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Pérez Armendia, Iñaki (GAZNÁPIRO)

Truficas



C

onque caballeros, para comprender desde la raíz los motivos de lo que hice deben tener presente en primer lugar que soy hijo de negro pichón y de negra adelantada, nacido en Media Luna de Granma, estudiado, buen trabajador y buen amigo.          Y en segundo, que todo lo que me ocurre, sea malo o bueno, se debe precisamente a que soy más negro que un teléfono y a que lo tengo inmenso, saben, cuatro veces superior a lo normal, más o menos, imagínense, cuatro veces más grande, sensible, dócil y delicado. Por ello he enfrentado momentos de madre, pero también otros en los que habría dado yo por tenerlo chiquirritico y poco medrado... qué sé yo.                                                                    En mi Primer Trabajo Promocionado, en la fábrica de tabacos FONSECA, duré dos años, cumpliendo los mismos cometidos que en la embotelladora de gas en la que anduve, vigilando acompañado de Sarnoso- un terrier chiquitico de lo más vivo- por los secaderos de hojas de tabaco para evitar que se acumulara y ardiese el gas de las fermentaciones y a pesar de que cumplí en casi todas las reglas, una me falló y es que por aquellas inmediaciones había muchas torcedoras sueltas.

Cuando el jefe de área me pescó ya yo tenía a una de ellas aplastada contra las balas de tabaco: mientras ella me decía ¡Qué rico, papi!, yo la hundía aún más en el follaje empujándola con mi otra superioridad, toma puta; conque háganse cuentas, por primera vez mi supremacía no me valió de nada, pues ni me olí que aquel mariconzón se nos acercaba por la retaguardia. Digo yo en qué andaría el diminuto Sarnoso, mira que el cabrón de él ni ladró ni dio señas de que algo no se conducía por el buen camino.

Coñóóó, qué roña me dio, quiero decir qué coraje, perder los electrodomésticos ganados en la lucha, los 380 pesos de mi paga y emborronar de aquella forma irreversible mi cartilla de servicios, pero nada puede uno hacer contra los mandados de la naturaleza: un hombre tiene que estar preparado para malograrlo todo por una mujer, a más si tiene los ojos verdes del tono que los tenía la jabá la cual yo apretujaba contra los tabacos de tan salvaje manera.

El caso es que nos confiscaron el televisor coreano PANDA y el estruendoso aparato de aire acondicionado ruso PRION que mis méritos me habían procurado y me mandaron a silbar a la vía. Y eso fue lo que hice, encontrar primero y arreglar después el ventilador que lo tenía descoyuntado y en ruinas de aquella famosa patada e irme a continuación con paso canso hasta la playa para contarles a las aguas espumantes y a las gaviotas cagonas mis cuitas, porque las vías de tren más cercanas a las que yo podía ir a silbar estribillos estaban a unos 20 kilómetros, tirando a la baja. A mi novia le subió la presión 15 mm de Hg cuando tuve que contárselo y al darse cuenta de que

a)        no podía fiarse de mí

b)        no iba a poder comprarse unos pantalones nuevos en unos años,                     mucho menos agua de colonia,            c)    gritó,            d)    se haló de los pelos  y            e)   me llamó depravado, maricón, cornudo, comecandelas, mirahuecos y catorce o quince lindezas más, pero se le desmayó el ardor y las ganas de darme con el búcaro de las flores en la cabeza en cuanto la estrujé con mis poderosos brazos contra el pecho, mujeres, benditas. La presión le vino a su lugar y a mí el momento de pensar la manera de recobrar alguno de los electrodomésticos que había perdido, digamos el aire acondicionado, ya que los 380 pesos, la reputación, la confianza, la honra y el crédito ya no los podría recuperar ni que me fuera de peregrinaje dando vueltas de campana hasta la otra punta de la isla.

Y en este punto entró en el cuento el español de los cojones, cuando la debilidad de mi espíritu más vulnerable me hacía tuve que topar con él y con toda la sarta de engaños, mentiras, falsedades, camelos y artificios que lo adornaban y que parecían no caber en cuerpo tan magro y destilado.             Tenía el olor malo de casi todos los españoles, pero al comienzo no me di cuenta de que su peste a grajo le brotaba de dentro, si bien pueden echarle la culpa de ello a lo alta que estaba la música en el Pachá, a los diecisiete rones que llevaba chupados hasta el momento, a la necesidad que estábamos todos padeciendo en casa y a la postre a las buenas maneras que mostró el gallego para hacerme creer que las chispas que vendía traerían fuego.

