PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

Codas, Jorge (Tanke Vair)

Bonsoir Veronique



Bonsoir Veronique

Envuelta en esa simplicidad tan sedosa

 

Seudónimo:

Tanke Vair

¿Qué pienso del amor? En resumen no pienso nada.

Querría saber lo que es, pero estando dentro

lo veo en existencia, no en esencia.

Roland Barthes     La historia que siempre se movió en la sombra acaba en la sombra, repitió Pablo después de intentar recordar donde la encontró escrita y luego sentenció que aún era temprano, para disimular, quizás, el impacto de su propio duelo. Caminaba algo apurado mientras su pensamiento apuntaba a que la confesión de su culpa era más importante que la querella que se autoinfligía, sin embargo, aquella y ésta, constituían dos piezas de un mismo dispositivo, se dijo a sí mismo. Fué a las nueve y siete que descubrió que lo seguían. Y retomó mentalmente la tarea de revisar la verdad que, en ese momento, consistía en poner en entredicho esa agradable peligrosidad de lo prohibido que apuraba sus pasos.     Rue de Moussy y rue de la Verrerie, près del l´Hôtel De Ville, esquina preciosa, intacta, un lieu qui n´a pas démenti son penchant mondain. Cruzó la calle casi corriendo, evitando dos charcos. Repentinamente comenzó a escuchar Fever cantado por Ray Charles y Nathalie Cole, cosas de Paris, pensó mientras observaba a la primera mujer parada a unos diez metros de donde él estaba, quien lo observaba con unos ojos brillantes, preciosos, felices, felinos, festivos como inmersos en un pequeño viaje, sinuoso, visiblemente enredado en su propia espiral de intereses, en medio de las grietas y las transparencias sospechosas de la noche.     Never knew how much I love you, never knew how much I care, when you put your arms around me, I get a fever that’s so hard to bear.     Cruzó la calle apretando fuerte los dedos dentro de sus bolsillos. Fue entonces cuando vió detrás del vidrio de la ventana a Veronique, se encontró al fin con aquellos labios que murmuraban desde un aliento de inocencia palabras de bienvenida, sintió que sus ojos parpadearon, se humedecieron brevemente y se instalaron en el brillo de los suyos. You give me fever, escuchó casi como un susurro que le acariciaba ambas orejas, cada palabra era como si empujara a la siguiente para avanzar y luchaban entre sí por perpetuarse en el corazón...en un sístole y diástole rítmico, when you kiss me, fever when you hold me tight; fever in the morning, fever all through the night.     Empujó la puerta y entró. Giró a la izquierda para ir en busca de la segunda mesa. La encontró allí, envuelta en esa simplicidad tan sedosa, sincera, como un caramelo a punto de abrirse, sentada, con los brazos apoyados en el mantel verde, observándolo con cierta timidez, típica de la primera cita de los diez y seis. Miró rapidamente hacia el fondo, donde reconoció el viejo tocadiscos, del cual fluía aquella melodía fácil como un himno programado para recibirlo, que se abría paso entre el humo de cigarrillo, el coro formado por aquel rumor de conversaciones a media luz, el sonido de las copas, las botellas, los pocillos, las risas y bonsoir Pablo, bonsoir Veronique.     Sun lights up the daytime, moon lights up the night, I light up when you call my name, and you know I’m gonna treat you right. You give me fever, when you kiss me, fever when you hold me tight. No había sido facil estar allí, sobreponerse a las culpas, a los peros, a la angustia de poner el pié en aquella baldosa floja. La hija de su socio sentada allí, a unos pocos centímetros, quien lo miraba acomodar el saco en el respaldo de la silla. Bonsoir, bonsoir, bonsoir, repitió feliz de verla. Ella se sonrió exhibiendo integramente una dentadura preciosa, blanca, juvenil, sincera.     —Te preocupa que papá sepa que nos encontramos?     Cuando Pablo quiso ver los labios que tejían aquella pregunta, solamente se encontró con el recorrido de la lengua de ella saboreando la espuma del café, trepada hasta muy cerca de la nariz y respondió apenas con una sonrisa de obviedad superlativa, casi ensayada, grabada en sus surcos más culposos, trazados artesanalmente en la penumbra de sus propios deseos durante horas de preguntas y fantasías, de escenas bordadas a mano alzada y suposiciones de fuerza mayor con un fondo de jazz.     