El taxi me dejó en el puerto de Estocolmo frente a un inmenso barco perteneciente a la Silja Line. Este barco atravesaría durante la noche el Mar Báltico para desembarcarnos en Helsinki a la mañana siguiente. Son increíbles estos fineses para construir naves. Se parecen a los suecos. Con el porta trajes colgado del hombro y el maletín de mi notebook en la mano, sonreí. Sonreí mirando la mole gigante. Sonreí recordando la imagen que me había devuelto el espejo en el momento de abandonar el hotel. Era la del dueño del mundo. Y sin embargo estaba lleno de miedos. Viajero incansable —por negocios— no bien ajustaba mi cinturón de seguridad en un avión, me disponía a gozar de una extraña sensación de omnipotencia cuando la nave carreteaba y poco a poco se separaba de la pista. Ese rugir de los motores mientras tomaba altura, me embriagaba. Pero en cuanto cambiaba la marcha al alcanzar la altura de crucero, me invadía el pánico, de sólo pensar que algo hiciera que dejara de sustentarse en el aire. Ahora se me ocurría pensar qué podría pasar si ese inmenso navío que estaba contemplando, dejaba de flotar.
—Vamos Enrique—, me dije entregando el billete al empleado que estaba al pie de la manga. Manga de más de doscientos metros que atravesé dejando atrás la visión del puerto junto con los miedos. Todavía estaba en tierra firme. En cuanto embarqué, un solícito camarero se hizo cargo del equipaje, y con mi billete en la mano me guió hasta una cabina. Había arribado temprano. Para pasar el tiempo me senté a mirar a través del amplio ventanal, pero pronto me cansaron la algarabía y el movimiento de tanta gente en el puerto —la que se embarcaba y la que colaboraba en las maniobras de una nave a punto de zarpar—. Apagué la pipa en el cenicero de la mesa de luz, colgué mi porta trajes en un pequeño placard —no valía la pena acomodar todo por una noche—, y las cosas de tocador en el baño. Impaciente, solo, aburrido, volví a sentarme en el sofá, que a la noche se convertiría en mullida cama, para observar el arribo de nuevos pasajeros. Entonces la vi. Joven, de largos cabellos rubios, supuse que de ojos claros, porque el sombrero que lucía no me dejaba vislumbrar esos detalles a la distancia. Menuda, etérea, lánguida en su lánguido vestido malva. Sin equipaje, parecía buscar a alguien. Levantó la cabeza y algo ocurrió en la mía cuando cruzamos una mirada. Resueltamente se dirigió al embarcadero. La perdí de vista cuando giró para ascender a la manga.
Pegué un salto y me dije: “Vamos, Enrique, la noche es tuya”, y abandoné mi camarote con toda la intención de abordarla. Viajar en un barco así tiene sus ventajas y sus desventajas. Estas últimas se manifestaron en cuanto llegué a uno de los ascensores. Inmensos, herméticos, para albergar una multitud. Soy claustrofóbico y de sólo pensar en movilizarme a cada rato en uno de ellos me angustiaba. Subí decidido hasta el último piso, con la intención de comenzar mi búsqueda desde arriba. ¡Qué iluso! —pensaba segundos después— ella está arribando desde la planta baja. Pero vaya a saber en dónde se alojaría. De todos modos no me animé a descender en ninguna parada y llegué a destino. El piso 12. Casino, restaurantes y cafeterías de lujo. Todo cerrado. Era demasiado temprano. Comencé a bajar por la escalera. Cosa de no creer, entre tanta sofisticación: un Mc Donald’s, máquinas tragamonedas, pequeños negocios.
En la cabina de nuevo, tomé nota de la mesa que me habían asignado en uno de los comedores del piso 10. Allí me abandonó la ventura. Me tocó de compañero un anciano que viajaba con su mujer y dos cuñadas gordas, chillonas, cargadas de alhajas. En cuanto pude me excusé y decidí probar suerte en el Casino. Me acerqué a las escaleras con la intención de subir los dos pisos, cuando uno de los ascensores que descendía abrió las puertas. Bajaron dos personas y entre la multitud que quedaba en el interior, alcancé a divisar a la desconocida. No pude reaccionar. Sus ojos clavados en mi persona me taladraron —como si le perteneciera— mientras las hojas del elevador se cerraban. “Vamos, Enrique —me dije—te va a ir mejor en el juego”. No tuve suerte, perdí bastante. Estaba por cambiar un resto de fichas que decidí no arriesgar, cuando reparé en ella nuevamente. Apoyada con displicencia sobre la barra del bar, segura de sí, parecía esperarme. Era como si las horas no hubiesen pasado. Ya no llevaba el sombrero, pero por lo demás lucía igual que cuando estaba abordando el barco, lánguida en su lánguido vestido malva. Ahora sí pude apreciar sus ojos, claros, profundos. Impaciente —demorado por dos personas frente a las ventanillas—, estuve a punto de olvidarme de las fichas. Pero un nuevo cajero abrió. Efectué el cambio y, mientras guardaba los billetes, giré y sentí que el destino se estaba burlando de mí. La huidiza escapaba. Velozmente había bajado del taburete al mismo tiempo que un trozo de su vestido me estaba diciendo adiós desde el acceso al local de juego. Corrí tras ella y el retazo malva que desaparecía en la puerta de subida a cubierta. Casi sin aliento, me acodé en uno de los barandales del barco, entre dos botes salvavidas, junto a la bella. Después de todo, la cosa comenzaba a tomar color. El lugar, mejor imposible. Decididamente romántico, comencé a hablar de la placidez de la noche, de los hados que parecían conspirar para unirnos, de la luna rielando sobre el mar, de las estrellas que podía contemplar en este hemisferio, pero no desde mi país. Nada surgía de la otra parte, ni risas, ni suspiros. Giré para tratar de entender tanto silencio. Sólo comprobé que estaba solo. ¿Habré visto visiones?. Tanto no bebí durante la cena. No, la desconocida existía. Sin dudas. ¿Jugaba conmigo? Sentí que sí estaba jugando conmigo. Y este jueguito comenzaba a fastidiarme. No podía negar que había logrado que me interesara. Mucho. ¿Quién sería? Subió sin equipaje. No, qué estas pensando Enrique. No se parece en nada a las prostitutas elegantes que están a disposición de los pasajeros. Dispersas por todos los pisos. Esta no, ésta tiene clase. Se desplazaba por el barco como si fuera su casa. Aparecía y desaparecía con la misma velocidad. Yo, que me puedo llamar viajero, tuve que estudiar el plano que, a la entrada, explica detalladamente la ubicación de los distintos lugares en los distintos niveles del lujoso navío. Para asegurar el regreso a mi camarote, además de guardar el ticket en el bolsillo del saco, memoricé mi número de pasillo, cabina, etcétera. En cambio ella, parecía dominar todos los recovecos. Y me daba lugar a preguntarme: ¿también me estaba buscando? Intuí que sí. Pero si no me apuraba, no iba a pasar nada. El cruce del Báltico dura lo que un sueño. Entré a todos los salones donde se bailaba. En el último la encontré. Estaba en la misma posición que en el Casino, recostada contra la barra, lánguida en su lánguido vestido malva, mirándome profundamente. Esa mirada, no sé por qué, logró inquietarme. Con la excusa de invitarla a un trago, ensayé los idiomas que más o menos manejo, inglés, francés, italiano, alemán... nada. Excepto su amplia, cálida y al mismo tiempo sarcástica sonrisa, no obtuve otra respuesta. Esperaba que no fuera muda. Ante una seña mía, el barman se acercó.
—¿Señor? —me dijo.
—Por favor, ¿sería tan amable de ayudarme? — pregunté en inglés.
—Sí, señor, ¿qué necesita?
—Saber algo acerca de esta belleza que me acompaña. No sé en qué idioma comunicarme. Los míos se me acabaron.
Con gesto risueño, cómplice, se volvió a la dama en cuestión y luego de un intercambio de palabras, breve y conciso, giró hacia mí.
—Ruso. Habla ruso.
—¿Nada más que ruso? ¿Ni un poquito de inglés al menos?
—Sólo ruso, señor.
—Bueno... un último favor. Quiero saber si viaja sola, adónde va, cómo se llama y si le gustaría tomar algo conmigo.
Esta vez el diálogo entre el barman y la desconocida fue más largo, pero el resultado me desconcertó:
—Dice que siempre viaja sola, aunque también siempre vuelve acompañada.
Vaya respuesta, me dije, el que tiene que iniciar la conquista soy yo. El barman continuaba:
—También dice que va a Finlandia para luego cruzar a San Petersburgo. Que le gusta que la llamen Tatiana pero que su nombre real es Universal.
Qué nombrecito, pensé yo, aunque lo cierto es que la belleza no tiene nacionalidad. Y me daba lo mismo Tatiana que Universal. Ya no se me escaparía.
—¿Y qué le apetece tomar? —volví a interrogar al barman.
Giró la cabeza hacia la mujer, y luego de hacerle una breve pregunta me contestó que le apetecía tomar vodka. Un buen vodka Petrof. Yo pedí lo mismo pese a que aborrezco el vodka. Ella lo bebió de un trago, yo la imité.
—¿Bailamos, Tatiana? —, le pregunté.
—Será un placer.
Tardé en darme cuenta de que me había contestado en un perfecto español. Me molestó, y creo habérselo demostrado, porque me hizo un mohín comprador como pidiendo perdón por la broma.
—¿Estuviste jugando todo el tiempo? —pregunté decididamente amoscado.
—En la vida todo es juego— respondió, esta vez seria.
—¿Porqué quisiste hacerme creer que hablas solo ruso?
—Para desorientarte, pero lo siento. De verdad, lo siento.
—Comencemos de nuevo Tatiana, parece que estoy destinado a tenerte paciencia, que en realidad no es mi fuerte. El viaje a Rusia ¿es real? —asintió con la cabeza.
—Pero rusa no eres —acoté—, me gustaría saber de dónde vienes.
—No, no soy rusa ¿Te asombrarías si te digo que tengo todas las nacionalidades? Y prefiero no recordar por lo menos esta noche, de dónde vengo. En realidad me desplazo constantemente. Soy nómada... Pero es verdad que voy a San Petersburgo. Tengo una cita impostergable. Mañana. Y por favor, no más preguntas.
¡Qué mujer extraña! Joven, hermosa, mundana. La curiosidad me consumía. No acaté su pedido y cauto, seguí con mi interrogatorio.
—No más preguntas es muy fácil de decir, Tatiana. Me gusta saber con quién estoy.
—Yo, en cambio, no te he preguntado nada— respondió coqueta.
—Es indudable que te gusta intrigar a la gente. Bueno, ya me has intrigado. Además de español, ¿qué otro idioma dominas?
—¡Muchos! Tantos como se hablan en el mundo.
—¿Otra vez el jueguito? ¿A qué se debe el conocimiento de esa cantidad de lenguas?
—Me son necesarios para mi trabajo.
Ahora fui yo el que le clavó los ojos. Un poco nervioso, pasaba un dedo sobre el borde de la copa. Traté de disimular mi estado de ánimo. Me acomodé sobre la alta butaca y acercándome hasta casi tocar su rostro con el mío, le soplé con voz ronca:
—¿Cuál es tu trabajo, Tatiana?.
—Llevo gente de un lado a otro continuamente.
—¡Guía de turismo! — exclamé relajado.
—Algo así— contestó ladeando la cabeza y mirándome coqueta.
—Cuando decida tomarme unas vacaciones, te buscaré.
—No me busques, no es necesario. Cuando llegue el momento ahí estaré.
