BOLA DE CRISTAL
Alejandro Paredes
Debíamos conversar cosas importantes. No en cualquier parte, así me lo dijo. Por eso, de la noche a la mañana, lo decidió. Iríamos hacia el desierto florido.
El viaje sería largo, tal como en definitiva aconteció. Dormí durante gran parte del trayecto. No me importó lo pedregoso del tramo final del camino ni los recurrentes baches, que hizo del flamante sedán una simple coctelera. Llegamos a nuestro destino al atardecer, a eso de las siete de la tarde. Darío, que en su vida diaria llama la atención con su personalidad alegre-de hecho, esa característica fue la que gatilló mi interés en él- me despertó con voz grave. El estilo serio que adopta cada vez que se pone frente al volante-. Ya, ya. A sacudirse la modorra. Busquemos alojamiento y de ahí un lugar donde comer. Lo miré de reojo, con una leve sonrisa. Mi piel se erizó, al igual que en cada ocasión en que, desde que nos conocimos, se dirige a mí de esa manera; con esa voz de mando, viril, que me doblega sólo hasta el momento de la intimidad. Allí todo cambia. Sucumbe ante mi pasión. Es mío. Todo mío.
Estacionamos frente a un conjunto de cabañas de madera, cuyo colorido barniz me recordó la corteza de los arrayanes. Todas tenían un balcón que miraba en dirección al mar. Caminamos hacia la primera de las acogedoras casitas. Desde allí, observamos en un profundo silencio como la decreciente luminosidad del crepúsculo se diluía en el océano. Mi mano se mantuvo apegada a la de él por unos segundos, o quién sabe, tal vez una eternidad. Así, permanecimos ensimismados, sin pronunciar palabras. No nos dimos cuenta que poco a poco esa inmensa pradera azul fue transmutando, y que una espesa niebla cubrió el paisaje como una sábana gris.
Salimos de nuestro mutismo cuando los faroles ubicados entre las cabañas se encendieron al unísono. En ese momento reparamos que, tres metros más allá de donde nos hallábamos, una de las cabañas hacía de recepción, debidamente señalada en la puerta con esa palabra escrita, en estilizadas letras manuscritas sobre un mosaico hecho con pequeños trozos de cerámica azul y amarilla. Golpeamos. Casi de inmediato se abrió la puerta. Nos recibió un hombre que se presentó como el dueño del lugar. El tipo era alto, de cabello escaso, que aún denotaba un pasado azabache. Vestía una parka verde oliva, con su capucha colgando. Usaba unos lentes ópticos de marcos gruesos y oscuros, de diseño anticuado; creo que no veía unos así desde que era una niña. La primera vez que crucé mi mirada con la suya me sobresalté. Tal vez fue susto, no sé, o simplemente desconcierto. Uno de sus ojos era de apariencia normal. Vivaz y fresco como uva madura. El otro parecía el ojo de un pez muerto. Una bola que sobresalía de la cuenca. Rígido e inexpresivo a pesar de los minuciosos detalles de la pupila.
Darío trató rápido con él. Arregló la tarifa a cancelar por una noche y le preguntó en dónde se podía cenar, además del dato de algún boliche donde comprar para el desayuno. El hombre respondió solícito los requerimientos, pero, posiblemente debido a la soledad en la que vivía y estimulado por nuestra presencia, no paró de hablar-. Acá los turistas vienen a ver los islotes con pingüinos y el desierto florido. Nada más. Pero no alcanzan a percibir que el pueblo en sí está muriendo. Antes era famoso por los mariscos y la gran variedad de peces con que proveía su generoso mar. Ya no queda nada. Los hombres parten a otros rumbos y las familias se disuelven. Y si eres hombre y afortunado de tener mujer, no falta el galante ajeno con sus promesas. Te quedas solo. Tenga cuidado amigo, esta tierra está maldita, se lo digo en serio. Acá las únicas parejas las va a encontrar mar adentro, en las especies que pueblan las islas. Adán y Eva no son para estos pagos.