Fever in the the morning, oh fever all through the night...     Las primeras dos se sentaron a la barra, desde donde podían observarlo mejor; la que parecía más joven, sin embargo, prefirió sentarse sola en la mesa de al lado y pidió una gaseosa... nada más, con un sólo hielo, dijo gracias y ni siquiera intentó disimular que lo miraba. Everybody’s got the fever, that is something that you should know. El las vió y trató de armar mentalmente el rompecabezas, con cierta lógica y sin la más mínima instrucción; eran tres adentro y dos más afuera, del otro lado de la calle, recostadas contra la pared de una farmacia con el gesto típico de quien vigila algo, o de alguien, sin temor  alguno de ser visto. Sabía perfectamente que estaban allí por él y viceversa, quizá así debía suceder, recíprocamente así.     —Lo que más te preocupa es que papá lo sepa... —insistió ella.     —Lo que más me preocupa es que pueda no entenderlo... —respondió él—. Quitándole los ornamentos que nosotros le ponemos a esta cita, quizá sea para él una especie de traición. Es un juego en el que él queda excluído y se trata, ni más ni menos, que de una aventura de su hija menor con su socio.     —Y su mano derecha...     —E izquierda, entre otras extremidades útiles al caso.     —Creiste que por eso mismo no vendría?     —Sabía que vendrías... —respondió mirando la finura sutilísima de las dos chicas de la barra mientras le recorría por la espalda un frío extraño al ser observado por la más joven, la más próxima de las cinco.                                                —Mis hermanas siempre estan cerca... eso no quita que...     —Y, aún sabiéndolo, creiste que no vendría?     —Ellas no participan de los detalles íntimos, sólo de los pasos previos. Después de todo apenas soy una niña. Alguien debe cuidarme, en especial cuando me olvido de tomar los medicamentos. Me gusta tu camisa celeste a rayas violetas.     —Gracias... es un regalo de mi paciente más joven.     Entonces él extendió la mano derecha, por debajo de la mesa, apoyando su pecho contra el borde para sostenerse y disfrazar su intención; acarició su rodilla, esparciendo con ternura el sudor acumulado entre ambos muslos, al momento que aquellas piernas desnudas, seductoras, suaves, se separaban levemente, como incitando a un viaje más profundo, allí donde aquella tela húmeda que apenas alcanzaba con la punta de sus dedos protegía otro tesoro, otra ocurrencia oscura y tibia de la naturaleza. Fever isn’t such a new thing, fever started long ago. Yeah, yeah yeah yeah yeah, oh.     Cepilló con suavidad las palabras con dos bocanadas cortas de aire, que luego dejó brotar de su boca, colgadas de su lengua, con sabor a whisky on the rocks, a saliva jugueteando en silencio en aquella garganta entregada, exquisita, imaginaria, con fondo de escándalo, de peligro, de espasmo moral, de primera página.     —A eso le llaman sentirse desprotegido? —inquirió ella con una morbosa picardía y una mueca de inocencia.     —Quien desea no puede ser culpable, decía Bruckner. El pecado sólo procede de las prohibiciones.—respondió él intentando llegar más lejos con las manos.     —Tell ´em about it. La profesión de psicólogo no permite estos deslices, verdad? Y mucho menos con tus pacientes más jóvenes...     Romeo loved Juliet, Juliet she felt the same. When he put his arms around her, he said “Julie baby you’re my flame”. Fue una conversación breve, acariciada con tibieza y prudencia, con preguntas y juegos de sutil distribución de intensidades y calores; la noche se mantuvo atada cariñosamente a las sombras con su dulzura pegajosa y ardiente, con sus culpas y su fatalidad sin remedio, arañando la piel del apetito más devoto, sus imprudencias que encendieron aún más la oscuridad de los callejones sin salida, el laberinto irrenunciable que ellos mismos habían convertido en cita, en proesa, en ceremonía de profanación y deseo. Ella tomó la iniciativa y sugirió continuar la conversación en el asiento trasero de su peugeot; él aconsejó el hotel más próximo. Sin embargo terminó ocurriendo en la última fila de un cine, en una noche y un horario poco concurrido, con el discreto encanto de la burguesía abrazado a la pantalla y que hubiera sido bueno ver completa, al menos por respeto a Buñuel.     