tros preferían el campo, los espacios
abiertos, el aire puro. Los había también de asfalto, de paseo por las aceras
de la ciudad y cervecita en las terrazas del centro. Los más aguerridos
buscaban la noche, los garitos de las callejas, la alianza con los alcoholes de
garrafón. Algunas minorías buscaban refugio en aficiones que daban salida a sus
deseos de adquirir conocimiento sobre el mundo que habitaban, y estudiaban a
los unos y a los otros, y leían mucho. También estaban esos que preferían el
cultivo de lo físico, y siempre estaban liados a patadas en los gimnasios, o
levantando pesas y castigándose con el aparataje. Emilio no pertenecía a
ninguno de esos grupos, ni siquiera había grupo en el que encuadrarle, porque
sus sentidos no buscaban ni aire puro, ni terracitas, ni alcohol, ni nada. Era
un ser extraño, y buscaba la felicidad por caminos inusuales. Le gustaba pasear
por las plantas de los grandes almacenes, ¡que eso era una ciudad y tenía de
todo, que había música que abría los poros del espíritu, que la iluminación
invitaba a extraños sueños cosmopolitas! Y además había cafetería en la última
planta, mesas asomadas sobre los tejados viejos de la ciudad, y allí sí que
sabía bien el cigarrillo y el café, los minutos soñando ser don Alonso Quijano,
y unas cuantas mesas más allá, una espléndida Dulcinea del Toboso, o de La Latina, que para el caso le
daba lo mismo. En invierno, cuando el aire de la ciudad era un cuchillo que se
emperraba en trabajar las puntas de las orejas y de los dedos de pies y manos,
entrar en los grandes almacenes era entrar en la misma Gloria, con esa bofetada
de calor saludándote de abajo arriba nada más cruzar el umbral. En verano,
cuando el calor derretía los cuerpos hasta licuarlos en sudores pegajosos y
molestos, los grandes almacenes brindaban la oportunidad de refrigerar el
organismo, y con él la mente, que volvía a activarse y a soñar dentro de ese
mundo artificial. Cierto que allí no había árboles, ni pajarillos de
maravillosa letanía, ni se podían ver montañas, ni siquiera respirar aire puro
o pasear con tranquilidad. Pero era, justo eso, lo que él buscaba. Si no había
árboles, había un montón de mostradores de maravillosos frutos del artificio
humano, y el lugar de los pájaros estridentes estaba ocupado por un cielo
embargado de músicas y anuncios que publicitaban las ofertas de esta o aquélla
planta, de esta o aquélla semana. Y eso es lo que le abría los poros de la
imaginación, lo que realmente suplía y aventajaba con creces la visión estática
de las montañas; y si uno quería aire puro, nada mejor que pasear por entre los
mostradores de la sección de perfumería. Allí sí que olía bien. Y de paseos
tranquilos, nada, que todo era ir tropezando, esquivando el tapón en torno a
una caja registradora, o al que se ha parado a buscar en los cielos el luminoso
que le indique, cual estrella a los Magos, la ubicación de los aseos. Pero eso
era lo bueno, el contacto masivo con la gente, el murmullo elevado y almizclado
de músicas, la explosión de esa luz que no provoca sombras, el bombardeo
publicitario de la megafonía y el de las modelos que te sonríen desde
fantásticas fotografías que se asoman a las escaleras mecánicas y a los
ascensores, o te saludan desde una columna, o se descuelgan del techo para
cautivar unos segundos tu atención. Y para disfrutar de todo ello, por
supuesto, no había que llevar intención de comprar nada, que eso era tener
prisa, calibrar precios, comparar calidades y, en definitiva, perder el tiempo
en algo que para él no era importante. Lo suyo era pasear los grandes almacenes
con alguna lógica. En primer lugar había que buscar las escaleras mecánicas más
cercanas a la entrada, embarcarse en ellas y dejarse arrastrar mirándolo todo,
dejándose abrazar por ese universo de luces y músicas mágicas que riegan los
destinos de esos pasajeros que fortuitamente coinciden en el ascensor, o con el
de los que se cruzan buscando las plantas inferiores. Una vez arriba, lo mejor
era abandonar las escaleras y comenzar a rodearlas, cruzar por las de bajada y
volver al punto de subida para llegar hasta la planta siguiente. Éste recorrido
circular debía hacerse lo más ceñido posible a las escaleras, pegado a los
mostradores de calcetines y corbatas, y si alguien sospechara retazos de locura
por ese caprichoso periplo tan ceñido a muebles, ceniceros y vestuarios, no
está de más el detenerse y fingir interés por esos calcetines que ahora parecen
despertar nuestra atención, y luego simular indiferencia, adornarse con una
media sonrisa de galán y vuelta a las escaleras. Una vez en la otra planta,
Emilio iniciaba el auténtico paseo, el que había de trazar por el perímetro sin
