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Jimeno Pérez, Jorge (Daniel Mochuelo)

Brazil



BRAZIL. POR DANIEL MOCHUELO.

-“Mira Felipe, huele a padre. ¡Huele, huele!”-, me decía mi hermano tendiendo ante mis narices la camisa de mi difunto padre, sacada del baúl donde, lo poco que nos quedó de él, mi madre lo guardaba como un tesoro. Y era verdad lo que decía Sebastián, la ropa olía a padre, pero no al jabón Bella Aurora con se lavaba los domingos, si no a él, a padre, y no había manera de explicar cómo era ese olor. Cuando Sebastián se cansaba de trastear con las ropas, yo me aseguraba de volver a dejar todo como estaba, con la bola de alcanfor envuelta en un pedazo de trapo en lo alto y para que mi madre, que también hacía lo mismo que nosotros, oler su ropa, y llorar, no se enterara a qué nos dedicábamos cuando regresábamos de la escuela.

-¡Felipe, cuéntanos que hacía padre en Brasil!, pedía Sebastián, que por ser un niño aún de teta cuando volvimos a España, ansiaba siempre saber de las peripecias de mi familia allá en las Américas.

Y yo siempre empezaba a recordar gustoso, y en la narración de mis recuerdos, los que siempre aparecían primero eran mis difuntos hermanos mayores, Julián y Pedro. Allí, en Brasil, ambos se pasaban el día entero hablando del pueblo de España que los vio nacer, con su río Tajo bordeándolo y en el que se bañaban en los veranos y donde con suerte, pescaban alguna que otra carpa; también hablaban de sus vecinos, de sus montes tan distintos a aquella espesura verde que ahora les rodeaba y sobre todo, hablaban de la fiesta de la virgen del Carmen. Según Pedro le gustaba por que era el único día del año en el que todas las mozas se vestían con colores hermosos, se echaban agua de colonia y “olían como los mismos ángeles”. Julián, que era también mayor a mis ojos, pero un par de años menor que Pedro, siempre hablaba de las natillas que hacía la madre de mi madre, mi abuela, con huevo, leche y azúcar, y que luego dejaba enfriar en lo alto de la despensa, para evitar a los gatos y a mis propios hermanos, que por lo que contaban, eran peor que los propios gatos. Al contrario que mis hermanos, mi madre siempre lloraba al hablar del pueblo y de la Virgen del Carmen, y yo no entendía muy bien por qué, pero, una vez que terminaba de sollozar, se sacaba su pequeño escapulario que llevaba colgado del cuello con la imagen de dicha Virgen y lo besaba. Y casi siempre, cuando mi padre, un hombre tan alto como enorme, de manos anchas y ásperas, hablaba del pueblo, me cogía en sus brazos y se ponía a mirar el horizonte, hacia el mar. Y se quedaba callado, mirando hacia el aquel manto verde conmigo encima. Y así podía estar minutos, hasta que la voz de mi madre o el ruido de alguna bestia le sacaban de aquel trance y me dejaba en el suelo, no si antes pasarme su manaza por mi alborotada mata de pelo. Todo era muy verde y hacía mucho calor aunque por las noches se estaba mejor, a pesar del incordio de los mosquitos y demás bichos, que no le dejaban a uno dormir en paz. Alguna  de esas noches mi padre o mi tío encendía una lumbre afuera de las fasendas, que era como se llamaban allí a nuestras casas de chapa y madera, y después de cenar, los hombres se juntaban en torno a la hoguera y preparaban café, algo que les hacía reír mucho, porque según contaban, allí a lo lejos, más allá del horizonte, en el pueblo, solamente los ricos bebían café “y mira tú, aquí a nosotros nos sobra” decía mi padre siempre entre risas. Y de nuevo, por unos instantes,  su mirada volvía a perderse y se quedaba inmóvil, como una estatua. Aquellas noches me gustaban, por que las mujeres hacían otro corro, apartadas de los hombres para poder hablar a gusto, y a los muchachos de las otras familias y a mí, nos contaban historias del pueblo, de mis abuelas, de mis tías, y si nos portábamos mal, nos asustaban hablando del Tío Camuñas, un malvado hombre conocido por su mala sangre que raptaba de las casas a los niños que se portaban mal. Y siempre, siempre, al escuchar su historia, todos nos quedábamos muy quietos y lentamente, volvíamos al cálido regazo de nuestras madres.