Semejante promesa me conquistó por completo. Nos entrelazamos y abandonamos al compás de la orquesta. Entre tragos y bailes seguimos hasta la madrugada. Faltaban tres horas para llegar a Helsinki cuando Tatiana, con la excusa de ir al toilette, desapareció. No la volví a ver.
Me comporté como un imbécil tratando de averiguar qué se hace cuando se quiere cruzar a Rusia. Ya antes me había portado como un adolescente cuando exigí al gerente de la agencia Silja Line que me permitieran la lista de pasajeros. Encontrar una Tatiana entre tres mil nombres era como querer encontrar una aguja en un pajar. Pero una empleada a quien debo de haber conmovido, inició una búsqueda por computadora. No figuraba ninguna Tatiana. Tampoco ninguna Universal. Me alejé del lugar con bronca, frustración, pensando que a lo mejor Tatiana podría quedarse en Finlandia por un tiempo, o cruzar al territorio ruso o comenzar la búsqueda de otro para embaucar. Pero embaucar... ¿para qué? Si a mí, no me había sacado nada. Furioso conmigo mismo —burlador burlado—, me dediqué a ultimar los negocios que me habían traído hasta tan lejos, recorrí la capital, me encerré en el hotel y preparé mi regreso.
Estuve unos días en Copenhague, finiquitando detalles para la empresa que represento, y partí rumbo a Amsterdam, donde me embarcaría con destino a la Argentina.
Reunido en el Hotel Alvear con los jefes del Laboratorio para quienes trabajo, agobiado por los reproches de no haber logrado algo más de los europeos, el cansancio de tanto viaje, las tensiones pasadas, por añadidura unido también al recuerdo del frustrado encuentro con la enigmática viajera, hizo que reaccionara con violencia, levantara todos mis papeles y una vez puestos en el attaché, abandonara la conferencia ante la mirada atónita de los presentes. Salí del hotel obnubilado. Pero la valentía me duró hasta llegar a la vereda de enfrente, desde donde me dediqué a mirar el edificio, horrorizado ante lo que había hecho. No podía creer que me estuviera jugando el futuro de esa manera, tenía que consultar a un médico cuanto antes. Esto es lo que se conoce por estrés. En medio de mi divagar reparé en que frente al lujoso hotel acababa de detenerse una limousine. De ella bajó Tatiana, con la elegancia que sólo las diosas tienen al bajar de un auto. Se detuvo unos segundos, con la mano todavía apoyada en la del portero que la ayudó a descender. Y me clavó sus ojos. Hermosa, lánguida en su lánguido vestido malva. Prometedora. Esperándome.
A su encuentro crucé Avenida Alvear. Eufórico, anhelante, seguro de que esta vez sí me iría con la esquiva coqueta. En el instante en que Tatiana me aferraba con unas manos que tenían fuerza de garras, sentí que me fundía en ella, y lo último que alcancé a percibir fue el chirrido de las ruedas de un auto en el vano intento de una frenada.
Gabi
El tren que pasa por Hunter
Me estoy muriendo. Y José no viene. No vendrá. Las escuché hablar a las chicas. Cuando le dijeron que me quedaba poco tiempo contestó con esa pachorra que siempre lo caracterizó :
—A lo mejor, este rencor que me está carcomiendo desde hace tanto tiempo se va con ella. Pero no pienso ir.
—¡Papá ! Es hora de olvidar.
—No voy a ir.
¡Cómo afloran los recuerdos! Cuando alguna vez leí que en los últimos momentos la vida pasa como si fuera una película, no lo creí. ¡Cómo afloran!
Nací en Hunter, en una estancia cercana a Rojas, donde vivían mis abuelos paternos. Mi abuela convenció a mi madre que el campo no era ambiente propicio para criar a una señorita, y logró llevarme con ella a su casa en el pueblo. Durante la semana estaba pupila en un colegio de monjas en Pergamino, cuando salía lo pasaba en Rojas. Mis padres me visitaban allí. Me recibí de maestra, profesora de bordado y piano. Hablaba algo de inglés y de francés. Y como todas mis compañeras soñaba con el príncipe azul. Habíamos sido preparadas para aspirar a un buen casamiento. Luego de la misa diaria, Sor Francisca nos daba clases de religión y moral. Sabíamos el catecismo de memoria. Nos lo habían hecho estudiar así cuando tomamos la primera comunión, pero cualquier momento era bueno para machacar sobre él. Sobre él y la virginidad. Me causaba gracia oírla. ¿Con quién la iba a perder yo? Mis oportunidades de tratar con el otro sexo eran tan pocas. ¡Y siempre la familia alrededor! De todas maneras, escuchaba con fruición los cuentos de mis compañeras que sí habían tenido experiencias. Pero mis planes eran otros. Conocerlo a Él. Para Él me reservaba. Debía ser culto, buen mozo, trabajador, honesto, divertido, respetuoso, tener buena posición. Yo quería viajar. Conocer todo el mundo. Y cuando todos, todos los ardores se hubieran aplacado, regresar. Él a atender sus empresas, yo para hacerme cargo del hogar. Quería una casa grande y confortable en el pueblo. Y tener cinco hijos. A los que quería educar como me educaron a mí. Para que pudieran tener un futuro como el que me esperaba a mí.
Pero mi madre tenía otros planes. José era el dueño de un tambo cercano. Buen muchacho. Pero nada más que eso: buen muchacho. Cuando venía a visitarnos, lo saludaba y enseguida me retiraba a mi dormitorio, me daba pena ver como se engalanaba con las bombachas nuevas, botas, camisa y pañuelo al cuello. Mamá se ponía furiosa.
—Demasiadas ínfulas te crecieron en el colegio ese, tenés que pisar la tierra. José es trabajador, es dueño de la propiedad, ¿qué pretendés ?.
—No lo quiero. Y además me impresionan sus manos grandes, toscas y paspadas de tanto ordeñar las vacas.
—Por favor, Celia, el amor viene con el tiempo. Con esas ideas raras te vas a convertir en una solterona. O lo que es peor, te vas a entregar al primero que se te cruce bien vestido. Hicimos mal con tu padre en dejarte ir con tu abuela. Esa vieja te ha llenado la cabeza con las ideas de grandeza que tiene. Pero la realidad es que vos vivís acá, con nosotros, y acá vas a formar tu hogar. Y José es lo mejor.
Y me casé con lo mejor. Con José. En la estancia de Hunter. Vinieron todos los amigos y parientes. Hicieron un gran asado. La vieja María se lució con las empanadas. Corrió el vino a granel. Cuando llegó el momento de retirarnos, nos despidieron en medio de chanzas groseras. Tío Hernán nos llevó hasta el tambo en su voitur.
¿Esto era el amor? ¿Ese hombre ardiente, inhábil, tratando de hacerme suya? ¿Qué se suponía que tenía que hacer yo, con esas manos callosas y ásperas acariciándome?. Cuando me di cuenta de que se había dormido, lloré tanto, tanto, tanto. Eso era lo que me esperaba para el resto de mi vida.
No tuve luna de miel. Al tambo había que cuidarlo. Así que después de lo que yo suponía había sido un momento único para él, se levantó de madrugada para ordeñar las vacas. Salí de la cama muerta de frío. Traté de prender la cocina económica. Nunca lo había hecho. Y como una tonta a la noche dejé apagar el rescoldo. Pero todo lo aprendí a golpes. Y con unos mates esperé su regreso.
—¿Adonde vas ?
—A la estación, hoy es sábado, tengo que ir a recoger la bolsa de galletas. Querés venir, Celia?. Es lindo ver pasar el tren.
—No, gracias, tengo mucho que hacer.
A ver si en el tren venía alguna amiga y me veía al lado de ese hombre que me avergonzaba, y que además me llevaba en sulky. Pobre José. Vaya a saber qué esperaba él de mí. Salí a pasear por los alrededores. Los teros alborotadores me dieron la bienvenida. Los eucaliptus de la entrada fueron como un bálsamo para mí. Bueno, tendría hojas para hervir en el invierno y aromatizar la casa.
Una cosa sí se me cumplió. Tuve cinco hijos. Tres varones y dos nenas. Fruto del... ¿Qué? La costumbre, supongo. De lo que me habían inculcado en el colegio —una buena esposa debe ser dócil, obedecer al marido, trabajar a la par de él—. Y a la par de él trabajaba. No sé de donde me salieron esas fuerzas. Tenía que demostrarme que era capaz de cualquier cosa. Aprendí a faenar chanchos. Qué rica me salía la morcilla. Recogía la sangre tibia en un recipiente, mientras el animal daba los últimos estertores. Los chorizos en grasa que preparaba no tenían igual, los elogiaban cuando nos reuníamos en la escuelita para celebrar algún acontecimiento. Yo los guardaba en latas grandes. Los cubría con grasa caliente y una vez fría, encimaba esas latas en un galpón oscuro y seco. Donde también colgaban los jamones y los quesos de chancho.
Aprendí a juntar la fruta madura del monte para hacer dulces y puse en práctica las enseñanzas de la abuela, que en eso era maestra. Con las pepitas, preparaba licores. Al atardecer, me sentaba en un banco bajo junto a la cocina, tomaba el costurero y de un canastito de paja iba sacando las medias para zurcir, para lo cual me valía de un mate. Si tenía tiempo, tomaba el bastidor y bordaba. Me estaba pareciendo a la imagen que me había formado de mi misma en mis sueños adolescentes. Nada más que todo en un vuelo mucho, mucho mas bajo que el esperado. Y un día me di cuenta que a mi blanca piel el sol y el viento no la habían tratado amorosamente. Y mis labios estaban paspados, como paspadas estaban mis manos. Y mis lindos vestidos de antes se habían convertido en cómodos batones. Un día me miré en el espejo y no podía creer que eso que reflejaba, era yo. La linda y fina Celia. Y tomé la decisión. Me fui. Abandoné a José y a mis hijos.
Tomé el tren a Rojas.
Cuando llegué a la casa de la abuela a ella no le gustó lo que había hecho.
—Yo te dije que no te casaras. Ahora tenés que asumir tu responsabilidad.
—No. Ya lo decidí. Quiero ser otra.
—Una mujer sola no es respetada. Vivimos en una sociedad y te debés a ella.
—Por deberme a la sociedad estoy donde estoy y como estoy. Se acabó.
—Pero Celia ¿ qué vas a hacer ? ¿Vivir conmigo ? Va a ser como escapar al problema.
—No, tengo mi propio capital. Voy a poner algún negocio.
—¿Cómo algún negocio? Ninguna nieta mía trabaja fuera de su casa.
—Por favor, abuela! eso es anticuado. Ya está decidido. Lo único que te pido es alojamiento por unos días.
Y compré una casa. Y compré una florería. Me sentía bien entre fragancias y colores. Eso sí, tuve que seguir levantándome temprano porque el reparto de flores es de madrugada. Acomodar los ramos, con luz artificial y aterida de frío no era tan agradable. Y la manos no mejoraron mucho. A las paspaduras se agregaron los cortes que me hacía con las tijeras de podar y las espinas de las rosas. Un día entró un muchacho buen mozo –Pedro, se presentó–, que me pidió le arreglara un ramo de flores para su madre. A la semana regresó con la misma excusa. A los tres meses yo estaba enamoradísima de él. Y él dormía en mi cama, vivía en mi casa y comía con el producto de mi trabajo.
Extrañaba a mis hijos. Los varones se aliaron con el padre. Las nenas no, y consideré que ya que tenía una familia, endeble, pero familia al fin, podía traerlas conmigo al pueblo. Así lo hice, a regañadientes de José.
