1. Bonnie. Creo que me gusta el sexo. Creo que me gusta tanto que nunca veo el final ni el momento de parar. He pasado días enteros masturbándome frente a la ventana, frente al espejo, sobre la cama o por los pasillos. A veces me preparo el camino y me seduzco de alguna manera, voy incitándome poco a poco, me dejo llevar como si estuviera con un amante. Otras veces simplemente me toco hasta correrme. Creo que me encanta, de hecho. Supongo que no me imagino el tiempo sin él porque, en realidad paso la mayor parte del tiempo pensándolo. Cuando estoy con un hombre la cosa cambia un poco, aunque, a decir verdad, me gusta todo de los hombres. He conocido a cuatro. El primero se llamaba Roy Thornton. Cuando me casé con él todavía no cumplía dieciséis pero ya conocía algunos secretos del cuerpo masculino y los míos, supongo que casi todos. La gente decía que mi abuelo me había enseñado demasiado sobre el sexo, sobretodo lo decía Elizabeth, que vivía dos casas más abajo, pero no era verdad. Lo que Elizabeth no sabía o quería ocultar es que fueron sus dos hijos quienes primero se restregaron contra mí. Primero en la cocina de su casa y luego allí donde nos entraban ganas. Luego tuve que casarme con Roy, que no hacía otra cosa que sobarme los pechos por encima de la ropa y evitar que me rozara su pene erecto bajo el pantalón, muy al contrario que los hijos de Elizabeth. Pero a mí me gustaba también. Después de ver a Roy, cuando entraba en casa de mi madre y me metía en la cama junto a mis hermanos, pensaba en la lejanía en que mantenía su cuerpo y me masturbaba en silencio. Roy sólo se atrevió a mirar debajo de la ropa una vez estuvimos casados y al principio estuvo bien; descubrí escondites nuevos en el cuerpo del hombre, sentía durante todo el día esa presión entre las piernas y aprendí a relacionar por primera vez el sexo con el amor. Pero el sexo se acabó pronto y con él, el amor. Así que Roy y yo nos separamos, aunque nunca firmamos ningún divorcio.
En esos días volví a casa de mi madre y a restregarme con los hijos de Elizabeth. Supongo que fue en ese momento cuando me di cuenta de que yo no disfrutaba lo que disfrutaban ellos, me refiero a los hijos de Elizabeth o a Roy. La gente comentaba que me estaba volviendo violenta porque me escuchaban gritar a mi madre o me veían, a veces, dar algún golpe a mis hermanos pequeños. Yo intentaba estar poco tiempo en casa para evitar este tipo de situaciones. Salía a caminar lo más lejos que podía siguiendo las vías del tren. Pensaba en que las cosas cambiarían en algún momento y quizás también pensaba en el amor del que la gente habla. Otras veces me enfadaba pensando en Roy o en mi madre o en los hijos de Elizabeth o en su marido, que pasaba los días sentado en el porche, buscándome con la vista para tocarse debajo de la manta, donde escondía unas piernas enclenques, inútiles desde que cayó por accidente de un andamio mientras trabajaba. A los seis meses de abandonar a Roy, abandoné también a mi madre. Ella no podía soportar mi carácter ni lo que la gente andaba diciendo. Pero creo que me marché, sobretodo, porque me violentaba en extremo el placer que experimentaban los hijos de Elizabeth o en realidad, lo que me molestaba era no sentir nada más que deseo inacabado con ellos y con Roy y a veces hasta conmigo misma. La gente no sabe nada de estas frustraciones y por eso habla siempre más de la cuenta o quizás porque saben más de lo que parece. Todas esas zorras, están deseando aplicar a los demás los errores que ellas mismas cometen. Mi madre ya no podía más con los chismes y las miradas acusadoras cuando salía a la calle y, en cierta medida, empezó a odiarme el día en que escuchó que me habían visto frotándome contra el tronco de un árbol junto a las vías del tren. Después de aquello, todas las mujeres de la zona aseguraban haberme visto con el marido de alguna otra o con los hijos de las demás. Llegaron a decir que cuando no encontraba hombres rondaba a los animales y no me imagino qué otra cantidad de perversiones dirían de mí.
