Era una noche que no presentaba
ninguna expectativa para mí. Quizás porque era lunes. Y aunque era un lunes de
vacaciones, no dejaba de ser el viejo y cansado lunes. Mi lunes es una
oportunidad más pero igual. Es mi día “h” de la semana, en el que todo lo veo
con ojos de cocodrilo, y en el que tengo ganas de dejar las cosas importantes
para el día siguiente, si es que todavía lo son. Por la mañana, voy a la
panadería a comprar un crossant, esperando cruzarme en el camino con la chica
de al lado. Si no, me quedo en casa y mato el tiempo ordenando mi cabeza o
buscando un trabajo que calce con mi personalidad. Por la noche, quiero ver una
película, salir por unas chelas o parlotear con mis amigos en el pasaje; pero,
sin embargo, no lo hago, y me conformo con sacar a mi perro al parque. Total,
los días son iguales en la vida de mi perro, aunque él no lo sabe. Lo triste
era que yo sí, como esa noche deslunada que, como repito, no presentaba ninguna
expectativa para mí.
Lunes otra vez sobre la ciudad
la
gente que vez vive en soledad
siempre será igual, nunca cambiará,
lunes es el día triste y gris de soledad.
Salí de mi
casa cantando la canción de Sui Generis. Crucé uno, dos y tres parques. Todos
estaban vacíos y sin vida. Había fumado dos cigarros y mi perro ya no tenía
ganas de orinar ni oler el rastro sucio de otro can. Pasaba el tiempo y nada.
“No te olvides que es lunes” pensaba, mientras observaba las fachadas de casas
que aún, a mediados de enero, estaban iluminadas con luces de navidad. Supuse
que era así porque sus dueños seguían de viaje o porque aún mantenían restos de
espíritu navideño. Me quedé parado en una esquina cuando, de repente, vi a
alguien que no andaba al ritmo de los otros. Su sombra caminaba por sí sola, sus
pasos parecían dolerle cuando tocaban el suelo. Era la sombra de alguien
ausente. Una silueta oscura que se arrastraba por la pared. La sombra de la
sombra, pensé. Más cerca de mí, empezó a adoptar rasgos humanos: era un hombre
delgado y cuarentón, con la barriga escondida; usaba bigotes y una barba de más
de una semana. Vestía una pequeña chompa marrón que dejaba ver debajo una
camiseta incolora como la de Don Ramón. Es más, se parecía a él; tenía los
mismos cachetes chupados y la apariencia de haber fumado dos millones de
cigarros.
- Varón, ¿tienes
plata para comprarme un cigarrito?- me preguntó con voz de naufrago, de pie,
bajo la sombra de un eucalipto.
- No, pero
tengo un cigarro- dije mientras buscaba en mi bolsillo el último que me
quedaba.
- Gracias, varón-
dijo, y se puso el cigarro en la boca para encenderlo.
Entonces, me
acordé de él, de su presencia matinal en la esquina de Kentucky en los días que
iba a la universidad. Días en que él repetía la misma pregunta una y otra vez,
desesperado, a la gente que se dirigía a paso apurado a sus oficinas o aulas,
al estrés y al tráfico de la enorme ciudad de Lima. Uno de esos días crucé
algunas palabras con él. Supe que le gustaba pasar el tiempo escuchando música
y viendo televisión- sobre todo el Chavo del Ocho- ¡Ah! y le gustaba
cagar.
Mientras lo
veía fumar el cigarro en silencio, noté en cámara lenta como pasaba de la
ansiedad a la saciedad, de la búsqueda al hallazgo. Como el viajero que se pasa
la vida buscando un tesoro por mar, cielo y tierra hasta que un día regresa,
frustrado, y, sin pensarlo, lo encuentra enterrado en el jardín de su casa. Así
era ese hombre. Tan simple como su pregunta y tan práctico como lo que buscaba.
Quería un cigarro, que no era una casa, una camioneta 4x4, un celular de última
generación, un DVD o una crema reductora de grasa como la que ofertan en
televisión por las madrugadas. Cosas por las que tienes que luchar un mes, un
año o una vida y por lo demás... complicarte. En ese momento juro que sentí
simpatía por ese hombre.