Mi padre y mi tío, como la mayoría de los demás hombres, se levantaban con la fresca, antes de salir los primeros rayos de sol, cargaban la mula con las herramientas y bebían de pie los restos del café que había sobrado la noche anterior, acompañado de un pedazo de pan con tocino. Después enfilaban todos por el sendero que llevaba hacía la jungla, y los podías ver partir lentamente, al ritmo que marcaba la mula, hasta que se los engullía la espesura verde. Toda aquella inmensidad, tenía dueño, y mi padre y los demás hombres se encargaban de desbrozar la selva hasta conseguir terreno llano para poder cultivar en ella.  Y la mitad de lo que cultivaban, siempre era para el dueño de toda aquella inmensidad.

Las mujeres, si la memoria no me falla, se despertaban un buen rato antes incluso que los hombres. Su día comenzaba dando de comer a las bestias y a las gallinas. Nosotros teníamos cuatro vacas, y a todas ellas había que ordeñarlas. Riqueza, Fortuna, Pepina y La Brava eran sus nombres. Riqueza fue la primera vaca que mi padre y mi tío compraron a los pocos meses de llegar al Brasil. Y la pusieron ese nombre por que no podían creer que todo aquello que habían oído contar de las Américas fuese verdad. Pero lo era. Aquellas tierras daban de comer a ellos y a sus hijos y parecía que todo lo que había allí nunca se podía terminar. ¡Había tanto y tanto! Después de ordeñar a las vacas, tocaba el turno de darnos de desayunar a todos nosotros, así como de asegurarse que nos aseábamos, orejas incluidas, y era un trabajo por partida doble que tenía mi madre, ya que mi tía murió por las fiebres a los pocos años de nacer yo, así que tuvo que hacerse cargo de sus sobrinos, que junto conmigo y mis hermanos, hacíamos un total de doce criaturas, y uno más en camino. Una vez ya desayunados, mis hermanos mayores ayudaban en la aldea, cortaban leña, vigilaban las bestias o iban a por agua, ya que todavía no eran lo suficientemente recios como para salir a la jungla con los demás hombres, aunque alguna vez acompañaban a mi padre y a mi tío para que fueran aprendiendo las tareas del campo. Nosotros, los pequeños, jugábamos felices todo el día.

Las tierras daban maíz, café, cacahuetes y patatas y las mujeres empezaban a cocinar temprano para llevarles a los hombres a media mañana el almuerzo, que por lo general siempre solía ser unas patatas cocidas, arroz, un café con leche, un pedazo de pan y un par de torreznos. Mi madre contaba con la ayuda extra de mi prima María, que a sus diez años u tal vez once años, ya se hacía cargo de las faenas propias de las mujeres y de todos nosotros. El pan se amasaba cada ocho días, y la harina se compraba a un señor gordito que sudaba mucho, un mulato que iba por las aldeas con una mula y un perro medio ciego. El señor gordito se abanicaba continuamente con su sombrero y siempre que se encontraba con María, la miraba fijamente durante un buen rato, a la vez que le decía cosas en brasileño, y no debían ser cosas bonitas, porque mi madre y las otras mujeres siempre acababan insultando al señor gordito, previo santiguamiento, y llevándose a toda prisa a María a dentro de alguna de las fasendas.

Si había algo que me hacía disfrutar, era observar a María amasar el pan. A ella también parecía gustarle, porque era una tarea de las más sencillas de las que tenía que hacer, y su pan era el más esponjoso de todos cuantos se cocían en el gran horno de barro. María se vino con mi edad a Brasil, y creo que era la única que no hablaba nunca del pueblo, aunque realmente, María casi nunca hablaba de nada. Tan sólo se limitaba a sonreír y de vez en cuando, muy de vez en cuando y siempre que no hubiese demasiada gente a su alrededor, entonaba una cancioncilla que hablaba de una pastora y un mozo. ¿Había dicho ya que su pan era el más esponjoso?

