Las
manos del hábil truhán eran rápidas. Nadie notaba la velocidad de sus
maniobras. Todo el ámbito seguía con la monotonía habitual. Sólo algunos de la
antigua casa de juego comenzaban a inquietarse, ante las inesperadas ganancias
del hombre.
Sofía, vieja conocedora
de los movimientos de un buen jugador, iba acercándose cada vez más al
desconocido. Era de tez trigueña, facciones de una perfección poco común,
hermoso, capaz de llamar la atención de cualquier mujer. Manos bien cuidadas,
traje impecable y un dulce olor a perfume. Fragancia que la embriagaba y le
despertaba bajos instintos; situación que la preocupaba. Ella no era mujer
fácil de conquistar y menos por un aroma.
Jugada tras jugada fue ganando las
partidas. La mirada del dueño dejó de ser furtiva, para dirigirse hacia sus
guardaespaldas en actitud casi furiosa. En un momento dado, uno de los
jugadores de la mesa, lo increpó acusándolo de tramposo. De inmediato, la
repuesta del hombre elegante no se hizo esperar, y contrario a todo lo que se
esperaba, invitó al acusador a jugar una nueva partida. Solicitó al personal de
la casa un nuevo mazo para la jugada memorable. Semejante actitud no pasó
desapercibida y todo el público se agolpó alrededor de la mesa de los
contrincantes.
Era la plaza de los toros estallando y las
bestias estaban impacientes; los toreros ya lucían sus ropas magníficas y en
cada mano blandían sus banderillas mortíferas. Se dio comienzo a la partida. Al
principio fue un espectáculo la manera con que mezcló los naipes; la fiesta
circense estaba en pleno. Sin un ápice de nerviosismo, el desconocido se
instaló en su lugar, previa mirada a su rival, como para aminalarlo y comenzó
el juego.
Las miradas iban de un lado hacia otro y la
tensión aumentaba minuto a minuto.
Sofía
no dejaba de observar las manos del pícaro. La ligereza con que hacía la
jugada, lo imposible de detectar alguna anomalía. Sólo le llamaba la atención
el anillo en su mano derecha, la piedra enorme de color verde, a pesar de estar
cerca de él, no podía descubrir qué piedra era. Su tonalidad la encandilaba y
no la dejaba pensar. Estaba hipnotizada.
La mesa de juego era la atención de los
presentes. El silencio espectacular y las luces acogedoras acompañaban la gran
tensión.
Desde pequeño se había iniciado en este arte. Un vecino había
comenzado a enseñarle y meses tras meses fue adquiriendo la habilidad en el
manejo de los naipes. Su destreza era inusual en un niño. Al principio se
presentaba haciendo demostraciones en los clubes de su barrio para colaborar en la economía de
su familia. Más tarde en fiestas y eventos oficiales, hasta que su fama
trascendió las fronteras de su país. A través de ella conoció personalidades
destacadas del mundillo de la
Política, del Arte y la Literatura. No se
había enamorado del poder, aunque fácilmente lo podría haber hecho. No
obstante, la vida tiene sus intrincados vericuetos como los juegos de azar, y
él, no había sido ajeno a los designios
del señor. Había acumulado una considerable fortuna a lo largo de los
años; tenía lo que se había propuesto:
mucho dinero, yates, mansiones y una gran soledad, que no había buscado. Un
vacío tan profundo que no lograba llenar con ninguna mujer. Mucho tiempo había
pasado en la búsqueda del objetivo. Se había olvidado de sí.
Los encuentros con
mujeres hermosas, sexo desbordante, gente habitué al jet sep internacional y de
toda calaña, ya no lo sorprendían ni colmaban el desierto por el que estaba
pasando. Las noches se le hacían interminables, no tenía amigos y esta
profesión sólo le había granjeado enemigos. Lo acompañaban los recuerdos de una
infancia feliz allá en su pueblo. Todavía podía percibir el olor característico
del mar. No podía volver atrás, sólo era un anhelo casi imposible, pero aún le
quedaban las noches, porque sabía que en sus sueños, siempre y para
reconfortarlo, aparecía la imagen del mar, de su amado mar. Un mar al principio tranquilo, más tarde
azotado por olas enfurecidas que castigaban la orilla. Era un tormento, pero a
su vez un gozo inexplicable, que sentía casi todas las noches.
