PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

Chamarro Calvo, Jesús (Julián Ósculo)

Trucos para seguir andando



No era cuestión de lanzar las campanas al vuelo ni de vender la piel del oso antes de haberlo cazado, puesto que ya en las dos últimas ocasiones se me había ocurrido hacerlo y, al final, no había llegado a producirse, aunque la semana pasada estuvo a punto, el deseado momento, con lo que no pude evitar sentirme bastante decepcionado.

No, no era cuestión, pero tenía una corazonada, algo en mi interior me indicaba que ese podía ser el gran día, el día que tanto tiempo había estado esperando. Esta inminente posibilidad me mantenía inquieto desde hacía más o menos un mes y, a decir verdad, no entendía muy bien la razón, ya que sabía que lo iba a conseguir, que iba a triunfar tras largos y tortuosos años de espera, pero el hecho de no saber con plena exactitud cuándo se produciría ese momento me estaba llevando, poco a poco, casi sin darme cuenta y sin poder evitarlo, a un estado permanente e insoportable de histeria. Supongo que me parecía increíble que estuviera tan cerca de lograrlo después de tanto tiempo.

Comencé con el acostumbrado proceso, el que había seguido cientos de veces con anterioridad y lo ejecuté escrupulosamente, paso a paso, por una parte, debido a mi proverbial superstición y, por otra, por no querer que nada pudiera fallar en esa oportunidad, que, vuelvo a repetir, se me antojaba que iba a ser, que, sin duda, tenía que ser, la definitiva.

Lo primero que hice fue coger un periódico viejo del revistero desvencijado que tenía en el comedor y le arranqué un par de páginas. No solía escogerlas al azar, tenía una clara preferencia por las dedicadas a las necrológicas o las de índices bursátiles y eso mismo fue lo que hice en esta ocasión. Cogí las hojas, doblándolas para manejarlas mejor, y me las llevé, agarradas por las puntas de los dedos pulgar y meñique de mi mano izquierda, a la habitación que sirvió de dormitorio a mis desdichados padres hasta el día de su muerte. Extendí las hojas con ensayada elegancia -en forma de rombo una y de rectángulo la otra- sobre la cama y me dispuse a conectar el televisor de catorce pulgadas que se encontraba situado en la esquina de la derecha, encima de la silla de anea. A esas horas entraba por el ventanal una luz clara que, al correr la cortina, aunque no se podía del todo porque estaba estropeado el mecanismo, llenaba la estancia de una calidez imprevista, pero necesaria, de ese nostálgico color melaza que tanto me agradaba, que tantos y tan buenos ratos me hacía recordar.

A continuación, fui al cuarto de baño. Había un insoportable olor a humedad allí dentro. Me lavé las manos y cogí de la tercera balda del armario un estuche de muchos colores como el que los niños pequeños solían llevar en mi época al colegio. En él guardaba los cortaúñas, las limas y todo el instrumental necesario para la manicura y la pedicura que había logrado reunir durante años. Con él en la mano, salí del servicio para dirigirme de nuevo al dormitorio de mis padres. Allí reposaban con placidez las dos hojas de periódico.

Eran las doce menos cuatro minutos, un poco pronto todavía. Aún no había empezado la carta de ajuste. Hasta que no comenzara, no podía ni debía ponerme a hacer nada. Me senté en el colchón, ya bastante hundido, por cierto, apoyando la espalda en el cabecero de hierro fundido y con la mirada fija en el televisor. Sobre la cómoda había un gran espejo que se estaba quedando sin azogue y varios portarretratos con una decoración muy recargada, en los que se veían diferentes imágenes: rostros, la mayoría en color sepia, de familiares fallecidos y que parecían anclados en algún lugar irreal del tiempo. El Señor los tenga en su Gloria.

En ese preciso momento, comenzaron a emitir la carta de ajuste. Hoy estaba programado que ofrecieran algunas canciones de John Lennon. Yo saqué con sumo cuidado el brillante y plateado cortaúñas del estuche de colores y, tras mirar durante breves segundos el cielo a través de las cortinas, comencé lo que tenía que hacer. Estaba nervioso, la emoción del momento era difícil de contener, pero debía conservar la calma, ya que si me excitaba más de la cuenta podía lastimarme en las manos o en los pies. Cortarse las uñas cuando no se está lo suficientemente relajado podía ser muy peligroso. Yo lo sabía por experiencia.

Tardé más de lo que esperaba en acabar con todas. Las tenía un poco sucias y, antes de cortármelas, las limpié con una especie de gancho metálico que encontré hace tiempo desprendido del somier de mi antigua cama. La verdad es que fue un rato muy agradable y no se me hizo pesado, como en otras ocasiones, ya que mientras me cortaba las de la mano derecha tarareé “Imagine” y con las de la mano izquierda silbé, aunque siempre lo he hecho bastante mal, “Jealous Guy”. Es ciertamente bonita esa canción, me recuerda campos tapizados de hierba, cielos azules y ríos con agua cristalina. Oyéndola se siente un deseo irrefrenable de vivir, de ser bueno y ser feliz. “Just like starting over”, “Woman” y “Cold turkey” me ofrecieron el grado exacto de sosiego  que necesitaba para cortarme, sin que surgiera ningún contratiempo, las uñas de ambos pies. Al terminar me sentí plenamente satisfecho, miré los montones de uñas apilados (en el papel extendido en forma de rombo yacían las uñas de las manos y en el otro, las de los pies) y supe que lo había conseguido. No pude evitar sentirme muy dichoso. Por fin, después de tanto tiempo, lo había conseguido. Era un sueño, el premio a tanto esfuerzo y sacrificio, pero no quise lanzar las campanas al vuelo. Había que serenarse y seguir los pasos previstos.