En el lapso de tiempo que contó todo aquello, no pude desembarazarme de la extraña sensación que me provocaba el tono sombrío de sus palabras, así como el percibir que dirigía sobre mí, a pesar de sus lentes, el llamativo ojo de vidrio. Sin embargo, un par de horas después, mientras comíamos en el único restaurante del poblado, sentí lastima de Oriel, así se llamaba, al enterarnos por boca del que oficiaba de garzón, del episodio que marcó su vida. Abandonado por su esposa, quince años atrás, la que en un arrebato de pasión lo dejó por un ex marino que llegó a bucear a la otrora fértil costa de Punta de los Sueños.
Más tarde, en la cabaña, mientras me arreglaba en el baño, pensé que ahora Darío abordaría el tema que nos llevó a realizar la larga travesía. Durante la mayor parte de la cena estuvo distraído y ausente, y bebió varias copas de vino, más de lo habitual en él. Pero ahora era el momento. Tal vez me daría la buena nueva de su divorcio; tema recurrente en nuestros once meses de relación. Sí, sí. Mi corazón comenzó a latir con inusitada fuerza. No habría más impedimentos a nuestra relación. Era el tiempo de nosotros; la oportunidad de materializar mi profundo amor hacia él en un hijo. El más anhelado de mis sueños.
Cuando llegué a la cama, perfumada a pétalos de rosas y apenas cubierta con un camisón calipso, me encontré con mi hombre que dormía. No puedo negar que sentí una leve desilusión. Mas, intenté comprenderlo. El largo recorrido, la semana agotadora recargada de trabajo que dejaba atrás, el vino.
Me introduje bajo la sábana lentamente, para no despertarlo. Lo observé con ternura durante un rato; las canas que poblaban el costado de sus cabellos, la piel tersa de su frente a pesar de sus cincuenta, que no eran tantos para los tiempos que vivimos, pero que provocaban recelo en mis amigas-. Es mucha la diferencia- decían algunas, aludiendo a mis veintiocho años-. Cuando se separan quieren probar pasto tierno, después te dejan-acotaban otras. Nunca les hice caso. Envidias. Para el amor no hay edad. Es lo que creo.
En la mañana al despertar, una sensación de sosiego colmó mi ser al percibir como un bálsamo musical el ir y venir de las olas. Un radiante e intruso sol se colaba en la pieza a través de los resquicios de las cortinas. Estaba sola en la cama. Me levanté en el acto y me acerqué al espejo ovalado ubicado al frente, en la iluminada pared pintada de un suave damasco. Pestañeé repetidas veces, como el rápido aletear de las mariposas, una costumbre que lograba desperezarme y que arrastraba desde niña. Ya en el pequeño living comedor, sobre la mesa, una gran y multicolor ensalada de frutas bañadas en yogurt y una taza con café en la que sólo había que agregar el agua, me esperaban. Luego de devorar el desayuno y de una rápida y refrescante ducha, me asomé al balcón desde donde divisé a Darío, que estaba sentado sobre un peñón, pensativo y ausente, ajeno al trajín de los botes unos metros más allá. Me dispuse a acompañarlo, pero al salir de la cabaña me topé con Oriel.
-Buenos días, señorita. ¿Cómo ha pasado la noche?- preguntó con amabilidad.
-Muy bien, gracias-contesté, sin detener mi andar.
-Hermoso día. Ideal para cruzar a los islotes.
-No sé, supongo- respondí, evitando el mirarlo a los ojos. No llevaba los lentes puestos, lo que me intranquilizaba.
-Si desean los contacto con los del bote.
-No, no. No hay necesidad. No tenemos tiempo. Partiremos de vuelta un rato más. En realidad nuestro interés era divisar el desierto florido.
- Pero si por donde llegaron ayer está lleno de flores. ¡Claro! Era un poco tarde. Lo más probable es que no se dieran cuenta. Pero tienen que apurarse. Son los últimos días. Así como aparecen las flores se van. Es igual que el amor. Efímero. Sobre todo cuando florece sobre arena.
-Lo miré extrañada. No entendí el motivo de su comentario. Lo sentí primero como un hombre amargado, traspasando a los demás las desdichas de su funesta experiencia. Pero en seguida, a medida que continuó hablando no pude dejar de percibirlo como una de esas charlatanas a las que acuden con frecuencia mis amigas, anunciando mil y un avatares de vida a los demás a través de su bola de cristal. Sí. Porque eso era su ojo. Una gran y entrometida bola de cristal.
