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García Salido, Alberto (Alejandro Aquiles)

Bruno



Bruno

Silencio.

Silencio húmedo en el que una mano diminuta, casi microscópica, toma entre sus dedos un cordón gelatinoso surcado por dos líneas azules.

En el extremo del cordón un ombligo.

La mano cierra sus dedos haciendo del cordón un nudo. Más allá un cuerpo también diminuto se retuerce.

Deja de palpitar y desaparece.

Seis meses más tarde nace un llanto en la sala de un hospital. Una mujer llora al ver a su primer hijo.

Segundos más tarde la misma mujer deja de llorar.

Observa en silencio como su cuerpo expulsa los restos del segundo hijo que nunca tendrá.

El bebé observa, sin comprender, como le aproximan hacia una considerable cantidad de agua.

Para protegerse y evitar el impacto lanza su mano.

La gente sonríe ante el gesto del niño.

- ¡Bruno!, ¡deja eso ahora mismo! - grita una madre al ver como su hijo tira de la correa del perro hasta casi asfixiarle.

Bruno camina hacia el colegio. Hace frío y junto a él, hablando sin parar, su amigo repite una y otra vez lo mucho que le gustó el último capítulo de su serie favorita.

Bruno se detiene, bruscamente, y deja la mochila en el suelo con gesto de dolor.

- ¿Qué te pasa? - le pregunta su amigo.

- No puedo seguir más – responde muy serio.

- ¿Cómo?

- Ayer fui con mi madre al médico y me dijo que no debía llevar nunca peso en la espalda. Estoy enfermo y si lo hago me sentaría mal y podría dejar incluso de crecer.

- ¿Qué dices? ¿Y por qué has traído hoy la mochila? - le vuelve a preguntar.

- Pues para probar... pero parece que hasta aquí he llegado.

Los dos niños se quedan de pie sin decir nada. Bruno toma entonces la mano de su amigo y aprieta levemente sus dedos.

- ¿Puedes llevármela tú? – comenta sonriente.

- Claro - le responde el niño tras dudar un segundo.

Reinician la marcha.

Bruno, a unos metros de su amigo, observa cómo oscila su mochila detrás de otra espalda.

Ella observa curiosa a Bruno.

La biblioteca está llena de chicos pero sólo puede fijarse en él. Quizá sea su sonrisa. Piensa que incluso sus ojos puede que sean la causa. No es guapo y en cambio llama alarmantemente su interés.

Por un momento cree que él también le mira pero resulta ser tan sólo una ilusión.

Se pregunta por qué va siempre vestido de negro con un jersey bajo el que parece esconder su cuello.

Se pregunta cómo será su voz. Nunca le ha oído decir nada.

Se pregunta una y otra vez hasta que decide ponerse de pie.

Y dejar de preguntarse.

En el espejo ve lo que quiere ver.

Sonrisa muy blanca, ropa oscura y el cuello oculto bajo el jersey.

Sin hablar. Convirtiendo su voz en un secreto que sólo utiliza cuando es necesario, casi como si fuera un elixir o una poción.

Hoy tiene su primera cita.

Bruno apaga las luces y cierra la puerta.

En su mano derecha el bolígrafo descansa expectante.

Él mirando la hoja en blanco, completamente tranquilo. Ha leído las preguntas del examen y puede contestar a todas ellas sin ningún problema.

En su mano izquierda, oculto entre sus dedos, el papel en el que tiene escritas de antemano las respuestas.

Comienza a escribir e imagina las puertas de su futuro.

Delante, muy cerca.

Abiertas.

Bruno espera sentado en la mesa más alejada de la puerta del restaurante. Ante él su futura mujer no dejar de observarle mezclando en sus ojos ternura e impaciencia.

Él no devuelve esa mirada.

No quiere errores que echen al traste todo a última hora.

Aparecen sus padres y descubre algo extraño en los ojos de su madre. Recibe más tarde desconfianza como respuesta a sus besos en la mejilla.

Durante la cena los temas banales aparecen uno tras otro para borrar el silencio.

Cuando terminan Bruno toma un cuchillo entre sus dedos y, tras hacer callar a su novia, enuncia dos palabras.

- Nos casamos.

Su madre, al oír esto, deja caer la cabeza.

Una palmada en la espalda.

- ¡Enhorabuena!

Él, sin moverse, hace aparecer en su rostro una mueca de dolor aunque en realidad nada le duela.

Después se levanta de la silla y da la mano a su jefe.

Se vuelve a sentar rápidamente y aprovecha para observarle cómo regresa al despacho.

Sonríe al tiempo que introduce su dedo índice entre la piel y el cuello del jersey negro que lleva puesto.

Siente que algo le oprime y respira lentamente.

