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Vidoz, Magali (Nut)

Sin título (3)



Está mirando cómo alrededor suyo suceden cosas. Cuántas cosas. Se sueñan los sueños solos, en las noches, esas que solitarias, encuentran a los amantes, desperdigados, casi buscando los dedos de la otra mitad, estirándose para alcanzar, el otro cuerpo.

Y los sueños, esos que soñándose abren los ojos de los continentes, los abren, los charlan, a los ojos, a las personas soñantes.

Esas cosas que suceden, a la distancia del estirar de sus brazos, han sido pensadas, anteriormente, por alguien, quizás por ella. Así las cosas – sueños – historias de corderos, de pollos, de chanchos. Chanchos y chivos que fueron perros. Otras vidas. Bueno, esos sueños que la han soñado, la abandonan. Germinan en otras vidas, se plantan en otras casas. Ocurren, pero más allá. Esas personas que la que escribe comenta que están cerca, de ella, no de la que escribe, cerca de la persona sobre quién se escribe. Y ella, la narrada, mira. Y escucha.

Hace 11 días, mirando el techo de una carpa, naranja, ventanosa, por decir de algún modo, la encontramos escuchando la lluvia. Y cómo nos damos cuenta. Por su aletear de pestañas, por el quietismo de la saliva de los ojos amarillos, por su dedo, que confuso, recorre la panza, fría. En un instante. Cuál instante. Por qué ese y no otro. No lo sé. Quién sabe qué inteligencia lejana decidió implantar el momento como especial y único, tanto como para ser mencionado, aquí. Pero ese segundo, acaso cuál es más importante, el qué sucedió hace 11 días o el qué sucede ahora. Por éste, contamos aquel.

Ella se acordó de él. Él, a los 11 días, apareció.

Y. camina por la arena. Cuántos años formándose, eso que por cantidad de granos superada se define como playa, no ya arena en conjunción, y ella viene, y la desarma, la hunde, la deforma, la huele, la apabulla. Esa playa, que la mira. Sus pies pequeños, según parece, delatan liviandad, correr ligero. Muy bien haber dicho esto ya que, posteriormente, a la narrada, a ella, le será más fácil volar gracias a este sutil hecho. Sino, costarían renglones y huellas y argumentos para explicar cómo un ser humano común y corriente puede levantar vuelo, sólo por el simple hecho de tener voluntad para hacerlo. Entonces sí, en esta u otras montañas, correrá correrá y se irá. Pero ella, no, no es normal, por eso conviene definirla como de correr ligero, y liviano. Qué es liviano, el correr o ella. Ella y el correr, las dos cosas, que en realidad son una, conciencia y proceso, ella es agente; el correr, resultado de ese agente voluntarioso que sueña partir. Es lo mismo.

Lo levanta, lo mira. Ese pie izquierdo chilló al encontrar un pedacito de color naranja, un poco más oscuro que aquel naranja del techo de su carpa, donde pensaba en él. Será casualidad, el color, lo pensó en naranja y apareció, y ahora, este avioncito de molde de arena, también naranja. Todo es lo mismo. Ocurren las cosas, ocurren un millón y medio de cosas en el mismo momento. Casualmente. Otro avión, piensa. Maldición. Es ya el tercero. La que narra escribió un cuento sobre el avioncito de la catedral. No se dónde está, habrá que buscarlo y leerlo, o interponerlo, aquí poner una seña, Por favor remitirse a dónde, no se, a donde esté ese cuento, y así entenderemos por qué hablamos hoy de un ya tercer avioncito que ella encuentra.

El tercero. Un niño dueño de un avión naranja para hacer moldes de arena lo olvidará, allí. Podremos pensar que lloró, el avión debe haber sido buscado arduamente, pero no, no apareció. Hace cuánto, cómo será la cara del niño que lo lloró. Y por qué no pensar, que fue de otro modo, que se dejó olvidar, el avión, porque otros rumbos lo llamaban. Porque le tendría que mostrar a una mujer, su camino. Para un juguete pequeño, un gran objetivo. Ella luego lo dejará, ahí, en el mismo lugar. Lo dejará seguir su propio camino.