Concluido de ese modo mi razonamiento, me deshice de él con controlada cortesía, algo confundida por su andanada de palabras, en especial las referidas a como sobrellevar el sufrimiento que, tarde o temprano, caería sobre mí.
¡Darío! – grité, cuando estaba a unos diez metros de su posición. Entonces, al escuchar mi voz, giró su rostro, recibiéndome con una tibia sonrisa.
-Tardé un poco. No podía sacarme de encima a nuestro anfitrión. Que tipo más cargante y espeso.
-Estoy de acuerdo. También conversé con él.
-¿Qué haces?
-Pensaba.
-Qué tanto pensar. Recuerda el desierto florido. Y lo hermoso de este lugar. Me recuerda la isla donde viví mi infancia. ¡Ven! Busquemos conchitas.
Sin pensarlo dos veces, me vi equilibrándome entre las rocas, con Darío detrás, que puso una cara de no entender nada cuando grité de júbilo:-¡Es un Sol. Es un Sol!- repetí, hasta que logré sacarlo de la pétrea pared a la que se encontraba adherido. -¡Tómale una foto!- le pedí-. No sabes lo que me emociona haber hallado uno de éstos. Cuando niña jugábamos a encontrarlos. La buena suerte acompañaba a quien daba con uno. Es la felicidad- concluí, mientras observaba el rostro maravillado de Darío ante la belleza del ejemplar que tenía en mis manos. De la familia de las estrellas de mar pero de mayor tamaño, y de una estructura tan fina y delicada que parecía labrada por el más virtuoso de los orfebres. Sus tonos dorados y de nácar refulgían y se irradiaban desde su centro hasta el vértice de sus decenas de triangulares lengüetas.
Con esa imagen bendita en mi mente, iniciamos el viaje de regreso. Atrás quedaban los malos augurios de Oriel, la bruma de la noche. El sol de mi infancia alumbraba el camino. Respiré hondo. Satisfecha. Extasiándome cada vez más con el paisaje que asomaba ante mis ojos. Deslumbrante. Como si Dios hubiera extendido un colorido e infinito mantel para nosotros. Eran cientos, miles de destellos que ondulaban acariciados por la suave brisa, una pradera mecida en el más perfecto vals de la naturaleza.
Le pedí a Darío que se detuviera. Bajé en éxtasis. Era asombroso. La arena seca, amarilla, caliente, y sobre ella, como levitando, ese enjambre florido y embriagador; añañucas amarillas y rojas, chinitas, suspiros de mar, patas de guanaco y otros ejemplares cuyos nombres desconocía. A unos trescientos metros, una manada de caballos, de pelaje blanco unos, un suave mostaza otros, disfrutaban de ese regalo, que ocurría tan sólo una vez cada una decena de años.
Durante un largo rato, disfruté del aroma perfumado que emanaba de las flores. Luego me tendí en la arena, intenté asimilar todo su calor y la energía vital de esa miríada de semillas que reposaban en su superficie. Me sentía por primera vez en años en un equilibrio con mi entorno, cuando un leve apretón de las manos de Darío en mis hombros hizo que abriera mis ojos. En un rápido giro lo abracé y busqué sus labios. Fue en ese segundo que percibí sus lágrimas. Lo abracé más fuerte aún, conmovida por su sensibilidad. Entonces se alejó de mí y se dirigió hacia el auto. Lo seguí. Ya dentro de él lo miré. Lloraba.
-¿Qué pasa, mi amor?- pregunté, mientras acariciaba sus cabellos.
Durante largos segundos fue todo sollozos. Luego con un pañuelo de papel secó sus humedecidos pómulos.
-No puedo. Es todo lo que pasa. No puedo.
-¿No puedes qué? ¿No puedes ser más claro?
- Intenté una y otra vez encontrar la manera de decírtelo. Amanda, Amanda. Trata de entender y perdóname. Por favor, perdóname. Tú te mereces lo mejor. Todo el amor del mundo. Yo te quiero. No sabes cuanto te quiero. He conversado con Victoria. Ella está enferma. Y ya sabes el problema de los niños. Vamos a intentarlo nuevamente. He sido egoísta con mi familia. Ahora quizás contigo. No sé. La decisión está tomada. No hay vuelta atrás.