Una vez al mes, mi padre mataba un cerdo pequeño, de los de piel oscura. El animal chillaba cuando le hundían el cuchillo el cuello y a mí, me aterrorizaba ver toda aquella sangre saliendo de aquel oscuro tajo en su garganta. Mi madre regañaba a mi padre y él se reía. “Déjalos mujer, que aprendan cómo se mata a un guarrillo”. Una vez que el animalillo dejaba de patalear, lo ponían sobre un tablero que hacía de improvisada mesa, y lo rajaban desde la garganta hasta el culo, sacándole las vísceras, excepto los riñones, que le gustaban mucho a mi padre. Después, cogían un buen manojo de hojas seca de caña, lo arrimaban a la lumbre, y con hojas en llamas, lo pasaban por la piel del guarrillo, para quemar bien todos los pelillos del animal, que aunque pequeños, eran tan duros como clavos. Es entonces cuando mi padre, mi tío, mi hermano y algún otro hombre que por allí anduviera, empezaban de nuevo a hablar del pueblo, pero esta vez mentando algo que llamaban “la matanza”, y que yo no sabía muy bien lo que era, pero por cómo hablaban de ello, y por cómo se emocionaban, suponía que debía de tratarse de algo tan importante como la fiesta de la Virgen del Carmen. Una vez que habían quemado todos los pelos, mi padre lo troceaba, colocaba los pedazos en una pesada parrilla de hierro que estaba sobre las ascuas de la lumbre, y al poco rato, un delicioso olor inundaba todos los rincones de la aldea, para alegría de toda mi familia, que al percibir tan sabroso aroma, les anunciaba uno de los mejores momentos del día, y sobre todo, del mes.

Como ya he dicho, mis hermanos siempre hablaban del pueblo. Mi madre también hablaba del pueblo y lloraba. Y mi padre y mi tío, y luego se quedaban meditabundos. Yo sentía curiosidad por saber más sobre el pueblo, ese pueblo del que tantas veces hablaban, pero cuando preguntaba, ninguno parecía muy dispuesto a contarme nada. Yo no sabía qué era eso de lo que también hablaban: la miseria, las penurias, la hambruna… Más o menos tenía una idea de lo que podía ser la hambruna, y por aquel entonces creía que era más o menos el ruido que hacían mis tripas cuando aún faltaba un rato largo hasta la hora de comer, inocente de mí.

El tiempo pasaba tranquilo y todos éramos felices en aquellas verdes tierras, y mi tío y mi padre, hablaban de un futuro mejor, y ya cuando me cogía en brazos y miraba al horizonte, también me miraba a mí, alternando su mirada, y aunque yo siguiera sin entender porqué hablaban de nuestra vaca Fortuna y por qué ella era tan importante para cuando volvieran al pueblo. Pero una mañana, en la que andaba yo jugando a alborotar a una gallina con mi hermano Sebastián, oímos un gran alboroto por parte de las mujeres, que no dejaban de soltar lamentos. Al principio pensé que nos habían descubierto azuzando a las gallinas, y que nos caería una buena azotaina por molestarlas, por que luego no ponían los huevos con normalidad, pero me equivocaba. Mi prima María nos fue a buscar y nos reunió con los demás niños, cerca de los corrales de las bestias, donde se ordeñaban a las vacas. María no nos dejaba acercarnos a las barracas y yo no entendía el por qué. Había una carreta tirada por una mula y un bulto tapado con una manta empapada en sangre que los hombres intentaban descargar con cuidado. Una de las mujeres, lloraba desconsoladamente, y las otras la abrazaban e impedían que se acercara a la carreta. Pude ver a mi madre, que también lloraba y a mis dos hermanos mayores con ella. Mi tío iba y venia de un lado para otro, y en las manos llevaba lo que parecía una camisa empapada en sangre. María estaba llorando y varios de mis primos pequeños también empezaron a llorar, y al final todos acabamos llorando.