Dónde estás, dónde estás muchacha, que ya no reconozco el color de tus ojos, que tu nariz se me escapa, que tus hombros, los cambiaste, ¿acaso? ¡Ya no se dejan agarrar fácilmente!

Te veo debajo de ese cielo gris, brumoso, esponjoso, por qué no, húmedo, eso seguro. Hay veces en que no sirve inventar. Mirar este cielo de 19 de febrero es mirar una gran esponja a punto de ser exprimida. Cuándo lloverá. Y en esto gris, en esta masa, tu nariz, que se me escapa. Tan pequeña. Tan importante.

El descubrimiento, interesante propuesta, porque fue él mismo el que decidió, aunque práctica y tácticamente imposible, posarse como pensamiento luminoso en la historia de él para, de una vez, dotarlo de la comprensión suficiente. Entonces. El descubrimiento miró a través de los ojos de él la nariz de ella y habló. La cuestión fue. Que de esa nariz a él le gustaban los suspiros, el aire que exhalaba, que es mas o menos lo mismo pero no tanto, el calor expuesto, provenientes de unos pulmones tan grises como el cielo. A él le gustaba ese calor en sus mejillas. Pero ella, había cambiado de itinerario. Ahora su nariz pequeña se encontraba en el cuello de él sumergida. O de otro. No se sabe por qué, pero toda una nariz guía a todo un cuerpo de mujer madura a acurrucarse en el ángulo que divorcia a un oído largo de un hombro azul, y espeso. Y ya no quería mejillas, no. Por allí desaparecía, por el cuello, y discurría calorcito.

Para cuando él volvió, había decidido hace trece horas, siete minutos y once segundos, otra vez el once, dejar de esperar. Que no voy a esperar ya más, todo alrededor siempre, soñar por alguien más, que otros se vayan. Y Gritó. Cosas de la cocina. Termo, cuchillito filoso, olla azul, plancha para hacer panqueques de quínoa, elegir entre las casuelas verdes o las marrones, arreglar la licuadora, ver dónde pongo el colchón de lana, arreglar las almohadas, lavar las sábanas y el cubrecama que Diana me prestó, llevárselo, dejar la ropa en bolsitas, lavada, o regalarla, ya no da más. Devolver los libros a Diana, el Lazarillo de Tormes, y a Eli, no me acuerdo, eran dos, sacar turnos con el dentista, eso lo hago rápido, puedo llamar en este momento, sacar pasaje. Comprar algo de ropita para mami, buscar el pantalón que llevé a acortar, llevar quince pesos para pagarlo, comprar peperina, comprar una agenda nueva. Anoche soñé, la niñez. Qué vería esa niña que necesitaba el viento. Por qué la recurrencia hacia el resquicioso río. La niña que cerraba sus ojos y lloraba en secreto y llorando despedía barcos. De papel, claro. Cómo la niña calma se sentía camino recorrido, estática, pero no tanto. El viento en sus orejas le causaba un dolor extraño, ahí, ahí, en el medio de sus células. Volver también es causa de otro extraño dolor cuando se ha dejado de ser niña. Mujeres. Una mujer y una flor gritonean. Una mujer tira piedras al río. Una mujer cruza el río. Una mujer mira el río. Esas cosas que, como dijimos, pasan, todas a la vez, hasta en una sola persona. Mujeres. Palabras. Brazos que quieren ser pasado pero no pueden ser más que presentes ventosos. Mi pelo desparramado en mis hombros. Ojos achinados por el frío y lo seco de este diciembre. El sur. Me trae, pero no me abraza. Me expulsa. Es como si gritara para hecharme. Quiere que me vaya para no volver. Porque ese viento irritante son recuerdos que llegan al cuerpo y tantas veces, lastiman. A dónde estará escondido el arte de la autocuración, del perdón. La soledad. La niña. Qué hubiera sido de esa niña ahora mujer sin este sur. La niña mujer narrada dejó una lista de cosas para hacer y algunos pensamientos también quedaron perdidos. Se quedó murmurando. Qué me depara esto, a dónde voy.

