Esta es una historia cierta. Tan
cierta que se repite todos los años, y muchas veces, en diversas partes del
mundo.
Se acercaba la Navidad y en la plaza
mayor ya habían instalado el Belén. Era muy grande. A Luis le gustaba ir a
verlo con su madre.
- ¿Y qué es lo que hay al pie de la
cuna, mamá?
- Son tres cofrecillos. Uno tiene
oro, otro incienso y otro mirra.
- ¿Y qué hacen ahí?
- Mira, esos tres señores elegantes
que hay junto a los camellos son los Reyes Magos, que fueron hasta Belén para
llevarle al Niño Jesús sus tesoros. Le dieron lo mejor que tenían.
- ¿Y el Niño qué les dio a cambio?
- Ellos no querían nada a cambio.
Sólo le agradecían poder haberle visto.
- ¿Y no se llevaron nada a cambio?
Pues qué pringaos, ¿no?
- Pero Luis, ¿cómo dices eso?
Fueron generosos.
- Pero si el niño era Dios. Podía
hacerlo todo. Por cierto, mami, ¿me traerán a mí los Reyes la PSP?
La madre puso una pequeña cara de
contrariedad.
- Pues no lo sé Luis, es muy cara.
- Ya, pero ellos son magos, y
ricos. Seguro que me la traen.
Así eran Luis y su madre. La madre
era buena, muy buena, y cariñosa. Luis era como suelen ser algunos chavales de
esa edad: un punto vaguillo y bastante egoísta. Tenían poco dinero (hay gente
que a eso lo llama ser pobre). El padre había muerto varios años antes de una
enfermedad. La madre, aunque siempre había estado delicada del corazón, ahora
trabajaba de cajera en unos grandes almacenes. Y después de la conversación
sobre la PSP,
empezó a trabajar más horas. Luis imaginaba que era porque en esas fechas la
gente compra más.
Empezaron las vacaciones de Navidad
y Luis se pasaba casi todo el día con sus amigos, porque su madre trabajaba
incluso los días de fiesta. El chico estaba sorprendido: ¡nunca había trabajado
tanto!
Llegó el 5 de enero. Esa noche
venían los Reyes. La cabeza de Luis era en esos momentos un batiburrillo de
sentimientos: alegría, impaciencia, nervios. Volvió a casa por la tarde. Su
madre no estaba. Ya le había avisado de que llegaría tarde por el trabajo. Esa
noche abrían hasta las 12.
Tenía la cena preparada. Lo que a
él más le gustaba: canelones y patatas bravas. Lo calentó y se lo comió. De
postre, tarta de manzana, con chocolate por encima. Su madre se la preparaba en
los días especiales. Se la tomó entera. Se quitó los zapatos y los puso en la
entrada del salón. Así lo hacía todos los años y los Reyes le dejaban los
regalos junto a los zapatos. Puso la tele. Quería mantenerse despierto para
intentar ver cómo llegaban los Magos a su casa. Pero poco a poco el sueño se
fue apoderando de él muy en contra de su voluntad.
El timbre le despertó. Sobresaltado
brincó del sillón: ¡ya era de día! Se había pasado toda la noche durmiendo y no
había visto a los Reyes. Daba igual, le habrían dejado por allí la
PSP. La televisión seguía encendida
emitiendo unos dibujos de un pollito que pensaba que nadie le comprendía.
Luis se olvidó de que había sonado
el timbre y fue directo a sus zapatos para ver su regalo de Reyes. No había
nada. Desconcertado se puso a buscar frenéticamente por todo el salón. No
encontró nada. Mientras buscaba sonó de nuevo el timbre.
Algo molesto por la interrupción,
se dirigió hacia la puerta. Al abrirla vio a Dolores, una señora que era muy
amiga de su madre. Mostraba una sonrisa cortada. En la mano tenía un pequeño
paquete bien envuelto.
- Hola, Luis.
- Hola.
Pasaron algunos segundos y la
señora no decía nada más. Sólo le miraba. Luis se iba impacientando cada vez
más, quería seguir buscando su regalo. Pensó en cerrar la puerta, pero justo en
ese momento Dolores volvió a hablar.
- ¡Mira! Esto estaba aquí en la
puerta –dijo señalando el paquete que llevaba en la mano.
A Luis se le iluminaron los ojos.
Cogió rápidamente el paquete y se metió hacia el salón para abrirlo. Dolores
fue calladamente detrás de él. Se quedó en la puerta viendo cómo Luis iba
desenvolviendo el regalo. Ante el chico apareció la inconfundible caja de la
PSP. Sus ojos brillaron.
