Entré al hotel.
La sensación de desconexión, de estar fuera de casa, se iba haciendo más
intensa y también más agradable conforme avanzaba la tarde. Me encontraba
cansado, tenía realmente ganas de echarme un rato sobre la cama, no pensé que
necesitase mucho tiempo, pero si unos diez minutos para descalzarme y
relajarme.
Fuera hacía una
tarde fantástica, me dediqué a patear la ciudad durante unas tres horas,
buscaba un par de sitios que me interesaban, aunque también es cierto que este interés
era relativo. El hecho de estar caminando por la calle y observando ya me
llenaba lo suficiente. Aunque no hubiese encontrado esos sitios, que por otra
parte no sabia con exactitud donde se encontraban, no tendría la sensación de
haber perdido el tiempo. La temperatura era perfecta, la luz también, eché de
menos no tener mi cámara de fotos, la de verdad, como yo la llamaba, aunque me
resultó agradable palpar al tacto la silueta de la camarita pequeña en el
bolsillo izquierdo de mi abrigo. Aun no dando mucha calidad, me sirve para
llevarme el instante, ese justo instante que veo y que deseo capturar y llevarme
conmigo.
Dicho y hecho,
el sol atizaba en oblicuo sobre una fachada, dibujando un efecto mitad-sombra mitad-sol
que me pareció de lo más interesante, la parte de sombra muy oscura, la parte
soleada completamente naranja, arañando los últimos coletazos de un sol angulado
que cae irremediablemente. Un clic, y al bolsillo de nuevo, pensando que acabo
de hacer la típica foto que posiblemente al volver a revisar deseche, o quizás
no, ¿por qué? Pienso de nuevo en que debo obligarme a sacar de mi cabeza esa
idea de borrar toda foto que yo piense que no va a resultar interesante a cualquier
otra persona que la vea. No se bien la razón, pero tras cada foto que hago,
pienso en como la verían los demás, y claro, pensando en que podría no funcionar,
me asalta la tentación de borrarla, puede que por mi parte haya en esto una
búsqueda de aprobación sobre el tipo de fotografía que hago… pues no, esta se
queda, a mi me gusta.
Conseguí unas
pocas fotos que me parecieron interesantes, en concreto creo que fueron dos. Pensé
que dos fotos buenas constituyen un buen porcentaje para tres horas de paseo, ojala
ocurriera siempre así.
Crucé la
recepción del hotel, el ambiente era muy tranquilo, en esa hora extraña donde
aún no es suficientemente tarde para reunir a gente en busca de restaurante o
de compañeros de tapeo o cena. Alguna persona leía tranquilamente el periódico,
probablemente esperando. El ambiente tenía un toque decadente que lo hacia sugerente.
Siempre me han interesado los sitios de paso, y un hotel es el sitio perfecto
para imaginar historias, lo que ves hoy no tiene nada que ver con lo que podrías
haber visto ayer o con lo que podrías ver mañana, y sin embargo, los días se
parecen a pesar de que las personas cambien. Cuando estoy solo acostumbro a
evadirme un poco imaginando como es la vida de los que están al alcance de mi vista,
imagino la parte personal del camarero, o de la recepcionista, o del vigilante
de la puerta. Les imagino con su propia maleta llena de problemas, de temores,
de preocupaciones, incluso de miedos y fobias personales, y me resulta chocante
como su sola presencia en este justo momento, intersecta con mi realidad, llena
a mi manera de problemas, de temores, de preocupaciones y de miedos y fobias.
Lo único común entre ellos y yo es este instante, esta conjunción
espacio-temporal, cuán diferente todo lo que va antes y cuán diferente, o quizás
no, todo lo que transcurrirá a partir de este instante. A veces creo que somos líneas
rectas que se proyectan en el espacio, y que cortamos en un solo punto con otra
línea recta que pasa en otra dirección, ese punto de intersección sería
exactamente este momento.
Crucé la
recepción, y me dirigí a un pequeño cuartito donde están los ascensores que
llevan y traen a los clientes a sus habitaciones. Tres ascensores como tres
largas traqueas verticales desde lo más alto hasta lo más bajo del edificio,
abriendo y cerrando sus bocas, y haciendo incansablemente su tarea. ¿Cuántas
historias diferentes habrán observado, habrán escuchado?