No dijo más. Se encerró en su mutismo y prendió un cigarrillo. Luego hizo andar el motor. Así, fumando, avanzó por la sinuosa pendiente. El vehículo levantaba una polvareda tras de sí. Con mis ojos nublados miré hacia el lejano mar, a través del tul húmedo que cubría mis pupilas atisbé densos nubarrones que avanzaban. Zamarreado por una ventisca creciente el paisaje se tornó gris. El desierto florido ya no estaba.
Las siguientes horas no hubo palabras entre nosotros. Aguanté mordiéndome los labios los Nocturnos de Chopin que puso en la disquetera. Traté inútilmente de pensar en el Sol, el Sol de mis días felices, el Sol de mis ingenuas y bellas fantasías. Pero mientras más intentaba hacerlo, menos lo lograba. En cambio, aparecía como una maldición, una pesadilla, el ojo de vidrio de Oriel. Donde se posaba mi vista, allí estaba. En medio de los cerros ariscos, a través de la fina garúa que se dejó caer, en las primeras moles de concreto al llegar a la ciudad. No me dejaba tranquila. La asquerosa bola de cristal no me dejaba tranquila.
Cuando por fin detuvo el auto frente al edificio en que yo habitaba, lo miré fijo, pero digna. Sin ocultar mis llanto-. Por favor-le dije-. Por ningún motivo me busques. Por ningún motivo. Me mataste. Y muerta estoy para ti. Nada más puedo decir.- Mi voz entrecortada abrió paso al silencio. Bajé del auto. Con mi mochila al hombro. No alcancé a tocar el citófono. El conserje corrió a abrir la puerta. Luego solo recuerdo el eco de sus tacones golpeando las frías baldosas del piso, cuando se dirigía solícito a oprimir el botón del elevador.
La telaraña
Héctor, Humberto y Alejandro conversaban una “chela” el último viernes del semestre. A las siete de la tarde Valparaíso bullía, cientos de hombres y mujeres copaban supermercados, bares y restoranes. Los Pubs entreabrían las cortinas y los primeros rítmicos acordes de la noche sacaban chispas a los transitados adoquines.
“Sus relaciones habían sido un fracaso. Ninguna sobrevivió doce meses. Eran ya bastantes hombres en su vida como para preguntarse la razón por la cual ninguno de ellos superaba el listón del año…
-Por favor, no sigas, Alejo. Es muy aburrido- interrumpió Héctor con su característico tono adquirido en el exilio centroamericano. Tenemos dos semanas para trabajar el texto.
-Bien escrito, pero muy plano-opinó Humberto con su hablar lento y mesurado- vaya tarea que nos han dado, eliminar ripios del escrito y meternos en el personaje femenino para saber el por qué de sus fracasos sentimentales.
-Pero chicos, la respuesta es fácil. Esa jebita es una puta. Como todas las mujeres- sentenció el locuaz y moreno estudiante.
-¡Pero Héctor! ¿Qué barbaridad dices?- refutó Alejandro- no creo que los “nicas” sean así de machistas.
-Allá se nace y vive para joder. –Si tu mujer te sorprende en la plaza besándote con otra, y te espera en casa para enrostrártelo. Niégalo. Una y otra vez. No eras tú. Terminarás convenciéndola- palabras de un “profe” sabio, allá en Managua.
-¡Uyuyuy! Qué valiosas enseñanzas. Vas a llegar lejos así ¿o no, Beto?
- Cada cual con su manera de pensar ¡que más da! , lo único que tengo claro es que esa mujer necesita un sicólogo, tiene serias carencias afectivas. Creo que por ahí hay que darle al personaje. Me recuerda una amiga que tuve hace un par de años, su problema; ella me lo confidenció; era que no sabía decir no. Le resultaba imposible negarse a los primeros requerimientos, a las primeras presiones, terminaba acostada en la primera cita, luego se arrepentía. Transitaba de cama en cama. Nadie la tomaba en serio.
-Es decir, una puta- no me canso de repetirlo.
Héctor y sus frases descomedidas, y mira ahí en la barra ¡qué hembra! Mejor cambiemos el tema, dejémoslo para la vuelta, cada uno la trabaja como quiere ¡Dios, que jebita! Una vez más.
