PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

Pérez Iniesta, Juan (Apukima)

Su sonrisa



Entré al hotel. La sensación de desconexión, de estar fuera de casa, se iba haciendo más intensa y también más agradable conforme avanzaba la tarde. Me encontraba cansado, tenía realmente ganas de echarme un rato sobre la cama, no pensé que necesitase mucho tiempo, pero si unos diez minutos para descalzarme y relajarme.

Fuera hacía una tarde fantástica, me dediqué a patear la ciudad durante unas tres horas, buscaba un par de sitios que me interesaban, aunque también es cierto que este interés era relativo. El hecho de estar caminando por la calle y observando ya me llenaba lo suficiente. Aunque no hubiese encontrado esos sitios, que por otra parte no sabia con exactitud donde se encontraban, no tendría la sensación de haber perdido el tiempo. La temperatura era perfecta, la luz también, eché de menos no tener mi cámara de fotos, la de verdad, como yo la llamaba, aunque me resultó agradable palpar al tacto la silueta de la camarita pequeña en el bolsillo izquierdo de mi abrigo. Aun no dando mucha calidad, me sirve para llevarme el instante, ese justo instante que veo y que deseo capturar y llevarme conmigo.

Dicho y hecho, el sol atizaba en oblicuo sobre una fachada, dibujando un efecto mitad-sombra mitad-sol que me pareció de lo más interesante, la parte de sombra muy oscura, la parte soleada completamente naranja, arañando los últimos coletazos de un sol angulado que cae irremediablemente. Un clic, y al bolsillo de nuevo, pensando que acabo de hacer la típica foto que posiblemente al volver a revisar deseche, o quizás no, ¿por qué? Pienso de nuevo en que debo obligarme a sacar de mi cabeza esa idea de borrar toda foto que yo piense que no va a resultar interesante a cualquier otra persona que la vea. No se bien la razón, pero tras cada foto que hago, pienso en como la verían los demás, y claro, pensando en que podría no funcionar, me asalta la tentación de borrarla, puede que por mi parte haya en esto una búsqueda de aprobación sobre el tipo de fotografía que hago… pues no, esta se queda, a mi me gusta.

Conseguí unas pocas fotos que me parecieron interesantes, en concreto creo que fueron dos. Pensé que dos fotos buenas constituyen un buen porcentaje para tres horas de paseo, ojala ocurriera siempre así.

Crucé la recepción del hotel, el ambiente era muy tranquilo, en esa hora extraña donde aún no es suficientemente tarde para reunir a gente en busca de restaurante o de compañeros de tapeo o cena. Alguna persona leía tranquilamente el periódico, probablemente esperando. El ambiente tenía un toque decadente que lo hacia sugerente. Siempre me han interesado los sitios de paso, y un hotel es el sitio perfecto para imaginar historias, lo que ves hoy no tiene nada que ver con lo que podrías haber visto ayer o con lo que podrías ver mañana, y sin embargo, los días se parecen a pesar de que las personas cambien. Cuando estoy solo acostumbro a evadirme un poco imaginando como es la vida de los que están al alcance de mi vista, imagino la parte personal del camarero, o de la recepcionista, o del vigilante de la puerta. Les imagino con su propia maleta llena de problemas, de temores, de preocupaciones, incluso de miedos y fobias personales, y me resulta chocante como su sola presencia en este justo momento, intersecta con mi realidad, llena a mi manera de problemas, de temores, de preocupaciones y de miedos y fobias. Lo único común entre ellos y yo es este instante, esta conjunción espacio-temporal, cuán diferente todo lo que va antes y cuán diferente, o quizás no, todo lo que transcurrirá a partir de este instante. A veces creo que somos líneas rectas que se proyectan en el espacio, y que cortamos en un solo punto con otra línea recta que pasa en otra dirección, ese punto de intersección sería exactamente este momento.

Crucé la recepción, y me dirigí a un pequeño cuartito donde están los ascensores que llevan y traen a los clientes a sus habitaciones. Tres ascensores como tres largas traqueas verticales desde lo más alto hasta lo más bajo del edificio, abriendo y cerrando sus bocas, y haciendo incansablemente su tarea. ¿Cuántas historias diferentes habrán observado, habrán escuchado? 

