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Fernández González, Alberto (Pato)

Sueños de plástico



O

tros preferían el campo, los espacios abiertos, el aire puro. Los había también de asfalto, de paseo por las aceras de la ciudad y cervecita en las terrazas del centro. Los más aguerridos buscaban la noche, los garitos de las callejas, la alianza con los alcoholes de garrafón. Algunas minorías buscaban refugio en aficiones que daban salida a sus deseos de adquirir conocimiento sobre el mundo que habitaban, y estudiaban a los unos y a los otros, y leían mucho. También estaban esos que preferían el cultivo de lo físico, y siempre estaban liados a patadas en los gimnasios, o levantando pesas y castigándose con el aparataje. Emilio no pertenecía a ninguno de esos grupos, ni siquiera había grupo en el que encuadrarle, porque sus sentidos no buscaban ni aire puro, ni terracitas, ni alcohol, ni nada. Era un ser extraño, y buscaba la felicidad por caminos inusuales. Le gustaba pasear por las plantas de los grandes almacenes, ¡que eso era una ciudad y tenía de todo, que había música que abría los poros del espíritu, que la iluminación invitaba a extraños sueños cosmopolitas! Y además había cafetería en la última planta, mesas asomadas sobre los tejados viejos de la ciudad, y allí sí que sabía bien el cigarrillo y el café, los minutos soñando ser don Alonso Quijano, y unas cuantas mesas más allá, una espléndida Dulcinea del Toboso, o de La Latina, que para el caso le daba lo mismo. En invierno, cuando el aire de la ciudad era un cuchillo que se emperraba en trabajar las puntas de las orejas y de los dedos de pies y manos, entrar en los grandes almacenes era entrar en la misma Gloria, con esa bofetada de calor saludándote de abajo arriba nada más cruzar el umbral. En verano, cuando el calor derretía los cuerpos hasta licuarlos en sudores pegajosos y molestos, los grandes almacenes brindaban la oportunidad de refrigerar el organismo, y con él la mente, que volvía a activarse y a soñar dentro de ese mundo artificial. Cierto que allí no había árboles, ni pajarillos de maravillosa letanía, ni se podían ver montañas, ni siquiera respirar aire puro o pasear con tranquilidad. Pero era, justo eso, lo que él buscaba. Si no había árboles, había un montón de mostradores de maravillosos frutos del artificio humano, y el lugar de los pájaros estridentes estaba ocupado por un cielo embargado de músicas y anuncios que publicitaban las ofertas de esta o aquélla planta, de esta o aquélla semana. Y eso es lo que le abría los poros de la imaginación, lo que realmente suplía y aventajaba con creces la visión estática de las montañas; y si uno quería aire puro, nada mejor que pasear por entre los mostradores de la sección de perfumería. Allí sí que olía bien. Y de paseos tranquilos, nada, que todo era ir tropezando, esquivando el tapón en torno a una caja registradora, o al que se ha parado a buscar en los cielos el luminoso que le indique, cual estrella a los Magos, la ubicación de los aseos. Pero eso era lo bueno, el contacto masivo con la gente, el murmullo elevado y almizclado de músicas, la explosión de esa luz que no provoca sombras, el bombardeo publicitario de la megafonía y el de las modelos que te sonríen desde fantásticas fotografías que se asoman a las escaleras mecánicas y a los ascensores, o te saludan desde una columna, o se descuelgan del techo para cautivar unos segundos tu atención. Y para disfrutar de todo ello, por supuesto, no había que llevar intención de comprar nada, que eso era tener prisa, calibrar precios, comparar calidades y, en definitiva, perder el tiempo en algo que para él no era importante. Lo suyo era pasear los grandes almacenes con alguna lógica. En primer lugar había que buscar las escaleras mecánicas más cercanas a la entrada, embarcarse en ellas y dejarse arrastrar mirándolo todo, dejándose abrazar por ese universo de luces y músicas mágicas que riegan los destinos de esos pasajeros que fortuitamente coinciden en el ascensor, o con el de los que se cruzan buscando las plantas inferiores. Una vez arriba, lo mejor era abandonar las escaleras y comenzar a rodearlas, cruzar por las de bajada y volver al punto de subida para llegar hasta la planta siguiente. Éste recorrido circular debía hacerse lo más ceñido posible a las escaleras, pegado a los mostradores de calcetines y corbatas, y si alguien sospechara retazos de locura por ese caprichoso periplo tan ceñido a muebles, ceniceros y vestuarios, no está de más el detenerse y fingir interés por esos calcetines que ahora parecen despertar nuestra atención, y luego simular indiferencia, adornarse con una media sonrisa de galán y vuelta a las escaleras. Una vez en la otra planta, Emilio iniciaba el auténtico paseo, el