- ¿Qué haces
en estos días?- le pregunté, como si realmente me importara su vida o como si a
él le importara la mía después de que le diera un cigarro. Saqué, por su
lánguida mirada, que él también me había recordado.
- Escucho
música, veo televisión, leo libros ciencia ficción y pinto- respondió mientras
observaba, impresionado, la rapidez con que le temblaban las manos. Según él,
había tomado recién su medicina, la cual ingería tres veces al día en contra de
los temblores producidos por los principios de mal de Parkinson. Tal escena me
hizo recordar las veces que podaba el jardín de mi casa durante todo una
mañana. Como consecuencia de ello, el resto del día tenía problemas para comer,
beber y pajearme ya que mis manos vibraban por sí solas, casi sin poder
controlarlas.
Por lo menos
cambió el placer de cagar por su afición al arte, pensé; aunque después
reflexioné en que las dos cosas son igual de efímeras y requieren
concentración. La segunda llega a ser una necesidad al igual que la primera.
Sobre todo para alguien como yo que cada vez necesita menos cosas de la
sociedad y que a veces prefiere un buen libro a la compañía de alguien en el
bus. En el mismo sentido, escribir también es parecido a cagar. En ambas, comes
o absorbes la realidad y luego la expulsas en forma de oraciones o versos.
- ¿A dónde te
vas con él?- me preguntó, de cuclillas, mientras acariciaba a mi perro con sus
manos temblorosas.
- A ninguna
parte. Sólo damos vueltas al parque- dije, con voz pausada- Y tú ¿adónde ibas?
- No sé, sólo salí
de mi casa- dijo y perdió su vista en el centro oscuro del parque, como si se
negara a hablar de su futuro.
Seguimos
caminando sin rumbo por la vereda que rodeaba al parque cuando, de repente, nos
dimos cuenta de la llegada de algunos vecinos en sus carros del año. Aquel
hombre los miraba de soslayo, como mira un vigilante que tiene miedo de lo que
vigila pero que, aún así, trata de observar. O como los niños frente a una
película de terror...igual miran.
- A veces
escucho voces de gente que no está en carne y hueso a mi alrededor. Creo que es
la voz de Dios...o será que tengo la voz de Dios- me decía aquel hombre,
angustiado, mientras se agarraba la cabeza como si asumiera que las voces
provenían de allí. Por momentos parecía poseído-. Otras veces veo al demonio.
La otra vez lo vi en esa esquina. Estaba todo peludo. Era de día y la gente
pasaba delante de él sin darse cuenta. Me asustaba el hecho que sólo yo podía
verlo- volvió a decir con voz oxidada.
Hubo noches,
casi siempre las noches anteriores a un día que espero con ansias por alguna
estúpida razón, en las que luchaba contra el insomnio. Cuando alcanzaba a
dormir, soñar era obsoleto y terminaba teniendo pesadillas a modo de
vaticinios: escuchaba una voz muy por encima de otras voces, cada vez más
fuerte. Me asustaba y quería salir de la cama, pero no podía porque estaba
atado a ella por una soga como la que usan los verdugos. La voz se hacía cada
vez más clara y poderosa y sentía que mi cuerpo se partía por la mitad. Ya, con
mi cuerpo bisecado, entendía lo siguiente: -“seis años... Dios”. Luego, una
explosión muy fuerte me despertaba a media madrugada, entre el sudor, el susto
y el trino de un grillo en mi jardín. Cuando volteaba a ver el despertador,
sólo había transcurrido media hora de un sueño del que parecía no volver. Ese
mal viaje me ocurrió tres veces más y lo peor de todo es que nunca pude
descifrar lo que me decía aquella mefistofélica voz.
Algo que no
podía explicarme hasta ahora es cómo ese hombre enviciado escuchaba tales voces
estando en vigilia o consciente, y no sólo en sueños como yo. Debía ser algún
temor que lo perseguía por años. Quizás, el de tener que dejar el cigarro: el
único fin de su día y porque no, del resto de sus días.
- No tengo un
solo amigo desde hace doce años. En mi casa mis hermanos ya ni me saludan. Ahora
sólo se despiden. Mi señor padre es el único que se acuerda de mí.
- ¿Vives con
él?