Me habría gustado que Pedro tuviera mas ambiciones, pero él decía que ayudarme a mí en el negocio era lo más importante. Lástima que cuando era imprescindible no estaba. Pero con mis hijas era cariñoso y me ayudaba a criarlas.
Al finalizar Martha la primaria, la envié al internado de Pergamino para que la educaran como a mí. Luego hice lo mismo con Leonor. Las veía los fines de semana, cuando venían a casa. Cuando Martha, la mayor, estaba a punto de recibirse de maestra, descubrí horrorizada que iba a ser abuela. Mi hija y mi amante se entendían. Los eché a los dos.
No sé si es cierto que los disgustos bajan las defensas. Los míos culminaron en un cáncer. Y aquí estoy, postrada.
Ayer me visitaron los varones. Leonor me atiende constantemente. Y de Chacabuco vinieron Martha y Pedro. Disfruté con los nietos. Debo de estar muy mal. O mi mente muy perturbada para aceptar como normal un casi incesto.
¿Qué hice José? ¿Porqué tu orgullo fue mas fuerte que tu hombría de bien? ¿Porqué no me dejaste probar y viniste a buscarme? Tal vez habría regresado. Dicen que del amor al odio hay un solo paso. Me quisiste tanto... y ya ves.
Me estoy muriendo y no me podés perdonar.
Me estoy muriendo y vos no estás.
La sombra
La culpa fue de la vieja cocinera. María. ¡Cómo le gustaba contar cuentos de aparecidos! Fantásticos, espectrales. Su imaginación no tenía límites, jugaba tanto con la luz mala como con los difuntos.
Cuando la abuela decidía pasar un tiempo en la estancia, María viajaba con nosotros, y nosotros con ella y sus cuentos. Si regresábamos al pueblo, lo hacíamos también con ella y ese rinconcito mágico, macabro, que nos atraía y espantaba al mismo tiempo. Estoy viéndonos a lo lejos, entre risitas nerviosas, queriéndonos tapar los oídos como para ignorar que al pobre Fermín casi lo entierran vivo. ¡El alboroto que se armó en el velatorio cuando un par de paisanos borrachos, de tanto zarandear el cajón, lo tiraron al suelo, y del susto, el muerto despertó!. Todo era válido para María.
Una noche regresábamos tarde de la estancia de los Mackinson. Veníamos en dos volantas, los abuelos nos precedían. Atrás, todos los chicos con María. ¡Tantos luces malas había en el campo... ! “Son de los muertos —decía ella— que no descansan en paz. Seguro que una pertenece al Zoilo. Cuando se enteró de que su mujer lo engañaba con otro peón, los descuartizó a los dos y desparramó los huesos por los alrededores para que los caranchos los pelaran... Después se acercó a la laguna, se sacó toda la ropa, y se fue internando hacia la parte honda... No sabía nadar”.
—Vamos, María, si está en el fondo de la laguna, ¿cómo van a brillar los huesos en el medio del campo?.
—Yo que sé. A lo mejor alguien los rescató, los secó bien sequitos y no los enterró. Pero que uno de los huesos es del Zoilo, estoy segura.
—Sos una mentirosa —dijo Pirucha— a mí me parece que son los huesos de los animales que brillan así porque les da la luz de la luna.
—No me llamés mentirosa, mi niña. No lo soy. Y si no me creen, vean lo que pasa en la casa del puesto principal.
—No pasa nada —contesté yo, no muy segura de lo que decía.
—Si no pasa nada, mañana, después de la cena, le pedimos al Amer que nos lleve hasta allá. Vamos a ver si son tan valientes. Ahora la casa está vacía.
La estancia nuestra, como la mayoría, cuenta con varios puestos. El principal está en un lugar privilegiado. Al lado de la ruta, frente a la escuelita. Además tiene agua y una huerta prolijamente cultivada. ¿En qué momento empezaron a ocurrir cosas raras? No lo sé, pero todo el mundo habla de ello. Cuando Juan Roa logró que se le asignara dicha casa, extraños acontecimientos se adueñaron del lugar y de los suyos. La mujer sufría alteraciones, los hijos se enfermaban sin causa aparente, las plantas se morían. Nadie sabía por qué, pero cuando un día la familia concurrió a Hunter para una jineteada, encontró a su regreso la huerta llena de sal, y sobre montículos de cenizas, velas negras consumiéndose. Aterrorizado, Juan habló con el abuelo Pedro, y él le asignó otro puesto. Pero había que tomar un reemplazante para el lugar. Los animales no se cuidan solos. Los peones de la estancia no querían saber nada con ese paraje, pese a todas las ventajas que tenía con respecto a los otros. De manera que siempre era ocupado por alguien ajeno al pago. Y nuevamente los hechos sobrenaturales abundaban. Y poco duraba el nuevo morador. En mi familia ya no sabían qué hacer.
María como colofón agregaba algo bien tétrico “dicen que cuando los puesteros prestamente abandonan la casa y cargan los bártulos en una chata, sienten como hipnotizados la necesidad de mirar hacia atrás. Una SOMBRA, en la galería, con una carcajada de ultratumba los despide”.
—¿Y si esa sombra es la de Ramona, la bruja del campo de al lado? —dijo Pirucha— a lo mejor quiere el puesto para alguno de sus hijos.
—Niñas, niñas. Ustedes siempre le encuentran la vuelta a todo. Si en el puesto no pasa nada, nos volvemos. De lo contrario, se van a dar cuenta de que hay ciertas cosas con las que no se puede jugar.
—Callate, vieja estúpida —dijo Cucusita— vos creés que somos nenas todavía, que nos vas a tener dominadas con tus cuentos de aparecidos. Se lo vamos a contar a la abuela y de una patada en el traste te va a dejar sin trabajo.
—Estás loca, Mabel ¿cómo se te ocurre decirle eso a María? —le susurré dándole un codazo.
—No me codees —siguió mi prima, y dirigiéndose a la cocinera, le gritó— no somos cobardes, mañana después de cenar, nos encontramos en el palomar.
Nos queríamos hacer las valientes, pero ninguna lo era. El siguiente día fue eterno. A la abuela le extrañaba que no estuviéramos haciendo de las nuestras. Pese a las vueltas y vueltas, resultó imposible dormir la siesta. Nos escapamos al galpón. Hacía un calor de morirse con esas chapas de cinc sobre la cabeza. Para el lado del palomar no queríamos ir. Era el lugar de la cita de la noche. Como para calmar los nervios decidimos caminar por la avenida de eucaliptos hasta la entrada de la estancia. Allí nos sentamos. Pirucha fue la primera en romper el silencio. Me miró y dijo:
—Che, ¿y si le decimos a María que la abuela se enteró y nos prohibió movernos de la casa?
—¿Por qué? — me envalentoné. Si el problema es con los puesteros, la sombra no se va a atrever con nosotras, y así nos sacamos de encima a María de una buena vez.
—No te hagás la valiente —dijo Cucusita— tenés tanto jabón como nosotras, pero en algo estoy de acuerdo con vos. Hay que demostrarle a esa sirvienta que una cosa es contarnos cuentos y otra tenernos esclavizadas con sus macabras historietas.
El atardecer nos encontró a las intrépidas primas, juntas en la bañera. No porque acostumbráramos a hacerlo, sino porque el susto nos unía. El resultado fue que con el desborde que hicimos, la abuela se enojó y tuvimos que secar todo. Las horas no pasaban. Sentadas a la mesa, apenas si probamos bocado. Cuando nos mandaron a dormir, prolijamente colocamos los vestidos sobre las sillas, nos pusimos los bordados camisones y esperamos el beso de los abuelos, que llegó junto con el soplido a las velas. En la oscuridad estuvimos atentas al progresivo apagón de los faroles, y cuando la quietud se apoderó del lugar, nos tiramos de la cama y en camisa, bombachas y alpargatas, nos deslizamos silenciosamente a lo largo de la galería. Luego, la corrida hasta el palomar. Creo que todas deseábamos que María no estuviera. Pero la vieja era decidida. Llevaba en la mano un farol apagado y haciendo un gesto de silencio con el dedo, encabezó la caminata a través del campo. En un recodo, Amer nos esperaba con la volanta. Subimos. Traqueteo va, traqueteo viene, llegamos al lugar. La luna llena, estaba confabulada con María. Ahora lo único que nos faltaba era el hombre lobo. Paramos frente al puesto, y con seriedad, María le dijo a Amer: “Vos quedate acá, por las dudas que tengamos que salir corriendo”.
Prendió el farol, atravesamos el huerto y subimos los tres escalones que daban a la galería. El chirriar de la puerta al abrirla nos sobresaltó. Pero tratamos de disimularlo. Los segundos que tardó la luz en iluminar el lugar, se nos hicieron eternos. La casa estaba vacía, con olor a humedad y a otro que nos supo a... azufre.
—Esto no me gusta, me da miedo —dijo Cucusita—, vámonos.
—¿Por qué? —contestó María— ¿Dónde están las agallas de la niña?
La puerta se cerró de golpe. No había viento. Y sí pasos en la galería.
—¡Amer! ¡Amer! ¿Dónde estás? ¿Sos vos? —nadie contestaba—. No sé cuál de las cuatro llegó antes a la puerta. Empezamos a correr por la huerta. En ese fárrago, a María se le cayó el farol, se desparramó el kerosene y con espanto nos dimos vuelta para contemplar el desastre que comenzaba. LA SOMBRA, LA SOMBRA estaba en la galería, una carcajada siniestra dominó el lugar, el fuego avanzaba y la rodeaba. ¿Fue un alarido infernal lo que escuchamos? ¿Se inmoló en las llamas?. Nunca lo sabremos, ninguna miró para atrás, tan rápido corríamos. Cuando llegamos al lugar donde debía estar la volanta, aterradas comprobamos que ésta había desaparecido. El fiel Amer había ido a buscar ayuda y de a caballo apareció la peonada que con bolsas mojadas y a golpes trataba de circunscribir la zona de desastre. Tan atareados estaban unos bombeando agua, y otros tratando de apagar el incendio, que ni cuenta se dieron de nuestra presencia allí. En un descuido, Amer nos subió a la volanta y nos llevó a la estancia. Todos estaban despiertos, alarmados, mirando el resplandor a lo lejos. Nadie había notado nuestra ausencia. Silenciosamente y de a una, entramos al baño para lavarnos un poco y nos zambullimos en las camas. Estuvimos atentas a los ruidos, los gritos de los que regresaban, los relinchos de los caballos. Nos dorminos, pese a todo ese maremágnum.
Al día siguiente, durante el desayuno, nos enteramos de que la casa había sido consumida por las llamas. Pero por suerte el fuego no avanzó sobre los trigales cercanos. Hubiera sido un desastre. Nosotras, con la mirada baja, dábamos cuenta de lo que nos habían servido. Todos estaban un poco alterados por lo sucedido. Porque no se explicaban que el farol, causante de todo, fuera de la estancia. Y porque además, cuando ya montados iban a emprender el regreso, en medio de la casa derruida una SOMBRA riendo de manera siniestra los despidió.
María no quiso tocar el tema nunca más. Creo que se asustó más que nosotras. Lo ocurrido –así lo entendimos todas- entró en el terreno de lo sobrenatural. Y nos dimos cuenta de que ella tenía razón cuando decía que con eso no se jugaba.
Pasaron los años. En el lugar del desastre se construyó otro puesto. Lo habitó un hombre solo. Solo y solitario. Solitario, sucio y maloliente. Pero cumplía bien su faena. Lo importante era no acercarse demasiado a él. Nunca más volvió a ocurrir nada anormal en el lugar. Dicen que el fuego purifica. Pero la gente de campo es memoriosa. Y el hecho sirvió para fabular en torno a los fogones.