Por un momento, Bruno prefiere que nadie le vea.

Tres días sin verle.

Sin llamadas.

Sin saber nada de él.

Sobre la mesa del salón la foto de su boda.

Ella, de blanco radiante.

Él, totalmente de negro, parece feliz sonriendo a la cámara. Con la mano derecha cerrada.

Atándola muy fuerte entre sus dedos.

- ¿Crees que deberíamos haber tenido más hijos? - pregunta la anciana sentada en el parque.

- No lo sé... en realidad debíamos haber tenido dos así que quizá tendríamos que haberlo intentado - le responde el hombre que está a su lado.

- Ya – murmulla la mujer antes de levantarse.

Primero se escuchan sus pasos. Zapatos muy caros sobre suelo de madera.

Después un carraspeo.

A continuación vemos su ropa de color negro, el cuello tapado y, encima, como si estuviera en un altar, descubrimos su sonrisa.

Entra en la sala de reuniones y se sienta en un extremo. Allí abre una carpeta y hojea a las páginas que hay dentro.

Comienza su charla.

-         Parece que hoy será un buen día para nuestra empresa – dice.

Silencio a continuación.

Todo el mundo le mira mientras él toma aire para continuar.

- ¿Te has creído alguna vez lo de su enfermedad?

- No sé. Es difícil que alguien se pueda inventar algo así.

- Pues yo no le creo. Alguien que dice estar tan enfermo, con tanto dolor, no llegaría nunca tan lejos.

La mujer llora junto a la anciana. Un viento extraño, casi visible, barre las hojas del cementerio.

Los dos observan como desaparece el ataúd bajo paladas de arena que suenan como dedos pequeños que arañan la madera.

Ras. Ras.

Las dos, solas, esperan a un hijo y a un marido que no llega.

Ras. Ras.

Las dos, solas, esperan.

- Desde que usted es el máximo responsable...

- Diez años hace ya eso... - le interrumpe Bruno.

- Como pasa el tiempo - sonríe el hombre dejando escapar de sus labios el humo del puro que fuma. - Como decía, desde que usted es el responsable la empresa no dejar de obtener beneficios. Es increíble.

- Bueno, de alguna manera cuando algo cae en mis manos… - Bruno cierra los dedos con fuerza y deja en el aire el final de su comentario.

- Claro - añade el hombre dejando de fumar.

Suena el teléfono.

Suena hasta cinco veces antes de que ella se decida a cogerlo.

Bruno mira hacia arriba e imagina que extendiendo sus brazos puede tocar la última nube que ha aparecido en el cielo.

Después observa el reloj y comienza a caminar. Se introduce en el ascensor y pulsa el botón que le lleva al garaje. Camina hasta el coche y se introduce en él sin apenas hacer ruido.

No recuerda si ha disimulado hoy todo lo bien que debía su inexistente dolor.

Siente una extraña inquietud por regresar a casa. Hoy no quiere volver a discutir con su mujer.

Pone en marcha el motor y abandona el edificio.

En ese instante jersey de cuello alto y sonrisa blanca deciden marcharse de viaje.

La anciana cierra la puerta precipitadamente.

Baja las escaleras todo lo deprisa que puede dentro de esa insoportable cámara lenta que es ahora su cuerpo.

Detiene un taxi.

El conductor se sobresalta al ver reflejado en el retrovisor un rostro repleto de lágrimas.

El joven doctor explica, despacio y de forma comprensible, que el golpe en el cuello ha sido brutal.

Les dice, sin mirarles a los ojos, que no podrá volver a andar.

Añade, dando un pequeño paso atrás, que requiere ayuda para respirar y que hasta que no despierte del todo no sabrán si esa ayuda, algún día, se podrá eliminar.

En una bolsa de plástico, junto a una papelera, se encuentran un par de zapatos muy caros y un jersey negro de cuello alto.

Nadie los busca.

Dos mujeres observan a través de un cristal.

Lloran, aunque no lloran en realidad.

Vacío.

El hombre despierta y siente que todo es líquido a su alrededor.

Recibe en su piel un aire caliente que le oprime bajo un peso infinito.

Intenta moverse, pero no puede.

Abre lentamente los párpados y descubre un tubo de plástico que surge de entre sus labios. No puede expulsar ese extraño cordón que hincha su pecho de forma intermitente.

Sonríe.

El hombre levanta su brazo y observa su mano.

Mueve los dedos que le parecen ahora extrañamente finos, perfectos e intactos.

Coge el tubo de plástico y lo presiona lentamente hasta colapsarlo.

El hombre cierra los ojos mientras su mano, libre, finaliza el trabajo.

El cuerpo palpita.

Bruno, desaparece.

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