Yo no sé en razón de qué no me retiraron el pasaporte, y que no me oigan, de modo que en cuanto el español, Casimiro Arguedas, me propuso largarme para allá con un trabajo regularizado, pues dudé menos que mi amigo Esmeido, al que sólo le gustaban las mujeres con dos tetas del tamaño que fueran.             A él le habían hablado de mí en la Embajada, de mi cuatro veces superior olfato, más o menos, y a mí me habían hablado de la madre patria desde la escuela, cuando el maestro nos decía que pese a que hicimos una guerra contra la dominación imperialista, no se nos olvidara nunca que cada uno de nosotros llevaba en su sangre gotas de la que corría por las venas de los soldados de España.

- Es una empresa nueva de cosméticos y colonia- me dijo al principiar el flaco Casimiro.

- Ya, y yo sólo he de dar mi opinión sobre las mezclas- díjele un poco incómodo, y yo no sé si me oyó, porque el organismo cibernético que ponía la música la tenía tan alta que me soltó en las tripas unas tremendas ganas de cagar y se me cegaron el raciocinio y las entendederas.

- Somismo- le entendí.

Dije que estaba incómodo, y lo estaba, porque a mí las pinchas de 800 euros por oler unas colonias me dan atranque, nervioso me ponen y me tiran a pensar que a lo peor hay gato encerrado en el garaje. Pero a la fuerza ahorcan, mihermano, así que cagué la música, bebimos igual que alcantarillas en aguacero, me explicó los detalles y entresijos de la letra pequeña y me llevó zigzagueando en su Audi hasta mi casa, adonde no le hice pasar porque me dio pena que una persona de su alcurnia viera las estrecheces contra las que mi familia luchaba.

España estaba en su sitio, 8000 Km hacia la derecha, más o menos, fría y despeinada, y al contrario de la tierra de la que venía yo, no olía a nada fuerte ni particular; olía en voz baja igual que si los automóviles no quemasen petróleo sino rosas y a los campos los desinfectaran y a las frutas no las dejasen fermentar a su aire, tiradas en los suelos; así que yo me dije para los adentros que en un mundo tan inodoro y aséptico mi trabajo sería asunto de coser y cantar.  

Todo esto ya lo pensé en las mismas escalerillas del avión al sentir que en el aire no flotaban las moléculas por las que yo sentía tanta afición y gusto (Cervantes), pero tuve la certeza definitiva en cuanto Casimiro me llevó en su Audi desde el aeropuerto hasta el pueblito de postal en cuyas afueras estaba instalada la empresa a la que venía yo a pinchar.

Pueyo era su nombre- el mío es de segundas Vladimir - y aquellos sitios por los que pasamos estaban más carmelitas y agostados que la chocha de Tula, una viejita del solar que prendía allí mismo los fósforos para el fogón, coñóó, para un cubano echarse a los ojos tantos kilómetros de secadera no es fácil, compay, un desasosiego te entraba... coñóó. Y es que aquello no olía a nada, mihermano, ni a tierra creo yo.

- Duerme hoy y vente mañana de vuelta- díjome al dejarme frente a la casa en la que me alquiló. Desde la ventana del cuarto se olía una rala ensalada de viñedos sobre los que el sol moribundo derramaba purpurina dorada, y después de saborearlos un poco caí rendido en la cama, lamentándome de lo rico que podría estar yo oliscando rastros entre las tetonas de mi novia en vez de acostarme a las horas de los niños de la misma glándula.

Casimiro, mientras me llevaba de mañana hasta la fábrica, me dijo que iba a presentarme al capataz y que él sería quien me enseñaría todo lo necesario para que yo pudiera entrar con buen pie en la empresa. Tenía las narices un poco tupidas del frío que pasé en la habitación y no olía bien ni los cuentos del Cohiba que Casimiro tiraba, pero consideré que para ser el primer día no haría otra cosa que reconocer el campo de batalla y que las napias no me serían imprescindibles a las primeras.

A aquella hora los campos sudaban el rocío que les había caído por la madrugada y desde todas las pedreras subían sudarios de vaho que aún dibujaban las formas de los muertos que reposaban en el fondo de las barrancas. Al llegar a la trasera de un viñedo Casimiro paró el carro, dijo que me bajara y me hizo caminar por cinco minutos entre unos árboles a los que acá llaman carrascas. Bajo un grupo de ellas nos esperaba Venancio, un negro dominicano más negro que el charol, pavonado, vamos, niche de los que en Cuba llamamos azulones, ya que si no lo saben, sepan que el negro tira al azul cuando existen en la sangre ciertas mezclas. Venancio me echó los cinco mientras yo trataba de encontrar por el paisaje la empresa de colonia que debía de estar perdida en las brumas y al no ubicarla por ningún sitio, pues me soné los mocos tratando de olerla antes de verla. Pero no hubo forma.

Casimiro se metió la mano en uno de los bolsillos de la americana y sacó algo envuelto en un papel de periódico, lo abrió y me preguntó si sabía qué era aquello.

