombre y no los mariquitas esos que echaron todo a perder. Quedaron callados un
rato.
- ¿Usted lo olvidó jefe?
- ¿Qué cosa?
- Que el Gacho era mi hermano
- No lo olvidé pero yo no lo maté, fue el buitre. Además, nadie lo
mandó a desobedecer. Deja esa porquería porque a ti también te la vuelo si te
pones a joder.
Bajó la cabeza. Nada podía
hacer, el jefe casi mataba solo de
mirar. Volteó el rostro y disimulo su ruina. Detuvo la vista en una sombra
lejana y la descubrió de nuevo. La siguió días y noches. La persiguió en
recodos y plazas, fue tras ella incluso esa
tarde cuando entró en la casona oscurecida por la lluvia. Quedó pegado a la verja y
respiró el perfume de la flores, también se estremeció al sentir un aire antiguo que no pudo
descifrar. Desde su rincón adivinó el color azul y las gotas detenidas en los
pétalos fríos. La lluvia mojaba el suelo pero el permanecía en su espera
silenciosa. Al rato la vio salir con el pelo rozando los hombros y el andar
feliz.
- Es hora de irnos – la voz del jefe sonó fuerte-, tenemos que
buscar al Máscara.
- Será mejor que nos
ocultemos un tiempo. Podemos escondernos en la casita del Paraíso donde íbamos
a llevar a la muchacha. Busco al Máscara y nos encontramos allá
Habló rápido, no quería que la voz lo delatara, esquivó la mirada
del jefe mientras éste pensaba, se tranquilizó cuando le respondió que no
estaba mal la idea. De todas formas debían esperar un tiempo, así aprovechaba
para arreglar el carro.
- Vamos.
Se levantaron dispuestos. Danilo iba detrás y el frescor de la
mañana lo estremeció al salir.
-¿Fue por ese camino?
- ¿Qué cosa?
Calló, sí, fue por allí, se dijo y cerró los ojos para no ver lo
ocurrido. Ella aterrada, el Gacho y el Buitre arrastrándola por el sendero
áspero, el terror y los arañazos, los tropiezos y el llanto contenido por el
horror. Nunca sintió tanto temblor en el estómago como ahora.
- Deténgase, tengo ganas de vomitar.
- ¿Qué mierda te traes?
Bajó y trató de respirar, se ahogaba. Caminó un trecho. ¿Por qué
lo hizo? Estaba loco. Contempló los árboles, la maleza. Escuchó el ruido de los
pájaros. Anduvo unos pasos y se detuvo. Descubrió las huellas y respiró el
terror de ella al sentir el aliento del hermano y los ojos del Buitre. Ahora no
entendía cómo pudo seguir al hermano. Mucho dinero, le dijo el Gacho, terminará
tus estudios. Tendrás un futuro, coches, casa, ropa, lujos… Miró hacia arriba y
sintió en su cara el calor de la luz que le hizo cerrar los ojos. La vio de
nuevo. Casi rozó su espalda y el pelo, la imagen desapareció y le golpeó la
soledad. Recordó las palabras, nada iba a pasar, sólo el susto. El gacho
aseguró que tendrían mejor vida pero
nada pudo detener la inquietud que lo mantuvo sin respiro hasta hoy. Una
angustia última y el deseo de palpar la piel rosa y escuchar la risa,
empezó a temblar. Se rindió ante el pesar que lo envolvía, buscó algo en
su cintura. A lo lejos divisó el futuro y los recuerdos. No pudo detener la
lágrima.
Hubo un estallido y los pájaros escaparon asustados. El jefe
escuchó y saltó sorprendido. Trató de arrancar, el carro fallaba. Se maldijo,
pudo al fin y huyó del lugar. Luego se tranquilizó y pasó un pañuelo sucio por
la frente. Siempre fue raro, se dijo pensativo.
Julieta y la suerte
Te morirás mañana Julieta.
¿Por qué? Soy joven y no conozco el mundo. Mi abuela dice que la
vida es como una naranja, se chupa y es rica pero a veces está ácida. Yo no la
veo así, me parece linda y dulce. Ayer todo fue tan bonito, tuve un sueño,
entré en una casa grande con salones llenos de muebles bellos. El me tomó de la
mano y me enseñó los cuadros, entramos a
un salón con cortinas y fotos amarillas. Habló de sus recuerdos y me rozó el
pelo Me decía que la vida es como una nube y que la lluvia
despeja el corazón. Al despertar quise
escribirle una carta a Esteban, mi
novio. Pensé decirle que viniera pronto. Siempre me repite lo mucho que me quiere y habla de la felicidad
que da el amor, las estacione, las flores, el hogar. Los ojos se le ponen blancos de pensar en
niños corriendo por el parque y yo cantándole bajito esa canción que tanto le
gusta.
Escríbele Julieta pero no le cuentes del sueño de ayer y del fin
de mañana. Dile que hay una flor nueva, es azul y los pétalos tienen gotas de
agua que resbalan y quedan en el borde pero no caen. Se detienen a esperar otro
aguacero para rodar hasta llegar a ríos profundos. Cuéntale que nada cambiará y
que todo quedará en el mismo lugar y que habrá niños, flores bellas y cambios
de estaciones y estará la muchacha que bese su frente hasta desvanecerse en el tiempo.
El jarrón
Tenía la superficie rugosa, colores pálidos donde se destacaba un
rosa desvaído. No era el tiempo sino una intención delicada. Al fondo se veían un rostro y unos ojos velados por la
quietud. Se detenía a mirarlo y sentía
el impulso de levantarse y recorrer el contorno para detenerse allí donde alguien lo contemplaba. Buscó en sus
recuerdos ojos afines, pero fue inútil. Entonces fue más allá y llegó hasta el lugar donde los crisantemos languidecen y los
ruidos son sustituidos por sollozos.
Una mañana salió en pos de la imagen percibida en el deseo, la divisó en
la distancia. La muchacha se acercó y
sonrió porque al fin tuvo la respuesta
que buscó en los rincones, en las escaleras, en las transparencias de antiguas
perfecciones, en la flauta de pico de oro, en los zumbidos de una abeja que
busca golosa en la flor azul. Caminó junto a él y sintió flotar su vestido verde, el viento le trajo
un perfume de olvido.