Sorprendentemente, conseguí relativamente rápido un trabajo de camarera en el bar de Wayne. Wayne era un poco estúpido y tenía un bar en la carretera, cerca del pueblo. Tuve la sensación enseguida de que quería redimir su estupidez haciendo conmigo una labor de reinserción. Supongo que teniéndome cerca, él se sentía un poco mejor, un poco menos estúpido. Pero Wayne no sólo era estúpido sino que además tenía un espíritu débil. Era bizco y casi calvo, con una de esas calvicies que se ven sucias o que realmente lo están. Al bar sólo venían hombres y de vez en cuando alguna prostituta que se ponía por allí cerca, en la carretera, a esperar que pasaran los hombres en sus furgonetas. Estuve tranquila algunos meses, lejos de las habladurías, aunque nunca lo suficientemente lejos. Lo cierto es que muchos hombres que entraban en el bar venían a verme –preferían buscarme a mí que a las prostitutas de la carretera– y de vez en cuando me llevaba a alguno a la trastienda, pero todo seguía igual. Ellos caían sobre mí, cegados por las historias que habían escuchado en el pueblo y yo no sentía nada, un vacío violento provocado por tanta excitación inconclusa. A veces me ofrecían dinero, ¡pero yo no quería dinero! Ninguno se daba cuenta, ¿para qué me servía a mí el dinero? De las prostitutas que venían a veces al bar de Wayne, había una de unos diecisiete o dieciocho años, bajita y morena que siempre me daba un rato de conversación mientras se tomaba un café o un refresco antes de ir a trabajar. La segunda vez que entró me preguntó mi nombre. Ella se llamaba Faye Rodson. Faye me contaba historias de cuando vivía en Austin. Yo también había nacido en Austin pero no conocía nada del lugar porque mi madre nos había traído muy pronto a Dallas, después de que muriera mi padre, así que me gustaba escuchar sus historias sobre aquel lugar que algún día debí ver sin darme cuenta. Faye había salido de Austin con una amiga, nunca me quedó muy claro por qué, pero su amiga se había marchado hacía unos meses con un camionero que había conocido en la carretera y la había dejado allí, más o menos abandonada de la mano de dios. Aún así, Faye no hablaba mal de su amiga, me decía que si ella se hubiera enamorado también se habría ido sin ningún tipo de reparo. Así que, aunque se había quedado sola, no le guardaba rencor. Faye estaba esperando encontrar a alguien, en la carretera o donde fuese; a veces hablaba de formar una familia y de tener hijos, aunque lo que más ilusión le hacía era pensar en la luna de miel. Nunca le pregunté qué tenía pensado hacer en esos días y ella siempre hablaba del tema en abstracto, como de una idea que no se puede concretar. Yo también pensaba mucho en el amor: me acordaba sobretodo de Roy. Tenía la sensación de que en algún momento me llegaría algo parecido a la luna de miel de la que hablaba Faye, pero ninguno de los hombres que llevaba a la trastienda me daban lo que yo estaba esperando. Uno detrás de otro, todos los hombres me dejaban en un estado de excitación irritada que me provocaba un vacío sin más. Me preguntaba si tendría el sexo hecho de corcho y si era de corcho por qué me hormigueaba todo el tiempo. Faye y yo nunca hablábamos de sexo, sólo de amor.
Una mañana llegó Faye al bar con la cara hinchada por los golpes, pegando gritos mientras se sujetaba el brazo. Yo estaba sola en el bar, acababa de marcharse Wayne a hacer no sé qué recados. Salí de la barra y sin preguntarle qué le había pasado cerré el bar por fuera y me llevé a Faye lo más rápido que pude al puesto de socorro que había al lado de la gasolinera. Tenía el brazo destrozado y la cara verde, azul, llena de hematomas. Un hijo de puta le había pegado una paliza porque sí, porque no quería pagarle y Faye le había insultado. Era justo lo que me esperaba, qué otra cosa podría haber sido. Los médicos entablillaron el brazo de Faye y le dieron una pastilla para calmarle el dolor por la que tuvimos que pagar mucho más de lo que esperábamos. Cuando la llevé a casa, Faye estaba adormilada por la pastilla y por el cansancio del susto y se quedó dormida sobre el camastro antes incluso de que yo saliera por la puerta para volver al bar y explicarle a Wayne lo que había pasado. Pero Wayne era un estúpido: me llamó puta por haber dejado solo el bar y me dijo que no volviera a aparecer por allí.
