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Roncagliolo Bermúdez, Giacomo (Vicente Carlo)

Silencio en la casa de los Suárez



Todo en silencio. O casi. Mi alergia nasal y el sonido de las hojas al pasar raspan el aire, incansables. El libro, apoyado en el ángulo de los muslos y el vientre, sube y baja en cada intervalo de su respiración. Cualquier hombre que mirara aquella figura llenaría su cabeza de deseos carnales, rebuscaría entre los pliegues ocultos por sus piernas y en sus senos desnudos; los más osados soltarían lengua y habilidades para pretender conseguir lo que los tímidos solo en sus más peligrosos sueños realizaban. Yo no era cualquiera.

Yo conocía perfectamente cada poro, cada centímetro cuadrado de piel que la cubría, cada vello, cada arruga. Era capaz de contar y describir meticulosamente cada lunar, cada cicatriz. Cada irregularidad que la hacía aún más bella. Podía fácilmente descubrirla escondida entre cien mujeres, como si de buscar a una rosa en un arbusto se tratara, tan solo por el olor del sexo. Conocía el sabor de cada uno de sus orificios, y del sudor que desplegaba al hacer el amor, y de sus penas y de su llanto, y de las veces que me escupía para limpiarme luego, y el sabor de su risa, y el sabor de esos labios que eran capaces de embriagar a cualquiera.

Solo aquí era yo igual a cualquiera.

Luciana era, por decirlo de algún modo, parte de mí. Desde esa primera vez que nos vimos en el hospital, ella en su cuna y yo en los brazos de mi madre, nuestros llantos se juntaron en un armonioso ruido cómplice, y para siempre nuestros destinos quedaron enlazados. En riesgo de sonar ridículo, admito que me enamoré de ella apenas la vi aquella vez. Conforme los años pasaron, fuimos juntos al jardín de niños, y luego al colegio. A sus amigos yo los conocía poco, pero aún así, por lo menos una vez a la semana, tenía oportunidad de verla. Los jueves, generalmente por la tarde, yo iba a su casa para ayudarla con sus deberes. Desde mi silla, solía mirarla mientras ella resolvía alguna suma o resta con el lápiz en la boca ligeramente abierta, hasta que me descubría espiándola y, escapándosele una carcajada, se acercaba a mí para darme un beso en los labios.

Nunca pude acostumbrarme a ellos.

Cada uno de sus besos, incluso cuando ya después se hicieron más frecuentes y fríos, solía ahogarme, estrujarme el pecho como si el alma se me escapara por la espalda.

Nunca llegué a ser su novio, formalmente. Principalmente por dos razones. Por un lado, estaba su madre, Matilde, arpía cuarentona a la que solo le hacía falta verme para apuñalarme con su mirada y su “Espérala aquí”. Cada visita a la casa de Luciana significaba una tortura de consecuencias enormes en relación a su simplicidad. Consistía en hacerme pasar a la sala de estar de la casa, y dejarme esperando el tiempo suficiente para que, por aburrimiento o por tener una agenda algo ocupada, decidiera retirarme. La duda de si le había o no avisado mi llegada podía hacer temblar mi mandíbula de una manera ciertamente molesta. Su madre perfectamente sabía que yo jamás me acercaría a alguna de las habitaciones para preguntar qué era lo que sucedía, porqué no salía Lucianita. Por lo tanto, no me quedaba más que esperar, acechado por decenas de siniestros personajes (entre ellos, los peores sus abuelos) que desde las paredes de la casa me observaban. La segunda razón no sería muy difícil de explicar.

Pasaron muchos inviernos, y en uno de ellos la adolescencia aterrizó en Luciana. Por más de que se podría pensar lo contrario, fue ella quien se encargó de que todo siguiera el curso que, imagino, ella ya anteriormente había planeado. Sucedió en la noche de su cumpleaños número diecisiete. Aquella noche era la tercera que nevaba, y la pista rebalsaba nieve sobre las veredas. Toqué su puerta alrededor de las ocho, hora que indicaba la invitación para su fiesta, y salió ella con un hermoso vestido azul que, a pesar de ser bastante clásico, pronunciaba su busto y su cintura, haciéndola parecer dos o tres años mayor. En la sala escuchamos música y conversamos sobre a quienes había invitado y a quienes no. Siempre me gustó escuchar la forma en que elegía a sus amigos, las razones por las que los desechaba, su indiferencia frente a lo que los demás opinaban de ella y, sobre todo, aquella frialdad que tenía para decirle a uno las cosas, incluso a mí. Me fascinaba su insolencia. A las nueve y cuarto empezaron las llamadas. Una por una, las madres de los invitados llamaron para disculparse por no ir, pero es que hijita con la nieve es peligroso manejar. Luciana habló con las primeras dos, y luego se negó a contestar más, aislándose en su silencio, como hacía cada vez que una situación se le hacía insoportable. Yo me encargué de aceptar las disculpas de las demás madres, explicándoles primero quién era yo y diciéndoles a todas que no se preocupasen, que qué se iba a hacer. Cuando acabaron las disculpas, volteé a mirarla sentada junto a mí en el sillón y me dio un beso. "Tomemos pues" me dijo. Y así fue. Una a una fuimos tomando las pocas cervezas que, luego de un tira y afloja casi inacabable, su madre había comprado, y brindando por cosas que según ella tendrían una trascendencia infinita. Así acabaron siendo bendecidos con buena fortuna los animales sin sexo, y las escuelas escondidas bajo hierro, y las uñas de las monjas, y el barro que mancha la nieve, así como también la seda de su vestido que en uno de esos brindis acabó bañado en cerveza helada.