Augusto, Federico, Marco, Salvador, Helga, Javier y Martín, Brian, otro Martín, Gonzalo, Guillermo y los otros dos, Pamela, los tres rubios, Sol, el mendocino, otro Augusto, Bernardita, David, Bruno, Sandra y Laura y Matías, otro Martín y Gisella, Quillén, Vanesa, Otto y Patricia, Francis y Diana, Félix, Alicia, Melissa, Cristina, Paula y el novio, Soledad, Juan Cruz, Martín, Guillermo, Rudy, Cecilia, Claus, Fabián, Fabio, Eliberto y los nenes, Roberto, Gabriel y el amigo morocho, los tres de Buenos Aires, Celeste y su panza, Manuel, Gabriela y Carla, los gendarmes, Horacio, Horacio, Juan, Enrique, la vieja que quería matar a Helga. Nombres. Historias. Qué me depara esto. A dónde voy. Y a dónde van, todos ustedes, me pregunto. Me acuerdo, cuando era chica, dice ella, la narrada. Para saber si él nos amaba, poníamos su nombre y el nuestro, completo. Sumábamos, y esas cosas, en realidad no sé bien cómo. El número, algo importante. Cuarentaynueve era la mirad. Ochentaycinco era mucho. Cien, lo imposible. Ese, era el amor de la vida de la mujer sumada. Y al revés, la mujer sumada, amor de la vida de ese hombre también sumado.

Ahora. Ella se fue y él se quedó. En las sumas, dio un número impar e impreciso. Quién sabe. Eso de tal para cual, si existe, o no. Cuestión de hadas. A veces sucede. Sí. A la narrada, aún no. Pero el otro día alguien me contó, encontrar una voz común desde donde decir las cosas, ganas de jugar en el cuerpo de otro, hasta ese entonces misterio, desconocimiento general, errores. El cuerpo que vibra en un reguero. Que los pies se sumergen en agua y en charlas. Que desnudos y al sol nos sentimos tan bien. Que tirarnos como niños y ver las estrellas. Que reírnos con los perros que el perro nos lama las orejas que comer que cocinar.

Recorridos parciales en este mundo de parcialidad e incompletud. Había escrito, antes de partir. Sí, le gustaba escribir. Personaje narrado a la vez narrador, que pondrá mil palabras más y así, más recorridos que van completando estos recorridos, reales, o quizás, narrativos, qué diferencia hay, representan la incompletud hablada. Y escribió. Voy a escribir con esta/ mano así practico un/ poco la libertad, la/ creatividad. ¿Que los/ ojos abiertos? ¿Que el/ sexo?  ¿Que los caminos?/ mis puertas están siendo/ golpeadas por alguien que/ quiere encontrarme. Abrirlas/ es una decisión fundamental/ para comprender qué es/ lo que hay en este cuerpo./ ¿Qué experiencias han hecho/ que mis manos no sientan calor?/ Decirte que no puedo es más/ importante que permanecer/ eternamente callada./ Risas y correteos. De ellos/ admiro la pasión. ¿Aceptás / empezar un camino conmigo?/ Hoy es un día. En que quiero decir cosas de mí. Quiero decir qué soy y qué no soy. Decir que las palabras conforman mundos paralelos, es real. Y es que ellas, cuando se ensamblan, en el mismo momento desarman visiones comunes, visiones cotidianas.

Así la encontramos, mirando un pasado, pensándolo. Aún, no llega el momento preciso para decidir partir. Decisiones. Un día charlando descubrimos, ella y la que narra de ella, que tomar una decisión, es marcar un camino, por qué tantas veces esa palabra. CAMINO. CAMINO. Pero. Por qué las decisiones se toman por sí o por no. Por qué la dualidad. Eso pensábamos. Ella y yo. Pero sí, sucede otro momento crucial. Ella, independiente de mi lapicera, decide, encontrar un centro. Entonces. Si hablamos de un centro, un centro, parece, ser de uno, no de dos. Tengo ganas de irme, dice. Irme de estas palabras, también. Todavía, no, pero ya siento latir algo, más lejano que cercano. Lejano. Lejano. Quiero escribir.