Volví a casa de Faye y la encontré dormida. Estuve recogiendo las cosas que tenía tiradas por el suelo e intenté limpiar un poco para que al despertar se alegrara de ver la casa más bonita. No se despertaba nunca. Decidí prepararle algo de comida y despertarla después. Le calenté un caldo que tenía en una olla y un poco de carne picada con judías y me acerqué a la cama donde dormía con la cara hinchada y el brazo destrozado. Se despertó de un sueño pesado, casi sin poderse mover y me dijo que le dolía todo el cuerpo como si estuviese muerta. Decía cosas incoherentes y comió muy poco porque también la boca la tenía hinchada por los golpes. Mientras se bebía el caldo un hombre llamó a la puerta y entró; era Buck Barrow. Faye intentó sonreírle desde la cama, supongo que le hacía ilusión la visita. Buck se quedó paralizado al verla con ese aspecto pero no preguntó qué le había ocurrido. Creo que todos los que la conocíamos nos imaginábamos qué le había podido pasar. Buck se presentó quitándose el sombrero y me dio la mano. La tenía fuerte y peluda, un poco áspera. Nos quedamos los dos sentados junto a la cama de Faye hasta que se quedó dormida otra vez. Después hablamos en voz baja, me preguntó qué había ocurrido y de qué conocía a Faye. Le dije que no se preocupara, que yo me iba a quedar con ella hasta que estuviera mejor. Entonces Buck se acercó y me besó en la boca. Follamos junto a la puerta. Él me gustaba, era fuerte y casi guapo, pero después de la excitación, nada –como siempre–. Al rato se marchó y me dijo que volvería pronto, al día siguiente o que mandaría a alguien que nos trajera algo de comida. Me preguntó si necesitábamos algo más. Le dije que no, aunque me habría gustado pedirle que me dejara algunos cigarrillos. Luego me quedé dormida en una butaca hasta que Faye se despertó pegando grititos y tuve que engañarle el dolor poniéndole paños mojados en las heridas.
2. Clyde. Recordaba haber entrado más de diez veces en el último mes en la tienda de Quinton. No nos llevábamos mal, a veces hablábamos de motores y habíamos ido alguna vez detrás de su casa a tirar con la escopeta toda la tarde. Le gustaba beber cerveza y, si podía permitírselo, le gustaban también los licores más fuertes. A mí también me gustaban claro, pero a él más que a mí. Mucho más. Nos fiábamos el uno del otro y eso estaba bien. Aquel día al entrar en la tienda no encontré a Quinton en el mostrador y fui a buscar detrás de la estantería del fondo, pero antes de llegar al cajón de las mangueras escuché un ruido que cayó a plomo y fue amortiguado por un grito que pareció más un suspiro profundo de res. La señora Biggs estaba horrorizada, presa bajo el cartel de la tienda de Quinton. Corrí hacia ella y vi cómo apretaba la garganta para sacar la lengua un poco. Intentaba levantar el cartel cuando apareció Quinton en la puerta con más susto del que la señora Biggs pudiera tener. Entre los dos conseguimos arrastrar el cartel un poco hacia un lado. La señora Biggs pegó un grito que le venía de dentro y escuchamos crujir su cuerpo bajo el letrero Ferretería Benson & Son. En seguida se montó un revuelo alrededor de la tienda, algunos hombres se acercaron para ayudarnos a levantar el cartel mientras las mujeres gritaban o se tapaban los ojos o intentaban quitar el sofoco de la señora Biggs hablándole de cerca y prometiéndole que ya lo iban a levantar. Los hombres se preguntaban en voz alta, de qué material podría estar hecho aquello. No tardamos tanto en levantar el cartel pero cuando lo conseguimos, la señora Biggs ya no respiraba y la gente se quedó mirando el cuerpo aplastado contra la acera, hasta que alguien en medio del pelotón se echó a llorar.