Los tres ascensores tenían los botones de llamada comunicados entre sí, de forma que cuando pulsas uno de ellos se iluminan los tres, se supone que el sistema automático que los gobierna trata de enviarte el ascensor que se encuentre más cercano, aunque esto es algo que no tengo contrastado del todo, y que sigue siendo objeto de mi estudio personal. Ocurre a veces que si hay un ascensor en la 1ª planta y otro en la 3ª planta, al llamar, es el que estaba en la 3ª planta el que acude a ti, posiblemente porque el de la 1ª planta se queda ahí situado ya que la demanda desde la planta baja es mucho mayor que desde cualquiera otra. En otras ocasiones he comprobado que siempre hay un ascensor parado a mitad de altura del edificio, que permite llegar pronto a las plantas cercanas. Estas reglas de comportamiento me imagino que las tienen muy estudiadas, y atenderán a razones estadísticas, lo cual no deja de quitarles interés si se mira desde el punto de vista curioso de un viajero algo aburrido y observador.

Ella llegó. Simplemente llegó y se situó a mi lado. Diría que un poco más cerca de lo generalmente aceptado, lo cual me hizo sentir un poco incómodo, no por su presencia, sino por su presencia tan cercana. Parece que cuando nos invaden el espacio que creemos que nos pertenece, nos sentimos en parte atacados.

La miré y ella me miró devolviéndome una amplia sonrisa, tan grande que me aturdió un poco, parecía que la sonrisa también era un poco más llamativa de lo generalmente aceptado, puedes imaginarlo ¿no? era como si en su amplia sonrisa desplegada, dijese algo, o quisiese decir algo.

Respondí a su sonrisa con una sonrisa algo más medida, no había por qué sonreír tanto, eh, que no nos conocemos, vienes aquí y me atracas con una sonrisa tan intensa que de pronto ni se como responderla.

Las gargantas de los ascensores funcionaban haciendo su trabajo, siguiendo esas reglas complejísimas que hace unos instantes me intrigaban tanto, y que ahora no me interesaban lo más mínimo. De pronto se abrió la boca, o la puerta, del ascensor mas cercano a ella. Cuando la miré, me seguía mirando, con una sonrisa igual de amplia ¿o era aun mas amplia? No lo se, porque torpemente bajé la cabeza cuando me sentí desarmado por la primera sonrisa…

Aguantar esa sonrisa y mirar fijamente de esa forma debería estar penado, o como poco, prohibido.

A marchas forzadas puse en marcha mi central de datos con el fin de recabar el máximo de información posible y poder realizar un análisis preliminar de lo que estaba ocurriendo. Centré mi trabajo de campo en los elementos externos: ¿había algo en mi que hubiese podido llamar su atención? ¿hay algo que llame la atención y sobre lo que esté reparando ella? ¿Algo está fuera de su sitio? Me recompuse, y de un vistazo vi que aparentemente todo estaba en orden. Observé que no había nadie más en el pequeño habitáculo que nos conectaba con las gargantas, así que el resultado del análisis era que era absolutamente desconocedor del motivo de su sonrisa, en mi opinión, demasiado interesante, si, es posible adjetivarla de esta forma.

¿Qué está pasando? ¿Dónde estaba mi seguridad? Todo por los suelos, hecho añicos. Me encontraba turbado, descentrado, desestabilizado como si hubieran desplazado mi centro de gravedad y luchase moviendo mi cuerpo en sentido contrario para no caer al suelo

Ella solo sonreía. Si la hubiese denunciado por su ataque, mi abogado defensor solo podría decir ante el juez algo como que “se decidió a sonreír ampliamente, atacando a mi defendido, puesto que no les unía ninguna relación de hecho ni de derecho que permitiese tal confianza”. Además, diría en mi defensa, “esos ojos negros perfectamente diseñados para su cara, acompañan a su sonrisa, sonriendo ellos también, lo cual mi defendido considera desmedido”

Ella se decidió a entrar en la boca del ascensor que se acababa de abrir, y lo hizo por delante de mí. En mi central de datos todas las neuronas seguían trabajando al máximo, con el fin de obtener más información y sobre todo de más calidad sobre lo que estaba ocurriendo. Aproveché los dos o tres pasos que ella dio ante mi, para analizarla con más detalle, porque más que mirarla la analicé, pero claro, como si no se notase. Recabé información valiosísima, para empezar me di cuenta de que ella era bastante atractiva, analicé también su vestimenta, un vestido verde oscuro, con una especie de jersey de cuello alto color negro bajo el vestido. Era delgada, tenía un tipo bonito, sin ser nada llamativo, no era la reina de las curvas, pero el conjunto era más que agradable a la vista. Ese color negro del jersey encajaba a la perfección con sus ojos. Al entrar al ascensor la miré de nuevo a los ojos, y ella me seguía mirando fijamente. Pensé que me estaba mareando, su sonrisa amplia seguía ahí, y me no hacía otra cosa que mirarme sin decir nada.