escapar del camino principal marcado en el suelo. De éste modo regresaría al
punto de partida después de haber pasado por las secciones de caballeros, la
tienda vaquera y las “boutiques” de moda. La particularidad estaba en que los
pasos debían estar hermanados con la música ambiental. Si era una melodía
lánguida, enlentecía los movimientos, fingiendo deleite en la contemplación de
los mostradores, y llegado el caso giraba armónicamente entre chaquetas y
pantalones, o marcaba los ritmos a su paso por los expositores de zapatos. Si
la música era trepidante, sus pies cobraban una inusitada emergencia, y el
rostro parecía aguzarse, como si todos sus sentidos hubieran decidido cobijar
la alerta, y entonces cruzaba mostradores y caminos sin detenerse, a cada paso
una nota musical, a cada nota una adecuación del movimiento, una orden al
gesto. No era éste un paseo sosegado, sino más bien una representación
cinematográfica del hombre de Nueva York cruzando avenidas y puentes, sonriendo
y tocando con gentileza el ala de su sombrero. Allí estaban los rascacielos de
Manhattan, la magia de sus luces encaramadas, las luciérnagas corriendo por sus
venas, los espejeos de la bahía... y todo traducido a unos pasos armónicos que
tomaban medidas a la planta de los grandes almacenes. Si allí te cruzabas con
personajes creados por el olimpo americano, aquí te podías tropezar con señoras
retirándose en mil poses para contemplar qué tal esa chaqueta a su marido, o
con los jóvenes que viven en grupo la compra de los primeros vaqueros, que de
todo ello partían las mejores comedias musicales. Ya en el tercer nivel llegaba
la libertad, pues allí no era obligatoria la sintonía con la música, y se podía
seguir cualquier dirección y detenerse en los mostradores. En esta planta había
libertad de movimientos, y era la ideal para que el destino situara justo
aquello que Emilio desease comprar, pues está permitido el curioseo de precios,
el ir y venir por el mismo camino o hacer incursiones hacia los tenderetes
centrales, abandonando las ataduras del anillo que marca el perímetro. Pero
suele coincidir que en esta planta está la sección de juguetería, y ya no tiene
edad para andarse por esas ramas, ni para gastar la ropa de los infantes. Al
otro lado, como si hubiera algún nexo común entre ambas secciones, está la de
lencería, pero él no tiene pareja a la que regalar cualquiera de los conjuntos
desplegados sobre las geografías de metacrilato. Emilio dirige sus pasos a la
zona de juguetería, pues allí se siente otra vez niño en ese encuentro con los
grandes coches con los que soñara hace tantos años y nunca le trajeron los
Reyes, o con los circuitos de trenes eléctricos, o los ostentosos juegos de
construcción y los complicados juguetes de resortes eléctricos y alma
informatizada. ¡Qué distintos de aquél camión “Pegaso” con las bombonas de
plástico naranja que apareció bajo su cama un 6 de enero ya muy lejano, o del
caballo metálico al que había que darle cuerda para que corriera hacia la taza
de leche, y que finalmente caía de la mesa; sí, hubo que recomponerlo muchas
veces, y un buen día desapareció con los desperdicios de la comida y nunca más
se supo. Una vez gratificado su alma infantil, Emilio escapaba de la planta
hacia el nivel superior, pero ahora había que buscar cualquier otra escalera
que no fuese aquélla por la que había accedido a esta, y una vez que el tramo
mecánico volvía a depositarle sobre una nueva encrucijada de caminos, entraban
en juego los aseos, la paradita para orinar y peinarse, lavarse las manos y
salir como un pincel. Había un
inconveniente, y eran los bujarrones, siempre presos de la pileta, el torso
hacia atrás con descaro, y la mirada oblicuamente dirigida hacia sus manejos,
pero había que actuar con valentía, y sacudirla tantas veces como fuere
preciso, y subir la cremallera con decisión, y colocar la camisa perfectamente
dentro de la cinturilla de los pantalones sin dejarse atosigar. Ellos formaban
parte de otro mercado, y lo mejor era no entretenerse demasiado para no dar
lugar a equívocos, y salir con el paso acelerado para no levantar falsas
sospechas de maliciosa espera. Él era un hombre-hombre, un... “credimoda” mitad
dandy, mitad bohemio, y su paseo no podía verse ensombrecido por una mirada que
le catalogara como un merodeador de urinarios. Al salir de los aseos se repetía
el ciclo buscando las escaleras mecánicas más cercanas para subir a la quinta
planta e iniciar el giro completo alrededor de estas, ajustado a seres y
enseres, pero el de mayor economía de pasos; era la ley. Y así se pasaba muchas
tardes. El Dr. Moscoso, un psicoanalista que interpretaba todos sus sentires a
la luz de su ciencia excesivamente lenta, cuando se enteró de la extraña