-Es artista; escultora y artefactos visuales-, acotó Humberto, a fin de mes expone en la galería de la universidad. Pues, ¡salud por ella! (Jano) y ¡salud! Las jarras que chocan, la espuma que cae, los nudillos en las gargantas que se alborotan al tragar, por el fin del semestre, por la amistad, no me llamen al celular( Héctor), me voy al sur en dos días, me desconecto.- ¡Qué jebita!- repite y tú, Jano ¿que harás?; cine y lectura; además de trabajar en nuestro personaje, también creo que son carencias ….- ¡Déle con la misma! – alardea Héctor meneando la cabeza en un gesto de desaprobación-. Es más fácil por el lado de que es puta- insisto, insiste mientras Beto y Jano se levantan.- Chao hermanos, dos viernes más acá mismo. Yo me quedo, con la del estribo, y Jano que parte con su mochila al hombro a tomar el bus a Santiago, Humberto se deja caer donde Silvana, la polola de turno; hoy tus ojos están más verdes que nunca; le dice ella al verle llegar y él: ¿por que crees tú que una mujer puede tener tan mala suerte con los hombres? Dímelo como mujer. Carencias afectivas- eso creo. Hummm..... Está bien. Buena respuesta.
Héctor se dirigió al mediodía del domingo hacia la feria de Plaza O’Higgins. Necesitaba matar el tiempo. Esa noche viajaría. Durante un rato presenció las partidas de ajedrez que enfrentaban a ocasionales rivales, después hojeó libros y admiró antigüedades. Llamó su atención la figura de un niño ángel de cerámica policromada; la expresión de sus ojos, la inclinación exagerada de ellos le confería una mirada de aspecto diabólico. Se inclinó, la tomó en sus manos. Cuando la regresaba a su lugar escuchó una voz femenina a sus espaldas. - Traen mala suerte, te convertirás en una de ellas. Dio media vuelta, sorprendido. Era ella. La reconoció de inmediato. La escultora. Entonces improvisó la mejor de sus sonrisas seductoras. La mujer rió.-Te vi en el bar el viernes, sí que les gusta discutir a ustedes ¿qué tanto? -Tonteras. Discutíamos tonteras. Disculpa, me presento. Mi nombre es Héctor, un gusto.- Sabina, el placer es mío.- ¿Sabina? Me recuerda el personaje de una novela, de Kundera. -Sí. La leí. Me llamo igual. -Supe que inauguras una exposición ¿de qué trata? -Artefactos, esculturas, puestas en escena, de todo un poco, la soledad del ser humano, lo efímero de la existencia, la levedad. ¿Ya ves? - ¡Ah! Interesante. -Es todo lo que tienes que decir, vamos, te invito a una avant premier. Almuerza conmigo. -Y bueno.
La bruma de los cerros abriendo paso al jolgorio, al trompo de las palabras, avenida Francia hacia arriba, las escalas. -¿Las subes todos los días? -Todos los días. Un breve silencio.- (Qué hermosas piernas, qué culo perfecto ¡ay de mí!). - Falta poco, aquel caserón rosado, el del balcón de madera. Unos pasos más. Por fin llega. -Veo que te cansaste, toma asiento mientras preparo un jugo.- No-la voz entrecortada-¡Qué me voy a cansar! Juego fútbol dos veces por semana.
El vino, el estofado; que bien cocinas; hay que hacerle a todo; ¿por qué una mujer fracasa en todas sus relaciones? pues, estará ansiosa, se le notará, no sé, tendrá que averiguarlo, señor escritor. Sabina se ríe con esa risa cómplice, maliciosa, de quien está jugando al corre que te pillo. Es alta, de largos cabellos azabaches, sus ojos almendrados le confieren a su mirada un halo de misterio, insondable. Se sienta en el sofá de cuero negro, se levanta, de improviso deja caer su falda hecha de cuadrantes tejidos de lana; naranjas, verdes, rojos. Un arco iris. Emergen sus piernas recias, mástiles de carne compacta, cubiertas por unas ballerinas lilas. Héctor, la mirada enmudecida, ávida. Sabina, ágil como una pantera se introduce en un overol azul que saca del ropero, lo abotona, recoge su cabellera, hace un moño, lo asegura con un cole fucsia. –Ya señor-le dice-sospecho que debe estar intrigado ¿se dignaría en acompañarme arriba? Cuidado con la escala, es estrecha y empinada.