Olvidé el nombre de ese puestero que vivió allí hasta que la vejez se lo llevó. Y los que hubieran podido decírmelo ya no están. Pero lo recuerdo por su valentía. Fue el único entre muchos que le hizo frente a la leyenda. Como siempre le hizo frente a la soledad, escenario apropiado para él. Todavía veo a ese arriero, huraño y montaraz, con la mirada huidiza y su boina dando vueltas entre las manos nerviosas.
En mayor o menor medida yo sentí aprecio por el personal que trabajó en la estancia. Los conocía a todos. Creía que los conocía a todos. Desayunaba con ellos. Con ellos y con mi abuelo. Fue después de muchos años cuando se me ocurrió pensar ¿qué mejor lugar para aquel peón, misterioso y sórdido, que el lugar tan temido?.
Escalofríos tenía cada vez que pensaba que al enemigo podíamos haberlo tenido en casa. Pero tampoco nunca deseché la idea, de que por taimado y para quedarse con el puesto, LA SOMBRA hubiera sido ÉL.
La flores muertas
Por el dolor, un terrible ardor de huesos rotos que jamás había yo sospechado, me habré partido el espinazo. ¿Dónde estoy? Este mareo, el vértigo... No puedo salir de esta incomprensible bruma. Pero debo recordar…
¡Sí, lo veo de nuevo! El tren se quedó varado en La Reja, y al rato pasaron guardas a avisarnos que la cosa iba para largo. Me bajé, fui inútilmente a una remisería, y como a la media hora logré encontrar un taxi.
La niebla hacía que el tránsito a Capital se desplazara con lentitud. Pero yo estaba muy ansiosa por llegar cuanto antes al laboratorio: a las 11:00 caería una anunciada inspección.
—Si no es molestia —le dije al chofer—, ¿puede acelerar un poco?
El tipo se dio vuelta para mirarme, fastidiado.
—¿No ves cómo está la calle, piba? —me dijo, sonriente, y en un destello (acaso por culpa del brillo metálico de algún coche, aunque no puedo asegurarlo) esa sonrisa cínica me recordó la de una calavera.
Y entonces se hizo un claro en medio del camino y él aceleró y de pronto tuvimos de frente la trompa de un camión y hubo un volantazo a la derecha y hubo un estallido y rodamos y rodamos y rodamos...
Vivo en Mercedes. Trabajo en Buenos Aires. Todos los días abordo el tren que me deja en Once. Mi casa es una de esas antiguas de principios del siglo xx: nuestras habitaciones dan a un jardín fragante de azahares. Esa mañana, mucho menos temprano que de costumbre, yo pasé debajo del limonero con mucha prisa y con la cabeza en la inspección: me había demorado estúpidamente en el maquillaje y corría peligro de no llegar al tren de las 06:15. En ese momento algo cayó pesadamente sobre mi hombro. Algo que me hizo detener a pesar de la hora. Fue girar apenas la cabeza y descubrir que llevaba a cuestas un gusano cubierto de pelos. Sus extraños ojos verdes y grisáceos se fijaban en los míos, y el asco me erizó la piel.
Marisel anda cerca, pensé. ¡Ella y sus berretines de entomóloga! Para mi hermana, el limonero de nuestro jardín es lo que un lago para el criador de truchas: allí, entre sus ramas, ayudada por mamá, Marisel le roba tiempo a la aguja y a la lana para cultivar sus horribles gusanos. Pero, además de horrible, este era enorme, envolvente. De un capirotazo me lo saqué de encima y lo reventé de un pisotón contra los baldosones del patio. Una especie de gelatina babosa me salpicó de amarillo hasta la rodilla. Disgustada miré el reloj: no podía lavarme las piernas, no tenía tiempo más que para pasarme una toalla mojada. Pero cuando quise volar al baño no conseguí ni siquiera avanzar un paso: anclada bajo el limonero florido, me pregunté qué me estaba sucediendo, pensé en una embolia. Pero no, yo seguía lúcida. Tan lúcida como para ver que esa viscosidad amarillenta subía y subía más allá del borde de mi pollera. Ya la adivinaba en el muslo, lamiéndome como una caricia más y más lúbrica. Aquella obscenidad se iba apoderando de mí… y pronto no sentí ya ninguna sensación. ¿Qué me estaba pasando? Recuerdo que atiné a pedir socorro:
—Mamá… Marisel, hermana… ayúdenme.
¿Soy una oruga? Soy una oruga. Una pegajosa oruga de unos diez centímetros de largo, que desde abajo se pregunta cómo llegó a considerar al limonero de todos los días una impenetrable secuoya.
No me atrevo a intentar moverme. ¿Podré? Pero mis decenas de patas encuentran el sentido de la coordinación, y trabajosamente comienzo a amblar con esos imposibles ambulacros. La pared descascarada me orienta: trataré de pasar entre los macetones de helechos y llegar hasta mi dormitorio. Trataré de meterme en la cama, y… ¡a otra cosa mariposa! La pesadilla quedará como lo que es: una burda invención que disipa la victoriosa luz de la mañana. Contemplaré frente al espejo mi cuello terso, no estas anillas ásperas.
Con lentitud me voy deslizando a través del patio. Oigo pasos, que ahora suenan para mí como truenos.
—¡Mamá! —grito.
¿Grito? Es un decir: me sorprende la lánguida vocecita que emiten mis labios diminutos. Es imposible llamar así la atención de mamá. Y, de lograrlo, ¿qué imaginaba yo? ¿Que ella vendría a mí con la mejor de las sonrisas para alzarme y acunarme entre sus brazos?
Tengo que esconderme, me dije. Si hay algo que mamá no soporta es la presencia de un bicho fuera de lugar. Otra que sonrisas y palabras dulces: o bien me lleva con mis nuevos hermanos, o bien, por desobediente, me aplasta. O me achicharra la piel con algún insecticida, vaya a saber. ¡Qué sueño más raro!
Afortunadamente pasó de largo, seguro que a prepararle el desayuno a su adorada Marisel: sé que, cuando yo estoy en el trabajo, ellas se la pasan hablando entre medialuna y medialuna. Y después la siguen mientras tejen y tejen, meta darle a las agujas y a la lengua. Total, la que labura soy yo.
Sigo rumbo al dormitorio. ¿Cómo puedo estar tan despistada, no darme cuenta de la altura de los escalones? Lo intento, lo intento, pero la superficie es muy lisa y resbalo: nunca los subiré.
Hay que encontrar un refugio, mil peligros me acosan.
El gato.
El gato... ¿dónde estará? ¿Le gustarán las orugas? Nunca lo vi tragarse una, pero hace un par de años tuve que sacarle de las garras a un pobre ratón. De pronto cruza por encima de mí una sombra gigantesca: mamá, que vuelve con su escoba y me revolea patas arriba en un rincón junto con las hojas. Quedo inmóvil, hecha un ovillo de terror. Cuando me doy cuenta de que el riesgo ha pasado, me desenrollo. Pero la impotencia de haber caído invertida me obliga a hamacarme hacia un lado, luego hacia el otro… Un envión más, y por fin en posición normal de nuevo.
¡Cómo me cuesta atravesar las lomas del jardín!
Me voy aproximando a la huerta del fondo, y me revitalizan olores familiares. Aunque me resulta difícil situarme en esta enormidad que me rodea. Pero es entonces que una punzada de hambre me hace ir por algo dulce. ¡Nunca sentí una necesidad tan imperiosa de azúcar, como una sed que me quema! ¡Al frutillar, ya mismo! ¡Al frutillar del abuelo Honorio, que nunca dejó cortar una sola fresa a nadie! Creo que me tomaré una pequeña venganza… Penetro en esa selva con mis mandíbulas poderosas, hasta que descubro frente a mí una robusta y madura frutilla. ¡Tan roja y apetitosa! Un mordisco, otro en una más grande y más colorada, otro en otra… y mi incursión punitiva y mi gula no tienen fin.
Me encuentro al pie de uno de los paraísos. ¿Qué recuerdos tengo yo de esto? No sé, pero comienzo a trepar por su tronco. Me agrada carcomerlo un poco. Continúo mi ascenso. Elijo una gruesa rama, tupida en su follaje: es hora de descansar.
Clavo en la corteza las minúsculas uñas de mis patas traseras: he comido demasiado, y la suave modorra me hace temer una caída. ¡Socorro...! ¡He quedado colgada de un pedúnculo sedoso! Entonces siento un retortijón, una como convulsión de gases glutinosos. Algo proviene de mis tripas, se abre paso desde lo profundo, puja por eructar de mi boca. ¿Vomitaré por fin tanta frutilla? Me lo merezco, diría el abuelo. Pero no, es algo gelatinoso lo que estoy expeliendo. ¿Qué es? Se va endureciendo y me está rodeando. No, esto no puede ser: ¡descubro que soy una oruga claustrofóbica! Y la sustancia me invade, me invade. Termina por cercarme en un capullo suavemente almohadillado por dentro.
Me he acostumbrado a dejarme llevar, a dormir en esta cápsula tibia y acolchada. A sentir que algo se transforma dentro de mí, a presentirme distinta.
Sufro desgarrones. Mi encierro es oprimente, debo esforzarme por salir. ¿Pero cómo? Resulta penoso debilitar parte de mi envoltura, que se va rasgando. Me deslizo hacia abajo, un embrión maduro que asoma tímidamente y se aferra con desesperación a lo que queda de esa traslúcida crisálida.
Balanceándome, alcanzo una rama cercana. Pero no puedo caminar… lo he intentado y por poco caigo del paraíso con todo mi peso. ¿Qué es esto? ¡Algo ha crecido a cada lado de mi cuerpo, me es imposible dominar este enloquecido torbellino de horror que sacude mis antenas!
La felicidad de la tarde —hermosa, soleada, cálida— contrasta con esta horrenda incertidumbre. Pero los vestidos a mis costados… no soporto su humedad. Es… malsana, no me gusto así. Creo que me será preciso calmarme, esperar. ¿Qué me sucederá ahora? ¿Dónde están mamá y Marisel? Sé que es inútil llamarlas, y no sólo porque no oirán esa imperceptible miniatura musical en que se ha convertido mi voz.
El viento caluroso me da fuerzas. Me atrevo a mover con cuidado mis nuevas vestiduras, las despliego. Ahora sí las siento secas, consistentes. Hago un ensayo: las abro, las cierro, las abro, las cierro… y algo atávico me arroja al vacío.
¡Vuelo, vuelo, vuelo! ¿Esta soy yo? ¿Esta belleza alada? ¿Esta frágil mariposa que se refleja en el agua del piletón del patio?
Planeo y me miro en esa superficie clara. Me admiro, mejor dicho. La pesadilla quedó atrás; como quien dice, esto es un sueño. Si sufrí tanto para llegar a ser así, valió la pena: me enloquecen las antenas largas, la brillantez de mi variado colorido negro, azul, dorado y lacre.
Vuelo libre, reconozco lugares donde he estado… ¿hace cuánto? ¿Cuánto tiempo pasé dentro del capullo? No lo sé, no me importa. ¡Viva la libertad!
Sobrevuelo por última vez la huerta, directo al jardín. Me acerco al fondo de la galería. Con satisfacción veo que ahora sí puedo posarme sobre el primer escalón. Desde aquí podré espiar los dormitorios de mamá y Marisel. Pero volveré más tarde. Ahora, a gozar del sol y de la brisa.