felicidad que experimentaba su paciente en esas dos o tres horas de ensoñación
en los grandes almacenes, le dijo que eso era alienación de la realidad, y él
que allí estaban las luces artificiales que le hacían sentirse como el actor
bajo los focos de rodaje de una patraña fantástica, y el otro que era necesario
ser actor de la realidad. Pero Emilio sabía que su realidad era seguir los
rituales establecidos, que sin ellos se perdía en la libertad que los demás
habían fabricado. Y el Moscoso decía que dejara de perseguir esas falacias
mentales, pero su paciente se resistía a abandonar los carriles de su
patológica identidad; reclamaba su derecho a estar alienado, a gozar de una
felicidad dosificada, y esta se destilaba en los grandes almacenes, y llegaba
en esa comunión de luces, caminos, pasos y música de ambiente, en las sonrisas
fotográficas de la publicidad, en los folletos de los grandes viajes, en el
perfume de las señoritas que en la planta baja rociaban su muñeca. Le gustaba
soñar cosas imposibles, y sonreír picaronamente, y creerse el rey, pero ese
psicoanalista quería arruinarlo todo. A veces llovía del cielo artificial una
canción que le atravesaba los sentidos y le transportaba lejos de allí, una
cita, un tiempo, una mujer... pero entonces lo mejor era dejar que el corazón
trabajase su angustia y el cine hiciera el resto. Nada mejor que un corazón
herido de nostalgia y embarcado en la nave todopoderosa de las luces de los
grandes almacenes. Allí la pena era más pena, y el protagonista ganaba carisma
plantado frente a los mostradores de la sección de comida y útiles para
animales domésticos, y era tiempo de mirar lánguidamente a las señoritas de la
publicidad, y daban ganas de encender un cigarrillo para saborear la desdicha
del protagonista. Entonces era el momento de subir a la cafetería, dejarse
arrastrar por las escaleras bajo el cobijo musical, y buscar una mesa, sacar un
papel, encargar un café y llorar nostalgias de tinta, la mirada huida en las
volutas del humo, los sentidos evaporados por unos minutos de creación
apasionada. Era el único sitio en toda la ciudad desde el que se podían
disfrutar los viejos tejados apiñados a merced de las callejas umbrías del
trazado, y ahora uno se podía convertir en un gato explorador de chimeneas y ventanas,
de cordeles de ropas blancas y patios interiores. Era otra ciudad superpuesta,
aislada en sus alturas, plagada de soles dorados, antenas esqueléticas y
campanarios. Cómo se envalentonaban las musas ante la visión a que le daba
derecho una taza de café con leche, y escribía, y a veces sólo imaginaba aventuras de bohemia en
las buhardillas rotas, o pianos, o mesas-camilla y caballetes de pintura. La
cafetería era el clímax, y luego vuelta a descender las plantas con el mismo
ritual de subida, y nunca dar por terminado el paseo sin sumergirse en las
plantas que ocultan su magia bajo tierra, los dos o tres niveles de
aparcamiento. Sí, no era fácil pasar desapercibido al pasear por entre los
coches aparcados, y a veces es necesario simular esperas, miradas rápidas al
reloj de pulsera, gestos de impaciencia... que también encierran sus maravillas
esas plantas de paredes grises y fluorescentes blancos. A veces se paraba
frente a la cabina de pago para estudiar poses y movimientos de esas gentes
anónimas, porque interpretándolos podía imaginar hacia dónde irían sus pasos al
salir de los almacenes, si vivían en zonas oscuras de la periferia o en casas
antiguas del barrio de Salamanca. ¿Cómo sería la cama dónde dormían, y qué
verían al asomarse a la ventana? ¿Un patio interior, una calle solitaria, una
avenida de luces anaranjadas? Cómo le gustaría seguir a alguno de ellos y
averiguar el armazón de su realidad, pero no lo hará, y tendrá que inventarles
una historia, y antes de terminarla habrá llegado a la puerta de salida, y sin
darse cuenta ya estará fuera de los almacenes, y encenderá otro cigarrillo para
seguir confeccionando fantasías que abonen su atípica felicidad. ¡Y todavía se
atreve su psicoanalista a decirle que deje de imaginar, que se llene de coraje
y comience a vivir, como si fueran cosas distintas! ¡Qué sabrá él lo que es la
vida, si nunca ha entrado a pasear por unos grandes almacenes! Lanzará
lánguidas miradas de reojo al estallido luminoso atrapado tras las puertas
acristaladas, y mientras tanto su frente acoge los tintineos de verde y blanco,
los luminosos de las sirenas que atraparon las naves de Ulises. Pensará en su
gato “Mesié” y silbará una cancioncilla afrancesada, una murga pegajosa que ha
quedado prendida en su conciencia, un sueño limpio dentro de una mente
quebrada. ¡Qué sabrá la vida lo que Emilio piensa que es la libertad!