Todo
en silencio. O casi. Mi alergia nasal y el sonido de las hojas al pasar raspan
el aire, incansables. El libro, apoyado en el ángulo de los muslos y el vientre,
sube y baja en cada intervalo de su respiración. Cualquier hombre que mirara
aquella figura llenaría su cabeza de deseos carnales, rebuscaría entre los pliegues
ocultos por sus piernas y en sus senos desnudos; los más osados soltarían
lengua y habilidades para pretender conseguir lo que los tímidos solo en sus
más peligrosos sueños realizaban. Yo no era cualquiera.
Yo
conocía perfectamente cada poro, cada centímetro cuadrado de piel que la
cubría, cada vello, cada arruga. Era capaz de contar y describir
meticulosamente cada lunar, cada cicatriz. Cada irregularidad que la hacía aún
más bella. Podía fácilmente descubrirla escondida entre cien mujeres, como si
de buscar a una rosa en un arbusto se tratara, tan solo por el olor del sexo.
Conocía el sabor de cada uno de sus orificios, y del sudor que desplegaba al
hacer el amor, y de sus penas y de su llanto, y de las veces que me escupía
para limpiarme luego, y el sabor de su risa, y el sabor de esos labios que eran
capaces de embriagar a cualquiera.
Solo
aquí era yo igual a cualquiera.
Luciana
era, por decirlo de algún modo, parte de mí. Desde esa primera vez que nos
vimos en el hospital, ella en su cuna y yo en los brazos de mi madre, nuestros
llantos se juntaron en un armonioso ruido cómplice, y para siempre nuestros
destinos quedaron enlazados. En riesgo de sonar ridículo, admito que me enamoré
de ella apenas la vi aquella vez. Conforme los años pasaron, fuimos juntos al jardín
de niños, y luego al colegio. A sus amigos yo los conocía poco, pero aún así,
por lo menos una vez a la semana, tenía oportunidad de verla. Los jueves,
generalmente por la tarde, yo iba a su casa para ayudarla con sus deberes.
Desde mi silla, solía mirarla mientras ella resolvía alguna suma o resta con el
lápiz en la boca ligeramente abierta, hasta que me descubría espiándola y,
escapándosele una carcajada, se acercaba a mí para darme un beso en los labios.
Nunca
pude acostumbrarme a ellos.
Cada
uno de sus besos, incluso cuando ya después se hicieron más frecuentes y fríos,
solía ahogarme, estrujarme el pecho como si el alma se me escapara por la
espalda.
Nunca
llegué a ser su novio, formalmente. Principalmente por dos razones. Por un lado,
estaba su madre, Matilde, arpía cuarentona a la que solo le hacía falta verme
para apuñalarme con su mirada y su “Espérala aquí”. Cada visita a la casa de
Luciana significaba una tortura de consecuencias enormes en relación a su
simplicidad. Consistía en hacerme pasar a la sala de estar de la casa, y
dejarme esperando el tiempo suficiente para que, por aburrimiento o por tener
una agenda algo ocupada, decidiera retirarme. La duda de si le había o no
avisado mi llegada podía hacer temblar mi mandíbula de una manera ciertamente
molesta. Su madre perfectamente sabía que yo jamás me acercaría a alguna de las
habitaciones para preguntar qué era lo que sucedía, porqué no salía Lucianita.
Por lo tanto, no me quedaba más que esperar, acechado por decenas de siniestros
personajes (entre ellos, los peores sus abuelos) que desde las paredes de la
casa me observaban. La segunda razón no sería muy difícil de explicar.
