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Suárez, María Teresa (Monra)

Testigos silenciosos



Ella luce una prolijidad pasada de moda. Si bien, está vestida de manera corriente y cuidada, su estilo se parece al de mi madre unos cuantos años atrás. Su pelo despeinado, algo revuelto, carga con unas cuantas canas.

Me impresiona su mirada, que se ve como pérdida; permanece quieta frente a mí  mientras sostengo con fuerza la puerta a medio abrir. Debía  haber sido una mujer bella, pero refleja el peso de la amargura en su rostro –me animé a aventurar. Sus labios finos apretados uno contra otro forman un gesto duro y tenso; presenta marcadas ojeras y arrugas que conforman profundas hendiduras sobre las que discurren restos sin secar de lágrimas recientes.

-¿Qué ocurre?-, es lo primero que me surge decir frente a semejante presentación, intuyendo que algo grave acaba de pasar.

Vivo en un barrio donde aparentemente no ocurre nada trascendente; se suelen apreciar los mismos rostros, clásicas construcciones, permanentes negocios que parecen resistir el paso del tiempo.

Mientras otros barrios van mutando producto de los cambios migratorios, económicos, sociales, culturales; el mío permanece estático. Inmune a los acontecimientos, casi igual a sus principios.

Entre los habitantes del lugar parece haber un acuerdo tácito en cuanto a sus costumbres. La vida pública se caracteriza por los buenos modales, corresponde decir: -Buen día-, -¿Cómo se encuentra usted hoy?-, y nunca falta la oportunidad para exclamar -¡Cómo crecieron los niños!- Lo privado, sin embargo, se mantiene en estricta reserva. Si bien, nuestros cuerpos se cruzan en infinidad de ocasiones, poco se sabe acerca de los que allí vivimos. No existen los chismes, ni los comentarios; no es considerado adecuado, ni cortés.

Si alguien desea que le pasen cosas fuera de lo habitual; sin duda debe salir del lugar; pero si después regresa se incorpora al sistema que lo adopta sin perturbar su rutina. Si por alguna razón, muy excepcional, entra en la casa de uno de sus vecinos se percata, con cierta naturalidad, que no hay diferencias: se mantienen los muebles de estilo, se observan coincidencias en los objetos decorativos obtenidos durante los viajes realizados, y la misma disposición de los ambientes; muy por el contrario, lo diferente hubiera resultado sospechosamente extraño.

Pues bien, quiero empezar a contarles algo que sucedió que, aunque parezca trivial en relación a la magnificencia de los acontecimientos que empezamos a estar acostumbrados a escuchar, por alguna circunstancia particular lo que relato a continuación provocó una sacudida en mi controlada existencia.

No puedo precisar con exactitud la fecha, pero una noche, como tanta otras, de aquellas frías de invierno, especialmente cargadas de humedad, y con visible niebla; el silencio comienza a presentarse desde temprano. Las luces permanecían casi en su totalidad apagadas, y la oscuridad empieza a reinar cuando unos gritos desgarradores me hicieron sobresaltar mientras dormía.

-Estoy harto, no aguanto más-, fueron las palabras que junto con un portazo, me introdujeron en un estado angustioso que se apoderó de mí, permitiéndome sentir como los latidos de mi corazón se reproducían por intervalos irregulares.

Me aferro con fuerza a las sábanas igual que una niña atemorizada, debido a la carga emotiva que contenían esos gritos que, sin pausa, me trasladan a una época que no correspondía a ese tiempo.

Recuerdo que intento recomponerme y reorientarme; para lograrlo miro a mi alrededor, alcanzo a ver mi agenda sobre la mesita de luz; luego, tanteo y acomodo mi almohada que reubico de una manera peculiar cubriendo mis oídos. Esto me tranquiliza, pero los gritos continúan de manera cada vez más intensa. Comienzo a armar una escena que me permita poner fuera de mí lo que está ocurriendo; y así, triunfar en mi afán por encontrar consuelo. Ello, no me resulta fácil, pues continuaba oyéndolos. Pese a mis esfuerzos por eliminarlos, se podía entender perfectamente lo que decían. Estos provenían de un hombre al dirigirse a una mujer: podría tratarse de una pareja… o no, pensé. Lo que sí era claro, es que mantenían entre ellos un intenso vínculo.

Me acerco al gran ventanal que se encuentra herméticamente cerrado para no permitir escapar la calidez que reina en el interior de la habitación. Apoyada sobre su marco me asomo al abismo que ofrece el gran pulmón. Logro ver en medio de la densa oscuridad una tenue luz encendida, y me esfuerzo por situar allí la procedencia de las voces.

Los gritos del hombre se continúan imponiendo en el espacio sonoro, que desde su potencia parecían dar cuenta de su impotencia. La voz suave y temblorosa de la mujer, sin embargo, aparecía potente frente a la impotencia que el hombre transmitía. Se oía decir a él, a viva voz, frases que intentaban ser contundentes, también hirientes; pero que, a su vez, denotaban dolor.

-Me tenés harto, no te soporto más-, reprocha él. –Te metes siempre en mis cosas, no me dejas en paz.

-Por favor, decime qué puedo hacer-, le suplicaba insistentemente ella, quien parecía querer tranquilizarlo. Sin embrago, no lograba obtener otra respuesta que aquella que se podía oír a través del ruido que provocaban las cosas lanzadas al golpear.

Una y otra vez, se repetía esta secuencia, hasta que se produce un profundo silencio; así es como lo sentí. En ese momento, miles de imágenes terroríficas se me presentaron sucesivamente en mi mente mientras el tiempo de expectación transcurría.