Por eso, sin más que pensar, tomó su auto y
emprendió el viaje sin rumbo con la libertad del: “dejarse llevar”. No sabía
por qué, pero íntimamente lo presentía. El cambio se acercaba. Conducía el auto
suavemente, abandonándose al dominio de
su mente en blanco, disfrutando. Las casas se sucedían, una tras otras,
el paisaje lo acompañaba. Saltaba los semáforos como los saltos en largo de la
primaria. Por suerte no había ningún policía de tránsito, su esencia estaba de
plano al panorama que tenía delante. Nunca sospechó, siquiera, la posibilidad,
de un accidente. No estaba en sus planes.
Pero,
con la imprudencia en sus manos, sucedió. Chocó. Salió violentamente despedido
por la ventanilla del auto. Ahora yacía
inconsciente en mitad de la ruta. No supo cuánto tiempo. Despertó en un
lugar, austero, y de un silencio absoluto. Apenas escuchaba algunos susurros
muy bajitos. Le dolían las piernas y la cabeza. No recordaba qué le había
sucedido. Al abrir los ojos, sólo vio ese ángel. Así la llamó y la seguiría
llamado. Era la hermana Sofía. Una sonrisa amplia lo tranquilizó. Le explicó
dónde se encontraba. Le contó por qué se hallaba allí. Así se fue
tranquilizando. Los primeros días fueron de desazón, pero luego, comenzó a
saber quién era la hermana Sofía. ¡Tan hermosa! Y esos ojos verdes que le
penetraban el alma. Ese candor extremo al que no estaba acostumbrado. Cuando
ella le tomaba las manos, era inevitable sofocar el escalofrío que le recorría
el cuerpo. Poco a poco la fue conociendo. Esperaba con ansiedad su visita.
Necesitaba de su palabra, de su presencia, de su serenidad. No le importaba
cuántos días estaría en ese convento, tampoco, pensar en irse. Cómo perderse
ese remanso que era Sofía. La esperaba con la urgencia de un adolescente, la deseaba
intensamente. No sabía, si ella se daba cuenta de sus sentimientos, siempre tan
solícita, tan pulcra, rodeada de un hálito de pureza, que no daba pie a otras
insinuaciones.
Un día la vio ruborizarse y sintió su
palpitar. Tenía tentaciones de besarla, abrazarla, entregarle su corazón, pero
no se atrevía. No sabía cuánto tiempo llevaba en ése lugar, tampoco le
interesaba. Vivía, soñaba y pensaba por y para Sofía. Y. . . los vientos de
amor tan esperados llegaron suaves, perfumados cual primavera. Los sentimientos
desbordaron, no esperaron más, desesperados como río fuera de cauce, un día se
abrazaron y dieron rienda suelta a su amor. No hubo barrera que impidiera esa
adoración perfecta e incondicional. Durante muchas visitas soñaron, planearon
un futuro y no hubo cabida, para pensar en la situación en la que estaban
inmersos. Destilaban amor con mayúscula.
¡Qué diría la hermana superiora! ¡Qué dirían sus compañeras! No importaba.
Sólo importaba lo que sentían. Eran caballos indómitos, desbocados a merced de sus sentimientos. Sostenían largas miradas, sin palabras, ruborizándose,
amándose en la oscuridad de los ladrones. Porque las visitas se hicieron cada
vez más asiduas, más incontenibles de pasión. No pensaban, no razonaban.
Permanecían bajo el dominio de los instintos de los primates, del hombre del
neandertal y no había razonamiento lógico que cambiara tal situación.
_
¡Sofía!
La madre superiora la descubría ausente, en
sus oraciones, en las tareas que se le asignaban, no podía disimular.