Aquello tenía forma de disgusto, de pecado, era blancuzco, áspero, rugoso, averrugado,  estaba cubierto de una  herrumbre crema, igual que peluca de bruja y olía a perdición, a humedad, a raíces oscuras y un algo a crica de niña pequeña, humm, no, diré mejor a crica de pepilla con los 15 celebrados y lista para la fiesta. Yo lo más parecido a aquello que había visto era un mojón de caballería de los que tanto abundaban por los agropecuarios de Media Luna, pero justo es reconocer que el olor no era ni parecido, alabado sea, ni menos: de aquello emanaba un tufillo a moho polvoriento de tumba que ponía mi cuádruple superioridad, más o menos, en danza.

Díjele que no.

Díjome que era una trufa blanca.

- Es el hongo más caro y apreciado del mundo.

Casi sin dejarme hablar me dio la trova del trabajo y cuando le pregunté por los perfumes me dijo con insolencia que la fábrica no existía y que mi quehacer no sería catar muestras de colonia.

- Este es tu trabajo y esta tu empresa- díjome levantando con prosopopeya la trufa en la mano derecha y barriendo con la otra la lejanía de los campos.

Díjele con firmeza que yo era un “ARTISTA OLFATIVO” y que si había venido hasta allí era para  seleccionar perfumes, eaus de toilette y colonias y no para otra embajada.

- No te preocupes, Venancio te pondrá al corriente de todas las mañas. Lo primero que hizo el negrón de Venancio cuando nos quedamos solos fue calmarme y hacerme ver que no obstante pareciera engaño, el trabajo que me ofrecían era al final de la calle mejor, mejor pagado, más seguro y más sano.

-Compadre, no te pongas bravo y cojas lucha, que acá las empresas duran menos que una paletica en el sol de la playa. También yo tuve que pas ar por lo mismo, pero de eso hace ya muchos años. Esos mojones los pagan a 100 dólares cada uno y yo sé el modo de encontrar 10 ó 12 cada día.

Al principio fue duro para un “Artista Olfativo” de mi rango agacharse a ras del suelo durante 8 horas, meter las napias por entre los calveros de las carrascas, cavar medio metro y desenterrar aquellas deformidades olorosas- exquisitas, deliciosas, no puedo negarlo-, pero conforme los días pasaban y las cestas se llenaban, se me hizo más llevadero, más que nada debido a las multiplicaciones por 10 (eso ganábamos, el 10%) que Venancio apuntaba en una libreta en cuya portada decía en rotulador rojo “CUENTAS”.

En pocos meses me volví un experto y casi sin doblar la cintura podía sentir a 5 ó 6 metros de distancia la emanación de su aroma subterráneo, lo que hacía del trabajo diario una forma de entretenimiento y paseo bajo los adustos chaparros. A la vez fui entendiendo la aclaración de Venancio cuando me dijo que la pincha estaba mejor pagada que ninguna y yo feliz e ignorante habría continuado de no ser porque de improviso surgió por medio otro condimento que agrió la tortilla que estábamos saboreando.

Tuve que enterarme de boca de los amigos de Venancio en el único bar del pueblo. Era Febrero y a Pueyo la nieve inclemente lo había disfrazado de belén.

- Ni los cutos- los puercos- ni los perros valen, cubano, porque se comen las trufas en cuanto las encuentran- me dijo uno del pueblo cuando por segunda vez fui a la cantina para beberme una cerveza.-  Cubano, el cabrón de Casimiro ya encontró barato sus sustitutos.

Cojones. Me dio una roña que ni puedo explicar con palabras.

Qué iba yo a saber de trufas y de la forma en la que se recolectaban. Para eso no estaba yo montao, pues aun cuando fuera yo un cubano que por haberse criado en la patraña, el embuste, la farsa, el cuento, la estafa, la trampa y la superchería, las podía aguantar- mal que bien-comiéndome las ganas de darle a Casimiro en lo alto de la crisma con la palita que nos proporcionó para escarbar en la tierra y sacar de su interior las setas, no estaba preparado yo para sobrellevar el escarnio, el oprobio y su falta de respeto al ponernos a la altura de los perros y las marranas.

Con aquel ultraje ni yo, ni ningún cubano podíamos. Ahora vas a ver, me dije.

Viré recalentao y quise saber de boca de Venancio qué era lo que pasaba. Venancio se disculpó, argumentando que para qué me iba a decir nada, que no le diera importancia. Bajé la cuesta del pueblo en camisa y apreté el timbre de la casa. Tardó en abrir, y para cuando lo hizo su mujer ya yo tenía los huevos helaos y llevaba mi pelo rizo teñido del blanco de los copos de la nieve que caía. Díjele que quería hablar con Don Casimiro.