Pasaron
muchos inviernos, y en uno de ellos la adolescencia aterrizó en Luciana. Por
más de que se podría pensar lo contrario, fue ella quien se encargó de que todo
siguiera el curso que, imagino, ella ya anteriormente había planeado. Sucedió
en la noche de su cumpleaños número diecisiete. Aquella noche era la tercera
que nevaba, y la pista rebalsaba nieve sobre las veredas. Toqué su puerta
alrededor de las ocho, hora que indicaba la invitación para su fiesta, y salió
ella con un hermoso vestido azul que, a pesar de ser bastante clásico, pronunciaba
su busto y su cintura, haciéndola parecer dos o tres años mayor. En la sala
escuchamos música y conversamos sobre a quienes había invitado y a quienes no.
Siempre me gustó escuchar la forma en que elegía a sus amigos, las razones por
las que los desechaba, su indiferencia frente a lo que los demás opinaban de ella
y, sobre todo, aquella frialdad que tenía para decirle a uno las cosas, incluso
a mí. Me fascinaba su insolencia.
A las nueve y cuarto empezaron las llamadas.
Una por una, las madres de los invitados llamaron para disculparse por no ir,
pero es que hijita con la nieve es peligroso manejar. Luciana habló con las
primeras dos, y luego se negó a contestar más, aislándose en su silencio, como
hacía cada vez que una situación se le hacía insoportable. Yo me encargué de
aceptar las disculpas de las demás madres, explicándoles primero quién era yo y
diciéndoles a todas que no se preocupasen, que qué se iba a hacer. Cuando
acabaron las disculpas, volteé a mirarla sentada junto a mí en el sillón y me
dio un beso. "Tomemos pues" me dijo. Y así fue. Una a una fuimos
tomando las pocas cervezas que, luego de un tira y afloja casi inacabable, su
madre había comprado, y brindando por cosas que según ella tendrían una trascendencia
infinita. Así acabaron siendo bendecidos con buena fortuna los animales sin
sexo, y las escuelas escondidas bajo hierro, y las uñas de las monjas, y el
barro que mancha la nieve, así como también la seda de su vestido que en uno de
esos brindis acabó bañado en cerveza helada.
Dieron
las once y decidí irme, dándole antes una visita al baño de la casa. Al
regresar, mientras iba por el pasillo, la vi incorporarse del sillón y caminar
hacia mí. Seguí avanzando hasta que su frente tocó mi pecho. Inmóvil, sentí
cómo mordía mi lóbulo derecho y con una mano me llevaba a su cuarto. Verla
desnuda no era ninguna novedad, pero en comparación a cualquier vez anterior,
esta tenía un erotismo y una intensidad enviciante. Poco valieron mis negativas.
Fue así que esa noche dormí sobre su espalda encorvada, y al día siguiente,
desde el armario, tuve que aguantar la risa mientras escuchaba a su madre
interrogarla sobre eso de andar acostándose desnuda.
Mi
relación con ella jamás la supo nadie. Las ocasiones en que nos veíamos en
alguna fiesta o reunión, nuestro afecto lo intentábamos reducir a discretos
roces de dedos en los pasillos, y miradas llenas de nostalgia y ansiedad
arrojadas por encima de cabezas y peluquines que en cualquier momento podrían
descubrir nuestro secreto. Aún así, muchas veces estuvimos cerca de ser
atrapados. Por más que yo tratara de mantener cierta distancia entre nosotros,
ella acababa convenciéndome con pequeñas notas que soltaba en mi bolsillo, en
las que me pedía que nos encontráramos en habitaciones o los baños del segundo
piso. La última vez que encontré una de esas notas decidí ignorarla, pues entre
la multitud que llenaba la casa se encontraban mi madre y la suya. Días
después, cuando fui a buscarla a su casa, su madre abrió solo lo suficiente
para que pudiera ver la mitad de su cara.
-
Luciana me dijo claramente que a ti no te dejara pasar.
Dos
días después, tras muchas visitas y llamadas que no tuvieron resultados, sonó
el teléfono alrededor de las once de la noche.
-
Te espero en una hora. – y colgó.