que había de trazar por el perímetro sin escapar del camino principal marcado en el suelo. De éste modo regresaría al punto de partida después de haber pasado por las secciones de caballeros, la tienda vaquera y las “boutiques” de moda. La particularidad estaba en que los pasos debían estar hermanados con la música ambiental. Si era una melodía lánguida, enlentecía los movimientos, fingiendo deleite en la contemplación de los mostradores, y llegado el caso giraba armónicamente entre chaquetas y pantalones, o marcaba los ritmos a su paso por los expositores de zapatos. Si la música era trepidante, sus pies cobraban una inusitada emergencia, y el rostro parecía aguzarse, como si todos sus sentidos hubieran decidido cobijar la alerta, y entonces cruzaba mostradores y caminos sin detenerse, a cada paso una nota musical, a cada nota una adecuación del movimiento, una orden al gesto. No era éste un paseo sosegado, sino más bien una representación cinematográfica del hombre de Nueva York cruzando avenidas y puentes, sonriendo y tocando con gentileza el ala de su sombrero. Allí estaban los rascacielos de Manhattan, la magia de sus luces encaramadas, las luciérnagas corriendo por sus venas, los espejeos de la bahía... y todo traducido a unos pasos armónicos que tomaban medidas a la planta de los grandes almacenes. Si allí te cruzabas con personajes creados por el olimpo americano, aquí te podías tropezar con señoras retirándose en mil poses para contemplar qué tal esa chaqueta a su marido, o con los jóvenes que viven en grupo la compra de los primeros vaqueros, que de todo ello partían las mejores comedias musicales. Ya en el tercer nivel llegaba la libertad, pues allí no era obligatoria la sintonía con la música, y se podía seguir cualquier dirección y detenerse en los mostradores. En esta planta había libertad de movimientos, y era la ideal para que el destino situara justo aquello que Emilio desease comprar, pues está permitido el curioseo de precios, el ir y venir por el mismo camino o hacer incursiones hacia los tenderetes centrales, abandonando las ataduras del anillo que marca el perímetro. Pero suele coincidir que en esta planta está la sección de juguetería, y ya no tiene edad para andarse por esas ramas, ni para gastar la ropa de los infantes. Al otro lado, como si hubiera algún nexo común entre ambas secciones, está la de lencería, pero él no tiene pareja a la que regalar cualquiera de los conjuntos desplegados sobre las geografías de metacrilato. Emilio dirige sus pasos a la zona de juguetería, pues allí se siente otra vez niño en ese encuentro con los grandes coches con los que soñara hace tantos años y nunca le trajeron los Reyes, o con los circuitos de trenes eléctricos, o los ostentosos juegos de construcción y los complicados juguetes de resortes eléctricos y alma informatizada. ¡Qué distintos de aquél camión “Pegaso” con las bombonas de plástico naranja que apareció bajo su cama un 6 de enero ya muy lejano, o del caballo metálico al que había que darle cuerda para que corriera hacia la taza de leche, y que finalmente caía de la mesa; sí, hubo que recomponerlo muchas veces, y un buen día desapareció con los desperdicios de la comida y nunca más se supo. Una vez gratificado su alma infantil, Emilio escapaba de la planta hacia el nivel superior, pero ahora había que buscar cualquier otra escalera que no fuese aquélla por la que había accedido a esta, y una vez que el tramo mecánico volvía a depositarle sobre una nueva encrucijada de caminos, entraban en juego los aseos, la paradita para orinar y peinarse, lavarse las manos y salir como un pincel.  Había un inconveniente, y eran los bujarrones, siempre presos de la pileta, el torso hacia atrás con descaro, y la mirada oblicuamente dirigida hacia sus manejos, pero había que actuar con valentía, y sacudirla tantas veces como fuere preciso, y subir la cremallera con decisión, y colocar la camisa perfectamente dentro de la cinturilla de los pantalones sin dejarse atosigar. Ellos formaban parte de otro mercado, y lo mejor era no entretenerse demasiado para no dar lugar a equívocos, y salir con el paso acelerado para no levantar falsas sospechas de maliciosa espera. Él era un hombre-hombre, un... “credimoda” mitad dandy, mitad bohemio, y su paseo no podía verse ensombrecido por una mirada que le catalogara como un merodeador de urinarios. Al salir de los aseos se repetía el ciclo buscando las escaleras mecánicas más cercanas para subir a la quinta planta e iniciar el giro completo alrededor de estas, ajustado a seres y enseres, pero el de mayor economía de pasos; era la ley. Y así se pasaba muchas tardes. El Dr. Moscoso, un psicoanalista que interpretaba todos sus sentires a la luz de su ciencia excesivamente lenta, cuando se