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Pancorbo Valdivia, Aldo Arturo (El Poli)

Sr. Lunes



 

            Era una noche que no presentaba ninguna expectativa para mí. Quizás porque era lunes. Y aunque era un lunes de vacaciones, no dejaba de ser el viejo y cansado lunes. Mi lunes es una oportunidad más pero igual. Es mi día “h” de la semana, en el que todo lo veo con ojos de cocodrilo, y en el que tengo ganas de dejar las cosas importantes para el día siguiente, si es que todavía lo son. Por la mañana, voy a la panadería a comprar un crossant,  esperando cruzarme en el camino con la chica de al lado. Si no, me quedo en casa y mato el tiempo ordenando mi cabeza o buscando un trabajo que calce con mi personalidad. Por la noche, quiero ver una película, salir por unas chelas o parlotear con mis amigos en el pasaje; pero, sin embargo, no lo hago, y me conformo con sacar a mi perro al parque. Total, los días son iguales en la vida de mi perro, aunque él no lo sabe. Lo triste era que yo sí, como esa noche deslunada que, como repito, no presentaba ninguna expectativa para mí.                                                     Lunes otra vez  sobre la ciudad                                            la gente que vez vive en soledad                                            siempre será igual, nunca cambiará,                                            lunes es el día triste y gris de soledad.

Salí de mi casa cantando la canción de Sui Generis. Crucé uno, dos y tres parques. Todos estaban vacíos y sin vida. Había fumado dos cigarros y mi perro ya no tenía ganas de orinar ni oler el rastro sucio de otro can. Pasaba el tiempo y nada. “No te olvides que es lunes” pensaba, mientras observaba las fachadas de casas que aún, a mediados de enero, estaban iluminadas con luces de navidad. Supuse que era así porque sus dueños seguían de viaje o porque aún mantenían restos de espíritu navideño. Me quedé parado en una esquina cuando, de repente, vi a alguien que no andaba al ritmo de los otros. Su sombra caminaba por sí sola, sus pasos parecían dolerle cuando tocaban el suelo. Era la sombra de alguien ausente. Una silueta oscura que se arrastraba por la pared. La sombra de la sombra, pensé. Más cerca de mí, empezó a adoptar rasgos humanos: era un hombre delgado y cuarentón, con la barriga escondida; usaba bigotes y una barba de más de una semana. Vestía una pequeña chompa marrón que dejaba ver debajo una camiseta incolora como la de Don Ramón. Es más, se parecía a él; tenía los mismos cachetes chupados y la apariencia de haber fumado dos millones de cigarros.

- Varón, ¿tienes plata para comprarme un cigarrito?- me preguntó con voz de naufrago, de pie, bajo la sombra de un eucalipto.

- No, pero tengo un cigarro- dije mientras buscaba en mi bolsillo el último que me quedaba.

- Gracias, varón- dijo, y se puso el cigarro en la boca para encenderlo.

Entonces, me acordé de él, de su presencia matinal en la esquina de Kentucky en los días que iba a la universidad. Días en que él repetía la misma pregunta una y otra vez, desesperado, a la gente que se dirigía a paso apurado a sus oficinas o aulas, al estrés y al tráfico de la enorme ciudad de Lima. Uno de esos días crucé algunas palabras con él. Supe que le gustaba pasar el tiempo escuchando música y viendo televisión- sobre todo el Chavo del Ocho- ¡Ah! y le gustaba cagar.   

Mientras lo veía fumar el cigarro en silencio, noté en cámara lenta como pasaba de la ansiedad a la saciedad, de la búsqueda al hallazgo. Como el viajero que se pasa la vida buscando un tesoro por mar, cielo y tierra hasta que un día regresa, frustrado, y, sin pensarlo, lo encuentra enterrado en el jardín de su casa. Así era ese hombre. Tan simple como su pregunta y tan práctico como lo que buscaba. Quería un cigarro, que no era una casa, una camioneta 4x4, un celular de última generación, un DVD o una crema reductora de grasa como la que ofertan en televisión por las madrugadas. Cosas por las que tienes que luchar un mes, un año o una vida y por lo demás... complicarte. En ese momento juro que sentí simpatía por ese hombre.