Luego llegó el médico, un hombre mayor, de pelo blanco montado en una yegua, una yegua con muy buen porte, igual que el jinete, al que salieron a recibir dos hombres y le condujeron al interior de la barraca. Un par de mujeres vinieron hacia nosotros y se ocuparon de mis primos, llevándonos hasta la barraca que había más alejada de la que estaba pasando todo aquello incomprensible para mi, donde nos dieron de comer gachas de harina y poco más.

Ya de noche, empezamos a oír gritos de mujer, y todos, dando un bote en nuestros jergones, pensamos que era nuestra madre. Salimos a la calle, pese a la oposición de la pobre María y allí la vimos, saliendo de la barraca junto con mi tío y el hombre del pelo blanco, al que llamaban doctor. No sabía bien que pasaba, pero yo necesitaba estar al lado de mi madre y salí corriendo hacia ella, a pesar de los gritos de María. Mi madre me abrazó y lloró y me besó en la cabeza. Luego, oí hablar y gemir a mi padre, lo que me hizo sentir muy bien al oír su voz, y sin más, me escabullí y entré en la facenda, y pude ver a mi padre, en la cama, sudoroso y con los ojillos llenos de miedo, mirándome y pidiendo que me sacasen de allí. Toda la gente guardaba silencio, iluminados solo por la luz temblorosa de las candelas. Había trapos a los pies de la cama manchados de sangre, y una mujer los recogía con la punta un palo y los echaba a una palangana llena de agua teñida de rojo. Mi tío me cogió por la cintura y me hecho al hombro sacándome de allí. “Ha tenido suerte, mucha suerte”, le oí decir al doctor a mi madre. Los hombres se arrejuntaron en torno a un hoguera y atentos, escucharon a otro hombre, uno al que le faltaban dos dedos de una mano, apodado “El Cubano”, porque había luchado en la Guerra de Cuba, un lugar del que también solían hablar mucho. “El Cubano” vio todo lo que aquella mañana había ocurrido. Al parecer, subiendo una cuesta, una de las mulas que tiraban de un carro cargado de grandes troncos, se encabritó al ver una víbora en el camino. Los movimientos de la bestia hicieron que las cuerdas que sujetaban los troncos se rompiesen y la carga se vino loma abajo cayendo encima de mi padre y otro hombre, “El Maño”. Mi padre logró esquivar la mayor parte, saltando al suelo y rodando selva abajo, pero con tal mala suerte que, al rodar ladera abajo, se tronchó el hueso de la pierna contra una roca. Según contaban los hombres, cuando sacaron a “El Maño” de debajo de la pila de troncos, su cabeza era plana “como una torta”. No me dejaron ver a mi padre en días, y todo lo que pasó las jornadas sucesivas fue muy triste. Toda la gente estaba sería y vestía de negro y nadie hablaba, excepto la viuda del Maño, que empezó a andar descalza por la aldea y a hablar y a reírse sola. Mis hermanos y yo nos pasábamos horas en la puerta de la barraca, donde mi padre no dejaba de quejarse. A mi madre tampoco la veía, y cuando la pobre mujer asomaba por la puerta de la barraca, los cinco hijos nos abalanzábamos sobre ella, abrazándola, y entonces, como al unísono, rompíamos todos a llorar.

Al Maño lo enterraron junto a mi tía, y junto al niño que nació muerto justo antes que naciera yo. Había tres cruces de madera pintadas de blanco sobre los montones de tierra y vino el señor cura del pueblo más cercano. Ese día también pude ver al hombre al que pertenecía todas aquellas tierras; también grande como mi padre, pero con una gran barba negra y mejor vestido. Después del entierro, el médico del pelo blanco, habló con mi madre y con mi tío, y mi madre empezó a llorar de nuevo.