Cuando
llegué a su puerta, antes de golpearla, Luciana me sorprendió por detrás con
una pequeña maleta en la mano. Sin decir nada, subimos al auto y en mi casa,
decidí dormir en el sillón, cediéndole mi cama por esa noche. Nunca le pregunté
porque tomó la decisión de mudarse conmigo. A la mañana siguiente, mientras
preparaba tostadas en la cocina, ella entró en la cocina con los ojos pegados a
un libro de Salinger que había cogido la noche anterior de mi habitación.
-
Simplemente sabía que no dirías que no.
Pensé
en decirle algo por un momento, pero simplemente nada se me ocurrió. Me pareció
una frase justa y preferí dejarla así, flotante e inofensiva. Su madre llamó a
la mañana siguiente a preguntar si Luciana había hablado conmigo, o si sabía dónde
estaba ella. Le respondí que sí, que aquí estaba. Colgó y al rato apareció en
la entrada de mi tráiler. Golpeaba la puerta como poseída. Prudentemente, puse
la cadena de seguridad y abrí la puerta. La vi gritándome mientras con los ojos
recorría la sala buscándola. Le expliqué dulcemente que Luciana me había dicho
claramente que a ella no la dejara pasar y volví a cerrar la puerta.
Desde
la ventana, la vi rodeando la casa, buscando el cuarto en el que estuviera su
hija, para intentar convencerla, sin mí al lado. No imaginaba que en ese
momento ella y yo colapsábamos en medio de la cocina, abrigados en besos
furiosos que intentaban arrancar los labios del otro. Para ese entonces,
Luciana ya tenía veintidós años, y por más que buscó toda clase de medios
legales para llevarla nuevamente a casa, su madre jamás pudo volver a ver a su
hija durmiendo en las noches. Elektra le jugó una mala pasada, dejando en
nuestra foto lágrimas que cerraron la puerta a toda esperanza que le quedara de
mí. Un año luego, Matilde dejó la ciudad y consiguió un novio que la dejó antes
de que ella lograra casarse con él.
Por
nuestra parte, decidimos hacer de nuestro hogar un templo. Una neumonía leve
había enterrado a mi madre tres meses atrás, por lo que las camas, los muebles,
las alfombras y la mesa del comedor del tráiler heredado se impregnaron de
nosotros. Pascuas y navidades, madrugadas y amaneceres, así como todos los
feriados que conseguí, fueron testigos de lo que para muchos sería una locura.
Y así fue que, día a día, me contagié de ella y lamento decir que ella
igualmente de mi. Mi desorden se multiplicó y su silencio invadió las paredes.
Cuando consiguió trabajo en una revista de arte, pensé que no pasaría mucho tiempo
antes de que decidiera irse, pero se quedó.
Ya
son siete años que vivimos juntos y, a pesar de las arrugas y el gris que cubre
mi piel como un virus, sigue aquí. La convivencia no nos ha caído tan mal y
cada mañana al verla desnuda y despierta a mi lado, siento que su silencio ya
no significa lo que en su niñez tanto me preocupaba, esa angustia que le
llenaba el pecho de asco, sino algo hermoso y calmo. Me gusta pensar que lo
único que abandonó por mi fue a su madre, y en eso espero no equivocarme.
Cuando me sonríe por entre las sábanas me convenzo de que todas las decisiones
juiciosas que ignoré para mantenerla a mi lado, ese egoísmo que por momentos me
llenó de culpa, todo valió la pena por esa boca.
Hoy,
ella lee un libro y la página cientotreintados se ha detenido entre sus dedos.
Levanta al rostro y busca algo en los rincones del cuarto.
-
¿Tienes alguna fotografía de ella? – me pregunta casi perdida en el blanco de
la pared.
-No.
Parece
haber un poco de decepción en ella.
-¿Qué
crees que pensaría si nos viera así?
-No
lo sé. Desde el día en que me divorcié de tu madre, poco me ha importado lo que
pueda rondar su cabeza.