- ¿Qué haces en estos días?- le pregunté, como si realmente me importara su vida o como si a él le importara la mía después de que le diera un cigarro. Saqué, por su lánguida mirada, que él también me había recordado.

- Escucho música, veo televisión, leo libros ciencia ficción y pinto- respondió mientras observaba, impresionado, la rapidez con que le temblaban las manos. Según él, había tomado recién su medicina, la cual ingería tres veces al día en contra de los temblores producidos por los principios de mal de Parkinson. Tal escena me hizo recordar las veces que podaba el jardín de mi casa durante todo una mañana. Como consecuencia de ello, el resto del día tenía problemas para comer, beber y pajearme ya que mis manos vibraban por sí solas, casi sin poder controlarlas.

Por lo menos cambió el placer de cagar por su afición al arte, pensé; aunque después reflexioné en que las dos cosas son igual de efímeras y requieren concentración. La segunda llega a ser una necesidad al igual que la primera. Sobre todo para alguien como yo que cada vez necesita menos cosas de la sociedad y que a veces prefiere un buen libro a la compañía de alguien en el bus. En el mismo sentido, escribir también es parecido a cagar. En ambas, comes o absorbes la realidad y luego la expulsas en forma de oraciones o versos.

- ¿A dónde te vas con él?- me preguntó, de cuclillas, mientras acariciaba a mi perro con sus manos temblorosas.

- A ninguna parte. Sólo damos vueltas al parque- dije, con voz pausada- Y tú ¿adónde ibas?

- No sé, sólo salí de mi casa- dijo y perdió su vista en el centro oscuro del parque, como si se negara a hablar de su futuro.

Seguimos caminando sin rumbo por la vereda que rodeaba al parque cuando, de repente, nos dimos cuenta de la llegada de algunos vecinos en sus carros del año. Aquel hombre los miraba de soslayo, como mira un vigilante que tiene miedo de lo que vigila pero que, aún así, trata de observar. O como los niños frente a una película de terror...igual miran.  

- A veces escucho voces de gente que no está en carne y hueso a mi alrededor. Creo que es la voz de Dios...o será que tengo la voz de Dios- me decía aquel hombre, angustiado, mientras se agarraba la cabeza como si asumiera que las voces provenían de allí. Por momentos parecía poseído-. Otras veces veo al demonio. La otra vez lo vi en esa esquina. Estaba todo peludo. Era de día y la gente pasaba delante de él sin darse cuenta. Me asustaba el hecho que sólo yo podía verlo- volvió a decir con voz oxidada.

Hubo noches, casi siempre las noches anteriores a un día que espero con ansias por alguna estúpida razón, en las que luchaba contra el insomnio. Cuando alcanzaba a dormir, soñar era obsoleto y terminaba teniendo pesadillas a modo de vaticinios: escuchaba una voz muy por encima de otras voces, cada vez más fuerte. Me asustaba y quería salir de la cama, pero no podía porque estaba atado a ella por una soga como la que usan los verdugos. La voz se hacía cada vez más clara y poderosa y sentía que mi cuerpo se partía por la mitad. Ya, con mi cuerpo bisecado, entendía lo siguiente: -“seis años... Dios”. Luego, una explosión muy fuerte me despertaba a media madrugada, entre el sudor, el susto y el trino de un grillo en mi jardín. Cuando volteaba a ver el despertador, sólo había transcurrido media hora de un sueño del que parecía no volver. Ese mal viaje me ocurrió tres veces más y lo peor de todo es que nunca pude descifrar lo que me decía aquella mefistofélica voz.

Algo que no podía explicarme hasta ahora es cómo ese hombre enviciado escuchaba tales voces estando en vigilia o consciente, y no sólo en sueños como yo. Debía ser algún temor que lo perseguía por años. Quizás, el de tener que dejar el cigarro: el único fin de su día y porque no, del resto de sus días.

- No tengo un solo amigo desde hace doce años. En mi casa mis hermanos ya ni me saludan. Ahora sólo se despiden. Mi señor padre es el único que se acuerda de mí.

- ¿Vives con él?