Una chica muy parecida a Marilyn se había pasado todo el tiempo preguntándole a su compañero, un hombre joven con acento marroquí, el significado de cada escena. Las cinco chicas se habían ubicado en las butacas del costado para definir mejor aquel escándalo a media luz, catalogarlo, registrarlo y tomar las decisiones correspondientes.     —Doctor, no piensa devolverme mi ropa interior— preguntó Veronique apenas salieron a la calle.     —De ninguna manera, es un trofeo de guerra— respondió Pablo.     Las cinco chicas caminaron detrás de ellos, cruzaron una placita, y fue entonces que volvió a escucharse a lo lejos Thou givest fever, when we kisseth, fever with thy flaming youth. Fever, I’m afire, fever yea I burn forsooth. La menor de las cinco era la más nerviosa, la única a la que las otras no se tomaban el trabajo de reanimar, de apaciguar sus nervios, de traducir el descontento en paciencia. Captain Smith and Pocahontas had a very mad affair. But when her Daddy tried to kill him, she said “Daddy, Daddy don’t you dare. He gives me fever... with his kisses, fever when he holds me tight.     Fever, I’m his Missus, Oh daddy won’t you treat him right.     Fue una noche extraña, fibrosa, musical, fresca, fácil, de película. Now you’ve heard our story, (oh, it’s your story). Una noche de un dolor inocente, de conjeturas dispersas, de sabores entrelazados, de cartas marcadas sobre la mesa de un prólogo único, de dulce espera, por lo tanto, de ansiedad. Here’s the point we have made (I’m listening). Fue una noche de turbulencias y pequeñas mordidas en el cuello de la culpa. Chicks were born to give you fever (that’s right). Be it Fahrenheit or Centigrade. They give you fever... una verdadera farmacopea de reincidencias y miradas culposas... when you kiss them, fever if you live and learn. Fue una noche sin viento, sin plaza, una noche abstracta, perseverante, de angustias incrustadas en los ladrillos de los costados. Fever, till you sizzle, what a lovely way to burn... en la copa de los árboles, en la ráfaga  que producían los autos al pasar.     Cruzaron la calle cuando comenzaba a lloviznar y dejaron atrás sus sombras, las promesas de ambas partes, sus pequeños aunque filosos infiernos, los pedacitos sueltos encastrados en la niebla de una madrugada fría. Cada una de las chicas tomó varias piezas de aquel puzzle, antes de cambiar el rumbo y repartirse las tareas, para luego seguir al hombre joven de bigotes con impermeable gris y cara de profesor de música, que iba abrazado a la belleza indescifrable de su propia sonrisa, estuche de violin en mano, con la única idea de llegar pronto al encuentro con su alumna. La historia que siempre se movió en la sombra acaba en la sombra, sentenció la más joven de ellas, para disimular, quizás, el impacto de su propio duelo, aunque era un dolor lateral, epidérmico, incierto, sólo por dentro, rutinario, con sello de ley, silencioso, trágico, entre comillas, triple equis.     A la mañana siguiente los titulares anunciaban a viva voz que probablemente se trataba de un crimen pasional, por la ropa interior que la víctima llevaba apretada con ambas manos contra el pecho, para tapar quizás el dolor coagulado en los cinco orificios de bala de su camisa celeste a rayas violetas. Su socio fue el primero en reconocerlo, a las nueve y siete minutos, poco antes de que lo trasladaran a la morgue, aunque debajo de una lluvia torrencial que hizo extremadamente difícil la tarea.     Mientras la ambulancia se alejaba, la última estrofa de aquella música enredaba decrecientemente sus notas de despedida en las hileras de agua, que resbalaban violentamente desde la parte superior de los paraguas de los curiosos, hasta perderse en la oscuridad de las alcantarillas. Aha, what a lovely way to burn. I tell you, what a lovely way to burn. All right now, what a lovely way to burn. I like that, what a lovely way to burn. (You ain’t right, Ray) El hombre joven de bigotes con impermeable gris y cara de profesor de música, empujó la puerta y entró. Giró a la izquierda para ir en busca de la segunda mesa. La encontró allí, como siempre, envuelta en esa simplicidad tan sedosa, sincera, como un caramelo a punto de abrirse, sentada, con los brazos apoyados en el mantel verde, observándolo con cierta timidez, típica de la segunda cita de los diez y seis.

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de