Repentinamente, la voz del hombre toma nuevamente la escena, y dice:

-Me voy, y no me vas a volver a ver, ya verás.

Esto fue lo último que oí esa noche; pero ya, desvelada, no me pude volver a dormir.

Cargando sobre mí la amargura tragada la noche anterior, al día siguiente, retomé mi rutina. Salí de mi edificio, todo permanecía igual, nada de lo que se presentaba a mí alrededor hacía sospechar una noche compartida de tensión y preocupación.

Transcurrieron dos días de tal episodio, y nada se oyó decir sobre lo acontecido; salvo una noticia que vi publicada en el diario. En la sección dedicada a los policiales se daba lugar un pequeño titular: Afirman que se trató de un suicidio. Dramáticamente se estableció en mi pensamiento un enlace que unía el episodio de aquella noche con la muerte de un hombre joven que aparentemente se dejó caer al vació desplomándose sobre la acera contigua a mi edificio, según hacía referencia aquel matutino.

En el sitio de la tragedia se eliminaron rápidamente todo rastro de lo acontecido. Supuse, inmediatamente, que se intentaba borrar con ello toda posibilidad de alterar la vida cotidiana de sus habitantes.

A partir de ese momento, los dos sucesos –los gritos desesperados con esa muerte- se articularon rápidamente, y en mi memoria se instaló sin ninguna duda su vinculación.

Se da lugar desde entonces una inquietud incesante que motoriza una búsqueda activa de los pormenores y motivos que pudieron determinar ese desenlace. Intento justificar que todo parecía indicar que se trataba de una discusión típicamente marital transitando el final que conducía inevitablemente a una separación; sin embargo porqué el suicidio.

Había construido en mi mente, producto de mi tránsito por una vida sin sobresaltos, pero alimentada con gran cantidad de información y lectura, una idea certera acerca de las situaciones que contienen violencia. Estas se continúan irreductiblemente en una escalada cada vez mayor, que sólo encuentra parangón si algo sucede o alguien se interpone; de otra manera, no tiene vuelta. Irrisoriamente, pensé que debía hacer algo. Surge, así, la idea de la heroína que cumple pequeñas misiones salvadoras en la vida. Por suerte, a este pensamiento le deviene un interrogante, quién era yo para interponerme en una relación, que en definitiva dos personas adultas habían elegido. Me imaginaba situaciones patéticas donde aparecía en medio de la discusión y recibía un florero por la cabeza, o peor aún, los mataba de un susto. Sin quererlo, ridiculizar la situación me hizo dejar de pensar en estas posibilidades. En definitiva, sólo se trataba de conjeturas, sin ninguna conexión concreta con la realidad, salvo aquella discusión sobre la que había participado casi de manera involuntaria.

Mi interés por saber más sobre lo ocurrido no se detuvo; y siempre que encontraba la oportunidad sacaba el tema a mis vecinos o al encargado del edificio. Pese a ello, de mis preguntas sólo obtuve silencio e indiferencia. Entendí, púes, que no iba a saber más sobre ello.

Por motivos laborales, que me obligaron a trasladarme a otra ciudad, me mudé. Sentí alivio al hacerlo; las ideas que, desde ese momento –en especial, cuando ganaba presencia la noche- se me presentaban en forma de reproche fueron paulatinamente cediendo, al punto de olvidarme de ello por completo.

Pasaron dos años, y volví a mi departamento en el petrificado barrio. Todo, como era de esperar, se mantenía igual. Me incorporé a las formas establecidas, y de esta manera, me disipé entre el resto.

Hoy, es domingo, cae la noche, la melancolía propia de la proximidad del fin de la semana se ha instalado, y el silencio vuelve a predominar. Nuevamente, se trata de ir a dormir temprano. Las luces se encuentran mayormente apagadas: y yo del mismo lado de la cama, con la cabeza apoyada sobre la mullida almohada. Cerca de la madrugada se presentan los mismos gritos y reconozco las voces.

-Estoy harto, no aguanto más-, nuevamente se escucha decir.

Me despierto como en otra oportunidad de la misma manera, sobresaltada. Se me impone la misma escena. Resulta, insólito y fuera de cualquier lógica que de pronto me sienta bien; hasta me sonrío al pensar que durante los últimos años hice esfuerzos por intentar escapar a la idea de haber podido hacer algo para evitar un desenlace fatal vinculado a la pareja “desconocida”, y …¿sobre aquel joven?, definitivamente no sé nada.

Me invade nuevamente la tristeza; instalándose la tragedia como posibilidad a mi lado como un fantasma que espera en los silencios.

Me familiarizo con las voces, que de a poco empiezan a formar parte de mi existencia; ya no me resultan extrañas, su repetición me imprime un final que ya está escrito; no me vuelven a provocar la misma tensión de la primera vez.

Mañana, vuelve la rutina, los correctos modales, y de algunas cosas no se habla; pero por alguna extraña razón y pese a haberme acostumbrado a ellos, la tensión súbitamente me invade frente al silencio que se presenta nuevamente.

De pronto, como un balde de agua fría tomo registro que el sonido del timbre que suena es el de mi puerta. Tímidamente, prendo la luz que se encuentra sobre la mesita y miro hacia el reloj. Indudablemente, por la hora,  no corresponde a una cita programada. Dudo si desentenderme del llamado, justifico que debe ser equivocado; sin embargo, dada las circunstancias y con cierta preocupación… voy atender.

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