- Sí.  Él me da mis medicinas. Se va temprano a conseguirlas al Seguro Social, cuando aún es de noche- interrumpió lo que decía al darse cuenta que una patrulla de la policía pasaba lentamente a nuestro lado, iluminándonos con sus luces rojas intermitentes-. Fue en el Larco Herrera donde tuve verdaderos hermanos, quizás porque pude elegirlos. Hasta llegué a enamorarme. Ella se llamaba Mónica o Cristina, según el día- dijo, abriendo grandemente los ojos, después de dar una pitada a su cigarro.

Ni bien mencionó el centro psiquiátrico- donde alguna vez el escritor peruano, Martín Adán, se fue a vivir por propia decisión- reparé en el cordón de tela que llevaba alrededor de la cintura de su pantalón. Recordé que en ese lugar, a las personas que presentan un cuadro de esquizofrenia, les tienen prohibido el uso de correas o sogas para evitar que se ahorquen.

Mientras nos acercábamos a una zona donde la luz amarilla de un poste se prendía y apagaba, se puso a recordar apasionadamente los años setentas, cuando fumaba marihuana junto a un conocido suyo en este parque. Todos, o mejor dicho, los pocos que lo conocieron se habían ido sin dejarle siquiera sus nombres o apellidos verdaderos. De repente, aquel hombre se detuvo y se inclinó para oír las aguas confundidas del desagüe que pasaban por debajo de nosotros. Parecía invocado por ellas, como si fueran voces del subterráneo. Se quedó en la misma posición por un par de minutos. Fue como si pidiera silencio sin hacer explícita su solicitud. Entonces, reparé en otros invitados de la noche, como si un mundo paralelo se abriera a mis sentidos. El canto triste de los gorriones, el chistido de las lechuzas; sub-ruidos que acompañaban mi vida diaria sin percatarme de que estaban allí. Como las manecillas de un reloj de pared o como las súplicas de una madre que le pide a su hijo que no regrese tarde de su incursión en la noche, obteniendo de éste un portazo como respuesta. O como la omnipresencia de aquel hombre, que puede pasar al lado sin que uno se dé cuenta de su existencia.

- ¡Me están llamando, me están llamando!- gritaba afónico, mientras continuábamos la marcha.

- ¿Quiénes?- pregunté, suponiendo su respuesta. 

- Las voces, otra vez- dijo, a modo de susurro, y empezando a masturbarse la cabeza con las manos en señal de desesperación. No dejó de hacerlo hasta que se acordó que había guardado un cigarro en el bolsillo de su pantalón. Lo sacó, pero estaba roto. Entonces, desvió su mirada al centro oscuro del parque.

Se despidió después de acordarse de que su padre iba a regresar a su casa con un televisor nuevo. Eran casi las diez de la noche. Me dijo que quería alcanzar a ver una película de La Gran Premier en el canal nueve. Yo sabía muy bien que era lunes y que la Gran Premier daba sólo los domingos...pero no le dije nada.

Cuando nos separaban unos metros, de espaldas a él, mientras veía la lengua de mi perro arrastrarse por el suelo, aquel hombre con voz de lija me lanzó un grito:

- ¿Cómo te llamas, varón?

- Arturo- le respondí con una voz tan fuerte que despertó a más de un vigilante alrededor del parque. Cuando quise preguntarle por el suyo, él ya se había volteado. Fue la última vez que lo vi.

Frente a la puerta de mi casa, me di cuenta que no llevaba mis llaves. Toqué el timbre y después del quinto intento, salió mi padre. Tenía puesta su bata de noche, y usaba una corbata que la cerraba por la cintura, lo que, de inmediato, me hizo recordar el cordón de tela que utilizaba el hombre que había conocido para sujetarse el pantalón.

- Que no se vuelva a repetir. Justo me iba a sentar en el trono- dijo, con un tono de voz enajenado-. No te olvides que hoy te toca botar la basura- agregó mi padre, mientras cerraba la puerta del baño y se disponía a encerrarse allí por media hora con el suplemento del domingo que no había terminado de leer.

Mientras cumplía con mi deber, el hombre que no sabía que era lunes regresó a mi mente.

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