Los tres
ascensores tenían los botones de llamada comunicados entre sí, de forma que
cuando pulsas uno de ellos se iluminan los tres, se supone que el sistema automático
que los gobierna trata de enviarte el ascensor que se encuentre más cercano,
aunque esto es algo que no tengo contrastado del todo, y que sigue siendo
objeto de mi estudio personal. Ocurre a veces que si hay un ascensor en la 1ª
planta y otro en la 3ª planta, al llamar, es el que estaba en la 3ª planta el
que acude a ti, posiblemente porque el de la 1ª planta se queda ahí situado ya
que la demanda desde la planta baja es mucho mayor que desde cualquiera otra. En
otras ocasiones he comprobado que siempre hay un ascensor parado a mitad de
altura del edificio, que permite llegar pronto a las plantas cercanas. Estas
reglas de comportamiento me imagino que las tienen muy estudiadas, y atenderán
a razones estadísticas, lo cual no deja de quitarles interés si se mira desde
el punto de vista curioso de un viajero algo aburrido y observador.
Ella llegó.
Simplemente llegó y se situó a mi lado. Diría que un poco más cerca de lo generalmente
aceptado, lo cual me hizo sentir un poco incómodo, no por su presencia, sino
por su presencia tan cercana. Parece que cuando nos invaden el espacio que
creemos que nos pertenece, nos sentimos en parte atacados.
La miré y ella
me miró devolviéndome una amplia sonrisa, tan grande que me aturdió un poco,
parecía que la sonrisa también era un poco más llamativa de lo generalmente
aceptado, puedes imaginarlo ¿no? era como si en su amplia sonrisa desplegada,
dijese algo, o quisiese decir algo.
Respondí a su
sonrisa con una sonrisa algo más medida, no había por qué sonreír tanto, eh,
que no nos conocemos, vienes aquí y me atracas con una sonrisa tan intensa que
de pronto ni se como responderla.
Las gargantas de
los ascensores funcionaban haciendo su trabajo, siguiendo esas reglas complejísimas
que hace unos instantes me intrigaban tanto, y que ahora no me interesaban lo
más mínimo. De pronto se abrió la boca, o la puerta, del ascensor mas cercano a
ella. Cuando la miré, me seguía mirando, con una sonrisa igual de amplia ¿o era
aun mas amplia? No lo se, porque torpemente bajé la cabeza cuando me sentí
desarmado por la primera sonrisa…
Aguantar esa
sonrisa y mirar fijamente de esa forma debería estar penado, o como poco,
prohibido.
A marchas
forzadas puse en marcha mi central de datos con el fin de recabar el máximo de
información posible y poder realizar un análisis preliminar de lo que estaba
ocurriendo. Centré mi trabajo de campo en los elementos externos: ¿había algo
en mi que hubiese podido llamar su atención? ¿hay algo que llame la atención y
sobre lo que esté reparando ella? ¿Algo está fuera de su sitio? Me recompuse, y
de un vistazo vi que aparentemente todo estaba en orden. Observé que no había
nadie más en el pequeño habitáculo que nos conectaba con las gargantas, así que
el resultado del análisis era que era absolutamente desconocedor del motivo de
su sonrisa, en mi opinión, demasiado interesante, si, es posible adjetivarla de
esta forma.
¿Qué está
pasando? ¿Dónde estaba mi seguridad? Todo por los suelos, hecho añicos. Me
encontraba turbado, descentrado, desestabilizado como si hubieran desplazado mi
centro de gravedad y luchase moviendo mi cuerpo en sentido contrario para no
caer al suelo
Ella solo
sonreía. Si la hubiese denunciado por su ataque, mi abogado defensor solo podría
decir ante el juez algo como que “se decidió a sonreír ampliamente, atacando a
mi defendido, puesto que no les unía ninguna relación de hecho ni de derecho
que permitiese tal confianza”. Además, diría en mi defensa, “esos ojos negros
perfectamente diseñados para su cara, acompañan a su sonrisa, sonriendo ellos
también, lo cual mi defendido considera desmedido”
Ella se decidió
a entrar en la boca del ascensor que se acababa de abrir, y lo hizo por delante
de mí. En mi central de datos todas las neuronas seguían trabajando al máximo,
con el fin de obtener más información y sobre todo de más calidad sobre lo que
estaba ocurriendo. Aproveché los dos o tres pasos que ella dio ante mi, para
analizarla con más detalle, porque más que mirarla la analicé, pero claro, como
si no se notase. Recabé información valiosísima, para empezar me di cuenta de
que ella era bastante atractiva, analicé también su vestimenta, un vestido
verde oscuro, con una especie de jersey de cuello alto color negro bajo el
vestido. Era delgada, tenía un tipo bonito, sin ser nada llamativo, no era la
reina de las curvas, pero el conjunto era más que agradable a la vista. Ese
color negro del jersey encajaba a la perfección con sus ojos. Al entrar al
ascensor la miré de nuevo a los ojos, y ella me seguía mirando fijamente. Pensé
que me estaba mareando, su sonrisa amplia seguía ahí, y me no hacía otra cosa
que mirarme sin decir nada.
