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Menéndez Vico, Beatriz (Aelita)

Señuelo para orcas



 

E secuestro Quitarle el vestido sería fácil. Verde, suave la tela y largo. El pelo también, rozaba los hombros. Tocarlo era un deseo que le movía los dedos. - Deja eso gacho, el jefe no quiere. -¿Por qué? - Dice que no hay que estropearla.

El sendero áspero, ella amordazada y con los ojos tapados. Caminaba tambaleándose. El gacho saboreó el terror y  el deseo lo espoleó.

Le gustaban así cagadas de miedo, lo excitaban. Alzó la mano y el temblor le nubló la mente. - No sigas gacho, apúrate, el jefe espera.

No hizo caso y la empujo, quería que cayera para romperle el vestido verde ahora negro como la noche. Sólo la blancura de la piel se notaba a veces en   alguna claridad del camino. La muchacha  resbaló, se levantó rápida.

-¡Carajo gacho!,  no dejes que caiga aguántala. Ella se zafó, podía sola y la mano del gacho rozó el vestido No pudo más, un tirón fuerte y cayó al suelo, los dedos temblaban al abrir la portañuela. Levantó la tela y tocó los muslos, sintió la suavidad de la piel y el frió de la pistola en la oreja.

- Te lo dije gacho, el jefe no quiere, levántate o te reviento el cráneo.

- Tú puedes también buitre, si quieres tú primero. Ven, tócala buitre, es suave.

El gacho jadeaba y el deseo crecía.

- Es la hija del ricachòn gacho. El jefe pedirá bastante, un buen negocio.

- Mírala quietita buitre, como si esperara la muerte. Me vuelve loco

- Está  bien pero yo primero.

Sí que la sintió suave y el vestido verde que levantó con cuidado para no romperlo y  las piernas que  abrió sin resistencia. Cuando terminó se asustó, la creyó muerta.

-         Terminaste rápido buitre, ve que fácil, ahora yo.

-         Ten cuidado Gacho, está muy rara.

Se resistió, cerró las piernas y empezó a forcejear. Dobló las rodillas y lo empujó, Al gacho lo cegó la rabia, le tiró un puñetazo, después otro. La  apretó contra el suelo y rompió el vestido con furia, quitó la mordaza y mordió los labios hasta sentir la sangre tibia, se puso como loco, le tapo la boca y cabalgó sobre ella sin darse cuenta del cañón de la pistola.

- ¿Qué haces gacho?, te dije que no la lastimaras.

Una luz y la madrugada absorbiendo la negrura. Sonidos a lo  lejos y los bultos perdidos en un sendero áspero. La muchacha abre los ojos y no reconoce el lugar, ni los ruidos ni la claridad. Siente un peso encima de ella y el dolor en el costado. Palpa la sangre seca y oscura, hace un esfuerzo y empuja el cuerpo. Se levanta, camina sin fuerzas y cae.  Al cerrar los ojos percibe una gota de agua   detenida en los pétalos azules.  Una leve crispación se diluye en el olvido.

- ¿Qué pasó buitre

- Nada jefe, usted dijo que no la estropeáramos y el gacho no quiso obedecer. Le tiré pero también le di a ella. Me asusté y eché a correr.

- Ya la jodieron, a ti te reviento por pendejo y a él por desgraciado.

- El está muerto jefe.

- Sí, es verdad. Sube, ya pensaré en como salir de esto

- ¿A dónde vamos jefe?

El jefe soltó una palabrota, el coche no quería andar, al fin lo puso en marcha y disimuló su furia. En aquel basural lo mato,  se dijo.

 

La lección

-¿Lo mató jefe?

-¿A quién?

- Al buitre.

El jefe contestó con la cabeza mientras bebió el último trago. Danilo se estremeció, sabía que mataba sin pestañear pro nunca  estuvo tan seguro como ahora

- ¿Qué te pasa? Acabó con el plan,  lo arruinaron todo, era un montón de dinero. Debí de matarlo dos veces, me quedé con ganas porque con el Gacho no pude.

Todo estaba perdido, la muchacha había muerto y el alboroto era tremendo. Danilo volteó la cabeza y raspó con los dedos el mango de la pistola que tenía en el cinturón. El jefe pidió otro trago y rió al verlo tan serio. De qué servía lamentarse, lo importante es que estaban vivos y podrían planear otro golpe. Nadie los iba agarrar, no tenían pistas. Esos cabrones estaban en el otro mundo, al lado de sus pendejos parientes. Tendrían que buscar al Máscara, ese sí que era un hombre y no los mariquitas esos que  echaron todo a perder. Quedaron callados un rato.

- ¿Usted lo olvidó jefe?

- ¿Qué cosa?

- Que el Gacho era mi hermano

- No lo olvidé pero yo no lo maté, fue el buitre. Además, nadie lo mandó a desobedecer. Deja esa porquería porque a ti también te la vuelo si te pones a joder. Bajó la cabeza. Nada podía hacer, el jefe casi mataba  solo de mirar. Volteó el rostro y disimulo su ruina. Detuvo la vista en una sombra lejana y la descubrió de nuevo. La siguió días y noches. La persiguió en recodos y plazas, fue tras ella incluso esa  tarde cuando entró en la casona oscurecida  por la lluvia. Quedó pegado a la verja y respiró el perfume de la flores, también se estremeció  al sentir un aire antiguo que no pudo descifrar. Desde su rincón adivinó el color azul y las gotas detenidas en los pétalos fríos. La lluvia mojaba el suelo pero el permanecía en su espera silenciosa. Al rato la vio salir con el pelo rozando los hombros y el andar feliz.