Antes de continuar, me quedé mirando las uñas con enorme interés, quizá como nunca antes lo había hecho. Parecían naturalezas muertas sobre un trozo de papel. Algunas tenían forma de estela fugaz; otras, de púa con la que tañer imaginarios instrumentos, pero la mayoría tenía forma de pequeña luna menguante brillando en el cielo color mate de la habitación.

Me levanté de la cama y me dirigí al desván. Abrí la puerta. Estaba lleno de cachivaches que había ido almacenando sin saber muy bien la razón, sin saber si algún día, por fin, tendría la oportunidad de utilizarlos: maletas, alfombras, botes de cristal, cajas de cartón y sobres viejos. Al fondo había un enorme saco y tiré de él, haciendo un enorme esfuerzo para sacarlo de allí. Lo seguí arrastrando despacio por el terrazo, poco a poco, hasta llevarlo a la cocina. Después de apoyarlo en una de las paredes, volví otra vez al dormitorio de mis ancestros. Allí cogí los papeles por cada una de las puntas, con mucho cuidado para que no se derramara ni una sola uña, y los trasladé también a la cocina.

A continuación, fui a mi cuarto y me vestí a tono con las circunstancias. Me puse el traje negro que utilicé en mi segunda boda, sin duda la ocasión lo merecía, y lo hice lenta, ceremoniosamente, disfrutando de cada segundo. Había esperado tantos años ese momento que por esperar unos minutos más no me iba a pasar nada en absoluto. Cuando  terminé, me miré en el espejo del armario, me pareció que tenía un aspecto radiante. Con esa sensación en mente, salí de allí para ir a la cocina. Al entrar, cogí una ramita de perejil que tenía a remojo y me la puse en el ojal. La ocasión lo merecía, ya lo creo. Inmediatamente después, me dispuse a desatar el nudo que cerraba el pesado saco. Estaba muy apretado, pero tras superar la tensión del momento me resultó más sencillo aflojarlo. Cuando abrí el saco apareció ante mí su preciado contenido: estaba lleno de uñas, trozos de uñas de diferentes formas y tamaños.

Lo dejé abierto y cogí por las puntas el papel que estuvo extendido en forma de rombo encima de la cama que perteneció a mis desdichados padres. El Señor los tenga en su Gloria. Unos cuantos trozos de uñas, que parecían granos de brillante arena, se unieron a los demás como en una especie de oasis ensacado. Acto seguido, realicé la misma maniobra con la otra hoja. Otro pequeño grupo de pequeñas lunas cayó al enorme saco. Después, volví a cerrarlo y lo acerqué, arrastrándolo, a una báscula de precisión, similar a las que hay en las farmacias, báscula que me compré, con gran esfuerzo económico, para estas operaciones.

Estaba llegando el momento de la verdad, el que había esperado durante tanto tiempo. Primero me subí yo a la báscula y tras uno o dos segundos, a lo sumo, apareció en la pantalla digital una cifra: 76.237. Me bajé y, usando toda  la fuerza de la que fui capaz, subí el saco a la báscula. La inquietud me hacía respirar con dificultad. El corazón me daba golpes secos dentro del pecho. En la pantalla, apareció la esperada cifra: 76.239. Por fin. Había llegado el día. Di un enorme grito de alegría. Lo había conseguido. Tras muchos años intentándolo, lo había conseguido. Me sentía eufórico. Abrí la nevera, agarré el tetra brik de vino y bebí hasta que no quedó ni gota, hasta apurarlo todo. Resoplé, dejando salir una ingente cantidad de aire de los pulmones. Hacía ya muchos años, tantos que ni siquiera me acordaba, me prometí que llegaría a reunir tal cantidad de uñas que su peso sería mayor que el mío. Lo había conseguido. No pude evitar acordarme de mis padres. Seguro que mi padre estaría muy orgulloso de mí.  Me lo había propuesto y lo había conseguido. Estaba contento, jovial, me sentía pleno. Tenía la necesidad de pregonarlo a los cuatro vientos, de hacerlo saber y, por eso, me dirigí corriendo al balcón. Me asomé, el mundo parecía girar como de costumbre sobre su propio eje. Quise gritar, pero no pude. A nadie parecía importarle mi gesta: un anciano caminaba con mucha dificultad, los niños jugaban a evitar su sombra. Entré en casa y, al momento, una  insondable sensación de vacío se apoderó de mí. Había pasado tanto tiempo con el maldito asunto de las uñas en la cabeza que no sabía lo que iba a ser de mi vida a partir de entonces. Me sentí absolutamente desvalido, como un niño corriendo sin rumbo en mitad de la noche, y le di una fuerte patada al enorme saco, que cayó a plomo sobre el terrazo de la cocina, derramando una parte importante de su contenido.

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de