La policía levantó el cadáver en seguida y la gente se fue yendo. Yo quería marcharme de allí también pero Quinton estaba espantado y me quedé con él en la tienda esperando que se le pasara el susto. Quinton estaba sentado en una banqueta; le ofrecí un cigarro y encendí uno yo también. Se pasó más de media hora sin hablar, mirando al suelo, evitando la puerta, esperando quizás, que apareciera otra vez la policía en cualquier momento. Sonó la campanita de la entrada, pero Quinton no levantó la mirada, creo que esperaba que alguien viniera a llevárselo enseguida y tenía la actitud de quien espera a que lo lleven al matadero. Entró un chico, al parecer, ajeno a la muerte de la puerta, a la muerte de la señora Biggs. Me resultó ajeno a todo: a la muerte, al pueblo, a la tienda, a todo. Habló con acento extranjero, quería una cuerda. Era italiano, creo. Tenía el pelo negro y llevaba un traje que no parecía nuevo. Noté algo bajo del ombligo, un vacío como de vértigo, unas ganas desesperadas de hablar con él. Quinton no contestaba a nada, así que le dije al chico que volviera después, en unas horas. Pero no tenía a dónde ir, las maletas estaban fuera, al margen de las manchas del cuerpo aplastado de la señora Biggs. Le invité a un cigarrillo y me di cuenta, no era la primera vez que me gustaba un hombre, pero sí la más evidente ante mis ojos. El italiano era un poco más alto que yo, un poco más fuerte que yo, pero no tanto, era casi imperceptible la diferencia entre él y yo. Tenía el pelo suave y negro, poca barba. Quise acercarme a él, cogerle las manos o agarrarlo por el cuello, besarle en la nuca, apretarle el culo. Quería hacer todo con el chico italiano. Me miraba desamparado, con las maletas en la puerta. Me pareció que no sabía porqué ni cuándo había decidido salir de su casa. Pensé que podría enseñarle la ciudad, llevarlo a casa, cuidarlo mientras se acostumbraba al idioma, hacerle la comida, enseñarle a tirar con la escopeta. Todo me apetecía cuando miraba al italiano. Fui a coger una banqueta para que pudiera sentarse y descansar, pasé junto a él y le agarré de la cadera con la excusa de apartarlo un poco, quizás también con la excusa del idioma que él no dominaba. El italiano no reaccionó de ninguna manera y me dio esperanzas para seguir. Quinton seguía como si nada, con cara de carnero, alelado, al margen de todo lo que ocurría en su tienda. Le saqué también un vaso de agua al italiano. El chico agradecía todas mis atenciones, pero al rato se levantó y dijo que tenía que marcharse. Me puse nervioso, se me escapaba. Le pregunté si podía ayudarle en algo, acompañarlo, llevarle las maletas. El italiano no entendía casi nada pero dijo a todo que no y salió con prisa, como si tuviera –de repente– algo muy importante que hacer.
Intenté convencer a Quinton de ir a casa. Opiné que necesitaba salir de la tienda, descansar, a lo mejor darse una ducha, sentarse un rato y escuchar la radio; pero él no decía nada, se quedaba callado mirando al frente. Intenté convencerlo sin mucha seguridad de que él no había cometido ningún delito, de que la policía no llegaría a arrestarlo, de que los accidentes son así y por eso se llaman accidentes. Le recomendé una vez más que fuera a casa a ducharse y descansar, y que después fuera a ver a las hijas de la señora Biggs, que así seguro se sentiría mejor; pero Quinton se había quedado muerto, sentado en la banqueta de la tienda, mirando nada, pensando vaya usted a saber qué cosas. Quinton no tenía mujer, ni hijos, así que no se me ocurría cómo solucionar el problema o cómo quitármelo de encima. Intenté incluso tirar de él, llevarlo por la fuerza a casa, lavarlo, meterlo en la cama, pero lo único que conseguí fue tirarlo de la banqueta. Cayó a plomo contra el suelo y de allí no pude levantarlo porque tenía por lo menos dos cuerpos más que yo. Le grité un poco, le dije que estaba loco, que dejara de hacer estupideces y decidí ir a buscar ayuda, dejándolo caído en el suelo en una postura endurecida y grotesca.