Reconozco con alegría el limonero en flor. ¡Qué exquisito néctar perfumado libo de sus azahares! Embriagada en balsámicos dulzores, pliego mis alas para descansar. ¿Para descansar? ¡Qué poco dura lo bueno! Una pinza de dedos colosales me atrapa, y por más intentos que hago por zafarme no lo logro. Desesperada, veo venir hacia mí la afilada punta de una especie de lanza de acero. La punta brilla amenazante, se me acerca lenta y fatal con despiadada meticulosidad. ¡Ah, suplicio inconcebible!
Mi destino final: una caja que contiene una colección de mariposas. ¡Pero es que yo estoy viva, Marisel! Me debato aún, aleteo débilmente en lo que el tremendo alfiler me lo permite.
Nada.
Y ella me abandona. Sabe que a su regreso seré una flor más en el tenebroso exhibidor. Una flor muerta.
Me voy, me voy ya... la luz se me apaga. Los ruidos del día me llegan como afelpados. ¡Qué horripilante injusticia terminar así!
Los párpados me pesan de sopor, aunque mis sensaciones no son del todo desagradables.
Salgo del sueño más y más… y voy cobrando conciencia de lo que realmente ha sucedido.
Y recuerdo.
Recuerdo el camión y el volantazo.
El reventón.
El vuelco.
Y la oruga, la crisálida, la mariposa.
Y Marisel.
¿Estarán aquí ella y mamá? ¿Dónde me encuentro, verdaderamente?
Quiero hablar. Al menos lo intento. Pero tengo la garganta reseca, la boca pastosa.
Al abrir los ojos y girar mi cabeza, me descubro entubada por todos lados: caños y cables huecos parten de mi cuerpo. Al lado del botellón de suero, veo la sonriente cara de mi madre.
—Ánimo, mi amor —me dice. Realmente su expresión es de dicha: tan mal no debo de estar.
¿Y Marisel? ¿Habrá venido a verme también ella?
Me siento flotar. Me imagino semihundida en un lago subterráneo, con una luz cenital penetrando en las entrañas de la caverna. Luz que advierto, con los ojos de la mente, en lo alto, en la superficie. Oigo voces que me llegan como a través del caudal de ese lago. Y olores: el inconfundible aroma acre de los desinfectantes.
Intento enfocar mejor, pero apenas puedo ver. Quiero abrir mis manos. Las ahueco y las mantengo unos instantes cruzadas en mi pecho. Me tranquiliza ese movimiento. Mamá me mira sin hablar. Separo mis brazos, los dejo caer al costado de la cama. Pero la sensación es de que pesan como si fuesen de seda.
¿Qué me sucedió? ¿A qué hospital me han traído? Estoy muy débil, ni hablar puedo. Me derrumba una muelle somnolencia, trato de moverme un poco y me quejo. Mi hermana… ¿Dónde está mi hermana? Percibo el nervioso entrechocarse de las agujas de tejer, en el cruzar y descruzar de los puntos. Ahora oigo el suave taconeo que se acerca. Y presiento su aliento agitado. Y huelo el limonero del jardín entre la agria fragancia de los desinfectantes. Y cuando me preparo a succionar de los azahares, dos garfios se apoderan de mis desgarradas vestiduras, que apenas pueden aletear. Ahora sí que veo a mi hermana. A mi hermana y su instrumento punzante.
––Vení, vení —me dice, sonriéndome por primera vez en su vida—. Basta de mirarme con esos ojitos de azabache. ¡Y te dejás de fastidiar con ese chirrido! ¿No entendiste todavía que no estás para asustar a nadie, vos?
Y veo el cielo. Y veo en la penumbra los muebles antiguos del comedor. Y veo la caja y los instrumentos de coleccionista. Me retuerzo, quiero zafar de esas garras. Si me quedo quieta, cuando Marisel se descuide con el frasco de éter intentaré escapar por la puerta.
¡Mi salvación! Los pasos de mi madre se acercan más y más. Ella me ayudará a salir de esta pesadilla.
Pero mi adorada madre se inclina sobre mí, curiosa.
––¡Marisel ––dice––, qué maravilla! ¡Mirá qué alas! Es la más grande y rara de toda tu colección.
—Mirale la espaldita, mami —Marisel está encantada—. Mirá el dibujo…
—¡Una calavera!
—Exacto, ma. La mariposa de la muerte. La esfinge de calavera.
Josef
JOSEF
Qué dulce es el sabor del regreso. Sobre todo cuando uno regresa bien. Siento todavía en mi cuerpo la gelidez de aquella noche, el viento que arremolinaba la nieve a mi alrededor, cegándome.
Desde entonces han pasado quince años. Fue Rosina la que me identificó primero. ¡Qué raros son los lazos de la sangre! Supo que era su hermano, pese a que esa aparición montaba un brioso caballo y lucía las galas de un noble.
Yo, el mendicante de antaño, convertido primero en porquerizo en un gran castillo lejano, pronto fui trasladado a las caballerizas, desde donde me ascendieron de mozo de cuadra a palafrenero. Un día, cuando le entregué las riendas del caballo al amo del lugar, éste reparó en mí.
—¿Cómo te llamas?
—Josef. Josef Novotny, mi señor— contesté.
—¿Cuánto hace que trabajas para mí? —inquirió.
—Varios años, seis o siete.
—¿Sabes leer, escribir? —Sus ojos ansiosos me asombraron. No podía entender qué veía el poderoso amo en mí.
—No, mi señor.
—Mañana te espero en el castillo. Aprenderás allí todo eso y mucho más—. Espoleó el caballo y se perdió en los bosques de Baviera.
Ante mi desorientada expresión, los mozos que habían presenciado el diálogo me explicaron:
—Le recuerdas a su hijo. A nosotros nos pasó lo mismo a tu llegada.
Luego supe de la desgracia que había sacudido al patrón. Un caballo salvaje había revoleado a su único hijo con tan mala suerte que el cuerpo rebotó en una roca. Después de una corta agonía —se había quebrado la columna—, falleció. Poco después lo siguió su madre. Parece que es muy duro enfrentar la muerte de un hijo. Pero ese pobre desgraciado, dueño de campos y haciendas, se quedó solo con toda esa carga de angustia y soledad.
A la mañana siguiente, bien temprano, me presenté ante el amo y comenzó mi transformación. No puedo decir que me trató como a un hijo, pero sí como a alguien a quien se le ha tomado cariño. Aprendí a leer y a escribir, y sin darme cuenta me encontré llevando los libros del señor: resulté bueno con los números. Me gané honradamente su confianza. Un día me dijo de sopetón:
—Me conmueven tus ojos eternamente tristes. ¿Qué es lo que has dejado lejos?
—Una madre y cinco hermanos, señor.
—¿Por qué los abandonaste?
—No los abandoné. Me juré a mí mismo que iba a regresar el día en que pudiéramos estar todos unidos y vivir con dignidad.
—El momento ha llegado —escuché que decía—. En el ala de servicio sobran cuartos, puedes traerlos a todos aquí. Estarán bien. Y ya veremos qué tareas son capaces de desempeñar. Pero ve, ve a buscarlos. Y, por favor... regresa, Josef.
Adonde regresé fue al pasado. A Bohemia. A las afueras de Praga. A un invierno helado. Nevaba. ¡Y hacía tanto frío! Mi madre se la ingeniaba para que no lo sintiéramos. Trabajando, trabajando sin cesar. De noche, un potaje abundante —a veces más substancioso que otras— cocido sobre un rústico brasero, lograba que los seis hermanos nos fuéramos a la cama con la panza caliente. Yo soy el mayor. El menor estaba aprendiendo a caminar. Menos mal que mi padre había terminado sus días en un accidente: de lo contrario, hubieran existido dos bocas más para alimentar. La de él y la del hermano que seguramente estaría gestando mi madre. Nunca entendí eso de tener tantos hijos siendo tan pobres. Alguna vez escuché que los hijos vienen a la vida para trabajar y darles a los padres el fruto del esfuerzo. El dinero que yo le di al mío desde que tenía cinco años, lo despilfarraba en la taberna. Para eso sirvió. A veces —por darle las monedas que procuraba con la mendicidad—, yo me sentía culpable de las golpizas que él le propinaba a mi madre cuando, cansado y borracho, regresaba a la pocilga donde vivíamos. Murió con la misma indignidad con que vivió. Si por lo menos hubiera sido por un accidente en la mina. La gente nos habría mirado de otra manera, con respeto y piedad. Pero no. Mi padre, borracho, después de pelear con el dueño de la posada por “asuntos de hombres” —como nos explicó mi madre— fue sacado a los empujones del mesón, y la mala suerte quiso que resbalara en el hielo para ir a parar debajo de las ruedas de un carruaje de los señores del lugar. El conductor del vehículo fustigó los caballos para alejarse, y los ocupantes continuaron alegremente su viaje, sin dar la orden de alto para curiosear qué era lo que había zarandeado tanto el coche. Eso fue lo que contaron los que asistieron a mi padre, que ya no necesitaba auxilio alguno. Se lo llevaron en un carromato al cementerio, y allí fue arrojado a una fosa común. Destino de los pobres.
Con apenas diez años, me convertí en el hombre de la casa. Pero el personal de los palacios y del Castillo no vuelve todos los días a su casa: vive allí. Además, los servidores eran tratados como esclavos. Al quedamos huérfanos, mamá y yo habíamos organizamos las tareas de cada uno, con la intención de mantener unida a la familia. Alguien debía cuidar de los cuatro hermanitos pequeños. Rosina, la que me seguía en edad, fue la responsable. A mamá la querían todos y no había ropavejero que no le reservara para nosotros algo útil. Como lavaba y planchaba la ropa de un hostal, a menudo le regalaban prendas en desuso, sabiendo lo grande que era la familia y lo carentes de todo que estábamos. Lo que más festejábamos eran los zapatos. Siempre eran bienvenidos y siempre servían. Y si no eran los adecuados, los hacíamos útiles. Si chicos, aguantábamos el dolor de pie, si grandes, poníamos cartón para adaptar el tamaño. Frío, padecer frío constante, no recuerdo. Por lo menos en el cuerpo. En el invierno mi madre se empecinaba en hacemos poner ropa sobre ropa. Decía que aunque entorpecía nuestros movimientos, estábamos más abrigados. Pero donde sentía la gelidez apropiándose de mi cuerpo, era a través del calzado. Los zapatones no se pueden poner uno encima del otro y los míos tenían un agujero en la suela. La nieve entraba por ese agujero y mojaba los dos pares de medias que usaba. Y eso que todas las mañanas reforzaba las suelas con cartón. Mis manos y cabeza estaban protegidos con gastadas prendas de lana, pero mis pies helados ... a veces ni los sentía. Un día, aún permanecía en el poblado cuando noté que se avecinaban las sombras. No estaba seguro de llegar a casa. Tenía miedo de que me venciera ese tiempo inclemente. Me acerqué a la posada, con la intención de espiar el interior. Con los guantes puestos no podía raspar el hielo que cubría el ventanuco, me saqué el de la mano derecha y arañé con mis uñas sucias y comidas hasta que logré un claro. Por él y a través del vidrio empañado traté de localizar a la empleada de la taberna. Estaba seguro de que María me dejaría calentar al calor de la estufa, y con suerte podría poner las medias y zapatos también a secar. María tenía uno de sus días buenos y haciéndome señas de pasar desapercibido, me guió hasta un rincón. Con ternura me descalzó, desarmó y acomodó mi descuajeringado calzado al costado de la estufa. Me trajo un tazón de leche de cabra, sabrosa, caliente y un trozo de pan recién horneado. Me cubrió con una manta y me dijo:
—Aprovecha, duerme, hay pocos parroquianos y la patrona está de viaje.