- Es hora de irnos – la voz del jefe sonó fuerte-, tenemos que buscar al Máscara. - Será mejor que nos ocultemos un tiempo. Podemos escondernos en la casita del Paraíso donde íbamos a llevar a la muchacha. Busco al Máscara y nos encontramos allá

Habló rápido, no quería que la voz lo delatara, esquivó la mirada del jefe mientras éste pensaba, se tranquilizó cuando le respondió que no estaba mal la idea. De todas formas debían esperar un tiempo, así aprovechaba para arreglar el carro.

- Vamos.

Se levantaron dispuestos. Danilo iba detrás y el frescor de la mañana lo estremeció al salir.

-¿Fue por ese camino?

- ¿Qué cosa?

Calló, sí, fue por allí, se dijo y cerró los ojos para no ver lo ocurrido. Ella aterrada, el Gacho y el Buitre arrastrándola por el sendero áspero, el terror y los arañazos, los tropiezos y el llanto contenido por el horror. Nunca sintió tanto temblor en el estómago como ahora.

- Deténgase, tengo ganas de vomitar.

- ¿Qué mierda te traes?

Bajó y trató de respirar, se ahogaba. Caminó un trecho. ¿Por qué lo hizo? Estaba loco. Contempló los árboles, la maleza. Escuchó el ruido de los pájaros. Anduvo unos pasos y se detuvo. Descubrió las huellas y respiró el terror de ella al sentir el aliento del hermano y los ojos del Buitre. Ahora no entendía cómo pudo seguir al hermano. Mucho dinero, le dijo el Gacho, terminará tus estudios. Tendrás un futuro, coches, casa, ropa, lujos… Miró hacia arriba y sintió en su cara el calor de la luz que le hizo cerrar los ojos. La vio de nuevo. Casi rozó su espalda y el pelo, la imagen desapareció y le golpeó la soledad. Recordó las palabras, nada iba a pasar, sólo el susto. El gacho aseguró que  tendrían mejor vida pero nada pudo detener la inquietud que lo mantuvo sin respiro hasta hoy. Una angustia última y el deseo de palpar la piel rosa y escuchar  la risa,   empezó a temblar. Se rindió ante el pesar que lo envolvía, buscó algo en su cintura. A lo lejos divisó el futuro y los recuerdos. No pudo detener la lágrima.

Hubo un estallido y los pájaros escaparon asustados. El jefe escuchó y saltó sorprendido. Trató de arrancar, el carro fallaba. Se maldijo, pudo al fin y huyó del lugar. Luego se tranquilizó y pasó un pañuelo sucio por la frente. Siempre fue raro, se dijo pensativo.

 

Julieta y la suerte

Te morirás mañana Julieta.

¿Por qué? Soy joven y no conozco el mundo. Mi abuela dice que la vida es como una naranja, se chupa y es rica pero a veces está ácida. Yo no la veo así, me parece linda y dulce. Ayer todo fue tan bonito, tuve un sueño, entré en una casa grande con salones llenos de muebles bellos. El me tomó de la mano y  me enseñó los cuadros, entramos a un salón con cortinas y fotos amarillas. Habló de sus recuerdos y me rozó el pelo  Me decía  que la vida es como una nube y que la lluvia despeja el corazón. Al despertar   quise escribirle una carta  a Esteban, mi novio. Pensé decirle que viniera pronto. Siempre me repite lo  mucho que me quiere y habla de la felicidad que da el amor, las estacione, las flores, el hogar.   Los ojos se le ponen blancos de pensar en niños corriendo por el parque y yo cantándole bajito esa canción que tanto le gusta. 

Escríbele Julieta pero no le cuentes del sueño de ayer y del fin de mañana. Dile que hay una flor nueva, es azul y los pétalos tienen gotas de agua que resbalan y quedan en el borde pero no caen. Se detienen a esperar otro aguacero para rodar hasta llegar a ríos profundos. Cuéntale que nada cambiará y que todo quedará en el mismo lugar y que habrá niños, flores bellas y cambios de estaciones y estará la muchacha que bese su frente hasta  desvanecerse en el tiempo.

 

 

El jarrón

Tenía la superficie rugosa, colores pálidos donde se destacaba un rosa desvaído. No era el tiempo sino una intención delicada. Al fondo se veían  un rostro y unos ojos velados por la quietud.   Se detenía a mirarlo y sentía el impulso de levantarse y recorrer el contorno para detenerse allí donde   alguien lo contemplaba. Buscó en sus recuerdos ojos afines, pero fue inútil. Entonces   fue más allá y llegó hasta el  lugar donde los crisantemos languidecen y los ruidos son sustituidos por sollozos.   Una mañana   salió en pos de  la imagen percibida en el deseo, la divisó en la distancia.  La muchacha se acercó y sonrió porque al fin tuvo la   respuesta que buscó en los rincones, en las escaleras, en las transparencias de antiguas perfecciones, en la flauta de pico de oro, en los zumbidos de una abeja que busca golosa en la flor azul. Caminó junto a él y sintió  flotar su vestido verde, el viento le trajo un perfume de olvido. 

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