La luz del sol a duras penas podía pasar por entre las densas nubes cargadas de agua y por ello se filtraba en el aire un resplandor moribundo, color televisor, bañado en el cual el pueblo dormía un sueño de metales y piedra. La nieve, fría y blanda, olía azul y lejana y yo sentía las silenciosas partículas de Ochún rasgando el aire y posándose arriba de mi cabeza recalentada por los adentros y fría por las afueras.

Esperé sin prisas, frotándome los huevos y urdiendo mi respuesta a aquella afrenta.

Me acerqué a él en cuanto salió y cuando quise echarle en cara que quién se creía él para usarnos de sustitutos de los perros y los puercos, no pude: comencé a merodearlo tal que una de las pointer a las que yo sustituía, le di un par de vueltas, oliscándolo, levanté la pierna haciendo que le iba a mear, le eché una meada calentica en el pantalón, y por último icé mi nariz cuatro veces más sensitiva, más o menos, hacia lo alto, aspirando las fragancias, lo miré atravesao, y díjele con una voz que hasta a mí me dio miedo, de lo honda, grave y extraña que brotó de mi garganta helada,

- LO QUE ESTÁ A TU ALREDEDOR ESPERA A QUE TE DUERMAS PARA METERTE EN EL FRÍO DE LA TUMBA.- le dijo a bocajarro ALGUIEN que no era yo desde dentro de mí en cuanto su carachusco asomó en el umbral de la puerta. Este fue el conjuro terrorífico que mi abuelo el babalao de Ocha me enseñó para cuando quisiera hacer mal de veras y debió de ser él quien habló por mí, aunque a fuer de ser sincero no funcionó, porque Don Casimiro se me quedó mirando abobao y me dijo,

- Vladimiro, deja de beber y de decir tontadas. Tontadas. Jodé, me quedé de un palo, con la cola entre las patas, ya que yo esperaba verlo expectorar, babear, ahogarse y entregar la cuchara, en razón de que mi abuelo sabía muy bien la forma de hacer mucho mal sin tocar a las personas. En vista de que nunca en tantos años había usado el bilongo-el conjuro- pensé que por ello mismo estaría algo herrumbrao, falto de efectividad, echado a perder, podrido, averiado, entienden; conque lo repasé de arriba abajo como a un carro, oliéndole la intención, la sintaxis, las comas y los adjetivos, me regocijé en el esplendor que le conferían las dos últimas palabras que le añadí, lo pulí y lo fijé hasta que a los días quedó esto tan sombrío y lúgubre que sigue,

- por lo que huelo que hay a tu ALREDEDOR, a ti te enterrarán vivo, alimaña, esa es la justicia y la venganza. Ééééchale.

Cuando fui la segunda vez, a los seis días, pensaba soplarle ron y chamba en la cara, quemar 12 caracoles rayaos y echarle en la puerta las cenizas mezcladas con sangre de gallo tusao, amén de escupirle el conjuro recién reparado, pero ni tiempo me dio pues me trincaron dos guardiasciviles bigotones a los que Casimiro tenía alertados desde el día del fallo.

El alcalde, que era Casimiro, ordenó que me metieran en esta jaula por “FALTA DE RESPETO Y AGRESIÓN A LA AUTORIDAD”- la meada a él y el ojo morado que le puse a uno de los guardiasciviles - hasta aclarar en qué consiste la “AMENAZA ORATORIA”- el bilongo- y qué es lo que pretendía hacer con aquellos “INSTRUMENTOS DEL DEMONIO”- el ron, la chamba, los caracoles y la sangre fresca de gallo-. Perdí el trabajo y no sé qué va a ser de mí, pobre negro. ¿A ustedes qué les parece, que por ser negro teléfono no me tendría que haber defendido? ¿Qué se pensaba, pues, jodernos y cobrar la cama? Nónónó, no valgo yo para esas mecánicas. Hice lo que tenía que hacer, a pesar de que me haya salido mal y lo esté pagando a precio de trufa blanca. Aun cuando quizás el trapichero de él se mereciera sin más un par de buenas hostias.

Y aquí estoy. Contándoles mi pasado, esperando a no sé qué ley de extranjería y viendo nevar tras estas tristes verjas, diciéndome que acaso no debí tomarme tan a pecho las cosas. Aparte de esto, sólo me afligen dos dudas: la primera es la de no saber si el sortilegio averiado está ya arreglado y la otra es la de si estos blanquitos tomarán o no los modos y el ejemplo del negrero Casimiro y un buen día me asarán atravesado de boca a culo en una púa blanca de eucalipto.

Pero entre tanto sigo afilando el bilongo para cuando salga. Voy a echarle uno contra el que ni las bombas atómicas. Ya tú verás boberías, ya, Casimirito, ya tú verás tontadas.      

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