- Sí. Él me da mis medicinas. Se va temprano a
conseguirlas al Seguro Social, cuando aún es de noche- interrumpió lo que decía
al darse cuenta que una patrulla de la policía pasaba lentamente a nuestro
lado, iluminándonos con sus luces rojas intermitentes-. Fue en el Larco Herrera
donde tuve verdaderos hermanos, quizás porque pude elegirlos. Hasta llegué a
enamorarme. Ella se llamaba Mónica o Cristina, según el día- dijo, abriendo
grandemente los ojos, después de dar una pitada a su cigarro.
Ni bien
mencionó el centro psiquiátrico- donde alguna vez el escritor peruano, Martín
Adán, se fue a vivir por propia decisión- reparé en el cordón de tela que
llevaba alrededor de la cintura de su pantalón. Recordé que en ese lugar, a las
personas que presentan un cuadro de esquizofrenia, les tienen prohibido el uso
de correas o sogas para evitar que se ahorquen.
Mientras nos
acercábamos a una zona donde la luz amarilla de un poste se prendía y apagaba, se
puso a recordar apasionadamente los años setentas, cuando fumaba marihuana
junto a un conocido suyo en este parque. Todos, o mejor dicho, los pocos que lo
conocieron se habían ido sin dejarle siquiera sus nombres o apellidos
verdaderos. De repente, aquel hombre se detuvo y se inclinó para oír las aguas
confundidas del desagüe que pasaban por debajo de nosotros. Parecía invocado
por ellas, como si fueran voces del subterráneo. Se quedó en la misma posición
por un par de minutos. Fue como si pidiera silencio sin hacer explícita su
solicitud. Entonces, reparé en otros invitados de la noche, como si un mundo
paralelo se abriera a mis sentidos. El canto triste de los gorriones, el
chistido de las lechuzas; sub-ruidos que acompañaban mi vida diaria sin percatarme
de que estaban allí. Como las manecillas de un reloj de pared o como las
súplicas de una madre que le pide a su hijo que no regrese tarde de su incursión
en la noche, obteniendo de éste un portazo como respuesta. O como la
omnipresencia de aquel hombre, que puede pasar al lado sin que uno se dé cuenta
de su existencia.
- ¡Me están
llamando, me están llamando!- gritaba afónico, mientras continuábamos la marcha.
- ¿Quiénes?-
pregunté, suponiendo su respuesta.
- Las voces,
otra vez- dijo, a modo de susurro, y empezando a masturbarse la cabeza con las
manos en señal de desesperación. No dejó de hacerlo hasta que se acordó que
había guardado un cigarro en el bolsillo de su pantalón. Lo sacó, pero estaba
roto. Entonces, desvió su mirada al centro oscuro del parque.
Se despidió
después de acordarse de que su padre iba a regresar a su casa con un televisor
nuevo. Eran casi las diez de la noche. Me dijo que quería alcanzar a ver una
película de La Gran
Premier en el canal nueve. Yo sabía muy bien que era lunes y
que la Gran Premier
daba sólo los domingos...pero no le dije nada.
Cuando nos
separaban unos metros, de espaldas a él, mientras veía la lengua de mi perro arrastrarse
por el suelo, aquel hombre con voz de lija me lanzó un grito:
- ¿Cómo te
llamas, varón?
- Arturo- le
respondí con una voz tan fuerte que despertó a más de un vigilante alrededor
del parque. Cuando quise preguntarle por el suyo, él ya se había volteado. Fue
la última vez que lo vi.
Frente a la
puerta de mi casa, me di cuenta que no llevaba mis llaves. Toqué el timbre y después
del quinto intento, salió mi padre. Tenía puesta su bata de noche, y usaba una
corbata que la cerraba por la cintura, lo que, de inmediato, me hizo recordar el
cordón de tela que utilizaba el hombre que había conocido para sujetarse el pantalón.
- Que no se
vuelva a repetir. Justo me iba a sentar en el trono- dijo, con un tono de voz
enajenado-. No te olvides que hoy te toca botar la basura- agregó mi padre,
mientras cerraba la puerta del baño y se disponía a encerrarse allí por media
hora con el suplemento del domingo que no había terminado de leer.
Mientras
cumplía con mi deber, el hombre que no sabía que era lunes regresó a mi mente.