enteró de la extraña felicidad que experimentaba su paciente en esas dos o tres horas de ensoñación en los grandes almacenes, le dijo que eso era alienación de la realidad, y él que allí estaban las luces artificiales que le hacían sentirse como el actor bajo los focos de rodaje de una patraña fantástica, y el otro que era necesario ser actor de la realidad. Pero Emilio sabía que su realidad era seguir los rituales establecidos, que sin ellos se perdía en la libertad que los demás habían fabricado. Y el Moscoso decía que dejara de perseguir esas falacias mentales, pero su paciente se resistía a abandonar los carriles de su patológica identidad; reclamaba su derecho a estar alienado, a gozar de una felicidad dosificada, y esta se destilaba en los grandes almacenes, y llegaba en esa comunión de luces, caminos, pasos y música de ambiente, en las sonrisas fotográficas de la publicidad, en los folletos de los grandes viajes, en el perfume de las señoritas que en la planta baja rociaban su muñeca. Le gustaba soñar cosas imposibles, y sonreír picaronamente, y creerse el rey, pero ese psicoanalista quería arruinarlo todo. A veces llovía del cielo artificial una canción que le atravesaba los sentidos y le transportaba lejos de allí, una cita, un tiempo, una mujer... pero entonces lo mejor era dejar que el corazón trabajase su angustia y el cine hiciera el resto. Nada mejor que un corazón herido de nostalgia y embarcado en la nave todopoderosa de las luces de los grandes almacenes. Allí la pena era más pena, y el protagonista ganaba carisma plantado frente a los mostradores de la sección de comida y útiles para animales domésticos, y era tiempo de mirar lánguidamente a las señoritas de la publicidad, y daban ganas de encender un cigarrillo para saborear la desdicha del protagonista. Entonces era el momento de subir a la cafetería, dejarse arrastrar por las escaleras bajo el cobijo musical, y buscar una mesa, sacar un papel, encargar un café y llorar nostalgias de tinta, la mirada huida en las volutas del humo, los sentidos evaporados por unos minutos de creación apasionada. Era el único sitio en toda la ciudad desde el que se podían disfrutar los viejos tejados apiñados a merced de las callejas umbrías del trazado, y ahora uno se podía convertir en un gato explorador de chimeneas y ventanas, de cordeles de ropas blancas y patios interiores. Era otra ciudad superpuesta, aislada en sus alturas, plagada de soles dorados, antenas esqueléticas y campanarios. Cómo se envalentonaban las musas ante la visión a que le daba derecho una taza de café con leche, y escribía, y a  veces sólo imaginaba aventuras de bohemia en las buhardillas rotas, o pianos, o mesas-camilla y caballetes de pintura. La cafetería era el clímax, y luego vuelta a descender las plantas con el mismo ritual de subida, y nunca dar por terminado el paseo sin sumergirse en las plantas que ocultan su magia bajo tierra, los dos o tres niveles de aparcamiento. Sí, no era fácil pasar desapercibido al pasear por entre los coches aparcados, y a veces es necesario simular esperas, miradas rápidas al reloj de pulsera, gestos de impaciencia... que también encierran sus maravillas esas plantas de paredes grises y fluorescentes blancos. A veces se paraba frente a la cabina de pago para estudiar poses y movimientos de esas gentes anónimas, porque interpretándolos podía imaginar hacia dónde irían sus pasos al salir de los almacenes, si vivían en zonas oscuras de la periferia o en casas antiguas del barrio de Salamanca. ¿Cómo sería la cama dónde dormían, y qué verían al asomarse a la ventana? ¿Un patio interior, una calle solitaria, una avenida de luces anaranjadas? Cómo le gustaría seguir a alguno de ellos y averiguar el armazón de su realidad, pero no lo hará, y tendrá que inventarles una historia, y antes de terminarla habrá llegado a la puerta de salida, y sin darse cuenta ya estará fuera de los almacenes, y encenderá otro cigarrillo para seguir confeccionando fantasías que abonen su atípica felicidad. ¡Y todavía se atreve su psicoanalista a decirle que deje de imaginar, que se llene de coraje y comience a vivir, como si fueran cosas distintas! ¡Qué sabrá él lo que es la vida, si nunca ha entrado a pasear por unos grandes almacenes! Lanzará lánguidas miradas de reojo al estallido luminoso atrapado tras las puertas acristaladas, y mientras tanto su frente acoge los tintineos de verde y blanco, los luminosos de las sirenas que atraparon las naves de Ulises. Pensará en su gato “Mesié” y silbará una cancioncilla afrancesada, una murga pegajosa que ha quedado prendida en su conciencia, un sueño limpio dentro de una mente quebrada. ¡Qué sabrá la vida lo que Emilio piensa que es la libertad!

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