El calor, el alimento, el cariño, me fueron sumiendo en un sopor y dormité intranquilo primero para entrar en un profundo sueño después. Me incorporé sobresaltado. ¿Qué habrían comido mis hermanos y mi madre hoy? De una ojeada constaté que los pocos aldeanos que quedaban dormitaban con la cabeza apoyada sobre sus brazos en la mesa. De María, nada. Se habría ido a dormir. Apresuradamente me puse mis medias, me calcé, previo armado de los zapatos, me até el gorro de lana, y cuando estaba poniéndome los rotosos guantes, algo me hizo perder la cabeza: un pan, con olor a pan, con color de pan, con forma de pan. Sigilosamente me acerqué a él y cuando estaba por tomarlo, una gruesa figura se abalanzó sobre mí. Moviendo las manos cual aspas de molino, balanceando su gruesa figura y con los ojos fuera de las órbitas, vociferó:
—¡No te atrevas a tocarlo, mocoso mugriento!
Retrocedí espantado. No se si por el grito o por el aspecto amenazante de la posadera.
—¡No quiero verte más por aquí! — añadió la horrible mujer.
.
Di media vuelta con la intención de salir corriendo, pero mi conciencia se inclinó hacia el hambre de mis hermanos. Me volví, de un manotazo me hice de la hogaza, la coloqué bajo mi abrigo y todavía no se cómo abrí la puerta y desaparecí en la noche, mientras los gritos de ¡Al ladrón! ¡Al ladrón! me perseguían.
¡Al ladrón! Nunca había pensado en mí de esa manera. Ladrón. Yo sólo trataba de conseguir alimentos para mi familia. Por la mañana temprano merodeaba en el mercado a la hora en que no daban abasto con tanta clientela. Era el momento de una naranja aquí, otra manzana por otro lado, mientras iba cantando y saludando a todos, con mi preciada carga escondida entre la ropa. Los mercaderes apenas me respondían el saludo, distraídos con las siervas, que coqueteaban a cambio de algo rico para saborear ocultas en sus cuartos. Cerca del mediodía, regresaba al mercado cuando quedaban solamente sobras. La larga cola de mendicantes, frente a la verdulería, siempre alcanzaba para que todos pudiéramos llevar alguna fruta. El carnicero no era tan generoso: a media mañana liquidaba todo a bajo precio, el muy avaro. Un día le robé un conejo. Con él mi madre preparó un guiso exquisito que, con mucha patata, nos alimentó dos días seguidos.
El día del episodio en la taberna, cuando llegué a eso que mi madre llama hogar, exhibí con todo orgullo lo que saqué de entre mis ropas: un gran pan, aromático y crujiente. A mí me miraron con admiración. Al pan, con avidez. Mi madre lo tomó para evitar tentaciones y lo colocó en lo alto del viejo ropero. Rato después nos sirvió guiso con sabor a guiso de todas las noches, pero esta vez había dividido la hogaza en siete partes. Con ellas rebañamos los platos de latón hasta que quedaron relucientes. ¡Al ladrón! Sin embargo esa noche me dormí con la sensación de que había cumplido con mi deber.
No sé qué me despertó, tal vez el frío. Seguía nevando, y mi madre cosiendo y remendando nuestras prendas de vestir, a la luz de una vela. Me quedé muy quieto viéndola trabajar. ¡Tan joven y tan anciana! A lo mejor percibió un movimiento de mi lado, porque apagó la vela y se acercó sigilosamente a uno de los jergones donde se tiró al lado de los chicos, se acurrucó y tapó con una vieja manta. Todavía había rescoldo, y nuestros colchones —entre todos compartíamos dos— los colocábamos cerca de la chimenea.
¡Al ladrón! El grito me taladraba las entrañas. No quería ser eso, pero tuve que aceptar que lo era desde antes que muriera mi padre. Robar. ¿Sería capaz de cambiar ese destino? ¿De convertirme en un hombre decente, útil? Si no probaba, nunca lo sabría.
Me costó terminar de cubrirme en la obscuridad; aunque, como dormía semivestido, no fue mucho lo que tuve que ponerme. Lo logré. En silencio abrí la puerta y dejé la casa con la intención de volver convertido en otra persona, con los medios suficientes y honradamente ganados para sacar a mis seres queridos de esa miseria a la que casi nos habíamos acostumbrado.
Es la hora del regreso. Alguien nos está esperando. Mi alma, encadenada a esa mano fuerte que me sostuvo y me convirtió en un hombre de bien, ansía volver a Baviera. En un carruaje alquilado, acomodamos los pocos trastos que tenía mi familia. Una última mirada y el portazo enterró mi horrible pasado.
Afuera me acogieron las tinieblas y el frío. Seguía nevando.
Elena María
Premonición
Mientras la policía bajaba el cuerpo, Amalia, como desde otra dimensión, observaba. No sentía nada. Estaba vacía. A su nieto amado lo iban a llevar a la morgue. El tintineante ruido de los caireles de la araña que, libre del peso, aún se mecía, fue lo último que escuchó. Se desplomó sobre el piso.
¡Vivan los novios! ¡Vivan los novios ! Los compinches de Alberto, traviesamente como corresponde a un grupo de alegres solteros, fueron rodeándolos. Hasta que lograron separar a la pareja e introducir a Amalia en el auto. Ella, cuando quiso buscar la cara de su reciente marido, entre las de los achispados amigos -también estaba la de su hermano-, no la encontró. El hotel en que pasarían la noche distaba cuatro cuadras del lugar de la fiesta. Así que la broma no tendría consecuencias, al menos graves. Amalia, con su hermoso traje blanco, entró al elegante lobby, sola y furiosa, ante la mirada atónita de los que ocasionalmente estaban allí. Pidió la llave de su cuarto y tomó el ascensor. Minutos después, Alberto, de smoking, con una botella de champagne en una mano y tirando del piolín de un paquetito que indudablemente contenía un trozo de la torta de bodas, hizo su ridícula entrada al mismo lugar, preguntando por una novia.
¡Al fin solos! Esa noche Alberto descubrió que, con la furia, se operaba en Amalia una extraña alquimia: desinhibición total. Fue lo que le allanó el camino hacia un perfecto encuentro. Bendijo a los salvajes de sus amigos.
Al día siguiente tomaron un tren carreta, que tras un viaje agotador los dejó en San Martín de los Andes. Disfrutaron su luna de miel. Pescaban, andaban y desandaban la hermosa zona por los caminos ripiosos. Se deleitaban con el paso de las carretas tiradas por bueyes y cargadas de madera. Un día, el dueño del hotel los llevó en una catramina en la que apenas entraron, a dejar pan en el Regimiento. Regresaron cargados de recuerdos, ramas y piedritas que Amalia fue juntando. Hasta un nudo de coihué trajo. Luego lo hizo barnizar y lo lució muchísimos años sobre una mesita del living.
En Constitución los esperaban los padres de ambos. A Amalia sólo le interesaba saber si su madre había podido ordenar el departamento, regalo de sus suegros. Llegaron, y con placer de recién casada, constató que todo estaba primorosamente en su lugar. Todo, excepto la araña de cristal de Bohemia, herencia de su abuela, que la había traído de Europa. Lo que ella consideraba que le iba a dar el toque aristocrático al nuevo hogar.
-¿Qué pasó con la araña, mamá?
-Le pedí al portero que la colgara, pero me dijo que era imposible, que el tirante del techo está rajado, y para arreglarlo, vas a tener que llamar a un techista, porque para poner una viga nueva, deben romper mucho. Preferí que regresaran ustedes y decidieran.
-¡Cómo llamaste al portero!, Además de darle un lugar que no le corresponde, no me imagino qué autoridad puede tener para emitir una opinión así.
-Es que llamé a dos electricistas del barrio y dijeron lo mismo.
-Bueno, no te preocupés. Buscaré a otro que no se acobarde con el peso de la araña, pero que la cuelgo, ¡la cuelgo!.
Contaron a grandes rasgos y con grandes aspavientos las aventuras vividas en el sur y lograron que los parientes discretamente se retiraran. Muertos de risa, se dispusieron a disfrutar el nuevo hogar. Lo inauguraron. ¡Y cómo! Eran felices, tan, tan felices...
Avida de noticias, lo primero que hizo Amalia al día siguiente fue ir a comprar el diario y pedirle al dueño del kiosco que se lo enviara todos los días. Cuando tomó su dirección, el diariero la miró con asombro y no pudo evitar decir:
-Así que al fin se vendió el departamento del ahorcado.
-¿Cómo dice?
-Perdón, creí que lo sabía.
-Que sabía ¿qué?
-Nada, nada...
-Por favor no sé si habla en broma, pero le ruego que me aclare lo que dijo.
-Bueno, allí se ahorcó un hombre. No pudo soportar la muerte de dos de sus hijos en un choque de trenes. Yo creí que nunca se iba a vender. Cuando la gente se enteraba no quería saber nada. Y eso que bajaron el precio a una suma irrisoria.
-¿Dónde se ahorcó?
-En la sala. Lo encontraron colgado de la araña.
Amalia regresó al hogar impresionada. Asustada. Furiosa. Le dijo de todo al marido. Que ahora entendía la generosidad de sus suegros. Por chauchitas debieron comprar lo que les revolearon por la cara a sus padres. Que lo único que quería saber, es si él estaba en la trenza. Cuando su marido bajó la cabeza, no lo podía creer. No quería creer. Ella supersticiosa, no era. Pero vivir en el lugar donde había ocurrido tanta tragedia era otro cantar. Le gritó que pensara en venderlo, porque iba a permanecer allí, nada más que el tiempo necesario para hacer una transacción inmobiliaria. Alberto quiso hacerle entender que eso no era fácil, y que él no tenía dinero como para enfrentar la erogación que exigía la compra de otro departamento. Y además... ¿a quién se lo podrían alquilar? Si en cuanto se enteraran de lo que había ocurrido allí, todos dispararían. El inmueble parecía destinado a ser el eterno desocupado.
La fina araña fue a parar a la baulera. Un medallón de yeso decoró el centro del living.
La primera pelea la tuvieron esa noche. Amalia bajó a medias las persianas de toda la casa. Necesitaba luz. Tenía miedo. Él para dormir necesitaba oscuridad. Cómplice oscuridad hasta la noche anterior. Ella se salió con la suya. Pero algo se quebró en la relación. A la desconfianza, se añadió la disconformidad.
Las noches eran tensas. Amalia comenzó a mirar a su marido de otra manera. Si antes era fino, buen mozo, generoso, ahora lo veía flaco, enjuto, retorcido. Fueron vanos los ruegos a través de muchos años para convencerlo de que lo mejor que podían hacer, por ellos, era mudarse. Ambos sabían que la relación deteriorada, iba barranca abajo a una velocidad pavorosa. El se escudaba siempre en la falta de dinero. Firme. No pensaba moverse de allí. Y por obra y gracia del Espíritu Santo, llegó una hija. La llamaron Beatriz. Hermosa, buena. Tan, tan hermosa y tan buena, que logró que su madre olvidara sus temores. Hasta que una noche de tormenta, Amalia se despertó con el golpeteo de las ventanas del living. Saltó de la cama y corrió con miedo de que los vidrios de las mismas se rompieran. En la puerta de entrada al ambiente se detuvo, petrificada. Una sombra, colgada del techo, se mecía lentamente en elcentro de la sala. Gritó, gritó, hasta que su marido, de un cachetazo, logró hacerle entender que lo que ella veía era el balanceo de un cartel exterior, hamacado por el viento. Amalia miró a Alberto con odio. Temblaba tanto... Se dió cuenta de que nunca le iba a perdonar lo que le estaba haciendo. Le estaba arruinando la vida. A lo mejor quería que perdiera la razón. ¿Por qué no? En las novelas ocurre.