Tras el último peldaño Héctor se encontró en un laberinto atiborrado de artificios metálicos, algunos trabajos labrados en piedra, pero lo que resaltaba sobremanera, era la presencia de una serie de figuras con rostros angustiados emergiendo de la madera, gestos de seres prisioneros en una lucha infructuosa. Avanzó agobiado por las sensaciones que provocaban en él las extrañas esculturas, hasta llegar, luego de sortearlas, al resto del amplio salón.
A través de las cortinas entreabiertas del ventanal contiguo a la terraza, se filtraba la luz de la tarde, que caía como suaves oleadas sobre un entramado de pilares de madera, que unidos entre sí por sogas de cáñamo, formaban un enrevesado de líneas cruzándose, y en el cual, a diferentes alturas, pendían una decena de figuras similares a las de la antesala, pero pálidas cual espectros, al parecer confeccionadas en yeso.
-¿Qué te parece mi telaraña?-
-Extraordinaria. La desolación del ser humano, el desvarío, su soledad en el universo. No, no, tal vez, si hilamos fino, podría interpretarse como la incomunicación que afecta al Homo Sapiens, fagocitado en la red virtual.
-Humm. Interesante. Todo un filósofo. Muy agudas sus observaciones- dice Sabina, mientras toma en sus manos una sierra eléctrica que permanecía arrumbada en el piso.- Pero es hora de trabajar, debo completar la obra ¿me ayudarías a extender un metro los bastidores? Necesito dar espacio a una última escultura.
Mientras sostiene el extremo de la viga, Héctor observa embelesado el desplante de Sabina, la precisión de los cortes en el madero, lo sensual de sus ademanes dentro de ese traje de obrero. -¿Te aburres? - Para nada, responde.- ¿A qué hora partes?- Difícil partir cuando se está en el paraíso. -Vaya si sabes galantear. Y la risa, y otra vez el trompo, y en ese mueble hay un par de vasos, y ron cubano, no sabes cuanto me gustas, el tilín tilín de los cristales, como campanas. Tengo música brasileña. “Un día de domingo”.
El sol fue bajando sus alas como un abanico que se cierra; vela e incienso. ¡Salud! El palpitar explosivo de la carne; adiós viaje, aquí me quedo; y es lunes y las sábanas tibias son un velamen detenido; la única brisa eres tú en mis entrañas; y vaya que sabes ser galante, otra vez. Me gusta que me amen repetidamente, mañana y noche. - Eres una fiera, una pantera- le digo.- ¿Qué escribes? pregunta en los descansos. La historia de una mujer. ¿La que pierde a sus conquistas? A lo mejor es insaciable, nadie puede satisfacerla. Tal vez, no lo había pensado, me la jugaba con que tenía carencias afectivas, y rió (pobres muchachos, se confirma mi teoría). Pues, me muestras tu escrito cuando termines, soy buena detectando ripios en los escritores. Y es martes y el trompo no deja de girar ¡Paella! Eres toda una diosa en la cocina. No. Pa’ ti. Y más risas, duerma siesta, me dice, después escribe. ¿Me dejarías hacer una máscara con tu rostro, la escultura número trece? No sirvo para esos gestos angustiados, tal vez, voy a pensarlo. Pero no. No hay tiempo para pensar, los días navegan entre placeres, (los muchachos, cuando se enteren, no me la van a creer). ¿Cómo va la escritura? pregunta el jueves. Bien, bien le digo. Panqueques de camarones. ¡Ayayaicito! -Vamos al dormitorio- ordena luego de almorzar. -¿Otra vez? Ya no puedo.
Los músculos agarrotados el viernes a mediodía -¡Qué manera de dormir! - Siente que lo remecen. La voz de Sabina suena diferente, aguda como una esquirla. -¡Vaya el machito! -exclama, mientras hojea el cuaderno que dejó en el velador. Sus escritos.
--¡Eres como todos! ¡Como mi padre! ¿Así es que puta?
