No
era cuestión de lanzar las campanas al vuelo ni de vender la piel del oso antes
de haberlo cazado, puesto que ya en las dos últimas ocasiones se me había
ocurrido hacerlo y, al final, no había llegado a producirse, aunque la semana
pasada estuvo a punto, el deseado momento, con lo que no pude evitar sentirme
bastante decepcionado.
No,
no era cuestión, pero tenía una corazonada, algo en mi interior me indicaba que
ese podía ser el gran día, el día que tanto tiempo había estado esperando. Esta
inminente posibilidad me mantenía inquieto desde hacía más o menos un mes y, a
decir verdad, no entendía muy bien la razón, ya que sabía que lo iba a
conseguir, que iba a triunfar tras largos y tortuosos años de espera, pero el
hecho de no saber con plena exactitud cuándo se produciría ese momento me
estaba llevando, poco a poco, casi sin darme cuenta y sin poder evitarlo, a un
estado permanente e insoportable de histeria. Supongo que me parecía increíble
que estuviera tan cerca de lograrlo después de tanto tiempo.
Comencé con el acostumbrado proceso, el que había
seguido cientos de veces con anterioridad y lo ejecuté escrupulosamente, paso a
paso, por una parte, debido a mi proverbial superstición y, por otra, por no
querer que nada pudiera fallar en esa oportunidad, que, vuelvo a repetir, se me
antojaba que iba a ser, que, sin duda, tenía que ser, la definitiva.
Lo primero que hice fue coger un periódico viejo del
revistero desvencijado que tenía en el comedor y le arranqué un par de páginas.
No solía escogerlas al azar, tenía una clara preferencia por las dedicadas a
las necrológicas o las de índices bursátiles y eso mismo fue lo que hice en
esta ocasión. Cogí las hojas, doblándolas para manejarlas mejor, y me las
llevé, agarradas por las puntas de los dedos pulgar y meñique de mi mano
izquierda, a la habitación que sirvió de dormitorio a mis desdichados padres
hasta el día de su muerte. Extendí las hojas con ensayada elegancia -en forma
de rombo una y de rectángulo la otra- sobre la cama y me dispuse a conectar el
televisor de catorce pulgadas que se encontraba situado en la esquina de la
derecha, encima de la silla de anea. A esas horas entraba por el ventanal una
luz clara que, al correr la cortina, aunque no se podía del todo porque estaba
estropeado el mecanismo, llenaba la estancia de una calidez imprevista, pero
necesaria, de ese nostálgico color melaza que tanto me agradaba, que tantos y
tan buenos ratos me hacía recordar.
A continuación, fui al cuarto de baño. Había un
insoportable olor a humedad allí dentro. Me lavé las manos y cogí de la tercera
balda del armario un estuche de muchos colores como el que los niños pequeños solían
llevar en mi época al colegio. En él guardaba los cortaúñas, las limas y todo
el instrumental necesario para la manicura y la pedicura que había logrado
reunir durante años. Con él en la mano, salí del servicio para dirigirme de
nuevo al dormitorio de mis padres. Allí reposaban con placidez las dos hojas de
periódico.
Eran las doce menos cuatro minutos, un poco pronto
todavía. Aún no había empezado la carta de ajuste. Hasta que no comenzara, no
podía ni debía ponerme a hacer nada. Me senté en el colchón, ya bastante
hundido, por cierto, apoyando la espalda en el cabecero de hierro fundido y con
la mirada fija en el televisor. Sobre la cómoda había un gran espejo que se
estaba quedando sin azogue y varios portarretratos con una decoración muy
recargada, en los que se veían diferentes imágenes: rostros, la mayoría en
color sepia, de familiares fallecidos y que parecían anclados en algún lugar
irreal del tiempo. El Señor los tenga en su Gloria.
En ese preciso momento, comenzaron a emitir la carta
de ajuste. Hoy estaba programado que ofrecieran algunas canciones de John
Lennon. Yo saqué con sumo cuidado el brillante y plateado cortaúñas del estuche
de colores y, tras mirar durante breves segundos el cielo a través de las
cortinas, comencé lo que tenía que hacer. Estaba nervioso, la emoción del momento
era difícil de contener, pero debía conservar la calma, ya que si me excitaba
más de la cuenta podía lastimarme en las manos o en los pies. Cortarse las uñas
cuando no se está lo suficientemente relajado podía ser muy peligroso. Yo lo
sabía por experiencia.
Tardé más de lo que esperaba en acabar con todas. Las
tenía un poco sucias y, antes de cortármelas, las limpié con una especie de
gancho metálico que encontré hace tiempo desprendido del somier de mi antigua
cama. La verdad es que fue un rato muy agradable y no se me hizo pesado, como en
otras ocasiones, ya que mientras me cortaba las de la mano derecha tarareé
“Imagine” y con las de la mano izquierda silbé, aunque siempre lo he hecho
bastante mal, “Jealous Guy”. Es ciertamente bonita esa canción, me recuerda
campos tapizados de hierba, cielos azules y ríos con agua cristalina. Oyéndola
se siente un deseo irrefrenable de vivir, de ser bueno y ser feliz. “Just like
starting over”, “Woman” y “Cold turkey” me ofrecieron el grado exacto de sosiego que necesitaba para cortarme, sin que surgiera
ningún contratiempo, las uñas de ambos pies. Al terminar me sentí plenamente
satisfecho, miré los montones de uñas apilados (en el papel extendido en forma
de rombo yacían las uñas de las manos y en el otro, las de los pies) y supe que
lo había conseguido. No pude evitar sentirme muy dichoso. Por fin, después de
tanto tiempo, lo había conseguido. Era un sueño, el premio a tanto esfuerzo y
sacrificio, pero no quise lanzar las campanas al vuelo. Había que serenarse y
seguir los pasos previstos.