A partir de esa noche, no durmieron más en la misma habitación. Ni nunca más juntos. Preparó el cuarto de servicio como dormitorio para su hija, y ella ocupó el otro.
Pasaron los años. Beatriz se recibió de arquitecta. Se puso de novia y comenzaron los preparativos para el casamiento.
Un día llamaron de la oficina de Alberto. Había tenido un infarto. Había fallecido.
Cuando un escribano amigo citó a las dos mujeres para la apertura del testamento, Amalia se preguntó qué significaría eso. Vivieron bien, pero como para heredar algo... ¡Si Alberto siempre lloraba miseria!.
El monto de lo heredado era tan importante que no lo podía creer. ¿De dónde había salido tanta plata? No uno, tres departamentos podrían haberse comprado, o más. La cabeza le daba vueltas, no entendía nada. Parecía una trampa demoníaca. Como si fuera poco dejaba establecido que sus restos debían ser cremados y sus cenizas arrojadas al río. ¡Que te creme otro, yo ya te enterré y ahí te vas a quedar!.
Inmediatamente comenzó la búsqueda de su nuevo hogar. Le sobrara el dinero. Consiguió lo que quería. Chico, luminoso, con vista al río. Cuando le insinuó a su hija poner en venta el viejo departamento, Beatriz se negó. Se sentía a gusto allí, tenía las comodidades que necesitaría cuando se casase, las amigas cerca. No se animó a contarle la leyenda que rondaba el lugar. Había pasado tanto tiempo, los miedos se atenúan, y a lo mejor su exacerbada sensibilidad había hecho el resto. Que se lo quedara.
Beatriz se casó. Su hogar se vio alegrado con la llegada de dos hijos. Marcela y Federico. Marcela se distinguió siempre en todo. Brillante alumna, brillante universitaria, brillante con el sexo opuesto. Federico, acomplejado, tan, que de alumno mediocre y tímido, pasó por períodos depresivos. Para sacarlo a flote, consultaron a una psicóloga, que poco o nada pudo hacer. Con los padres no hablaba. La única que lo entendía era la abuela Amalia. Para él era un placer visitarla. Ver los veleros en el río. Contarle sus cosas. Ella lo escuchaba, y él se abría cada vez más. Hasta proyectos hacía. ¡Qué importante es el apostolado de oreja! Todo se venía abajo cada vez que hablaba con su madre. A Beatriz lo desquiciaba ese hijo opaco, inseguro. Y un día lo tuvo que internar en el Cenareso. Salió después de un año. ¿Curado?. Aparentemente. Hasta que algo detonante lo sumergiera de nuevo en el infierno de las drogas.
Una tarde, Amalia fue a visitar al nieto. En cuanto entró a la casa, lo primero que vio fue colgada en el living la valiosa araña de cristal de Bohemia.
-¿De dónde la sacaste?
-¡Mamá de dónde va a ser!. De la baulera. Todavía no me explico porqué no la colgaste. Le da un toque chic a la casa.
-¿Quién la colgó?
-Sergio, el electricista.
-Yo no la colgué, porque me dijeron que los tirantes no estaban firmes. Deberías asegurarte.
-Lo hice. Porque Sergio no se explica cómo teniendo algo tan valioso, hayas pegado esa baratija de yeso en ese lugar. Y me vas a disculpar, mamita, pero tengo una entrevista importante. Tal vez me den una obra. Hace falta el dinero con todo lo que estamos gastando para el casamiento de Marcela. Pero quedás en compañía de tu nieto preferido. A ver si sos capaz de sacarle alguna palabra. Ah! Los otros días recordé el último deseo de papá. ¿Pensaste en su cremación? A mi no me hace gracia hacerlo, pero me gustaría cumplir con su voluntad. Si vos no te animás, buscaré a alguien para que me acompañe.
-No, es mi obligación.
Y fue sola a Chacarita. Cuando retiraron el ataúd del nicho, supo que tendría que reconocerlo. Sacó un grueso fajo de billetes y miró al empleado del cementerio.
-Usted lo va a reconocer mejor que yo.
-Sí, señora.
Le entregaron los restos en un cenicero, que colocó en un bolso. Cruzó a la confitería de la esquina, para tomar algo caliente. A qué velocidad trabajaba su cabeza. Debía de estar volviéndose loca. Cómo era posible que le hablara al contenido de un bolso. Y sin embargo le estaba recriminando toda su juventud arruinada por su alma usurera.
-Todo para qué. Mirá en que viniste a parar. ¿A qué hora habrá tren? Tren... ¿para qué? Tengo plata de sobra para irme en un taxi. Eso es lo que haré.
Sentía un placer insano en desparramar billetes. Como lo iba a desparramar a él. Pasó al baño. El viaje hasta el Tigre iba a ser largo. Cumplidas sus necesidades, giró para tirar la cadena y una fuerza poderosa hizo que fijara su mirada en ese hueco sucio, usado por tantos... Miró el bolso. Como una autómata sacó el cenicero del mismo, lo destapó y lenta, lentamente, tiró el contenido en el inodoro. Ahora sí, hizo correr el agua y con sádico placer vio como el remolino se llevaba al causante de tanto sufrimiento. Con cuidado tapó la urna, la puso nuevamente dentro del bolso y corrió el cierre del mismo. Abrió la puerta del baño y con la frialdad mas absoluta, lo tiró dentro del gran cesto que estaba a la entrada de los sanitarios.
Esa noche durmió plácidamente, como no lo había hecho en mucho tiempo.
El día del casamiento de Marcela, tuvo que soportar el griterío de su hija a través del teléfono. Que el atorrante de Federico quería ocupar la pieza que iba a dejar libre su hermana, que argumentaba que el sol le hacía bien. Que ella le había contestado de qué sol le estaba hablando, cuando se lo pasaba durmiento. Que no pensaba aflojar, que siguiera en el cuarto de servicio, que ya era demasiado para él. Además ella ya había diseñado todo para hacer de allí su lugar de trabajo. Amalia ni siquiera contestó. Sabía que era inútil. Cuando todo esto acabara, hablaría con su nieto. Estaba en condiciones de comprarle algo pequeño, donde se sintiera a gusto. Tal vez ese gesto de confianza serviría para darle seguridad. A lo mejor conocía alguna buena chica. Se lo merecía. Haría lo necesario para sacarlo adelante. Esa era una deuda que la vida tenía para con ella. Y se la iba a exigir.
La Iglesia resplandecía. La novia resplandecía. Los padrinos resplandecían. Cuando observó comulgar a su hija pensó, cómo podía realizar un acto tan sagrado cuando pocas horas antes había menospreciado e insultado tanto a ese otro pedazo de su ser, tan necesitado de cariño y comprensión. ¿Cómo dice el Evangelio? “...si al llevar tu ofrenda al altar, recuerdas allí que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda delante del altar y vete antes a reconciliarte con tu hermano; después vuelve y presenta tu ofrenda”. Se sentía asqueada ante todo ese despliegue social. Tuvo ganas de sacudir a su hija. Por mas que lo intentó no pudo localizar a su nieto en el lugar. -Irá directamente a la fiesta, pensó-. Cuando tampoco lo encontró allí, decidió ir a buscarlo. Todavía tenía las llaves de su antiguo hogar. Una amiga la acompañaba. No hablaban. Amalia venía cargada de premoniciones. La ausencia de Federico en la fiesta de casamiento de su hermana, la había angustiado a punto tal, de sentir que se ahogaba.
Abrieron la puerta del departamento. Sólo necesitaron prender la luz del hall. Sobre el telón de fondo de la penumbra producida por las persianas a medio bajar,pendiendo de la araña de cristal, la figura todavía se balanceaba.
Las flores muertas
Por el
dolor, un terrible ardor de huesos rotos que jamás había yo sospechado, me
habré partido el espinazo. ¿Dónde estoy? Este mareo, el vértigo... No puedo
salir de esta incomprensible bruma. Pero debo recordar…
¡Sí, lo
veo de nuevo! El tren se quedó varado en La Reja, y al rato pasaron guardas a avisarnos que
la cosa iba para largo. Me bajé, fui inútilmente a una remisería, y como a la
media hora logré encontrar un taxi.
La
niebla hacía que el tránsito a Capital se desplazara con lentitud. Pero yo
estaba muy ansiosa por llegar cuanto antes al laboratorio: a las 11:00 caería
una anunciada inspección.
—Si no
es molestia —le dije al chofer—, ¿puede acelerar un poco?
El tipo
se dio vuelta para mirarme, fastidiado.
—¿No ves
cómo está la calle, piba? —me dijo, sonriente, y en un destello (acaso por
culpa del brillo metálico de algún coche, aunque no puedo asegurarlo) esa
sonrisa cínica me recordó la de una calavera.
Y
entonces se hizo un claro en medio del camino y él aceleró y de pronto tuvimos
de frente la trompa de un camión y hubo un volantazo a la derecha y hubo un
estallido y rodamos y rodamos y rodamos...
Vivo en
Mercedes. Trabajo en Buenos Aires. Todos los días abordo el tren que me deja en
Once. Mi casa es una de esas antiguas de principios del siglo xx:
nuestras habitaciones dan a un jardín fragante de azahares. Esa mañana,
mucho menos temprano que de costumbre, yo pasé debajo del limonero con mucha
prisa y con la cabeza en la inspección: me había demorado estúpidamente en el
maquillaje y corría peligro de no llegar al tren de las 06:15. En ese momento
algo cayó pesadamente sobre mi hombro. Algo que me hizo detener a pesar de la
hora. Fue girar apenas la cabeza y descubrir que llevaba a cuestas un gusano
cubierto de pelos. Sus extraños ojos verdes y grisáceos se fijaban en los míos,
y el asco me erizó la piel.
Marisel
anda cerca, pensé. ¡Ella y sus berretines de entomóloga! Para mi hermana, el
limonero de nuestro jardín es lo que un lago para el criador de truchas: allí,
entre sus ramas, ayudada por mamá, Marisel le roba tiempo a la aguja y a la
lana para cultivar sus horribles gusanos.
Pero, además de horrible, este era enorme, envolvente. De un capirotazo
me lo saqué de encima y lo reventé de un pisotón contra los baldosones del patio.
Una especie de gelatina babosa me salpicó de amarillo hasta la rodilla.
Disgustada miré el reloj: no podía lavarme las piernas, no tenía tiempo más que
para pasarme una toalla mojada. Pero cuando quise volar al baño no conseguí ni siquiera avanzar un paso: anclada bajo el
limonero florido, me pregunté qué me estaba sucediendo, pensé en una embolia.
Pero no, yo seguía lúcida. Tan lúcida como para ver que esa viscosidad amarillenta subía y subía más allá del borde
de mi pollera. Ya la adivinaba en el muslo, lamiéndome como una caricia más y
más lúbrica. Aquella obscenidad se iba apoderando de mí… y pronto no sentí ya
ninguna sensación. ¿Qué me estaba pasando? Recuerdo que atiné a pedir socorro:
—Mamá…
Marisel, hermana… ayúdenme.
¿Soy una
oruga? Soy una oruga. Una pegajosa oruga de unos diez centímetros de largo, que
desde abajo se pregunta cómo llegó a considerar al limonero de todos los días
una impenetrable secuoya.