No había pasado una jornada sin querer
visitarlo. Pero cómo! Si ya era imposible, la madre superiora algo sospechó. Inesperadamente
la cambiaron de tarea.
Ahora cuidaba el jardín, muy lejos de donde
estaba Joaquín. No soportaba esa ausencia y lo decidió. Esa noche iría hasta su
habitación. Agazapada en la oscuridad,
esperó. Luego de las oraciones de la noche y bajo el silencio de su
miedo, caminó sigilosamente como un gato montés al acecho de su presa. Debió
esquivar las tenues luces del pasillo y las recorridas que hacían sus
compañeras para controlar el orden establecido. Los ruidos de las llaves la
hacían temblar, por suerte su habitación (la de Joaquín) siempre permanecía
abierta. El sólo imaginarse el encuentro, la hacía feliz. Sus pensamientos no
se alejaban de Jesús y pedía ayuda, pedía perdón, pero la alegría que sentía
junto a él, era imposible de describir. Era el día, era la tempestad, era el
mar y sus olas abrazándola, las piedras eran dulces, el ocaso era brillante y
ella era intensamente feliz, sin olvidar, en ese instante, quién era.
Había
llegado al convento convencida de su entrega a Dios. Cómo le había sucedido
esto, pregunta que le taladraba la cabeza incesantemente, una y mil veces o ¿sería
una prueba del señor? Oraba y oraba, pero esos sentimientos eran más fuertes y
allí estaba. En el encuentro no hubo palabras.
La noche había sido corta. La luz del
día iluminaba el cuarto y no se habían
dado cuenta. Cuando despertaron, Gloria (la hermana superiora) los observaba.
No hubo disculpa que la convenciera. Su sospecha se había confirmado. De
inmediato fue castigada. Encerrada en una celda a pan y agua, despojada de sus
hábitos, a la espera de un juicio de la congregación a la que pertenecía. Ya el
obispo y el Papa, en Roma, sabrían de su
situación. Debían cumplirse las reglas estipuladas por el convento. Muy rígidas
e incomprensibles. Nunca antes lo había pensado ni sospechado lo que podría
sucederle. Fue llevada frente a una mesa larga, ocupada por las monjas mayores,
y prácticamente obligada a sentarse en la punta y esperar. Fue acosada con
preguntas hasta el cansancio y las lágrimas. Sus súplicas no fueron oídas,
tampoco su arrepentimiento.
La
sentencia era imposible de detener.
Apretaba con fuerza el anillo que él le
había regalado, nadie se había dado cuenta que lo tenía entre sus ropas. Lo
único que la mantenía viva y con fuerzas para soportar lo que vendría. Sólo el
verde brillante del anillo, la tenía consciente. A pesar que sus compañeras
imploraron por su absolución, la condena fue inevitable. Fue encerrada según
los códigos internos. Una noche, una de las tantas después del juicio, no supo
a qué hora ni qué día, se presentó la hermana superiora.
__
¡Rompiste las reglas! ¡Quién te crees que eres!
Nadie
escuchó sus gritos. Así era el código. Nadie contaría lo sucedido.
_¡Desgraciada!
¡Has faltado al orden¡ ¡No puedo perdonarte! Has realizado el agravio más
grande a la orden. Has roto lo construido y mantenido en años.
Los latigazos caían con fuerza. Se cansó de
pedir perdón. La hermana Gloria no escuchaba. Había perdido el sentido de la
realidad y cayó cansada, lastimada y ya sin fuerza para luchar.
Despertó
en la calle. No sabía dónde se hallaba. Tenía miedo. No recordaba por qué
estaba allí. Comenzó a caminar sin rumbo. Una mujer que por allí pasaba la
ayudó, la lavó, le dio de comer y no preguntó. El señor estaba presente aunque
ella no se diera cuenta.
La vida continuó. Ya no era la de antes. Tuvo
un trabajo, al principio le fue difícil conseguirlo. El tiempo había hecho lo
suyo. Trabajaba en un club, aunque no le gustaba, era lo único que había
conseguido. Siempre su belleza había
llamado la atención. Pero ahora, ese verde intenso, la hacía temblar. No podía
dominar esa inquietud. El corazón le palpitaba de tal manera que lo podía
escuchar; era un loco tambor. Las piernas le temblaban.