Después de aquello, mi padre no volvió a sonreír nunca más. La herida se cerró, a los meses, pero no del todo bien, y el hueso, más o menos, se resistía, a volver a su sitio, pero al cabo un buen tiempo -yo ya había cumplido otro año más-, empezó a andar ayudado con unas muletas que mi tío y el carpintero le hicieron. Mis hermanos mayores ocuparon su lugar junto a mi tío, pero a pesar de ser dos, no podían  hacer las mismas faenas que un hombre. El medico venía a visitar a mi padre de vez en cuando, y pasaban mucho tiempo hablando y mirando la herida de mi padre, que seguía morada y negra, y el doctor meneaba la cabeza de un lado a otro y a mi padre se le llenaban los ojos de agua y se mordía el puño de la mano.

Una mañana muy temprano, mi padre, mi tío y otro hombre montaron en la carreta y partieron hacia una ciudad llamada Sao Paolo, que estaba a un día y medio de camino. Mi madre aquel día no se desprendió de su escapulario de la Virgen del Carmen y la podías oír rezar por lo bajo, entre dientes. Al cabo de unos cuatro días, mi padre y mi tío volvieron de la ciudad. Tenían mala cara y una mirada hundida. Mis hermanos ayudaron a mi padre a bajar de la carreta y algunos hombres encendieron una hoguera y sacaron una botella de un licor verde que únicamente sacaban en los bautizos de los niños y brindando, empezaron a beber, mi padre incluido. Todos hablaban excepto él, que estaba cabizbajo y con la punta su muleta hacía círculos en la tierra y después los destrozaba moviendo arriba y abajo la muleta con rabia. En el otro lado, mi madre y las mujeres, parecían estar en la misma situación. Mi madre era la única que estaba sentada, con la vista perdida y las demás mujeres estaban a su alrededor, y de vez en cuando, posaban su mano en su espalda algo encorvada. Ahora ya nadie hablaba del pueblo, a pesar de ser al lugar al que, tras dos días de dar gritos mi padre, decidió por recomendación del señor médico, nos volvíamos. Una semana después, cuando los primeros rayos de sol ya habían salido, todo estaba listo para irnos a la ciudad a coger lo que mi madre llamaba “El Vapor”, el barco que nos llevaría de vuelta. La gente se despidió de nosotros y casi todas las mujeres lloraban. Mi padre estaba sentado en la parte de atrás de la carreta, entre mis dos hermanos pequeños y yo, junto a los cuatro enormes hatillos que llevábamos con todas nuestras pertenencias y una maleta de madera que alguien les dio. Mi tío lloraba abrazado a María, por que también volvía a lo que llamaban el pueblo, en las lejanas tierras de España. Mi hermano golpeó a la mula en el lomo y la carreta empezó a moverse, y nunca, nunca olvidaré, como al pasar junto al vallado de madera de las bestias, Riqueza, Fortuna, La Brava y Pepina, nos miraban fijamente, sin pestañear, y creo que debían de estar tan tristes como nosotros, despidiéndonos con esos ojos tan grandes, de los que, puedo jurar, que salían lagrimas.

La humedad de la selva, según los doctores que habían visto a mi padre en la ciudad, era lo que impedía que curase su pierna, corriendo serio peligro su vida si se quedaba allí. “El clima de España, el clima seco de su pueblo en las llanuras Toledanas, le curará, allí corren buenos aires, amigo mío” le dijo el doctor, que al parecer, conocía España bastante bien. Y casi un mes después, llegamos al pueblo, al pueblo que tanto hablaban mis hermanos. Pero el buen doctor se había equivocado, porque a pesar de que la pierna de mi padre mejoró mucho, no duró más de dos años, y eso que no fue el mal de la pierna lo que le mató, sino los aires que corrían en España, muy lejos de ser buenos, como afirmaba el buen doctor; unos aires belicosos, de contienda, de envidias, de rencores. Esos aires, una noche junto a la tapia del cementerio del pueblo, ese pueblo del que tanto hablaban en Brasil, son los que mataron a mi padre, a mi tío, a mis hermanos Julián y Pedro, al señor alcalde, al maestro y a los mellizos de la señora Paca.

-¡Eres un mentiroso, Felipe! ¡El aire no mata a nadie! ¡No quiero oír más!- me gritaba siempre Sebastián, con los ojos llenos de lágrimas, mientras corría en busca de las faldas de mi madre.

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