--¿Qué pasa? Es ficción, la mujer insaciable.
--Eres igual a él, repite. Mi maldito padre. Como abusaba de ella, olía a alcohol barato. Todas las hembras son putas, repetía, y la golpeaba, a mamá, la pobrecita.
Los ojos vidriosos, labios apretados ¿Crees realmente que se abandona a una mujer por ramera?- No, no, tranquila (¡qué chuchas!) Es sólo ficción, un personaje intenso, que llama de inmediato la atención. ¡Eres un bastardo! La voz alzada, como rugido de hembra herida, las manos encrespadas, el gesto tenso que arquea sus cejas. Mejor subo, dice con rabia contenida. Me asquea tu machismo.
Héctor queda perplejo, sentado en el sofá, con cara de lagartija agarrada de la cola. No entiende. No entiendo, dice, ¡qué chuchas pasó! Se pasea de un lado a otro del dormitorio, fuma un cigarro, luego otro, y otro. Que jeba densa, mejor la dejo. Llena un vaso con ron, puro. Lo sorbe rápidamente. Escribe dos horas. Repite el trago. Escribe, bebe, escribe, bebe. Se echa a la cama. Piensa en los muchachos. Tengo que verlos. Contarles. No me van a creer. Bosteza. Duerme otra vez.
Un murmullo lejano, agudo, que le recuerda de niño el viento ululando en medio de los pabellones del cementerio, lo despierta. La cabeza como un saco de piedras. La pieza está oscura. Mira por la ventana. Es de noche. Densos nubarrones de sinuosa anatomía se ciernen sobre el puerto. La bruma hace difusa la bahía. La sirena de un barco, gruesa, lúgubre, lo estremece con su lamento de coloso extraviado.
En la casa se respira un silencio absoluto, lúgubre. Sube al taller. Sabina no está. Pasea bajo el entramado de sogas. Tira de una. Las figuras flotantes se mecen suspendidas, con sus rostros sufrientes, el cimbreo produce un sonido apagado, como un quejido. Hay un espacio en un extremo. La figura que falta. Un escalofrío sube por su espalda. Vuelve al dormitorio, se pone su pulóver rojo, toma sus escritos. Es hora de marchar, se dice.
Antes de salir pasa por la cocina, abre el horno, lo cierra. Levanta la tapa roja de la olla enlozada que descansa sobre el fogón apagado. Está vacía. Coge un plátano de la fuente de vidrio ubicada sobre el refrigerador y lo ingiere con avidez.
Al retirarse divisa una luz tenue, difusa, proveniente de la pieza ubicada al final del corredor, la de los “cachureos” le había dicho Sabina. Un mal presentimiento lo hace alejarse. Me voy, se dice, una vez más.
Afuera, la ventolera zarandea los postigos de las ventanas, hace crujir las techumbres, levanta polvaredas en los callejones.
-¿Eres tú?- escuchó la voz lejana, pero envolvente de Sabina, cuando giraba la manilla de la puerta. Se detiene. Vuelve sus pasos hacia el corredor, hacia la pieza desde donde emerge esa luz tamizada. Al llegar a ella, en el centro, rodeada de muebles y viejos artefactos apilados, descubre entreabierto, a ras de suelo, un cuadrante de madera sujeto por un vástago. La entrada al sótano. Se acercó. ¿Eres tú? Escuchó otra vez.