Mientras el juego corría como río en
crecida, Joaquín no dejaba de pensar. Siempre lo martirizaba un solo
pensamiento. Qué había sido de su amada. Su único amor verdadero, porque las
otras habían sido aves pasajeras. Ella había llegado en un momento de su
vida, donde todo, ya no tenía sentido. Era como si su vida se
hubiera ajado como las hojas de un libro muy antiguo, leído muchas veces pero
sin llegar a terminarlo o empezado a leer una y otra vez, sin comprender el
final. Aún conservaba el anillo, que él, le había regalado. La hermana
superiora le había dicho que Sofía se había ido sin despedirse y sin decir
a dónde iba, pero que ella había
encontrado el anillo de piedra verde, en el suelo de la habitación que ella
ocupaba, sólo preguntaba, si era de él. Era lo más preciado que tenía de su
presencia.
Así salió de aquel lugar. Vacío como había
llegado. Sólo que ahora con la esperanza de encontrarla. Fueron largas las
caminatas en su búsqueda, hasta había llegado
a contratar a varios detectives, para hallar lo más sublime que le había
ocurrido en su vida mediocre. Todo infructuosamente.
Tuvo
que aprender a convivir con su ausencia. Sus noches se poblaban de recuerdos,
de la mirada candorosa de Sofía, de sus palabras. Nunca agotaría la búsqueda.
Era el motor que lo mantenía despierto y
soñaba con el encuentro.
Hoy como todas las noches jugaba. Gozaba
con la atención que prodigaban los presentes hacia él. Así podía olvidar. Era
la vida que se había inventado. Ya habían pasado tres años desde aquel día
glorioso.
La jugada parecía ser fácil. Había
encontrado un rival inteligente, no se dejaba vencer fácilmente. Tuvo que poner
a prueba todo su ingenio y el conocimiento acumulado durante años.
No había visto a la mujer que estaba a su
lado; era común en estas jugadas la presencia de alguna; daba una nota de color
y sensualidad. Se sentía a gusto con ese espectador. No sabía por qué, aún sin haberle visto el
rostro. Le atraía una rara fragancia que emanaba de ella. Además los recuerdos
de alguien, comenzaron a revolotear, a enloquecerlo, pero para qué ilusionarse.
Ya había perdido la intensidad de la búsqueda..
Envuelto en esos pensamientos, y en ese aroma
embriagador, se descuidó. Perdió la partida. Debía hacer algo, no le importaba
hacer trampa, tenía deseos de hacerlo, de romper con esa rutina, de terminar,
de mandar todo al diablo, que importaba, si Sofía no estaba. Su existencia
había sido una trampa del destino, y sentía muy cerca suyo, el llamado de la
venganza entre jugada y jugada, el oponente lo descubre, y entra en cólera.
Vocifera y sin más, saca un arma y dispara. Él se hace a un lado y el proyectil
impacta en la mujer que está a su lado. Levanta la vista y la descubre.
¡Sofía! Ella lo mira y una amplia sonrisa
lo acoge. Guiado por un impulso de desesperación e impotencia se abalanza sobre
su oponente, pero éste dispara nuevamente. Joaquín cae herido, con gran
esfuerzo logra arrastrase hasta ella. Las lágrimas corren como un torrente. Se
toman de las manos, tan fuertes como hacía tiempo no lo hacían. Joaquín susurra
muy bajito Sofía. . .Sofía. . . Sofía. . . amada mía. Mientras Sofía esboza una
sonrisa plena de estrellas, la habitación comienza a iluminarse. En lo alto una
puerta se abre y una música santa invade todo el recinto. Todos hacen silencio.
Joaquín y Sofía caminan tomados de las manos hacia ella. Sólo sus miradas
hablan.
En
el club quedan las luces, una pistola humeante y el vacío de los que quedaron.