Caminé por la avenida de la gasolinera y doblé a la derecha; si mi hermano estuviera en casa, entre los dos podríamos levantar a Quinton del suelo y sacarlo de la tienda de una vez. Marie estaba sentada en la mesa de la cocina con los ojos rojos. Sujetaba un vaso de agua de limón como si se le fuera a caer de la mesa de un momento a otro. Me he escapado de casa, me dijo. No aguanto más a mamá. Dijo mamá haciendo pucheros; al fin y al cabo sólo tenía once años. ¿Y sólo se te ocurre venir a casa de Buck?, le pregunté. En ese momento entró Blanche en la cocina y dijo en voz baja, Me la encontré sentada en la acera de la farmacia y la traje a casa para que se tranquilizara. Blanche me hizo un gesto que me pareció que intentaba quitarle importancia al asunto, aunque también parecía una burla. ¿Has avisado a mi madre?, pregunté a Blanche, y Marie gritó que se volvería a escapar si avisábamos a la madre y que no fuéramos cómplices de ese monstruo al que llamábamos madre. Blanche se acercó a ella y le posó las manos sobre los hombros para intentar tranquilizarla. Volvió a mirarme y negó con la cabeza, ella se ocuparía de convencerla. Me pareció que le brillaban los ojos como si hubiera bebido, pero no quise preguntarle si había conseguido algún licor o dónde lo había conseguido. Sólo tenía a Quinton en la cabeza, tirado en el suelo de su tienda con los músculos agarrotados. ¿Está mi hermano en casa?, pregunté. Ha salido esta mañana, contestó Blanche. Pregunté a dónde y me dijo que no lo sabía, así que volví a salir por la misma puerta por la que había entrado y cuando atravesé la mosquitera ya estaba otra vez en la avenida de la gasolinera pensando qué podía hacer para llevar a Quinton a su casa y, también, qué le habría hecho mi madre a Marie para que la niña estuviera con semejante disgusto.
Caminé por las calles de la zona este de la ciudad. Me venían a la cabeza la imagen del chico italiano, los gritos de la señora Biggs y la multitud y la figura endurecida de Quinton en el suelo. Al doblar la segunda esquina comenzaba a verlo todo desde una perspectiva extrañamente objetiva, era la hora de comer y las calles estaban casi vacías. Pasé junto a la nueva carpintería y tuve hambre. Me acordé de Faye, que vivía justo detrás y pensé que quizás mi hermano estaría con ella; y si no, pensé que ella podría prepararme algo de comer. Llamé a la puerta antes de entrar, grité su nombre. Faye, Faye Rodson. Empuje la puerta a la vez que alguien tiró del pomo desde dentro. La casa olía sopa de judías o algo parecido. Al otro lado de la puerta había una mujer pequeña y rubia que me pareció como un pajarito. Miré la fachada de la casa un momento antes de entrar por si me había equivocado, pregunté a la mujer si estaba Faye en casa. Me dijo que pasara, que Faye estaba en la cama. Entré a la habitación seguido por la mujer pequeña y rubia y vi a mi amiga tumbada boca arriba, con la cara amoratada y el brazo levantado. Me giré hacia la mujer y pregunté qué había ocurrido. Faye sonreía desde la cama, tapada hasta la cintura, dijo: tuve un problema con un cliente. Clyde esta es Bonnie. Volví a girarme y estiré la mano hacia la mujer pajarito. Faye dijo: Bonnie, Clyde. Bonnie preguntó: ¿eres el hermano de Buck Barrow? Faye contestó antes que yo, que sí, que Buck era mi hermano y me dijo que había estado allí esa mañana. Luego nos sentamos Bonnie y yo junto a ella y me dieron algo de comer. Faye se quedó dormida y Bonnie comentó que llevaba así todo el día, durmiendo y despertando y que quizás sería la pastilla que había tomado. Empezó a llorar de repente y a decir algo sobre la pobre Faye y sobre ella y los hombres que no tenían ningún sentido. Le cogí la mano y ella se levantó de la silla y vino a sentarse sobre mis piernas, se le calmó un poco el llanto y según se le iba recuperando la respiración levantó mi mano, que tenía cogida entre las suyas y se la llevó al pecho. Bonnie no pesaba nada, sentí su teta bajo mi mano y la miré a los ojos. Traté de separar la mano de su cuerpo y ella preguntó: ¿No te gusta?. Intenté explicarle que no era tanto una cuestión de su teta en sí pero ella se defendió: A tu hermano si le gustó. Mientras, se le iban llenando los ojos de lágrimas otra vez. Bonnie se recargó en mi hombro, abracé su cuerpo de huesos de pájaro y se echó a llorar con un llanto contenido para no despertar a Faye. Pensé: ¿Mi hermano? Pero el pensamiento se fue rápido porque enseguida me vino otra vez a la memoria la cara del chico italiano y se me hizo un nudo en la garganta.