Bajó por la angosta escala con cuidado. A medida que descendía distinguió dos anchos pilares de ladrillo rojizo. Dos metros más allá, en una mesa apoyada sobre la pared, también de ladrillo, se encontraba Sabina, enfundada en su overol de trabajo, sus pestañas estaban blancas, entizadas, al igual que sus cabellos y sus manos. Lo recibió con una sonrisa. La última, pensó Héctor, me despido y me voy. ¿Qué tal mi rincón secreto? Acá le doy el aspecto final a las esculturas, preparo masillas con pegamentos y otros materiales, luego los añado, paso a paso. Héctor hace un ademán de retirarse. ¡Espera! Le ordena Sabina, mientras se enjuaga en el lavamanos empotrado en uno de los pilares. Se dirige al desvencijado armario del rincón, lo abre y retira una bandeja con un jarro de vidrio y vasos. El brindis del adiós, vino tinto con duraznos, le dice. Héctor titubea un segundo. Parece notar en el tono de sus palabras un dejo de rabia contenida, sarcasmo y despecho al mismo tiempo. Pero finalmente cede. Alza el vaso y lo huele con cautela. A través del vidrio observa a Sabina que lo mira. Seria. Bebe de una vez. Vuelve a llenar el vaso y repite la operación. Me voy, le dice con su pecho erguido. Ya llevo muchos días acá y debo ponerme las pilas con el estudio. Te vas, repite ella, le llena otra vez el vaso. Sí, me voy, y vuelve a vaciar el líquido en su garganta, los trozos de fruta embebidos en el mosto, su dulzor embriagante. Te vas, escucha, mientras ve el fluido caer en el interior del vaso como una cascada, y de ahí como un torrente a su sistema digestivo. Me voy, la sonrisa estúpida, la lengua pesada como un trapo empapado, los movimientos lerdos, con una lentitud de fardos arrastrados. Ven, descansa acá, le dice ella, mientras extiende un mantel de plástico rojo sobre la mesa de trabajo. Lo ayuda a recostarse. ¿Qué sucede?, pregunta él con su mente envuelta en nebulosas, la respiración jadeante. Todo se mueve a su alrededor, los pilares de ladrillos se angostan y ensanchan como en un espejo deformante, la ampolleta que ilumina el pequeño subterráneo se acerca y aleja, al ritmo del intermitente subir y bajar de sus párpados.
-Lo que sucede es que esto se acabó. ¡Se acabó!- le grita. -¡Se acabó! le repite.- ¿Qué se creía el señor escritor, aprovechar hasta hartarse y después chao? Como en tu estúpida y vulgar historia. ¿Olvidaste la levedad, que nada es para siempre ni como tú lo deseas? ¿Qué quieres que te diga? ¿Tus escritos? Como tu vida. Una mierda. ¿Lo sabías? Llenos de ripios, de frases y situaciones rebuscadas, comunes. “El trompo de las palabras.” ¡Já! O la protagonista: puta, carencias afectivas. ¿Qué original, no? Nunca pasó por tu cabeza la posibilidad que la mujer queda sola, una y otra vez, porque también una y otra vez cree en vuestras palabras, entregada con candidez, incondicional a las farsas que ustedes, malditos mentirosos, elaboran hasta el más mínimo detalle. ¿Qué fácil ser un seductor, no? ¡Mentiras y más mentiras! ¡Mierda, pura mierda! Igual que tú, como mi padre, como todos los hombres. Un machista egocéntrico y egoísta. ¡Un ripio! Eso es lo que eres. Un ripio que hay que eliminar.
Héctor permanece suspendido en su expresión bobalicona, aturdido por la diatriba de la jeba. Tiene calor, mucho calor.-Tengo calor-le dice en un balbuceo ininteligible.- ¿Qué me diste?- la voz lenta, pegajosa, como una babosa arrastrándose.
-¿Qué me diste? ¿Qué importa? Un cóctel, déjalo así, un cóctel. Y ahora vivirás la escena final de un conquistador atrapado, le dice. Saca del armario la misma sierra eléctrica, la del primer día, que enchufa al costado de la mesa. También coge una caja de cartón, la abre, desparrama ante sus ojos restos óseos y de piel disecada. -Todo sirve para el arte- sentencia. –Todo material es reciclable. ¿Nunca intuiste que la mujer quedaba sola no por puta, sino por asesina? Y rió. Rió con una risa densa, turbia. Y mientras la risa se extendía como el aleteo oscuro y amenazante de un murciélago, Héctor vagaba en dimensiones desconocidas, no alcanzó a palpar el horror, el ensordecedor sonido eléctrico acercarse, el aspa girando a cien mil revoluciones por minuto. Emitió un quejido amorfo, una sonrisa fatua, con la postrera imagen en su mente de una escena que no alcanzaba a vislumbrar en su totalidad; Humberto y Alejandro en la inauguración de la exposición.- ¿Dónde se habrá metido Héctor que no ha vuelto?- Y él sobre ellos, más arriba de sus ojos asombrados, suspendido en lo alto de la macabra urdimbre.