Dieron las once y decidí irme, dándole antes una visita al baño de la casa. Al regresar, mientras iba por el pasillo, la vi incorporarse del sillón y caminar hacia mí. Seguí avanzando hasta que su frente tocó mi pecho. Inmóvil, sentí cómo mordía mi lóbulo derecho y con una mano me llevaba a su cuarto. Verla desnuda no era ninguna novedad, pero en comparación a cualquier vez anterior, esta tenía un erotismo y una intensidad enviciante. Poco valieron mis negativas. Fue así que esa noche dormí sobre su espalda encorvada, y al día siguiente, desde el armario, tuve que aguantar la risa mientras escuchaba a su madre interrogarla sobre eso de andar acostándose desnuda.

Mi relación con ella jamás la supo nadie. Las ocasiones en que nos veíamos en alguna fiesta o reunión, nuestro afecto lo intentábamos reducir a discretos roces de dedos en los pasillos, y miradas llenas de nostalgia y ansiedad arrojadas por encima de cabezas y peluquines que en cualquier momento podrían descubrir nuestro secreto. Aún así, muchas veces estuvimos cerca de ser atrapados. Por más que yo tratara de mantener cierta distancia entre nosotros, ella acababa convenciéndome con pequeñas notas que soltaba en mi bolsillo, en las que me pedía que nos encontráramos en habitaciones o los baños del segundo piso. La última vez que encontré una de esas notas decidí ignorarla, pues entre la multitud que llenaba la casa se encontraban mi madre y la suya. Días después, cuando fui a buscarla a su casa, su madre abrió solo lo suficiente para que pudiera ver la mitad de su cara.

- Luciana me dijo claramente que a ti no te dejara pasar.

Dos días después, tras muchas visitas y llamadas que no tuvieron resultados, sonó el teléfono alrededor de las once de la noche.

- Te espero en una hora. – y colgó.

Cuando llegué a su puerta, antes de golpearla, Luciana me sorprendió por detrás con una pequeña maleta en la mano. Sin decir nada, subimos al auto y en mi casa, decidí dormir en el sillón, cediéndole mi cama por esa noche. Nunca le pregunté porque tomó la decisión de mudarse conmigo. A la mañana siguiente, mientras preparaba tostadas en la cocina, ella entró en la cocina con los ojos pegados a un libro de Salinger que había cogido la noche anterior de mi habitación.

- Simplemente sabía que no dirías que no.

Pensé en decirle algo por un momento, pero simplemente nada se me ocurrió. Me pareció una frase justa y preferí dejarla así, flotante e inofensiva. Su madre llamó a la mañana siguiente a preguntar si Luciana había hablado conmigo, o si sabía dónde estaba ella. Le respondí que sí, que aquí estaba. Colgó y al rato apareció en la entrada de mi tráiler. Golpeaba la puerta como poseída. Prudentemente, puse la cadena de seguridad y abrí la puerta. La vi gritándome mientras con los ojos recorría la sala buscándola. Le expliqué dulcemente que Luciana me había dicho claramente que a ella no la dejara pasar y volví a cerrar la puerta.

Desde la ventana, la vi rodeando la casa, buscando el cuarto en el que estuviera su hija, para intentar convencerla, sin mí al lado. No imaginaba que en ese momento ella y yo colapsábamos en medio de la cocina, abrigados en besos furiosos que intentaban arrancar los labios del otro. Para ese entonces, Luciana ya tenía veintidós años, y por más que buscó toda clase de medios legales para llevarla nuevamente a casa, su madre jamás pudo volver a ver a su hija durmiendo en las noches. Elektra le jugó una mala pasada, dejando en nuestra foto lágrimas que cerraron la puerta a toda esperanza que le quedara de mí. Un año luego, Matilde dejó la ciudad y consiguió un novio que la dejó antes de que ella lograra casarse con él.

Por nuestra parte, decidimos hacer de nuestro hogar un templo. Una neumonía leve había enterrado a mi madre tres meses atrás, por lo que las camas, los muebles, las alfombras y la mesa del comedor del tráiler heredado se impregnaron de nosotros. Pascuas y navidades, madrugadas y amaneceres, así como todos los feriados que conseguí, fueron testigos de lo que para muchos sería una locura. Y así fue que, día a día, me contagié de ella y lamento decir que ella igualmente de mi. Mi desorden se multiplicó y su silencio invadió las paredes. Cuando consiguió trabajo en una revista de arte, pensé que no pasaría mucho tiempo antes de que decidiera irse, pero se quedó.

Ya son siete años que vivimos juntos y, a pesar de las arrugas y el gris que cubre mi piel como un virus, sigue aquí. La convivencia no nos ha caído tan mal y cada mañana al verla desnuda y despierta a mi lado, siento que su silencio ya no significa lo que en su niñez tanto me preocupaba, esa angustia que le llenaba el pecho de asco, sino algo hermoso y calmo. Me gusta pensar que lo único que abandonó por mi fue a su madre, y en eso espero no equivocarme. Cuando me sonríe por entre las sábanas me convenzo de que todas las decisiones juiciosas que ignoré para mantenerla a mi lado, ese egoísmo que por momentos me llenó de culpa, todo valió la pena por esa boca.

Hoy, ella lee un libro y la página cientotreintados se ha detenido entre sus dedos. Levanta al rostro y busca algo en los rincones del cuarto.

- ¿Tienes alguna fotografía de ella? – me pregunta casi perdida en el blanco de la pared.

-No.

Parece haber un poco de decepción en ella.

-¿Qué crees que pensaría si nos viera así?

-No lo sé. Desde el día en que me divorcié de tu madre, poco me ha importado lo que pueda rondar su cabeza.

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