¿Inventás una lapicera verde, para mí? Quisiera escribir cosas desboladas. Como por ejemplo. Caminé por bosquecitos de nieve y hojaldre. Encontré anillos y charlas de escorpiones escritas en papel de cebolla. APROXIMACIÓN DESACOSTUMBRADA DE GEMIDOS NOCTURNAMENTE FEROCES. GEMIDOS LUNARES. Ella. Sus primeras palabras. Después, vendrían palabras sobre el amor. Más racionales. Un día me dijo. Ordené cajoncitos llenos de lunas, miel y tomillo. Llené bolsas de romero y pan rallado y pájaros y ardillas. Burbujas de azúcar negra disimulando senderos. Hojas de esmalte azulado se revuelcan en los muslos de una mujer. A dónde te estás yendo. Pensé. Y seguí pensando.            Ella, la narrada, es otra. Mutaciones desacostumbradas. Como los gemidos. Primero, algunos garabatos, con esa lapicera verde que yo decidí regalarle. Después, la ví escuchando la lluvia. Tocándose. Mirando la lluvia. Acaso. ¿Sos real? La ví mirando la lluvia. En realidad no. La imaginaba, porque el techo de la carpa naranja no era traslúcido, como queda claro. A través del sonido, podía intentar ser gotita, grandota, pesada, mucha agua, poca. Pensaba. Eso sí era cierto.            Losmovimientosdelcorazónysussilenciosaudacesprovocanpausasenelfluirdelpensamiento.eneldiscurrirdelasvocales.quéeslafidelidadsivosnoestásacá.soñéconuncampoverdemuyverdeelcampodondeestabanmuchaspersonasmirandovacasycaballosyderepenteaparecianmujeresceltashermosamentevestidasdeazulyvioletaquecorríanyqueríanaplastarnos.            Ahora. Pienso yo. La que escribe sobre la que escribe. ¿Es que tanto me extravié tanto que es ella la que escribe? Sobre qué está escribiendo, me pregunto. Jamás la pensé enamorada, cuándo fue real todo eso. No lo entiendo. Pero la siento. Quiero retroceder un poco, borrar el polvo del tiempo e intentar comprender quién es, pedazo de lapicera verde, maldita mariposa, a dónde estás queriendo irte. De repente, te busco en los lugares comunes, en las letras comunes, en las frases armadas, pero ya no estás ahí. Aprovecho para contarte algo. Me lo contó una señora. Y un señor. Me lo contaron el otro día, cuando habías desaparecido.

UNO. Volver a un lugar que uno sintió propio luego de treintaytres años. La misma pareja. El mismo hotel. Aunque en realidad no. Ese ya no está. Por eso alquilamos otro, también frente al lago. Aquí, señorita, no había nada. Me impactó ver el lago, el color. Ahora, todo crecido. El localcito donde compramos dulces aquella vez, la ruta asfaltada, las cabañas, por todos lados, como vacas. A mí me gustan los lugares tranquilos. Alquilamos una habitación señorita, en un hotel hermoso. Con vista al lago. Nos gusta descansar. Pero nos tienen de aquí para allá. ¡En Bahía López vamos a dormir un rato! Volvimos después de treintaytres años. Creo que no queda nadie ya. Nos llaman. Señorita, nos vamos. Gracias por todo, por sacarnos esta hermosa fotografía. Luego se la mandaremos. Que tenga suerte. Que disfrute su día. ¡¡Disfrute el lago por nosotros!!