Pulsamos los
botones de las plantas a las que queríamos dirigirnos, la 9 en mi caso, la 11
en el suyo. Pensé que era una coincidencia también interesante. En la central de
datos no sabían como interpretar esta información: “ella se baja después”, decían,
pero nadie daba ninguna orden sobre lo que había que hacer, o decir, o gestualizar.
Recababa datos y datos sin parar, pero deslavazados, no era capaz de diseñar
ninguna estrategia de comportamiento. Ahí estaba yo, completamente desarmado
ante su sonrisa.
Tan invadido me
encontraba, que bajé la cabeza, gesto que ahora, mirando hacia atrás considero
que fue una claudicación. Sin duda que ella ganó esa batalla y lo hizo de forma
demoledora. Me vi incapaz de sostenerle la mirada y seguir sonriendo, pensaba
que si lo hacia explotaría o algo así. Es fácil que leyendo esto sonrías, tu,
lector, pero te puedo asegurar que la atmosfera se hizo tan densa dentro de
aquella traquea, que era casi irrespirable. El pulso cardíaco me subió hasta ni
se cuánto, y un leve sudor empezó a aparecer, con la inevitable señal de alarma
en la central de datos.
La traquea hizo
su trabajo de una forma eterna, creo que tardó varias semanas en recorrer la
distancia que nos separaba hasta la planta 9. El tiempo comenzó a transcurrir
muy despacio y entramos en cámara lenta, me vi a mi mismo, recurriendo al truco
más que viejo de consultar mi teléfono móvil, sabedor de que no había nada
nuevo que encontrar ahí, pero tratando de mostrarme ocupado, y ajeno a lo que
realmente estaba ocurriendo.
Miré de reojo y
en sentido cruzado por el espejo del ascensor, que tenia frente a mi, y la seguía
viendo a ella, mirándome fijamente y sonriendo, y todo esto ocurría a cámara lenta,
mientras los segundos, minutos, días completos transcurrían dentro de la
traquea, atrapado sin escapatoria, y ensartado por una mirada femenina que no podía
eludir, y que me estaba destrozando.
Llegué a pensar
en que ella iba a decir algo, pero simplemente esto no ocurrió. Llegué a pensar
en decir algo, pero… por más que pedía ayuda a mi central de datos, nada
llegaba. Entendí que nada saldría de mi boca, y me resultó doloroso aceptar
esto.
El ascensor
llegó hasta la planta 9, la boca se abrió, y salí, mascullando un impreciso “hasta
luego” de lo mas anodino, girando brevemente la cabeza, como si todo aquello no
me importase. Creo que ella respondió algo parecido, pero ni lo recuerdo, dado
el estado de confusión en que me encontraba en ese momento.
Caminé por el
largo pasillo enmoquetado, como un gato, sin hacer ruido, mientras pensaba en
lo torpe que uno puede ser, y también lo inocente, inexperto, in-todo…
Cumplimos años pero eso no significa que acumulemos sabiduría. Solo acumulamos
experiencias, pero somos aun tan toscamente noveles, que no sabemos manejar una
situación como esta
La central de
datos paró su trabajo, en el mismo momento que la traquea siguió encaminando el
ascensor hasta la planta 11.
Me giré en
dirección a la parte del pasillo donde había dejado la traquea, esperando que
ocurriese un milagro y ella asomase desde el ascensor, aún sonriendo. Deseaba
que esto ocurriese y sin embargo que no habría sido capaz de reaccionar, como
tampoco lo fui hace solo unos segundos ¿o quizás horas?
Me quedé unos
segundos más esperando, absurdamente solo en aquel pasillo enmoquetado,
tratando de enviarle mentalmente todo lo que no había sido capaz de expresar,
pero la verdad es que nunca he tenido seguridad en los envíos telepáticos, esta
es una técnica que aunque he intentado de manera intensa en varias situaciones,
no me ha proporcionado ningún resultado, al menos hasta el momento.
Pensé en lo que
acabada de ocurrir mientras me descalzaba y me echaba sobre la cama. Me parecía
que habían transcurrido horas desde que entré al hotel, y habían pasado solo
unos pocos minutos…
Fantaseé después
de todo esto con diferentes finales de esta pequeña historia, en todos los
sentidos, algunos de ellos muy apasionados, acalorados o simplemente sugerentes,
para darme cuenta al final de que no fui capaz de obtener lo que realmente me habría
gustado.
Lo que más echo
de menos fue el no haber sido capaz de aguantar esa sonrisa con otra mía, natural,
fresca, y preguntarle simplemente si le apetecía tomar un café conmigo. Eso habría
supuesto una victoria enorme contra este que habita dentro de mi, y su maldita
central de datos, que analiza todo lo que tiene delante pero no consigue romper
la barrera que lo encierra.
Se que no la
volveré a ver nunca más, y también se que no olvidaré las horas que pasé con
ella encerrado en la traquea mas lenta que jamás he conocido.