Antes de continuar, me quedé mirando las uñas con
enorme interés, quizá como nunca antes lo había hecho. Parecían naturalezas
muertas sobre un trozo de papel. Algunas tenían forma de estela fugaz; otras,
de púa con la que tañer imaginarios instrumentos, pero la mayoría tenía forma
de pequeña luna menguante brillando en el cielo color mate de la habitación.
Me levanté de la cama y me dirigí al desván. Abrí la
puerta. Estaba lleno de cachivaches que había ido almacenando sin saber muy
bien la razón, sin saber si algún día, por fin, tendría la oportunidad de
utilizarlos: maletas, alfombras, botes de cristal, cajas de cartón y sobres
viejos. Al fondo había un enorme saco y tiré de él, haciendo un enorme esfuerzo
para sacarlo de allí. Lo seguí arrastrando despacio por el terrazo, poco a poco,
hasta llevarlo a la cocina. Después de apoyarlo en una de las paredes, volví
otra vez al dormitorio de mis ancestros. Allí cogí los papeles por cada una de
las puntas, con mucho cuidado para que no se derramara ni una sola uña, y los
trasladé también a la cocina.
A continuación, fui a mi cuarto y me vestí a tono con
las circunstancias. Me puse el traje negro que utilicé en mi segunda boda, sin
duda la ocasión lo merecía, y lo hice lenta, ceremoniosamente, disfrutando de
cada segundo. Había esperado tantos años ese momento que por esperar unos
minutos más no me iba a pasar nada en absoluto. Cuando terminé, me miré en el espejo del armario, me
pareció que tenía un aspecto radiante. Con esa sensación en mente, salí de allí
para ir a la cocina. Al entrar, cogí una ramita de perejil que tenía a remojo y
me la puse en el ojal. La ocasión lo merecía, ya lo creo. Inmediatamente
después, me dispuse a desatar el nudo que cerraba el pesado saco. Estaba muy
apretado, pero tras superar la tensión del momento me resultó más sencillo
aflojarlo. Cuando abrí el saco apareció ante mí su preciado contenido: estaba
lleno de uñas, trozos de uñas de diferentes formas y tamaños.
Lo dejé abierto y cogí por las puntas el papel que
estuvo extendido en forma de rombo encima de la cama que perteneció a mis
desdichados padres. El Señor los tenga en su Gloria. Unos cuantos trozos de
uñas, que parecían granos de brillante arena, se unieron a los demás como en
una especie de oasis ensacado. Acto seguido, realicé la misma maniobra con la
otra hoja. Otro pequeño grupo de pequeñas lunas cayó al enorme saco. Después,
volví a cerrarlo y lo acerqué, arrastrándolo, a una báscula de precisión,
similar a las que hay en las farmacias, báscula que me compré, con gran
esfuerzo económico, para estas operaciones.
Estaba llegando el momento de la verdad, el que había
esperado durante tanto tiempo. Primero me subí yo a la báscula y tras uno o dos
segundos, a lo sumo, apareció en la pantalla digital una cifra: 76.237. Me bajé
y, usando toda la fuerza de la que fui
capaz, subí el saco a la báscula. La inquietud me hacía respirar con
dificultad. El corazón me daba golpes secos dentro del pecho. En la pantalla,
apareció la esperada cifra: 76.239. Por fin. Había llegado el día. Di un enorme
grito de alegría. Lo había conseguido. Tras muchos años intentándolo, lo había
conseguido. Me sentía eufórico. Abrí la nevera, agarré el tetra brik de vino y
bebí hasta que no quedó ni gota, hasta apurarlo todo. Resoplé, dejando salir
una ingente cantidad de aire de los pulmones. Hacía ya muchos años, tantos que
ni siquiera me acordaba, me prometí que llegaría a reunir tal cantidad de uñas
que su peso sería mayor que el mío. Lo había conseguido. No pude evitar
acordarme de mis padres. Seguro que mi padre estaría muy orgulloso de mí. Me lo había propuesto y lo había conseguido.
Estaba contento, jovial, me sentía pleno. Tenía la necesidad de pregonarlo a
los cuatro vientos, de hacerlo saber y, por eso, me dirigí corriendo al balcón.
Me asomé, el mundo parecía girar como de costumbre sobre su propio eje. Quise
gritar, pero no pude. A nadie parecía importarle mi gesta: un anciano caminaba
con mucha dificultad, los niños jugaban a evitar su sombra. Entré en casa y, al
momento, una insondable sensación de
vacío se apoderó de mí. Había pasado tanto tiempo con el maldito asunto de las
uñas en la cabeza que no sabía lo que iba a ser de mi vida a partir de
entonces. Me sentí absolutamente desvalido, como un niño corriendo sin rumbo en
mitad de la noche, y le di una fuerte patada al enorme saco, que cayó a plomo
sobre el terrazo de la cocina, derramando una parte importante de su contenido.