No me
atrevo a intentar moverme. ¿Podré? Pero mis decenas de patas encuentran el
sentido de la coordinación, y trabajosamente comienzo a amblar con esos
imposibles ambulacros. La pared descascarada me orienta: trataré de pasar entre
los macetones de helechos y llegar hasta mi dormitorio. Trataré de meterme en
la cama, y… ¡a otra cosa mariposa! La pesadilla quedará como lo que es: una
burda invención que disipa la victoriosa luz de la mañana. Contemplaré frente
al espejo mi cuello terso, no estas anillas ásperas.
Con
lentitud me voy deslizando a través del patio. Oigo pasos, que ahora suenan para
mí como truenos.
—¡Mamá!
—grito.
¿Grito? Es
un decir: me sorprende la lánguida vocecita que emiten mis labios diminutos. Es
imposible llamar así la atención de mamá. Y, de lograrlo, ¿qué imaginaba yo?
¿Que ella vendría a mí con la mejor de las sonrisas para alzarme y acunarme
entre sus brazos?
Tengo que
esconderme, me dije. Si hay algo que mamá no soporta es la presencia de un
bicho fuera de lugar. Otra que sonrisas y palabras dulces: o bien me lleva con
mis nuevos hermanos, o bien, por desobediente, me aplasta. O me achicharra la
piel con algún insecticida, vaya a
saber. ¡Qué sueño más raro!
Afortunadamente
pasó de largo, seguro que a prepararle el desayuno a su adorada Marisel: sé
que, cuando yo estoy en el trabajo, ellas se la pasan hablando entre medialuna
y medialuna. Y después la siguen mientras tejen y tejen, meta darle a las
agujas y a la lengua. Total, la que labura soy yo.
Sigo rumbo
al dormitorio. ¿Cómo puedo estar tan despistada, no darme cuenta de la altura
de los escalones? Lo intento, lo intento, pero la superficie es muy lisa y
resbalo: nunca los subiré.
Hay que
encontrar un refugio, mil peligros me acosan.
El gato.
El gato...
¿dónde estará? ¿Le gustarán las orugas? Nunca lo vi tragarse una, pero hace un
par de años tuve que sacarle de las garras a un pobre ratón. De pronto cruza
por encima de mí una sombra gigantesca: mamá, que vuelve con su escoba y me
revolea patas arriba en un rincón junto con las hojas. Quedo inmóvil, hecha un
ovillo de terror. Cuando me doy cuenta de que el riesgo ha pasado, me
desenrollo. Pero la impotencia de haber caído invertida me obliga a hamacarme
hacia un lado, luego hacia el otro… Un envión más, y por fin en posición normal
de nuevo.
¡Cómo me
cuesta atravesar las lomas del jardín!
Me voy
aproximando a la huerta del fondo, y me revitalizan olores familiares. Aunque
me resulta difícil situarme en esta enormidad que me rodea. Pero es entonces
que una punzada de hambre me hace ir por algo dulce. ¡Nunca sentí una necesidad
tan imperiosa de azúcar, como una sed que me quema! ¡Al frutillar, ya mismo!
¡Al frutillar del abuelo Honorio, que nunca dejó cortar una sola fresa a nadie!
Creo que me tomaré una pequeña venganza… Penetro en esa selva con mis
mandíbulas poderosas, hasta que descubro frente a mí una robusta y madura
frutilla. ¡Tan roja y apetitosa! Un mordisco, otro en una más grande y más
colorada, otro en otra… y mi incursión punitiva y mi gula no tienen fin.
Me
encuentro al pie de uno de los paraísos. ¿Qué recuerdos tengo yo de esto? No sé, pero comienzo a trepar por su tronco.
Me agrada carcomerlo un poco. Continúo mi ascenso. Elijo una gruesa rama,
tupida en su follaje: es hora de descansar.
Clavo en la
corteza las minúsculas uñas de mis patas traseras: he comido demasiado, y la
suave modorra me hace temer una caída. ¡Socorro...! ¡He quedado colgada de un
pedúnculo sedoso! Entonces siento un retortijón, una como convulsión de gases
glutinosos. Algo proviene de mis tripas, se abre paso desde lo profundo, puja
por eructar de mi boca. ¿Vomitaré por fin tanta frutilla? Me lo merezco, diría el abuelo. Pero no, es
algo gelatinoso lo que estoy expeliendo. ¿Qué es? Se va endureciendo y me está
rodeando. No, esto no puede ser: ¡descubro que soy una oruga claustrofóbica! Y
la sustancia me invade, me invade. Termina por cercarme en un capullo
suavemente almohadillado por dentro.
Me he
acostumbrado a dejarme llevar, a dormir en esta cápsula tibia y acolchada. A
sentir que algo se transforma dentro de mí, a presentirme distinta.
Sufro
desgarrones. Mi encierro es oprimente, debo esforzarme por salir. ¿Pero cómo?
Resulta penoso debilitar parte de mi envoltura, que se va rasgando. Me deslizo
hacia abajo, un embrión maduro que asoma tímidamente y se aferra con
desesperación a lo que queda de esa traslúcida crisálida.
Balanceándome,
alcanzo una rama cercana. Pero no puedo caminar… lo he intentado y por poco
caigo del paraíso con todo mi peso. ¿Qué es esto? ¡Algo ha crecido a cada lado
de mi cuerpo, me es imposible dominar este enloquecido torbellino de horror que
sacude mis antenas!
La
felicidad de la tarde —hermosa, soleada, cálida— contrasta con esta horrenda
incertidumbre. Pero los vestidos a mis costados… no soporto su humedad. Es…
malsana, no me gusto así. Creo que me será preciso calmarme, esperar. ¿Qué me
sucederá ahora? ¿Dónde están mamá y Marisel? Sé que es inútil llamarlas, y no
sólo porque no oirán esa imperceptible miniatura musical en que se ha convertido mi voz.
El viento
caluroso me da fuerzas. Me atrevo a mover con cuidado mis nuevas vestiduras,
las despliego. Ahora sí las siento secas, consistentes. Hago un ensayo: las
abro, las cierro, las abro, las cierro… y algo atávico me arroja al vacío.
¡Vuelo,
vuelo, vuelo! ¿Esta soy yo? ¿Esta belleza alada? ¿Esta frágil mariposa que se
refleja en el agua del piletón del patio?
Planeo y me
miro en esa superficie clara. Me admiro, mejor dicho. La pesadilla quedó atrás;
como quien dice, esto es un sueño. Si sufrí tanto para llegar a ser así, valió
la pena: me enloquecen las antenas largas, la brillantez de mi variado colorido
negro, azul, dorado y lacre.
Vuelo
libre, reconozco lugares donde he estado… ¿hace cuánto? ¿Cuánto tiempo pasé
dentro del capullo? No lo sé, no me importa. ¡Viva la libertad!
Sobrevuelo
por última vez la huerta, directo al jardín. Me acerco al fondo de la galería.
Con satisfacción veo que ahora sí puedo posarme sobre el primer escalón. Desde
aquí podré espiar los dormitorios de mamá y Marisel. Pero volveré más tarde. Ahora, a gozar del
sol y de la brisa.
Reconozco
con alegría el limonero en flor. ¡Qué exquisito néctar perfumado libo de sus
azahares! Embriagada en balsámicos dulzores, pliego mis alas para descansar.
¿Para descansar? ¡Qué poco dura lo bueno! Una pinza de dedos colosales me
atrapa, y por más intentos que hago por zafarme no lo logro. Desesperada, veo
venir hacia mí la afilada punta de una especie de lanza de acero. La punta
brilla amenazante, se me acerca lenta y fatal con despiadada
meticulosidad. ¡Ah, suplicio
inconcebible!
Mi destino
final: una caja que contiene una colección de mariposas. ¡Pero es que yo estoy
viva, Marisel! Me debato aún, aleteo débilmente en lo que el tremendo alfiler
me lo permite.
Nada.
Y ella me
abandona. Sabe que a su regreso seré una flor más en el tenebroso exhibidor.
Una flor muerta.
Me voy, me
voy ya... la luz se me apaga. Los ruidos del día me llegan como afelpados. ¡Qué
horripilante injusticia terminar así!
Los
párpados me pesan de sopor, aunque mis sensaciones no son del todo
desagradables.
Salgo
del sueño más y más… y voy cobrando conciencia de lo que realmente ha sucedido.
Y
recuerdo.
Recuerdo
el camión y el volantazo.
El
reventón.
El
vuelco.
Y la
oruga, la crisálida, la mariposa.
Y
Marisel.
¿Estarán
aquí ella y mamá? ¿Dónde me encuentro, verdaderamente?
Quiero
hablar. Al menos lo intento. Pero tengo la garganta reseca, la boca pastosa.
Al abrir
los ojos y girar mi cabeza, me descubro
entubada por todos lados: caños y cables huecos parten de mi cuerpo. Al lado
del botellón de suero, veo la sonriente cara de mi madre.
—Ánimo,
mi amor —me dice. Realmente su expresión es de dicha: tan mal no debo de estar.
¿Y
Marisel? ¿Habrá venido a verme también ella?
Me siento
flotar. Me imagino semihundida en un lago subterráneo, con una luz cenital
penetrando en las entrañas de la caverna. Luz que advierto, con los ojos de la
mente, en lo alto, en la superficie. Oigo voces que me llegan como a través del caudal de ese lago. Y
olores: el inconfundible aroma acre de los desinfectantes.
Intento
enfocar mejor, pero apenas puedo ver. Quiero abrir mis manos. Las ahueco y las
mantengo unos instantes cruzadas en mi pecho. Me tranquiliza ese movimiento.
Mamá me mira sin hablar. Separo mis brazos, los dejo caer al costado de la
cama. Pero la sensación es de que pesan como si fuesen de seda.
¿Qué me
sucedió? ¿A qué hospital me han traído? Estoy muy débil, ni hablar puedo. Me
derrumba una muelle somnolencia, trato de moverme un poco y me quejo. Mi
hermana… ¿Dónde está mi hermana? Percibo el nervioso entrechocarse de las
agujas de tejer, en el cruzar y descruzar de los puntos. Ahora oigo el suave
taconeo que se acerca. Y presiento su aliento agitado. Y huelo el limonero del
jardín entre la agria fragancia de los desinfectantes. Y cuando me preparo a
succionar de los azahares, dos garfios se apoderan de mis desgarradas
vestiduras, que apenas pueden aletear. Ahora sí que veo a mi hermana. A mi
hermana y su instrumento punzante.
––Vení,
vení —me dice, sonriéndome por primera vez en su vida—. Basta de mirarme con
esos ojitos de azabache. ¡Y te dejás de fastidiar con ese chirrido! ¿No
entendiste todavía que no estás para asustar a nadie, vos?
Y veo el
cielo. Y veo en la penumbra los muebles antiguos del comedor. Y veo la caja y
los instrumentos de coleccionista. Me retuerzo, quiero zafar de esas garras. Si
me quedo quieta, cuando Marisel se descuide con el frasco de éter intentaré
escapar por la puerta.
¡Mi
salvación! Los pasos de mi madre se acercan más y más. Ella me ayudará a salir
de esta pesadilla.
Pero mi
adorada madre se inclina sobre mí, curiosa.
––¡Marisel
––dice––, qué maravilla! ¡Mirá qué alas! Es la más grande y rara de toda tu
colección.
—Mirale la
espaldita, mami —Marisel está encantada—. Mirá el dibujo…
—¡Una
calavera!
—Exacto,
ma. La mariposa de la muerte. La esfinge de calavera.