DOS. El retorno. Ver con los mismos ojos otras cosas. Con otros ojos las mismas cosas. El reflejo de uno en un viaje. Momentos pasados. El presente, doloroso. Sensación de que todo cambia desmesuradamente, y hasta nosotros cambiamos. Te miro a los ojos y veo un hombre. Mi hombre. El hombre que fuiste, el que sos. Hombre con el que hice tantos viajes. Estoy pensativa. Volvemos al mismo lugar con la ilusión mía de encontrar en estas montañas lo posible, lo antiguo. Aquello que fuimos. Quiero entrar en mis recuerdos. Pero en esos recuerdos, lo poco que de ellos queda, muestran una mujer joven, tersa, adicta, a este aire sureño, que ya no está. Hoy, otros recuerdos. Somos adultos. Por no decir viejos. ¡Somos dos viejos! ¡Mi amor! Dejame preguntarte algo. Por qué siempre hemos viajado en colectivo, contratando paquetes. Por qué no un auto, por qué no caballos, o abejas. Perdón, ya sé que te hago enojar con estas preguntas tontas. Me pensé adicta a la vida pero quizás no lo soy tanto. Quizás soy de esas personas que necesitan el tiempo medido para poder disfrutar, para entender todo. Una hora para estar aquí, abstracción a cuentagotas. Claro, hoy comprendo que las sorpresas no me gustan. Tanto tiempo mintiéndome. Porque cuando aparecen, tal vez deba tomar pequeños caminos, que me aterran. Por eso estoy con vos. Por eso somos una pareja medida. Nunca gritamos. Cuando hacemos el amor, a veces pienso que tu cuerpo es demasiado grande con respecto al mío. Hacer tostadas, ya no es un lujo. Aburrimiento. Dónde está el amor. Una hora aquí me devuelve la creatividad de pensar que soy otra. Les llevaré folletos a mis hijos. Ellos también quieren venir aquí. Pero, ya que estoy pensando. Hijos criados por esta madre solo comprenderán lugares conocidos, y así, un círculo. Las cosas nuevas, para qué. Mejor olvidarlas. Yo soy así y no soy. Por eso miro las olas. Quiero nadar desnuda. Mis tetas tienen muchos años de leche podrida, años lejanos de hijos pequeños prendidos insistentemente a estos pezones colorados. Quiero nadar desnuda y sentirme anhelada, que el lago me reciba, llenarme de agua. Útero, turquesa. Se que en una hora no puedo hacer esta locura. No puedo huir kilómetros hasta llegar a las bahías desiertas. Por qué no puedo. No lo sé. Aunque sé, que tampoco quisiera llegar a esas bahías de desnudez y encuentro. Vos sos la seguridad en mis días, y también lo muerto, lo oscuro. De jóvenes nos creímos traviesos, rebeldes. Pero la realidad. Siempre fuimos una pareja normal con intereses normales, incapaces de acercarnos a la belleza de la vida. Un colectivo me espera. Mucha gente normal. Me hablan. Estoy asustada.

TRES. Yo no te dejé crecer. Eras una hermosa mujer cuando te conocí. Lo seguís siendo. Yo soy un tipo normal. Se que eso te molesta. No me gusta caminar mucho. No me gustan las comidas agridulces. Para qué demoler sabores cotidianos. No me gustan las conversaciones profundas. Soy un tipo normal. Hay días de invierno en que te veo envuelta en tu frazada amarilla, esa que te regalé, te acordás. De lana. La lana que acaricia tus caderas, que trasforma una simple mañana matrimonial en una hermosa geografía. Montañas, valles, lagunas, fruta jugosa y fresca. Qué hermosa estás. Qué hermoso el sol cuando te da en la cara y cerrás los ojos para absorberlo. O absolverlo. Eras una bella mujer y lo seguís siendo. Cada día más. Que repetitivo estoy. Sos cada día mas sabia. Tus nietos te dan frescura, te han renovado. Pero yo, un tipo normal. ¿Qué hiciste conmigo toda esta vida? ¿Es que mi normalidad imprime seguridad, en tu volátil, emergente, radical vida? Por momentos pienso. Tenés miedo a volar. Aferrada a mí. Yo, tu excusa menos controvertida. O mi simplicidad. Sí, también soy un tipo simple. Hace mucho tiempo vinimos a este mismo lugar. Jóvenes. Fuertes. Vinimos en un colectivo. Como hoy. No sé por qué no en mariposas, en caballos, abejas. O sí, lo se. Me gusta viajar en colectivo. Te veo mirando el lago. Miro tu nuca. Mi vida llana tiene ranuras gracias a tus revoloteos de picaflor naranja. No te vayas. En tu mirada noto, ansias de nuevos encuentros.            Volviste. Te veo cara de decir cosas. ME ESTOY YENDO. Tomé una decisión. Me hicieron el destino y vos amante y soñadora. Me hicieron las casualidades y yo misma, sutil, de pechos pequeños y compactos, de cejas potentes, de amar maduro. Pero también volátil. Y así. Amé. Y así. Caminé. Y así, ansias, como ese cuento que me contaste, de nuevos encuentros. Yo te escribí algo también. Lo ví, por ahí paseando, en esas palabras. Es raro. ¿Querés leerlo?

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