Pulsamos los botones de las plantas a las que queríamos dirigirnos, la 9 en mi caso, la 11 en el suyo. Pensé que era una coincidencia también interesante. En la central de datos no sabían como interpretar esta información: “ella se baja después”, decían, pero nadie daba ninguna orden sobre lo que había que hacer, o decir, o gestualizar. Recababa datos y datos sin parar, pero deslavazados, no era capaz de diseñar ninguna estrategia de comportamiento. Ahí estaba yo, completamente desarmado ante su sonrisa.

Tan invadido me encontraba, que bajé la cabeza, gesto que ahora, mirando hacia atrás considero que fue una claudicación. Sin duda que ella ganó esa batalla y lo hizo de forma demoledora. Me vi incapaz de sostenerle la mirada y seguir sonriendo, pensaba que si lo hacia explotaría o algo así. Es fácil que leyendo esto sonrías, tu, lector, pero te puedo asegurar que la atmosfera se hizo tan densa dentro de aquella traquea, que era casi irrespirable. El pulso cardíaco me subió hasta ni se cuánto, y un leve sudor empezó a aparecer, con la inevitable señal de alarma en la central de datos.

La traquea hizo su trabajo de una forma eterna, creo que tardó varias semanas en recorrer la distancia que nos separaba hasta la planta 9. El tiempo comenzó a transcurrir muy despacio y entramos en cámara lenta, me vi a mi mismo, recurriendo al truco más que viejo de consultar mi teléfono móvil, sabedor de que no había nada nuevo que encontrar ahí, pero tratando de mostrarme ocupado, y ajeno a lo que realmente estaba ocurriendo.

Miré de reojo y en sentido cruzado por el espejo del ascensor, que tenia frente a mi, y la seguía viendo a ella, mirándome fijamente y sonriendo, y todo esto ocurría a cámara lenta, mientras los segundos, minutos, días completos transcurrían dentro de la traquea, atrapado sin escapatoria, y ensartado por una mirada femenina que no podía eludir, y que me estaba destrozando.

Llegué a pensar en que ella iba a decir algo, pero simplemente esto no ocurrió. Llegué a pensar en decir algo, pero… por más que pedía ayuda a mi central de datos, nada llegaba. Entendí que nada saldría de mi boca, y me resultó doloroso aceptar esto.

El ascensor llegó hasta la planta 9, la boca se abrió, y salí, mascullando un impreciso “hasta luego” de lo mas anodino, girando brevemente la cabeza, como si todo aquello no me importase. Creo que ella respondió algo parecido, pero ni lo recuerdo, dado el estado de confusión en que me encontraba en ese momento.

Caminé por el largo pasillo enmoquetado, como un gato, sin hacer ruido, mientras pensaba en lo torpe que uno puede ser, y también lo inocente, inexperto, in-todo… Cumplimos años pero eso no significa que acumulemos sabiduría. Solo acumulamos experiencias, pero somos aun tan toscamente noveles, que no sabemos manejar una situación como esta

La central de datos paró su trabajo, en el mismo momento que la traquea siguió encaminando el ascensor hasta la planta 11.

Me giré en dirección a la parte del pasillo donde había dejado la traquea, esperando que ocurriese un milagro y ella asomase desde el ascensor, aún sonriendo. Deseaba que esto ocurriese y sin embargo que no habría sido capaz de reaccionar, como tampoco lo fui hace solo unos segundos ¿o quizás horas?

Me quedé unos segundos más esperando, absurdamente solo en aquel pasillo enmoquetado, tratando de enviarle mentalmente todo lo que no había sido capaz de expresar, pero la verdad es que nunca he tenido seguridad en los envíos telepáticos, esta es una técnica que aunque he intentado de manera intensa en varias situaciones, no me ha proporcionado ningún resultado, al menos hasta el momento.

Pensé en lo que acabada de ocurrir mientras me descalzaba y me echaba sobre la cama. Me parecía que habían transcurrido horas desde que entré al hotel, y habían pasado solo unos pocos minutos…

Fantaseé después de todo esto con diferentes finales de esta pequeña historia, en todos los sentidos, algunos de ellos muy apasionados, acalorados o simplemente sugerentes, para darme cuenta al final de que no fui capaz de obtener lo que realmente me habría gustado.

Lo que más echo de menos fue el no haber sido capaz de aguantar esa sonrisa con otra mía, natural, fresca, y preguntarle simplemente si le apetecía tomar un café conmigo. Eso habría supuesto una victoria enorme contra este que habita dentro de mi, y su maldita central de datos, que analiza todo lo que tiene delante pero no consigue romper la barrera que lo encierra.

Se que no la volveré a ver nunca más, y también se que no olvidaré las horas que pasé con ella encerrado en la traquea mas lenta que jamás he conocido.

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de