Saltó de alegría. Con la caja en
las manos, bien agarrada, dio unos cuantos brincos. Su alegría era tal que
necesitaba transmitirla.
- ¡Mamá! –gritó con todas sus
fuerzas mientras salió corriendo hacia el dormitorio de su madre- ¡Mamá! ¡Mamá!
¡Me la han traído! ¡Te lo dije! ¡Me la han traído!
Entró como un huracán en la
habitación de su madre, pero allí no estaba. Fue a la cocina, miró el trastero,
en el baño. No estaba por ningún sitio. Volvió al salón. Dolores estaba sentada
con la cara entre las manos.
- No está mamá. Se habrá ido a
trabajar.
Se sentó en el sillón y comenzó a
quitar el celofán que recubría la caja. Dolores se aproximó y se sentó en una
silla que había cerca de él.
En ese momento Luis notó que pasaba
algo. Le recorrió una extraña sensación. Miró a Dolores y vio sus ojos
vidriosos.
-¿Qué pasa, Dolores? ¿Por qué estás
así?
Dolores se mordisqueó ligeramente
el labio y cerró los ojos con fuerza un segundo.
-Mira Luis… Tengo que contarte algo
de tu madre.
Luis dejó la PSP en el sillón. Dolores
continuó.
- Ha estado trabajando mucho
últimamente y…
El chico estaba impaciente por oír
el resto de la frase.
- ¿Y?…
- Y el corazón no le ha aguantado.
- ¿Qué! –Luis estaba aturdido; como
si no entendiera lo que Dolores le estaba intentando decir.
- Sí. Anoche tuvo un ataque al
corazón y está muy malita…, está inconsciente…en coma. He estado toda la noche
con ella. Los médicos no saben qué va a pasar.
Luis notó que le faltaba el suelo.
Como si todo hubiera desaparecido a su alrededor y él estuviera dando vueltas.
Intentó pensar, recordar, reaccionar; pero no pudo. Al final lloró: ligeramente,
pero lloró. Y no lloró más porque la noticia era tan gigante que no podía
abarcarla.
Un gran dolor le fue inundando
hasta casi ahogarlo. De fondo seguía sonando la voz consoladora de Dolores.
- Mientras mamá esté en el hospital
puedes quedarte en mi casa…
Entre las miles de imágenes que le
llegaban a su cabeza, apareció una que consiguió retener. Era el Belén que
habían visto en la plaza mayor. Dolores continuaba hablando.
- Por ahora no puedes ir a verla al
hospital, pero yo creo que pronto podrás.
Luis volvió a aferrar la caja de la PSP y se levantó. Dolores lo
miraba, e intentó decirle algo más. Por fin el chico arrancó y salió corriendo
a la calle.
Corrió y corrió sin parar. No
sentía el cansancio. Por fin llegó a la plaza mayor. No había nadie en toda la
calle. Se acercó al Belén, miró al Niño y le habló. Las palabras no salieron de
su boca, pero él le habló.
- Si curas a mi madre yo también te
regalaré lo que más quiero –y le mostró al niño la caja de la
PSP. Lo decía con cierta rabia –Tú puedes.
Si quieres puedes. Hazlo y te la doy.
Después de mirar unos segundos a la
madre del Niño, se dio media vuelta y se marchó. Pero se fue intranquilo. Y le
venían a la cabeza las palabras de su madre al hablar de los Reyes Magos:
“Fueron generosos”.
No se fue a casa de Dolores, sino a
la suya. Y fue Dolores la que decidió ir a dormir a casa de Luis.
Ya en la cama volvieron las
lágrimas a sus ojos. Esta vez con más intensidad. Empezaba a notar de verdad la
ausencia de su madre. No conseguía dormirse. Tampoco lo intentaba. Junto al
dolor, la intranquilidad fue creciendo. Y le volvían una y otra vez las
palabras de su madre: “No querían nada a cambio. Fueron generosos”. Siguió
llorando.
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A la mañana siguiente, un empleado
municipal que se dedicaba a los jardines de la ciudad comenzó su trabajo como
solía hacerlo en esas fechas. Fue a la plaza mayor en su furgonetilla. Sacó un
bote lleno de agua con un difusor en la boquilla y se acercó al Belén con el
propósito de regar el musgo del Belén.
Al acercarse reparó en algo nuevo en el Belén.
Miró con detenimiento. A los pies de la cuna del Niño, y junto a los cofres que
habían dejado los Reyes Magos, había una aparatosa caja (aparatosa para el
tamaño de las figuras). Parecía el envoltorio de un juguete. Leyó lo que ponía
en la caja: PSP.
Sonrió. Regó con mucho cuidado para
no mojarla. Y se marchó.